BÁRBARA
JACOBS
Honestidad literaria
Ganar
el premio Xavier Villaurrutia en México es suficiente garantía
para atestiguar la importancia de una escritora. Bárbara Jacobs
es autora de libros de cuento, de ensayo, de novelas, que a veces se cruzan
con la biografía. Uno de ellos es Las hojas muertas (1987),
obra absolutamente reconocida. No hay nada más que explorar Google
para darse cuenta en esta era de la información hasta qué
punto esa novela ha marcado un antes y un después, porque está
en muchos foros, se conversa... Otro libro suyo, Escrito en el tiempo,
está conformado por 53 cartas que nunca llegaron a la revista norteamericana
Time. No fueron publicadas, y ello originó una reflexión
sobre los grandes temas de esta autora, fundamentalmente el de la propia
literatura: ¿qué es el escritor?, ¿qué es
el lenguaje?, ¿qué significa la traducción?, ¿qué
límites hay entre vida y literatura, realidad y ficción?,
¿hasta qué punto se puede ser honesto en la obra literaria?
—BÁRBARA JACOBS: Bueno, aunque he estado publicando desde hace muchos años, he sido hasta hace muy poco una escritora oculta. Pensaba que era algo que lamentar, pero me di cuenta de que estaba bastante cómoda en ese ocultamiento, en esa especie de sombra. Y ahora que no estoy tan oculta me es extraño lo que siento y lo que percibo. —ECP: Es difícil pronunciar tu nombre y apellido, ya que eres una mujer de ascendencia libanesa, padre estadounidense, y madre mexicana, en cuyo hogar se habló lo mismo francés, inglés, árabe o español. Hablando de genealogía, has dicho en más de una ocasión que los tres temas de tu obra han sido amor, familia y literatura. Puesto que tienes esa idea de familia tan cosmopolita, me gustaría que hablaras de la figura de tu padre, de Las hojas muertas. —BJ:
Tal vez mi origen libanés hizo posible que tuviera una infancia
y una primera juventud bastante peculiares, porque nací y viví
en un jardín dentro del cual había cinco casas, todas de
una misma familia. —ECP: Y después, además de varios idiomas, en tu familia se mezclan diferentes culturas y religiones. —BJ:
Mis cuatro abuelos son de origen libanés, tres son de religión
cristiana maronita y uno judío, aunque ninguno de ellos era practicante.
Al emigrar, dos abuelos lo hicieron a los EEUU y dos a México.
Hicieron una especie de sincretismo de las religiones y culturas que encontraron
a su alrededor. Tomé contacto natural con varios idiomas: el español,
el inglés, el francés —vía libanesa—
y el árabe. Básicamente desarrollé el inglés,
el español y el francés. Del árabe, aunque lo estudié
también de niña, tengo escaso dominio. —ECP: Podrías crear un idioma nuevo. —BJ: En mi primer libro, Doce cuentos en contra, uno de los cuentos está escrito en un idioma ininteligible para los lectores, aunque inteligible para mí. —ECP: Quizá por eso te interesan tanto los problemas de la traducción. —BJ: Exacto. Lo que hallamos como una destreza del autor original puede que lo sea, pero también podría deberse a una confusión de lenguas en el acto de la traducción o viceversa, ¿no? —ECP: Esa amplitud de miras está relacionada con que estudiaste Psicología, estás haciendo una tesis sobre la risa, algo absolutamente antisolemne. Reivindicas la excentricidad, tus personajes están cargados de ella. Me gustaría que hablaras de esos personajes que están entre el niño y el adulto, que tienen que decidir tantas cosas. ¿Por qué empleas a adolescentes como protagonistas con tanta frecuencia? —BJ: Esta entrevista se está caracterizando por la frontera entre Oriente y Occidente, entre tal idioma o tal otro, entre una religión u otra... Esta frontera también estaría entre ser niño y ser adulto. La adolescencia es esa frontera, es la etapa que más me entusiasma. Los adolescentes son el material de trabajo más rico, porque no están definidos, porque tienen todas las posibilidades y presentan todos los enfoques posibles. Por una razón o por otra, a partir de esa adolescencia nos decidimos por un camino que nunca sabremos si fue el bueno o no. Y nos desarrollamos hasta que nos dé la vida en unas circunstancias inseguras. La gente inconsciente nunca se pregunta si lo que está haciendo está bien o mal, si es lo que debían vivir o lo que no debían vivir. Y eso nos acerca al tema que has insinuado, que es el de la locura. En todos mis libros podemos encontrar la huella de esa inseguridad, una forma de locura que siempre está presente. La locura es la concreción de la inseguridad.
—BJ: Cuando el loco es consciente de su locura, la convierte, la transforma en algo. Hay una frase de Nijinsky que se recoge en Atormentados y que a mí me parece tremenda. Nijinsky, que era un bailarín tan poderoso, tan brillante en su expresión dancística, que provocaba que el espectador se saliera del teatro porque no soportaba tanta belleza, tanta novedad, tanto vigor en la expresividad estética. En un momento dado él experimentó alucinaciones que finalmente lo condujeron a un manicomio. Y Diaghilev, el director de una compañía de danza de los años veinte en París, fue a visitarlo después de haberlo explotado y después de haberlo dejado por algún otro que prometía mayor espectáculo. Fue a visitarlo y le rogó volver a la compañía. Pero Nijinsky le dijo sencillamente: «No, porque estoy loco». Y Diaghilev lloró. Esta decisión final de Nijinsky de encerrarse da que pensar, ¿no? Quizás encontró en un manicomio la tranquilidad que necesitaba y que la danza ya no le podía dar. —ECP: ¿Y la melancolía? Tus personajes son frágiles, conocen la realidad, pero parece que no su significado. Me gustaría que hablaras de la idea de la melancolía y el suicidio final, de la fragilidad como principio del arte en muchos casos. —BJ: La inseguridad puede mover al artista a encontrar algo, aunque no sea lo que esté buscando; porque si estás muy cómodo, tranquilo y feliz, lógicamente estás paralizado. La fuerza de la inseguridad es muy atractiva, pero también te puede llevar al abismo, sobre todo si no aguantas, si eres demasiado frágil. De todas maneras, en Atormentados hay algunas bromas, o al menos yo las considero así. Por ejemplo, en ese libro he incluido a Sigmund Freud. Nadie lo ha notado y nadie se ha reído. Es una broma de humor negro. No es para morirse de risa, pero sí creo que él fue un atormentado. Llegó a una teoría parteaguas en la Historia. Creo que si él no hubiera sido atormentado, no habría encontrado esa teoría... El reino del arte no es de los satisfechos.
