(Arequipa, Perú,
1980)
Su primera
novela se titula Todo comenzó en la Universidad. Ha escrito
columnas en el diario El Pueblo de Arequipa, en la revista de política
y cultura Espergesia y en el diario Liberación. Ha
colaborado en la revista El Hablador de Lima y El Parnaso
de Granada (España).
Este microcuento es inédito.

ROTITO
¡Ajá! Todos le dicen “Rotito”.
Y ya sabía que ibas a pensar eso, pero no pues, nada que ver… no
es porque sea chileno: Rotito es un cholazo, es más peruano que la papa.
Marcial una vez me dijo que le pusieron esa chapa porque está roto…
Yo no le creo, pero él dice que su papá lleva años violándolo.
Antes pataleaba, gritaba y lloraba, todo el barrio lo escuchaba; en cambio ahora
como que ya se acostumbró, ya no siente nada de dolor porque está
completamente roto, abierto. Debe ser mentira porque a mí todavía
me duele, me duele más que la primera vez… además yo no
creo que exista otro hombre tan malo y perverso como mi papá, ¿no
es cierto, mamá? ¿O acaso tú crees que cuando yo deje de
gemir desesperado, todos en el barrio dirán que ya estoy roto? No, mamá,
no te pongas a llorar. ¡Te juro que yo todavía no estoy roto! Si
quieres se lo preguntas a mi papá.
(La Habana, Cuba, 1966)
En 2002
se mudó a Albuquerque, Nuevo México, donde estudia el doctorado
en literatura española. Durante su primer año en Albuquerque,
escribió la novela Posesas de La Habana (PuerPlay Press). La
acción ocurre durante una noche de “apagón programado”
en una vecindad de Centro Habana, y se basa en la vida de cuatro generaciones
de cubanas sin marido, que comparten la misma casa. En estos momentos, Teresa
trabaja en otros dos manuscritos, uno en inglés y otro en español.
Este cuento es inédito.
VISA POÉTICA
PARA CHIHUAHUA
Para Carmen Julia Holguín
Ay
Chihuahua decía ayer por teléfono Carmen Julia, mi amiga mexicana.
Ay Chihuahua, repito yo como en un rezo y la imagen de la ciudad se adueña
sin permiso de la mitad de mi ilusión. La otra mitad la ocupa una esperanza
que apenas me atrevo a nombrar, por miedo a que se desvanezca: Dios, que me
den la visa. Que yo pueda, por milagro, pura suerte o esoterismo, llegar a conocer
Chihuahua.
¿Cómo será una visa para
México? ¿Un documento en pergamino blanco y rojiverde? ¿O
un sello reluciente, estampado en mi humilde pasaporte cubano? Lo que sea, bienvenido.
Una visa, Yemayá, es todo lo que yo te pido. Una visa para Chihuahua.
Al principio me imaginaba la ciudad como un pueblito
de juguete donde miles de perros diminutos corrían unos detrás
de otros mordiéndose las colas. Pero Carmen me aseguró que no
había en Chihuahua más perros con tal nombre que en cualquier
otra parte de la república mexicana y yo enrojecí, avergonzada
de mis utopías caninas y de mi ignorancia insular.
A partir de sus descripciones empecé a
imaginarme otra Chihuahua histórica y más turística que
la de mis primeras fantasías. Ya me veía visitando el calabozo
del cura Hidalgo y admirando la catedral de piedra rosa -¿se parecerá
a la nuestra, la de la Habana Vieja?-. Tras de mí caminaban las sombras
de los tarahumaras, dándose tragos de tesgüino. Sentía el
corrido repiqueteándome en los oídos, qué bonita es
Chihuahua. Vagaba por las callejuelas el fantasma de Villa con su cabeza
puesta a precio. Dichoso Villa, que si fuera aquí en Cuba y por dólares
lo hubieran atrapado antes. Por cien mil pápiros le rompen el lomo a
cualquiera en esta Habana siglo veintiunera.
Carmen Julia me ha asegurado en sus dos últimas
llamadas que no habrá contratiempos, que me darán la visa sin
problemas. Se trata de un encuentro cultural, de algo reconocido a todos
los niveles, aquí, allá y
acullá.
Pero, por desconfiada, he traído conmigo, junto al amuleto de Yemayá
(un caracol de la playa de Varadero atado con cintita azul), la carta de invitación
de ese grupo de poetas chihuahuenses que tan amablemente me invita a su simposio.
Vaya, me invita de palabra, porque el pasaje,
si no es por Carmen Julia, hubiera tenido que sacármelo del trasero.
No hay manera de hacerles entender a los extranjeros que aquí el peso
no está devaluado, como en México. No señor, está
invaluado, no sirve para nada, es el anti-dinero. Para las cosas importantes
-como los viajes- o te buscas los dólares o te aguantas los dolores.
Si no me mandas el pasaje, le dije a Carmen Julia,
tendré que ir en espíritu o hacer un viaje astral. No hubiera
sido mala idea, después de todo. El libro (no publicado aún) que
voy a presentar se llama Poemas de la otra dimensión. Entonces
ella, cuata angélica, aunque tampoco anda nadando en plata, echó
mano a su tarjeta de crédito y me compró el boleto, mágico
ábrete-sésamo, o ábrete-portezuela-del-avión. De
modo que ya tengo una pata en México. Sólo me hace falta la visa
para tener las dos.
Por cierto, yo todavía no acabo de entender
qué es una tarjeta de crédito. El mecanismo se me escapa. ¿Un
cuadradito de cartón que vale tanto como un fajo de billetes? Igual que
las tales máquinas ateeme, donde se mete una tarjeta en un hueco de la
pared (dicen) y de ahí salen los verdes echando demonios y se te posan
en las manos. ¿De verdad? Ya lo comprobaré cuando vaya a Chihuahua.
Si voy.
Porque aquí estoy, ante el portón
colonial del consulado mexicano, con mi carta de invitación y mi cara
de susto y mi caracolito y mis ganas de ver
el
mundo. Con el estómago vacío y el cerebro dándome vueltas
a trescientas revoluciones por minuto. Hace seis horas, desde las cuatro de
la madrugada, que estoy en fila esperando a que me llamen y devorándome
las uñas.
Ya he hecho cinco promesas. Primero a Yemayá,
la orisha de los mares, para que me deje cruzar el Golfo de México.
