ALMUDENA GRANDES: sobreviviendo a su propio mito
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Estudiante de historia, pero nunca has escrito novela histórica. ¿Cómo se entiende esto? —ALMUDENA
GRANDES: Mi carrera universitaria siempre ha tenido que ver poco con mi
actividad como novelista. Yo quería ser escritora desde pequeña,
pero tenía que ir a la universidad y —ECP: Los toros, el fútbol, el consumismo, el trabajo o el sexo son lugares comunes donde los personajes de tus novelas parecen más que encontrarse, esconderse. Explícame esto. —AG: Bueno. Esto que afirmas tiene más que ver con mi último libro, Estaciones de paso, que con el resto, y además es intencionado. Yo, cuando escribí estos cuentos, ubiqué a varios adolescentes que tenían delante de ellos distintas situaciones que no son capaces de entender ni de comprender, pero que no les quedan más remedio que vivir, porque es su vida. Este es un libro de cuentos inéditos escrito ex profeso para ser libro de cuentos. No es recopilación. Por ello, yo elegí una especie de pasión dominante distinta para cada personaje que me permitiera establecer un marco argumental en el cual pareciera una cosa y resultara otra distinta. En todos los casos, parece que esos temas primeros son el tema del cuento, pero siempre detrás hay otro tema escondido que es mucho más importante y que es el tema verdadero. En parte es un recurso de ambientación, pero sobre todo era un recurso narrativo. —ECP: ¿Hacia dónde crees que nos lleva el deseo? ¿Es una trampa, un mecanismo de defensa o un estigma sin el cual no podríamos vivir? —AG: Los modernos psiquiatras dicen que lo que diferencia, en realidad, a los seres humanos de los animales no es la razón, puesto que hay animales que son capaces de establecer estructuras coherentes de pensamiento y acción, sino la voluntad, la capacidad de desear. Los seres humanos somos capaces de desear y de ejercer nuestra voluntad para modificar nuestro entorno en función de ese deseo (…) Este es un tema clásico en mi literatura. Yo he escrito mucho sobre esto. Me interesa mucho este tema y creo que el deseo —entre las cosas que tú me propones— es algo más incluso que eso; yo diría que es, no un estigma, pero, desde luego, sí una condición esencial del ser humano.
—AG: Bueno, yo considero que mi literatura tiene más puntos en común con la de Javier Marías o la de Rafael Chirbes que con la de Yasmina, pero… Si te tengo que responder, te diría que a mí me gustó mucho Arte. Sé que ha escrito posteriormente novela, pero no he podido leerla. A mí me gusta mucho el teatro y cuando leí Arte sentí bastante envidia, porque, además, el teatro siempre ha sido mi gran frustración. Yo escribí una vez una obra de teatro y no me salió bien y, desde entonces, siento una especie de envidia por los dramaturgos. —ECP: ¿Y Amelie Nothomb? —AG: Leí su primera novela, Higiene del asesino, y me pareció una mujer muy interesante e inteligente. Después he seguido leyendo libros de ella que me gustan bastante. Amelie Nothomb es muy fría, muy minimalista y tengo que decir que, aunque me gusta, lo cierto es que no se parece nada a mí. —ECP: ¿Elfriede Jelinek? —AG: Me gustó bastante La pianista, pero ella no me cae demasiado bien, sobre todo a partir de la polémica que armó por la concesión del premio Nobel. No me gustó el número que formó con lo de recoger o no el premio. —ECP: En alguna ocasión has mencionado la importancia que tiene un libro como La Odisea y un héroe como Ulises en tu formación. Sin embargo, a pesar de que los protagonistas de tus libros sean casi todos mujeres, yo los encuentro muy quijotescos —lo cual, por otra parte, es lógico, teniendo en cuenta el país en el que estamos—, en el sentido de la imposibilidad de acomodar realidad y ficción, deseo y realidad.
