AGUAS PELIGROSAS.
BUSCANDO A KURTZ
Acerca de Apocalipsis Now
Natxo Vidal
La vida se parece
al río ese de Apocalipsis Now,
cada vez más difícil,
buscando a Kurtz sin saber bien qué hacer
si acaso lo encontramos.
Sólo sabemos
que de los que empezamos el viaje
vamos quedando pocos,
que no se vuelve nunca
y que el fin de semana también llueve...
Yo
no conozco personalmente a Andrés Calamaro. Ojalá. Lo que
no impide que lo considere el mayor talento creativo de su generación
y, hoy, el más influyente y decisivo artista de la música
popular en español: una mezcla barroca de Piazzolla, Waters, Borges,
Reed, y de todos los que conforman esa basta especie de cantores-poetas
que cultivaron desde siempre la voz y la palabra con el esmero de las
manicuristas, hoy por encima de las grandes vacas sagradas del rock argentino
y más por encima, todavía, de las pequeñas vacas
del rock español, donde desde siempre se ha confundido el rock
con un discurso de caca-culo-pedo-pis (la transgresión, ya se sabe)
de pose pixtolera, mensaje vacío y música cero, donde, además,
la transgresión acabó siendo un catálogo de giros
predecibles y el consumo calculado de drogas de diseño. Sólo
tal vez Rosendo, Siniestro Total o Los Enemigos, de una parte, y Auserón,
Sabina, Urrutia o Manolo García, de entre la otra, puedan cenar
con Calamaro, hablarle de tú y pincharle sus guisantes.
De su etapa más oscura (politoxicomanía,
soledad, velocidad, lobotomía) es El Salmón (1999-2000),
obra por la que a cualquiera de los grandes (Dylan, Cohen, Waits, Clapton)
habrían premiado hasta lo inimaginable por hipercreativa-subversiva-visionaria-transgresora-avanzada-vanguardista.
Y de El Salmón es ‘Aguas peligrosas’, un tema
arrollador basado en Apocalipsis Now, película mítica
de Francis Ford Coppola de 1979, que Bunbury (aprendiz de brujo) también
utiliza en ‘El club de los imposibles’, aunque él no
se atreva a profundizar.
En Apocalipsis, adaptación
[....] al cine de la novela El corazón de las tinieblas
de Joseph Conrad, el capitán Willard (Martin Sheen) recibe el encargo
de remontar el río Nung, en Camboya, para encontrar y asesinar
al coronel Kurtz (Marlon Brando), un comandante americano renegado, acusado
a su vez de asesinato («acusar a alguien de asesinato en esta guerra
es como poner multas por exceso de velocidad en la carrera de Indianápolis»),
y convertido en una especie de Dios carnavalero, botarate y metafísico
que ha asentado su poder sobre la decapitación, el horror y la
locura.
‘Aguas
Peligrosas’ dice así: «El coronel es un genio pero
vio demasiadas cosas / y vamos a ejecutarlo en aguas peligrosas. / Un
cocinero, un surfista y un negro / que van a matar el primero / y el capitán
Huracán remontando el río: / hasta el centro de Camboya
no se folla, no se folla... / No sé por qué voy a matar
al coronel / si no hay otro tan genio como él. / Será que
vio el horror tantas veces / que se cansó de estupideces, / es
el más profundo del mundo y además / se va a dejar matar.
/ ¡Este coronel es lo más! / Habrá que matar a Brando
y salir pirando / porque esos cuarteles de invierno son el infierno /
y no tiene quién le escriba, / por eso me va a dejar a mí.
/ Nadie va a quedar vivo, / es el fin del mundo, / Camboya profundo, aguas
peligrosas / y demasiadas cosas... / De primero me sirvieron la cabeza
del cocinero / y después el coronel Brando dijo / “Capi,
crucificando” / dijo crucifícame y no trates de entender
el sacrificio, / los dos somos soldados / forma parte del oficio de /
matar y matar.
