PALABRAS CONTRA
EL FRÍO
José Andújar Almansa
Hay
una escena en un poema de Joan Margarit en la que alguien, el solitario
que allí nos habla y que a mí se me figura siempre el propio
Margarit, observa a los demás, un grupo alegre y ajeno de personas,
que charla despreocupado a cubierto de la lluvia y el frío de la
noche, tras los cristales de un café de Turín en los años
50. Húmeda y extrañada, esa mirada es también la
de quien se sabe a la intemperie, esa suerte de desamparo que recorre
a todo verdadero poeta y que hace de la poesía, como viene a decirnos
Margarit en el título de su libro más reciente, una última
Casa de misericordia. Lo sabe el sujeto que se decide al fin
a entrar en el café, toma una mesa y prosigue allí, en la
compañía incómoda de su retraimiento, su obstinado
diálogo con el frío, su plática con las inclemencias
de un tiempo personal sin previsión de climas apacibles.
Se
entiende así que el poeta haya reunido el conjunto de su obra escrita
entre 1975 y 1995 con el título de El primer frío.
La poesía nos da y no nos da cobijo; sus muros de orfanato parecen
sólidos, sus estancias nos acogen, pero hay ventanas que no cierran
bien y rendijas por las que se filtra, persistente, el temporal de afuera.
La voz que se deja oír en los poemas (esa que en el transcurso
de los libros de Margarit ha venido madurando definitivamente a partir
de su Edad roja) se sostiene en un diálogo tenso, traspasado
por el frío que la habita por dentro. Una conversación mantenida
con las ilusiones heladas, con las verdades destempladas y un invierno
de dudas y de sueños derrotados. El frío es, por tanto,
su forma de lucidez. La misma lucidez que se despliega en todo cálculo
de estructuras, que conduce los motivos del lobo o que tiñe de
sepia los aguafuertes. Un sentimiento hecho de inseguridades y certezas
desoladas, de apuestas vitales que suenan a la última apuesta,
a esa jugada final contra uno mismo «con las cartas marcadas de
la vida», como aclaran los versos del poema ‘La partida’.
Lo mejor de la poesía de Margarit
habita en ese paisaje complicado, inhóspito de la edad madura.
Un paisaje que comporta sus riesgos, porque a los argumentos de la conciencia
lúcida se une el peligro de las alianzas imposibles. De las traiciones,
por tanto. Y porque a los aguafuertes de la memoria sentimental suele
falsearlos esa otra forma de memoria que es siempre el olvido. Sus libros
principales, Edad roja, Los motivos del lobo, Aguafuertes,
Estación de Francia, Joana, Cálculo
de estructuras, se sitúan vital y literariamente en ese tiempo
y en ese espacio; tratan de la necesidad de aprender a mirar la vida como
quien aprende a vivir entre las ruinas o los restos de un desahucio; es
decir, entre el estupor y los interrogantes de la reflexión bronca,
entre la conciencia de la derrota y la turbadora serenidad de quien ha
hecho del desengaño su primera línea de defensa.
Se dice que la poesía habla siempre
de los mismos temas, muy pocos: el amor, el tiempo, la muerte… pero
sus matices resultan infinitos. Estos poemas de Margarit nos hablan de
todo lo que cabe en una vida cuando alguien se pone a hacer balance («Ahora
que paso cuentas con quien soy»); cuando alguien se sitúa
en esa encrucijada en que, como nos indica el poeta «desconocías
que la vida no tendría piedad contigo», pero, a su vez, atesora
el frío del pasado, porque presiente que en sus brasas hallará
«la última hoguera / donde el mañana pueda calentarse».
En medio queda ese tiempo que retrata, con vitalista desconsuelo, al hombre
y al poeta que es Joan Margarit. Alguien que ha dicho interesarle lo poético
como «organización estrictamente personal, casi secreta,
del propio sufrimiento».
Como no puede ser de otra manera, esa ordenación
apunta a lo esencial. Toda memoria es siempre memoria de la infancia:
vivida como un episodio clandestino, como una isla en medio de la desolación.
La de Margarit nos remite a un tiempo miserable, hecho de los tonos más
grises del recuerdo. Y nos alcanza también a un país convertido
todo —después de una guerra y de la soberbia de los vencedores—
en una inmensa Dirección General de Regiones Devastadas. La infancia,
por tanto, como sueño vulnerable, invulnerable.
Igual que otras islas que vendrían
más tarde y más afortunadas. La nostalgia de un traslado
familiar a Santa Cruz de Tenerife, «aquella ciudad íntima
y colonial» en que transcurrió la adolescencia del poeta,
indica una señal todavía legible sobre el mapa del tesoro.
Pero las rutas marcadas sobre mapas juveniles se convierten en grietas
de cansancio y de rutina en las paredes domésticas del adulto que
habla de los hijos, del dinero, del trabajo, más cerca de las aguas
poco profundas y de las falsas seguridades del erizo de mar (que leemos
en el poema del mismo título) que de la isla del tesoro. Hay verdades
que se saben seguras tan sólo en su lejanía, en el estruendo
de singladuras y de barcos que fondean las costas de un pasado dorado
convertido en leyenda personal. Por eso conviene «mantenerse alejados
del peligro / que nos acecha desde su belleza», según nos
advierte el antiguo pasajero de ‘Farewell’ y ‘La isla
del tesoro’. A veces los paraísos perdidos conservan un brillo
de espumas inquietante, un rastro de seducción que viene a turbarnos,
porque desbarata de golpe la costumbre templada de nuestras vidas, ese
refugio hecho de verdades a medias, de olor a café recién
hecho y de renuncias tranquilizadoras que nos permite sobrevivir.
