L@s chic@s fe@s
también quieren bailar
Pedro Molina
Prólogo
En
mi larga experiencia editorial ningún otro autor ha logrado suscitar
una polémica tan enriquecedora como la desatada a raíz de
la publicación de la opera prima de Juan Conejo (1),
L@s chic@s fe@s también quieren bailar. Se ha dicho, acertadamente,
que esta breve historia abrió una brecha irreparable en el dique
intelectual que constreñía las letras hispanas. Esa es también
mi opinión. Pese al reducido número de sus relatos, a los
que cabe añadir sus artículos publicados en la prensa local
y nacional, su legado artístico y su pensamiento han influido de
manera decisiva en las corrientes literarias de nuestro país. El
efecto más inmediato fue un extraordinario afloramiento de escritores
cuyos trabajos adoptaron, en buena medida, la ideología y la estética
postulados por él. Bastaría este hecho para concederle los
máximos honores. Sin embargo, un significativo grupo de intelectuales,
particularmente el sector más conservador de la Real Academia,
no escatimaron diatribas ni ahorraron un solo vituperio en contra de su
obra e, incluso, hacia su persona. Esta reacción, calificada por
muchos de desmedida, se comprenderá mejor si delimitamos convenientemente
el verdadero motivo de la disputa. Juan Conejo, que durante toda su vida
trató de ocultar su identidad, puso su mayor empeño en animar
a sus amigos poetas y escritores a salir a la luz y a escribir sin miedo
y sin complejos. Su lema es de sobra conocido: Ni una sola historia
sin ser leída, ni un solo poema más escondido en un cajón.
Paralelamente a esta labor de aliento a los artistas noveles, el escritor
no desaprovechó ocasión para desautorizar a quienes, según
su opinión, presumían de hallarse en un plano más
elevado del saber: académicos de la lengua, novelistas famosos,
periodistas, editores o profesores de lengua y literatura. Ello ocasionó
una cadena de réplicas y contrarréplicas, a cuál
más acalorada, que enmarcaron el punto central de la controversia.
Lo que estaba en juego era la supervivencia del tradicional concepto de
literatura, en su acepción más clásica, frente a
la invasión de la llamada Literatura Total, que preconizaba
una radical ruptura con el pasado así como una absoluta libertad
de formas en la escritura. Para entender, en sus exactos términos,
el significado del novedoso ideario es necesario referirse al artículo
titulado Manifiesto del Conejo, publicado en el suplemento dominical
de La Voz de El Ejido. Cito textualmente: Nuestros jóvenes
escritores han alzado su voz y han dicho ¡basta! En los albores
del siglo XXI no son suficientes unas cuantas frases hilvanadas en el
secular modelo planteamiento, nudo y desenlace para poder hablar
de una nueva obra. Ni este modelo ni ningún otro son realmente
necesarios. El periclitado canon literario es un contaminante de la creatividad
y los relapsos deben ser perseguidos, arrestados y conducidos a la pira
purificadora. No pueden existir imposiciones ni límites si lo que
se pretende es agotar la matriz intelectual que genera una idea innovadora.
Lo auténtico, lo genuino, lo verdaderamente nuevo no tiene precedente,
ni padre ni madre, es un desconocido hasta el momento de su presentación
y no se avergüenza de ser diferente. (…) Cualquiera
que desee escribir debe hacerlo sin temor a ser censurado ni sometido
a reglas invalidantes. Todo cauce es adecuado si se advierte que el único
objetivo de la literatura es encontrar un intérprete que desentrañe
el elemento espiritual que subyace en cada oración. Ni la belleza
formal, ni la coherencia estructural, ni las reglas ortográficas
deben impedir este ideal.
El análisis del
autor y de la obra que estamos prologando estaría incompleto si
no hiciera mención a los episodios más destacados que siguieron
a la publicación de L@s chic@s fe@s también quieren
bailar. El origen de la polémica es mérito del gran
novelista y miembro de la Real Academia de las Letras, D. Hilarión
Gutiérrez. Su artículo no fue la primera crítica
desfavorable, pero sí una de las más significativas. Cito
palabras textuales: Este infame escritorcillo ha debido de creerse
que ser original consiste en reducir el glorioso legado de las letras
españolas a la categoría de chascarrillo. Tamaña
insensatez sería excusable si por lo menos hubiera conseguido hacer
reír a alguien. No nos consta que esa reacción se haya producido
ni siquiera en aquellos lectores más propensos a la hilaridad,
a menos, claro está, que consideremos risa la mueca de espanto
que inevitablemente provoca el luctuoso contenido de su pretendida historia.
