LA MUJER IDEAL DE JOAN MARGARIT,
UN DIBUJO A LÁPIZ


Amalia Bautista

 

 


     Pocas cosas resultan tan complicadas e inevitables como adquirir una voz propia en poesía (y en cualquier otra actividad, supongo). No siempre se busca, se procura o se trabaja por ello; a veces surge por accidente, parece que se acierta y entonces se insiste en el mismo camino; otras por incapacidad, por no saber hacer más que los poemas que hacemos y no otros; y otras, simplemente, ocurre por acumulación. No hay muchos poetas verdaderamente versátiles y que alcancen similares grados de calidad en todos sus registros, así que más vale ir decantándose por aquella vía en que los resultados quedan menos lejos de las aspiraciones, eligiendo las palabras y los modos en que con menos rubor nos reconocemos.
Joan Margarit ante un ideal de belleza (Roma, diciembre 2006)      Cuando un poeta ha calculado al milímetro la estructura que debe sostener su yo poético, su voz personal e inconfundible, su discurso y su razón de ser en las letras de un lugar geográfico y un tiempo concretos, y cuando ese poeta sabe que la viga maestra de tal estructura es la desolación o algo que se le parece mucho, ¿qué hacer con el amor?, ¿en qué cuarto meterlo, bajo qué cornisa o detrás de qué muro?, ¿debería guardarse en un sótano sin luz, o quizá en el altillo, a riesgo de dejarlo ser víctima de las aves de presa o de ciudad?
     En un poeta como Joan Margarit el amor es un problema, otro problema, y no puede ser más que un amor desolado, por imposible, frágil, inasible, fugaz o simplemente irreal, porque el auténtico problema para él sería el amor feliz, logrado, digno de celebración, pleno y exultante. La viga maestra no resistiría ese peso abrumador, la estructura se vendría abajo, en un instante él y sus lectores no tendríamos entre las manos y ante los ojos más que escombros y cenizas de lo que pudo ser, de lo que quizá fue durante unos segundos, ante el asombro infantil del universo y ante nuestra propia perplejidad.
     En el poema ‘Ideal’, y a pesar del título tan explícito, parece que Margarit recuerda, sueña y desea al mismo tiempo, pero sobre todo espera. Espera a la sombra amable que le acompañaría en el balcón, que se vestiría de fiesta con él y para él, pura luz contra la penumbra de una casa vacía y una vida. Podría estar esperando a su mujer ideal o a su ideal de mujer, que no es exactamente lo mismo. Sólo al final, en el último verso, nos confiesa que no sabe quién es esa mujer ni si llegará. Acaso es la misma mujer que espera al poeta, o más bien el amor del poeta, en el café de ‘Plaza Rovira’, mientras el otoño sucede y suena, mientras él la piensa entre hojas secas. Sería una amarga burla del destino, uno más de los múltiples desencuentros espacio-temporales que nos regala.
     Hay unos ojos azules, tal vez varios pares de ojos azules, al menos en dos poemas, ‘Quién’ y ‘En torno a la protagonista de un poema’. En ambos se enfrenta la madurez del poeta contra la juventud de esa mirada o de su recuerdo, pura adolescencia, exultante juventud contra el abismo de la desesperanza. En ambos, a medias entre el descaro y la timidez, la confesión explícita de que está ocultando la identidad de la mujer que los provoca.
     La misma reflexión sobre la edad la encontramos en poemas como ‘Amor cortés’ y ‘Ella’. Si en el primero las mujeres se multiplican, el autor se dirige a ellas en plural y las condena a la categoría de sueño absurdo de su cerebro, sólo amantes falsas, en el segundo se trata sólo de una mujer, única y distinta de todo y de todas las demás, y, a pesar de que el poeta la ha buscado, ya no la espera y comprueba que nunca ha existido. En ‘La muchacha del semáforo’ se cruzan dos vidas en distintos momentos, de nuevo el destino, el azar y las edades juegan en contra, no se dará la coincidencia, el poeta lo sabe de antemano, las distancias se vuelven infinitas y el tiempo colabora con la imposibilidad.
'La muchacha del semáforo': desencuentro de miradas y edades, semáforo en rojo, un espacio de por medio © Antonio Lafarque     Pero quizá mi favorito de esta serie de poemas, dedicados a esa mujer ideal que puede ser tantas mujeres, sea ‘Poema para un friso’. En él Margarit no habla de una chica, sino del dibujo a lápiz de una chica, o sea, el ideal del poeta trazado por él mismo, a su gusto y por su mano. La perdió, la buscó desesperadamente y sabe que no la encontrará (a la chica dibujada, no a la chica), pero claro, era un papel tal fino (era un amor tan frágil, era una idea) que se lo llevó el viento. El poeta asume su derrota y el lector se sobrepone como puede a tanta pena.
     No sirve que nos preguntemos quién es la mujer ideal de Margarit, dónde se esconde o si tiene o tuvo alguna vez existencia real, y no sirve que nos lo preguntemos, sobre todo, porque no importa. Hablamos de poesía, no de biografía, y esa mujer plural y cambiante existe porque existen ciertos poemas que así lo atestiguan, que llegan a nosotros como recién escritos y nos dejan ver un fragmento de la viga maestra.
     Y no quiero olvidarme de la generosidad de Joan Margarit. Les regala (a ellas, que ni son) algunos de sus mejores poemas, los arma sobre sus miradas, los habita con sus cuerpos. Y ellas florecen en sus versos, no sienten celos unas de otras, no se marchitan, no se convierten en lo indeseado, no les da tiempo a resultar odiosas, aburridas, ásperas. Son esquivas, escapan o no llegan, siempre están lejos, dejan al poeta solo, siempre solo, pero no piden nada y nunca se quejan. Son las amantes perfectas del amante perfecto y merecen estos poemas perfectos.

 

 

     Amalia Bautista. Madrid, 1962. Licenciada en Ciencias de la Información. Ha publicado los poemarios Cárcel de amor (1988), La mujer de Lot y otros poemas (1995), Cuéntamelo otra vez (1999), La casa de la niebla. Antología (1985-2001) (2002), Hilos de seda (2003), Estoy ausente (2004), Pecados (2005) en colaboración con Alberto Porlan, y Tres deseos. Poesía reunida (2006). Ha sido traducida al italiano, portugués, ruso y árabe.