LOS DEMONIOS MITIGADOS
Sobre Los motivos del lobo de Joan Margarit
Carlos Alcorta
Aunque existen un sinfín de principios
y preceptos, esgrimidos desde diferentes ópticas, que tratan de
definir la labor poética y sus resultados, ninguno de ellos es
capaz de abarcar por completo su esencia esquiva. Sin embargo, si redujéramos
a un abstracto y envolvente principio el origen del halo poético,
me atrevería a asegurar que la palabra misterio lograría
el consenso de las diferentes corrientes que buscan encontrar la posición
más privilegiada en las gradas de la tribuna poética, porque
la poesía, para serlo de verdad,
ha de desvelar los misterios que se esconden tras la cortina que tamiza
la luz cotidiana de una vida común mediante una mirada nueva, distinta,
no repetida o acomodada a la costumbre. Saint-John Perse la define como
«una profundización en el misterio de la existencia».
Cualquiera de nosotros es consciente de que hay una parte de la realidad
que se nos escapa, una porción ilocalizable que no podemos aprehender
porque desconocemos los mecanismos que la razón dispone a nuestro
alcance para llegar a esa ingrávida meta. Y no es necesario atender
a lo exterior, a lo que viene de fuera, porque nuestra intimidad, nuestra
forma de ser pertenece también a la realidad que nos circunda y
dentro de todos nosotros habita un vestigio de lo que fuimos en el pasado
que nos significa y que, a veces, somos capaces de intuir, aunque no logramos
entender enteramente; pero gracias a la poesía, a su enigma indagatorio,
ésta nos permite vislumbrar alguna parcela de ese mundo invisible.
Para desentrañar esa sorpresa que nos aguarda cuando somos capaces
de hallar novedad en la costumbre, no es preciso recurrir a indescifrables
símbolos propios de una poesía hermética, esotérica
o adivinatoria; basta con utilizar con sabiduría, con la sabiduría
y la hondura que lo hace Joan Margarit, los elementos que pone a nuestra
disposición el lenguaje habitual, la construcción clásica
del poema, la música intrínseca de las palabras sin necesidad
de recurrir a los efímeros presupuestos de una vanguardia sobrevalorada
y, casi, actualmente, ultramontana. El propio Margarit ha escrito que
«la principal consecuencia de la cotidianidad es que la repetición
de las cosas pone un velo encima de ellas (…) Levantar ese velo
es uno de los métodos habituales de la poesía, porque al
desvelar se pone la imaginación en marcha y con ella se ponen en
marcha los sentimientos».
Platón afirma en uno de sus diálogos,
el Ion, que el poeta es únicamente un intérprete
de los dioses, un mero trasmisor de lo que ellos, desde un más
allá inasible le dictan y, sin embargo, por más que esta
afirmación nos parezca propia de un estadio ajeno a la razón,
en el ámbito del mito, no está exenta de verdad, porque
en realidad esa llamada proviene no de fuera de sí, sino de ese
lugar recóndito que llevamos dentro y que se nos presenta informe
e inexplicable. Desde mi opinión, nada diferente a esto quiere
decir San Agustín —no lo olvidemos, un neoplatónico—
cuando aconseja en sus Confesiones, no salir de uno mismo, sino
mirar dentro de sí, porque ahí se encuentra la verdad o,
lo que es lo mismo, esa súbita iluminación que induce a
la escritura, porque el poeta debe escudriñar sus propias entrañas
para decirse y decir el mundo que le rodea y este merodeo por los sentimientos
es lo que lleva a cabo de forma magistral Joan Margarit.
Traducido por el propio poeta, salvo seis
poemas versionados por Luis García Montero, Els motius del
llop (Los motivos del lobo) se publicó en castellano
en la colección 4 Estaciones en la primavera del año 2002,
es decir, nueve años después de su edición original,
debida ésta a la editorial Columna. Los poemas fueron escritos
entre la primavera de 1990 y el otoño de 1992. El libro se articula
en cinco secciones y desde la primera
de ellas, titulada ‘Principios y finales’, desde el poema
inicial, ‘La partida’, podemos advertir cómo se imbrica
la sensación de fracaso en los versos, cómo soterradamente
se nos impone la impresión de que son muchas las expectativas defraudadas
que se han acumulado a lo largo del tiempo en la vida del hombre que es
el poeta. Han pasado los mejores días, los mejores años,
se ha llegado a la cumbre y ahora sólo espera el descenso, un dejarse
voltear sin resistencia por la pendiente más abrupta y desgarrada
de una existencia sin apenas esperanza, porque ya sólo «es
tiempo de hacer un solitario / con las cartas marcadas de la vida».
