ANDRÉS NEUMAN
Érase una vez la literatura

 

Alejandro Hermosilla Sánchez

 


Andrés Neuman en Murcia © Alejandro Hermosilla Sánchez     Sin duda, dentro del caótico y deslavazado pero, desde luego, interesante mundo de la narrativa contemporánea, el nombre de Andrés Neuman sobrevuela por derecho propio entre sus vértices por el hecho de estar intentando trazar su propia ruta literaria sin equívocos y sin temor a buscarse, perderse y, de nuevo, encontrar su propia voz dentro de la misma. Y se podrá decir lo que se quiera de este hecho, pero lo cierto es que hace falta ser intrépido, valiente y, a su vez, un indómito y curioso aventurero para atreverse a navegar sin despeñarse por muchos de sus afilados surcos.
     Por todo ello, Neuman merece todos nuestros respetos y, desde hace mucho tiempo, queríamos entrevistarlo para nuestra revista teniendo en cuenta que en su persona están depositadas muchas de las futuras esperanzas de las letras hispano-argentinas y que, sobre todo, es tras peripecias biográficas y narrativas como la suya, desde donde se puede empezar a trazar un mapa cartográfico sobre el incierto y esquivo presente de la narrativa actual así como sobre su futuro.
     Amparándose en la sabia enseñanza que le concediera José Viñals —es más importante el hombre que escribe que sus propios escritos— Andrés Neuman respondió a nuestras preguntas —a pesar de cientos de compromisos y unos muy molestos problemas familiares— con una gentileza, inteligencia y amabilidad que le honran, así como una complicidad que desvela un carácter tan sensible y sincero como presto al entusiasmo. En suma, cualidades todas sin las cuales no puede concebirse creación alguna y sin las que, suponemos, no podríamos estar hablando de un escritor como él, siempre atento a dispararse hacia los distintos rumbos y vías vitales y narrativas a los que la vida le vaya encomendando. Sin nostalgias y sin falsos atavismos.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Es curioso que tu yo ficcional en Una vez Argentina comente que se inició en la literatura relativamente tarde si se compara con otros escritores. Tu entrada en la misma no fue insistente creo que hasta los diez u once años y confiesas que en tu familia leían tanto que tu primer impulso fue aborrecerla. Explícame un poco tus orígenes literarios al margen de lo narrado en este libro en el que declaras haber amado a Poe con intensidad porque, por otro lado, sí que como declaras en una entrevista a Literateworld tu decisión de ser escritor fue temprana y en ella jugaron un papel muy importante tanto tu abuela Dorita como José Viñals. ¿Qué nos puedes indicar de Viñals, escritor semidesconocido en nuestro país por más que recientemente ganara algún prestigioso premio literario y se encuentre radicado entre nosotros desde el 79?

