GUSTAVO MARTÍN GARZO
La fascinación del puro contar

 


Natalia Carbajosa

 

     Nos visitó en Cartagena para presentar su novela Mi querida Eva, que los jóvenes lectores del Premio Mandarache han juzgado como ganadora, compitiendo con Inquietud en el paraíso de Óscar Esquivias y Son de almendra de Mayra Montero. Según estos lectores, Mi querida Eva ha sido el libro que más y mejor les ha sabido transportar al reino inmenso y veraz de la literatura. Con independencia del veredicto, leer a Gustavo Martín Garzo es un placer que quizá, y sólo quizá, se ve superado por la experiencia de escucharlo de viva voz; en la cadencia asombrada e imprevisible de su conversación, en la profusión de hilos con los que, con destreza de artesano, va tejiendo un tapiz que nunca sabemos qué color ni qué dibujo adoptará al final, con destellos de oro aquí y allá, se van desgranando historias propias y ajenas, encendiendo habitaciones que antes estaban a oscuras, señalando el rastro leve, como de miguitas de pan, del camino hacia esa lengua común perdida que todos buscamos tras una historia, un poema, una palabra. Hablamos, tras su intervención, con el escritor, y aquí recogimos algunos retazos de sus respuestas a plena luz.

 

Gustavo Martín Garzo en su visita a Cartagena con motivo del Premio Mandarache

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Mi querida Eva, novela ganadora del Premio Mandarache de Jóvenes Lectores de Cartagena, recoge muchos de los temas presentes en tus otras novelas: el amor que redime y condena a un tiempo, el universo femenino, la fascinación por la literatura, mostrada a través de la infinidad de historias que jalonan la narración principal… ¿Qué destacarías en ella que no estaba en las obras anteriores, o por lo menos no de forma tan explícita?

     —GUSTAVO MARTÍN GARZO: Creo que tienes razón y que no hago sino repetirme. No es algo consciente, simplemente resulta así, aunque yo no lo quiera. No puedo sino escribir el mismo libro una y otra vez. Me guían mis propias obsesiones. Escribir es volver una y otra vez a esas obsesiones, como a lugares extraños que no podemos abandonar. Cada uno de nosotros tenemos los nuestros. Nos llaman, nos piden que volvamos a repetir los gestos que nos unen a ellos, como al jugador le llama la mesa del juego, o al submarinista el descenso a las profundidades del mar. Escribir es hacer lo que no puede dejar de hacerse. No es verdad que el escritor sea libre. No es dueño de lo que escribe, no es dueño de las palabras que utiliza ni de sus temas. Sólo obedece esa llamada. Se prepara para acudir a un lugar que nunca termina de conocer, en el que siempre espera algo que nunca termina de llegarle de una forma completa.

     —ECP: A pesar de que la novela posee una unidad, la que le confiere la voz narrativa principal, y que de principio a fin se van contraponiendo de modo natural presente y pasado, he advertido, como lectora, dos partes bastante diferenciadas. ¿Hasta qué punto obedece esta división a una intención y, en dicho caso, por qué la estructuraste así?

"Mi querida Eva" de Gustavo Martín Garzo, novela ganadora del Premio Mandarache 2007/2008     —GMG: Sí, hay dos partes. La que se refiere al pasado, y habla de ese primer amor juvenil; y la que se refiere al presente, cuando dos de los personajes vuelven a encontrarse muchos años después. Me pareció interesante contar esa historia desde el presente, cuando ya había pasado. Dos adultos que llevan años sin verse y que, al volver a encontrarse, hablan de un episodio de sus vidas. Y descubren lo importante que llegó a ser. No damos importancia a esos amores adolescentes, pero la intensidad y la capacidad de entrega con que se viven muchas veces los vuelven inolvidables. El adolescente se entrega por completo, sin reparar en los riesgos que corre. Lo quiere todo y por eso se equivoca con facilidad, y sus historias terminan por ser muy desdichadas. Quería hablar de esto. También de cómo a veces llegamos a una de esas ínsulas extrañas de las que se habla en las novelas de caballerías, y hacerlo nos cambia para siempre. Es eso lo que les pasa a mis personajes, que muchos años después, al volver a encontrarse, descubren que estuvieron en un lugar así, y que ese hecho ha gravitado de forma misteriosa sobre sus vidas.

     —ECP: Conocemos, por otros testimonios y entrevistas, tu devoción por la narrativa norteamericana contemporánea: Bellow, Singer, Roth… ¿Qué le pides a una novela para que te conmueva, para llegar a incluirla en tu equipaje vital?