De forma más o menos explícita esta inquietante sensación
de derrota va impregnando con su envenenado perfume todos los poemas del
libro, incluso en ‘Madre e hija’, en el que describe cómo
una apacible mañana en la cual están desayunando juntas
madre e hija se ve enturbiada por la constancia de la fugacidad vital
y por el lastre de renuncias que conlleva adquirir el beneficio de la
estabilidad o la calma; en el titulado ‘Canto de victoria’,
que comienza con un verso contundente y afirmativo: «Y, por fin,
he salido victorioso de todo» y continúa con una precisa
enumeración de todos los triunfos, para soliviantar la conciencia
del lector con un giro inesperado en el que la expectativa del éxito
se concreta y se hace real fuera del mundo, porque «Sólo
la muerte triunfa de la vulgaridad», o en ‘Principios y finales’,
poema que cierra la sección del mismo título, donde «una
chica con futuro», lectora de Horacio, de Virgilio o Keats, se ve
abocada a una vida carente de alicientes espirituales por el desastre
común que provoca la convivencia equivocada.
La segunda sección, de título
análogo al del libro completo, ‘Los motivos del lobo’,
comienza con un poema titulado ‘Autorretrato’. Tal vez el
impudor de un ejercicio de tal índole, situarse ante el espejo
de nuestras carencias, es el que requiera mayores dosis de artificio literario
para solventar el alto grado de confesión autobiográfica
contenida en los versos. Antonio Jiménez Millán, en el prólogo
que acompaña al libro asegura —utilizando unos versos del
propio Margarit— que «en este poema se encuentra una de las
claves del libro: la melancolía por un paisaje que falsea el tiempo»,
y es posible que esté en lo cierto, porque el paisaje aquí
es una invención literaria que la memoria recrea a su antojo, despojándolo
de lo más cruento, la experiencia traumática de la posguerra,
y embelleciéndolo con el tamiz del olvido. Tiene, sin duda, un
carácter terapéutico esta remembranza del pasado, la reconciliación
con la miseria y el dolor sufridos cierra las antiguas heridas y alimenta
la valentía indispensable para enfrentarse al futuro que se avecina
como nube emponzoñada. El pasado familiar se presenta de forma
inmisericorde, como reflejan los versos del poema ‘El banquete’,
en donde la anécdota cotidiana de un cumpleaños, la festiva
celebración sirve como excusa para mostrarnos un retrato despiadado
de sus parientes, de sus comportamientos ante «Un banquete moral
repugnante y fantástico». Sólo parece salvarse su
compañera de tantos años, aunque, al final, su mansedumbre
también esté contaminada por la insidia y la impudicia de
quienes les acompañan. La infancia es el eje que vertebra toda
esta segunda parte y su evocación nostálgica
pone de manifiesto lejanos padecimientos, conflictos que aún perduran,
letales duelos internos expresados con crudeza en el poema que cierra
la sección: «Siempre, el lobo vigila / cómo escapa
la vida / entre pactos morales / con sutiles engaños». En
este poema el mar, a la manera de Pedro Salinas en su libro El contemplado,
sirve de referente tanto espacial como emocional y ejerce, en su soledad
inabarcable, una labor protectora que facilita la confidencia.
La experiencia amorosa —asunto predominante
en la tercera sección, titulada ‘Primer amor’—
suscita una meditada reflexión existencial, pero vista con la objetividad
que el distanciamiento proporciona, lo que evita que el poema se convierta
en una especie de diario íntimo. Esa mirada inquisitiva y fría,
«con esa conventual frialdad del arma», permite al poeta estar
alerta y no dejarse engatusar por los melifluos vaivenes de un corazón
apasionado, porque «de la pasión, / sólo me excita
ya sentir que la he perdido» escribe en el poema de la sección
segunda titulado ‘Balada de Montjuïc’, para concluir
con esta contundente afirmación incluida en ‘Amor cortés’:
«Quedáis / sólo vosotras como un sueño absurdo,
/ mujeres del cerebro, amantes falsas, / sol reflejándose en un
cristal sucio». Las mujeres reales, los amores vividos han quedado
en el recuerdo, pero es esta una poesía amorosa alejada del platonismo
renacentista. Se canta la fragilidad del gozo, pero de una forma más
desgarrada, más humana, sin perversas idealizaciones que anestesian
el sentimiento. La influencia de poetas como Ausiàs March o Carles
Riba se hace en estos poemas, si cabe, más evidente que en el resto
del libro. A pesar de que la certeza de la decrepitud revolotea por las
esquinas de cada verso y de que el deseo se debilita y se amansa con la
edad el lobo que llevamos dentro, la resignación no se impone,
quedan aún por librar las ininterrumpidas batallas de los cuerpos,
porque la madurez consiste en apreciar la belleza que, como nos enseña
Aristóteles, reside en la integridad del ser, en su permanente
dignidad, aunque la hermosura física esté marchita y nos
conmueva tan implacable deterioro.
En ‘Remolcadores entre la niebla’,
la cuarta sección del libro, el poeta parece hacer un alto en el
camino de la evocación apesadumbrada, en la descripción
de las vicisitudes cotidianas que lentamente nos acercan a la muerte.
La tensión entre vida y muerte se ve solapada por la devoción
musical que ha inspirado estos poemas. «La música me dice
cuán lejos estoy / y cuán perdido: es un placer maldito».
