DEREK
JARMAN: UN ICONOCLASTA EN TIEMPOS REVUELTOS
Alejandro Hermosilla Sánchez
Seguramente
y debido a su irregularidad, su esteticismo sin complejos, su, a veces,
excesivo manierismo o su pasión por la calidez sin freno del melodrama,
la obra del británico Derek Jarman (1942-1994) no ha entrado todavía
a formar parte del santoral cinematográfico de crítica y
público hispanos como podría haber merecido. Seguramente
también por su singular, valiente y sin complejos —hasta
llegar a lo epatante— apuesta por la defensa de su opción
sexual, la homosexualidad, dentro de un mundo en incipiente estado de
alerta y proclive a la censura de la promiscuidad debido a la reciente
aparición de la enfermedad conocida vulgarmente como SIDA y que
—paradójica y efectivamente— terminó desgraciadamente
por llevarse la vida de este oriundo del Reino Unido.
Otra razón que podría haber
motivado el que, por ejemplo, en nuestro país todavía no
se haya reconocido en su totalidad el talento innato como artista total,
innovador y, por momentos, casi renacentista de Jarman ha de radicar sin
duda en su pericia para combinar géneros en apariencia disímiles,
conjugar patrones narrativos a primera vista disonantes como la moda,
el ballet, la música pop, el teatro y el cine sin excesivos complejos
y de una manera sumamente inteligente. Y es que toda la obra de Derek
Jarman viene marcada por la diatriba —a veces, sin fundamento—
entre modernidad y postmodernidad que comenzó a labrarse en las
sociedades con un alto desarrollo industrial a mediados de la década
de los 70, de las que estaba apartada en aquellos momentos España.
Sí. La incipiente obra cinematográfica y artística
de Jarman comenzó a forjarse en un mundo que no podía ya
identificarse con los mensajes de amor lanzados por las hordas hippies
en los años 60, lastrado por la incertidumbre por la subida de
los precios del petróleo, las diferencias entre los bloques capitalista
y comunista y necesitado de una nueva manera y estética de pensar
y mirar objetos tradicionales como la literatura o el cine o incluso la
reciente música pop con el objeto de dar testimonio de una nueva
sensibilidad.
Por ello, la obra de Jarman, aunque juega
con los emblemas de una modernidad elegante, siempre en pleno proceso
de reconstrucción y necesitada de renovarse para mantener una serie
de cánones estéticos de belleza, viene marcada por pautas
que, aunque hoy en día ya deberían estar más que
asimiladas por los habituales consumidores de arte, en su día chocaron
con el gran público, tanto por su introducción sin complejos
en los terrenos del kitsch y la ambigüedad de géneros como
por su posicionamiento sin reparos dentro de los ámbitos generados
por la incipiente sociedad de consumo.
Esto es, la obra de Jarman es la de un artista
postmoderno que dentro de la amplitud de miras que este término
pueda poseer se ocupó de desbrozar y analizar toda una época
de la cultura occidental bajo este punto de vista verdaderamente radical
para su época. Esto le llevó a participar de los mayores
virtudes y defectos, así como de las confusiones generadas por
la introducción de la estética y ética postmodernas
en un mundo hasta entonces y como siempre cautivado por el maniqueísmo
habitual que intentaba dividir todos los ámbitos de la vida y artísticos
en torno a únicamente dos categorías: buenos (bloque capitalista)
y malos (bloque comunista), alta cultura (literatura, cine de autor y
música clásica) y baja cultura (bestsellers, cine de bajo
presupuesto o comercial y música pop).
Sin embargo, toda la obra de Jarman —festiva,
colorida, iconoclasta y rebelde, exquisitamente rebelde— es una
manifestación intensa, sensible y, por momentos, dolorosa hasta
llegar incluso a la náusea existencialista de cómo los nuevos
tiempos necesitaban una nueva mirada y forma de aproximarse a ellos que
diera cuenta de los mismos si se quería ser lo suficientemente
auténtico como para aspirar a una mínima perdurabilidad.
Por ello, es injusto, cuando uno se refiere a la obra de Jarman, hablar
tan sólo de sus producciones cinematográficas, pues esto
sería rigurosamente inexacto.
En efecto, es imposible separar en la obra
de Jarman su famosas realizaciones de videoclips para The Smiths, Pet
Shop Boys, Suede o Mariane Faithful, sus diseños para ballets contemporáneos,
sus inquietantes pinturas o sus famosas, sí, irregulares pero irresistibles
películas. Y es que aunque Derek Jarman nunca desdeñara
la literatura —su autobiografía y su adaptación, por
ejemplo, de La tempestad de Shakespeare o de la obra de Philippe
Marlowe para Eduardo II lo demuestran— su talento es eminentemente
visual. Adaptado al ojo catódico del medio televisivo típicamente
postmoderno que le llevará a jugar en algunos films —acaso
inspirado por Godard— con la estética teatral y la técnica
subvalorada de las series televisivas (véase Eduardo II
o incluso Wittgenstein) para llevar a cabo una radiografía
sutil y visceral de nuestro tiempo. Situándose en el centro de
la vorágine del mismo sin evadir todos los conflictos, cuestionamientos
y paradojas que el nuevo régimen audiovisual demandara.