—ECP: Has referido alguna vez que Los hijos muertos de Ana María Matute es un libro que te influenció mucho. Háblame de este libro verdaderamente no muy conocido. —AG: A mí Los hijos muertos me parece la mejor novela sobre la postguerra española que escribió la Generación del 50 y esto es muy notable porque sobre este tema esta Generación insistió una y otra vez. Fue una obra deslumbrante para mí, ya que cuando yo la leí a los 20 años nunca me había encontrado con una voz tan valiente, con una voz que revelara aspectos tan ocultos y tan poco frecuentes para mí en aquella época sobre la historia del siglo XX español, el tema de los campos franceses, los destacamentos penitenciarios, etc. (…) Además, fue un libro que me emocionó muchísimo. Me hizo tomar una conciencia muy precisa del país en el que yo vivía, de quién era yo y cómo me llamaba. Fue un libro que me habló de mí misma. Y Malena es un nombre de tango tiene algunos guiños que remiten a Los hijos muertos, porque yo tenía presente la novela en todo momento a la hora de escribir mi obra. Los hijos muertos es una de las últimas novelas de la primera etapa de la escritura de Ana María Matute, una escritora descomunal. Ana se retiró del mundo durante décadas y prácticamente hasta los años 90 no participó en congresos ni hacía entrevistas ni publicaba libros y, de alguna manera, libros como Los hijos muertos, que es de 1958, fueron languideciendo cuando eran de una calidad extrema. Y, más tarde, no sé bien por qué, con el éxito que consiguiera gracias a Olvidado rey Gudú, se han rescatado libros como Primera memoria o Pequeño teatro, pero no se ha rescatado este libro sensacional. —AG: Para mí no ha sido una referencia comparable a Ana María. —ECP: ¿En qué medida crees que la sociedad de consumo actual despierta y juega con instintos sadomasoquistas en los individuos? Por ejemplo, en tus libros casi siempre aparece algún conato de este tipo de tendencia o expresión sexual. —AG: Yo creo que la violencia consumista se manifiesta en la sociedad y en mis libros de muchas maneras, pero yo no veo una relación concreta con ese impulso. Es verdad que es un tema que yo he tratado en mis primeros libros como Te llamaré Viernes, aunque en Las edades de Lulú no es una relación sadomasoquista, sino una relación incestuosa. Eso sí que me gusta que quede claro. La relación entre Pablo y Lulú no es una relación sadomasoquista. Se trata de un incesto imaginario. Lo cual, obviamente, no es ni más ni menos perverso (…) Yo creo que las relaciones sadomasoquistas tienen más que ver con las relaciones de dominio, posesión o celos. Es una forma más o menos intensa y más o menos equivocada de amar a los demás, de enamorarte de alguien, pero yo no veo muy claro que el consumismo tenga que ver algo ahí. —ECP: Por cierto, ¿te interesa Buñuel? ¿Qué me puedes decir de Buñuel? —AG: Yo soy una gran fan de Buñuel. De hecho, Buñuel tiene una influencia secreta en mi obra. Es difícil de detectar, pero para quien desee rastrear… Le diría que el final de Los aires difíciles está influenciado por el final de Viridiana. Cuando yo pensé cómo iba a terminar esa historia en que Sara decide no entregar a Juan y le tranquiliza diciéndole que no se preocupe, que no le cuente su vida, que no quiere saber nada y va a intentar que cenen juntos por Navidad me estoy refiriendo al clásico «ya sabía yo que mi prima Viridiana iba a acabar con nosotros jugando al tute». Lo que, por otra parte, es fantástico, porque ese diálogo es fruto de la censura, pues Buñuel tuvo que improvisar sobre la marcha, la censura le quitó la frase que él había pensado. (…) Sí. Me interesa mucho Buñuel, lo quiero mucho.
