LOS DEMONIOS MITIGADOS
Sobre Los motivos del lobo de Joan Margarit

 

Carlos Alcorta

 


     Aunque existen un sinfín de principios y preceptos, esgrimidos desde diferentes ópticas, que tratan de definir la labor poética y sus resultados, ninguno de ellos es capaz de abarcar por completo su esencia esquiva. Sin embargo, si redujéramos a un abstracto y envolvente principio el origen del halo poético, me atrevería a asegurar que la palabra misterio lograría el consenso de las diferentes corrientes que buscan encontrar la posición más privilegiada en las gradas de la tribuna poética, porque la poesía, para serlo de Saint-John Perse (Pointe Pitre, Guadalupe, 1887 - Giens, Francia, 1975)verdad, ha de desvelar los misterios que se esconden tras la cortina que tamiza la luz cotidiana de una vida común mediante una mirada nueva, distinta, no repetida o acomodada a la costumbre. Saint-John Perse la define como «una profundización en el misterio de la existencia». Cualquiera de nosotros es consciente de que hay una parte de la realidad que se nos escapa, una porción ilocalizable que no podemos aprehender porque desconocemos los mecanismos que la razón dispone a nuestro alcance para llegar a esa ingrávida meta. Y no es necesario atender a lo exterior, a lo que viene de fuera, porque nuestra intimidad, nuestra forma de ser pertenece también a la realidad que nos circunda y dentro de todos nosotros habita un vestigio de lo que fuimos en el pasado que nos significa y que, a veces, somos capaces de intuir, aunque no logramos entender enteramente; pero gracias a la poesía, a su enigma indagatorio, ésta nos permite vislumbrar alguna parcela de ese mundo invisible. Para desentrañar esa sorpresa que nos aguarda cuando somos capaces de hallar novedad en la costumbre, no es preciso recurrir a indescifrables símbolos propios de una poesía hermética, esotérica o adivinatoria; basta con utilizar con sabiduría, con la sabiduría y la hondura que lo hace Joan Margarit, los elementos que pone a nuestra disposición el lenguaje habitual, la construcción clásica del poema, la música intrínseca de las palabras sin necesidad de recurrir a los efímeros presupuestos de una vanguardia sobrevalorada y, casi, actualmente, ultramontana. El propio Margarit ha escrito que «la principal consecuencia de la cotidianidad es que la repetición de las cosas pone un velo encima de ellas (…) Levantar ese velo es uno de los métodos habituales de la poesía, porque al desvelar se pone la imaginación en marcha y con ella se ponen en marcha los sentimientos».
     Platón afirma en uno de sus diálogos, el Ion, que el poeta es únicamente un intérprete de los dioses, un mero trasmisor de lo que ellos, desde un más allá inasible le dictan y, sin embargo, por más que esta afirmación nos parezca propia de un estadio ajeno a la razón, en el ámbito del mito, no está exenta de verdad, porque en realidad esa llamada proviene no de fuera de sí, sino de ese lugar recóndito que llevamos dentro y que se nos presenta informe e inexplicable. Desde mi opinión, nada diferente a esto quiere decir San Agustín —no lo olvidemos, un neoplatónico— cuando aconseja en sus Confesiones, no salir de uno mismo, sino mirar dentro de sí, porque ahí se encuentra la verdad o, lo que es lo mismo, esa súbita iluminación que induce a la escritura, porque el poeta debe escudriñar sus propias entrañas para decirse y decir el mundo que le rodea y este merodeo por los sentimientos es lo que lleva a cabo de forma magistral Joan Margarit.
     Traducido por el propio poeta, salvo seis poemas versionados por Luis García Montero, Els motius del llop (Los motivos del lobo) se publicó en castellano en la colección 4 Estaciones en la primavera del año 2002, es decir, nueve años después de su edición original, debida ésta a la editorial Columna. Los poemas fueron escritos entre la primavera de 1990 y el otoño de 1992. El libro se articula en cinco secciones y desde la Joan Margarit, "Los motivos del lobo" (Colección 4 Estaciones, 2002)primera de ellas, titulada ‘Principios y finales’, desde el poema inicial, ‘La partida’, podemos advertir cómo se imbrica la sensación de fracaso en los versos, cómo soterradamente se nos impone la impresión de que son muchas las expectativas defraudadas que se han acumulado a lo largo del tiempo en la vida del hombre que es el poeta. Han pasado los mejores días, los mejores años, se ha llegado a la cumbre y ahora sólo espera el descenso, un dejarse voltear sin resistencia por la pendiente más abrupta y desgarrada de una existencia sin apenas esperanza, porque ya sólo «es tiempo de hacer un solitario / con las cartas marcadas de la vida». De forma más o menos explícita esta inquietante sensación de derrota va impregnando con su envenenado perfume todos los poemas del libro, incluso en ‘Madre e hija’, en el que describe cómo una apacible mañana en la cual están desayunando juntas madre e hija se ve enturbiada por la constancia de la fugacidad vital y por el lastre de renuncias que conlleva adquirir el beneficio de la estabilidad o la calma; en el titulado ‘Canto de victoria’, que comienza con un verso contundente y afirmativo: «Y, por fin, he salido victorioso de todo» y continúa con una precisa enumeración de todos los triunfos, para soliviantar la conciencia del lector con un giro inesperado en el que la expectativa del éxito se concreta y se hace real fuera del mundo, porque «Sólo la muerte triunfa de la vulgaridad», o en ‘Principios y finales’, poema que cierra la sección del mismo título, donde «una chica con futuro», lectora de Horacio, de Virgilio o Keats, se ve abocada a una vida carente de alicientes espirituales por el desastre común que provoca la convivencia equivocada.
