ADAM GAI

 

     (Buenos Aires, Argentina, 1941)

     Licenciado en Letras (Universidad de Buenos Aires). Vive en Jerusalén desde 1972, en cuya Universidad Hebrea ha enseñado literatura hispanoamericana.
     Ha escrito artículos sobre obras de Cervantes, Carpentier, Bianco, Borges, Cortázar, Benedetti, Bioy Casares, etc. Es autor de una nouvela inédita, finalista en el concurso internacional La ciudad y los perros.
     Este relato es inédito.

© Adam Gai

 

 

 

MATAR A BORGES

 

 

Sospecho que en mi relato hay falsos recuerdos

 

 

Buenos Aires © José Manuel Gallardo Parga y Mª José Redondo     Hay quien se levanta a la mañana y se da cuenta de que ahora es un bicho. No es terrible, con eso se puede hasta escribir un cuento o una novela corta. Yo también experimenté una transformación, pero de otra índole. El día 24 de agosto me desperté aturdido, como si la noche anterior hubiera bebido demasiado. No sabía al abrir los ojos si era invierno o verano, en qué país estaba, si en Argentina o en la India, recordaba sí la fecha, porque figuraba en el sueño. Dentro de él, yo escuchaba un programa radiofónico que celebraba un nuevo aniversario del nacimiento del famoso escritor y alguien, olvidé el nombre, decía muy poéticamente que la vida privada de Borges parecía haber estado envuelta en algo como una llovizna pegajosa y desabrida, mientras que su obra literaria, con el correr de los años, se leía copiosamente a lo largo y a lo ancho del globo terráqueo e incluso sus rivales reconocían públicamente que había acertado, sin proponérselo, en el centro del blanco, a la manera de un budista zen. Dado que sus relatos se propagaban como la gripe y su resonancia provocaba entre los envidiosos como yo una amargura y un rencor indescriptibles, sentí que debía hacer algo constructivo con mis emociones y lo que se me cruzò como un pájaro por la mente fue la idea de eliminarlo antes de que se convirtiera en un ídolo sagrado, en ese modelo imperecedero que habría que imitar mientras durara el universo. Si desplazar a Borges era el anhelo de cualquier escritorzuelo mediocre que buscara su modesto pedacito de gloria, yo sé que hubiera sido digno matarlo con el arma de una obra maestra, pero no era el caso, porque mi talento no llegaba a la altura de la rodilla y, en cambio, mi equipaje moral se destacaba por una exigüidad franciscana que justificaba la decisión de perpetrar un crimen sin metáfora, la lucha de cuerpo contra cuerpo o la menos riesgosa del puñal por la espalda. No era la primera vez que me rondaba un pensamiento así, pero ahora era tenaz y urgente, ahora que yo no era un niño en un jardín de espejos benévolos. Yo vivía ya en el espasmo del conocido él o yo, sin alternativas. Lo pensé y lo pensé y pensaba y lo volvía a pensar, con una repetición exasperante que sin dudas acabó por hundirse hasta el mango en mi inconsciente. Matarlo. Ocurrencia magistral, me dijo mi amigo Eufemio; atroz, abominable, abyecto, me dijo mi noviecita. Porque yo tenía que contarlo, yo lo conté, para que nadie me robara la idea y en el caso de que algún despojado de escrúpulos, la concretara antes, por lo menos se enterarían en el barrio, en el club social, en la biblioteca del distrito, quién había sido el precursor, el inventor, el primero que quiso anular al eximio creador.
Cruce © José Manuel Gallardo Parga y Mª José Redondo     No es un secreto que Borges murió hace tiempo, de viejo y no de cuchillada o balazo; en Ginebra y no en Buenos Aires. También sabemos que nadie se muere dos veces y sin embargo eso no obstó para que mi obsesión no cejara y siguiera quemándome como una brasa inextinguible. ¿Qué me movía a hacerlo, si no la certeza de que el mundo del éxito no me estaba destinado y de que llegaba el tiempo en que yo debía probar, en representación de todos los deshauciados que confluyen en mí, que un hombre de mi raza podía salvar a la literatura, aun cuando la maniobra consistiera en sacrificar a quien para mí había sido no menos genial que Rudyard Kipling?
     A la mañana siguiente me levanté medio torcido, pero con la plena seguridad de la pureza de mi acción. Sólo me irritaba el detalle que consideré meramente técnico de que la víctima estaba muerta. No me desanimé, creí en la corazonada de que lo que viene del sueño no puede ser un disparate.
     Me vestí, me puse un impermeable, por si llovía, y no llevé paraguas por si acaso había sol. Del armario de la cocina saqué un cuchillo filoso y salí a la intemperie mecido por un ímpetu homicida.
     Me deslicé públicamente por la calle Florida, en dirección al barrio Norte, repitiendo el cotidiano itinerario trazado por la víctima en la época en que todavía gozaba de la vida y alguna de sus alumnas, como niñera de turno, lo conducía ciego desde el sótano de la calle Reconquista, donde dictaba monótonamente su clase de literatura inglesa, hasta el edificio oscuro en que habitaba. Al pasar por la librería Kraft, de la que los jóvenes de hoy no tendrán acaso noticia, oí una música que brotaba del interior e inundaba la calle en esa mañana húmeda de lluvia. Al compás del final majestuoso de El lago de los cisnes divisé a la pareja en la lejanía. Me fui aproximando en zigzag para disimular mis propósitos. No debía dejarlos escapar. Borges, así lo imaginaba yo, no había practicado deportes en su vida y el estado atlético de su alma era seguramente deplorable. Su huída o una resistencia frustrante, estarían por lo tanto descartadas. Los alcancé cuando ya marchaban por la plaza San Martín, muy espirituales ellos, haciendo crujir con sus zapatos las hojas resecas dispersas por el sendero. Me dí cuenta entonces que era invierno y que en verdad hubiera debido saberlo por la fecha fijada en el sueño. Yo los veo, pero ellos no se ven, Metro Avenida 1º de mayo © José Manuel Gallardo Parga y Mª José Redondoquiero decir no los ven, porque son invisibles. Cabe detener aquí, por un instante, la secuencia del relato y explicar sin ocultamientos que gozo, por períodos no desdeñables, del privilegio voyeurista de espiar casi a quemarropa las almas de las gentes vivas y también las de las muertas, ya que las de esta categoría poseen la virtud de demorarse y quedarse atrás mientras los cuerpos son llevados a podrirse en el cementerio. Ahora prosigo. Elegí como herramienta el cuchillo porque quería imitar al provocador del cuento El Sur, pero con conciencia del hecho de que yo no iba a atacar de frente (hay quien asevera que por cobardía, pero yo creo que el asunto fue más complicado y que lo que me interesaba era que no cupiera duda de que los mató un canalla). Lo hice. La lazarilla no gritó y en la plaza se calló, porque las almas carecen casi de voz y, apenas tienen ojos, si se puede llamar así a dos cavidades en la cavidad casi total que es el cuerpo sin carne, dos cavidades que se ahondan cuando un criminal se presenta para revivirles el recuerdo de la otra muerte, la primera. Recuerdo sus rostros de horror, es sabido que las almas llevan impresa una máscara del antiguo rostro, y el de Borges yacía ahora más inexpresivo que nunca. Creo que lo escuché pronunciar casi imperceptible una palabra que debía ser griega, tetragramaton o algo parecido, mientras invertía toda su fuerza en expirar cuanto antes. Los escasos transeúntes que a esa hora circulaban por la plaza, iban tan a prisa que no se percataron de lo que verdaderamente estaba sucediendo. Sólo habían visto a una persona de mala catadura, —el que suscribe— blandiendo en la mano izquierda —soy zurdo— lo que de lejos se reconocía como un cortaplumas inofensivo, y que yo trataba extrañamente de clavar en el aire, una vez y otra más. Un chiflado como tantos habrán pensado y continuaron andando. De todas maneras la notable indiferencia no podía desmentir que allí en el césped recién recortado por un diligente empleado del municipio, descansaban dos almas en pena. Ahora venía el momento de llamar la atención, para que la autoridad pertinente se presentara a verificar mi crimen, para que la élite intelectual de Buenos Aires y los admiradores de ultramar se espantaran y vituperaran al perverso miserable anónimo que se atrevió a descompaginar un mito.
     El alma de la muchacha parecía simplemente dormida y yo hubiera jurado que roncaba. La situación de Borges era más patética porque al tomar muy en serio la agresión, él había optado por desvanecerse totalmente. Me costó mucho detectarlo y estuve tanteando fervoroso con su propio bastón entre la gramilla y las margaritas. Finalmente lo localicé, porque algo abultaba en donde debería estar el bolsillo del abrigo. Boca © José Manuel Gallardo Parga y Mª José RedondoCon entusiasmo empecé a arrastrar el alma, tirando de lo que seguramente era el cuello del sobretodo. No con escasa penuria logré depositarla al pie del monumento ecuestre del Libertador don José de San Martín, que estaba siendo fotografiado por un grupo de turistas asiáticos; apoyé lo que debía ser la parte superior del alma sobre la herradura de bronce del caballo de la estatua y me sequé el sudor con el puño del impermeable. Los turistas observaron muy concentrados, hasta arrugar la frente, los movimientos de mano que yo ejecutaba en el aire. Me puse a gritar para conmoverlos maté a Borges, maté a Borges. No entendían. Mis gritos atrajeron por fortuna la atención de un gendarme, de los que cuidan el orden en los paseos públicos. Se presentó en escena con la diestra aferrada al cinto, como si estuviera dispuesto a desenvainar un revólver. Yo temía que un grito culpable no bastara para suplir los cuerpos invisibles del delito y también temía que el suceso no provocara mi detención inmediata y la consiguiente publicación de que el alma de Borges había sido profanada, según se estima, por un individuo desequilibrado y sin antecedentes. Cuando el gendarme llegó casi a mi lado, eché a correr y la acción generó el efecto buscado. A unos cincuenta metros del punto de partida la manaza del gendarme y unos cuantos brazos de sus colegas surgidos no acertaba a columbrar de dónde, me inmovilizaron con rigor ejemplar. Ya se habían borrado de la memoria mía y de la colectiva las jornadas interminables de la intriga subversiva, de su corolario de persecuciones, desaparecidos y enterrados y hasta las protestas por el indulto a las fuerzas del orden. Por eso ahora la policía se limita a realizar su labor con desgano, con esa injustificada convicción de que la época de las redadas masivas y las torturas diarias ha pasado al dominio de la nostalgia. Yo venía a poner mi granito de arena para quitarles la modorra y sacudir la tregua. Mis gesticulaciones teatrales como de perro rabioso intensificaron la violencia de mis agresores, que estamparon sobre mi cuerpo una serie ininterrumpida de magullones que posteriormente fueron explicados a sus colegas de la comisaría como resabios de una mala pisada del reo y contusiones resultantes de la dureza inevitable del pavimento. Los investigadores de la seccional concluyeron declarando sin mayor cabildeo lo que se acostumbra en circunstancias similares, es decir, que yo era un orate etc., y para demostrármelo, una agente joven que parecía bisoña en el oficio, por la Nadie ignora que el señor Borges murió hace tiempoartificiosidad de su sarcasmo, me soltó un exabrupto indignante ¿no sabés pedazo de cabra con medias que nadie ignora que el señor Borges murió hace tiempo? ¿Con qué cuento estrafalario nos querés engrupir? Confieso que su grosería me hirió el corazón como una pedrada. Me consolé pensando en el lado positivo de la cosa, que consistía en el reconocimiento de la existencia de una empleada pública que aunque vulgar, sabe quién es el señor Borges y cuál es su estado civil. Yo veía que debía empeñarme con todas mis fuerzas en convencerlos sin dilación de la realidad del asesinato cometido. Se olfateaba en el aire la amenaza de que no tomaran mi relato en serio y recomendaran mi libertad o en su defecto una internación preventiva. Fue entonces que lancé al tapete un testimonio difícilmente refutable. Extraje del bolsillo del impermeable unas monedas raras y un cono de metal reluciente que yo había encontrado en un bolsillo del sobretodo del malogrado escritor. Los investigadores los examinaron y la muchacha letrada pretendió otra vez desbaratar mi maniobra alegando que conocía ese cuento de Borges en que irrumpen en el mundo objetos de un planeta desconocido. Ante mi insistencia en la veracidad de mis palabras acabaron por tenerme quizás lástima y resolvieron aclarar el asunto volviendo al lugar del delito. Me agarraron del brazo con no escasa presión, me metieron en un coche celular y regresamos a Plaza San Martín. Allí buscaron el alma con una lupa, pero, una de dos, o se la habían apropiado en calidad de souvenir los asiáticos de la fotografía o simplemente la había barrido el viento con sus soplidos metafísicos. Un cambio insospechado de la situación lo produjo la llegada belicosa de un irlandés, identificado como tal por su rostro acaballado y su corpulencia de estatua. Se abalanzó sobre mí, antes de que la policía atinara a detenerlo, acaso todo estaba preparado. Fue él quien me colocó las esposas a ojos de los curiosos congregados y el que me empujó compulsivamente, sin que las autoridades movieran un dedo, hasta un coche con patente de la embajada de Gran Bretaña, que esperaba con el motor en marcha en la avenida Santa Fe. El chofer era rubio y de tez muy colorada, como se acostumbra entre los ingleses. El viaje fue silencioso, a excepción del chirrido de las ruedas en las bruscas frenadas delante de los semáforos. Pude distinguir por las ventanillas opacas que viajábamos con rumbo a Palermo. Arribamos a un edificio vetusto de las inmediaciones de la iglesia de Guadalupe, subimos al piso superior por una angosta escalera lateral. Pasando un zaguán oscuro, el irlandés me hizo entrar en una pieza amueblada por un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo y dos sillas desparejas. El espacio que debía haber llenado una cama de hierro, lo ocupaba un aparato telefónico antiguo, de los dispuestos a sonar con estridencia. Inesperadamente, el irlandés me quitó las esposas y abrió la ventana para que entrara más aire y luz. Una claridad suave dio vida al cuarto. Me hizo sentar en una de las Tumba de Borgessillas y entonces volvió a su estado de brutalidad vociferando You innefable rascal (de aquí en adelante traduzco) has cometido una falta inexorable, un pecado que excluye toda penitencia, has ultrajado y aquí se interrumpió porque escuchó, como yo, unos pasos fatigados en la escalera. Se levantó sin decir mu y se marchó dejando la puerta abierta. Ante mi asombro, la figura de aquel a quien yo había creído haber roto el alma se asomó por el vano de la puerta. Me levanté de un salto. No me creerán si digo que en su rostro se esbozaba una sonrisa irónica. Tragué saliva. Ante mí se elevaba lo que no podía ser otra cosa que su alma en pena. Al oír su jadear dificultoso pensé que yo era el responsable. Vino a sentarse en una silla junto a la ventana, quizás porque necesitaba respirar el aire frío del exterior. Hizo una señal para que también yo tomara asiento. Lo hice cohibido. Yo sabía que Borges era, valga la paradoja, hombre de pocas palabras, y que yo, ni que hablar, no le iba en zaga. Él empezó por preguntar mi nombre. Por supuesto, no sabía que yo había sido uno de los muchos alumnos que cursaron su lección de literatura inglesa en la que él prestaba más atención a Beowulf y a Walt Whitman y menos a los nebulosos espectadores que distinguía apenas. Nunca me sentí tan confundido como en ese instante, a solas con el maestro odiado y venerado, con quien ni siquiera compartía las lecturas comunes, porque él había traducido el Orlando, yo meramente lo había leído, él admiraba a Carlyle, a mí me fastidiaba. Yo había escrito un cuento sobre la guerra de Vietnam y él, por su parte, se había prohibido publicar sus alabanzas juveniles al comunismo. Él era un escritor famoso, yo apenas su asesino frustrado. Como mi nombre no le decía nada, se entretuvo imaginando en voz alta su etimología. Yo estaba esperando que inquiriera la razón de mi conducta, pero él prefirió hacer silencio y mirarme con sus ojos deslucidos. Para distraer la tensión le pregunté cuál era su conexión con el huraño irlandés que me había traído a esa casa. Me respondió lacónicamente que amaba a Joyce y que le gustaba introducir por tal motivo a algún ciudadano de Eire como personaje de sus cuentos, agregó que ese mismo cuarto figuraba en uno de ellos. En cuanto a su relación con el irlandés de nuestro cuento confesó que mi raptor le debía una vieja cuenta y que la pagaba a plazos, ofreciéndose a defenderle el alma de posibles tentaciones y amenazas. Juzgué que la respuesta ejemplicaba sus conocidos recursos de no contestar directamente a lo que se le preguntaba y sus pretensiones de llevar la conversación hacia esferas inmateriales. Confieso que su estratagema me sacó de las casillas, que es mi modo de reaccionar no tanto a los escamoteos de los otros sino a las dolorosas acechanzas de mis remordimientos. Este hombre que estaba frente a mí como un juez de otro mundo lograba cincelarme la culpa. Hubo un instante de silencio apenas rozado por el ruido de un vehículo que pasaba por la calle. Usted no tuvo necesidad de matarme...Borges se atrevió finalmente a interrogarme sobre el atentado y pensé que no lo hacía ahora para reprochar mi conducta, sino para satisfacer su curiosidad sobre los presuntos móviles. Decidí ser brutal con mi respuesta y como poseído por un amok le dije Te rompí el alma, me permití tutearlo, porque sós el paladín de los intelectuales elitistas, porque alardeás de un linaje que incluye a tu odiado Rosas y se remonta a dudosos antepasados sefardíes de Portugal, porque eres capaz de reverenciar a cualquier tirano y a una espada que no has empuñado nunca, excepto para meditar su filo; porque escribís con la caudalosa y sobria claridad de un arroyo cuya agua fresca ningún Heráclito se hubiera abstenido de vadear, porque te repites en tus cuentos y tus poemas con una elegancia y sabiduría que tus enemigos jurados no cesamos de reconocer. Hizo un gesto de rechazo con una mano extremadamente pálida y entendí con ello que no podía continuar soportando lo que para él era un flujo de palabras de inaceptable gusto y emotividad grandilocuente. Me dijo con su voz de eco y sin tutearme usted no tuvo necesidad de matarme con un arma, sus palabras por sí solas tienen un espesor de violencia que aniquila en el acto al adversario. Mi piel de elefante no pudo refrenar esa estocada verbal, pero sonreí malignamente, porque advertí que ahora su discurso mimaba, aunque más sobriamente, la baja calidad del mío. Yo descubría ahora lo que resulta ser el golpe de gracia más efectivo, el hecho de que tuviera que hablar a través de mí, el que yo lo tuviera prisionero de mi relato, y como los torturadores eficaces lo hubiera obligado a decir lo que yo quería que dijera y a mi manera. Descubrí que el plagio más auténtico no es el que copia letra por letra, sino el que le impone al otro un lenguaje que no es el suyo y yo lo había logrado. Pero mi supuesto triunfo no fue sino otra cara engañosa de la derrota. Contrariando mis expectativas pronunció a continuación el siguiente discurso memorable M´ijito podrás tomarme la palabra que es clara y delgada, pero nada conseguirás con retorcerla, mi cuerpo ha muerto a su tiempo, mi alma no es patrimonio de nadie. Ni siquiera gozarás del privilegio de que yo sea tu redentor.
     Se levantó con la parsimonia del alma convaleciente y desapareció por el vano de la puerta. Se había ido y llevado consigo todas sus palabras, me quedaba yo con las que me había devuelto y que ahora presentía que se borrarían como si las hubiera mojado la lluvia. Me escuché musitando El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a la época, me siento hermano de todos, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos. Estas eran, a ciencia cierta, mis propias palabras y tenía que resignarme a asumirlas. Sentí que alguien volvía a subir la escalera y que sus pasos prepotentes no me eran desconocidos.