Si este señor ha venido a contarnos un chiste, con la misma poca
gracia y escasa oportunidad de una sonora flatulencia en un velatorio,
más nos vale vender los dientes que mostrárselos a él.
Cualquier gesto de compasión, por humanamente comprensible que
sea, nos haría responsables de alentar a esa banda de zarrapastrosos
que se autodenominan salvadores de la narrativa nacional e inventores
de la nueva literatura. (…) El peligro de Juan Conejo es haberse
constituido en embajador de estos modernos pensadores, hueros de imaginación
y nula preparación, que aspiran a ocupar las poltronas de la
Real Academia presentando, como carta credencial, una grasienta cartulina
en donde se acredita su fracaso escolar. Menos mal que esta broma pesada
y de mal gusto tiene la virtud de resaltar la auténtica elegancia
y que, afortunadamente, las modas pasan. Tal vez haya más suerte
la próxima vez. Por más que a mi juicio resulte incomprensible
la visión tremendista del mencionado académico de la lengua,
hemos de agradecerle que su artículo (publicado en la revista Babelia,
del periódico El País) popularizó en toda
España el trabajo de Juan Conejo, que hasta ese momento sólo
había tenido una escasa difusión a nivel local (2).
La virulenta réplica a dicho escrito (3)
inició una contienda dialéctica que tuvo un eco inmediato
en la mayoría de los diarios de tirada nacional y en la práctica
totalidad de las revistas culturales. Aún hoy resulta sorprendente
que un tema tan poco atractivo para el común de la ciudadanía,
tal ha sido siempre la consideración de la literatura, despertara,
no obstante, un interés tan inusitado. Prueba de ello fue la extensión
del debate a programas radiofónicos y televisivos que registraron
picos de audiencia similares a los grandes acontecimientos deportivos.
Pese a la insistencia de seguidores y detractores, Juan Conejo nunca aceptó
participar en estos espectáculos mediáticos porque, según
su opinión, la palabra escrita, a pesar de todos sus defectos,
es la única forma posible de que seres racionales puedan comunicarse
entre sí. Fiel a esta máxima el escritor continuó
dando forma al ideario de la Literatura Total a través
de escritos remitidos, siempre de forma anónima, a las más
diversas publicaciones. Especialmente llamativa fue la elección
de la revista Play Boy (conocida publicación erótica
dirigida a un público esencialmente masculino), para dar a conocer
uno de sus artículos más célebres. Este era su demoledor
comienzo: Prefiero el discurso de un borracho a toda la narrativa
española conocida. Hay mucha más sinceridad en cada una
de sus palabras, mucho más interés en cada frase interrumpida
por sus jipidos, mucha más filosofía en cada baba que se
derrama de su boca, mucha más inteligencia en su mirada turbia,
mucha más humanidad en el esperpento que representa su figura inclinada
sobre la barra. En ese vaso de vino, que apenas acierta a coger, se hallan
escondidas las pesadillas más hermosas que jamás pudieran
concebirse (…).
Con afirmaciones como la
que precede era difícil hallar un lugar de encuentro ni siquiera
con los sectores más moderados de la Real Academia. Uno de los
escasos intentos de aproximación es el que cabe atribuir a la poeta
y ensayista Dª Irene Velázquez de Castro. Su interpretación
de la Literatura Total fue la más favorable de cuantas
partieron del ámbito académico. Según sus palabras:
El sometimiento a criterios comerciales ha adormecido la imaginación
de nuestros escritores. Para remediarlo Juan Conejo ha decidido provocar
un sonoro estruendo negando valor a la fabulosa herencia de las letras
hispanas y tratando de invalidar las reglas necesarias para su adecuada
expresión escrita. Este aparente absurdo cobra sentido si descubrimos
su verdadera intención. El repentino aldabonazo quiere hacer reaccionar
a nuestros artistas frente a la anomia intelectual de una sociedad mercantilizada.
Este intento merece todas las alabanzas y, en su justa medida, el método
utilizado puede dar buenos resultados. El resto son sólo palabras.
