JULIA OTXOA


     (San Sebastián, País Vasco, España, 1953)

     Si nos centramos solamente en su faceta como narradora -Julia Otxoa es una reconocida poetisa, además de ensayista y artista plástica- su obra ha sido traducida a varios idiomas como el vasco, el alemán o el italiano. Se inició en 1994 con el libro de relatos Kískili-Káskala. Escribió también libros infantiles como Lucas y el búho o Zainorilandia. Colabora habitualmente en prensa y revistas como Barcarola, Rosa Cúbica, Turia, Leer, Zurgai, Texturas, o el Diario de Bilbao.
     Estas tres microficciones son inéditas.

 

 

Presencia en la noche © Julia Otxoa

JUSTICIA EN SANTA REPARATA


     Fue muy duro para Giovanni pensar cuando apretaba el cuello de la muchacha, que aquel crimen que ahora estaba cometiendo le correspondería investigar a él, Giovanni Cavalcantti único juez de la pequeña población de Santa Reparata.

 


CUESTIÓN DE ORGULLO


     Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender, mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
     Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo, pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
     Porque ningún perro de mi categoría soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar escondido tras las cortinas del dormitorio, como su mujer se desnuda todas las noches.

 


TIENDA DE BROMAS


     Ante mi asombro, ya que para nada estábamos en carnaval, aquel hombre alto y flaco vestido de negro con cara de funeral, entró en la famosa tienda de bromas “El rey de las fiestas”, saliendo al poco tiempo transformado, luciendo una ostentosa nariz roja y unos grandes mostachos color naranja, su cabeza cubierta con uno de esos gorritos de chino mandarín. Sin embargo fijándose en él con detenimiento se observaba fácilmente que la seriedad de su rostro no había variado en absoluto, lo seguí durante unos minutos pero pronto lo perdí de vista entre las nubes de turistas que aquellos días abarrotaban la ciudad.
     Volví a mi trabajo de portero y me olvidé del asunto hasta que meses más tarde en la consulta de ingresos del hospital, reconocí las facciones de aquel hombre serio, tremendamente pálido, en el rostro del cirujano que iba a realizar con mi dañado corazón, una delicada operación a vida o muerte.

 


PALOMERAS DE SAN ROQUE


     “Palomeras de San Roque” es uno de esos lugares estratégicos de montaña donde los cazadores escondidos en casetas camufladas, cazan a red la paloma torcaz, que emigra en el otoño hacia África.
     Pervive en el lugar todavía, un rito de matanza ancestral, un impresionante espectáculo que mueve cada año miles de curiosos. El acto consiste en que los cazadores una vez que tienen a los El fantasma de la pasión © Julia Otxoacientos de palomas atontadas bajo la red, las van sacando una a una degollándolas con certeros mordiscos.
     Una vez terminada dicha ceremonia de muerte, el rito continúa y esos cazadores con los labios aún chorreando sangre besan en la boca a las mozas que quieren buscar novio. Ya que dice la leyenda, que los besos mojados en sangre de paloma son los mejores aliados del amor.
     No obstante, también se cuenta que durante las noches de luna llena, los cazadores incendiados de pasión amorosa, desenfrenadamente, acarician con los dientes el cuello de sus amedrantadas esposas.

 


DE LAS APARIENCIAS


     Era un hombre tan delgado que a menudo se lo llevaba el viento. Así que en previsión de este tipo de catástrofes, se había llenado los bolsillos de piedras. Pero la suerte no estaba de su lado. Ocurrió durante una de aquellas noches en las que un fuerte viento no lograba llevárselo; el pobre hombre loco de contento celebraba su dicha con los marineros por las tabernas del puerto. Nunca fue tan feliz.
     Al amanecer, caminaba completamente ebrio como un ángel frágil junto a los embarcaderos, dicen que debió resbalar y caer al mar mientras cantaba. De todas formas esta versión de los hechos nunca fue escuchada. La oficial fue la del suicidio, llenos de pesadas piedras sus bolsillos.