     —GMG: Le pido belleza, atrevimiento, locura. Que me lleve a un lugar de extrañeza. No es fácil definir el tipo de libros que nos gustan, pero sí reconoceros cuando aparecen. Es un error pensar que los libros son iguales para todos, por lo que rechazo esas listas que elaboran los expertos diciéndonos qué debemos leer. Uno debe dejarse llevar por lo que le da placer. Mis mejores recuerdos como lector era cuando me dejaba llevar por los libros que me gustaban, sin otro rumbo que el que me marcaba la emoción que me proporcionaba su lectura.

     —ECP: Han pasado más de veinte años desde que apareció tu primera novela, Luz no usada, y desde entonces no has dejado de escribir. ¿Qué has aprendido en este tiempo sobre el oficio de escritor?

     —GMG: Tal vez a ser paciente, a amar las palabras. Es un amor exigente, como todos los amores que merecen la pena. Hay que saber esperar, no tener prisa. Las primeras palabras no suelen ser las buenas, ocultan otras que hay que descubrir. Escribir es dar con esas palabras escondidas que guardan la verdadera historia de lo que somos.

     —ECP: Al margen de operaciones descaradamente mercantiles como las que rodean a las llamadas “novela histórica”, “novela femenina” y otras por el estilo, ¿cómo valoras el panorama de la narrativa española actual?

Cartel del Premio Mandarache 2007/2008     —GMG: No leo mucha literatura española, aunque hay sin duda muy buenos escritores. No puedo darte nombres, porque me olvidaría de alguno y no sería cortés. Pero prefiero la literatura anglosajona. A Philiph Roth, a Alice Munro y a Corman MacCarthy, por ejemplo. Y siempre que puedo, releo esos libros que no pueden decepcionar: los cuentos de Isak Dinesen y de Flannery O’Connor, La balada del café triste, El gran Gastby, toda la obra de Kafka y de Truman Capote. Últimamente leo mucho a Chesterton. Es uno de esos escritores que siempre te sorprenden, lleno de hallazgos maravillosos.

     —ECP: Hoy en día, es raro que un novelista comprometido con su vocación antes que con las exigencias del mercado viva exclusivamente de su trabajo. Se espera de él una faceta pública (participación en congresos, presentaciones, etc) que completa su actividad como escritor. ¿Cómo vives tú este doble papel?

     —GMG: Trato de adaptarme como puedo, de no dar demasiada importancia a los inconvenientes, ni de quejarme por todo lo que tengo que hacer. Al fin y al cabo, es un privilegio poder vivir de lo que te gusta.

     —ECP: Todo novelista crea o recrea su topos particular, un escenario que en algunos casos llega a ser mítico. El tuyo es la ciudad de Valladolid, donde siempre has vivido, y algunos pueblos de la provincia. ¿Cuánto hay de mito, de invención, en este lugar de probada existencia geográfica?

     —GMG: Sí, todo es mito, todo está traspasado de fantasía. Lo real no es sólo lo que podemos tocar y comprender, sino que también está hecho de nuestros pensamientos y deseos. Y un escritor debe nutrirse de ese mundo escondido. Yo hablo de mi ciudad y de los lugares que conocí en mi infancia, pero esos lugares viven a la vez en el mundo que llamamos real y el soñado. El hombre vive en la materia, y necesita la ciencia para comprenderla y la técnica para transformarla; pero también vive entre representaciones, y para moverse entre ellas necesita el mundo del arte. Todo lugar existe a la vez en esos dos planos, el real y el de nuestras representaciones.

     —ECP: Una curiosidad final: ¿puede el narrador dejar de escribir o en algún momento se convierte en “esclavo” de sus palabras, de su capacidad para contar historias?

     —GMG: La escritura es una adicción. No es algo que puedas dejar y tomar cuando quieras. Vivimos un mundo en que se valora mucho la independencia, y en que todos dicen ser dueños de su propia vida. Pero no somos dueños de nada. Tampoco el escritor lo es, y mucho menos de lo que escribe. Son las palabras de los otros las que hablan en él. Escribir es escuchar esas palabras. También el amor es escuchar, descubrirnos en otras manos, hacer lo que nos piden. No hay nada más hermoso que obedecer. Siempre, claro, que puedas elegir a quién hacerlo. La obediencia verdadera tiene que ver con la adoración. Y me gusta tener cosas y seres a los que adorar.