     La segunda sección, de título análogo al del libro completo, ‘Los motivos del lobo’, comienza con un poema titulado ‘Autorretrato’. Tal vez el impudor de un ejercicio de tal índole, situarse ante el espejo de nuestras carencias, es el que requiera mayores dosis de artificio literario para solventar el alto grado de confesión autobiográfica contenida en los versos. Antonio Jiménez Millán, en el prólogo que acompaña al libro asegura —utilizando unos versos del propio Margarit— que «en este poema se encuentra una de las claves del libro: la melancolía por un paisaje que falsea el tiempo», y es posible que esté en lo cierto, porque el paisaje aquí es una invención literaria que la memoria recrea a su antojo, despojándolo de lo más cruento, la experiencia traumática de la posguerra, y embelleciéndolo con el tamiz del olvido. Tiene, sin duda, un carácter terapéutico esta remembranza del pasado, la reconciliación con la miseria y el dolor sufridos cierra las antiguas heridas y alimenta la valentía indispensable para enfrentarse al futuro que se avecina como nube emponzoñada. El pasado familiar se presenta de forma inmisericorde, como reflejan los versos del poema ‘El banquete’, en donde la anécdota cotidiana de un cumpleaños, la festiva celebración sirve como excusa para mostrarnos un retrato despiadado de sus parientes, de sus comportamientos ante «Un banquete moral repugnante y fantástico». Sólo parece salvarse su compañera de tantos años, aunque, al final, su mansedumbre también esté contaminada por la insidia y la impudicia de quienes les acompañan. La infancia es el eje que vertebra toda esta segunda parte y su evocación Joan Margarit (diciembre, 2006), el otoño del lobo © Mariona Ribaltanostálgica pone de manifiesto lejanos padecimientos, conflictos que aún perduran, letales duelos internos expresados con crudeza en el poema que cierra la sección: «Siempre, el lobo vigila / cómo escapa la vida / entre pactos morales / con sutiles engaños». En este poema el mar, a la manera de Pedro Salinas en su libro El contemplado, sirve de referente tanto espacial como emocional y ejerce, en su soledad inabarcable, una labor protectora que facilita la confidencia.
     La experiencia amorosa —asunto predominante en la tercera sección, titulada ‘Primer amor’— suscita una meditada reflexión existencial, pero vista con la objetividad que el distanciamiento proporciona, lo que evita que el poema se convierta en una especie de diario íntimo. Esa mirada inquisitiva y fría, «con esa conventual frialdad del arma», permite al poeta estar alerta y no dejarse engatusar por los melifluos vaivenes de un corazón apasionado, porque «de la pasión, / sólo me excita ya sentir que la he perdido» escribe en el poema de la sección segunda titulado ‘Balada de Montjuïc’, para concluir con esta contundente afirmación incluida en ‘Amor cortés’: «Quedáis / sólo vosotras como un sueño absurdo, / mujeres del cerebro, amantes falsas, / sol reflejándose en un cristal sucio». Las mujeres reales, los amores vividos han quedado en el recuerdo, pero es esta una poesía amorosa alejada del platonismo renacentista. Se canta la fragilidad del gozo, pero de una forma más desgarrada, más humana, sin perversas idealizaciones que anestesian el sentimiento. La influencia de poetas como Ausiàs March o Carles Riba se hace en estos poemas, si cabe, más evidente que en el resto del libro. A pesar de que la certeza de la decrepitud revolotea por las esquinas de cada verso y de que el deseo se debilita y se amansa con la edad el lobo que llevamos dentro, la resignación no se impone, quedan aún por librar las ininterrumpidas batallas de los cuerpos, porque la madurez consiste en apreciar la belleza que, como nos enseña Aristóteles, reside en la integridad del ser, en su permanente dignidad, aunque la hermosura física esté marchita y nos conmueva tan implacable deterioro.
     En ‘Remolcadores entre la niebla’, la cuarta sección del libro, el poeta parece hacer un alto en el camino de la evocación apesadumbrada, en la descripción de las vicisitudes cotidianas que lentamente nos acercan a la muerte. La tensión entre vida y muerte se ve solapada por la devoción musical que ha inspirado estos poemas. «La música me dice cuán lejos estoy / y cuán perdido: es un placer maldito». Desde el jazz a la música clásica, se recuerdan temas, ‘Loverman’, conciertos en el Europa o intérpretes "Porque en la soledad siempre hay un saxo / como un remolcador que, entre la niebla, / igual que Charlie Parker toca un blues"como Charlie Parker o Lluís Claret. La audición de música en vivo, contemplando la entrega apasionada de los ejecutantes y, sin duda, la recíproca admiración de los oyentes parece propiciar en el poeta, más que un lenitivo para sus conflictos interiores, la excusa para reivindicar una percepción más amable del pasado, lejos de la paralizante sensación de culpa que en ocasiones conduce a un silencio castrador o autocomplaciente.
