Entrevista: Manuel Valverde Maldonado
EL CONOCIMIENTO Y LA LITERATURA
Trazar una trayectoria
que te conduzca a las claves con las que se pueda poner luz a los espejismos
que conforman las interminables imágenes de la vida, trazar esa trayectoria,
que es leer, te puede llevar a descubrir el mundo real de la literatura, con
sus mitos, sus autores y el privilegio como lector de ser un invitado principal.
Es cierto que existe en ese panorama tan amplio
un espacio para la novela española actual, a partir de los 80, y que
perdido en la magia de la lectura, entre otros nombres, te puedes encontrar
con el de Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954), novelista, ensayista, autora
de cuentos y relatos, con una escritura que parte del conocimiento y del amor
a la literatura.
Para mí ese encuentro fue un hallazgo que
me llevó a la determinación de leer cuanto podía una “nueva
escritura” que nacía para identificar la creación literaria.
Hice un repertorio de nombres de autores preferidos: Paloma Días-Mas,
Julio Llamazares, Justo Navarro, Javier Marías, Enrique Vila-Matas, José
Mª Merino, Ray Loriga Jesús Ferrero, Juan José Millás,
Luis Mateo Díez, etc.
Ahora con el respeto y la admiración de
un lector, de una voz que se ha ido formando con los años, de la mano
de la voz narrativa de estos autores, quiero preguntar a Paloma Díaz-Mas,
protagonista principal de una época que es nuestra actualidad.
-¿Qué obra,
de las que has escrito, expresa mejor tu concepto de la literatura?
-Creo
que cualquiera de las que he publicado, y eso por una razón: no publico
nada de lo que no esté satisfecha. Soy una escritora que no vive de escribir,
lo cual me da una libertad enorme: me tomo mi tiempo para acabar una obra (cada
libro me cuesta por lo menos cuatro años, y en escribir La tierra
fértil invertí siete años), no me siento obligada
a publicar por publicar, y procuro elegir el tema y su tratamiento sin dejarme
presionar por influencias externas. Además, desecho muchas cosas que
escribo y que no me satisfacen. Así que cada obra de creación
que publico es producto de una decisión muy consciente.
Por otra parte, sin yo pretenderlo, creo que hay
unas constantes que se repiten en todos mis libros, por diferentes que sean
en cuanto a temática, contenido y género; por ejemplo, la ironía,
la visión escéptica de la realidad, un cierto relativismo (bastante
postmoderno) acerca de qué es la verdad o qué es la realidad,
la consecuente preocupación por la historia y la memoria (y por cómo
reconstruimos
o recreamos el pasado), la presencia de las artes plásticas (especialmente
de la pintura y la fotografía) como acicate de la creación literaria,
el humor, etc.
-¿Qué son en tu vida y en tu obra la cultura y la lengua sefardíes?
-En mi
vida, algo muy importante, ya que llevo cosa de veinticinco años estudiando
la lengua, la literatura y la cultura de los judíos sefardíes,
es decir, de los descendientes de los expulsados de la Península Ibérica
a finales de la Edad Media. Es uno de mis temas de investigación principales
y, durante buena parte de los años en que fui profesora universitaria,
también dí clases de literatura sefardí en la Universidad.
Sin embargo, en mi obra literaria la presencia
de lo sefardí es bastante tenue: como tema principal, sólo aparece
en la única obra de teatro (bastante irrepresentable), que he escrito,
La informante. Y algunos temas de la literatura tradicional sefardí
sirvieron de base a algún episodio de mi primera novela El rapto
del Santo Grial. Fuera de eso, lo sefardí aparece poco en mi obra
de creación, quizás porque instintivamente tiendo a separar lo
que es mi principal dedicación académica de la labor creativa.
-Eres ensayista, escritora de relatos y novelista, ¿en cuál de estos géneros se desarrolla mejor tu capacidad creadora?
-Yo me
considero sobre todo narradora, en distancia corta (el cuento) y en largo recorrido
(la novela). También algunas obras mías consideradas ensayos (como
el libro de viajes Una ciudad llamada Eugenio o el reciente de recuerdos
de infancia y juventud Como un libro cerrado) son, a mi juicio, narraciones:
la narración de un viaje, la narración de una vida (la mía,
qué casualidad).
Además,
escribo ensayos académicos, como mis trabajos sobre los sefardíes,
sobre el romancero y la literatura de tradición oral, o temas de la literatura
española medieval y de los Siglos de Oro. Pero eso no lo considero tanto
creación literaria como trabajo de investigación.
-Los autores que formabais parte de la colección “Nueva Narrativa Española” en el Círculo de Lectores, ¿aparte de jóvenes narradores, vuestra escritura era una nueva narrativa? ¿Puede afirmarse algo así?
-Creo
que esa nueva narrativa española no nació, ni mucho menos, en
torno a esa colección del Círculo de Lectores; más bien
al contrario: en esa colección el Círculo pretendió, a
posteriori, recoger un muestrario representativo de un fenómeno que se
había ido produciendo desde mediados de los años 80: el surgimiento
y consolidación de una nueva hornada (no me atrevo a llamarlo generación)
de narradores después de la transición política española.
A esa nueva narrativa pertenecen escritores de
distintas edades y, por tanto, con diferente formación y bagaje cultural,
con distintos acercamientos a la literatura y distintos planteamientos estéticos
y morales; pero que comparten (compartimos) varias características: empezamos
a publicar asiduamente en los años 80 (aunque algunos ya habíamos
dado a las prensas alguna obra con anterioridad), en pequeñas y medianas
editoriales independientes (en un período previo a la creciente concentración
de la industria editorial en grandes empresas), y teníamos un marcado
carácter periférico, en el sentido de que parte de nosotros vivíamos
y escribíamos fuera de los centros editoriales de Madrid y Barcelona.