Su autor no puede creer en serio que las mismas creaciones literarias
que han dado cuerpo y prestigio al idioma español puedan ser defenestradas
con tanta irresponsabilidad. Al margen de su valor intrínseco,
suponen también modelos de expresión que han ido evolucionando
hasta nuestros días. Olvidarlos haría necesario reemprender
el aprendizaje desde sus inicios. Tampoco puede haber un código
escrito sin reglas. La destrucción de la gramática, llevada
a su extremo, supondría la encriptación de la escritura
en infinitos códigos personales que harían imposible la
comunicación. No es esto, a buen seguro, lo que pretende Juan Conejo.
Por más que le duela, él no representa una ruptura con el
pasado sino su más clamorosa reivindicación. Su utopía
sencillamente no es posible, pero la enorme energía empleada en
su defensa ha repercutido enteramente en un renovado interés por
la literatura. No tengo reparos en reconocer que ese mérito le
es enteramente atribuible. A veces el fin justifica los medios. Si
bien es cierto que compartimos parte de la argumentación de la
poetisa, no lo es menos que su explicación es claramente insuficiente.
Al centrarse en el propósito y consecuencias del fenómeno
Conejo olvida pronunciarse sobre el elemento clave de su ideario. La Literatura
Total no puede considerarse un nuevo modelo de expresión sino
un escenario distinto donde la creatividad no está constreñida
por límite alguno. Es equivocado pensar que existe un deseo expreso
de abolir la gramática. La intención es, más bien,
de hacerla prescindible. Su vulneración no resta valor al texto,
todo lo contrario, le añade un efecto disonante que acentúa
su expresividad. Sirva como ejemplo la reciente traducción a lenguaje
SMS de la conocidísima obra de Cervantes: Lugar mancha nombre
no acordarme :) famoso hidalgo flaco (…). Es innegable que
las aventuras del universalmente conocido caballero andante adquieren,
en este formato, una lectura mucho más compleja de lo que aparenta
a simple vista. Lo evidente es que el autor de Don Kijote SMS
(4) no respeta la ortografía y la sintaxis.
Sin embargo, no se puede dudar que el objetivo de la comunicación
se ha logrado. Su obra no es sólo reflejo de un modo de transmitir
emociones y sentimientos masivamente practicado en nuestros días,
también lo es de la forma de vida que subyace en esa forma de interrelación
social.
Dos sucesos consecutivos
marcaron el punto más álgido del enfrentamiento entre los
defensores de la Literatura Total y el sector más conservador
de nuestras letras. El primer hecho, como todos recordaremos, fue el arresto
de Laura Muñoz, la poetisa del pintalabios, por actos
repetidos de vandalismo. Su magro crimen consistió en plasmar sus
poemas, mediante el uso de una barra de labios, en los escaparates comerciales
de la ciudad de Almería. Son hechos probados que su incontenible
creatividad sólo la obligó a declarar en comisaría
y a indemnizar a los establecimientos afectados con los costes de la limpieza.
En la versión no oficial este episodio administrativo se transformó
en un encarcelamiento de varios días en los que la acusada fue
sometida a diversas vejaciones (5). Esta falsedad
unida a la errónea creencia de que la joven era, en realidad, el
propio Juan Conejo, dio lugar a una masiva concentración en la
capital almeriense para llevar a cabo un singular acto de protesta y solidaridad.
Ante la impotencia de las autoridades y fuerzas de seguridad, miles de
personas venidas de toda España aprovecharon la noche para plasmar
sus obras en cualquier superficie apta para ello. A la mañana siguiente
no hubo un rincón de la ciudad en donde no apareciera un poema,
un relato o el comienzo de una novela. Los edificios, los monumentos,
las fuentes de las plazas, las estatuas de los jardines, los kioscos de
prensa, los árboles, las aceras, los escaparates, los contenedores
de residuos urbanos, las señales de tráfico…, todo
ello apareció tapizado con incontables cuartillas impresas o directamente
escritos con sprays, ceras, tizas o rotuladores. El encuentro
concluyó con una multitudinaria y festiva manifestación.
Los cuerpos semidesnudos de muchos de los asistentes mostraban poesías
o historias escritas sobre su propia piel. Cuando Juan Conejo expresó
su deseo de que la literatura abandonara sus dorados anaqueles y volviera
a la calle, a la palabra viva, a donde los sentimientos afloran sin normas
ni reglas que los censuren, nunca pudo imaginar que su sueño fuera
a cristalizar en un suceso tan extraordinario.