—AG: A mí me gustó mucho Juegos de la edad tardía. No había pensado en lo que dices, pero lo cierto es que ambas novelas tienen una cierta mirada sobre la infancia perpetua que puede ser coincidente. A mí me interesa mucho la mirada de Landero. Sobre todo, esta primera novela. Pero, desde luego, es un escritor siempre interesante. —ECP: ¿Y Enrique Vila-Matas? —AG: Vila-Matas me gusta mucho como lectora. Es un ejemplo de escritor que no tiene nada que ver conmigo, pero que me parece muy brillante e inteligente. Además, estoy muy contenta de que tenga ahora tanto éxito, porque Enrique es un ejemplo claro de tenacidad y resistencia. Ha sido un resistente durante muchos años. Ha resistido y ha insistido. Él ha insistido en el tipo de literatura que él tenía, resistió los cantos de sirena y cuando la gente cambiaba de historias, él seguía yendo a lo suyo, lo suyo, lo suyo… Por esto, considero que su éxito, aparte de un premio a su escritura, es un premio a su tesón, y esto me parece que es algo muy justo y que hay que celebrar en un mundo donde la gente se deja comprar cada vez más y cambia de opinión cada vez más deprisa. —ECP: ¿Cuál es la recepción de tu obra en Sudamérica? —AG: Bastante buena. Lo que ocurre es que en Sudamérica siempre está el problema del dinero, la capacidad de adquisición. El libro es un objeto de lujo en este continente. Es la barrera y la frontera que nos separa de ellos. Pero, mira, en Perú ya me han pirateado. O sea, que ya soy alguien. Hasta que no te piratean en Perú no eres nadie. (Risas) Además, siempre me venden en Perú en libros con la portada de Alfaguara. Como la que los piratas tienen en el ordenador es de Alfaguara, pues ellos no cambian. —AG: Está muy bien. Ahora hay una generación de narradores que están en una situación estupenda, porque una vez que ha pasado el boom y todo lo que supuso aquella estela que tanto perjudicó y asfixió a los que vinieron detrás —que no sabían si pertenecían al boom o a cualquier otra categorización— tienen el espacio más despejado para volcarse sobre las raíces de sus propios países sin complejos y con tranquilidad (…) A mí hay mucha gente que me interesa en Latinoamérica. Por ejemplo, hay un escritor colombiano que se llama Jorge Franco que me parece tremendo. Me interesan mucho también Jorge Volpi, Ángeles Mastretta y Cristina Ribera Garza. Hay gente con mucha potencia. Te diría también que me gustan mucho Marcelo Birmajer en Argentina y Horacio Castellanos en El Salvador. Hay gente con mucha potencia y talento en este continente. —ECP: Tengo entendido que eres una voraz lectora. ¿Qué libros has leído últimamente? —AG: Mira. Yo últimamente estoy en un bucle perverso porque yo voy a sacar una novela este próximo febrero que me ha obligado a pasar gran parte de mi tiempo rastreando en archivos y documentos. Llevo cinco años leyendo casi únicamente historia de España. He modificado muchos de mis hábitos por este motivo. Leo memorias, libros de historia, biografías y casi no tengo tiempo para novelas modernas. Digamos que, ahora mismo, le dedico un tiempo y una atención a la novela de la generación de la guerra y la postguerra que, soy consciente, de que es un poco excesiva pero, como no puedo evitar leer novelas… Te diré que las que me han gustado mucho este año son, por ejemplo, el Manual de literatura para caníbales de Rafael Reig, las dos novelas de la trilogía de Óscar Esquivias, Inquietud en el paraíso y La ciudad del gran rey, etc. A su vez, dentro de la historiografía, se están publicando obras muy interesantes. Por señalar una que me impactó, es de una gran calidad y es bastante literaria, yo hablaría de la Biografía del general rojo. Como está escrito por su nieto que no le conoció, hace una rememoración del personaje que no es del todo histórica ni literaria que es de sumo interés. Se lee con mucho interés y facilidad.
—AG: Maitena me hace mucha gracia. Me gusta bastante. —ECP: ¿Y tienes algún autor fetiche, concretamente, dentro del cómic? —AG: Y en cuanto al cómic, te diría que lo he seguido poco. Lo cierto es que yo era muy admiradora de Ivá y compraba siempre El Jueves cuando él escribía, por lo que supongo que mi autor fetiche será Ivá. En realidad, como fan del cómic, sólo he seguido la senda de Ivá y, de pequeña, la de Obélix. Siempre —incluso desde pequeña— me ha gustado más leer libros que cómics, aunque se considerase que los primeros eran más difíciles. —ECP: ¿Te gustaron las últimas películas de Almodóvar? En cierto sentido, ¿no crees que tu universo conecta —aunque sea de puntillas— más con el director manchego que con Gerardo Herrero? —AG: A mí me gustan todas las películas de Almodóvar. Me parece un hombre muy valiente. Y creo que el rasero de la mediocridad en este país se mide por la crítica destructiva contra Almodóvar. Si tienen algo en común los mediocres, es en su ataque despiadado hacia Almodóvar (…) A mí me encantan sus últimas películas. Por ejemplo, La mala educación, que no le gustó a nadie, a mí me encantó. Y Volver me gustó mucho. En este sentido, creo que el bache de Almodóvar está en la mitad de su producción. A mí, Tacones Lejanos, Carne trémula y Kika no me gustaron demasiado. Pero incluso en las películas de Almodóvar que no terminaron de convencerme encuentro detalles que me interesan bastante, lo cual ya es mucho decir cuando se trata de un creador. Además, yo creo que Pedro es alguien absolutamente libre y radical, y para ganar un Oscar con Todo sobre mi madre y triunfar en el cine americano con un cine como el suyo hay que tener mucho, mucho valor y talento (…) Y en cuanto a lo que dices de Gerardo Herrero pues seguro que él no estaría de acuerdo. Es él quien adapta mi obra. Y, por otra parte, Almodóvar no realiza guiones adaptados, lo cual me parece muy bien. De hecho, la única vez que lo hizo —cuando adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula— no consiguió un resultado muy afortunado. —ECP: Creo que las adaptaciones de tus libros —lo cual parece ser una regla en los novelistas— no te convencieron demasiado. ¿Me puedes citar alguna novela llevada al cine donde todos hayan quedado satisfechos? —AG: Del primer caso, hay muy pocos. Pero te citaría el ejemplo de Ignacio Martínez de Pisón, que escribió Carreteras secundarias. Es un libro estupendo y más tarde realizó la adaptación a guión de esta novela, que llevó bastante fielmente al cine Emilio Martínez-Lázaro. Pero son pocos casos.