Éramos, además, autores que veníamos “de refresco”,
es decir, no pertenecíamos a las generaciones de escritores exiliados
o represaliados por el franquismo, ya que la mayoría habíamos
nacido después (e incluso bastante después) de la guerra civil.
Creo que la aparición de esa nueva hornada de escritores estuvo propiciada
por la situación política del momento, por la demanda implícita
de un nuevo tipo de narrativa por parte de los lectores y por la línea
editorial innovadora de varias pequeñas editoriales, y supuso una renovación
y una revitalización del panorama de la narrativa española.
-Tu
condición de escritora va unida a la de ser especialista en literatura
y vivir relacionada con
esta
profesión. ¿Se puede decir, en tu generación literaria,
que el único referente de la literatura es la literatura misma?
-No, creo que no se puede decir, porque no es cierto. Se habla mucho de la metaliteratura en la creación literaria postmoderna; y, en efecto, hay juegos metaliterarios en bastantes obras. Pero al lado de eso (y, muchas veces, conviviendo con ello en las mismas obras) creo que en narrativa española actual hay también otras tendencias. Existe una corriente de realismo de la vida ciudadana, un tipo de literatura que toma como referente la realidad cotidiana, en la cual se encuadrarían obras de autores muy distintos: desde Javier Marías hasta Belén Gopegui, por citar sólo dos. Hay también toda una serie de obras que expresan la preocupación por la recuperación de la memoria de la historia reciente: desde Rafael Chirbes a Javier Cercas, por poner otros dos ejemplos. Otra narrativa que indaga en el tema de la vida y la cultura de la España rural (España fue un país rural hasta hace dos días, aunque hayamos decidido olvidarlo): así sucede en alguna de las obras de Luis Landero o de Luis Mateo Díez, e incluso en la primera novela de Antonio Muñoz Molina. Y otros hemos hecho alguna incursión en la novela histórica no como mero juego metaliterario o culturalista, sino como reflexión moral sobre el ser humano, con la distancia irónica que da el situar la acción en otra época: es el caso de varias de mis novelas, o de En el último azul de Carme Riera. Como se ve, hay bastante variedad.
-Leer o escribir. ¿Cuánto tiempo dedicas al día a la lectura y cuánto a la escritura? ¿Qué necesitas más a la hora de escribir, inspirarte o leer para documentarte y formarte?
-Dedico
mucho más a leer que a escribir. Por razones de trabajo, me paso el día
leyendo. Pero el momento de leer por gusto es el rato (casi una hora por la
mañana y otra por la tarde) que paso en el tren de cercanías que
me lleva desde mi casa al trabajo y viceversa. Pertenezco al amplio club de
los habitantes de grandes ciudades que leen en los transportes públicos,
lo cual convierte
un
latoso traslado en un rato de relax.
En cuanto a escribir, soy incapaz de escribir
creación literaria durante más de una hora seguida. Pero, además,
no escribo todos los días. Entre otras cosas, por eso tardo tanto en
terminar cualquier libro mío.
Y en cuanto a lo de leer expresamente para documentarme,
sólo lo he hecho para La tierra fértil, una novela que
requería una cuidadosa labor de documentación histórica.
En el resto de los casos, es el bagaje de lo ya leído por gusto o por
obligación de trabajo lo que aflora (a veces, de forma poco consciente)
en el momento de escribir.
-Tu generación literaria (Javier Marías, Justo Navarro, Adelaida García Morales, Enrique Vila-Matas, etc), tras terminar la etapa histórica de las dos grandes guerras de la segunda mitad del siglo XX que generaron tanta ficción (la postguerra civil española y la guerra fría), ¿sois conscientes de una nueva realidad literaria que necesita en la narrativa otro tipo de ficción?
-No es que seamos conscientes, es que éso sale sólo: cada autor es hijo de su tiempo. Aunque quisiéramos, no podríamos escribir como autores de otra época.
-En tu narrativa, como por ejemplo en El rapto del Santo Grial o los relatos Nuestro Milenio, ¿el espacio y el tiempo narrativos son espacios literarios o tiempos históricamente literarios, y no dimensiones físicas como en el realismo tradicional, realismo mágico, etc? Para mí, al menos, hay una nueva narrativa a partir de tu generación, cuya lectura me sitúa ante otra manera de entender la literatura, que admiro.
-En mi
caso, depende de la obra. La ventaja de tardar tanto en escribir es que, de
un libro a otro, te puedes plantear distintos acercamientos y tratamientos.
El rapto del Santo Grial era una especie de fantasía medieval,
en la cual la elección de una época del pasado era el equivalente
a situar la acción en un país imaginario, para poder desarrollar
más eficazmente la fábula moral. En Nuestro milenio hay
cuentos muy variados, unos más imaginarios y otros más realistas.
En otras novelas, como El sueño de Venecia o La tierra fértil
he usado el artificio de la documentación histórica para
recrear un tiempo pasado que es metáfora del presente. Y en Como
un libro cerrado el espacio y el tiempo narrativos son, en teoría,
muy realistas y concretos (muy propia infancia, mi
barrio),
pero no deja de haber una recreación literaria de esa realidad aparentemente
muy concreta y real.
-El término «novela histórica» con que se califica parte de tu obra o la de otros autores de tu generación necesitaría más de una precisión. ¿En qué sentido no se puede hablar simplemente de una novela histórica?