     El libro finaliza con la quinta sección, titulada ‘Camino de Reading’. Se desplaza aquí el homenaje a la música realizado en la sección anterior por, principalmente, versificadas dedicatorias a escritores, tanto poetas como narradores. Leer es una manera más de autorretratarse y en ese contexto, son significativas las elecciones que el poeta efectúa. Se recrean momentos de autores como Pessoa, Salvat-Papasseit, Pla, Evtuchenko o Sylvia Plath. ‘El infierno de Don Joan’, el primer poema, plantea una doble lectura. A un lado el propio autor, con esas «heridas de amor» que pueden ser personales o ajenas y, al otro, la sombra del mítico amante Don Juan, que ha aprendido en la vejez que todos los cuerpos son el mismo cuerpo, el cuerpo amado. La tensión entre la realidad y los sueños queda atenuada en versos como los que siguen: «y reivindico / el placer solitario en la mirada / para poder estar contigo cuando enlazas / a otro en el espejo frente a mí y eres mi tacto». De las razones que le impulsan a escribir poesía da cuenta en el poema titulado significativamente ‘Poética’. Amparado por nombres como Vallejo, Espriu o Quevedo y tal vez hipnotizado por la convicción del enorme poder de atracción de las palabras, como queda de manifiesto en el poema ‘Peligros’ de la primera sección, Margarit enumera algunas de las causas: «Es por los hijos muertos, / por los amores sin mañana: / por el mañana que amenaza / como un arma. Por toda la extensión / del nebuloso mal que no es noticia». El inventario no pretende ser exhaustivo, sino paradigmático. Es el lector quien debe añadir su personal listado y ordenarlo según sus preferencias. ‘Camino de Reading’ —recuérdese que en la prisión homónima estuvo recluido Oscar Wilde— no deja de ser otra poética, pero en la que sobresalen, por encima de criterios argumentales o estéticos, los valores éticos, la dignidad del derrotado por encima de leyes y convenciones sociales.
     El libro finaliza como una especie de declaración de intenciones. El lector, el oyente, es un cómplice que debe interpretar lo leído, lo escuchado con la certeza de que es de su vida de quien se escribe y de que en esas parábolas morales se encuentra la fórmula para soportar los desgarros personales, las fracturas del mundo. No hay resignación en estos poemas, pero sí la lucidez del lobo amansado por los años, la "El camino de Reading. / Desconocido para los poetas / a los que nunca nadie ha escupido en la cara." madurez imprescindible para dejar adormecidos los demonios que habitan dentro de uno mismo. Todo ser humano es un héroe solitario que forcejea con el día a día, con sus propios fantasmas, con la presencia irrevocable de la muerte, y la poesía, lejos de dar respuestas, nos enseña a formular las preguntas que nos despejan el camino para seguir viviendo.
     Joan Margarit pertenece a la estirpe de los poetas insatisfechos con su propia obra. El ejemplo más significativo es el de Juan Ramón, el descontento de sí mismo y, en la actualidad, podemos mencionar el caso de Vicente Gallego que ha efectuado una valiente —y personalmente creo que excesiva— poda en toda su obra anterior al libro Santa deriva. Ese admirable y exigente sentido crítico ha llevado a Joan Margarit a suprimir alguno de los poemas de esta entrega (‘Canto de victoria’, ‘Primavera de mis cincuenta y tres años’, ‘Los errores de los muertos’, etc.) y a modificar algunos otros (‘Madre e hija’, ‘Peligros’, ‘Grieta’, etc.) como queda de manifiesto en la recopilación de su obra, que abarca el período entre 1975 y 1995, titulada El primer frío. Sin embargo, para escribir este comentario, hemos preferido atenernos a la versión original, con el ánimo de ser fieles al impulso primero que motivó su escritura y al juego semántico que en los poemas se desarrolla, porque una mirada retrospectiva sobre los textos puede falsear el modo inicial de relacionarse con la idea, el sentimiento o la contingencia que dio origen al poema.

 

 

     Carlos Alcorta. Torrelavega, 1959. Ha publicado los poemarios Lusitania (1988), Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003) y Sutura (2007). Ejerce la crítica literaria y artística en revistas y medios de comunicación. Codirigió las colecciones Scriptvm de libros y plaquettes. Desde 1997 codirige las publicaciones de Ultramar, revista de Literatura. También codirige las colecciones de cuadernos poéticos El Astillero y Travesías. Actualmente coordina, junto a Rafael Fombellida, las Veladas Poéticas de la Universidad Menéndez Pelayo (Santander).