—ANDRÉS NEUMAN: Bueno, lo que se cuenta en la novela no es del todo exacto, o es cierto sólo a medias. Es cierto que en mi casa había muchos libros, y que el instinto de desobediencia que todo niño tiene hizo que yo tardase un poco en aceptar la biblioteca de mis padres como parte de mí mismo. Pero, mientras tanto, en realidad sí que leía. Leía novelas de aventuras, policíacas, tebeos de todas clases, incluso los periódicos, que iba a buscar cada mañana debajo de la puerta y que por supuesto no entendía. Lo que pasa es que nada de eso lo hacía con voluntad literaria, consideraba esas lecturas simplemente como un pasatiempo maravilloso. Suele decirse que un escritor se descubre o reconoce como tal leyendo. "Una vez Argentina" de Andrés NeumanMi caso no fue así, o no desde el principio. Tengo la sensación de que la literatura se me presentó primero en la práctica, en forma de ganas de narrar. Siempre había sido medio cuentista, un narrador improvisado, pero no me daba cuenta. Contarles historias a los demás, incluyendo por supuesto a mi abuela Dorita, era lo que más feliz me hacía (junto con jugar al fútbol). También disfrutaba mezclando palabras o cambiándoles el significado. En esto mi padre colaboró mucho, porque le encantaban las rimas absurdas, las oraciones sin sentido y los trabalenguas surrealistas. Me recuerdo como un niño al que le gustaba inventar mentiras por el puro gusto de escuchar cómo sonaban, cómo la historia de esas mentiras cobraba vida propia y me iba llevando de un personaje a otro. Me gustaba imaginar anécdotas raras, accidentes imaginarios, falsas aventuras, y de esa forma tenía la sensación de que mi vida era emocionante. Por eso creo que, más que iniciarme tardíamente, tardé un poco en darme cuenta de que la otra mitad de la literatura, el mundo de las lecturas, estaba conectada con la otra mitad que a mí me interesaba, la de contar historias, y que la iba a enriquecer. Cuando descubrí semejante obviedad, no paré de leer durante toda la adolescencia. Desgraciadamente, lo que sí dejé de hacer fue jugar al fútbol. A los doce o catorce años, yo me decía: vas a ser goleador o escritor, una de dos. Y me temo que para lo primero no estaba capacitado, qué le vamos a hacer. A esa edad mis obsesiones eran dos: entrenar con el balón y pasar a limpio los mamarrachos que escribía. En mi casa había una máquina Olivetti y me pasaba la tarde entera mecanografiando con los dedos índices. Me tomaba el asunto en serio, cómicamente en serio, te diría. Ordenaba los textos en carpetas, los fechaba, los dividía por géneros (más tarde supe que la mayoría de esos géneros que yo anotaba en las carpetas no existían). Para ser sincero, también tenía una tercera obsesión, que eran las chicas. Pero como no me hacían ni caso, pues tenía más tiempo para practicar con la Olivetti.
     Sobre José Viñals, finalmente, no sería exagerado calificarlo como un padre literario para mí, al menos en mis inicios. Lo conocí creo que en el 91, recién llegado a España, y fue el primer escritor de verdad con el que tuve ocasión de hablar. José tuvo la generosidad y la paciencia de leer mis cosas de entonces. A partir de ese momento empecé a visitarlo cada quince días a su casa de Jaén. Esos fines de semana para mí eran una fiesta, me levantaba lleno de ilusión y expectativa, como quien va a entrevistarse con el misterio. Llegaba a Jaén antes del almuerzo, conversaba con él y su encantadora esposa Martha, bebíamos coñac (que me sentaba fatal), charlábamos mucho, revisábamos los textos y él me aconsejaba lecturas espléndidas que yo iba a buscar corriendo. Gracias a él aprendí infinidad de cosas, tanto en lo literario como en lo humano. Son tantas las anécdotas con José, que no sabría por cuál empezar. El primer día que hablamos, me dijo: «más importante que los textos es el hombre que los escribe». Yo asentí y, naturalmente, no tenía ni idea de a qué se refería. Él me enseñó a corregir coma por coma, a replantear un argumento, a elegir una palabra, a José Viñals, maestro de Neumanser riguroso con la gramática y a la vez atrevido con la forma. Durante varios años, puede decirse que lo obedecí en casi todo. Más tarde fui formándome mi propio criterio, y me sentí de acuerdo con él en determinadas opiniones y en otras menos. Pero jamás he dejado de estarle agradecido en el alma, de leerlo y de quererlo inmensamente. De hecho, sigo considerándolo un poeta excelente que merecería ser más leído. Me consta que tiene lectores fervorosos que lo admiran incondicionalmente. A quien no lo conozca, sólo puedo recomendarle que se detenga en libros como El amor, Concierto para laúd y fémur, Telón de boca, Milagro a milagro, Padreoscuro o Animales, amores, parajes y blasfemias, entre otros muchos.
     ¡Dios mío, qué respuesta tan larga! Prometo ser mucho más breve de ahora en adelante.