-Es que
no hay un solo tipo de novela histórica, sino muchos. En los últimos
años, con la moda del género, han proliferado novelas históricas
bastante discutibles, a mi juicio: unas, porque no son novelas, sino meros ensayos
muy levemente novelados y no alcanzan la categoría de obra de ficción;
otras... porque son demasiado ficticias, meras fantasías pseudohistóricas
que se venden como obras documentadas y contribuyen más a confundir que
a otra cosa.
Hay, sin embargo, otra posibilidad de acercarse
a la narrativa histórica, que es la que yo he intentado no sólo
en dos de mis novelas, sino en alguno de mis cuentos: escribir narraciones bien
documentadas en el período histórico de que se trate, pero escritas
como novelas, porque lo que interesa no es tanto recrear una época (aunque
deba hacerse honestamente) como plantear una reflexión sobre el ser humano;
y, a veces, situar las acciones, las pasiones y sufrimientos de los seres humanos
en una época distinta a la nuestra nos ayuda a verlas con más
distancia, a comparar ese pasado imaginario con nuestra actualidad, y éso
hace más eficaz la narración y la reflexión moral que en
ella se plantea.
(Buenos Aires, Argentina,
1983)
Vive en el barrio Don Orione casi desde siempre. Cursó estudios de computación con éxito y dio pequeños pasos en el periodismo. Considera que el oficio de escribir es como jugar al fútbol, no se aprende en una escuela, sino con la lectura, con la práctica y sobre todo, viviendo. Ha colaborado en revistas electrónicas como Resonancias, Zona Moebius, El Interpretador, Almiar, Voces, etc. Este cuento está inédito en libro.
PAN Y CEBOLLA Y MENOS TODAVÍA
1
Para esa noche que me topé con la puerta
que tanto buscaba para salir de perdedor ya llevaba varios meses atrapado en
una vida apática y sin sentido. A la tarde ayudé a Pablo con un
trabajo de periodismo, escuchando un programa de radio para decir qué
utilidades tiene para el público en general y el alumno según
una tabla que le dieron en un apunte.
-Cuando le conté a la profesora que elegí
trabajar con el programa de Teté me dijo que debo tener mucha paciencia
para soportarlo. Lo elegí sólo porque es bastante largo para poder
rellenar el trabajo.
Escuchamos la grabación, dividimos los
temas según las categorías, y además de darme el borrador
para corregirle el estilo y pasarlo a máquina me dio otro cassette con
el programa de radio que grabó en la escuela con sus compañeros.
Después bajamos con los pibes.
-¿Y esas zapatillas, Mauro? -preguntó.
-Me las compré en San Justo el sábado,
que fuimos con el Alfombra, y las compré al pedo.
-¿Por qué, qué pasó?
-Porque me apuré y me traje estas, que
no me gustan tanto. Igual qué, ahora las voy a usar para jugar a la pelota,
si este sábado vamos a volver. Caminamos toda la comercial del centro
y no había nada, y faltando tres o cuatro locales vi estas y las compré,
cien pesos. Faltaba poco para venirnos y dos locales más adelante tenían
todos los modelos de Motts, estas horribles y las que quería comprar.
¡No sabés, me quería matar!, sólo me quedaban diez
pesos más y el hijo de puta del Alfombra se cagaba de risa. Si me llevaba
los otros doscientos me las traía ahí mismo.
-¿Y las minas?
-Ah,
no sabés qué perras que hay. Caminaba con un ojo en las vidrieras
y el otro mirándole las tetas y el culo a todas. Había una con
un pantalón ajustadísimo y una tanga que se la coló mal,
así -dijo sacando el culo para mostrarnos-, bien hasta adentro, que de
verla a mí me dolía el culo por ella. ¿Cómo hacen
para caminar con esas tangas? Decí que si caés en cana por violín
después los presos te usan de hembra, pero la próxima vez que
vaya me voy a culear a todas, qué me importa. Y después en la
combi ya venía re al palo con lo que había visto, y suben dos
perras más, universitarias. Una se quedó de pie y a la otra le
digo «sentate acá, tenés lugar», para chamuyarla,
y ni bien se sienta sube una embarazada, así que le di el asiento y no
sabía cómo ponerme para tapármela. Al rato sube otra, de
pantalón blanco. Todo el viaje fue apuntándome con el culo, y
a un costado iba una con la blusa abierta en el medio de las tetas, así
que miraba de una a otra. En un momento miro al chofer y por el espejito iba
más concentrado en la de blanco que en la calle. Después pensaba,
en una curva o en una frenada le toco el culo a la de blanco, qué me
importa, pero si lo pensás no lo hacés, y al final no me animé.
-Hay que ir a dar una vuelta por San Justo entonces.
¿Y cuando volviste a tu casa qué hiciste?
-Derecho a encerrarme en el baño. No me
alcanzaban las manos para hacerme la paja.
Sólo nos quedamos hablando porque nadie
consiguió una pelota. Mauro y los otros pibes son amigos de Pablo, con
el que formo un equipo de periodismo que no va a durar mucho más, cuando
se reciba voy a borrarme de su ambiente y a seguir por mi lado. Boconean dándosela
de mujeriegos pero todos estos pajeros son vírgenes y no quiero que me
contagien. Cuando se despidieron me fui a mi casa.