 


OTO DE AQUISGRÁN


     Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que, acometiéndole una vez un agudo ataque de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la corte, que antes de pasar a mejor vida, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

 

 

 

 

 

 

 

ENRIQUE VILA-MATAS

 


Enrique Vila-Matas © Editorial Pre-Textos     

     Entrevista: Pedro M. Domene

 


ALIAS DOCTOR PASAVENTO

     Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ha desarrollado, durante las últimas décadas, una propuesta personal que ha llevado a su literatura a un mestizaje de géneros y a una indisoluble fusión entre vida y literatura. Con su última obra, Doctor Pasavento (Anagrama, 2005), cierra el ciclo iniciado con Bartleby y compañía (2000).
     «Os habla el Doctor Pasavento -escribe Vila-Matas- emboscado en el mundo feliz de los eclipsados... Quiere sentirse lejos de todo. Vivir una maravillosa existencia de cero a la izquierda, de escritor sin obra, de soldado de Napoleón olvidado...».
     Vila-Matas, cuya prosa está próxima a escritores europeos de asombrosa actualidad como Kafka, Pessoa, Musil o Walter, es autor de una extensa y variada obra narrativa caracterizada por una sabia utilización de las técnicas de vanguardia desde Historia de la literatura portátil (1985), pasando por Extraña forma de vida (1997), El viaje vertical (1999) o sus espléndidas colecciones de cuentos Una casa para siempre (1988) o Suicidios ejemplares (1991) o incluso sus inclasificables colecciones de artículos El viajero más lento (1995), Para acabar con los números redondos (1997) y Desde la ciudad nerviosa (2000).

 

 


     -¿Siente usted nostalgia del inocente escritor de sus primeros libros?

     -De esa supuesta nostalgia ha hablado un crítico que hizo una confusa reseña de mi libro. Nostalgia ninguna, se lo aseguro.

     -Se lo pregunto porque, a pesar de ese poco acertado juicio, hoy se habla de usted como uno de los mejores escritores del panorama europeo contemporáneo.

     -Imagino que si lo dicen sus motivos tendrán. La verdad es que en Doctor PasaventoEspaña muchos escritores aspiran a estar entre los mejores escritores de su país, pero siempre ha prescindido de la literatura europea. A algunos de ellos les vi en Guadalajara (México). No estaban interesados ni en salir del hotel. Se comportaban como si siguieran estando en un café de Madrid. Ni Europa ni México. No les interesaba más que su carrera de escritores-funcionarios. Todos acaban convertidos en comisarios.

     -Desde Bartleby y compañía (2000), pasando por El mal de Montano (2002), hasta llegar a Doctor Pasavento (2005), su literatura ha rendido homenaje a escritores como Kafka, Musil, Canetti, Walser, autores que han dejado de escribir, son raros o enfermos. ¿Sigue siendo hoy una rareza seguir escribiendo?

     -Todavía en algunas entrevistas (algunas, por ejemplo, que me han hecho estos últimos días) me hacen preguntas del siguiente estilo: «Pero usted, ¿qué le encuentra a la literatura?» Es casi increíble.

     -Sin embargo, permítame la ironía, ¿su vida está hecha de literatura como lo demostró en París no se acaba nunca?

     -Vida y literatura van enlazadas. Vivo la vida como una novela. Y al mismo tiempo mis novelas están muy ligadas a las ficciones que me invento sobre mi vida.

     -¿Con Doctor Pasavento (2005) ha movido usted la ficha de esa partida Bartleby y compañíafinal que se anunciaba en sus anteriores entregas?

     -El día de la rueda de prensa de la presentación en Barcelona de Doctor Pasavento se me ocurrió decir que con esta novela cerraba el ciclo que Jorge Herralde llama «la catedral metaliteraria». Y la verdad es que seguramente es así. De hecho, me fascina que sea así, tengo curiosidad por saber hacia dónde me dirijo ahora.

     -Usted empieza su novela disertando sobre realidad y ficción para después abandonarse en el olvido. ¿Un año es el suficiente espacio de tiempo para conseguir entenderse entre ambas premisas?

     -Para Pasavento bastan once días para esto, para conseguir entender la labilidad entre ambas categorías. Y es que él cree que le ocurrirá lo mismo que a Agatha Christie, que desapareció once días y toda Inglaterra la buscó y al término de esos once días fue encontrada. Pero el pequeño drama de Pasavento es que nadie piensa en él, nadie percibe que ha desaparecido. Pasados esos once días, descubre que está completamente solo en el mundo y eso le lleva a escribir la historia de su desaparición y soledad y a un ejercicio de «pensamiento narrado», que es el género al que pertenece la primera parte de la novela.

     -¿El proceso de desaparición que propugna Pasavento es producto de una locura o la necesidad de una soledad absoluta?

