Just in case
Gonzalo Martín
Soy un hombre grande, fuerte. Admito que
en los últimos años he ganado peso, pero soy joven y, si
quisiera, podría tumbarlo de un solo golpe en la mandíbula.
Desde la ventana de mi dormitorio no alcanzo a distinguirlo, pero estoy
seguro de que sigue ahí, recostado contra el tronco fibroso del
ciprés, fumando. Lo sé porque de vez en cuando la brasa
de su cigarrillo se enciende y relumbra como una luciérnaga en
la oscuridad de la noche. Si no me hubiera desvelado y me hubiera levantado
para abrir la persiana, una noche más habría pasado sin
que me diera cuenta. De nada me vale envalentonarme; nada puedo hacer,
y si pudiera, no estoy convencido de tener el coraje para enfrentarme
con él. Más allá de su presencia, la calle parece
tranquila. Las luces de los porches permanecen encendidas y son casi el
único alumbrado. La farola más cercana se levanta allá
en la intersección. No puede decirse que sea un barrio elegante,
pero a mí me gusta y puedo decir que soy feliz aquí. Más
aún ahora, cuando el ardor del verano no ha comenzado y paso horas
en el jardín, frente a la casa, arrellanado en una silla plegable
verde que compré por diez dólares a un vecino. No está
permitido fumar en el interior, pero a estas horas de la madrugada mis
compañeras duermen un sueño hondo en sus habitaciones cerradas.
La única precaución que observo es inhalar detrás
de la pared, para que la combustión no me delate a sus ojos, en
el caso de que esté observando la casa.
Ayer
vino Eva. Cuando aparcó su coche y salió, pensé:
“Está envejeciendo”. No sé por qué razón
su nariz me pareció más aguileña de lo habitual y
sus brazos enflaquecidos. Es posible que esté deprimida y eso explique
por qué últimamente, desde que convinimos en restaurar la
amistad que fraguamos antes de nuestra ruptura, me visite cada fin de
semana, y acepte pasar unas horas sentada junto a mí, cruzadas
las piernas y bajando la mirada para comprobar no sé qué
armonía entre su pecho y la blusa. Hablamos de todo, pero sobre
todo hablo yo. Ella escucha con una paciencia que me hace concebir la
idea de que lo hace con arrobo, con fascinación, aunque ya hace
mucho tiempo que mi acento español haya dejado de seducirla. Ayer
vestía una blusa de color verde. Por casualidad, se había
sentado en mi silla y le hice observar que con el fondo del pino que se
yergue al borde de la calzada constituía un conjunto muy hermoso.
Ella respondió que para que eso fuera totalmente como yo decía
debería haber tenido ojos de color verde también. “Como
la puta ésa”, añadió. Aunque me contestó
con una paz infinita, preferí cambiar de asunto y le hablé
de mi vecino, cuya casa linda con la mía. Le conté que hacía
dos semanas lo había invitado a tomar una cerveza. Él estaba
fuera, de pie frente a su puerta entreabierta, y sacudía un guante
de jardinero. Rehusó con un gesto de su cabeza, sin pronunciar
palabra, y siguió sacudiendo su guante, de cuyo interior caía
un polvillo gris. Si yo hubiera sido un correcto ciudadano de este país
me habría sentido ligeramente ofendido, pero lo saludé con
la mano y una cómplice inclinación de la cabeza y me metí
en casa. Dos días más tarde, poco después de empezar
el desayuno, oí que alguien corría, pero la carrera cesó
a los pocos instantes. Después de unos minutos volví a oírlo.
Esta vez me asomé a la ventana y vi a mi vecino atravesar velozmente
su jardín, entrar en la calzada, avanzar unos metros y detenerse
cerca del cruce, estirando el cuello como si oteara tras la esquina. Regresó
despacio, cabizbajo, con una ostentosa expresión de decepción
en sus brazos caídos y se encerró tras su puerta. Yo quedé
observando la mañana, la limpidez del cielo de Arizona, mientras
daba sorbos a mi café. Entonces volvió a salir, más
rápido que la vez anterior, y corrió con toda su energía
hasta el término de la calle, donde se detuvo. Allí se estiró
como si se inclinara sobre un precipicio y observó. No pareció
satisfacerle lo que veía porque se llevó las manos a la
cabeza en señal de desesperación y después las bajó
por la cara, cubriéndose la nariz con las palmas abiertas, reflexivo.