—BJ: Cuando nos dimos cuenta de lo que Augusto y yo habíamos escrito en ese prólogo, nos dijimos «en la que nos metimos, porque ahora tenemos que sostener que la vida es triste». Yo sigo creyendo que la vida es triste, pero no está necesariamente asociada a la muerte, o a lo que todos asociamos a la tristeza: la pérdida, etc. Hay un cuento del italiano Corrado Alvaro que se llama ‘La madre’ en el que uno se pregunta por qué se incluye este cuento en esta antología si no es triste. Es un cuento de la vida cotidiana, absolutamente normal. Es un hombre que vive en Roma, lleva su vida, y sus padres llegan del pueblo a visitarlo unos días. ¡Eso es todo el cuento! Y en ese transcurrir de la visita se da el cuento, lo que nosotros entendimos como la tristeza de la vida. Allí no había muerte, ni fracaso, había vida diaria, cotidiana, rutinaria. —ECP: Y el cuento ‘El canario’. —BJ: Ese cuento pertenece a la neocelandesa Katherine Mansfield. Fue su última producción en vida. Murió muy joven, de tuberculosis o algo así. Y es un cuento absolutamente normal también, sin embargo cuando el libro salió... ¿Cuántos cuentos contenía? —ECP: Veinticuatro. —BJ: Pues el único comentario de todo el libro que un crítico hizo delante de mí fue: «Yo sé que ustedes son leales y mantendrán en secreto cómo hicieron el libro, pero yo estoy seguro de cuál cuento escogiste tú, ‘El canario’». Según él, yo había escogido sólo un cuento y era ese, “solamente ese”... Los cuentos los escogimos en un avión para entretenernos. Cada uno hizo su lista, que comparamos al aterrizar. En unos títulos coincidíamos, en otros no, y los fuimos ordenando. Antes de publicarlo, los leí ordenados cronológicamente y me di cuenta de una manera muy evidente de que si uno leía ese libro sin el adjetivo de ‘triste’ lo que leía era la historia de la graduación del humor en la literatura. —ECP: Hay un epígrafe de Walter Benjamin en tu libro, «Sólo saben dar esperanza los desesperados» y Monterroso y tú fuisteis capaces de demostrar que el humor es lo más triste que existe. Algo básico en tu literatura es la ironía. Además, tú hiciste una tesis sobre la historia de la risa en la literatura.
—ECP: Y llegamos a los temas de la amistad y del amor, reflejados en el libro Vida con mi amigo, que consiste en conversaciones absolutamente maravillosas de personas que van viajando por todo el mundo y en las que se puede ver la realidad de otro modo. La complicidad de la amistad es básica en tu vida, ¿no? —BJ: Vida con mi amigo es un libro que hice con la idea de escribir una biografía. Para mí, es una biografía escrita a través de conversaciones. Los interlocutores son una pareja de escritores que viajan por el mundo, por la vida y por la literatura, por el tiempo, por dentro y por fuera de ellos mismos. El narrador es la mujer. Cada conversación tiene una característica del hombre de la pareja. Si alguien lo lee con suficiente percepción verá aparecer el retrato de él y, en segundo término, de la pareja. Efectivamente, uno de los hilos conductores es el humor. —ECP: Y también el detalle fugaz, que es una manera de que se vaya hilando la vida de esos personajes a través de elementos secundarios, como Katherine Mansfield. Yo creo que por ahí hay una relación directa (...) Por otro lado, eres una experta en el estilo, cuidas muchísimo tus textos, haces una prosa muy cercana a la poesía. Desde tus primeros libros podemos observar rasgos de estilo como la parataxis... ¿Cómo trabajas, cómo corriges, metes mucho material en el cajón? —BJ: Volvemos al tema de la inseguridad. La inseguridad me hace corregir muchísimo. Y también debo la tendencia a corregir al tema de la traducción, Porque al traducir me doy cuenta de lo delicado que puede ser el uso de determinado término o sintaxis, del orden de las palabras. Me digo «pero, ¿qué quiso decir el autor aquí?, ¿por qué escogió esta palabra y no otra?, ¿por qué le dio este giro y no este otro?». Cuando escribo no quiero que entiendan algo que yo no quise decir. Entonces, me fijo mucho en que la palabra que empleo sea precisa en su significado, en su orden y en su nivel de lengua. Tengo mucho cuidado en lo que escribo, en cómo lo digo, en lo que quiero decir pensando en que el texto conteste las dudas que se le podrían presentar al traductor. Tiene que ver con la etapa de la que hablábamos, la adolescencia, tiene que ver con la confusión. —ECP: ¿Qué estás haciendo últimamente? ¿Con qué nos vas a sorprender?
—ECP:
Pues esperamos alegres e impacientes esas Vidas en vilo y reitero
mi agradecimiento por haberme concedido esta fronteriza entrevista. |