     -La soledad le conduce a intentar refugiarse en la locura. Y del viaje a la locura regresa más solo todavía, pero más seguro de sí mismo, porque ve que va a perderse de verdad.

     -Con sus libros logra salvarse, ¿de qué?

     -¿Quién? ¿Yo? No aspiro a salvarme de nada.

El mal de Montano     -Realidad, ficción, literatura en clave de humor para experimentar acerca de las obsesiones o el pánico que acechan al escritor. ¿Es una terapia personal?

     -Sin la escritura no sabría vivir, me aburriría mucho. Aunque sé que, a la larga, aprendería también a vivir, pues tengo un cierto sentido práctico y no me gusta pasarlo mal.

     -Hace unos años usted era un escritor desconocido y hoy huye de una bendita celebridad. ¿La astucia de este planteamiento es un pretexto para construir nuevas realidades?

     -La verdad es que me molestan muchas cosas que rodean la pequeña fama que tengo. Hay que tener en cuenta que siempre he sido un simple hombre de letras y que vivo un poco mal el reconocimiento de ciertas personas que me paran en la calle -en mi mismo barrio ahora, mi barrio tan periférico- y me felicitan, sólo porque... me han visto en la televisión. «Le dieron un premio... por escribir en español», me dijo un vecino iletrado no hace mucho.

     -¿En qué se parece Vila-Matas a Bartleby, a Montano o a Pasavento?

     -Bartleby no se parece a Montano ni Montano se parece a Pasavento. Son bien claramente distintos los tres. Los narradores de esos tres libros son, supongo, tres heterónimos del autor, el llamado Vila-Matas.

     -¿Nuestra sociedad necesita de un exorcismo literario para sobrevivir?

     -Está necesitada de cultura. De eso no le quepa duda.

     -Si los políticos aprendieran sus trucos para desaparecer leyendo Doctor Pasavento, ¿qué pasaría?

Desde la ciudad nerviosa      -Que me comprarían la fórmula en todo el mundo.

     -¿Quién es más shandy, Zapatero o Rajoy?

     -Zapatero lee a Suso de Toro, no le veo muy shandy por ese lado. En cuanto a Rajoy, lee a Acebes, el que vive en la Rúa de los Percebes. No hay un solo shandy que aguante a vivir en esa calle.

     -Y ahora una última pregunta obligada: ¿cuándo piensa usted volver a la realidad?

     -No es necesario ver la realidad tal como yo la veo.

 

 

 

 

 

 

 

ISABEL MARÍA ABELLÁN


     (Murcia, España, 1961)

     Este cuento aparecerá publicado en breve, junto con otros de la misma autora, en el libro titulado El último invierno y otros relatos, en la editorial Irreverentes.

 

 