Todos estos gestos pude verlos con claridad, porque los hizo parcialmente
vuelto hacia la calle, como si quisiera exhibirse. “Especialmente
ante mí”, recalqué; y Eva me dirigió una mirada
que podía significar tantas cosas que incluso podría no
haber tenido relación ninguna con lo que acababa de contarle. Eva
tiene una forma de escucharme que me aboca a la sobreactuación,
a la parodia, al histrionismo. Creo que la clave está en sus cejas,
y en ese rictus de sus labios maravillosos que parecen prontos a prorrumpir
en un desplante. Antes, Eva llegaba a intimidarme. Ahora, puedo dejar
de contarle la historia de un vecino desequilibrado sin que me importe
que ella piense que me interrumpo porque no me cree.
En honor a la verdad Kristos fue quien lo
complicó todo, hace ya un par de meses. Con esa actitud suya de
hombre fajado en la vida real, a pesar de sus veintiún años,
y una confianza en sí mismo que en ocasiones me irrita, alzó
una botella y le invitó a unirse a nosotros. Eran ya las once de
la noche y Kristos llevaba bebiendo más de tres horas. Cuando está
borracho, su esfuerzo por hacerse inteligible dota a su inglés
de una precisión y claridad que le hace a uno pensar que se halla
ante un hombre cultivado, cuando en realidad nunca fue a la universidad
y no puedo imaginarlo leyendo un libro. Aquella noche supimos que mi vecino
se llama David, que había trabajado en California para una empresa
que fabricaba los fuselajes de muchas bombas que cayeron sobre Irak en
los noventa, pero que ahora estaba jubilado, y vivía
en Arizona para estar más cerca de su hermana, la única
familia que le quedaba. A pesar de esto parecía relativamente joven;
no creo que contara más de cincuenta años, a juzgar por
la energía con que palmeaba la espalda de Kristos y por la vehemencia
de su risa, que tenía un timbre procaz. No vi nada en aquellas
horas que pudiera considerar un signo indubitable de locura. Después,
Kristos me contó que en más de una ocasión había
sentido el impulso de estallar con violencia, golpearle, aliarse conmigo
en un linchamiento sobre el suelo, junto a la mesa volcada, pero no supo
explicarme por qué. Sí había notado, podía
asegurármelo, que a mitad de la conversación David había
aproximado inadvertidamente su silla a la suya, pero pronto se despreocupó,
olvidado en su empeño por elaborar un discurso nacionalista griego,
que David escuchó con una paciencia que yo hace tiempo he perdido.
El mismo dueño al que alquilamos
la casa donde vivo posee una especie de complejo, un conjunto de casas
agrupadas frente a la mía que desde la calle parecen sólo
dos, pero que en realidad son cuatro o cinco. De las que dan a la calle,
una está ocupada por tres jóvenes rubias, muy atractivas,
que aparcan sus coches en fila, uno tras otro en la entrada asfaltada,
de forma que se ven obligadas a salir frecuentemente para moverlos cada
vez que una de ellas necesita salir. Entonces puedo verlas desde mi salón;
con más dificultad desde mi dormitorio, porque un seto crecido
reduce el campo. No sé si debería sentirme culpable, pero
el caso es que me hacen sonreír sus muslos rubios y atléticos.
Alguna vez las he saludado, e incluso me he presentado. Son muy amables.
Cuando les daba la mano me preguntaba qué contraste ofrecería
junto a ellas, que al fin y al cabo no son muy altas, con mi barba de
una semana, de hirsutos cañones negros y mi cabello ondulado, tan
retinto que brilla. A costa de muchos años de socializar he logrado
superar una timidez de la que sólo queda un tenue temblor en mi
voz. Por alguna razón creo que este vestigio me confiere el atractivo
de la vulnerabilidad y a veces lo exagero. Cuando les hablaba de mi origen
me pareció ver en los ojos de una de ellas un principio de simpatía
y ya me animaba a continuar con la charla cuando vi a David, al otro lado
de la calle, de pie junto a la calzada. Me miraba y en sus ojos había
una expresión que, a pesar de la distancia, me resultó burlona.
Por más que intenté proseguir no pude. Avergonzado, me marché
de allí, con una brusquedad incomprensible.