—AG: Me cuesta opinar, porque es una persona a la que le tengo mucho cariño, pero, digamos que me gustaba mucho más su cine al principio que ahora. —ECP: Hablando de cine. Aunque ya hace mucho tiempo de esto, ¿qué te pareció Tierra y Libertad? —AG: Muy mal. Como película —en cuanto a estructura fílmica— está bien, pero como investigación sobre el tema de la guerra civil me parece una película mentirosa. A mí me hubiera gustado preguntarle a Ken Loach que si admiraba tanto a aquellos milicianos y le parecía que los comunistas eran tan malos por qué no los sacó corriendo en Madrid… Porque la columna Tierra y Libertad vino a salvar Madrid y se dedicó a correr tres días mientras el Quinto Regimiento aguantaba. Hay muchas maneras de contar las cosas y a mí esa aproximación a la guerra no me pareció buena. Me parece que es una película mucho más anti-comunista que republicana y, desde luego, el film de Loach entra en conflicto no sólo con mi punto de vista, sino con la verdad a secas de la historia. No es, en absoluto, una película objetiva sobre la guerra civil española. —ECP: Por cierto, ¿me puedes citar dos o tres películas que te hayan marcado? —AG: Drácula de Coppola, porque me parece la adaptación más maravillosa de una obra literaria a la que se puede aspirar. Me parece que no solamente es una película gigantesca, sino que como adaptación es formidable. Que una novela como Drácula, que ha sido adaptada tantas veces, fuera leída al fin bien es algo que me parece, de verdad, increíble. Y por citarte otra película en este momento, te diría que Viridiana, de la que ya hemos hablado antes. —ECP: ¿Estás más contenta con la situación política actual en España desde el cambio de gobierno? —AG: Sí. Bastante más. Es evidente. —ECP: ¿Cuánto tiempo crees que debe pasar todavía para considerar a España un país maduro democráticamente?
—ECP: Bueno, realmente, esta es mi opinión. Y tendría que hacer un ejercicio mínimo de reflexión para intentar explicarme, pero no creo que sea el caso. De todas maneras, lo que sí me parece sumamente interesante es tu punto de vista, porque al proceder desde otra óptica generacional, abre nuevos campos y vías de perspectiva para afrontar el tema (…) En fin, pasando a otra cuestión, ¿me puedes hablar un poco de tu amor a Madrid y de cómo vives la tradicional dicotonomía Madrid-Barcelona? —AG:
La dicotonomía creo que la viven más en Barcelona que en
Madrid. A mí Barcelona me gusta y no tengo problema alguno con
este tema. Y Madrid… Madrid es mi ciudad biográfica y mi
ciudad literaria. Yo soy de Madrid y no tengo otro lugar del que ser.
Recuerdo que en la época de la transición, cuando estalló
el tema de las nacionalidades y comunidades autonómicas, todo el
mundo iba con carteras y chapas de su lugar de nacimiento o reivindicando
su origen y yo no llevaba chapas ni ningún artilugio por el estilo.