Aquel párrafo ya congelado...LA NOCHE MÁS OSCURA


     Estaba tumbada en la cama. El libro abierto por la misma página desde hacía varias horas, la mirada enganchada en un párrafo del que no sabía huir. Su pecho se agitaba al respirar.
     Había dejado la ventana abierta, a pesar de la noche fresca y de la brisa demasiado insistente que se enredaba en las cortinas.
     Parecía lejana, insensible al frío que amorataba su piel. De pronto un escalofrío pareció devolverla a la vida. Apartó lentamente la mirada sin expresión de aquel párrafo ya congelado y miró sin comprender hacia la noche amenazante. Percibió entonces la humedad suspendida en la habitación, la brisa que entraba cargada de gotas de lluvia y comprendió que se acercaba una tormenta.
     Se levantó para ir a cerrar la ventana. Tuvo que luchar contra el viento, entraba a feroces ráfagas y atenazaba sus brazos. Al final consiguió vencer el furor de la tormenta que se desataba y cerró de golpe. En ese instante gruesas gotas empezaron a aporrear los cristales.
     Con paso lento dio la espalda a la noche violenta y se dirigió hacia el cuarto de baño. No se dio cuenta al verse reflejada en el espejo de que no llevaba puesto el camisón. Se había ido a la cama con la misma ropa con la que había salido, horas antes, a tomar unas copas.
     Se sentó, sin levantar la tapa, en la taza del water. La mirada perdida, sin ninguna emoción. De pronto, se levantó y se lavó las manos. No miró el grifo sino su mirada amarilla en el espejo, no se dio cuenta de que el agua que se perdía por el desagüe no era transparente, sino roja como la sangre.
     Se llevó las manos mojadas a la cara y humedeció sus ojos, sus labios. Regresó, a pasos cortos, al dormitorio. Miró un instante hacia la ventana, la iluminaba un relámpago, pero no pareció oír el tremendo trueno que, apenas unos segundos después, pareció querer arrancar el edificio de sus cimientos.
     Estaba totalmente sola en aquella enorme casa de dos plantas y sótano. En otro tiempo, la recorrieron niños que bajaban las escaleras dando saltos, que entraban los domingos por la mañana en su habitación y la despertaban entre risas y juegos. Fue todo en otro tiempo. Todo se fue La mirada perdida, sin ninguna emoción © Zoraida Angostodesvaneciendo. Primero se rompió su matrimonio, él se marchó a vivir lejos. Los niños tenían que hacer dos veces al mes las maletas y viajar para ir a ver a su padre. Ya entonces empezó a invadirla el silencio. Aquellos largos fines de semana recorría cada habitación, cada rincón que ellos habían animado con sus juegos. Empezó a sentir el frío de la lejanía; tuvo miedo de perder todo lo que un día la hizo feliz.
     Se volvió obsesiva. Cuando regresaban el domingo por la tarde, interrogaba a sus hijos: ¿Él los trataba bien?, ¿cómo era ella?, ¿les daba mucho cariño, todos los caprichos?; ¿a quién preferían de las dos? Empezó a pensar que ella era siempre la última, la culpable de que todo se hubiera roto. Empezó a odiarse. Pero no. Se detuvo de pronto la caída, porque un día conoció a alguien que le hizo recordar que en otro tiempo fue amada y venerada y recuperó la alegría perdida, la confianza y las ganas de volver a hacer cosas.
     Por aquel entonces no lejano, sus hijos empezaron a crecer, dejaron de ser niños. Ya no entraban a despertarla los domingos por la mañana. En ocasiones porque dormían profundamente, más tarde, porque aún no habían regresado de una noche de diversión.
     Pensó que definitivamente se habían ido para siempre. Se quedó con aquellos recuerdos, con la tristeza de su ausencia los fines de semana. Ahora ya siempre estaban fuera.
     Hacía años que ya no sentía celos de aquella mujer. Estaba aquella relación, aquel hombre que le devolvía la ilusión cada fin de semana. Se veían un rato el sábado por la tarde, salían a tomar copas por ahí, o a cenar. Ella se arreglaba a conciencia. Se compraba ropa que la hiciera sentirse atractiva, se acicalaba con esmero ante aquel espejo al que ahora se asomaba con los ojos amarillos.
     También comían juntos los domingos. Luego, al caer la tarde, él se despedía y ella volvía a quedarse sola, un poco aturdida por tanto silencio repentino, pero contenta en el fondo porque él regresaría el próximo fin de semana.
     Volvió a tumbarse en la cama. Se sentía agotada. Cerró un instante los ojos. Sintió sed, una sed despiadada. Miró hacia la mesilla de noche. No, allí no había ningún vaso. Decidió, a pesar del enorme cansancio, bajar aquellas interminables escaleras y buscar agua en la cocina.
     Lo hizo muy despacio. Tanteando cada escalón, con miedo a perder el paso y a caerse. En la planta baja estaban todas las ventanas abiertas. El viento levantaba las cortinas, rugía con furia. Los relámpagos eran más tenues, los truenos más distanciados, la tormenta se alejaba pero arreciaba la lluvia, entraba en la habitación empujada por las ráfagas de viento. Había empapado la alfombra y los sillones.
     Pasó junto al sofá y tropezó; apartó con disgusto aquel bulto y se dirigió a la cocina. Encendió la luz, pasó junto a la mesa pero no vio la sangre que la cubría, tampoco pareció ver el desorden de cacharros caídos y cuchillos desparramados. Abrió el armario y cogió un vaso de agua, una mano cayó pesadamente en el fregador, los dedos amoratados, la sangre ya coagulada. Abrió el grifo, bebió con avidez. Se fue entonces hacia el frigorífico y cogió la botella de agua fresca, lo cerró de un golpe, pero un brazo olvidado impidió, al resbalar, que la puerta se cerrara.
Sangre © Zoraida Angosto     Estaba cansada, definitivamente agotada. Se sentía tan acabada que no tenía fuerzas ni para dormir, pero pensó que debía intentarlo. Decidió volver a la habitación, pero se llevó con ella la botella de agua. Pasó de nuevo junto al sofá, pero no miró aquella cabeza con los ojos abiertos pero sin cuerpo, que la miraba, horrorizada, desde los cojines que la rodeaban.
Subió, indiferente al festín de sangre que se derramaba en la planta baja, a su dormitorio, pero esta vez decidió cambiarse. Se quitó la falda ensangrentada, la blusa.
     Había tenido últimamente mucho tiempo para pensar. Un fin de semana él no vino, tampoco llamó. La consigna entre ambos era no entrar en la vida del otro. Ella empezó a aventurar razones que explicaran aquel olvido, la ruptura de la apacible rutina de cada fin de semana. Al principio se volvió a culpar ella de todo, se sintió de nuevo obsesiva. No descansaba un instante, se preguntaba con machacona insistencia qué había hecho, qué había dicho, qué había olvidado hacer o decir. Se sentía perdida en medio de aquella borrachera de soledad.
     De nuevo el pasado sin retorno, el eco, amortiguado por el paso del tiempo, de sus juegos, sus risas. Las comidas en familia los fines de semana, las vacaciones tan deseadas, la alegría sin fisuras de aquellos años; luego, lentamente, el olvido total.
     Sintió rencor, un odio profundo e insoportable hacia el origen de todos sus males. Sacó fuerzas de donde ya no le quedaban y lo llamó. Después de tantos años de silencio y lejanía. Era su cumpleaños. Cincuenta. Una cifra redonda, enorme, absurda para atravesarla sola. Tan sólo le pedía un último día de compañía, después de tantos años vividos en la apacible serenidad de una familia unida. Él, sensible a aquella llamada de auxilio, enternecido por fugaces recuerdos del pasado, prometió acudir a la cita.
     Y así fue como se reencontraron, después de tantos años sin verse, sin saber nada el uno del otro, después de tanto, de tanta lejanía y olvido.
     Ella había decidido, tiempo atrás, que él ya nunca regresaría, pero olvidó decírselo.