A partir de entonces le cobré gran
antipatía a David. Para colmo, desde que pasó aquella noche
con Kristos y conmigo, consideró salvada toda barrera e irrumpía
en mi jardín, muchas veces cuando más relajado me hallaba,
después de un día largo en la universidad, sentado en mi
silla y contemplando el tronco del pino, que cada día me parece
más vivo. No obstante, yo siempre le recibía cortésmente,
con una sonrisa de bienvenida y tendiéndole la mano. Le ofrecía
una silla y él me hablaba de California, de las bombas, de la perfección
de sus remaches, de sus aventuras con una mujer divorciada cuyos muslos
le recordaban la lisura de los fuselajes. En cierto modo acabé
cogiéndole gusto a sus historias, aunque con este sentimiento convivía
otro encontrado y creciente de hartazgo, usurpación e invasión.
Por eso una vez hice una estupidez que aún hoy que me hace sonrojar.
Ya antes lo había despedido de malos modos, pretextando que no
estaba de humor, pero David no se rendía, ya fuera porque no detectaba
mi molestia, ya porque la despreciara. En aquella ocasión se marchó,
pero en otra me anticipé. Quise rehuir su compañía,
su mera presencia, y no salí al jardín. Me encerré
en casa y bajé las persianas. En un momento tocaron el timbre.
Mi casa tiene una planta extraña. En el pasillo que viene de las
habitaciones y desemboca en el salón se abre una cristalera grande
que permite ver a quien llega sin que éste, al menos mientras permanezca
de frente a la puerta, vea a quien acude a recibirlo. Así fue como
descubrí que era David, pero ya sobrepasado el ventanal, de forma
que no podía regresar a mi habitación sin que me viera.
Aguardé unos minutos, pero él no se marchaba. Es más,
apretaba el timbre con una insistencia provocadora. Entonces me agaché,
me puse de rodillas y comencé a gatear. Mi propósito
era pasar bajo el marco inferior de la ventana sin ser visto, pero incluso
a cuatro patas soy grande y me dio miedo, así que me tumbé
cuan largo soy y me fui arrastrando con los codos, sin prisa, sin reparar
en lo que hacía, hasta que desaparecí en el pasillo. Cuando
me puse en pie experimenté la súbita necesidad de encender
un cigarrillo, para tranquilizarme, pero no podía salir y tampoco
podía fumar dentro. Decidí salir al jardín de atrás,
una extensión agostada de césped, pequeña y triste,
separada del callejón de la basura por un muro de hormigón
que me llega a la altura de los ojos. Allí exhalé el humo
del rencor, del ridículo, de la insólita sensación
de desconocerme.
Puedo enorgullecerme de hablar un inglés
muy fluido, si bien con un marcado acento español que no me impide
hacerme entender. Incluso cuando estoy nervioso y mi voz tiembla, puedo
expresar lo que quiero, si veo que mi interlocutor me sigue sin esfuerzo.
Aquel policía me escuchaba recostado contra una mesa pegada a la
pared, en el interior de un moderno edificio que albergaba también
los juzgados y las oficinas del fiscal de la ciudad. Su enorme barriga
estaba ceñida a un cinturón grueso, abarrotado de artilugios
creados para apresar y reducir, en cuyo uso lo supuse plenamente entrenado.
No llevaba, sin embargo, arma de fuego. Nuestra apariencia, cuando nos
habló a través del interfono y vino a abrirnos la pesada
puerta de cristal, no era ni mucho menos amenazante. Cuando lo vi acercarse,
pensé: “Este hombre tan gordo nunca podría correr
tras un asesino”. Nos atendió con paciencia profesional.
Siguió, después lo advertí, un procedimiento nada
arbitrario de comunicación. Cuando hubo escuchado toda nuestra
historia empezó él a hablar, y las veces que Kristos trató
de interrumpirlo él lo acallaba con frases como: “Déjeme
terminar”, que acompañaba de un gesto de su palma hacia abajo,
como si lo frenara, porque ya le hubiéramos proporcionado toda
la información y estuviera convencido de que el resto no eran sino
vueltas y más vueltas. A pesar de ello, cuando me hice con la palabra,
tuvo que oírme repetir parte de la historia que Kristos ya le había
referido con todo el aplomo de su voz enlentecida por el alcohol. Por
eso hice hincapié en el afán de la visita. Yo sabía
que no había nada que pudiera denunciar, nada imputable. Lo sabía
de antemano, antes de decidirme a presentarme ante la policía con
la historia de un vecino enojoso, a veces turbador. Por eso había
esperado a que algo más ocurriera. Soy, puedo decirlo sin jactancia,
un hombre muy sociable, alegre y comunicativo. Tengo una innata capacidad
de convocatoria y una noche había reunido en mi casa a un grupo
de amigos. Entre ellos se hallaba el novio de una de mis compañeras,
un turco con el que muy pronto me congracié. Ya era tarde, cerca
de la medianoche, cuando la reunión languidecía y la gente
empezaba a marcharse. El turco se había rezagado, enredado en una
discusión con su novia, de cuya gravedad nos llegaban gritos. En
la calle oscura, apartado unos metros, lo esperaba un coche con el motor
en marcha, la puerta abierta y la luz interior encendida. El turco apareció
con una mueca de acritud en el rostro, me dio la mano apresuradamente
y se encaminó al coche, pero en mitad de su recorrido David lo
interceptó. Salió de no sé donde. Le agarró
del hombro y se le arrimó mucho. Se veía que le hablaba,
le preguntaba; el turco medio de costado, detenido, mirándolo con
extrañeza y un cierto temor. Los labios del turco articularon unas
breves palabras, hasta que después de lo que pudieron haber sido
un par de minutos se desasió y se dirigió hacia el coche.