Además, es que en mi época ser de Madrid era algo como jorobado,
porque significaba y representaba el centralismo casposo. Sin embargo,
yo en aquella época no tenía ningún sitio de donde
ser y me sentía madrileña por los cuatro costados, y el
tiempo no ha cambiado esta sensación. Sucede que Madrid, al mismo
tiempo, es una ciudad que se ajusta mucho a mi personalidad y creo que
no es porque yo haya nacido allí. Muchas veces, sucede al contrario,
pero en mi caso no es así (…) Madrid es una ciudad caótica,
pero que también tiene una virtud a cambio de este caos: no se
detiene nunca. Madrid es —ECP: Para finalizar, te haré una pregunta que puede que no te guste mucho, pero que me interesa. Hace poco visioné algunos números de La fiera literaria. Y, al parecer, tú —entre otros abundantes y famosos autores actuales— eres uno de los objetivos que atacan constantemente. Supongo que tu opinión sobre esta revista será bastante negativa, pero si puedes decirme algo o contarme una anécdota para terminar. —AG: Hombre. La fiera literaria yo no me la leo. A mí cuando me llegó esta revista por primera vez y empecé a leer lo que opinaban de mí unos señores que no me conocían de nada, hubo una cosa que sí me sorprendió mucho: el odio (…) El odio forma parte del lenguaje coloquial, pero el odio, en verdad, es una pasión muy rara. Todos decimos odio al Real Madrid, odio las acelgas, odio la música de Bach, pero esto es una forma de decir no me gusta, es una expresión coloquial. Sin embargo, al leer esta revista… El odio es una pasión muy rara. Yo no he odiado —creo— personalmente a nadie en mi vida y que a mí me odiase gente que no me conocía, al principio, me producía un desarreglo sentimental y estaba un poco sobrecogida por este motivo. Pero luego decidí que ya no la iba a leer. Me la mandan y yo la tiro a la papelera sistemáticamente. Esa es mi reacción cuando me llega La fiera literaria. |
MARIO GALLO
LA FOTO DEL PERRO
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ÖZLEM y Bósforo... Tan cerca siempre
—ECP: Nos conocimos, ¿recuerdas?, durante La Mar de Músicas, en la semana de La Mar de Letras, la tarde aquella en que se presentaba tu premiado libro De Estambul a Rodas (historias con sabor a vino). Una novela —dicho sea de paso y en contra de quien se empeña (no ha mucho deduje por qué) en opinar lo contrario— perfectamente traducida por Rafael Carpintero. ¿Qué supuso para ti ser galardonada con el Premio Internacional de Novela de la Diversidad? —ÖK: Para mí fue una sorpresa muy grande. Y también muy importante, porque venía de mi segundo país. Pero, tengo que confesar que yo no creo/confío en premios. Al menos he perdido mi fe en ellos. Y la última gota de esta fe desapareció con una noticia que recibimos hace media hora: a Orhan Pamuk le dieron el Nobel. ¿Por qué? ¿Para qué? Sin duda, no por sus méritos literarios. No es una gran figura de la literatura turca. No ha escrito maravillas. Estamos en el siglo XXI y hasta el mundo literario está ensuciado con política. A Orhan Pamuk, un discurso antipatriótico que hizo en Suiza le trajo el premio. Hoy, en los discursos que hicieron casi todos los intelectuales admitieron que todo esto afectó al premio, pero nadie pudo salir adelante para confesar la realidad. Hoy parece que el espíritu de cruzada sigue vivo. Todo lo antiturco merece un premio, encuentra un apoyo en Europa. Los movimientos antiturcos no cesan. Lo más doloroso de todo esto es que a un turco le dieran un premio no por sus virtudes, sino por sus vicios. En este ámbito, no puedo evitar odiar los premios.
—ÖK: Hay un movimiento muy serio no sólo en la plataforma política, sino cultural y social. Todo lo antiturco encuentra un apoyo en Europa. Sin duda, Francia dirige este movimiento sin necesidad de esconderlo, sumamente abierto. Es una vergüenza para un país como Francia ser dirigido por un grupo étnico en el campo político. El caso de la última ley que trae multa al que niega el genocidio armenio es ridículo. También es interesante que dieran el premio a Pamuk casi a la misma hora en que se admitió la ley en la asamblea francesa. Pamuk es escritor, no es historiador. Para hacer una declaración de este tipo en el extranjero, hay que ser historiador y hay que estar seguro de lo que pasó en realidad. Para mí, Pamuk es una vergüenza para los escritores turcos honrados. Hoy, la capa intelectual esta muy enfadada con Pamuk, pero no tienen cojones para salir adelante y decírselo a la cara. Yo, personalmente, odio este tipo de hipocresía. —ECP: De Estambul a Rodas fue el libro con el que te diste a conocer en España. Un libro que atrapa al lector desde su inicio. A lo largo de sus páginas hallo toda una poética del amor, ese sentimiento de sentimientos. Así llega a decirnos Nosta, la protagonista: «No estoy enamorada de los hombres, sino de la idea del amor». Según este platónico argumento, ¿cómo diferencias tú el amor entendido como pasión y deseo, de ese otro que partiendo de la piel se adentra y se instala más allá de todo? O más sencillo, ¿podrías definirnos tu idea de amor ideal? —ÖK:
Soy una escritora de novelas de amor. Al menos, me considero así.