 

 

 

 

 

 

 

XURXO TORRES

 

     (Vigo, España, 1968)

     La niña del mundo (Nuevos Escritores, Madrid, 2006) es su segunda novela. Junto con La noche americana y El horizonte de la reina (en la que trabaja actualmente) conforma la serie Trilogía Atlántica. Ofrecemos el inicio de La niña del mundo para dar cuenta del estilo del autor a los lectores que quieran bucear en su obra.

 

"La niña del mundo" de Xurxo Torres


EL REINO


     En la bonanza, Cornualles huele a salitre, a bocadillos de atún caduco y a lavadoras marchitas. A la capa, los olores emigran hacia el sur. En el temporal impera el ruido. Las olas braman de dolor, el viento fustiga a las almas dormidas y la lluvia canturrea sones de muerte y perdición. A la capa, el aire suena a tierra anegada de sangre y orina, a lamentos grasientos y a discos rayados. En el temporal, Cornualles es un grito.
     La Torre de Bizac se eleva inhiesta sobre los farallones del lado norte de la bocaza de la ría sin que el tiempo la someta. La gallardía de sus formas, la dominante situación que dibuja sobre los parajes que la circundan e, incluso, el halo trágico que proyecta sobre sus moradores, permanecen incólumes.
     La Torre de Bizac no sucumbe a la estulticia del tiempo.
     ¿Hablamos del tiempo que pasa? Según a qué personas, es tema de relativa importancia.

     -¿Los oyes, Fausto?
     -¿Qué cosa, Álex?

     Es irrelevante. Los muertos vuelven a hacer surf en las aguas del canal. Sus muñones planean como sombras imperfectas sobre un mar infestado de tiburones. A diferencia de Fausto, que no ve a los difuntos, los escualos sí creen en las aparicines descarnadas y huérfanas de cariño.
     Los muertos del surf suelen aparecer acompañando al viento del norte. El norte es el viento que levanta los sentidos y aviva las venganzas. Se agazapa en los quicios de las ventanas y asesta sus golpes de locura amparado en la oscuridad. Por eso es del gusto de las almas perdidas. En su perenne deambular, encuentran en el viento del norte gélidas caricias de odio y terror. Los muertos en pena no son de natural pacífico. No tienen ningún motivo para serlo. Antes bien, todo lo contrario, qué molesto es navegar en tierra de nadie sin saber a qué mundo perteneces o a qué Señor debes obediencia.