LA MUJER IDEAL DE JOAN MARGARIT,
UN DIBUJO A LÁPIZ
Amalia Bautista
Pocas cosas resultan tan complicadas e inevitables
como adquirir una voz propia en poesía (y en cualquier otra actividad,
supongo). No siempre se busca, se procura o se trabaja por ello; a veces
surge por accidente, parece que se acierta y entonces se insiste en el
mismo camino; otras por incapacidad, por no saber hacer más que
los poemas que hacemos y no otros; y otras, simplemente, ocurre por acumulación.
No hay muchos poetas verdaderamente versátiles y que alcancen similares
grados de calidad en todos sus registros, así que más vale
ir decantándose por aquella vía en que los resultados quedan
menos lejos de las aspiraciones, eligiendo las palabras y los modos en
que con menos rubor nos reconocemos.
Cuando un poeta ha calculado al milímetro
la estructura que debe sostener su yo poético, su voz personal
e inconfundible, su discurso y su razón de ser en las letras de
un lugar geográfico y un tiempo concretos, y cuando ese poeta sabe
que la viga maestra de tal estructura es la desolación o algo que
se le parece mucho, ¿qué hacer con el amor?, ¿en
qué cuarto meterlo, bajo qué cornisa o detrás de
qué muro?, ¿debería guardarse en un sótano
sin luz, o quizá en el altillo, a riesgo de dejarlo ser víctima
de las aves de presa o de ciudad?
En un poeta como Joan Margarit el amor es
un problema, otro problema, y no puede ser más que un amor desolado,
por imposible, frágil, inasible, fugaz o simplemente irreal, porque
el auténtico problema para él sería el amor feliz,
logrado, digno de celebración, pleno y exultante. La viga maestra
no resistiría ese peso abrumador, la estructura se vendría
abajo, en un instante él y sus lectores no tendríamos entre
las manos y ante los ojos más que escombros y cenizas de lo que
pudo ser, de lo que quizá fue durante unos segundos, ante el asombro
infantil del universo y ante nuestra propia perplejidad.
En el poema ‘Ideal’, y a pesar
del título tan explícito, parece que Margarit recuerda,
sueña y desea al mismo tiempo, pero sobre todo espera. Espera a
la sombra amable que le acompañaría en el balcón,
que se vestiría de fiesta con él y para él, pura
luz contra la penumbra de una casa vacía y una vida. Podría
estar esperando a su mujer ideal o a su ideal de mujer, que no es exactamente
lo mismo. Sólo al final, en el último verso, nos confiesa
que no sabe quién es esa mujer ni si llegará. Acaso es la
misma mujer que espera al poeta, o más bien el amor del poeta,
en el café de ‘Plaza Rovira’, mientras el otoño
sucede y suena, mientras él la piensa entre hojas secas. Sería
una amarga burla del destino, uno más de los múltiples desencuentros
espacio-temporales que nos regala.
Hay unos ojos azules, tal vez varios pares
de ojos azules, al menos en dos poemas, ‘Quién’ y ‘En
torno a la protagonista de un poema’. En ambos se enfrenta la madurez
del poeta contra la juventud de esa mirada o de su recuerdo, pura adolescencia,
exultante juventud contra el abismo de la desesperanza. En ambos, a medias
entre el descaro y la timidez, la confesión explícita de
que está ocultando la identidad de la mujer que los provoca.
La misma reflexión sobre la edad
la encontramos en poemas como ‘Amor cortés’ y ‘Ella’.
Si en el primero las mujeres se multiplican, el autor se dirige a ellas
en plural y las condena a la categoría de sueño absurdo
de su cerebro, sólo amantes falsas, en el segundo se trata sólo
de una mujer, única y distinta de todo y de todas las demás,
y, a pesar de que el poeta la ha buscado, ya no la espera y comprueba
que nunca ha existido. En ‘La muchacha del semáforo’
se cruzan dos vidas en distintos momentos, de nuevo el destino, el azar
y las edades juegan en contra, no se dará la coincidencia, el poeta
lo sabe de antemano, las distancias se vuelven infinitas y el tiempo colabora
con la imposibilidad.
Pero
quizá mi favorito de esta serie de poemas, dedicados a esa mujer
ideal que puede ser tantas mujeres, sea ‘Poema para un friso’.
En él Margarit no habla de una chica, sino del dibujo a lápiz
de una chica, o sea, el ideal del poeta trazado por él mismo, a
su gusto y por su mano. La perdió, la buscó desesperadamente
y sabe que no la encontrará (a la chica dibujada, no a la chica),
pero claro, era un papel tal fino (era un amor tan frágil, era
una idea) que se lo llevó el viento. El poeta asume su derrota
y el lector se sobrepone como puede a tanta pena.
No sirve que nos preguntemos quién
es la mujer ideal de Margarit, dónde se esconde o si tiene o tuvo
alguna vez existencia real, y no sirve que nos lo preguntemos, sobre todo,
porque no importa. Hablamos de poesía, no de biografía,
y esa mujer plural y cambiante existe porque existen ciertos poemas que
así lo atestiguan, que llegan a nosotros como recién escritos
y nos dejan ver un fragmento de la viga maestra.
Y no quiero olvidarme de la generosidad
de Joan Margarit. Les regala (a ellas, que ni son) algunos de sus mejores
poemas, los arma sobre sus miradas, los habita con sus cuerpos. Y ellas
florecen en sus versos, no sienten celos unas de otras, no se marchitan,
no se convierten en lo indeseado, no les da tiempo a resultar odiosas,
aburridas, ásperas. Son esquivas, escapan o no llegan, siempre
están lejos, dejan al poeta solo, siempre solo, pero no piden nada
y nunca se quejan. Son las amantes perfectas del amante perfecto y merecen
estos poemas perfectos.
|
Amalia
Bautista. Madrid, 1962. Licenciada en Ciencias de la Información.
Ha publicado los poemarios Cárcel de amor (1988),
La mujer de Lot y otros poemas (1995), Cuéntamelo
otra vez (1999), La casa de la niebla. Antología
(1985-2001) (2002), Hilos de seda (2003), Estoy
ausente (2004), Pecados (2005) en colaboración
con Alberto Porlan, y Tres deseos. Poesía reunida
(2006). Ha sido traducida al italiano, portugués, ruso y
árabe.
|
|