 

 

 

 

 

 

 

ALMUDENA GRANDES: sobreviviendo a su propio mito

 


     Entrevista: Alejandro Hermosilla Sánchez

 

Almudena Grandes © Alberto Soler


     Rozando las fechas navideñas, Almudena Grandes estuvo en Cartagena para presentar su último libro, Estaciones de paso, y seguir contribuyendo al proyecto Mandarache que —como decimos en otra entrevista de este mismo número— cada vez se va consolidando más en la ciudad.
     Almudena se mostró en todo momento muy cordial durante la charla —por más que pudiera estar en más o menos desacuerdo con lo que le preguntáramos—, siempre mostró su cara más amable, lo cual es, verdaderamente, de agradecer. Habiendo resistido al éxito y a la sobreexposición mediática que le supuso ser conocida por un libro como Las edades de Lulú —últimamente reeditado con un prólogo muy esclarecedor e interesante de la escritora— y la adaptación fílmica del libro que realizara Bigas Luna, la Grandes se presentó serena, segura de sus propias fuerzas y confiada aún —y esperemos por siempre— en que la literatura puede ayudar a cambiar o, al menos, modificar y transformar nuestra visión de la realidad, permitirnos vivir la vida con más intensidad.
     Y si bien —como ha llegado a confesar— su mayor defecto es la soberbia, dio una imagen contraria a todos esos tópicos que suelen ir unidos a los novelistas de éxito en España. Unida a su carisma particular y cosida a la sinceridad con la que ha diseñado sus historias, sus palabras transmitían la franqueza de quienes han sobrevivido varias veces a sí mismos y a los distintos ajetreos de la vida y han entendido que la mejor manera de sobrellevar esta vida es ser leales a sus más íntimas convicciones para, de esta manera, gusten más o menos sus libros, estar seguros de haber dado lo mejor de sí mismos a los demás en esta vida que, efectivamente, que sepamos, de momento, es la única posesión valiosa que tenemos.