Por Yemayá me he puesto el amuleto y le he prometido tener una jicotea
en una batea pintada de azul por el resto de mi vida, si me concede el viaje.
Otro a quien hay que contentar es Eleguá,
el que abre los caminos, para que no cierre los míos. Le ofrecí
una botella de Havana Club legítimo y un tabaco Cohiba si me ayudaba
con la visa. Esta mañana le compré un paquete de caramelos y se
los dediqué con un trago de chispa ‘e tren, la bebida más
barata y popular de esta tierra cubana.
No faltaba más, también le hice
una promesa -y van tres- a la Caridad del Cobre. A Ochún la pícara,
a ver si por allá encuentro a algún mexicano que se vuelva loco
por mí y me invite a quedarme.
Porque ése es otro problemita. Si te vas,
te quedas, me dicen todos en tono de consejo, de sugerencia o incluso de amenaza.
No se te ocurra regresar, zopenca, me ha advertido mi madre dulcemente. Y empieza
a trabajar en lo que sea para que mandes una remesa de dólares al mes.
Mira que es tu única oportunidad y que aquí te la puso Dios. Y
mi abuela lo mismo: niña, espabílate. Déjate de versitos
y comemierderías y búscate un viejo rico que te ponga casa y carro.
Procura vivir bien, que ya bastantes trabajos has pasado en esta salá
vida.
Hasta mi propio novio, sí, señor,
mi novio de seis años, me pide (¿ordena y manda?) que me quede.
No nos hemos casado porque ni él ni una servidora tenemos casa donde
refugiarnos y nuestros parientes respectivos se niegan a aceptar un agregado
más en sus viviendas. Pues mi novio me ha dicho: mamita, ponte a resolver,
muévete por allá y después que te acomodes me mandas a
buscar a mí. Como vuelvas te entro a patadas ¿oíste?
¿Cómo me voy a quedar si llego sin
dinero, sin nada, con una mano alante y la otra atrás? les pregunto.
Quítate la mano de alante, me aconseja mi abuela. Y la de atrás
también, si al caso viene, machaca mi progenitora. Ella misma la ha puesto
una asistencia a Oshún: un platico repleto de miel y de canela para que
endulce al primer chihuahuense platudo con que me tropiecen los ojos.
Pero
sin visa no hay encuentro poético, ni remesa de dólares, ni viejo
rico en peras dulces.
Ya la cola está caminando. Ahorita me llaman.
¿Qué me preguntarán? ¿Cuáles serán
los requisitos para obtener la visa? ¿Pertenecer al comité de
defensa de la revolución, CDR, a las milicias de tropas territoriales,
MTT, al ejército juvenil del trabajo, EJC, a cuántas otras siglas
que me han desordenado la existencia durante treinta y cuatro años?
Delante de mí están una mulata cuarentona
con su hija. La hija -trigueña oscura, quinceañera, de pelo bueno
y cuerpito de bailarina- tiene cara de niña de su casa. La madre no para
de cotorrear y dice a todo el que la quiera oír que su retoño
se va para Morelia, Michoacán, a casarse con un señor empresario
algo mayor, pero enamoradísimo de ella. Y que lo primero que va a hacer,
en cuanto le den visa, es correr a la shopping del hotel Nacional a
comprarse ropa de marca. Porque su yerno tiene tremenda residencia de dos pisos,
con piscina, jardín y dos criadas. Y no está bien que la señora
llegue con ropas más ripiosas que las de sus sirvientas, concluye ufana.
Me dan ganas de aclararle que en México
le dicen alberca a la piscina pero me callo. Más me vale concentrarme
en lo mío, prepararme psicológicamente para la entrevista. Los
santos me van a ayudar, ellos no fallan. Por respeto a mis futuros anfitriones
le ofrecí a la Guadalupana oír una misa de rodillas en una iglesia
de Chihuahua y encenderle una vela en cuanto pisara tierra de Juárez.
Antes de comerme la primera tortilla, vaya. Antes de coger la primera guagua.
Cuidadito, me ha advertido Carmen Julia, que coger
es mala palabra en la patria del cura Hidalgo. “Agarrar, mujer, agarrar.
No digas groserías”. Y las guaguas son camiones, oye pa eso. En
Cuba los camiones se usaban para transportar cerdos en tiempos más felices,
cuando la carne de puerco se podía comer de vez en cuando. Que hoy por
hoy no se encuentra ni en los centros espirituales, a no ser que te salten en
los bolsillos los Lincolns o los (bendita sea su gringa estampa) Franklins.
Volviendo
a mis promesas, cumplidas las formalidades con los dioses autóctonos
y aztecas, se me ocurrió, por no dejar resquicio alguno, agregar algo
del Nuevo Pensamiento. Mi novio está muy metido con un grupo que se llama
La Llama Violeta y se pasa la vida hablando de visualización y de materializaciones.
Aunque hasta ahora, lo único que se les ha materializado es un par de
latas de jamón y una caja con bolsitas de té. Se las regaló
un tipo nuevo pensamiensista que llegó hace dos semanas de Venezuela.
Porque no se dijera, que además, daño no me iba a hacer, le encendí
una vela violeta (coloreada con genciana) al Conde Saint Germain. Y me visualicé
a mí misma en Chihuahua, leyendo mis poemas en un podio altísimo,
con un vestido blanco y largo, iluminada por un reflector gigante y…
El próximo, anuncia un guardia con cara
de arcángel Gabriel, y pasan la mulatona y su hija. Ya casi me toca.
Releo el correo electrónico donde viene el anuncio de la convocatoria:
“No se requiere ser poeta profesional…” ¿Qué
es un poeta profesional? ¿Alguien ya publicado? Yo no he publicado ni
una línea en mi vida, así que gracias por la aclaración.
Tampoco pertenezco a la Unión de Escritores y Artistas. Pedí una
vez la entrada, pero me la negaron porque mis poemas adolecían de deficiencias
ideológicas.