El acoso de los medios
de comunicación, que finalmente lograron desvelar su verdadera
identidad, y su ruptura sentimental marcaron el inicio de una profunda
crisis personal que terminó arrastrando al artista hacia el abismo.
Sus primeras apariciones televisivas mostraron a un joven de apariencia
vulgar, parco en palabras y extremadamente tímido. Nada tenía
que ver esta imagen con la que la fantasía colectiva había
ido creando. Sus seguidores se dividieron entre aquellos que se negaban
a creer en él y aquellos otros que lo aceptaban sin disimular su
desencanto. El personaje real no interesaba, sus admiradores preferían
al quimérico héroe anónimo cuyos discursos brillantes
y demoledores habían sugestionado tanto a la opinión pública.
En este período, los escritos de Juan Conejo perdieron fuerza y
originalidad. Parecía que por su parte ya estaba todo dicho. Esto
dinamitó su liderazgo en el movimiento de la Literatura Total
que no obstante, aunque descabezada, ha continuado avanzando hasta nuestros
días gracias al impulso de sus más fieles
partidarios. Sin nada nuevo que decir, su vida personal acabó siendo
material periodístico de programas y revistas sensacionalistas.
Las declaraciones de su ex mujer en el programa televisivo El ventilador
(6) dio pasó a una humanización tan
grosera que acabó por convertir al escritor e ideólogo en
una caricatura de sí mismo. La inicial controversia literaria se
transformó en un monólogo metaliterario centrado,
fundamentalmente, en los aspectos más íntimos de su vida
privada. Sirva como botón de muestra las declaraciones de la sexóloga
Ana Ochoa, en el programa radiofónico Libros para compartir.
Después de afirmar que La génesis de la creación
artística es la sublimación de un deseo sexual insatisfecho,
se explayó a su gusto en el examen más increíble
de cuantos hayan merecido la obra del autor. Éstas fueron sus declaraciones:
El Sr. Conejo es, sin duda, un hombre profundamente insatisfecho en
su vida sexual. Las causas de esta insatisfacción podemos deducirlas
de un análisis pormenorizado de sus artículos y de sus relatos.
En un experimento en el que han intervenido una centena de escritores,
de todas las edades, se descubrió un notorio paralelismo, de origen
subconsciente, entre la longitud de sus enunciados y el tamaño
del miembro viril. El 90% de los escritores que utilizaban una estructura
oracional más extensa tenían una longitud media de pene
de más de 20 centímetros. Por el contrario, aquellos escritores
de estructuras sintácticas más simples y frases más
concisas poseían penes de menos de 12 centímetros. Si medimos
la longitud de sus oraciones y realizamos el correspondiente promedio
comparativo, la operación daría como resultado unos escasos
10 centímetros. Este exiguo metraje explicaría, en parte,
su insatisfacción sexual. Si profundizamos un poco más en
este estudio, podemos extraer otras conclusiones importantes. Haciendo
una valoración global de sus relatos, en los que el planteamiento,
nudo y desenlace se comprimen en unas pocas frases, nos lleva a pensar
que el autor padece una disfunción eréctil (probablemente
eyaculación precoz) que lo imposibilita para mantener relaciones
sexuales con normalidad. Un tercer elemento a tener en cuenta lo constituye
la caracterización de sus personajes. La mayoría de ellos
son jóvenes con problemas de adaptación, atormentados por
fantasías eróticas irrealizables y extremadamente introvertidos.
Esto refleja en buena parte la propia personalidad del escritor. Este
perfil psicológico coincide, invariablemente, con varones homosexuales
que no han sabido aceptar su condición.
Convertido en un hombre
de papel, donde cualquiera podía escribir el comentario más
absurdo que se le ocurriera, Juan Conejo decidió alimentar su leyenda
negra entregándose, enteramente, a una vida singularmente identificada
por las extravagancias y los excesos. En palabras de Santiago Girón,
su amigo y editor: Estaba mal, cada día peor. Recuerdo la noche
que fuimos a buscarlo al Pepe Litros. Se había caído al
suelo, pero cuando me acerqué, se me enroscó en la pierna
y comenzó a decirnos que le dejáramos pensar, que tenía
una idea. Decía que iba a escribir su mejor relato, la historia
de su vida. Tuvimos que agarrarle entre Emilio Picón, Antonio Guerrero
y yo para llevarlo a su casa a que durmiera la mona. Poco después,
como nadie ignora, Juan Conejo ingresó en una clínica de
desintoxicación. Su última chispa de lucidez quedó
reflejada en un rollo de papel higiénico. Decía así:
Imagina a un hombre saliendo de la ducha y situándose enfrente
de un enorme cristal empañado. Imagina su dedo deslizándose
por su superficie. En ese momento de inspiración cree ser un gran
poeta. Después de grandes divagaciones escribe la frase final y
entonces, ¡zas!, el vapor desaparece. ¿Qué es lo que
ves? Pues a un tío en pelotas haciendo el gilipollas delante de
un espejo. Ese Don Nadie eres tú (7).