 

 

     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Estudiante de historia, pero nunca has escrito novela histórica. ¿Cómo se entiende esto?

     —ALMUDENA GRANDES: Mi carrera universitaria siempre ha tenido que ver poco con mi actividad como novelista. Yo quería ser escritora desde pequeña, pero tenía que ir a la universidad y "Estaciones de paso"elegir una carrera. En realidad yo quería estudiar latín, pero al final le hice caso a mi madre e hice historia para tener la ocasión de escribir, porque, como el latín me gustaba más, no me hubiera dejado tiempo para la escritura. Mi formación como historiadora, que tiene poco que ver con lo que soy como persona, ha tenido verdaderamente poco que ver con mi obra hasta la novela que estoy terminando ahora. Un libro que no es una novela histórica de las que están de moda últimamente —no es de templarios ni nada parecido—, pero intenta reconstruir la memoria histórica de la España del siglo XX y en ese sentido sí tiene un gran trabajo de documentación detrás.

     —ECP: Los toros, el fútbol, el consumismo, el trabajo o el sexo son lugares comunes donde los personajes de tus novelas parecen más que encontrarse, esconderse. Explícame esto.

     —AG: Bueno. Esto que afirmas tiene más que ver con mi último libro, Estaciones de paso, que con el resto, y además es intencionado. Yo, cuando escribí estos cuentos, ubiqué a varios adolescentes que tenían delante de ellos distintas situaciones que no son capaces de entender ni de comprender, pero que no les quedan más remedio que vivir, porque es su vida. Este es un libro de cuentos inéditos escrito ex profeso para ser libro de cuentos. No es recopilación. Por ello, yo elegí una especie de pasión dominante distinta para cada personaje que me permitiera establecer un marco argumental en el cual pareciera una cosa y resultara otra distinta. En todos los casos, parece que esos temas primeros son el tema del cuento, pero siempre detrás hay otro tema escondido que es mucho más importante y que es el tema verdadero. En parte es un recurso de ambientación, pero sobre todo era un recurso narrativo.

     —ECP: ¿Hacia dónde crees que nos lleva el deseo? ¿Es una trampa, un mecanismo de defensa o un estigma sin el cual no podríamos vivir?

     —AG: Los modernos psiquiatras dicen que lo que diferencia, en realidad, a los seres humanos de los animales no es la razón, puesto que hay animales que son capaces de establecer estructuras coherentes de pensamiento y acción, sino la voluntad, la capacidad de desear. Los seres humanos somos capaces de desear y de ejercer nuestra voluntad para modificar nuestro entorno en función de ese deseo (…) Este es un tema clásico en mi literatura. Yo he escrito mucho sobre esto. Me interesa mucho este tema y creo que el deseo —entre las cosas que tú me propones— es algo más incluso que eso; yo diría que es, no un estigma, pero, desde luego, sí una condición esencial del ser humano.

Coloquiando con Almudena © Alberto Soler     —ECP: En este sentido, el sentido de perseguir las desviaciones y rutas secretas del deseo, diría que tu literatura se encuentra cercana, en algún aspecto, a la de Yasmina Reza. ¿Qué opinas de esta autora?

     —AG: Bueno, yo considero que mi literatura tiene más puntos en común con la de Javier Marías o la de Rafael Chirbes que con la de Yasmina, pero… Si te tengo que responder, te diría que a mí me gustó mucho Arte. Sé que ha escrito posteriormente novela, pero no he podido leerla. A mí me gusta mucho el teatro y cuando leí Arte sentí bastante envidia, porque, además, el teatro siempre ha sido mi gran frustración. Yo escribí una vez una obra de teatro y no me salió bien y, desde entonces, siento una especie de envidia por los dramaturgos.

     —ECP: ¿Y Amelie Nothomb?

     —AG: Leí su primera novela, Higiene del asesino, y me pareció una mujer muy interesante e inteligente. Después he seguido leyendo libros de ella que me gustan bastante. Amelie Nothomb es muy fría, muy minimalista y tengo que decir que, aunque me gusta, lo cierto es que no se parece nada a mí.

     —ECP: ¿Elfriede Jelinek?

     —AG: Me gustó bastante La pianista, pero ella no me cae demasiado bien, sobre todo a partir de la polémica que armó por la concesión del premio Nobel. No me gustó el número que formó con lo de recoger o no el premio.

     —ECP: En alguna ocasión has mencionado la importancia que tiene un libro como La Odisea y un héroe como Ulises en tu formación. Sin embargo, a pesar de que los protagonistas de tus libros sean casi todos mujeres, yo los encuentro muy quijotescos —lo cual, por otra parte, es lógico, teniendo en cuenta el país en el que estamos—, en el sentido de la imposibilidad de acomodar realidad y ficción, deseo y realidad.

"Los aires difíciles"     —AG: La Odisea me dejó a mí muchas cosas. Fue el primer libro importante que yo leí, porque mi abuelo me lo regaló cuando yo hice la primera comunión y lo leí con una mirada de autor adulto. El libro de Homero ha dejado una influencia duradera en mi vida desde el punto de vista de la supervivencia. Fíjate que yo, casi siempre, he escrito novelas de supervivientes —no necesariamente náufragos, pero sí personas que se las arreglan para sobrevivir— y este es el rastro que ha dejado La Odisea en mi vida, poseo una debilidad innata por los supervivientes. Ellos son mi tipo de personaje favorito frente a los héroes, los antihéroes y demás arquetipos (…) Y en cuanto a El Quijote, claro que me ha influenciado. Es imposible en este país no ser influenciado por Cervantes. Pero yo señalaría que la influencia fundamental del libro de Cervantes en los míos es la tendencia a construir historias complejas, introducir pequeñas historias dentro de historias más extensas. En ese sentido —salvando todas las diferencias a favor de Don Miguel, naturalmente— sí que creo que la estructura de mis novelas es bastante cervantina.

     —ECP: Has referido alguna vez que Los hijos muertos de Ana María Matute es un libro que te influenció mucho. Háblame de este libro verdaderamente no muy conocido.

     —AG: A mí Los hijos muertos me parece la mejor novela sobre la postguerra española que escribió la Generación del 50 y esto es muy notable porque sobre este tema esta Generación insistió una y otra vez. Fue una obra deslumbrante para mí, ya que cuando yo la leí a los 20 años nunca me había encontrado con una voz tan valiente, con una voz que revelara aspectos tan ocultos y tan poco frecuentes para mí en aquella época sobre la historia del siglo XX español, el tema de los campos franceses, los destacamentos penitenciarios, etc. (…) Además, fue un libro que me emocionó muchísimo. Me hizo tomar una conciencia muy precisa del país en el que yo vivía, de quién era yo y cómo me llamaba. Fue un libro que me habló de mí misma. Y Malena es un nombre de tango tiene algunos guiños que remiten a Los hijos muertos, porque yo tenía presente la novela en todo momento a la hora de escribir mi obra. Los hijos muertos es una de las últimas novelas de la primera etapa de la escritura de Ana María Matute, una escritora descomunal. Ana se retiró del mundo durante décadas y prácticamente hasta los años 90 no participó en congresos ni hacía entrevistas ni publicaba libros y, de alguna manera, libros como Los hijos muertos, que es de 1958, fueron languideciendo cuando eran de una calidad extrema. Y, más tarde, no sé bien por qué, con el éxito que consiguiera gracias a Olvidado rey Gudú, se han rescatado libros como Primera memoria o Pequeño teatro, pero no se ha rescatado este libro sensacional.

"Malena es un nombre de tango"     —ECP: ¿Y qué opinión te merece Carmen Laforet?

     —AG: Para mí no ha sido una referencia comparable a Ana María.

     —ECP: ¿En qué medida crees que la sociedad de consumo actual despierta y juega con instintos sadomasoquistas en los individuos? Por ejemplo, en tus libros casi siempre aparece algún conato de este tipo de tendencia o expresión sexual.

     —AG: Yo creo que la violencia consumista se manifiesta en la sociedad y en mis libros de muchas maneras, pero yo no veo una relación concreta con ese impulso. Es verdad que es un tema que yo he tratado en mis primeros libros como Te llamaré Viernes, aunque en Las edades de Lulú no es una relación sadomasoquista, sino una relación incestuosa. Eso sí que me gusta que quede claro. La relación entre Pablo y Lulú no es una relación sadomasoquista. Se trata de un incesto imaginario. Lo cual, obviamente, no es ni más ni menos perverso (…) Yo creo que las relaciones sadomasoquistas tienen más que ver con las relaciones de dominio, posesión o celos. Es una forma más o menos intensa y más o menos equivocada de amar a los demás, de enamorarte de alguien, pero yo no veo muy claro que el consumismo tenga que ver algo ahí.

     —ECP: Por cierto, ¿te interesa Buñuel? ¿Qué me puedes decir de Buñuel?

     —AG: Yo soy una gran fan de Buñuel. De hecho, Buñuel tiene una influencia secreta en mi obra. Es difícil de detectar, pero para quien desee rastrear… Le diría que el final de Los aires difíciles está influenciado por el final de Viridiana. Cuando yo pensé cómo iba a terminar esa historia en que Sara decide no entregar a Juan y le tranquiliza diciéndole que no se preocupe, que no le cuente su vida, que no quiere saber nada y va a intentar que cenen juntos por Navidad me estoy refiriendo al clásico «ya sabía yo que mi prima Viridiana iba a acabar con nosotros jugando al tute». Lo que, por otra parte, es fantástico, porque ese diálogo es fruto de la censura, pues Buñuel tuvo que improvisar sobre la marcha, la censura le quitó la frase que él había pensado. (…) Sí. Me interesa mucho Buñuel, lo quiero mucho.

"Las edades de Lulú"     —ECP: Noté algún punto de contacto entre Te llamaré Viernes y Juegos de la edad tardía de Luis Landero. ¿Qué opinas de Landero?

     —AG: A mí me gustó mucho Juegos de la edad tardía. No había pensado en lo que dices, pero lo cierto es que ambas novelas tienen una cierta mirada sobre la infancia perpetua que puede ser coincidente. A mí me interesa mucho la mirada de Landero. Sobre todo, esta primera novela. Pero, desde luego, es un escritor siempre interesante.

     —ECP: ¿Y Enrique Vila-Matas?