Sigo leyendo: “pero se agradecerá
la calidad de los textos”. Los míos, dicen en los talleres literarios,
no son malos. Tienen su gracia, su aché. Y más abajo: “La
confirmación de su inscripción será dada a conocer de manera
personal”. Y la confirmación es otro emilio. “Señorita
Yadira Martínez: Usted ha sido aceptada para tomar parte en nuestro encuentro
de poetas y se le invita cordialmente a confirmar su participación…”
Por desgracia, la última palabra sobre
mi participación la tiene el funcionario de la embajada y no el organizador
chihuahuense. ¿Cómo será el hombre que ha de darme la visa,
en cuyas manos (qué picúa soy) se balancea, pendiente de un hilito,
mi destino? Me lo imagino alto, fuerte, seriote, con bigotes muy negros y puro
mexicano. Parecido a Jorge Negrete. O quizás con estilo más moderno,
a lo Gael García Bernal, que está buenísimo.
¿Le
caeré simpática? Mejor le hago otra promesa a Ochún. Rapidito,
que ya apenas hay tiempo. Virgen de la Caridad querida, Mamá Caché,
si me dan visa te voy a conseguir velas, flores de mariposa y cinco dulces finos
cada viernes para ponértelos religiosamente en tu altar. Con disimulo
me persigno. Amén. Siacará.
Metí la pata. ¿Y si no consigo los
dulces? ¿Y si cuestan muy caros? En la Plaza de Carlos III, el mall,
como le dice Carmen, están a tres por dos dólares. ¿A ver
de dónde saco…?
Salen la mulata y su hija con sonrisas de cumpleaños.
Sí, le dieron la visa, me informa la madre, radiante. Fue lo más
fácil del mundo, tan buenas gentes estos mexicanos. Suerte, mija. Y se
van. Un muchachón, tronco de habanero soleado, las espera en la esquina
bajo la mirada desconfiada de un policía de tránsito. El muchachón
le da un beso en la boca a la futura esposa del empresario moreliano. El trío
se monta en un Ford del cincuenta y nueve. ¡Y qué viva Zapata!
El próximo. Soy yo. Me tiemblan las manos.
Ay diosito, que me den esa visa, por favor. Yemayá de los mares, Eleguá
abrecaminos, Ochún putísima de la Caridad, Lupita linda de los
aztecas, aristócrata Saint Germán, denme una mano, por lo que
más quieran.
Entro. Me detengo frente a un buró elegante,
de caoba, esencialmente diplomático, y nadie me invita a sentar. No está
Jorge Negrete detrás de él. Tampoco Gael García. Qué
decepción. La funcionaria es una tipa pelirrubia, una güera, como
diría Carmen Julia. Y más joven que yo. Debe andar por los veintipico.
Se jodió la ayuda de Ochún.
Le entrego mis papeles y ella, después
de hojearlos, frunce el ceño y abre el chorro de su dialéctica
plenipotenciaria. Lo siento, no aceptamos documentos electrónicos. Además,
usted necesita una autorización del Ministerio de Relaciones Exteriores
de Cuba, MINREX y de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba,
UNEAC (ay, Virgilio, la maldita circunstancias de siglas por todas partes)
dándole permiso para viajar. Si no
tiene
documentos que la acrediten como autora, haga que un ciudadano de México
le envíe una carta de invitación notarizada y un afidávit
responsabilizándose con usted mientras se encuentre en territorio mexicano.
La carta tiene que incluir su nombre, dirección, teléfono, estado
de cuenta y propiedades como prueba de solvencia económica…
Salgo a la calle y el sol punzante de La Habana
me pega un manotazo en la cabeza. Tiro contra el asfalto el caracol de Yemayá
y una moto que pasa lo hace polvo. Ya se me desdibuja la ciudad de Chihuahua,
de todas las Chihuahuas que imaginé. Los perritos se esconden en las
alcantarillas. La catedral rosa se desmorona. El corrido se ahoga en la distancia
y con él desaparecen la cabeza de Villa y las sombras de los tarahumaras
mientras las puertas rechinantes de una guagua (ya no camión) repleta
se abren, como el calabozo de Hidalgo, para recibirme de regreso de un viaje
al que nunca fui.
(Madrid,
España, 1963)
Profesor de Literatura en la Universidad de Almería. Autor de las novelas Fabulosas narraciones por historias (1996), Ventajas de viajar en tren (2000) y Reconstrucción (2005). Este cuento es inédito.
THE OPOSICIÓN
Cuando el joven doctor Bud MacLoy abrió
los ojos, el ferrocarril atravesaba las últimas montañas del valle.
Por un momento no supo si soñaba todavía o si por el contrario
habíase despertado. Frente a él había dos damas. Una de
ellas, de unos cincuenta años, ancha y corpulenta como una mula, lo miraba
sonriendo con aire maternal. La otra, que no debía de alcanzar los veinte,
lucía unos lindos tirabuzones rubios, tenía la vista clavada en
el piso. Sí, recordó el joven doctor, ellas son la señora
Robertson y su hija June. Bud MacLoy había venido hablando con ellas
acerca de problemas ecdóticos y colación de variantes desde que
salieron de la ciudad. ¡La señora Robertson había utilizado
unas palabras muy claras para referirse a ese condenado de Lahman, como decía
ella!
—¿Dónde estamos? —acertó
a preguntar MacLoy, una vez que húbose repuesto.
—Estamos llegando, doctor. No debe de quedar
más de media hora —le respondió amablemente la señora
Robertson. Ha dormido usted cerca de dos horas. ¿Tiene dónde quedarse?
Al preguntar esto la señora Robertson,
el joven doctor Bud McLoy creyó notar que su hija, la señorita
June, se ruborizaba.
—Buscaré una posada —fue todo
lo que dijo.
—Le ofrezco nuestro rancho —propuso
amablemente la señora Robertson—. Podrá usted lavarse, si
lo desea, y cenar un par de huevos fritos con tocino, lo que sin duda le conviene
antes de la presentación de candidatos, ¿no cree? Alfons, mi esposo,
debe de estar esperándonos en la estación, y no tendrá
inconveniente. Le encantaría hablar con usted de crítica textual.
—¿Está su esposo particularmente
interesado en el sujeto?
—Oh, sí, ya lo creo que lo está.
Mientras escuchaba, el joven doctor Bud McLoy
notó que June enrojecía aún más.
—¿Y a usted, señorita June,
no le interesa la codicología? —preguntó el joven Bud atrevidamente.