Estaba formándose neblina, a lo lejos apenas
se veían los tanques trillizos del agua, y la cruz iluminada de la cúpula
del Cottolengo atrás de la 46 donde vivo. Entré al palier cruzando
miradas con los pibes que se juntan para hablar y reírse, con cervezas
y porros. Prendí la compu para
revisar
mi mail y ahí estaba, un mensaje de una Juliana Hidalgo: «Alma
mía, tal como me pediste ya hay una iglesia para casarnos. Ya sé
que estás cansado por todos los preparativos, así que me encargué
de conseguir la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, la que está
en la 45, para que bendigan nuestra boda. Tuya de aquí hasta más
allá de la muerte, Juliana Hidalgo». Y más abajo un corazón
con su nombre entrelazado al de Federico Niz, mi nombre.
2
Suelo
recibir mails de gente a la que le gustan mis crónicas, así que
no me llamó la atención que el remitente fuera una desconocida,
pero cuando reaccioné no supe qué hacer. Era muy tarde para ir
a contárselo a alguien, pero empecé a llamar a los Hidalgo de
la guía. Así hablé con la única Juliana de los que
respondieron.
-Mirá, recién leí un mail
enviado por Juliana Hidalgo diciendo que vamos a casarnos en la iglesia de la
45, pero ni siquiera te conozco.
-Ay, amor, estoy cansada como para escuchar esos
chistes -respondió y cortó.
Cada vez entendía menos y no quería
pensar en nada. Me acordé del cassette que me prestó Pablo y escuché
su programa. Aprovecho para contarles que tengo diecinueve años, edad
jodida para andar a la deriva sin amigos ni novia, vivo en Don Orione casi de
toda la vida, no trabajo ni estudio aunque pienso seguir algo el año
que viene, y mientras tanto colaboro en La Quincena, el periódico mensual
que desde el barrio llega a casi todo el partido. Capaz que como no salimos
en los mapas y nos tildan de ser uno de los barrios más jodidos de la
zona Sur ellos reaccionan con la negativa a someterse al calendario gregoriano.
Lo de inseguro es chamuyo flaco, camino mucho por acá para escribir las
crónicas y jamás me pasó nada.
El programa era un magazine informal orientado
a un público de trece a veinticinco años, con ritmo y acidez,
«Los mismos de siempre» lo llamaron, sin saber que le robaron el
nombre a la hinchada de La Renga. Les quedó una cosa ridícula,
parece una banda de amigos que se junta para hablar y joder. Hacen chistes que
sólo ellos entienden, se quedan en silencio largos segundos, no se coordinan,
dudan mucho.
Cuando terminé de escucharlo releí
el mensaje y me fui a dormir. No tenía ganas de sacar la máquina
de escribir.
3
-¿Entonces
este fue el último trabajo práctico?
-Sí, el martes que viene dan las notas
finales y terminamos. Quedó buena mi idea de que un televisor cuente
la historia de los programas que se vieron en el país.
-¿Y los detalles que le agregué,
te gustaron?
-¿Como cuáles?
-Eso de que al final los doblajes extranjeros
no cambiaron la forma de hablar de la gente, que yo puse que los vaqueros «se
limitaron a comer frijoles y beber zarzaparrilla», o que los Ingalls son
la «idea platónica de la familia», esos detalles míos.
-Sí, quedaron bien.
-Gustavo, ¿adónde creés que
vas a ir?
-Ay, mami, ayer te avisé que esta noche
voy a salir con Graciela y Silvina.
-Vos te creés que todo es joda en la vida,
yo vengo cansada de trabajar y querés irte a gastar mi plata con esas
mujeres.
-¿Adónde quiere ir Gustavo, y con
quiénes?
-Al bingo de Solano, con dos minas de la 39.
-¿Y son jóvenes?
-No, ya pasaron los cuarenta hace rato. Gustavo
siempre va a tomar mate con ellas y lo invitaron al bingo. ¿Y, averiguaste
algo de la tal Juliana?
-El otro día llamó a mi casa y sigue
obstinada con eso de que vamos a casarnos. Por la voz parece chica, catorce
o quince años.
-¿Y qué vas a hacer?
-Estoy intrigado, tengo ganas de ir a ver qué
pasa. Y este sábado es la vigilia previa a que santifiquen a Don Orione,
¿vamos juntos? Tengo que cubrirla para el periódico.
-Estás loco, Niz. Con el frío que
va a hacer, y gratis -sonó el teléfono-. Esperá.
-Bueno, Gustavo, ya que te cambiaste andá
al bingo nomás.
-No, ahora no voy nada. Ya me mufaste, ves como
sos, ¿eh?
-Ya voy para allá. Nos vemos.
-¿Qué, eran los pibes?
-Estoy muy solicitado, Niz, vos sabés.
¿Vamos?
El iría hasta la 49 y yo a mi casa. Pero
no puedo con mi forma de ser, y volví a insistir.
-Dale, acompañame este sábado, que
después no van a santificar a nadie más del barrio.
-Y a mí qué. A lo mejor esa noche
salgo con los pibes de la pizzería.
Al llegar a casa encontré en el piso una
nota de Juliana: «Fede, no aguanto más la ansiedad, ya quiero que
llegue nuestro sábado. Me cuesta dormir por las noches, pensando en que
ya pronto vamos a unirnos, después de tanto esperar». A la noche
volví a escribirle, pero nunca me responde.
No
tengo idea de qué puede ser. Sé de algunas que llaman por teléfono
al azar y si enganchan algún chabón se quedan hablando un rato,
y a veces vuelven a llamar otros días, pero esto de tentar a un desconocido
para casarse es nuevo para mí. La otra cosa que tengo en claro es que
vive en el barrio, pero en la guía no sale nada más, ni siquiera
la manzana en donde vive. Y tampoco me dejó averiguar mucho la vez que
llamó a mi casa y hablamos, bah, que me dijo un monólogo por teléfono.