     —AG: Vila-Matas me gusta mucho como lectora. Es un ejemplo de escritor que no tiene nada que ver conmigo, pero que me parece muy brillante e inteligente. Además, estoy muy contenta de que tenga ahora tanto éxito, porque Enrique es un ejemplo claro de tenacidad y resistencia. Ha sido un resistente durante muchos años. Ha resistido y ha insistido. Él ha insistido en el tipo de literatura que él tenía, resistió los cantos de sirena y cuando la gente cambiaba de historias, él seguía yendo a lo suyo, lo suyo, lo suyo… Por esto, considero que su éxito, aparte de un premio a su escritura, es un premio a su tesón, y esto me parece que es algo muy justo y que hay que celebrar en un mundo donde la gente se deja comprar cada vez más y cambia de opinión cada vez más deprisa.

     —ECP: ¿Cuál es la recepción de tu obra en Sudamérica?

     —AG: Bastante buena. Lo que ocurre es que en Sudamérica siempre está el problema del dinero, la capacidad de adquisición. El libro es un objeto de lujo en este continente. Es la barrera y la frontera que nos separa de ellos. Pero, mira, en Perú ya me han pirateado. O sea, que ya soy alguien. Hasta que no te piratean en Perú no eres nadie. (Risas) Además, siempre me venden en Perú en libros con la portada de Alfaguara. Como la que los piratas tienen en el ordenador es de Alfaguara, pues ellos no cambian.

Una voraz lectora © Alberto Soler     —ECP: ¿Y qué autores sudamericanos te interesan?

     —AG: Está muy bien. Ahora hay una generación de narradores que están en una situación estupenda, porque una vez que ha pasado el boom y todo lo que supuso aquella estela que tanto perjudicó y asfixió a los que vinieron detrás —que no sabían si pertenecían al boom o a cualquier otra categorización— tienen el espacio más despejado para volcarse sobre las raíces de sus propios países sin complejos y con tranquilidad (…) A mí hay mucha gente que me interesa en Latinoamérica. Por ejemplo, hay un escritor colombiano que se llama Jorge Franco que me parece tremendo. Me interesan mucho también Jorge Volpi, Ángeles Mastretta y Cristina Ribera Garza. Hay gente con mucha potencia. Te diría también que me gustan mucho Marcelo Birmajer en Argentina y Horacio Castellanos en El Salvador. Hay gente con mucha potencia y talento en este continente.

     —ECP: Tengo entendido que eres una voraz lectora. ¿Qué libros has leído últimamente?

     —AG: Mira. Yo últimamente estoy en un bucle perverso porque yo voy a sacar una novela este próximo febrero que me ha obligado a pasar gran parte de mi tiempo rastreando en archivos y documentos. Llevo cinco años leyendo casi únicamente historia de España. He modificado muchos de mis hábitos por este motivo. Leo memorias, libros de historia, biografías y casi no tengo tiempo para novelas modernas. Digamos que, ahora mismo, le dedico un tiempo y una atención a la novela de la generación de la guerra y la postguerra que, soy consciente, de que es un poco excesiva pero, como no puedo evitar leer novelas… Te diré que las que me han gustado mucho este año son, por ejemplo, el Manual de literatura para caníbales de Rafael Reig, las dos novelas de la trilogía de Óscar Esquivias, Inquietud en el paraíso y La ciudad del gran rey, etc. A su vez, dentro de la historiografía, se están publicando obras muy interesantes. Por señalar una que me impactó, es de una gran calidad y es bastante literaria, yo hablaría de la Biografía del general rojo. Como está escrito por su nieto que no le conoció, hace una rememoración del personaje que no es del todo histórica ni literaria que es de sumo interés. Se lee con mucho interés y facilidad.

Adaptación cinematográfica de "Los aires difíciles"     —ECP: ¿Te interesa Maitena?

     —AG: Maitena me hace mucha gracia. Me gusta bastante.

     —ECP: ¿Y tienes algún autor fetiche, concretamente, dentro del cómic?

     —AG: Y en cuanto al cómic, te diría que lo he seguido poco. Lo cierto es que yo era muy admiradora de Ivá y compraba siempre El Jueves cuando él escribía, por lo que supongo que mi autor fetiche será Ivá. En realidad, como fan del cómic, sólo he seguido la senda de Ivá y, de pequeña, la de Obélix. Siempre —incluso desde pequeña— me ha gustado más leer libros que cómics, aunque se considerase que los primeros eran más difíciles.

     —ECP: ¿Te gustaron las últimas películas de Almodóvar? En cierto sentido, ¿no crees que tu universo conecta —aunque sea de puntillas— más con el director manchego que con Gerardo Herrero?

     —AG: A mí me gustan todas las películas de Almodóvar. Me parece un hombre muy valiente. Y creo que el rasero de la mediocridad en este país se mide por la crítica destructiva contra Almodóvar. Si tienen algo en común los mediocres, es en su ataque despiadado hacia Almodóvar (…) A mí me encantan sus últimas películas. Por ejemplo, La mala educación, que no le gustó a nadie, a mí me encantó. Y Volver me gustó mucho. En este sentido, creo que el bache de Almodóvar está en la mitad de su producción. A mí, Tacones Lejanos, Carne trémula y Kika no me gustaron demasiado. Pero incluso en las películas de Almodóvar que no terminaron de convencerme encuentro detalles que me interesan bastante, lo cual ya es mucho decir cuando se trata de un creador. Además, yo creo que Pedro es alguien absolutamente libre y radical, y para ganar un Oscar con Todo sobre mi madre y triunfar en el cine americano con un cine como el suyo hay que tener mucho, mucho valor y talento (…) Y en cuanto a lo que dices de Gerardo Herrero pues seguro que él no estaría de acuerdo. Es él quien adapta mi obra. Y, por otra parte, Almodóvar no realiza guiones adaptados, lo cual me parece muy bien. De hecho, la única vez que lo hizo —cuando adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula— no consiguió un resultado muy afortunado.

     —ECP: Creo que las adaptaciones de tus libros —lo cual parece ser una regla en los novelistas— no te convencieron demasiado. ¿Me puedes citar alguna novela llevada al cine donde todos hayan quedado satisfechos?

     —AG: Del primer caso, hay muy pocos. Pero te citaría el ejemplo de Ignacio Martínez de Pisón, que escribió Carreteras secundarias. Es un libro estupendo y más tarde realizó la adaptación a guión de esta novela, que llevó bastante fielmente al cine Emilio Martínez-Lázaro. Pero son pocos casos.

"Atlas de geografía humana"     —ECP: ¿Y cuál es tu opinión sobre el Bigas Luna actual?

     —AG: Me cuesta opinar, porque es una persona a la que le tengo mucho cariño, pero, digamos que me gustaba mucho más su cine al principio que ahora.

     —ECP: Hablando de cine. Aunque ya hace mucho tiempo de esto, ¿qué te pareció Tierra y Libertad?

     —AG: Muy mal. Como película —en cuanto a estructura fílmica— está bien, pero como investigación sobre el tema de la guerra civil me parece una película mentirosa. A mí me hubiera gustado preguntarle a Ken Loach que si admiraba tanto a aquellos milicianos y le parecía que los comunistas eran tan malos por qué no los sacó corriendo en Madrid… Porque la columna Tierra y Libertad vino a salvar Madrid y se dedicó a correr tres días mientras el Quinto Regimiento aguantaba. Hay muchas maneras de contar las cosas y a mí esa aproximación a la guerra no me pareció buena. Me parece que es una película mucho más anti-comunista que republicana y, desde luego, el film de Loach entra en conflicto no sólo con mi punto de vista, sino con la verdad a secas de la historia. No es, en absoluto, una película objetiva sobre la guerra civil española.

     —ECP: Por cierto, ¿me puedes citar dos o tres películas que te hayan marcado?

     —AG: Drácula de Coppola, porque me parece la adaptación más maravillosa de una obra literaria a la que se puede aspirar. Me parece que no solamente es una película gigantesca, sino que como adaptación es formidable. Que una novela como Drácula, que ha sido adaptada tantas veces, fuera leída al fin bien es algo que me parece, de verdad, increíble. Y por citarte otra película en este momento, te diría que Viridiana, de la que ya hemos hablado antes.

     —ECP: ¿Estás más contenta con la situación política actual en España desde el cambio de gobierno?

     —AG: Sí. Bastante más. Es evidente.

     —ECP: ¿Cuánto tiempo crees que debe pasar todavía para considerar a España un país maduro democráticamente?

"Castillos de cartón"     —AG: Yo no diría que España no es un país maduro democráticamente. Al contrario. Yo creo que es bastante maduro. Y en cuanto a la estabilidad del país —aunque sea una estabilidad amenazada por una cierta situación— me parece que es bastante firme teniendo en cuenta ciertas situaciones acaecidas aquí. Repito. Yo no diría que este es un país que no es maduro democráticamente. Más bien, matizaría. Creo que 40 años de dictadura no pasan en balde y creo que la transición española, en buena parte, fue un pacto un tanto amnésico en el cual hubo un consenso entre una serie de políticos —al que los ciudadanos no tuvieron acceso— que decidieron trazar una raya en el suelo afirmando que se podía olvidar el pasado, que ya había pasado todo y podíamos empezar otra vez. Y yo creo que este acto se puede hacer jugando, pero no se puede realizar con la memoria de la gente. La posible inmadurez —a la que tú apuntas— del país, creo que procede de allí: procesos que debían haberse acometido antes y no se realizaron, 40 años de dictadura que son muchos años y provocan una distorsión de las reglas del juego democrático y de la naturaleza del poder. Pero repito. No considero a España un país inmaduro democráticamente. Esto me parece un poco un atrevimiento.

     —ECP: Bueno, realmente, esta es mi opinión. Y tendría que hacer un ejercicio mínimo de reflexión para intentar explicarme, pero no creo que sea el caso. De todas maneras, lo que sí me parece sumamente interesante es tu punto de vista, porque al proceder desde otra óptica generacional, abre nuevos campos y vías de perspectiva para afrontar el tema (…) En fin, pasando a otra cuestión, ¿me puedes hablar un poco de tu amor a Madrid y de cómo vives la tradicional dicotonomía Madrid-Barcelona?

