¡Amores de película,
amores perfectos!

 

Leo Zelada

 

 

"Henry & June" de Philip Kaufman     Hoy he ido a ver una película que nunca pude ver en Lima, siempre sucedía un imponderable a último momento que me impedía verla. La verdad es que me encanta el cine. El cine es el mundo para los amantes solitarios de los parques desolados. Aún recuerdo mis tardes solitarias en la filmoteca del Museo De Arte de Lima viendo películas de Murnau, Godard, Fassbinder, Wenders, Oshima, Saura, que sólo unos cuantos parroquianos de este pequeño culto realizábamos en silencio en aquel templo de columnas blancas. Tanto llegó mi fanatismo con respecto a mi cinefilia que muchas veces dejaba de comer con tal de ahorrar unas monedas para poder ir al cinematógrafo. En el cine todo es perfecto, en el cine hasta las tragedias son bellas.
     He llegado a cinematografiar mi vida, en la cual deliro siendo el director, el destino —la producción y las escenografías—; mi memoria —el montaje— y yo el actor principal en un extenso largometraje que solo sé que acabará cuando muera. Bueno, como les contaba, fui a ver la película Henry and June y según mi discutible punto de vista, la caricaturización del escritor norteamericano Henry Miller en esta película me parece patética y el guión sumamente estereotipado. No obstante, la fotografía y la ambientación de la película me gustaron. Algunas escenas entrañables, como aquella en que ingresamos al cuarto del escritor de Trópico de Cáncer y vemos un cuarto de madera añejo, sucio, desordenado, las ropas tiradas por los sofás y una cucaracha deslizándose impune sobre los manuscritos arrugados de Miller. Esa escena me pareció genial. Las imágenes del cabaret son también extraordinarias. El vestuario de la época, fabuloso.
     Pero la película, básicamente, haciendo honor a la verdad, es Anaïs Nin o, más precisamente, la diosa María de Medeiros. La soberbia y divina interpretación que hace de Anaïs Nin es simplemente magistral. Los detalles tenues de sus gestos, los matices de aquel rostro enigmático, esa mirada embrujadora y los movimientos cadenciosos y sensuales de María de Medeiros desplegándose como gata de angora por el ecram de la pantalla. Lo confieso, lo confieso, me enamoré de Anaïs por Medeiros. En el cine me sentía en un ambiente cálido, rodeado de butacas vacías, llenas de vida e historias entrañables. En el cine sentía que estaba en un hogar del cual jamás me van expulsar. En el cine pude besar a la mujer que tanto amaba: Maria de Medeiros.
     ¡Amores de película, amores perfectos!