El lugar del
cine
Natxo Vidal Guardiola
¿Dónde
viste Lost in traslation? ¿A qué olía el
cine en el que viste morir a Hillary Swank en Million dollar baby?
¿Quién te acompañó al cine cuando Flores
rotas? ¿En qué sala viste Matrix?
La primera vez que me dormí en el
cine fue viendo Los puentes de Madison, una película de
más de dos horas cuyo argumento daba para un máximo de 45
minutos soportables. De entonces recuerdo casi todo menos la película:
el nombre del cine, la incomodidad de las butacas, el suelo enmoquetado
de la sala, el neón titubeante en los aseos, el bar en el que tomé
café al salir, el banco de la plaza en el que me senté a
esperar al resto de las personas con las que fui al cine.... Y podría
afirmar sin equivocarme dónde y en qué circunstancias vi
La mala educación, Syrianna, la nueva saga de
los Ocean’s, 21 gramos, Mi vida sin mí,
la antes nombrada Flores rotas, Coffe and cigarrettes,
Crash, Entre copas... y fuera del cine las primeras
veces de El Padrino, Amarcord, Taxi driver,
Soñadores o El último tango, Apocalipsis
Now, Mejor imposible o la otra Crash: quién
me acompañaba, el nombre de la sala, el olor del lugar, el tono
de la luz, la luz del día o de la tarde o de la noche, la forma
en la que todo condicionó lo que ocurría en la pantalla,
dentro de los cuatro límites del cine: arriba, abajo, a un lado
y a otro.
Traigo todo esto a colación a propósito
de 'Los fantasmas del Roxy', una bonita canción de Joan Manuel
Serrat (con la colaboración de Juan Marsé) en torno a la
memoria sentimental de lo vivido en el Roxy (un antiguo cine de reestreno
en la plaza Lesseps de Barcelona) y de cómo el espectador anuda
en su memoria lo que ve en la pantalla con el lugar en el que lo hace,
del mismo modo que la plazuela en la que nuestro hijo da sus primeros
pasos tiene para nosotros, desde entonces, unas connotaciones especiales
que la distinguen de todas las demás y que se vinculan directamente
con lo afectivo. La canción, a medio camino entre la crónica
memorística y una falsa y creo que premeditada cursilería
rosa, culmina, en relación con lo que estamos comentando, cuando
asegura que «allí fue donde a Lauren Bacall / Humphrey Bogart
le juró amor eterno / mirándose en sus ojos claros... /
Y el patio de butacas / aplaudió con frenesí / en la penumbra
del Roxy / cuando ella dijo que sí».
Es importante (en las letras de Serrat casi
nada es casual) que utilice el término allí (en alusión
al Roxy) para determinar el lugar en el que Bacall y Bogart se enamoraron.
¿Acaso Lauren Bacall no dijo que sí a Bogart en otras salas?
¿Tal vez Bogart no fue igual de persuasivo en otros cines? ¿Tal
vez su confesión no fue igual de convincente en otras pantallas?
Puede que las respuestas nos lleven por lo pronto a una apresurada obviedad:
es objetivamente cierto que ocurre lo mismo en todas las salas en las
que se proyecta una película. Pero es igualmente cierto que nuestra
memoria sentimental queda vinculada al lugar donde vivimos aquellas emociones
que consideramos importantes en nuestra vida. En ese sentido, como también
pone de manifiesto Javier Marías en su excelente Donde todo
ha sucedido, las salas de cine no son una excepción.
Yo cometí el error de ver Million
dollar baby en un espantoso multicine integrado en un espantoso centro
comercial; la belleza de la película, la simpleza dolorosa con
la que se aborda el argumento, el excelente tratamiento de la banda sonora,
la exactitud hiriente del guión... no merecían luminosos
de comida rápida a la salida del cine, sino aceras anchas bajo
los árboles y farolas tenues en lo que debió haber sido
una silenciosa vuelta a casa mirando las baldosas.
Y no. No es cierto (como indicaría
la respuesta obvia que hemos apuntado antes) que ocurra lo mismo en todas
las salas. Yo estoy seguro de que Hillary Swank hubiese muerto con mucha
más dignidad en uno de esos cines de toda la vida, con su pantalla
grande, su moqueta y esa serenidad antigua de las salas que han acogido
antes otras muertes, otros besos y otros villanos igualmente memorables
con la misma elegancia con la que las ancianas ricas reciben a sus nietos.
Salas que han resistido al paso del tiempo y a la especulación
inmobiliaria, que han abierto sus puertas de forma ininterrumpida bajo
el sol, la lluvia o el viento, que han sido durante años generosas
en emociones con niños, jóvenes y adultos, que han dado
con su ejemplo un impagable servicio a la comunidad, que siguen hoy abriendo
sólo por dignidad y por vergüenza, para seguir dándonos
todavía lo que seguramente hace tiempo ya que no nos merecemos.
Hoy
nuestros abuelos no recuerdan casi nada de su infancia: los nombres de
sus amigos, las primeras veces de casi cualquier cosa, el nombre de su
maestros en la escuela... sin embargo suelen recordar la calle en la que
jugaban, el olor de los jazmines del patio de la casa, la aspereza de
las mantas, lo que ellos creen recordar como el colegio, el tacto frío
del agua en los inviernos, la memoria sentimental de un tiempo que ya
no existe.
Del mismo modo, cuando no recordemos todas
las películas que hemos visto, todos los argumentos o todos los
guiones, ni siquiera el nombre de los que hoy son nuestros actores, actrices
o directores de cabecera, nos quedará únicamente el tacto
de la butaca, el olor del cine, la luz y su misterio en la pantalla de
lo que recordamos... Y no seremos, entonces, la película, sino
la sala.
Cuando eso llegue.... ¿en qué
sala te gustará imaginar que viste morir a Hillary Swank en Million
dollar baby? ¿En qué sala te gustará imaginar
que viste a Neo por primera vez? ¿En qué tipo de sala vas
a dejar que el tiempo te cambie los finales?
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