     —AG: La dicotonomía creo que la viven más en Barcelona que en Madrid. A mí Barcelona me gusta y no tengo problema alguno con este tema. Y Madrid… Madrid es mi ciudad biográfica y mi ciudad literaria. Yo soy de Madrid y no tengo otro lugar del que ser. Recuerdo que en la época de la transición, cuando estalló el tema de las nacionalidades y comunidades autonómicas, todo el mundo iba con carteras y chapas de su lugar de nacimiento o reivindicando su origen y yo no llevaba chapas ni ningún artilugio por el estilo. Además, es que en mi época ser de Madrid era algo como jorobado, porque significaba y representaba el centralismo casposo. Sin embargo, yo en aquella época no tenía ningún sitio de donde ser y me sentía madrileña por los cuatro costados, y el tiempo no ha cambiado esta sensación. Sucede que Madrid, al mismo tiempo, es una ciudad que se ajusta mucho a mi personalidad y creo que no es porque yo haya nacido allí. Muchas veces, sucede al contrario, pero en mi caso no es así (…) Madrid es una ciudad caótica, pero que también tiene una virtud a cambio de este caos: no se detiene nunca. Madrid es "Modelos de mujer"una ciudad que está cambiando permanentemente y yo vivo bien allí, en ese caos ordenado.

     —ECP: Para finalizar, te haré una pregunta que puede que no te guste mucho, pero que me interesa. Hace poco visioné algunos números de La fiera literaria. Y, al parecer, tú —entre otros abundantes y famosos autores actuales— eres uno de los objetivos que atacan constantemente. Supongo que tu opinión sobre esta revista será bastante negativa, pero si puedes decirme algo o contarme una anécdota para terminar.

     —AG: Hombre. La fiera literaria yo no me la leo. A mí cuando me llegó esta revista por primera vez y empecé a leer lo que opinaban de mí unos señores que no me conocían de nada, hubo una cosa que sí me sorprendió mucho: el odio (…) El odio forma parte del lenguaje coloquial, pero el odio, en verdad, es una pasión muy rara. Todos decimos odio al Real Madrid, odio las acelgas, odio la música de Bach, pero esto es una forma de decir no me gusta, es una expresión coloquial. Sin embargo, al leer esta revista… El odio es una pasión muy rara. Yo no he odiado —creo— personalmente a nadie en mi vida y que a mí me odiase gente que no me conocía, al principio, me producía un desarreglo sentimental y estaba un poco sobrecogida por este motivo. Pero luego decidí que ya no la iba a leer. Me la mandan y yo la tiro a la papelera sistemáticamente. Esa es mi reacción cuando me llega La fiera literaria.

 

 

 

 

 

 

 

MARIO GALLO

 

     (Buenos Aires, Argentina, 1958)

     Es traductor y profesor de inglés. Ha publicado los libros de cuentos Revelaciones a orillas del Luján (Autoedición, 2000), Arrojando Sombras (Dunken, 2004).
     Este cuento pertenece al libro Terra Australis (La luna que, 2006).

© Mario Gallo

 

 

 

LA FOTO DEL PERRO

 


Cajas de cartón, latas viejas, azulejos rotos...     En el frente de la casa, apiladas, cajas de cartón, latas viejas, azulejos rotos, cortinas sucias y descoloridas; objetos irreconocibles a simple vista, objetos reconocibles a simple vista: típicas señales que delatan razonadas reformas en combinación con habitantes nuevos.
     Camino junto a Patricia, rama en mano, despreocupado y en armonía. La charla, escasa, se columpia en un abanico de temas a veces profundos, a veces triviales. De lejos me viene el griterío de pibes que saltan en artificiales espejos de agua. La tierra seca, que de a ratos danza en alocados remolinos, está cargada de aroma como pidiendo un milagro líquido.
     En ese frente, por el momento preciso en éste, nuestro espacio, me detengo como buscando algo. Es que mi abolengo de ciruja reprimido se despierta cuando las cosas desechadas por otros se me plantan ante los ojos. Es una invitación difícil de rehusar. En medio de ese sinfín de despojos, a priori inservibles, la foto de un perro en el interior de una de las cajas se asoma como un último intento por pedir ayuda. La foto de un perro en el interior de una de las cajas, como una señal, me sale al encuentro. Es una foto en blanco y negro limitada por un marco de caña oscuro, vetusto y algo pringoso. Ese cuadro pudo haber estado colgado en la cocina o cerca, muy cerca. El vidrio está roto. Identifico con certeza la raza del reciente expulsado: ovejero alemán. No existe sabiduría alguna en mi elección. Creo que cualquiera podría reconocer a un ovejero alemán. Pero me es imposible identificar, o siquiera arriesgar, el nombre con el que niños y adultos llamaron al bicho hasta mucho tiempo después, quizá, de su muerte.
     Me viene el recuerdo de una muestra con fotos encontradas en la basura. Miles de historias se habrán inventado.
     ¿Por qué deshacernos del pasado? Si nuestras almas estuvieran atrapadas en las fotos, como creían los Antiguos, estaríamos a salvo de conocer el Cielo o el Infierno. O, lo que es mejor, evitaríamos la angustia y el desamparo causados por el instante previo a la decisión final de nuestro último destino.
     Yo también tengo cajas repletas de fotos.
     Yo también tengo cajas repletas de fotos y no sé cómo terminarán. Sólo puedo responder por ellas hasta tanto tenga aliento.
Hablo del Cielo y del Infierno como si realmente me importaran     Yo también tengo cajas repletas de fotos con fechas escritas con lápiz, no con birome, al dorso, y no sé por qué hablo de Cielo o Infierno como si realmente me importaran.
     Trato de indagar más por enfado que por genuino interés quiénes fueron los que arrojaron a este amigo ocasional con forma de perro a la incertidumbre de este viaje solitario. Hubiese sido mejor prepararle un funeral vikingo, digno de un rey, a fuego limpio, a chisporroteo limpio, librarlo de la incógnita, de posibilidades remotas, del asco que causa la misericordia. Librarlo de mis reflexiones eventuales, y, a su vez, librarme de mis reflexiones eventuales. Ahora ya es tarde, la mano del extranjero, del extraño, lo ha infectado, arrancándolo del lugar elegido para el homenaje, con su sentencia inconsulta, imparcial.
     No logro encontrar un motivo que justifique este desprecio.
     No logro encontrar un motivo que justifique tanta desidia.
     A través de una niebla de tiempo ese fiel amigo que alguna vez fue, no para mí, me sale al encuentro con ojos fijos y en silencio, tratando de hacerme recordar su pasado, lo que hizo y lo que dejó de hacer, su entrega, su desesperación ante la espera infinita, su incondicional compañía, su vigilancia incorruptible, su amor desinteresado, su velado sufrimiento para el espectador sensible, antes de ser sepultado para siempre en su paupérrimo ataúd de caña, vidrio roto y papel, por una carretillada repleta de escombros que se aproxima, lenta e inexorable.
     Mi cerebro ensaya una acción tan vindicatoria como refleja que se pierde por el intrincado camino de mi sistema nervioso sofocada por una contraorden voluntaria.
     La foto ya no está.
     Alguien con una carretilla vertical y una sonrisa amable y atravesada me habilita a llevar lo que quiera de la pila de despojos.
     Agradezco. Pero no hay algo que me sirva.
Siento tristeza     Siento tristeza. A pesar de que nada tuve que ver con ese animal, algo me camina por dentro causándome una extraña desazón, como que alguna vez seremos partícipes de una hermandad en una remota comunión de almas.
     Poco a poco, mis oídos se percatan de la voz de Patricia que me pregunta, haciéndome dueño de una confianza condicionante, cómo se llama ese pajarito azulado que revolotea, despreocupadamente y nervioso, entre las ramas de un tala retorcido por los años. Sé la respuesta y siento alivio.
     —Según me contó El Bocha —le informo—, es un azulejo.
     Inmediatamente después, en mi mente sentencio, como para dar por terminada la experiencia sufrida: No existe hoy un lugar que día a día pierda más sentido, ni un lugar tan común, pero no por eso menos cierto: el olvido es la más injusta y concreta de todas las muertes, y para mi infortunio, voy camino a su encuentro.

 

 

 

 

 

 

 

ÖZLEM y Bósforo... Tan cerca siempre

 


Entrevista: Antonio Marín Albalate

 


Bienvenida, queridísima Özlem © Antonio Marín Albalate     Özlem Kumrular (Estambul, 1974) es una hispanista que indagó en la memoria histórica de España para su licenciatura y posterior tesis doctoral por la Universidad de Salamanca. Miembro del cuerpo docente en la Facultad de Letras y Ciencias de la Universidad del Bósforo (donde imparte Historia Moderna) Özlem es alguien que, entre simposios y conferencias, da sentido a su existencia escribiendo.
Si envidiable es su dominio de lenguas —turco nativo, turco otomano, inglés, español, italiano, japonés, alemán y griego? no lo es menos su dilatado catálogo de publicaciones: novela postmoderna, historia, humor negro, música, traducciones, ensayo, etc.
     Como investigadora de Historia publica Las relaciones entre el imperio otomano y la monarquía católica entre los años 1520-1535 y el papel de los estados satélites (Isis, 2003) y El duelo entre Carlos V y Solimán el Magnífico (Isis, 2005), libro que se abre con el refrán turco «Este mundo no ha quedado para mí ni le ha quedado al sultán Solimán» y que trata del enfrentamiento hispano-otomano en el Mediterráneo, recogiendo, además, las guerras de Carlos V contra los luteranos y la campaña de Alemania de Solimán con el famoso asedio de Viena, en el cual se enfrentaron ambos ejércitos.
     Al margen de las citadas investigaciones, Özlem Kumrular ha publicado libros de traducción a su idioma natal como Lazarillo de Tormes, Las huellas del misterio de Carlos Puerto, Modelos de mujer de Almudena Grandes, El Buscón de Quevedo, Otras Inquisiciones de Borges, etc.
     De sus incursiones en el ámbito de la música, publicó Ünlü (Stüdyo Imge Yayincilik, 1996), sobre el grupo de rock turco-alemán del mismo nombre y Manu Chao (Stüdyo Imge Yayincilik, 2003), un libro sobre el comprometido cantante parisino. No en vano Özlem, durante diez años, ha ejercido como crítico de música, ha realizado programas para la radio y ha trabajado en el área de los bailes folklóricos turcos.
     En el territorio de la narrativa, cabe señalar, entre otros, los títulos ¡Hola! (Gendas, 2002), Hosçakal Milano Hosçakal AskimHasta la vista Milano hasta la vista amor mío— (Cadde Yayinlari, 2004), De Estambul a Rodas (El Cobre, 2005) tras recibir el Premio Internacional de Novela de la Diversidad. Su presentación oficial tuvo lugar en Cartagena, en el marco de La Mar de Letras, dedicado ese año a Turquía. Tanto la autora como su libro acabaron seduciendo al público, que ese día llenaba el salón de actos. Doy fe.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Bienvenida, queridísima Özlem, a este perruno espacio. Desde la admiración que sabes que te tengo, quisiera comenzar esta entrevista preguntándote por tus comienzos literarios. ¿Cuándo empezaste a escribir?