4
-Che,
Fede, teléfono.
-¿Quién es?
-No sé, una chica.
-Hola.
-Hola, mi amor. ¿Estás trabajando?
-¿Juliana?
-A esta altura podrías reconocerme sin
preguntar, ¿no?
-Pará un poco, loca, estoy en la redacción,
no podés llamarme acá.
-¿Hay alguien cerca?
-No, pero acá no puedo recibir llamadas
personales.
-Recién llamé y no me hicieron ningún
problema, dijeron que no estabas y que volviera a llamar.
-¿Qué querés?
-Hablar un rato. ¿Están preparando
el especial del nuevo santo?
-Sí, ¿cómo sabías?
-El sábado te vi en el Cottolengo, entrevistando
a la gente, tomando notas. Qué frío que hizo.
-¿Aguantaste toda la vigilia?
-No, sólo fui un rato a la noche a ver
si te encontraba. ¿Cómo te trataron en los campamentos?
-Bien, me convidaban café y podía
cubrirme del frío. ¿Y vos qué estás haciendo?
-Enloqueciendo de ansiedad mientras llega el sábado,
¿te parece poco? Recién alquilé el vestido, es sensual,
con hombros descubiertos y un buen escote. Bueno, no te quito más tiempo,
así escribís una buena crónica de la vigilia, que tengo
ganas de leerla. Te mando muchos besitos, amor.
-Pero esperá un poco, nunca respondés
mis mails, te hacés la misteriosa... -pero ya había cortado.
Así empezó la semana, y después
Pablo llamó para contarme que aprobó con un muy bien y con un
«trabajo muy ameno para leerlo». Sabía que iban a ponerle
una buena nota pero nada importa, todo eso es pasado.
También se publicó la edición
especial de La Quincena, celebrando que el patrono del barrio
ya
es santo, y el aniversario del periódico. Casi cincuenta páginas
en cinco secciones, la verdad que la coincidencia ameritaba una edición
en colores.
5
Esto se
pone cada vez más raro. El martes tiraron algo por abajo de mi puerta,
y qué era: un sobre grande de papel madera con invitaciones a la boda
para repartir entre los míos. Ya estoy listo, un vecino me prestó
un traje negro y una corbata. También me ofreció zapatos, pero
el adorno de agujeritos en las puntas no me convenció, parecían
de mujer, así que voy a llevar los que usaba en la escuela. Sí,
voy a ir a la iglesia, me juego la posibilidad de pasar a un diario mejor, y
hasta puede que me haga profesional. Sólo tengo que escribir una crónica
mejor que la de una mañana en la feria o la del partido en el Ana María
Santos.
Eligió un buen papel para las invitaciones,
con un lindo motivo. Mientras después no salgan con que tengo que pagarlas
no tengo problema en recibirlas y repartir las que pueda, pero van a sobrar
muchas.
*
Hace
algunas semanas aparecieron por todo el barrio, por Claypole y hasta en Solano
los anuncios de la visita de un pastor evangelista de Puerto Rico, y me mandaron
a cubrirla, el mismo sábado de la boda, así que fui atrás
de los piletones, para después cruzar a la 45. No es muy conveniente
hacer una reunión al aire libre una noche de fines de otoño en
un baldío cerca de la planta que depura el agua, pero a esta gente no
le importa, así que me acomodé cerca del escenario para no perder
detalle. Por lo demás no pasó nada fuera de lo habitual: el pastor
libró a una vieja de la opresión que no la dejaba caminar bien,
o eso pareció porque la vieja se cayó un
par
de veces, nos bendijo a todos y repartió un aceite especial y a puro
grito ahuyentó a Satanás al que vencemos con el poder que viene
del Señor.
Hasta que le pregunté la hora al de adelante
y me fui. Como cuando llegué todos me miraron, y también mientras
cruzaba la 56. Entré a la iglesia con el tiempo suficiente y fui hacia
los bancos de adelante. Me sorprendió primero la iglesia decorada para
una boda, como cuando jugaba a la pelota en sus alrededores, y ya adentro la
cantidad de gente que esperaba. Saqué la libreta y empecé a tomar
apuntes, entre el murmullo y la ausencia del novio.
Tenía algunas cosas sueltas y descripciones
del ambiente cuando giré la cabeza al tiempo que todos se callaban porque
entraba Juliana, y guardé la libreta. Largo pelo castaño bajo
el velo, catorce años como deduje, el paso firme aunque se notaba que
estaba tensa, hermosas y finas piernas y ese vestido ceñido que me hacía
desnudarla con la mente. Cuando sólo vio al cura le cambió la
cara y no pudo disimularlo, pero no aflojó el paso y quedó esperando.
Volvió a escucharse el murmullo, sumándole tensión a la
atmósfera, y de tanto en tanto Juliana miraba hacia la puerta para ver
si llegaba el novio. Seguía pensando en la crónica cuando me di
cuenta de lo que pasaba, cuando pude ver que no tenía que esperar hasta
que la crónica fuera publicada para cambiar mi suerte. Entonces me levanté
y caminé hacia el altar.
(Las Palmas de Gran Canaria,
España, 1976)
Licenciada
en Filología Hispánica por la Universidad de Las Palmas. Es profesora
de Educación Secundaria. Vive en Sevilla desde hace cinco años,
y tiene realizados estudios sobre el Yo cactus de la poetisa chilena
Alejandra del Río, sobre la poesía barroca de John Donne y el
Julio César de Shakespeare, entre otros.