Entonces la muchacha levantó la cabeza
y McLoy volvió a notar lo que ya había percibido en dos ocasiones
durante el viaje. Bud notó cómo los grandes ojos azules de la
señorita June Robertson se clavaban como cuchillos de trampero en los
suyos antes de responder con un hilo de voz:
—No, señor McLoy, la alta erudición
no me interesa en absoluto. Prefiero leer.
—Oh, June, dile al señor McLoy que
escribes —le dijo su madre golpeándola con el codo. Y como su hija
no dijera nada al respecto, tuvo que ser ella la que lo explicara. Y lo hizo
con las siguientes palabras:
—June escribe desde que era una niña.
Así fue como lo hizo. A lo que el joven
doctor Bud McLoy creyó conveniente decir:
—¿Escribe usted versos, señorita
June?
—No —respondió la joven—,
escribo ensayo principalmente.
—June sólo lee libros de no ficción,
¿sabe? —explicó la señora Robertson.
—Vaya —fue todo lo que pudo decir
el doctor McLoy, porque en ese momento el ferrocarril entraba en la estación,
donde los tres se apeaban.
—Quédese con nosotros, doctor —volvió
a proponerle la señora Robertson, una vez que estuvieron en el andén.
—Oh,
no, gracias, señora Robertson —rechazó amablemente el joven
MacLoy—; no quisiera ser un estorbo para ustedes.
—Vendrá al menos a visitarnos cuando
gane la plaza —rió la mujerona.
Y el doctor Bud McLoy rió también,
pero con sarcasmo, porque al doctor McLoy antojábasele harto difícil
ganar ese concurso-oposición.
***
—Buenas noches —saludó el joven
doctor Bud McLoy al entrar en la posada Silver Inn. Detrás del mostrador
un viejo desaliñado de unos cincuenta años, sin afeitar, con la
camisa mal abrochada, y un olor que decía muy poco de su limpieza, le
dio por todo saludo una desconfiada mirada—. Quisiera una habitación
sencilla.
—Son veinte dólares al día
por adelantado —dijo el viejo por toda respuesta, sin dejar de mirarlo
y sin hacer ademán de alcanzar la llave.
El joven McLoy comprendió y echándose
mano a la cartera que guardaba en un bolsillo secreto de su chaleco, extrajo
un billete de veinte dólares que depositó sobre el mostrador.
Inmediatamente, el otro alcanzó un mugriento llavero mientras gruñía:
—Habitación 235.
El doctor cogió la llave y diose media
vuelta, pero antes de echar a andar, oyó que el viejo le preguntaba a
su espalda.
—Ha venido al concurso-oposición,
¿no es cierto?
Bud detúvose en seco. Tardó unos
segundos en contestar. Le extrañó que aquel desaseado anciano
supiera qué era un concurso oposición y le
intrigó
aún más que lo relacionara con él.
—Tal vez —repuso McLoy sin volverse.
—No tiene usted ni una maldita oportunidad
de lograrlo.
—¿Acaso es usted miembro del tribunal?
—se volvió McLoy desafiante.
Entonces el viejo se rió abiertamente.
—No, no soy miembro del tribunal, gracias
sean dadas al Buen Dios. Ni por un millón de dólares quisiera
estar en el pellejo de ese maldito tribunal. Pero déjeme decirle algo
joven doctor: no necesito estar en ese tribunal del infierno para saber que
no va a lograrlo. No nos gusta que nadie venga de fuera a decirnos qué
debemos hacer, así que ya puede irse al diablo.
Y dicho esto, el viejo desapareció tras
una puerta situada a la izquierda del mostrador. Pero, inmediatamente, como
si hubiera olvidado decir algo, volvió a salir.
—Le diré otra cosa, joven. He leído
su tesis doctoral sobre el género epistolar en el siglo XVI, y le daré
mi opinión, le guste o no. Mi opinión es que es una basura, ¿me
ha oído?, una basura. No aporta usted ni una maldita prueba para sustentar
lo que dice. Puro expresionismo, esa es mi opinión —masculló
el viejo, y a continuación escupió en el suelo antes de desaparecer
de nuevo.
Al joven doctor Bud McLoy le inquietaron estas
palabras del posadero. No era la primera vez que se presentaba a un concurso-oposición
en la universidad y tenía que salir huyendo para evitar que los miembros
del tribunal lo lincharan. Sin embargo, nunca había sentido la hostilidad
tan pronto y menos aún por boca de un simple y vulgar posadero. Este
concurso-oposición va a ser muy duro, se dijo. Pero Bud McLoy era, pese
a su aspecto, un tipo que no se dejaba amedrentar fácilmente.
—No, no es que no me deje amedrentar, es
simplemente que tengo fe en la ley y en el Buen Dios —se dijo Bud mientras
entraba en su habitación de la Silver Inn, una especie de cuartucho sin
ventilación, con un camastro en el suelo. El aseo estaba en el pasillo
y era compartido por las demás habitaciones. Lo primero que hizo Bud
McLoy al entrar en su cuarto fue
echar
el cierre. A continuación abrió la maleta y buscó entre
la ropa su revólver, el Colt 45 con la empuñadura de marfil negro
que su padre le regaló cuando terminó la carrera. Siempre introducía
entre sus calzones el Colt 45 de empuñadura negra, y lo acariciaba hasta
quedarse dormido. Esta vez también lo sacó de su cartuchera, lo
acarició y sintiose mejor. Recordó la última vez que le
había salvado la vida, un sangriento concurso-oposición celebrado
tres meses atrás en la Universidad de Valladolid. En aquella ocasión
tuvo que disparar contra el candidato de la casa, un imberbe que había
tratado de asesinarlo por la espalda. Bud había hecho desde pequeño
prácticas de tiro, y no hubiera tenido rival si se hubiese dedicado al
alquiler de sus pistolas. Pero en vez de consagrarse a esa ocupación,
como hubiera deseado su abuelo, se había inclinado por los estudios humanísticos.
***
A la mañana siguiente el joven doctor Bud
McLoy dirigiose hacia la sala de grados, donde iba a celebrarse el concurso-oposición
3/45 para cubrir la plaza de profesor titular de Literatura Española
con perfil “Poesía Española del siglo XVI”, a la que
él aspiraba. Las avenidas del campus encontrábanse vacías.