Me encanta observar el mundo de amores y vivir en el mundo de amores.
Los personajes de mis novelas, siempre con una realidad ontológica,
hacen mil descripciones del amor. Uno de ellos, un camarero que sirve
cappu a Nosta y su amiga, les interrumpe y dice: «Yo se lo puedo
resumir en una frase, señoritas, Cuando tú lo dejas ya no
había amor, cuando él te deja sí lo había».
Esto debe de ser la definición de amor “a posteriori”
para muchos. La definición/descripción que hace Nosta, me
gusta más: «Con una frase. Pruébala tú también,
te gustará. Cuando te das cuenta de que el amor cae por debajo
de los setenta y ocho grados Fahrenheit, lo cortas por lo sano. Mientras,
durante poco tiempo, tú soplas para apagar el pequeño dolor
de tu corazón como una emperatriz victoriosa, el hombre se retorcerá
de sufrimiento como un rey —ECP: Personalmente creo que, como los personajes de tus novelas, el amor tiene muchas definiciones y acaso todas válidas. A la pregunta anterior respondías con lo que piensan y dicen algunos de ellos en tu novela Adiós Milán adiós amor. Como escritora de novelas, tienes una envidiable producción. La última (si no has sacado ya otra) la titulas Kirmizi —Rojo—, un libro que, con una tirada de 45.000 ejemplares, fue editado y distribuido por la revista Cosmopolitan como obsequio de San Valentín. Rojo, según me contabas, forma parte de una trilogía de colores, ya que luego vendrán Azul y Verde. Iba a preguntarte de qué trataba, pero es evidente que de amor, de modo que cambiamos de tercio tratando de adentrarnos en la Özlem historiadora. En mis manos tengo El duelo entre Carlos V y Solimán el Magnífico, un libro con el que me obsequiaste en esa fascinante e inolvidable Estambul y que es el fruto de tu tesis doctoral por la Universidad de Salamanca. No hace mucho me contabas también que andas investigando sobre el corsario Barbarroja para otro futuro volumen. Özlem, siendo escritora de novelas de amor y de historia y al ser estos dos géneros distintos, ¿podrías decirnos con cuál de ellos te identificas o te sientes más cómoda a la hora de escribir y si los dos te interesan en igual medida? —ÖK:
Yo también me pregunto muchas veces qué haría si
tuviera que elegir sólo una de estas cositas. La historia es mi
pasión, escribir historia también. Pasar los días
fríos en un archivo con los documentos que tienen cientos y cientos
de años, seguir los pasos de algunos antepasados medio locos, pero
muy interesantes. A veces con una sola palabra que encuentro en un archivo
o sólo una frase que me abre nuevos caminos, me vuelvo loca. Sin
embargo, por otro lado, vivir sin escribir novelas me parece algo fuera
de razón. ¡No podría! Mis novelas son como mis diarios.