En estos momentos y desde hace ya tiempo está
elaborando un estudio sobre Guía inútil de un naufragio
de Juan Manuel Gil, premio de poesía Andalucía Joven 2003. Tanto
los dos microcuentos como el cuento titulado 'Las virtudes del camino' son inéditos.
MICROCUENTOS
Un hombre vino a buscarme y vio a su mujer saliendo
del 4º piso. La atropelló un jefe de bomberos que encontró
al fin su billete de lotería en la carretera y que, frenando de repente,
se la llevó por delante.
**********
A un hombre le arrancaron los ojos. Había
hecho algo hermoso, y en su ciudad, la más aventajada del mundo, no querían
que lo repitiese en otra.
Pero él ya había visto lo más
hermoso.
LAS VIRTUDES DEL CAMINO
Al principio
había tanta oscuridad que no se podía caminar. Los más
valientes lo intentaban y a trompicones, con miedo, llegaban a la salida. Otros
no tenían esa suerte. Desde donde
estábamos
oíamos sus gritos que, como un eco mal hecho, se alejaban progresivamente.
Mientras, los brazos de los supervivientes se agitaban imparables entre las
sombras.
Pero nosotros ni siquiera nos incorporábamos.
Estábamos allí, en cuclillas, en un rincón del campo abrupto.
Una hoja seca y puntiaguda me picaba en la cara cada vez que me movía
para que no se me entumecieran las piernas.
Por la noche una suave brisa nos refrescaba de
las altas temperaturas diurnas. Entonces todos respirábamos como si nunca
lo hubiésemos hecho, exhalando suspiros largos y agradecidos. Las mujeres
hablaban atolondradas, los hombres abandonaban su rígida compostura y
se quedaban dormidos. Y de repente se oía otro grito. Alguien de otro
grupo se había levantado, afectado quizá por la frugal sensación
de libertad que daba la brisa.
Desde nuestro rincón podíamos divisar
todo lo que pasaba fuera, en el mundo libre. La gente caminaba a la luz del
sol, algunos más pequeños hacían piruetas, otros simplemente
cogían entre sus manos un cuaderno, y lo miraban. Especialmente uno de
ellos. Aparecía meditabundo por la izquierda de la salida, allá
fuera, con ese cuaderno de, por cierto, considerable grosor. Buscaba el banco
más iluminado (esta actitud extrañaba mucho a mi gente), se sentaba,
abría su cuaderno y lo miraba con pasmosa meticulosidad.
Miraba y miraba. En poco tiempo podía mirar
muchas de sus hojas. Así pasaba los días. Nos preguntábamos
qué tendría ese cuaderno, de qué material estaba hecho.
Algunos decían que sus páginas eran de oro, y que lo habían
traído hacía miles de generaciones del mundo anterior. Que era
un tesoro que muchos de nosotros buscábamos, que pertenecía a
nuestro grupo y que era nuestro deber recuperarlo.
Yo miraba a aquel ser que siempre hacía
lo mismo y sentía lástima, aunque parecía tan concentrado,
tan ajeno a todo el mundo libre, que muchas veces pensé que no le afectaría
estar aquí dentro, y que si esto era así, era injusto, porque
yo sí quería estar fuera.
En mi grupo nunca hubo muertos por los gritos.
Todas las muertes se habían producido de un modo natural, o por sacrificios
que los jefes decidieron llevar a cabo para nuestro mantenimiento.
Decían
que lo importante no eran las nuevas vidas, sino las que ya estaban. Nosotros
accedíamos sin miedo. Nos hablaban de continuidad, y ciertamente, esto
era importante. La continuidad de los que estábamos allí desde
siempre, porque nos habíamos mantenido sin cambiar un ápice de
nuestra actitud, cuidando siempre de nuestro grupo. Necesitábamos mucha
energía y alimento para hacer todo eso. Así que si no había
para las nuevas vidas, las sacrificábamos. El ritual era siempre el mismo:
colocados en dos filas, una frente a otra, nos pasábamos el ser sosteniéndolo
por sus extremidades (un compañero por las superiores y otro por las
inferiores). Esto era sobremanera difícil, porque se agitaban continuamente,
y nosotros estábamos en cuclillas. Aún así, nos esmerábamos
para no dificultar la tarea al otro cuando pasábamos la criatura. Así
iba llegando a las parejas compuestas por los jefes, que con gran maestría
se intercambiaban la criatura pese a que se movía más que al principio.
Entonces llegaba al Jefe Designado, que no tenía pareja, encabezaba las
filas y era, digamos, el vértice superior. Cogía a la criatura
por la cabeza y la degollaba. Los restos los tirábamos al precipicio.
Al principio las tiraban intactas, pero después decidimos que era mejor
el degüello para no oír sus gritos.
En el mundo libre las nuevas vidas eran tratadas
con mucho esmero. Cogidas por los más grandes en sus brazos y elevados
hacia la luz del sol, chapoteaban si las introducían en el agua, emitiendo
sonidos con la boca abierta en horizontal a lo largo de su rostro. En ese momento,
los otros hacían la misma mueca y sonido, pero ahora mucho más
estridente. Tanto, que no pocas veces nos sangraron los oídos.
Los otros grupos se reducían. Muchos se
levantaron buscando la luz. Unos no llegaron, y otros sí, y vimos las
sombras de sus brazos.
Hubo un tiempo en que se oyeron muchos gritos.
Yo permanecía siempre atento, escuchando lo que ocurría. Luego
les decía a mis compañeros lo que sabía, y alguno, siempre
esperanzado, intentaba alzarse mirando fijamente la salida. Pero entonces los
jefes advertían del peligro y rápidamente volvía a la postura
conocida. Yo sentía mucha lástima al ver el rostro triste de mi
compañero, como muerto de desilusión, en su actitud de siempre.