Por estos versos pasa también, y
sobre todo, el amor. Pasa como un «arma cargada / de soledad y melancolía»,
como «las últimas monedas de un tesoro saqueado». Su
sombra arde como la llave en la cerradura de aquel ático junto
al mar en los años sesenta, y circula como aquellos trenes nocturnos
Barcelona-París, mientras suena Edith Piaf y Léo Ferré
al fondo y el pasado se apaga sobre un montón de hojas secas en
el Jardín de Luxemburgo. Y viene con su vieja danza de engaños
y celos, sus historias de adulterio para decirnos que «la traición
/ es tan sólo una forma del amor». Y palpita encendido como
el deseo juvenil o sordo como el sexo de un viejo en su débil claridad.
Y llega con la sombra de dos hijas muertas y con la de un coche detenido
en el sueño de una noche de verano y las siluetas dibujadas de
un muchacho y una chica en su interior. La poesía de Joan Margarit
nos enseña que no hay que tirar nunca las viejas cartas de amor,
porque éstas, igual que cuentas atrasadas del deseo, nos estarán
aguardando al cabo de los años —abandonados del deseo, de
la belleza y hasta de la propia poesía— para convertirse
en nuestra última, en nuestra única literatura.
Yo sé que los poemas constituyen
muy raras veces una exacta biografía, pero me complace leer las
notas con que Joan Margarit suele explicar las circunstancias vitales
que están en el origen de algunos de ellos. Por lo mismo, me gusta
pensar que estos poemas resultan conversaciones privadas que acaban trascendiendo
en público, asuntos que en el fondo consiguen afectarnos a todos,
pues las palabras, los tonos, las inflexiones crean las condiciones de
una respuesta íntima, de una temperatura propia que los acoge en
cada uno de sus lectores. Quizás, ya lo decía, porque estos
versos valen lo que vale una vida. ¿Y quién no ha perdido,
tal vez por amor, una casa?, ¿quién de nosotros no tiene
pendiente alguna oscura deuda en su particular calle Balmes? Por eso también
suelen hacer daño en ocasiones.
Al menos esa es mi experiencia personal
de algunos buenos malos momentos que le debo a esta poesía, y que
no sabría ahora si agradecerle o reprocharle a Joan Margarit. Aunque,
bien mirado, no se podrá objetar que no nos haya querido advertir
de las consecuencias: «un buen poema, / por más bello que
sea, será cruel», leemos en un verso de ‘Casa de misericordia’.
Así que sospecho que la poesía de Margarit
nos presta cobijo sin otro fin que recordarnos nuestra menesterosa condición
de hospicianos.
Esta condición nuestra, de otras
vidas que son, por compensación, también la suya, la ha
expresado Margarit en poemas que discurren lentos como ríos interiores,
o como aquellos trenes de posguerra que alcanzaban asmáticos la
estació de França. «Indagando / acerca de las lágrimas
perdidas», según explica en un verso. El poeta nos ha mostrado
el trasiego de esas existencias a la deriva que se cruzan en el vestíbulo
de una estación, en las oscuridades teológicas de un metro
o en mezquinas callejas que atraviesan avenidas brillantes, y lo ha hecho
con la esperanza de que aquello que hemos perdido sea «lo que en
los demás pueda salvarnos / desde su recordar desconocido».
En composiciones como ‘Recordar el Besòs (1980)’, ‘Arquitectura’,
‘Monumentos’ o ‘Poema en negro’, el arquitecto
profesional que es Joan Margarit relega al flâneur baudeleriano
aquejado de spleen, para mostrarnos el paisaje de una ciudad
con los ojos pintados de crepúsculo, para leer el futuro en las
grietas de las casas como si fueran líneas de una mano, para hablarnos
del vacío y del óxido que corroe a los monumentos como simulacros
de un tiempo histórico degradado, y para pintarnos la desesperanza
de casas despintadas, de lugares con jeringas e inscripciones en muros,
y de barrios cansados que disfrazan su miseria de carnaval.
La poesía es necesaria por todo esto.
Y por ello, como nos aconseja el poeta Margarit, debe rastrearse también,
y antes que nada, por juzgados y hospitales. Debe servir, por tanto, para
guarecernos del frío, para sobrevivir con miedo y sin idealismos,
preparándonos para lo peor. Pero las palabras capaces de esa misericordia,
las únicas que pueden ofrecernos refugio, son las que encontramos
en los grandes poetas. Ha dicho Joan Margarit que un mal poema ensucia
el mundo. Margarit es hoy uno de los poetas mejores y más higiénicos
que conozco.
|
José
Andújar Almansa. Aaiún (Sahara), 1963. Profesor
y crítico literario. Ha publicado el poemario Huésped
de la noche (1987) y el ensayo La palabra y la rosa
(2003) y ha sido coeditor literario de Villaespesa y las poéticas
del Modernismo (2004). Se ha ocupado de la edición de
antologías de Aurora Luque y Javier Rodríguez Marcos.
Ha publicado artículos en Ínsula, Litoral,
Bulletin of Spanish Studies, Revista Hispánica
Moderna y Campo de Agramante, entre otras. |
|