Soy una persona que no sabe vivir sin pequeños cuadernitos en la
bolsa, en los bolsillos, debajo de la cama, en el baño... A veces
me despierto —ECP: ¿Qué autores turcos clásicos y/o contemporáneos destacarías? ¿Y extranjeros? —ÖK: –Hay que empezar con Cervantes y Quevedo. Son unos genios. Me fascina su genio, aparte del don de escribir que tienen. Son unos personajes brillantes, sin palabra... Calvino también me atrae muchísimo. De la misma generación italiana, hay que enfatizar el rol de Guareschi, no sólo en el mundo literario italiano, sino mundial. Estos cuatro escritores de oro están en el top de mi lista. En cuento a los turcos, hay una que me gusta muchísimo, Sebnem Isigüzel, una joven loca que vive para escribir. Hay algunos párrafos suyos que no consigo leer. Me cambia la fisionomía, me dan ganas de vomitar. Su pluma es tan fuete que muchas veces he tenido que dejar sus libros sin terminar. Imagino que me preguntarás si esto es bueno o no. Sin duda, sí. Cambiar el estado de ánimo o las funciones corporales de un ser humano con la pluma para mí es el éxito/don que se debe valorar más. Por eso no entiendo, habiendo tantos buenísimos escritores/as en Turquía, cómo puede ir el Nobel a Pamuk, que es incapaz de jugar con los sentimientos del ser humano y que es sumamente soso cuando escribe. —ECP: Has nombrado a cuatro grandes. Sebnem Isigüzel sería la quinta. Alguien como tú, cuya existencia desconocía. Por lo que cuentas de ella, dan ganas de leerla porque, efectivamente, la buena literatura, debe ser crearte esos estados de ánimo. No dejarte nunca indiferente. Al parecer, es lo que te sucede con Pamuk. Te confieso que todavía no lo he leído. Me imagino que algo caerá en mis manos algún día. Lo que es una pena es que escritoras como Sebnem Isigüzel sean desconocidas fuera de su país. Porque a ti algo se te conoce. Y espero que el gran público te vaya descubriendo. Citabas antes a Cervantes y Quevedo, dos referentes en el Siglo de Oro español. Y de eso sí que sabes tú. Özlem, ¿por qué te fascina tanto esa época y de dónde arranca tu pasión por ella?
—ECP: Quevedo, los poetas... Hablemos un poco de los de tu país. Aunque sea el gran Ilhan Berk el más conocido a nivel internacional, me consta que hay más y muy buenos que todavía no han tenido esa suerte. Gracias a las traducciones que de Hüseyin Avni Dede y Sunay Akin hiciste para los cuadernos ochoaylanza acción poética, una afortunada minoría podemos saber de la existencia de dos magnífico bardos. Me parece tan hermoso cuando escribe Hüseyin «Los muertos que tocan el violín / van a pescar todas las tardes, / detrás de una botellita de plata con agua de rosas, / y persiguen una soledad de vino». Y aún más todavía cuando en el poema ‘Deuda’ dice Sunay «En los corredores de la lluvia / que están en las calles / tomándolas por una hucha / metía mi dinerito / por eso el que tiene / mayor deuda conmigo / es el mar». Estoy seguro de que como estos dos poetas debe haber una buena nómina de autores que el público de habla hispana desconoce. Özlem, en cuanto a difusión nacional y apoyo editorial, ¿cómo ves el panorama actual de tus contemporáneos turcos? ¿Lo tienen fácil? —ÖK: Es un dilema muy ridículo. Mejor dicho, es una situación tragicómica. Europa nos lee todas las mañanas en la prensa: polémicas, terrorismo kurdo, el gobierno turco problemático, etc. Pero no saben nada de la literatura turca ni quieren saberlo. Me refiero a Europa, porque “ella” es la prima culpable. En lugar de hacer la vista gorda a un país con el que tiene confines, tiene que descubrirla. Tienes que saborear la cultura riquísima de este país heredada de mil civilizaciones que pasaron por aquí o estuvieron aquí. Desgraciadamente tenemos este problema. Hay poca difusión, por no decir nada. Lo poco que se publica se ve como una gota exótica en el mar de literatura. Hay mucho que descubrir en este país, porque seguimos siendo un país de locos. Hay de todo. Hay unas obras que te congelan la sangre, otras que te echan por la ventana, otras que te embellecen. Ahora le toca a Europa descubrir la literatura de un país “ignorado”.
