¡Amores
de película,
amores perfectos!
Leo Zelada
Hoy
he ido a ver una película que nunca pude ver en Lima, siempre sucedía
un imponderable a último momento que me impedía verla. La
verdad es que me encanta el cine. El cine es el mundo para los amantes
solitarios de los parques desolados. Aún recuerdo mis tardes solitarias
en la filmoteca del Museo De Arte de Lima viendo películas de Murnau,
Godard, Fassbinder, Wenders, Oshima, Saura, que sólo unos cuantos
parroquianos de este pequeño culto realizábamos en silencio
en aquel templo de columnas blancas. Tanto llegó mi fanatismo con
respecto a mi cinefilia que muchas veces dejaba de comer con tal de ahorrar
unas monedas para poder ir al cinematógrafo. En el cine todo es
perfecto, en el cine hasta las tragedias son bellas.
He llegado a cinematografiar mi vida, en
la cual deliro siendo el director, el destino —la producción
y las escenografías—; mi memoria —el montaje—
y yo el actor principal en un extenso largometraje que solo sé
que acabará cuando muera. Bueno, como les contaba, fui a ver la
película Henry and June y según mi discutible punto
de vista, la caricaturización del escritor norteamericano Henry
Miller en esta película me parece patética y el guión
sumamente estereotipado. No obstante, la fotografía y la ambientación
de la película me gustaron. Algunas escenas entrañables,
como aquella en que ingresamos al cuarto del escritor de Trópico
de Cáncer y vemos un cuarto de madera añejo, sucio,
desordenado, las ropas tiradas por los sofás y una cucaracha deslizándose
impune sobre los manuscritos arrugados de Miller. Esa escena me pareció
genial. Las imágenes del cabaret son también extraordinarias.
El vestuario de la época, fabuloso.
Pero la película, básicamente,
haciendo honor a la verdad, es Anaïs Nin o, más precisamente,
la diosa María de Medeiros. La soberbia y divina interpretación
que hace de Anaïs Nin es simplemente magistral. Los detalles tenues
de sus gestos, los matices de aquel rostro enigmático, esa mirada
embrujadora y los movimientos cadenciosos y sensuales de María
de Medeiros desplegándose como gata de angora por el ecram de la
pantalla. Lo confieso, lo confieso, me enamoré de Anaïs por
Medeiros. En el cine me sentía en un ambiente cálido, rodeado
de butacas vacías, llenas de vida e historias entrañables.
En el cine sentía que estaba en un hogar del cual jamás
me van expulsar. En el cine pude besar a la mujer que tanto amaba: Maria
de Medeiros.
¡Amores de película, amores
perfectos!
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