"De Estambul a Rodas" Historias con sabor a vino     —ÖZLEM KUMRULAR: Empecé a escribir en un estilo epistolar. Tenía 18 años, estudiaba filología inglesa y me aburría a muerte en la universidad. Para divertirme un poco y salir de lo monótono, empecé a enviar cartas a un chico que no conocía, y naturalmente él tampoco a mí. Me gustaba ver el cambio de su estado de ánimo desde fuera a medida que le enviaba cartas raras en las que me refería a él: “Mi querido amo”. Esto duró 2 años. Y un día me di cuenta de que no escribía mal y me puse a trabajar en un cuento por el que luego me dieron un premio. Luego, poco a poco se descordaron los cuentos, y se convirtieron en novelas. Es que es mi género preferido. Los cuentos son muy cortos para entrar en la vida que perfila el autor. No te dejan entrar... Y cuando empiezas a entrar por algún hueco que encuentras, se acaban y te dejan en medio del camino. Como decimos en turco, te dan una gota de miel en los labios.

     —ECP: Nos conocimos, ¿recuerdas?, durante La Mar de Músicas, en la semana de La Mar de Letras, la tarde aquella en que se presentaba tu premiado libro De Estambul a Rodas (historias con sabor a vino). Una novela —dicho sea de paso y en contra de quien se empeña (no ha mucho deduje por qué) en opinar lo contrario— perfectamente traducida por Rafael Carpintero. ¿Qué supuso para ti ser galardonada con el Premio Internacional de Novela de la Diversidad?

     —ÖK: Para mí fue una sorpresa muy grande. Y también muy importante, porque venía de mi segundo país. Pero, tengo que confesar que yo no creo/confío en premios. Al menos he perdido mi fe en ellos. Y la última gota de esta fe desapareció con una noticia que recibimos hace media hora: a Orhan Pamuk le dieron el Nobel. ¿Por qué? ¿Para qué? Sin duda, no por sus méritos literarios. No es una gran figura de la literatura turca. No ha escrito maravillas. Estamos en el siglo XXI y hasta el mundo literario está ensuciado con política. A Orhan Pamuk, un discurso antipatriótico que hizo en Suiza le trajo el premio. Hoy, en los discursos que hicieron casi todos los intelectuales admitieron que todo esto afectó al premio, pero nadie pudo salir adelante para confesar la realidad. Hoy parece que el espíritu de cruzada sigue vivo. Todo lo antiturco merece un premio, encuentra un apoyo en Europa. Los movimientos antiturcos no cesan. Lo más doloroso de todo esto es que a un turco le dieran un premio no por sus virtudes, sino por sus vicios. En este ámbito, no puedo evitar odiar los premios.

"El duelo entre Carlos V y Solimán El Magnífico (1520-1535)"     —ECP: Sí, estoy contigo en que todo está politizado en exceso. Salvo contadas ocasiones, como puede ser tu caso, el 99% de los premios más importantes están bajo sospecha de manipulación. Pamuk, el Nobel... Hay que ser todo un Sartre, cuando en 1964 lo rechaza para no comprometer su integridad como escritor. No es el caso, claro, de Orhan. Me hablas de los movimientos antiturcos. ¿En qué medida crees tú que escritores como Pamuk contribuyen a fomentar esos movimientos?

     —ÖK: Hay un movimiento muy serio no sólo en la plataforma política, sino cultural y social. Todo lo antiturco encuentra un apoyo en Europa. Sin duda, Francia dirige este movimiento sin necesidad de esconderlo, sumamente abierto. Es una vergüenza para un país como Francia ser dirigido por un grupo étnico en el campo político. El caso de la última ley que trae multa al que niega el genocidio armenio es ridículo. También es interesante que dieran el premio a Pamuk casi a la misma hora en que se admitió la ley en la asamblea francesa. Pamuk es escritor, no es historiador. Para hacer una declaración de este tipo en el extranjero, hay que ser historiador y hay que estar seguro de lo que pasó en realidad. Para mí, Pamuk es una vergüenza para los escritores turcos honrados. Hoy, la capa intelectual esta muy enfadada con Pamuk, pero no tienen cojones para salir adelante y decírselo a la cara. Yo, personalmente, odio este tipo de hipocresía.

     —ECP: De Estambul a Rodas fue el libro con el que te diste a conocer en España. Un libro que atrapa al lector desde su inicio. A lo largo de sus páginas hallo toda una poética del amor, ese sentimiento de sentimientos. Así llega a decirnos Nosta, la protagonista: «No estoy enamorada de los hombres, sino de la idea del amor». Según este platónico argumento, ¿cómo diferencias tú el amor entendido como pasión y deseo, de ese otro que partiendo de la piel se adentra y se instala más allá de todo? O más sencillo, ¿podrías definirnos tu idea de amor ideal?

     —ÖK: Soy una escritora de novelas de amor. Al menos, me considero así. Me encanta observar el mundo de amores y vivir en el mundo de amores. Los personajes de mis novelas, siempre con una realidad ontológica, hacen mil descripciones del amor. Uno de ellos, un camarero que sirve cappu a Nosta y su amiga, les interrumpe y dice: «Yo se lo puedo resumir en una frase, señoritas, Cuando tú lo dejas ya no había amor, cuando él te deja sí lo había». Esto debe de ser la definición de amor “a posteriori” para muchos. La definición/descripción que hace Nosta, me gusta más: «Con una frase. Pruébala tú también, te gustará. Cuando te das cuenta de que el amor cae por debajo de los setenta y ocho grados Fahrenheit, lo cortas por lo sano. Mientras, durante poco tiempo, tú soplas para apagar el pequeño dolor de tu corazón como una emperatriz victoriosa, el hombre se retorcerá de sufrimiento como un rey "Bayan"que ha salvado la vida a duras penas huyendo entre su ejército, que se ha desvanecido como el humo en una inmensa llanura. Mientras tu nombre se grabará con letras de oro en la historia del amor, la otra parte se pasará la vida creyendo que aquella trágica derrota era amor. Así es como te podrás ir habiendo forjado una larga cadena, sin penas, sin heridas, sin maltratar tu corazoncito». (…) Pero al final somos todas una desafortunadas, porque, como dice la amiga de Nosta: «A los hombres que te engañan con el azul de sus ojos les gustan las repugnantes películas de acción americanas, los que te pueden recitar a Machado ya tienen un pie en la setentena, los que consiguen tener contigo un detalle como aparecer con una flor en la mano bailan como osos polares y los que te entienden de verdad parece que se visten con manteles. ¡Así de difícil y de imposible es la vida!».

     —ECP: Personalmente creo que, como los personajes de tus novelas, el amor tiene muchas definiciones y acaso todas válidas. A la pregunta anterior respondías con lo que piensan y dicen algunos de ellos en tu novela Adiós Milán adiós amor. Como escritora de novelas, tienes una envidiable producción. La última (si no has sacado ya otra) la titulas KirmiziRojo—, un libro que, con una tirada de 45.000 ejemplares, fue editado y distribuido por la revista Cosmopolitan como obsequio de San Valentín. Rojo, según me contabas, forma parte de una trilogía de colores, ya que luego vendrán Azul y Verde. Iba a preguntarte de qué trataba, pero es evidente que de amor, de modo que cambiamos de tercio tratando de adentrarnos en la Özlem historiadora. En mis manos tengo El duelo entre Carlos V y Solimán el Magnífico, un libro con el que me obsequiaste en esa fascinante e inolvidable Estambul y que es el fruto de tu tesis doctoral por la Universidad de Salamanca. No hace mucho me contabas también que andas investigando sobre el corsario Barbarroja para otro futuro volumen. Özlem, siendo escritora de novelas de amor y de historia y al ser estos dos géneros distintos, ¿podrías decirnos con cuál de ellos te identificas o te sientes más cómoda a la hora de escribir y si los dos te interesan en igual medida?

     —ÖK: Yo también me pregunto muchas veces qué haría si tuviera que elegir sólo una de estas cositas. La historia es mi pasión, escribir historia también. Pasar los días fríos en un archivo con los documentos que tienen cientos y cientos de años, seguir los pasos de algunos antepasados medio locos, pero muy interesantes. A veces con una sola palabra que encuentro en un archivo o sólo una frase que me abre nuevos caminos, me vuelvo loca. Sin embargo, por otro lado, vivir sin escribir novelas me parece algo fuera de razón. ¡No podría! Mis novelas son como mis diarios. Soy una persona que no sabe vivir sin pequeños cuadernitos en la bolsa, en los bolsillos, debajo de la cama, en el baño... A veces me despierto Özlem y Bósforo... Tan cerca siempre © Antonio Marín Albalatey saco el cuadernito que tengo debajo de la cama, y escribo una línea en la oscuridad y vuelvo a dormir. No me preguntes cuál elegiría, porque no lo sé.

     —ECP: ¿Qué autores turcos clásicos y/o contemporáneos destacarías? ¿Y extranjeros?

     —ÖK: –Hay que empezar con Cervantes y Quevedo. Son unos genios. Me fascina su genio, aparte del don de escribir que tienen. Son unos personajes brillantes, sin palabra... Calvino también me atrae muchísimo. De la misma generación italiana, hay que enfatizar el rol de Guareschi, no sólo en el mundo literario italiano, sino mundial. Estos cuatro escritores de oro están en el top de mi lista. En cuento a los turcos, hay una que me gusta muchísimo, Sebnem Isigüzel, una joven loca que vive para escribir. Hay algunos párrafos suyos que no consigo leer. Me cambia la fisionomía, me dan ganas de vomitar. Su pluma es tan fuete que muchas veces he tenido que dejar sus libros sin terminar. Imagino que me preguntarás si esto es bueno o no. Sin duda, sí. Cambiar el estado de ánimo o las funciones corporales de un ser humano con la pluma para mí es el éxito/don que se debe valorar más. Por eso no entiendo, habiendo tantos buenísimos escritores/as en Turquía, cómo puede ir el Nobel a Pamuk, que es incapaz de jugar con los sentimientos del ser humano y que es sumamente soso cuando escribe.

     —ECP: Has nombrado a cuatro grandes. Sebnem Isigüzel sería la quinta. Alguien como tú, cuya existencia desconocía. Por lo que cuentas de ella, dan ganas de leerla porque, efectivamente, la buena literatura, debe ser crearte esos estados de ánimo. No dejarte nunca indiferente. Al parecer, es lo que te sucede con Pamuk. Te confieso que todavía no lo he leído. Me imagino que algo caerá en mis manos algún día. Lo que es una pena es que escritoras como Sebnem Isigüzel sean desconocidas fuera de su país. Porque a ti algo se te conoce. Y espero que el gran público te vaya descubriendo. Citabas antes a Cervantes y Quevedo, dos referentes en el Siglo de Oro español. Y de eso sí que sabes tú. Özlem, ¿por qué te fascina tanto esa época y de dónde arranca tu pasión por ella?