Yo, para aquel momento, me había quedado solo, sentado en mi silla,
bajo el foco de una lámpara que atraía y asaba entre humo
y chisporroteos algunos insectos nocturnos. Cuando el coche arrancó
y se perdió en la oscuridad sólo estábamos David
y yo, mirándonos en silencio. Aunque
mi impulso era otro, me di tiempo para consumir el cigarro que fumaba.
“¿Y entró usted en su casa?”, preguntó
el policía. “Sí”, respondí. “¿Actuó
su vecino con violencia? ¿Demostró una conducta inapropiada
con su amigo? ¿Algún tocamiento?”. “No”,
respondí yo. “Creo que no”, vacilé. Y volvió
a preguntar: “¿Trató de retenerlo en la calle, para
que no entrara en el auto?”. “No”, tuve que admitir.
En ese caso, la situación estaba clara. Todo el mundo tenía
un vecino inquietante, pero eso no significaba que fuera peligroso. Además,
no había forma de tomar medidas en su contra si las pruebas se
reducían a lo que le habíamos relatado. Ante mi insistencia,
el policía detalló un procedimiento. Si yo no quería
que me molestase debía hacerle expreso mi rechazo, la prohibición
de penetrar en mi propiedad. Si él hacía caso omiso de mi
advertencia podría llamar a la policía. Ellos lo sacarían
de allí, y no lo arrestarían siempre que no opusiera resistencia.
Le darían entonces un primer aviso. Si volvía a intentarlo,
se lo llevarían. Eso era todo, me dijo, ya centrada en mí
toda su atención y apercibido de mi creciente nerviosismo. Un poco
disgustado, insistí en la posibilidad que más me rondaba
la cabeza y que creía más eficaz. ¿No podría
él, sólo por si acaso, consultar los antecedentes de ese
hombre? “No”, contestó terminante, sin una sola fisura
en su respuesta, por donde yo pudiera introducir un fino argumento: “¡Sólo
por si acaso! Quién sabe si este hombre un día haga algo
real, algo terrible. Ustedes ya sabrán que yo estuve aquí,
que les advertí”. El policía, ya visiblemente harto,
se me aproximó con la firmeza del convencimiento, su pulgar derecho
engarfiado dentro del cinturón, y sentenció: “Mira.
Yo podría matarte mañana y hoy no podrías hacer nada
para evitarlo”. Habiendo dejado todo claro, el policía nos
acompañó a la puerta y nos agradeció la cívica
voluntad demostrada. Anduvimos hasta la calle principal de la ciudad,
que una noche de sábado como aquella se hallaba alegre y transitada.
Logré divertirme, borrar de mi mente a David, al policía.
Trabamos conversación con un grupo de chicas. Me agaché
para tomarme unas fotos, pegando mi mejilla áspera a las suyas,
finas y tibias. Ellas rieron, participativas. Después vimos juntos
las fotos en la pequeña pantalla de mi cámara y todos celebramos
el resultado. Fue una noche magnífica. Bebimos cerveza profusamente.
Gasté dinero invitándolas y no me importó. Nos despedimos
con gran satisfacción, pero sin consecuencias. Cuando Kristos me
dejó a la puerta de mi casa la calle se veía tranquila,
acogedora. Tras el bullicio de la fiesta, la oscuridad verdosa que se
adensaba en torno a las casas, alejándose entre los árboles
cuajados de hojas, me resultó muy grata. Aquella noche dormí
apaciblemente.
Pasaron un par de semanas sin que nada aconteciera.