Pero los sentidos del joven Bud percibían el peligro. Le pareció
más prudente quedarse fuera del salón de actos hasta que el candidato
de la casa, el favorito del tribunal, de la universidad y de toda la ciudad,
terminara su ejercicio. Cuando lo hizo, todos los presentes aullaron como chacales.
Bud abrió la puerta de un empellón. La sala enmudeció repentinamente,
y todos los presentes se volvieron hacia el recién llegado. Muchos retiraron
sus levitas y le permitieron ver la empuñadura de sus revólveres.
Las miradas de todos aquellos ventajistas se clavaron en él como cuchillos
tramperos. Al fondo, un tribunal compuesto por cinco hombres de aspecto sucio
y desastrado lo miraba con una mueca de desprecio.
—El
candidato puede ocupar su puesto —gruñó Burt Conover, el
presidente del tribunal, un hombre gigantesco de más de seis pies y cinco
pulgadas, con aspecto de poder masticar clavos de acero. Nadie diría
que aquel cow-boy era especialista en Francesco Petrarca.
Bud McLoy se dirigió a su puesto con aplomo,
y se mantuvo de pie hasta que le dieron permiso para sentarse. Cuando el presidente
Conover le dio la palabra, el joven doctor Bud McLoy desgranó con parsimonia
su currículum vitae, mientras el público asistente escupía
y lo maldecía entre susurros. A continuación inició su
lección magistral sobre las églogas de Garcilaso. Notó
que sus interpretaciones irritaban a los ventajistas. Rogó al Buen Dios
que el presidente hiciera respetar la ley. Pero una vez más no fueron
la ley ni el Buen Dios quienes le salvaron la vida, sino sus pistolas.
Estaba terminando su lección magistral
cuando sus sentidos advirtieron que Pete Vernon, el especialista en literatura
pastoril de la Universidad Complutense, sentado entre aquel público de
ventajistas, acercaba lentamente su mano a la cartuchera. Bud McLoy logró
contener sus nervios y no desenfundar, pero cuando Vernon alcanzó su
empuñadura, Bud se volvió y le disparó un certero tiro
que le agujereó limpiamente la mano. Pete Vernon soltó el revólver
como si estuviera incandescente, y se dobló sobre su mano herida. Pete
Vernon nunca más pudo volver a empuñar un arma con la mano derecha,
y arrastraría para el resto de su vida serias dificultades para alcanzar
la tilde con el dedo meñique en el teclado del ordenador, de ahí
sus problemas con los acentos.
No había terminado de disparar cuando Bud
advirtió que a su derecha un becario desenfundaba. Se volvió con
un rápido giro y le puso una bala entre ceja y ceja que lo dejó
en el sitio con una expresión de desconcierto.
—¿Cómo
ha podido verme? —fueron sus últimas palabras antes de morir.
Era la primera vez en la historia de la universidad
española que alguien mataba a un becario. Los ventajistas y los miembros
del tribunal se pusieron en pie enfurecidos.
—¡Colguemos a esta basura! —gritó
alguien entre el público mostrando una soga.
Iban a echarse todos ellos sobre Bud cuando una
voz los detuvo.
—¡Me consta que ese maldito becario
ha recibido medio millón de dólares por acabar con la vida del
joven humanista Bud McLoy. Si alguien quiere acompañarlo al infierno
sólo tiene que mover un músculo!
Quien así habló era June Robertson,
la joven aficionada a la no ficción que Bud McLoy había conocido
en el tren. Era más alta de lo que recordaba, tenía el cabello
negro y los labios demasiado rojos. Sus ojos, azules como dos tazas de té,
miraban desafiantes al público de ventajistas y a los miembros del tribunal,
mientras los apuntaba con un rifle de repetición. Con sus negras y pobladas
cejas, hizo una seña al joven doctor, que salió de la sala con
tranquilidad, haciendo sonar sus botas en el piso. Fuera aguardaban dos veloces
caballos, que June había tenido la precaución de traer consigo.
—Otra oposición perdida —se
lamentó Bud.
—Vamos, doctor, no se preocupe. Se convocarán
más plazas en el futuro. Ahora le espera un baño caliente, que
yo misma le prepararé, y luego unas alubias con tocino que ha cocinado
mi madre. Mi padre está deseando conocerlo, y yo quiero pedirle bibliografía
sobre el origen del ensayo español.
Bud McLoy sonrió para sus adentros, la
miró con atrevimiento e intensidad, se caló el sombrero y espoleó
a su caballo. Los dos jinetes se perdieron en el horizonte hacia el rancho de
los Robertson.
(Lima,
Perú, 1978)
Estudió
dirección de cine y literatura española e hispanoamericana en
la Universidad de Miami. En 1996 obtuvo el primer premio de cuento en los Primeros
Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas por su obra
El Bodrio. Es director de la reconocida revista literaria Los Noveles
y de otros proyectos culturales. Como editor ha preparado Peruanos Iletrados,
novísima narrativa peruana, el ciclo de literatura femenina Ellas
y la antología de cuentos cinematográficos Banda Aparte.
Actualmente trabaja junto con la narradora mexicana Cecilia Eudave en la edición
de una nueva antología de cuento fantástico hispanoamericano.
Este cuento es inédito.
PILAR IN FABULA
A la memoria de Pilar Dughi (1956-2006)
En
la conferencia de despedida de la docencia universitaria dictada por el profesor
Eugene D. Laurey en 1969, y cuyo título fue The Myths of the City
of Neverending Circles, el público estuvo demasiado concentrado
para inquietarse por la súbita desaparición de uno de los asistentes,
en el momento culminante en que el profesor Laurey se disponía a responder
a uno de los principales críticos de su controvertida producción
científica. La mujer, sentada en la penúltima fila, tosió
repetidas veces y tuvo una pequeña contorsión que podía
indicar un malestar en el cuello. Se levantó bruscamente y salió
de inmediato sin lograr despertar la curiosidad de quienes la rodeaban. El ujier
le abrió la puerta de salida, y la mujer se dirigió hacia un parque
cercano.
Por la noche todavía estaba sentada en
una banca, y así continuó durante unas horas más, hasta
que en la madrugada siguiente un barrendero de la ciudad encontró solamente
su piel entre unos arbustos. La policía llevó la piel de la mujer
a su dependencia y se procedió a hacer una autopsia con tan sólo
ese elemento aclarativo. El forense encargado de examinar cuidadosamente la
piel de la mujer no encontró señales de torturas ni hematomas
y se preguntó, al igual que su colega asistente, quien realizaba su primera
investigación luego de haber concluido sus estudios prácticos,
cómo una mujer pudo desprenderse de su piel al igual que ciertos animales.