Desde el jazz a la música clásica, se recuerdan temas, ‘Loverman’,
conciertos en el Europa o intérpretes como
Charlie Parker o Lluís Claret. La audición de música
en vivo, contemplando la entrega apasionada de los ejecutantes y, sin
duda, la recíproca admiración de los oyentes parece propiciar
en el poeta, más que un lenitivo para sus conflictos interiores,
la excusa para reivindicar una percepción más amable del
pasado, lejos de la paralizante sensación de culpa que en ocasiones
conduce a un silencio castrador o autocomplaciente.
El libro finaliza con la quinta sección,
titulada ‘Camino de Reading’. Se desplaza aquí el homenaje
a la música realizado en la sección anterior por, principalmente,
versificadas dedicatorias a escritores, tanto poetas como narradores.
Leer es una manera más de autorretratarse y en ese contexto, son
significativas las elecciones que el poeta efectúa. Se recrean
momentos de autores como Pessoa, Salvat-Papasseit, Pla, Evtuchenko o Sylvia
Plath. ‘El infierno de Don Joan’, el primer poema, plantea
una doble lectura. A un lado el propio autor, con esas «heridas
de amor» que pueden ser personales o ajenas y, al otro, la sombra
del mítico amante Don Juan, que ha aprendido en la vejez que todos
los cuerpos son el mismo cuerpo, el cuerpo amado. La tensión entre
la realidad y los sueños queda atenuada en versos como los que
siguen: «y reivindico / el placer solitario en la mirada / para
poder estar contigo cuando enlazas / a otro en el espejo frente a mí
y eres mi tacto». De las razones que le impulsan a escribir poesía
da cuenta en el poema titulado significativamente ‘Poética’.
Amparado por nombres como Vallejo, Espriu o Quevedo y tal vez hipnotizado
por la convicción del enorme poder de atracción de las palabras,
como queda de manifiesto en el poema ‘Peligros’ de la primera
sección, Margarit enumera algunas de las causas: «Es por
los hijos muertos, / por los amores sin mañana: / por el mañana
que amenaza / como un arma. Por toda la extensión / del nebuloso
mal que no es noticia». El inventario no pretende ser exhaustivo,
sino paradigmático. Es el lector quien debe añadir su personal
listado y ordenarlo según sus preferencias. ‘Camino de Reading’
—recuérdese que en la prisión homónima estuvo
recluido Oscar Wilde— no deja de ser otra poética, pero en
la que sobresalen, por encima de criterios argumentales o estéticos,
los valores éticos, la dignidad del derrotado por encima de leyes
y convenciones sociales.
El libro finaliza como una especie de declaración
de intenciones. El lector, el oyente, es un cómplice que debe interpretar
lo leído, lo escuchado con la certeza de que es de su vida de quien
se escribe y de que en esas parábolas morales se encuentra la fórmula
para soportar los desgarros personales, las fracturas del mundo. No hay
resignación en estos poemas, pero sí la lucidez del lobo
amansado por los años, la madurez
imprescindible para dejar adormecidos los demonios que habitan dentro
de uno mismo. Todo ser humano es un héroe solitario que forcejea
con el día a día, con sus propios fantasmas, con la presencia
irrevocable de la muerte, y la poesía, lejos de dar respuestas,
nos enseña a formular las preguntas que nos despejan el camino
para seguir viviendo.
Joan Margarit pertenece a la estirpe de
los poetas insatisfechos con su propia obra. El ejemplo más significativo
es el de Juan Ramón, el descontento de sí mismo y, en la
actualidad, podemos mencionar el caso de Vicente Gallego que ha efectuado
una valiente —y personalmente creo que excesiva— poda en toda
su obra anterior al libro Santa deriva. Ese admirable y exigente
sentido crítico ha llevado a Joan Margarit a suprimir alguno de
los poemas de esta entrega (‘Canto de victoria’, ‘Primavera
de mis cincuenta y tres años’, ‘Los errores de los
muertos’, etc.) y a modificar algunos otros (‘Madre e hija’,
‘Peligros’, ‘Grieta’, etc.) como queda de manifiesto
en la recopilación de su obra, que abarca el período entre
1975 y 1995, titulada El primer frío. Sin embargo, para
escribir este comentario, hemos preferido atenernos a la versión
original, con el ánimo de ser fieles al impulso primero que motivó
su escritura y al juego semántico que en los poemas se desarrolla,
porque una mirada retrospectiva sobre los textos puede falsear el modo
inicial de relacionarse con la idea, el sentimiento o la contingencia
que dio origen al poema.
|
Carlos
Alcorta. Torrelavega, 1959. Ha publicado los poemarios
Lusitania (1988), Condiciones de vida (1992),
Cuestiones personales (1997), Compás de espera
(2001), Trama (2003), Corriente subterránea
(2003) y Sutura (2007). Ejerce la crítica literaria
y artística en revistas y medios de comunicación.
Codirigió las colecciones Scriptvm de libros y plaquettes.
Desde 1997 codirige las publicaciones de Ultramar, revista de
Literatura. También codirige las colecciones de cuadernos
poéticos El Astillero y Travesías.
Actualmente coordina, junto a Rafael Fombellida, las Veladas Poéticas
de la Universidad Menéndez Pelayo (Santander). |
|