David, como por milagro, dejó de presentarse en mi casa. Es más,
apenas lo veía ya; muy raramente durante el día. Sí
se oían, en cambio, ruidos que procedían de su patio trasero:
herramientas que caían, el aullido de una sierra. Yo fui recobrando
el sosiego. Un día se oyó abrir una puerta y lo vi surgir
por un lateral de la casa. Llevaba consigo un cartel metálico grande,
donde había logrado labrar el número de su casa y sus iniciales.
Pensé que aquello declaraba un sólido propósito de
permanencia. Lo colgó con mimo de un árbol joven que crecía
junto a la entrada de autos, sin dañarlo, por medio de unas abrazaderas
que apretó sólo lo justo para que se mantuviera quieto.
Se retiró y lo contempló complacido. Antes de regresar me
dirigió un saludo con la llave inglesa en su mano alzada. Yo le
respondí desde mi silla y di por cerrado el asunto. Mi vida social
continuó como antes. Mi círculo de amigos se ampliaba, se
diversificaba. Conseguía reunir en mi casa decenas de personas,
que siempre acudían a mi llamada, traían comida, bebidas,
se encerraban en las habitaciones. Eva me visitaba con asiduidad. Aparecía
cuando menos la esperaba, sin avisar, y me sorprendía muchas veces
ensimismado, desaliñado, torpe en mi soledad. A las fiestas llegaba
cuando las fuentes de comida tenían ya un aspecto desolado, y yo
me había resignado a su ausencia. Por eso su figura en la puerta
abierta me colmaba de gozo inopinado, aunque me resistía a ir a
recibirla, y me mantenía donde hubiera estado hasta ese momento,
en conversaciones donde redoblaba mi participación, incrementando
el volumen de mi voz. Entonces percibía por
el rabillo del ojo cómo se iba acercando, en un recorrido obstaculizado
por los saludos y los reencuentros, hasta que me agarraba del brazo, en
una zona y de una forma que me parecía que podía delatar
una intimidad encubierta. Por que por aquel entonces Eva y yo habíamos
vuelto a acostarnos, felices en nuestra clandestinidad. Yo la encontraba
más deseable, más bella. Ignoro qué pasaría
por su mente, porque nuestra comunicación, acaso por culpa del
recuerdo de nuestras amargas discusiones, se hizo menos verbal, más
instintiva, gracias en parte a lo bien que nos conocíamos, y podíamos
atravesar unas horas de placer intercambiando unas pocas palabras. Fue
quizá por esta razón por lo que aquella noche no le dije
nada, y, pasado el tiempo, cuando recomencé la historia, tampoco;
seguí acometiéndola con ritmo regular, sin apartar mi mano
de su espalda humillada. Habíamos dejado las láminas de
las persianas ligeramente separadas, convencidos de que la irradiación
trémula de la vela no era suficiente para que nos vieran desde
el exterior. Sin embargo, erguido como estaba, aún un poco ebrio
y sofocado por el placer, pude entrever, más allá del pino,
en una zona indecisa sobre la calzada en sombra, una figura que miraba
hacia nosotros. Todo, aquella madrugada, conspiraba para que fuera tan
sólo una visión mía. También el tiempo: no
fueron sino unos instantes desde que yo lo advirtiera cuando una luz incandescente
brilló a la altura de su rostro y después cayó hacia
abajo, aérea, lentamente, hasta que se extinguió antes de
llegar al suelo.
A pesar de lo que he contado, sigo profesando
afecto por este barrio. Siento, no sé por qué, una ternura
especial por el pliegue estudiado que hace el asfalto cuando se corta
con la avenida más grande, allí donde las convexidades de
una y otra calle reconducen las riadas y evitan los embalsamientos cuando
llueve violentamente y parece que el viento arrancará nuestras
casitas precarias. He cobrado cariño a los cipreses octogenarios
que apuntan al cielo inmaculado, en el límite consabido entre mi
casa y la de David. Cuando llega la noche, aún me gusta abrir las
puertas y ventanas y dejar que el aire corra y me traiga los crujidos
de las hojas de las palmeras, allá en lo alto, y los insectos entren,
particularmente unos que tienen un cuerpo ahusado verde y delicadas alas
de cristal. No obstante, cuando me voy a la cama, me cercioro de que todas
ventanas están bien cerradas y aseguro las puertas doblemente:
echo el pestillo y hago girar los cerrojos con la llave. Las persianas
quedan igualmente bajas y cerradas. Sólo por si acaso. Entonces
me voy a la cama y me dejo resbalar en el sueño sin caer en el
temor de que pueda despertar en la madrugada.
(cuento inédito)
|