—ÖK: ¿Religión? Para mí es algo que separa a la gente, causa guerras, mata los inocentes... La verdadera religión es la que tienes metida en lo más profundo del alma. Si se te entiende la religión de fuera, entonces pierde el sentido. Soy musulmana. Mi religión se entiende de fuera. No entiendo a la gente que llevan turbantes enormes en la cabeza y cruces de dos toneladas de oro en el cuello. La verdadera religión tiene la obligación de alegrar el alma, no agobiarla… Sé que sólo hay un Dios, y es de todos, como dice Zorba el Griego. En este mundo, el ser más maravilloso que refleja mi entendimiento de religión y de nación es Zorba el Griego, al que considero el mejor de los mejores en el mundo del cine, la persona dramática más filosófica que existe. Con su sencillez, con su inteligencia, con su sabiduría, es un ejemplo entre mil ejemplos... Hay que rezar en solitario, hay que quitar las mezquitas e iglesias... Que sean sitios de adoración estética y artística… —ECP: Rezar en solitario… Acerca de esto decía San Juan de la Cruz «Apártate a una sola cosa que lo trae todo consigo, que es la soledad acompañada con oración y divina lección…». Lo cierto es que las religiones mal entendidas han creado siempre conflictos monstruosos… En nombre de Dios se han cometido (y se siguen cometiendo) atrocidades que a cualquier creyente le pone los pelos de punta. Özlem, ¿crees que será posible algún día un entendimiento entre las distintas culturas del planeta, una convivencia en paz? ¿Ves esperanza de lograrlo? —ÖK: ¿Entendimiento entre las distintas culturas del planeta? Es la utopía más grande del mundo. Una misión imposible. Todavía más imposible, si seguimos hablando de nuestras religiones en el público y si seguimos portando la cuestión de la religión al centro del universo. Por otra parte, aunque no existiera la noción de religión, esta paz, esta reconciliación seguiría siendo imposible por la culpa de la religión del siglo: dinero. Yo creo que estamos acercándonos hacia el fin del mundo; más violaciones, raptos, suicidios, atentados, guerras... Si existe el infierno de verdad, estamos caminando hacia él. Soy muy pesimista en este sentido, pero a la vez soy feliz de vivir los últimos respiros de un mundo que va a la muerte.
—ÖK: Yo soy muy rara. No soy de los escritores que se encierran para escribir en una habitación, o en una isla, o en un pueblo remoto... Tampoco me gusta tener tiempo para escribir. Lo que me gusta es tener “entretiempo”. No sé si existe esta palabra, pero si no, sería un regalo para la Real Academia Española. Lo que quiero decir es que me encanta escribir entre mil cosas pendientes, en una habitación llena de gente y con mucho ruido. Me encanta oír la cucharilla que se cae en un vaso de té, que viene de la cocina mientras escribo: es mi ruido favorito a la hora de escribir: me da la sensación de estar en casa y en familia (…) Yo escribo en cualquier sitio en que quepa. En un autobús, en la cola de un supermercado, incluso mientras hablo con la gente y les escucho... Tengo mil cuadernos… Uno en mi bolsa, otro en el despacho, otro debajo de mi cama, unos cuantos en todas las habitaciones... Voy apuntando tonterías diarias de la vida para convertirlas en un cuento o novela (…) Si me dieran un año entero para escribir sin otros entretenimientos, no podría escribir ni una línea. Lo que me alimenta literalmente es mi ritmo loco de vida. —ECP:
Tu metodología de trabajo me recuerda a la del poeta Pepe Hierro.
Al igual que tú, era capaz de crear rodeado de ruido. Solía
bajarse al bar a escribir, mientras veía la vida pasar. Desde que
murió, estoy seguro que ese lugar ya no es el mismo (…) Llegamos,
querida Öz, al final de esta entrevista y (uno quisiera eternizarla)
con la fantástica sensación de haber estado contigo en esa
inolvidable Estambul, frente a una tetera turca. Ah, el vinoso color del
té… Confieso que, aunque en todo momento frente a mí
—ÖK: Digamos 99%, por no decir 100%. El carácter de Nosta representa una Özlem en carne y hueso. La mayoría de la ficción no es ficción, no podría decir qué por tanto por ciento, pero Özlem es Nosta, y sus amigos son los de Nosta y viceversa. Me encanta inmortalizar a esta gente maravillosa que tengo a mi lado, muy cerca de mí y que vale muchísimo. Y tú no podrías evitar ser uno de los inmortalizados. Shakespeare dice que hay tres modos de inmortalizar a los seres queridos: escribir sobre ellos y hacer niños. No me acuerdo del tercero. De momento uso sólo la primera fórmula. —ECP: Gracias, querida, sobre todo por la sinceridad de tu discurso. Ha sido un placer inmenso tener tu precisa y preciada palabra durante este breve espacio de tiempo que, como los buenos momentos, siempre sabe a poco. Permite ahora que, tras ver de nuevo la película Cruzando el puente —y todavía con el recuerdo de aquella cena en el Hanedan Restaurantlari, donde en vano buscó la luna Emilio Sola—, me columpie con estos versos que, a modo de cierre siempre abierto, he pensado para ti:
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SERGIO LLORENS
EN LOS ÚLTIMOS ASIENTOS DE UN TRANVÍA
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