En el párpado derecho de lo que fuera antes el rostro de la mujer, sin
embargo, halló un pequeño tatuaje que no pudo descifrar a simple
vista. Lo revisó detenidamente con una lupa y vio, sorprendido, que no
se trataba de un indicio sino de un espejo. Siendo la hora del refrigerio, nadie
más permanecía en la sala de la morgue, así que tuvo la
tranquilidad suficiente para sospechar que no había sido visto cuando
extirpó el pedazo de cristal y lo puso en el bolsillo de su mandil.
Al
atardecer, el forense se dirigió hacia su domicilio, llevando el extraño
espejo en su mano derecha. Durante el trayecto en el metro se mantuvo ajeno
a él hasta que se sintió solo y decidió mirarse en el cristal
para llenar el agujero de aquella tarde. Después de reparar en sus canas
y la terrible apariencia de su bigote, debía afeitárselo si algún
día iba a casarse con una enfermera que cocinara cacerolas como su madre
solía, vio una mujer retorciéndose en la banca de un parque y
desprendiéndose de su piel. La imagen le producía incomodidad
y tristeza, pero dejó de sentir dolor cuando cerró el espejo en
un acto instintivo. Estando a pocos metros de su paradero, se preparó
para salir del tren y de inmediato ocultó el párpado debajo del
asiento contiguo. De pronto los pasajeros comenzaron a caminar lentamente por
el pasillo y él se imaginó en la misma libertad espacial, no obstante,
la textura del tren le parecía distinta, elástica y no metálica,
cuando pisaba el suelo. Su cuerpo también empezó a subir de temperatura,
como si soportara una gripe de invierno o como si la piel no le perteneciera.
Entonces se quitó el abrigo e hizo un esfuerzo por no caer en medio de
la muchedumbre, padecía la fuerte urgencia de arrancarse la piel que
había llevado desde que tenía memoria. En un intento por hallar
una cara amiga en la terminal, miró a través de la ventana del
tren y no supo qué adivinar de aquella mujer gigante que lo observaba
desde el otro lado.

Entrevista: Rocío Alarcón Palenzuela
«LA ENFERMEDAD DEL CUENTO»
Este
narrador almeriense que literariamente se desvirga con El síndrome
Chéjov (Páginas de Espuma, 2006) nos da un golpe de soledad,
frustración, amor incondicional y provocación en once relatos
que, en más de una ocasión, nos ponen un espejo delante. Autor
y lector se someten así a una fusión íntima que se traduce
en una lectura honda, sobria, en una comunicación apasionante.
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS (ECP): Miguel Ángel ¿Por qué El síndrome Chéjov? Explica ese título para aquellos que quieran acercarse a este libro de cuentos.
—MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ (MAM): La literatura es una especie de enfermedad, en alguna de sus acepciones, claro. En otras ocasiones también se transforma en descanso dominical o agencia de viajes económica y de segura eficacia. Hablar de síndrome es referirse a todos los síntomas que el buen lector no deja de sentir cuando lee un libro apasionante. Por ejemplo, pulsión interior, deseos compulsivos de seguir el viaje hasta el final, inesperados deseos de meditar sobre alguna de sus frases. Chéjov es un escritor adictivo literariamente, y enfermizo personalmente. De haber sobrevivido a la tuberculosis, “el síndrome Chéjov” habría podido ser el nombre que él mismo hubiese puesto a esta inocua, en la mayoría de los casos, enfermedad.
—ECP:
¿Crees que en la vida cotidiana podemos mimetizarnos con personajes de
dibujos animados hasta el punto de expresarnos igual que ellos? Lo digo porque
en tu primer relato, ‘Soy dueño de la lluvia’, el protagonista
nos sorprende con la graciosa expresión de Homer Simpson «¡Mosquis!»
—MAM: En este relato se intenta mostrar de un modo irónico y corrosivo la presencia total de la cultura del consumo en nuestra vida. Los centros comerciales son las nuevas iglesias, y en alguno de sus despachos ocultos vive el verdadero Dios. El día santo ha pasado de ser el domingo al sábado. Evidentemente, no es el protagonista quien pronuncia esa frase de dibujo animado, sino el ángel custodio en el que se convierte al vestirse como un personaje de ficción. Se convierte en ficción, y por puro decoro aristotélico, debe hablar como el personaje que representa, sin dejar de ser el parado sufrido que vive bajo el traje. En ese contraste está la posible gracia del relato.
—ECP: ¿Todos nos colocamos un máscara ante la vida? La que lleva el personaje de ‘Soy dueño de la lluvia’ parece un símbolo de frustración.
—MAM: En realidad, no podemos imaginar un personaje más sincero que el de ese relato. Lleva la máscara que todos le exigimos que lleve para poder salir adelante. Cumple con su función, respeta las normas de la iglesia consumista a la que pertenece. Por otro lado, la máscara, en todo caso, no tiene que representar la frustración sino la apariencia. El personaje esconde su frustración con la máscara, que le muestra de un modo jovial. Esa era la función originaria de la máscara en el teatro griego, ponerse una cara divertida o triste sin esfuerzo para el actor, que simplemente cambiaba de careta para cambiar de personaje. Por otro lado, en el teatro No japonés hay una clase de actores que no llevan máscaras, y que deben jugar con su expresión para que ésta simule una máscara. En los carnavales, una máscara puede ser símbolo de alegría, erotismo, juerga. Como se ve, es cosa complicada esta de las máscaras.
—ECP: A lo largo de tus relatos el tema de la casualidad es recurrente. Pero, a veces, me da la impresión de que es una casualidad forzada. ¿La casualidad existe o la vida es un constante aprendizaje donde todo está predeterminado para que podamos afrontarla y aprender de ella?