«El coronel es un genio pero vio demasiadas
cosas». Sin miedo a ocultar la evidencia: la de que la lucidez conduce,
en ocasiones, a la locura («juzgar es lo que nos derrota»,
dirá Kurtz al final), a la edificación inversa de hermosas
ruinas con flores entre los cascotes, a la deconstrucción humana:
la que nos vuelve del camino de la jungla y de los pedestales: la guerra,
la muerte, el poder o la dominación. Demasiadas cosas. Andrés
Calamaro lo sabe. Y lo dice. Y lo imaginamos al cabo de la lancha, al
comandante argentino, una especie de Lawrence Fishburne lunfardo y alucinado,
en ese viaje iniciático de muerte, ácidos, locura y desesperación.
Porque si de algo trata Apocalipsis es del viaje, una especie
de Odisea enloquecida y contemporánea donde al final, como en el
poema, Willard (al que no le espera ninguna Penélope) acabará
por comprender qué son las Ítacas.
Es ese río. Kurtz al final y el río.
«Y el capitán huracán remontando el río».
«Será que vio el horror tantas
veces que se cansó de estupideces». Otra vez el horror, ahora
como impulso inicial para acabar con la estupidez. La última gran
metáfora del arte: la creación (de una obra, de un mundo,
de un sistema, de una atrocidad...) como forma dolorosa-horrorosa de superar
la estupidez y la mediocridad, sobrepasar la frontera de los nombres y
verificar que el arte sólo es válido cuando enfrenta al
individuo con su tiempo. Además, Coppola y Brando venían
de El Padrino y Brando, también, de El último
tango en París, donde ya habían puesto en juego (lo
habían hecho antes, de todos modos) la idea del dolor, la transformación,
el sufrimiento, el miedo, el odio, la libertad, el orgullo, el resentimiento,
la venganza, la maldad, el rechazo, la justicia, la pasión o la
muerte. Así que ambos lo sabían de sobra. Puede que, únicamente,
Apocalipsis sea demasiado complaciente en los planteamientos
de fondo de Kurtz y en la excesiva rapidez con la que Willard llega a
identificarse con su víctima.
Quien
haya pasado de Alta suciedad a Honestidad brutal y,
después, a El Salmón, intuirá en Andrés
Calamaro su paso por el Nung, un recorrido hecho a base de canciones dolorosas
e hirientes, sin lijar al tacto y de contenido altamente incendiario en
el que son visibles las marcas de la guerra: Saigón, Kurtz y el
río, y donde, además, Calamaro plantea con rigor (desde
el dolor y la desesperanza) el único gran tema que Apocalipsis
no aborda: el amor. Tal vez de ahí su intensidad. Excepto la vaga
alusión inicial de Willard a su mujer (para entonces exmujer) y
el romance alucinado y breve en la colonia francesa (lo que no puede catalogarse
como una relación amorosa), no hay en toda la película un
solo minuto dedicado al amor, a su manifestación o a la reflexión
sobre él. A lo mejor por eso el paranoico encuentro con las chicas
en el barrizal podrido en el que las encuentran o la intensa relación
que Lens, el surfista de la canción, establece con el cachorro
robado a los vietnamitas hacia el final del viaje. Sólo prostitutas
y perros. Y sólo Willard y Kurtz como la única relación
posible. Y sólo la voz de Calamaro desde su Nung particular poniendo
la historia a esta historia de vacíos («el vacío asusta
porque nunca es como el anterior») sostenida sobre un guión
que gira en torno, casi exclusivamente, a las reflexiones de Willard,
las que nos muestran la evolución de su consideración hacia
Kurtz y la guerra, que sólo nosotros escuchamos, y que desembocan
en las grandes reflexiones finales de Kurtz, a medio camino entre la lucidez
y la locura. Será en ese momento cuando, estemos o no de acuerdo
con Kurtz, comprendamos la profundidad de sus planteamientos, la autenticidad
de sus ideas y el modo en el que ha decidido iluminar su mundo. Y para
entonces ya será tarde... Al igual que Willard comenzaremos a identificarnos
con él.