Por
ello, es rescatable y de visionado obligado la obra de este cineasta más
allá de su pretendido, por momentos, feísmo. Porque fue
Derek Jarman quien inmortalizó la imagen de Morrissey y sus muchachos,
The Smiths, en unos videos que marcaron y condicionaron para siempre toda
la estética de la música pop e indie de los años
80 y 90, porque consiguió dar un testimonio sin fisuras de la época
post-industrial y del no future inglés de una intensidad única,
consiguió dotar a Pet Shop Boys de una credibilidad inusitada hasta
entonces en los medios pop, precisamente poniendo el énfasis en
su habilidad y talentos kitsch al introducir en sus espectáculos
la estética del ballet o, por ejemplo, permitió que la línea
trazada por Warhol y su protegido cineasta Paul Morrissey pudiera seguir
expandiéndose en el tiempo, aunque fuera de una manera muy sui
generis, como demuestra esa obra feista y verdaderamente irregular —suerte
de John Waters meets punk rock— que es Jubilee.
Porque se atrevió a realizar, cuando
ya languidecía del virus del sida que lo llevaría a la muerte,
una radiografía fría y etérea del filósofo
que más ha influido en su obra y puede que en todo el siglo XX,
Wittgenstein, porque no dudó en dejarse guiar por influencias en
aquellos tiempos desacreditadas como Fassbinder o Douglas Sirk para construir
sus películas a contracorriente y radicalmente personales, porque
supo radiografiar con una entereza sin igual —personal a la vez
que documental— los atributos claves de los movimientos gays que
hacían su eclosión en el mundo postmoderno para no desaparecer
jamás, etc…
Y aunque parezca que la obra de Jarman se
adelantó a su tiempo —en cierto modo es así—
lo verdaderamente majestuoso de su hacer creativo es que él, simplemente,
se dejó llevar por el río del presente sabiendo que radiografiarlo,
en última instancia, le permitiría realizar un verdadero
autorretrato de sí mismo: una personalidad compleja, por momentos,
autodestructiva y hedonista, con tintes sadomasoquistas y lo suficientemente
inteligente para saber detectar en un mundo cambiante y movedizo cuáles
eran los atributos esenciales y cuáles los accesorios de la realidad.
Verdaderamente, resulta hoy muy difícil
concebir gran parte de la estética de los videoclips del momento
sin la influencia pasada de Derek Jarman, como a su vez es difícil
imaginar o creer que la obra de un director como Mike Leigh hubiera podido
desarrollarse con la sobriedad que le ha caracterizado de no tener antes
un epígono en el que apoyarse como Jarman.
Y es por ello que desde aquí hemos
querido rendir homenaje a un cineasta que ya desde su primera película,
la icónica, irresistible y tantas veces citada y comentada Sebastianne
marcó un límite entre su cine y el de sus contemporáneos,
elevó a obra de culto y al refinamiento artístico el oscuro
y subvalorado biopic gay y dio pie a todo un diseño de formas,
colores y cuerpos —influenciados por la estética medieval
y renacentista— que abrieron el camino al mundo a reconocer los
parámetros hasta entonces devaluados del gay power; y, entre otros
ejemplos, baste citar aquí a Almodóvar o toda la saga de
artistas heterodoxos surgidos a partir de Kaka de Luxe —el impagable
Carlos Berlanga a la cabeza— para corrobarlo o, sin ir más
lejos, toda la pléyade de modistos que más allá de
la tradición de su profesión, han podido inspirarse en los
films de Jarman para imaginar un mundo, sí, heterosexual, pero
vestido y diseñado a partir de la sensibilidad gay, que comenzaría
a imponerse en los centros de alta cultura durante toda la década
de los 80 hasta su ascenso imparable en los últimos tiempos.
Asimismo, la obra de Derek Jarman permitió
hacer más comprensible y digerible el talento de Tony Richardson
y de, por supuesto, Ken Russell, ese cineasta devaluado que intentó
mezclar géneros tradicionalmente antagónicos como la ópera
y el rock (recuérdese el biopic Tommy) que, sin embargo,
Jarman sí que supo conjugar e integrar de manera magnífica
en su obra al reducir los aspectos pop, rock y underground de su obra
de una manera minimal para adaptarlos al espectáculo intenso y
grandilocuente operístico con una inteligencia y sensibilidad radicalmente
modernas (véase War Réquiem con la participación
de un resucitado Lawrence Olivier).