     —ECP: Por cierto, hay una imagen de increíble fuerza en Una vez Argentina y bajo la que subyace una lectura poética y simbólica que es la final, en la que te encuentras trabajando en el campo con tu abuelo Mario para plantar un árbol. Explícame un poco la misma. A mí me recordó al principio de Sacrificio de Tarkovsky: una especie de oda o elegía al sentido de la vida, al por qué estamos en este mundo a partir de una tradición que debe sustentarse y que está por encima de nosotros más allá de nuestra situación de aparente desvalimiento o de real exilio en este mundo.

     —AN: Bueno, el sentido de la vida se lo dejamos a Tarkovsky, creo que dicho así, a nosotros nos queda grande. Pero me alegra que esa imagen final te pareciese significativa, porque para mí, en lo personal, lo fue y mucho. Se trata de un recuerdo de infancia que, sin yo saberlo entonces, tuvo la forma de una hermosa metáfora. Yo tendría seis años. Estábamos en un cortijo. Mi abuelo Mario estaba a punto de morir (cosa que yo tampoco sabía) y me propuso que fuéramos a plantar un árbol. Lo acompañé, y eso hicimos. Plantamos (bueno, plantó él) un sauce llorón. Lo recuerdo cavando, limpiando las raíces, apretando la tierra. Un par de días después, mi abuelo Mario murió. No fui consciente hasta mucho más tarde de que aquel había sido mi último recuerdo de él, con él. Entonces descubrí que el sentido de ese pequeño recuerdo era el sentido de mi propia memoria, de toda memoria: irse, dejando algo; desaparecer, pero no en vano. Lo que hacen las personas que amamos al marcharse es lo que hizo conmigo mi abuelo: dejarme un árbol. Algo que da sombra, protege, permite respirar y no es estático, crece, va evolucionando. El pasado, la memoria, también crece o se seca, se desarrolla o se transplanta. Ese árbol, el de Mario, ha sido el más importante de mi vida. Y varias veces he tratado de escribirle un homenaje, un muchas gracias. Aparece en un poema de El tobogán, y reaparece al final de Una vez Argentina.

     —ECP: La presencia del abuelo está bastante presente en toda tu obra. En El tobogán vuelve a aparecer en otro contexto esta imagen en el poema ‘El jardinero’. Y en El último minuto hay una narración, ‘La bañera’, en la que imaginas los últimos pensamientos de tu abuelo. Háblame un poco de tu abuelo y de este gozoso y jugoso cruce de caminos.

"El tobogán" de Andrés Neuman     —AN: Exacto, a ese poema me refería. Bueno, creo que la figura del abuelo encaja bastante con mi idea de la familia, porque un abuelo es y no es un padre, se hereda pero también se elige. Los padres son obligatorios, mientras que en cierta manera un nieto elige a sus abuelos, quiero decir que elige hasta dónde relacionarse con ellos, qué grado de paternidad o maternidad les atribuye. Y conste que no lo digo por mis propios padres, a quienes quiero una barbaridad y de los que me siento muy orgulloso. Lo digo en general, en términos simbólicos. Pienso que los países, las patrias, son algo a medias dado y a medias construido. Y que las identidades, los linajes de cualquier clase, tienen bastante de voluntario, de búsqueda. Un abuelo también tiene esa propiedad: se lo conoce de niño, suele morir más o menos pronto, y nos pasamos el resto de la vida rescatándolo, reinventándolo, ordenándole las raíces como el sauce de Mario.
     Sobre la anécdota real que dio origen al cuento ‘La bañera’, no quisiera decir mucho, porque se trata de algo doloroso que pertenece a la intimidad de la familia y en especial de mi madre. Mi otro abuelo, Jacinto, a quien le debo el violín porque me enseñó a tocarlo de niño (mal, por cierto: sospecho que su nieto era un alumno sin talento), decidió suicidarse al cumplir 80 años. Para tratar de asimilarlo, escribí ‘La bañera’ y le inventé a mi abuelo un segundo de bienestar antes del fin. Traté de que fuera un cuento duro, sin rodeos, pero a la vez compasivo. Eso es todo.