En la séptima sinfonía de
Shostakovich, conocida como Leningrado, en la que se narra el
asedio a esta ciudad por parte de las tropas alemanas y la fuerza de la
resistencia del pueblo ruso, el compositor ruso utiliza las trompas para
simular el vuelo de los aviones nazis sobre la ciudad durante el asedio,
en lo que es un efecto verdaderamente estremecedor. Lo mismo ocurre en
‘Aguas peligrosas’, en la que Andrés Calamaro hace
aparecer los helicópteros desde un profundo y constante efecto
en los teclados que, tras un estallido de percusiones, alumbra la canción
y la despide. Es el sonido de la guerra. Es el capitán Willard
cantando en español, desesperado y malherido. Así es como
yo imagino a Willard al borde de la barca, insomne y colocado, con la
foto de Kurtz (ese Brando joven y arrebatador, vestido de soldado) sobre
las piernas, la botella entre las manos, el cigarrillo en la boca y el
sudor goteándole despacio encima de las botas, toda Camboya dentro
de la barca y todo el mundo y todos los pájaros de la jungla y
todas las junglas del mundo y todas las barcas del mundo dentro de la
barca, Saigón en un extremo y Kurtz en otro. Esa es la voz que
yo le pongo. Y las palabras. «No sé por qué voy a
matar al coronel, si no hay otro tan genio como él».
«Dijo crucifícame y no trates
de entender el sacrificio». «Tienes derecho a asesinarme.
Pero no tienes derecho a juzgarme. Juzgar es lo que nos derrota».
Kurtz ya sabe que va a morir. En realidad, ha muerto hace tiempo. «Nunca
había visto a un hombre tan roto», dirá Willard un
poco antes. Luego, las imágenes brutales de la muerte del caribú
sustituirán a las imágenes de la muerte del propio Kurtz,
en una de las secuencias más sublimes de la película: prostitutas,
perros y caribúes. Es curioso como, por primera vez en la película,
durante todo este tiempo final en el que se enmarca la relación
entre Kurtz y Willard, los rostros de ambos aparecen casi siempre iluminados
sólo a la mitad. Mitad luz mitad oscuridad. Mitad lucidez mitad
locura. Especialmente bellas son las tomas de Brando durante sus monólogos
delirantes ante Willard y el modo velado en que se trata la propia muerte
de Kurtz.
«Y no trates de entender el sacrificio».
La ausencia de juicio como libertad total. La última gran idea
de la película. La última gran idea del arte. La posibilidad
de una vida sin juicio. La anulación de los conceptos de acción-reacción
sobre los que se asienta la cultura occidental: obra-juicio-castigo-perdón.
La culpa. El pecado y la culpa. Kurtz alumbrará un mundo sin juicio
(o sólo su juicio), asentando su dominio, además de en la
locura y la decapitación, como ya se ha dicho, en un concepto onírico
del poder y la dominación, subordinando el juicio y la culpa en
favor de la libertad: el espacio de las ideas, el campo donde nada debería
estar prohibido. La ausencia de juicio como camino hacia la verdad («¿hasta
dónde debemos practicar las verdades?»). ¿Es esa la
idea del arte? ¿Es esa la posibilidad del artista, o es su obligación?
Willard lo acabará entendiendo aunque, representando los valores
de lo justo y lo que se debe, (su propia imagen cuestiona, sin embargo,
el auténtico valor de lo que se debe o no se debe hacer), cumplirá
con su misión y acabará con Kurtz. «Juzgar es lo que
nos derrota».
Luego está todo lo que rodea a Apocalipsis:
su mito, la jungla, Camboya, el ataque al corazón de Martin Sheen,
el alcohol, Vietnam, las interrupciones en la producción cuando
Filipinas necesitaba los helicópteros para la guerra real, las
enfermedades que todos contrajeron, el incumplimiento de los plazos y
las polémicas del estreno, Wagner, ‘The End’ en la
voz de Jim Morrison, el napalm, Dennnis Hopper y Robert Duvall, el modo
en el que Brando alumbra la película, el estado mental en el que
derivó su rodaje...
Y luego está Andrés Calamaro:
su mito, su ascensión del Nung (no puede ser casual que su estudio
casero, en el que se grabó gran parte de El Salmón,
sea conocido como Camboya Profundo), el alcohol y las drogas, sus años
de oscuridad, su modo de ser argentino sin ser de ningún sitio,
su voz, su Vietnam «hecho de saliva y sangre»...
Y la gran diferencia: Calamaro entendió
que es posible el juicio sin la culpa y regresó de Kurtz y del
río. Nosotros lo celebramos. Y, mientras, seguimos esperando a
Willard. Seguro que él también lo conseguirá, tarde
o temprano.
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