Fue entonces cuando lo sentí. Miraba el
rostro de mi compañero inclinado hacia la tierra,
mientras
la movía con su dedo pulgar. Observé su cuerpo con detenimiento:
era vigoroso, sus brazos estaban perfectamente modulados, y sus piernas parecían
tener una agilidad increíble a pesar del mucho tiempo que habían
pasado en la postura conocida. Era un ser hermoso, único. Pensé
que pudo conseguirlo pese a los sabios consejos de los jefes, y yo habría
visto entonces la sombra de sus fuertes brazos agitarse como ninguna otra, incesantemente,
más allá del cansancio.
Y en ese instante una fuerza superior a mí,
pero que emergía de mi interior, me alzaba sobre mis piernas. Yo intentaba
luchar contra ella mientras veía a mis compañeros arrodillados.
Al contrario de lo que ustedes puedan pensar, no quería que se enterasen,
y por ello hacía un supremo esfuerzo; pero mis ojos no se apartaban de
la salida, las gotas de sudor caían mojándome los dedos, y entonces,
esa fuerza me levantó y me sostuvo sobre mis piernas, mientras mis ojos
se abrían cada vez más sin apartarse ni un milímetro de
la salida. Con tanto brío y dolor llegó la luz del sol a mis ojos
que pensé, antes de perder la conciencia, que me los había evaporado.
Me despertó la respiración profunda
y pausada de alguien situado frente a mí. Deduje por ello que estaba
ante un jefe, y que iban a castigarme. Lentamente abrí los ojos. No conocía
ese lugar. Sentí una gran punzada en la espalda, estaba sentado y por
primera vez vi mis pies: se extendían más de medio metro. Quedé
impresionado. El lugar era ancho y algo oscuro, un recoveco. Quien respiraba
fuertemente era El Designado. Estaba sentado justo ahí, en un banco de
piedra, mirándome a los ojos.
-¿Por qué quieres irte?
Él estaba muy relajado. Yo no quería
desilusionarle.
-Yo no quería. Una fuerza lo hizo.
-¿La brisa?
-No. Bueno. No lo sé.
-Verás, debes decírmelo para prevenir
a los demás- sonreía.
-Ya, pero no recuerdo.
Yo sentía un gran dolor. Quise moverme
pero mis piernas estaban entumecidas Esperó. Pero cuando por fin logré
colocarme, se mostró impaciente.
-Debes hacerlo, debes recordar- caminaba por aquel
sitio con familiaridad.
-¡Algo muy fuerte me levantaba, me inclinaba
a la salida, no podía moverme!
-Bien, bien -dijo, más satisfecho-. Es
bueno que me lo cuentes porque yo quiero aconsejarte. Sin
embargo
nuestros compañeros te desplazarían de tu amado grupo, ya conoces
tú sus recelos. Tú y yo debemos permanecer unidos para salvaguardar
la unión.
Su pronunciación era muy lenta. Se acercaba
cada vez más, hasta que prácticamente se puso a mi altura. Me
miraba directamente a los ojos, como para grabarme sus palabras con cada golpe
de su respiración.
Era la primera vez que un jefe me hablaba así,
y aunque sentía cierto recelo, sabía que debía ser sincero.
-Esa fuerza salía de mi interior.
El Designado me pidió que permaneciera
allí durante unos días. Analicé lo que me había
ocurrido y descubrí que la fuerza era el símbolo de un deseo.
Debía decírselo y así lo hice. Me escuchó con la
máxima atención, decidido a ayudarme en mi lucha interior.
Entonces, regresé. Volví solo por
el camino. Extrañas sensaciones invadieron mi espíritu a medida
que iba descubriendo mi entorno. Me emocionaba el tacto frío de la tierra
en mis pies, mi manera de andar, de avanzar por el camino. Tenía los
ojos muy abiertos y el alma en paz. No sentía nostalgia por lo que siempre
fue mi único hogar, sino el impulso de acercarme a las descarnadas flores,
de sentir más que oler su fragancia, y que se quedase para siempre en
mi interior. Eran realmente hermosas. Quería arrancar algunas para regalárselas
a mis compañeros, pero el miedo a que me estuviesen viendo me paralizó.
Decidí caminar más lentamente y
una tarde, algo me picó en el pie. Me senté en una piedra, al
borde del camino. Rayos de luz se extendían por el extraño paisaje
y pude ver los trozos cristalinos que colgaban de la pared, el profundo estanque
que me atraía a la vez que me aterraba; los brotes que nacían
en los más áridos rincones.
Como una punzada de cristal sentí el fuerte
olor a lluvia y primavera. Y fue tanto el placer que me reí. Me reí
durante incontables segundos, e imaginé que también mi risa se
propagaba como la luz.
De mi pie continuaba saliendo el pequeño
brote de sangre. Esperé respirando fuertemente aquel olor a humedad.
Mi corazón quedó lleno de paz durante esos minutos. Y nunca los
he olvidado. Cuando emergí de ese momento, me di cuenta de que ya quedaba
poco.
Fue muy difícil volver a la postura conocida.
Prácticamente la había olvidado. Ahora que era consciente de la
longitud de mis piernas, no supe colocarlas como siempre antes del suceso.
Durante los días siguientes les conté
a mis compañeros las sensaciones de mi regreso. Al principio sólo
me escuchaban unos pocos, ilusionados, pero el número aumentaba cada
vez que volvía a mencionarlo. Yo les hablaba de los colores de la gruta,
del agua que caía por las puntiagudas piedras de cristal, de la piel
rugosa de las rocas, del sabor de las verdes hojas que me sirvieron de alimento.