"Hola"     —ÖK: No en vano le llaman Siglo de Oro. Coincide con el Siglo de Oro otomano, la flor de la literatura otomana. Para mí Quevedo y Cervantes son unos genios insuperables. El puntillo de sentido de humor que tienen es exquisito... Más que exquisito. Como Shakespeare, es un don «that shakes everything»... Ayy, ayy.... Quevedo… Esta inteligencia envidiosa. Este poder cerebral de responder a todo con las palabras más adecuadas y más selectivas... Aquellos ojos que ven todo, aquella lengua que se burla de todo. Como mi Cervantes. Me encantaría poder ser su coetánea. Si existe otro mundo, será lo primero que haré. Si no, será una «sorpresa mala para todos», como dice un profesor mío de literatura americana.

     —ECP: Quevedo, los poetas... Hablemos un poco de los de tu país. Aunque sea el gran Ilhan Berk el más conocido a nivel internacional, me consta que hay más y muy buenos que todavía no han tenido esa suerte. Gracias a las traducciones que de Hüseyin Avni Dede y Sunay Akin hiciste para los cuadernos ochoaylanza acción poética, una afortunada minoría podemos saber de la existencia de dos magnífico bardos. Me parece tan hermoso cuando escribe Hüseyin «Los muertos que tocan el violín / van a pescar todas las tardes, / detrás de una botellita de plata con agua de rosas, / y persiguen una soledad de vino». Y aún más todavía cuando en el poema ‘Deuda’ dice Sunay «En los corredores de la lluvia / que están en las calles / tomándolas por una hucha / metía mi dinerito / por eso el que tiene / mayor deuda conmigo / es el mar». Estoy seguro de que como estos dos poetas debe haber una buena nómina de autores que el público de habla hispana desconoce. Özlem, en cuanto a difusión nacional y apoyo editorial, ¿cómo ves el panorama actual de tus contemporáneos turcos? ¿Lo tienen fácil?

     —ÖK: Es un dilema muy ridículo. Mejor dicho, es una situación tragicómica. Europa nos lee todas las mañanas en la prensa: polémicas, terrorismo kurdo, el gobierno turco problemático, etc. Pero no saben nada de la literatura turca ni quieren saberlo. Me refiero a Europa, porque “ella” es la prima culpable. En lugar de hacer la vista gorda a un país con el que tiene confines, tiene que descubrirla. Tienes que saborear la cultura riquísima de este país heredada de mil civilizaciones que pasaron por aquí o estuvieron aquí. Desgraciadamente tenemos este problema. Hay poca difusión, por no decir nada. Lo poco que se publica se ve como una gota exótica en el mar de literatura. Hay mucho que descubrir en este país, porque seguimos siendo un país de locos. Hay de todo. Hay unas obras que te congelan la sangre, otras que te echan por la ventana, otras que te embellecen. Ahora le toca a Europa descubrir la literatura de un país “ignorado”.

"Manu Chao" de Özlem Kumrular     —ECP: Sí, Occidente tiene mucho que aprender de Oriente. Ah, esta vieja Europa todavía mirándose el ombligo (…) Estamos ya, mi querida entrevistada, en la novena pregunta. Como una oración esta novena. Özlem, ¿qué representa para ti la religión, tu religión? ¿Crees que hay respeto mutuo entre religiones, por ejemplo, musulmana o cristiana?

     —ÖK: ¿Religión? Para mí es algo que separa a la gente, causa guerras, mata los inocentes... La verdadera religión es la que tienes metida en lo más profundo del alma. Si se te entiende la religión de fuera, entonces pierde el sentido. Soy musulmana. Mi religión se entiende de fuera. No entiendo a la gente que llevan turbantes enormes en la cabeza y cruces de dos toneladas de oro en el cuello. La verdadera religión tiene la obligación de alegrar el alma, no agobiarla… Sé que sólo hay un Dios, y es de todos, como dice Zorba el Griego. En este mundo, el ser más maravilloso que refleja mi entendimiento de religión y de nación es Zorba el Griego, al que considero el mejor de los mejores en el mundo del cine, la persona dramática más filosófica que existe. Con su sencillez, con su inteligencia, con su sabiduría, es un ejemplo entre mil ejemplos... Hay que rezar en solitario, hay que quitar las mezquitas e iglesias... Que sean sitios de adoración estética y artística…

     —ECP: Rezar en solitario… Acerca de esto decía San Juan de la Cruz «Apártate a una sola cosa que lo trae todo consigo, que es la soledad acompañada con oración y divina lección…». Lo cierto es que las religiones mal entendidas han creado siempre conflictos monstruosos… En nombre de Dios se han cometido (y se siguen cometiendo) atrocidades que a cualquier creyente le pone los pelos de punta. Özlem, ¿crees que será posible algún día un entendimiento entre las distintas culturas del planeta, una convivencia en paz? ¿Ves esperanza de lograrlo?

     —ÖK: ¿Entendimiento entre las distintas culturas del planeta? Es la utopía más grande del mundo. Una misión imposible. Todavía más imposible, si seguimos hablando de nuestras religiones en el público y si seguimos portando la cuestión de la religión al centro del universo. Por otra parte, aunque no existiera la noción de religión, esta paz, esta reconciliación seguiría siendo imposible por la culpa de la religión del siglo: dinero. Yo creo que estamos acercándonos hacia el fin del mundo; más violaciones, raptos, suicidios, atentados, guerras... Si existe el infierno de verdad, estamos caminando hacia él. Soy muy pesimista en este sentido, pero a la vez soy feliz de vivir los últimos respiros de un mundo que va a la muerte.

"Las relaciones entre el imperio otomano y la monarquía católica entre los años 1520-1535 y el papel de los estados satélites"     —ECP: «Madre, yo al oro me humillo…» Poderoso caballero es Don Dinero, como bien dijo nuestro inmortal y querido Quevedo. Sí, seguramente vamos camino de la destrucción. Las señales son más que evidentes (…) Veo mucho de Romanticismo en tu visión del mundo y de la muerte (…) Ya para ir terminando, y volviendo a tu literatura, me gustaría preguntarte por tus hábitos de escritura. Öz, me imagino que como todos, entre tus clases en la Universidad, simposios y conferencias, lo que te falta es tiempo. ¿De dónde lo sacas para escribir al ritmo que escribes? Y una curiosidad, ¿tienes alguna disciplina a la hora de sentarte a escribir?

     —ÖK: Yo soy muy rara. No soy de los escritores que se encierran para escribir en una habitación, o en una isla, o en un pueblo remoto... Tampoco me gusta tener tiempo para escribir. Lo que me gusta es tener “entretiempo”. No sé si existe esta palabra, pero si no, sería un regalo para la Real Academia Española. Lo que quiero decir es que me encanta escribir entre mil cosas pendientes, en una habitación llena de gente y con mucho ruido. Me encanta oír la cucharilla que se cae en un vaso de té, que viene de la cocina mientras escribo: es mi ruido favorito a la hora de escribir: me da la sensación de estar en casa y en familia (…) Yo escribo en cualquier sitio en que quepa. En un autobús, en la cola de un supermercado, incluso mientras hablo con la gente y les escucho... Tengo mil cuadernos… Uno en mi bolsa, otro en el despacho, otro debajo de mi cama, unos cuantos en todas las habitaciones... Voy apuntando tonterías diarias de la vida para convertirlas en un cuento o novela (…) Si me dieran un año entero para escribir sin otros entretenimientos, no podría escribir ni una línea. Lo que me alimenta literalmente es mi ritmo loco de vida.

     —ECP: Tu metodología de trabajo me recuerda a la del poeta Pepe Hierro. Al igual que tú, era capaz de crear rodeado de ruido. Solía bajarse al bar a escribir, mientras veía la vida pasar. Desde que murió, estoy seguro que ese lugar ya no es el mismo (…) Llegamos, querida Öz, al final de esta entrevista y (uno quisiera eternizarla) con la fantástica sensación de haber estado contigo en esa inolvidable Estambul, frente a una tetera turca. Ah, el vinoso color del té… Confieso que, aunque en todo momento frente a mí "Ünlü"ha estado Özlem, a veces he creído ver algo de Nosta. Eso me lleva a plantearte una muy tontísima y última pregunta. ¿Cuánto hay de Nosta en Özlem?

     —ÖK: Digamos 99%, por no decir 100%. El carácter de Nosta representa una Özlem en carne y hueso. La mayoría de la ficción no es ficción, no podría decir qué por tanto por ciento, pero Özlem es Nosta, y sus amigos son los de Nosta y viceversa. Me encanta inmortalizar a esta gente maravillosa que tengo a mi lado, muy cerca de mí y que vale muchísimo. Y tú no podrías evitar ser uno de los inmortalizados. Shakespeare dice que hay tres modos de inmortalizar a los seres queridos: escribir sobre ellos y hacer niños. No me acuerdo del tercero. De momento uso sólo la primera fórmula.

     —ECP: Gracias, querida, sobre todo por la sinceridad de tu discurso. Ha sido un placer inmenso tener tu precisa y preciada palabra durante este breve espacio de tiempo que, como los buenos momentos, siempre sabe a poco. Permite ahora que, tras ver de nuevo la película Cruzando el puente —y todavía con el recuerdo de aquella cena en el Hanedan Restaurantlari, donde en vano buscó la luna Emilio Sola—, me columpie con estos versos que, a modo de cierre siempre abierto, he pensado para ti:

 

Partiendo de la palabra añoranza
—Etimología de tu nombre—
Y bajo los sonidos de Estambul:

Quimera de luz y raíz de música,
Corazón de gacela encendida
Viene a ser tu recuerdo,
Bósforo arriba,
Para el blues
De mi voz.

Partiendo de ti. Partiendo.
Ya para siempre partiendo.

 

 

 

 

 

 

 

SERGIO LLORENS

 

     (Valencia, España, 1971)

     Es licenciado en Filología Hispánica.
     Ha publicado De lo canalla, del amor y de lo absurdo (2006).
     Este cuento es inédito.