Desgraciadamente, en los meses siguientes su estado mental sufrió
un grave deterioro. El agravamiento de su enfermedad obligó a su
familia a internarlo en San Juan de Dios, (conocido centro psiquiátrico
malagueño), donde aún continúa.
Quienes han acusado a Juan
Conejo de farsante ignoran la verdadera dimensión de su obra. Antes
de su llegada, la narrativa española contemporánea estaba
reservada a unos pocos. Después de él, cientos de escritores
y poetas (que ya no temen ni los laberintos gramaticales ni las tintas
acusadoras de los profesionales de las letras) han dado testimonio de
toda esa creatividad desaprovechada. Este es, a mi modo de ver, su gran
mérito.
Para finalizar no encuentro
palabras más adecuadas que las del propio escritor. Son dos breves
citas que para mí tuvieron una especial significación. Tras
ellas les invito a redescubrir la obra que lo dio a conocer.
Nadie
tiene derecho a detener nuestra mano cuando es movida por el don
más valioso que poseemos: el ideal de la belleza |
Existe un
mundo donde no hay ni maestros ni entendidos. Un lugar donde se
dibuja con letras todo aquello que sentimos. Allí estará
siempre, esperando, vuestro amigo, Juan Conejo. |
***
L@s chic@s fe@s también quieren bailar
Juan Conejo
Capítulo
ÚNICO
—Eh, chic@, ¿quieres
bailar?
—¡Sí
hombre! Con lo fe@ que eres.
FIN
(1)
La adopción de este singular pseudónimo no fue una maniobra
de marketing sino que tuvo su origen en el propósito del
autor de permanecer en el más estricto anonimato. Desvelada su
verdadera identidad por la prensa rosa y difundida masivamente su imagen
en los medios audiovisuales, esta precaución carece de sentido.
No obstante el artista siempre quiso ser identificado con este nombre.
Como no podía ser de otra forma, me es grato complacerle.
(2) L@s chic@s fe@s
también quieren bailar, fue publicado por primera vez por
Ediciones Lagarto en el número 27 de la revista Letras Plásticas.
Esta publicación consiguió reunir en la ciudad de El Ejido
a un brillante grupo de jóvenes escritores y poetas locales cuya
trayectoria artística ha ejercido una notable influencia en el
ámbito cultural almeriense.
(3) Véase el email
que Juan Conejo remitió a la misma publicación (Revista
Babelia), publicado posteriormente con el título Mahoma
el intocable.
(4) Al igual que Juan Conejo,
también el creador de esta obra ha preferido ocultar su identidad.
(5) Aún se discute
si hubo verdadera intencionalidad en este asunto o si tuvo su origen en
una mala información.
(6) Su ex mujer afirmó,
entre otras cosas, que no podía decir si a su ex marido se
le empinaba o no porque desde hacía años lo único
que le excitaba era su literatura, pasión que ella no compartía,
y que era un ser egoísta, cruel y sin sentimientos; un auténtico
zombi que lo único que le importaba eran sus relatos.
(7) La acusadora frase
final ha sido objeto de discusión. Sus detractores, que reprochan
a Juan Conejo no ser más que un vulgar demagogo, sostienen que
el autor se estaría riendo de todos aquellos que creyeron sus palabras.
Sus incondicionales afirman que ese texto, escrito en segunda persona,
está dirigido a sí mismo —de ahí la utilización
del tú—. El escritor se estaría viendo reflejado
en ese relato y, a la vez, asumiendo como propio el desencanto de todos
los escritores menospreciados cuyas obras jamás serán conocidas.
Este
cuento pertenece al libro de relatos recién editado
L@s chic@s fe@s también quieren bailar (Lagarto
Editores, 2008)
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