Del sabor de mi sangre que brotó de mi pie derecho.
Se sentían orgullosos de mí, porque
abandoné la postura conocida y me regocijé en las virtudes del
camino.
Muchos me agradecían el fervor con que lo narraba, y ciertamente yo tenía
una gran voluntad para hacerlo. El extraño suceso produjo un gran cambio
en el grupo. Cuando llegaba la brisa se levantaban, dejándose llevar
por su libertad sin importarles lo efímera que fuese. La primera vez
se miraron despavoridos viendo la longitud de sus piernas, sus músculos,
y rieron entre ellos, como yo también hiciera.
Sentía cada vez más deseos de salir.
Quería que la fuerza se apoderase de mí, que me condujese al exterior;
cegarme con la luz del sol; incluso quedarme sin mis preciados ojos era un sacrificio
que estaba dispuesto a hacer. ¿Qué me importaba vivir en la oscuridad
después de haberlo hecho entre tinieblas?
Con frecuencia escuchaba la voz del Designado.
Él sabía que había incumplido mi promesa al contarles a
mis compañeros lo que había sentido. En algún momento pensé
que quizá lo entendería, pero recordaba entonces su rostro, su
rostro y su voz al decirme que no lo hiciera, el peso de sus palabras en mis
hombros, su lenta pronunciación.
Mi presentimiento se confirmó cuando empezaron
a vigilarnos. Primero venían individualmente introduciéndose en
el grupo, intentando conversar. Eran los otros jefes. Pero nadie les hablaba
con seriedad. Al percibir que esta táctica era inútil, merodeaban
por sus lindes, escuchando nuestros diálogos. Alguna vez vi cómo
brillaban sus ojos escuchando el relato de mis sensaciones. Sabía que
me culpaban del cambio del grupo, pero eso para mí ya no era ninguna
amenaza.
Una vez, dos compañeros oscuros acercaron
su postura a la mía conocida. Mostraron gran admiración por mi
aventura, pero me dijeron que ellos nunca tendrían esa oportunidad. Uno
de ellos, el más oscuro, me pidió consejo. Me sentí avergonzado.
A los pocos días ya dormían junto a mí. Lleno de aliento
les relaté también mi encuentro con El Designado, que ya por esos
días veía extraño y ajeno. Muy contentos, me respondieron
que debía aprovechar esa confianza para liberar al grupo; que entre los
tres urdiríamos una artimaña para engañar al Designado.
Pero yo no quería. Algo había cambiado en mi interior.
Esa misma noche abandonaron la postura conocida
y se fueron. Se quedaron por las lindes del grupo, hablando y riendo con los
vigilantes.
En algunas ocasiones venían y me decían,
entre lisonjas, si tenía algún plan. Yo callaba y les miraba.
Notaba que cada vez me era más difícil distinguirlos, que su semejanza
física aumentaba. Eran los dos ya casi igual de oscuros, aunque uno sólo
hablaba para animarme a entablar diálogo con El Designado.
Y entonces decidí que tenía que
marchar. Había transcurrido ya mucho tiempo desde mi vuelta. Mi corazón
siempre tuvo ese presagio. El presagio del momento de la salida, de la decisión
de marchar y de la aventura de conocer y formar parte del mundo libre. Me sentía
capaz, fuerte, orgulloso.
Esperaría la próxima brisa, porque
ella me daría la fuerza. Pasaron meses. Mi decisión me hacía
cada
vez
más fuerte y había trascendido al resto del grupo, que poseía
una gran intuición debido a los largos años de silencio y tinieblas.
Mientras esperaba la brisa me alimenté
como nunca. Comía más de seis veces al día, procuraba desplazarme
y descubrí que hacerlo en la postura conocida aumentaba el vigor de mis
piernas. Mi pelo creció, y era negro y muy grueso. En ocasiones, al hacer
mis ejercicios, llegaba hasta las lindes y veía a los vigilantes y a
los dos seres oscuros. Me miraban con temor, quietos y callados como los personajes
de una fotografía en blanco y negro. Y yo hacía más ejercicio,
crecido por su recelo y su malévolo silencio. Mis compañeros aguardaban
expectantes la llegada del día señalado.
Una noche, siendo ya muy oscuro y estando muy
cansado, cayeron diminutas piedras de las paredes. Mi corazón se sobrecogió.
Por encima de nuestras cabezas volaban plantas, flores, que se desplazaban vertiginosamente
hasta la salida. Me llegó su fragancia, y era un olor conocido. Eran
las plantas y flores de mi amado camino que se dirigían hacia el mundo
libre transportadas por un viento que nunca conocimos y que estaba justo encima
de nuestras cabezas. Cerré los ojos y me dejé llevar por los olores
conocidos, recordé la piel de las piedras, la sangre de mi pie y el sabor
de las hojas. Recordé la paz de mi corazón en aquel camino, y
fue mi corazón quien me levantó con un ímpetu mucho mayor
que el de la fuerza de mi esperanza; y el aire mucho más fuerte y frío
que la brisa, era casi un viento de agua que no he vuelto a sentir, y vi el
camino de la salida tan iluminado que cuando conseguí correr tuve que
hacerlo mirando la tierra. Las plantas ya me golpeaban impacientes por salir.
Yo corría a tal velocidad que pensé que el viento me cogía
a mí también y que ya volaba junto a las flores, las piedras y
el agua.
Y cuando alcancé la salida seguí
corriendo para alcanzar los límites del mundo.