© Sergio Llorens

 

 

 

EN LOS ÚLTIMOS ASIENTOS DE UN TRANVÍA

 

 

El diagnóstico de mi viejo coche     Frenos desgastados, dirección torcida, embrague a punto de romperse. Era el diagnóstico de mi viejo coche. Veinte años no es nada, dicen. Para él sí. Poco le quedaba ya, y si no ahorraba para repararlo, no le quedaría nada. El problema era el dinero. El mecánico me pedía demasiado. Y mi trabajo no daba para tanto, no daba más que para pagar el alquiler y alimentarme. Cada vez me era más difícil ganar premios literarios. En eso consistía mi trabajo. Antes los ganaba sin dificultad. Escribía un cuento, lo enviaba, y al poco me llamaban. Así gané un concurso tras otro. Llegué a ganar en varios años más de mil premios. Y eso que casi siempre me presentaba con los mismos cuentos, les cambiaba el título, algunas frases y los decoraba con nuevas metáforas.
     Sin embargo, ahora, no sabía qué pasaba. El caso era que no ganaba ningún premio desde hacía tiempo. Mi dinero sólo salía de mi cuenta corriente. Mala señal. Porque al final uno no podía ni reparar el coche, y no me quedaba más remedio que ir en tranvía. Tampoco era que necesitara ir a ningún sitio en particular. Viajaba por distraerme, por encontrar nuevas ideas. Por ver cosas. Todo escritor lleva un espía dentro: unos ojos cotillas que persiguen la realidad para luego deformarla.
     Elegí el tranvía porque me pareció un medio de transporte romántico. Con sus caras pegadas a los cristales, sus soledades en el interior, sus adioses en cada parada. Y luego aquella voz de mujer, llena de sensualidad, anunciando cada cierto tiempo la próxima parada. Aunque al final, después de oír tanto la grabación, perdía todo el encanto y pasaba a formar parte del trayecto. Ya se sabe, la rutina lo convierte todo en normal, en cotidiano.
     Mi línea preferida, la 7. Tenía veinte paradas. Su trayecto era el más céntrico. Era una línea provisional, con un recorrido alternativo al de siempre, pero esto lo supe luego, y casi pagué las consecuencias. Recorrí aquella línea durante varios días. De principio a fin. Siempre llevaba conmigo un libro llamado Veinte poemas para ser leídos en tranvía. Ya me los sabía de memoria, pero no importaba. A veces, sino había mucha gente, los recitaba en voz baja. El que más me gustaba era ‘Nocturno’. Cuando decía «El frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana». O «No hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme».
"Veinte poemas para ser leídos en un tranvía" de Oliverio Girondo     En el índice del libro copié las líneas curvas y rectas del itinerario. El mapa del tranvía. Marqué las veinte paradas. Y las llamé como los poemas del libro. Así teníamos la primera, ‘Paisaje bretón’, la segunda, ‘Café-Concierto’, la tercera, ‘Croquis en la arena’, la cuarta, ‘Nocturno’… hasta llegar a las veinte paradas, ¿o ya eran poemas? Ya sólo faltaba escuchar la voz de mujer diciendo: «Próximo poema, ‘Nocturno’».
     No estaba nada mal pasar así el día. Murmurando versos. Con los ojos muy cerca de la ventana. Esperando algo, alguna idea para mis cuentos. Normalmente abría el libro nada más sentarme en el tranvía. Sin embargo, una mañana decidí, todavía hoy no sé por qué, leer el poemario desde el principio. Desde la primera parada. Pero para eso tenía que esperar al fin del trayecto y luego volver a empezar. Bueno, tampoco había prisa. Además, así haría algo diferente y seguiría el itinerario poético del tranvía.
     Me senté en el último asiento, junto a la ventana. Era mayo, mediodía. De afuera entraba un aire de agua. El cielo parecía un papel de periódico arrugado. Lloviznaba sobre mi cara. Cerré los ojos. Las gotitas eran cálidas. Dejé el libro a un lado y me quedé así. Quieto. No sé cuántas paradas pasaron, perdí la noción del tiempo. Cuando abrí los ojos, todo había cambiado.
     El tranvía estaba lleno. Ni un sitio libre. Enfrente de mí había una chica sentada. Leía un cuaderno rojo. No pude ver su título escrito a mano. Sus dedos finos y blancos lo escondían. Estaba sumergida en la lectura. Varios lunares coloreaban uno de sus pómulos. Su cara tenía la palidez de la belleza. Una intensa soledad sombreaba el color de sus ojos. Eran inmensamente bellos, inmensamente tristes. La lluvia le empapaba el pelo, la piel, los labios. Movió sus dedos y pude leer el título: Poemas para un tranvía.
     Sentí el impulso de conocerla. De decirle lo mucho que me gustaba viajar en esta línea con un libro, que tenía un título parecido al de su cuaderno. Quise contarle que las paradas de la Línea 7 ya no eran paradas, sino poemas. Pero no le dije nada de eso. A veces, suceden otras cosas. Más inesperadas.
     El tranvía frenó de golpe. La brusquedad nos sacó del asiento y casi nos dimos de frente. El libro y el cuaderno cayeron al suelo. Al verlos ahí, juntos, cerca de mis pies, tomé el cuaderno y le dije:
     —Perdona, se te ha caído.
     —Gracias.
     —Me gusta tu cuaderno.
     —Te lo cambio por tu libro. Este cuaderno es muy valioso. Dentro escribiré mis poemas para leerlos en el tranvía.
     —Vale, te lo cambio. Pero con una condición —le propuse yo.
     —¿Cuál?
A la mañana siguiente...     —Que nos volvamos a ver.
     —Seguro que nos veremos.
     —Sí, ¿pero dónde?
     —Aquí. En estos últimos asientos.
     Fue lo último que dijo. Bajaba en la próxima. Atravesó todo el pasillo atestado de gente. Se puso en la puerta de salida. En la mano izquierda llevaba mi libro. Pensé que giraría la cabeza y que nuestras miradas se cruzarían antes de que bajara, pero no. El tranvía cerró sus puertas y siguió su camino. Y yo volví a cerrar los ojos con su cuaderno entre mis manos, el pelo mojado y el olor a lluvia en mi cara.
     La mayoría de las veces sucede lo que no tiene que suceder. Miré el cuaderno. Era de una piel roja envejecida. Lo palpé. Antes de abrirlo pensé en todas las expectativas que me ofrecía. «Dentro estarán mi poemas», recordé sus palabras. Y tenía razón, sólo había páginas en blanco. Pensé en ella, en cómo parecía leer mientras la lluvia le mojaba la cara. Sus ojos estaban fijos, inmersos en aquellas páginas vacías. Busqué algún nombre, algún número de teléfono. Nada.
     Tal vez tenía que sacar lo bueno de la situación. Aquello podía ser un buen cuento. Una chica con la cara empapada leía un cuaderno en un tranvía, un frenazo, un intercambio, y la posibilidad del reencuentro. No estaba mal para empezar. Al menos existía algo importante en un relato, el viaje del personaje. Aquella misma noche escribí el cuento. Tenía varias direcciones para enviarlo a premios literarios. Así que nada más terminarlo, lo metí en varios sobres. Listo para enviar. Listo para ganar algunos euros.
     A la mañanaza siguiente y durante muchas mañanas más, hice el mismo recorrido en el tranvía. Pero nunca más la vi. Nunca apareció aquella chica que quería escribir poemas. Yo seguí en el tranvía hasta que me cansé, o mejor, hasta que gané dinero y pude arreglar el coche. Ya no era escritor. Nunca volví a ganar ningún premio. Ni con aquel cuento de la chica del cuaderno rojo. Ahora tenía una jornada laboral de diez horas. Turno partido. No había tiempo para nada. Ni tan siquiera para historias de amor en un tranvía. Aunque en mi mente, de vez en cuando, recordaba el brillo de la lluvia en su cara, los lunares deslizándose por su pómulo izquierdo, y su pelo negro, mojado, peinado hacia atrás.
     La vida, al igual que los tranvías, no suele ir siempre por una línea recta. Los cambios siempre aparecen de una manera más o menos inesperada. Varios años después, una tarde de julio, el tranvía de la Línea 7 paró justo al lado de donde yo estaba. A través de los cristales, me pareció verla. Cuando se abrieron las puertas, entré sin pensármelo. Ella estaba al fondo, en los últimos asientos, sumergida en un libro, probablemente de poemas. Me senté justo enfrente. No levantó la mirada. Me fijé en las tapas desgastadas del libro, las puntas estaban dobladas y el color negro se había vuelto gris. Sin duda, era mi libro. El que se me cayó al suelo aquel mediodía de mayo.
Medio desnudos, medio abrazados     —Perdona, no sé si te acordarás de mí —le dije.
     —Claro que me acuerdo —dijo sin levantar los ojos—. ¿Pero es un poco tarde, no crees?
     —¿Tarde? Pero si estuve mucho tiempo haciendo la Línea 7 de arriba abajo. Y nunca te vi.
     —Esta es la Línea 7 —levantó los ojos, vi otra vez en ellos una inmensa tristeza—, la de las paradas hechas poemas —me dijo enseñándome la primera página de mi libro.
     —¿Entonces, en cuál viajaba yo?
     —No lo sé. Supongo que el día que nos conocimos cambiaron aquella línea de número. Sería provisional.
     —Vaya. ¿Sabes que estuve varios años buscándote? Cada mañana me sentaba en el último asiento. Con tu cuaderno entre las manos. Te esperé una eternidad.
     —Yo también, pero en una línea equivocada.
     Nos quedamos en silencio. Había pasado tanto tiempo. Cinco años. Y cada uno en un tranvía. ¿Cómo no me di cuenta? Qué despiste. Cuánto tiempo perdido. Recuerdo que cuando la conocí todo era diferente. Había sueños de por medio. Ilusiones. Pero las circunstancias nos obligaron a hacer cosas que no queríamos. Ella llevaba una faldita de Zara, unas medias rosa pálido y una blusa blanquísima con el holograma de unos grandes almacenes. Y yo, una camisa y una corbata desajustada por el calor. Éramos dos supervivientes. De nuestros propios sueños.
     —¿Qué pasó con tu vida? —le pregunté.
     —Cuando me conociste quería escribir poemas. Y ahora soy un poema que ficha cada día. De 9 a 2 y de 4 a 9.
     —Tampoco a mí me ha ido bien. Fui un escritor invisible. A lo único que llegué, fue a ver mi nombre escrito en el agua de los premios.
     —Y cambiaste la literatura por la corbata —me dijo desajustándome todavía más el nudo.
     —Sí. Al final renuncié.
     —Cuando se trata de comer, no hay dignidad que valga la pena. Ni la de tus sueños.
Bajamos en el próximo poema     Por las ventanillas se colaba, muy despacio, el atardecer. El interior del tranvía se coloreó de rosas y naranjas oxidados. Y de pronto, un frenazo, nuestras caras chocaron en el aire. A la misma vez una nube abrió su vientre encima del tranvía. Estrías transparentes se deslizaron por los cristales formando telarañas de agua.
     —¿Volvemos a empezar donde lo dejamos? —me preguntó.
     —Será difícil llegar.
     —Ahora somos dos.
     —Tienes razón. Al menos habrá que intentarlo.
     Nos quitamos los uniformes