—MAM:
Desde la invención científica de la teoría del caos las
concepciónes deterministas tienen poco que hacer. Somos una unión
de células casuales. El aprendizaje nos conduce por un camino recto y
el azar se ocupa de dibujar las curvas peraltadas del circuito. Cada cosa que
hacemos en cada momento del día nos condiciona de algún modo que
nunca sabremos. El azar es el azúcar del café, que sería
el aprendizaje. Por otro lado, designar a la casualidad como forzada es una
paradoja divertida. Si pensamos que es forzada deja de ser casual, y si surge
como casual, la naturalidad ha de ser ingrediente fundamental. La novela más
fascinante que cada uno podría escribir de su propia vida es la narración
de cómo pequeñas casualidades condujeron su vida hasta ser lo
que es. Pero, cuidado, no caigamos en el error de hacer del azar un determinismo
más, y pensar que todo está regido por él. Todo, todo,
no.
—ECP: Hay un cuento, ‘Ambulancias’, en que el protagonista pierde el miedo y el respeto a su trabajo, se muestra insensible a todo lo que desempeña. ¿Consecuencia del oficio que desempeña o podemos trasladarlo a casi todos los gremios occidentales?
—MAM:
El análisis es completamente contrario al que yo haría de ese
relato. Ni pierde el miedo ni el respeto, y mucho menos se muestra insensible
a sus experiencias. ¿Cómo se explicaría entonces su final,
su alejamiento de un trabajo como ése, qué sentido tendría
que uniera el recuerdo de su vida al de su ambulancia si no reflejara ésta
de algún modo mucho de lo que él ha sido? Precisamente quería
mostrar la enfermedad desde el que la ve de cerca, aunque no pueda descuidar
el volante en ningún momento.
—ECP: Observo una clara evolución
del personaje de ‘Ambulancias’: cuando él es feliz —sobre
todo a nivel amoroso— se da cuenta de lo desagradable y triste que es
su trabajo. ¿El amor, la felicidad, nos hacen mirar la vida de otra manera?
—MAM:
El personaje no deja de evolucionar. El relato narra cómo la vida se
transforma a la vez que avanza la relación con nuestro trabajo. Vivimos,
maduramos, nos enamoramos, separamos, desencantamos, y el trabajo que desempeñamos
se retroalimenta con esas experiencias. No puede ser de otro modo. No creo que
el trabajo de conductor sea, para el personaje, desagradable o triste. No debe
olvidarse su orgullo por las vidas que él ha contribuido a salvar, tarea
que sólo adjudicamos a los médicos. Él tiene su pequeño
papel en las historias de dolor que acaban bien.
—ECP: En muchos cuentos no das el nombre del personaje principal. ¿El nombre es un lastre o un referente para los demás?
—MAM:
Si te llamas Nicomedes, la cuestión presenta cierta apariencia de lastre.
En la mayoría de los casos, nuestro nombre no es más que un azar
inscrito al margen izquierdo en la partida de nacimiento. Si te llamas Julio
y te apellidas Cortázar, el nombre te marca como genio del relato. Él
lo decía: «Ser genial es elegirse genial y acertar». Así
les ocurrirá a los padres, eligen un nombre con la pretensión
de acertar, pero todavía hay mucho padre inconsciente. No hay más
que pedir en un Registro Civil los libros de asientos.
En los relatos no se da el nombre cuando el relato
está contado en primera persona, pero sí se hace en los narrados
en tercera persona. Al hablar de uno mismo en primera persona, no se hace necesario
nombrar al personaje, cosa inevitable si lo que se escribe es una novela.
—ECP:
En los relatos ‘Nuria querida’ y ‘Antón Chéjov,
médico’ demuestras que el amor, la amabilidad y el esfuerzo entusiasta
pueden curar las enfermedades del cuerpo y las del alma. ¿Valores perdidos
en el mundo de hoy?
—MAM: Sólo en quien los haya perdido. No podría hablar de porcentajes.
—ECP: En el relato ‘Hija única’ realizas una crítica a la mala educación. ¿Qué es para ti la buena educación?
—MAM: Aquella que entienda que no podremos dar nunca a nuestros hijos todo lo que nuestra enfermiza fantasía nos hace imaginar que merecen. La generación nacida en los ochenta y noventa ha caído en ocasiones en una ególatra y ridícula relación con la infancia, rompiendo la cadena de aprendizaje que hasta entonces era natural: los hijos sabían más que los padres. Ahora los hijos saben muchos menos que sus padres, y eso les duele a los padres, pero no a los hijos, que disfrutan de su dulce inconsciencia de tontos. Esto es una generalización, claro. Tampoco en este tema dispongo de porcentajes. ¡Debería haber estudiado Estadística! Confío en que los padres de este nuevo milenio, conscientes de este desastre que ha afectado a generación y media, pongan algo de sentido común en el asunto.
—ECP: Uno de los relatos más sorprendentes es ‘El rapto de Woody Allen’. ¿Qué simboliza el hecho de que el protagonista se coma literalmente a su chica?
—MAM:
Todo aquel que ha estado enamorado locamente —y el que ha estado enamorado
siempre lo ha estado en algún momento locamente— ha dicho a su
pareja: «Te comería a besos». Este relato simplemente pasa
de las palabras a los hechos.
Es un relato que yo quería rabelesiano.
Explorar la exageración como material narrativo. Además, quería
reflexionar sobre el papel que la fealdad juega en nuestra cultura. Meta a dos
fieras aisladas en una jaula sin comida y verá lo que tardan en hincarse
el diente.
—ECP: La literatura nos puede ayudar a afrontar los problemas de la vida. ¿Eres partidario de este argumento?
—MAM: Según la profundidad que otorguemos a nuestros problemas. En un porcentaje muy alto de personas —tampoco ahora dispongo del porcentaje exacto, lo lamento— una tarjeta American Express generosamente respaldada es el mejor método para afrontar los verdaderos problemas vitales, por ejemplo: pagar la hipoteca, el gimnasio y el viaje a Cancún.
MORI
PONSOWY
(Buenos
Aires, Argentina, 1967)
Autora
de dos libros de poemas: Enemigos Afuera (Ediciones del Copista, 2001),
y Corolario (Bartleby Editores, España, 2006). Ha traducido
a las poetas norteamericanas Sharon Olds (El Padre, Bartleby Editores,
España, 2004) y Marie Howe (Lo que hacen los vivos, Editorial
Luna Nueva, Venezuela, 2004). Fue co-fundadora y editora de la revista Lamujerdemivida,
que en 2004 ganó el Premio Julio Cortázar a la mejor revista cultural
del año en Argentina.