Sí, la figura de Derek Jarman da
para mucho que hablar y por ello sorprende los escasos artículos
que hay sobre su obra. Su pintura, por ejemplo, —cercana, por momentos,
a la de Bacon y, sobre todo, a la de Pollock y con muchos puntos íntimos
de conexión con las acuarelas de David Lynch— nos habla de
un hombre radicalmente enamorado del arte y de un buscador profundo de
la esencia de la realidad que no necesitaba sumergirse en los fosos surrealistas
para iluminar los matices oscuros que la vida traía consigo. Y
de ello da muestra, por ejemplo, su intensa Caravaggio, capaz
de hacernos un retrato en penumbras de los deseos y la tumultuosa vida
del pintor italiano así como de atreverse a evocar —sin que
la realidad fílmica tenga que superponerse a la realidad soñada
según el método surrealista— la hechura de muchas
de sus composiciones surgidas de los amores, traiciones y peleas de Caravaggio
consigo mismo y quienes le rodean para conseguir trasmudarse en la belleza
irreal, inaudita y angélica de tantas de sus composiciones.
La
iconografía cerrada, simple, escueta de sus films si exceptuamos
la mayestática Sebastiane (rodada toda ella en los parajes
agrestes de África y en riguroso latín) a su vez, nos refieren
a un artista muy preocupado por los aspectos compositivos y encuadres
de sus obras, así como nos hablan de un estudioso, un observador
atento y conocedor de los recorridos minimales de la arquitectura moderna,
sabiamente utilizados en sus films para aproximarnos a los personajes
evocados en ellos. Pues es gracias al vaciado arquitectónico pero
muy elaborado de la iconografía de sus films, que Jarman conecta
con el espectador y nos acerca a figuras históricas haciéndolas
pasar prácticamente por contemporáneas nuestras, incidiendo
en la proximidad de sus vidas y dramas con los nuestros. Huyendo, por
tanto, de la retórica de los grandes estudios cinematográficos
y centrándose en lo más íntimo de cada uno de sus
personajes retratados —su sexualidad íntima, miedos, deseos,
odios, frustraciones y ambiciones— para otorgar una visión,
por momentos, mítica del ser humano de este y de todos los tiempos
más allá del oropel moderno con el que, muchas veces, se
encubren sus películas y que no dejan ver sus radicales y verdaderas
intenciones al desnudo.
Más allá de polémicas
sobre su opción y gustos sexuales —desgraciadamente, lo único
que en profundidad conocen muchas personas de este autor en España—
lo cierto es que la obra de Jarman está necesitada de un estudio
pausado que sepa delimitar las influencias a partir de las que se ejercitó,
sus verdaderos logros y la huella que ha dejado en la senda emocional
del arte contemporáneo. Pero mientras ese estudio llega, creo que
es necesario poner de nuevo de manifiesto el talento y dimensiones poéticas
de un hombre sensible que se negó a pasar desapercibido y quiso
dejar su testimonio sobre sí mismo y la realidad, gustase a quien
gustase.
Y si lo cierto es que sus películas
pueden llegar a concitar odios y amores extremos como todo aquello que
desde su peculiaridad aún, afortunadamente, no ha podido —gracias
a su íntegra rebeldía— ser comprendido y absorbido
del todo por la sociedad culta de consumo, sobre todo, puede llegar a
emocionar. Y si no, basta revisar de nuevo el último testimonio
de Jarman, Blue, filmado prácticamente por entero con la pantalla
en tonos cromados azules y sin imagen alguna, y volver a escuchar el testimonio
de su voz en off reflexionando al compás de la ingravidez musical
y la pantalla azul sobre los problemas del mundo contemporáneo
y la vida del ser humano para comprender emocionados el último
mensaje que nos quiso legar antes de que el sida lo apartara para siempre
de nosotros: todos somos un océano de emociones, un río
revuelto o pausado de sentimientos que, antes o después, tendremos
que desembocar en algún lugar, alguna perdida playa desierta, tal
vez, donde nos encontremos con aquellos seres con los que compartimos
nuestra vida y, una vez muertos, mirándoles a los ojos, tengamos
que confesarles si les dimos todo el amor que pudimos haberles dado. O
si fuimos lo suficientemente sinceros como Jarman para parecernos únicamente
a nosotros mismos. Mucho más allá de la historia del cine
y los enciclopédicos libros donde parecen encerrarse para siempre
y con llave, las verdaderas emociones que el cine —todavía
un medio inexplorado y a descubrir y desarrollar, como supiera Jarman—
puede llegar a transmitir y a partir de las cuales se engendra. Lejos
de academicismos. Desde el sentimiento. En el corazón. El lugar
desde donde se ha construido y, por tanto, hay que mirar el cine de Jarman
si no queremos ser rechazados por él.
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