Vivió muchos años fuera de Argentina,
en Perú, Venezuela y Estados Unidos. Actualmente reside en Buenos Aires,
donde trabaja como traductora, editora y periodista. Coordina un blog literario
colectivo: Goma de borrar.
Los colores de Inmaculada (Premio Cáceres
de Novela, 2005) es la historia de un cuadro. Dos mujeres, una pintora, y otra,
la que va a ser retratada en la tela, se debaten en un drama repleto de promesas
y deseos. Un conflicto de clases las separa, pero el cariño las une.
En palabras de Eduardo Mendicutti: «Mori
Ponsowy juega con las voces narrativas, es capaz de llevar al lector hasta la
sorpresa y muestra un mundo de sentimientos muy profundos. Destaca esta novela,
además, por su humor estupendamente dosificado y el colorido y la fuerza
de la prosa».
Ofrecemos aquí el primer capítulo
de Los colores de Inmaculada.
UNO
Ya
hace días que le prometí a Inmaculada un cuadro de ella con su
loro. Pintarlo no debería ser difícil. Tengo una imagen clarísima
de lo que quiero hacer: ella, sentada en una silla de metal demasiado pequeña
para su cuerpo, sostiene el pájaro con la mano izquierda envuelta en
una toalla y la mirada fija en el loro que, con las alas extendidas, parece
querer zafarse, como si supiera lo que está a punto de sucederle. Al
fondo, una gran olla de hojalata sobre el fuego lleva a confundir las intenciones
de Inmaculada; pero finalmente el brillo de la tijera en su mano derecha, algunas
plumas en el piso, y dos o tres en el aire, dejan adivinar el motivo del cuadro:
Inmaculada va a cortarle un ala al pajarraco, para impedirle volar. El ave es
de un verde bullanguero, con una mancha amarilla en la cabeza y la punta de
la cola carmesí. Un auténtico “loro real”. Sus colores
contrastan con el exceso de sombras del ambiente, porque la casa de Inmaculada,
“el rancho”, como le dice ella sin vergüenza, apenas tiene
una ventana.
Anoche, antes de dormirme, me propuse empezar
el cuadro hoy. Dedicarle todas las horas que fueran necesarias. Olvidarme aunque
sea por un día de la puerta que últimamente se me ha dado por
pintar. La misma puerta cerrada, una y otra vez. La misma que Inmaculada critica
porque no le parece un motivo digno para un cuadro.
—¿Y usté no se cansa de pintá
siempre la misma cosa? —dijo.
—Sí, Macu, pero no lo puedo evitar.
—Lo que no se puede evitá es la muerte,
o nacé pobre. Pero que usté me diga que no pué pintá
otra cosa que no sea esa puerta es como si yo le dijera que de ahora en adelante
no puedo cociná más que arroz blanco.
Preferí cambiar de tema.
—Hablando de arroz, ¿qué te
parece si hoy preparas arroz con pollo?
—Usté me va a perdoná, señora,
pero hace diez años que trabajo aquí y hasta ahora siempre me
había dado libre el día de mi cumpleaños. Hoy vine pa cumplí,
pero a las doce en punto me voy. Tiempo para arroz con pollo no hay.
Me empezó a decir “señora”
el día que me casé. Le he pedido mil veces que no lo haga, pero
ella insiste. Debe ser su manera de recordarme su desacuerdo con el marido que
elegí.
—Macu,
discúlpame. ¿Cómo pude olvidarme de tu cumpleaños?
—Si ni sabe el año en el que vive,
cómo no se va a olvidá: to el tiempo encerrada pintando esas tonterías.
—¿Qué te gustaría que
te regalara?
—Podría pintarme algo padorná
las parés del rancho, ahora que le voy a poné un techo bueno.
Pero eso sí, señora Susana, déjeme decirle algo: a mí
no me vaya a regalá una de esas puertas que se le ha dao por pintá.
Hágame unas flores, o un campo de los que sabía dibujá
hace años, como esos del almanaque que su mamá tenía en
la cocina, que esas son las cosas que nos gustan a nosotros pa la paré,
y no éstas que tienen ustés que uno las mira y parece que estuviera
mareao.
—¿Qué te parece si te pinto
con tu loro?
—¿Con Wiliam? ¿Usté
cree que va a podé? Yo pensé que se le había olvidao cómo
pintá.
—Eso no se olvida, Macu. Es como andar en
bicicleta: una vez que se aprende, aunque uno no practique, no se olvida más.
—Ver para creé, señora.
Hoy me levanté con la firme intención
de empezar su cuadro, pero tropecé con un problema: ¿de qué
color pintaría a Inmaculada? Porque aunque ella sería la primera
en no estar de acuerdo conmigo, Inmaculada es negra. No más o menos negra,
sino negra sin ningún tipo de duda: negra de nariz roma y amplia, de
tez casi azulada, de pelo áspero y ensortijado. Entre las cosas que le
gusta repetir está eso de que Míster, su último hijo, es
el más blanco de todos los hijos de Euclides. Porque Míster, dice
Inmaculada, salió a ella: no tan oscuro y con el pelo bueno.
Han
pasado las horas, ya anochece, y la tela sigue en blanco.
—Te voy a hacer tu cuadro, Macu –le
aseguré. -Ya vas a ver qué bien se verá en tu casa.
—¡Ay, muchas gracias señora
Susana! Cuando termine los trabajos en el rancho, la voy a invitá y le
voy a hacé un hervío de pescao bien sabroso, ya verá. Eso
sí, viene usté sola, porque yo al señor Enrique no lo pienso
invitá.
—Parece mentira, Macu: hace ocho años
que estoy con él y todavía no lo quieres ni un poquito.
—Y usté, ¿acaso todavía
lo quiere?
—Si no lo quisiera, no estaría aquí.
Ella me miró con los labios fruncidos,
expulsando el aire por la nariz.
—Eso cree usté, señora. Eso
cree usté.
Es inclemente. Por eso, no se trata sólo
de dar con la verdadera tonalidad de su piel, sino con el color que ella cree
tener: un matiz demasiado oscuro la ofendería, uno demasiado claro también.
Esa no soy yo, señora Susana, diría. ¿Acaso usté
me vi a mí tan pálida, como si estuviera enferma?
Hubiera sido mejor no prometerle nada.