     —ECP: Asimismo, hay un momento en Una vez Argentina en que evocas imaginariamente lo que hubiera podido suceder de ser torturado por los secuaces de Videla y en El último minuto esta idea vuelve a aparecer en el cuento ‘Un cigarrillo’. Háblame de esto. ¿Cómo valoras la película Una historia oficial de Luis Puenzo o aquellas que se han dedicado a narrarnos estos sucesos? ¿En qué medida te viste implicado en ellos a pesar de ser un niño cuando todo esto estaba sucediendo? ¿Sientes escalofríos al revivirlos por tus recuerdos familiares o de personas cercanas que sí sufrieron aquella época?

     —AN: Tienes toda la razón, y te confieso que me avergüenza un poco la atención que has prestado a todos esos detalles. Te lo agradezco mucho y te elogio la paciencia. Como tú dices, ese capítulo onírico (o de pesadilla) de Una vez Argentina y aquel cuento de El último minuto están bastante conectados. Sólo que el orden fue el inverso: en realidad el cuento se escribió primero. Me interesaba pensar la relación torturador-torturado desde una perspectiva atroz pero humanamente cierta: muchas personas podrían estar de un lado u otro, y seguirían siendo ellas. Quiero decir que, por desgracia, somos humanamente muy capaces de sufrir y hacer sufrir, de curar a alguien o hacerle daño, de ser víctimas o verdugos. Y me "El último minuto" de Andrés Neumaninteresaba tratar de ponerme en el lugar de ambos. El cuento ‘Un cigarrillo’ sucede entre dos amigos y antiguos socios, se entiende que mafiosos, que por una serie de circunstancias de pronto se hallan el uno frente al otro, uno con una pistola y el otro atado en una silla. El primero, el que va a disparar, no deja de sentir cierta simpatía por su antiguo amigo. Pero él lo ha traicionado, le ha estropeado el negocio, y ha decidido asesinarlo. Evidentemente eso le crea un conflicto. Aunque no el suficiente como para dejar de disparar. El otro, el que espera el disparo, está en la situación inversa: tiene mucho miedo, no quiere morir, y sin embargo entiende por qué su antiguo socio ha decidido matarlo y sabe que, de haber estado en su lugar, por cruel que pareciese, seguramente habría hecho lo mismo. El cuento narra cómo ambos se acercan a esos respectivos destinos, minuto a minuto. En cuanto al capítulo de la novela, lo terrible que le ocurre al personaje es que, tras ser torturado durante bastante tiempo a la manera nazi de Videla, sus torturadores lo obligan a delatar a un amigo. El personaje, al borde del desfallecimiento, termina involucrándolo. Entonces le quitan la venda de los ojos y le muestran cómo ese amigo suyo había estado escuchando su confesión, maniatado en la misma celda. En esa escena me interesaba analizar (o metaforizar) el tema de la culpa colectiva y su transmisión generacional, que ha sido y sigue siendo uno de los grandes agujeros negros de la sociedad argentina.
     Por supuesto, como toda mi generación, yo he vivido todo eso a través de la herencia familiar. Y, lo que es más paradójico, también lo viví en primera persona sin darme mucha cuenta. La dictadura atravesó la infancia de quienes nacimos en Argentina y hoy tenemos entre 30 y 35 años. Sin embargo, esa generación creció después en democracia, casi como si nada hubiese pasado. Y eso ha producido una serie de desajustes, una especie de semi-olvido o negación involuntaria, un suelo de pánico por el que caminamos de niños con absoluta ignorancia. Por ponerte un ejemplo mínimo, y aunque parezca mentira, no fue hace mucho cuando caí en la cuenta de un detalle terrible y al mismo tiempo emocionante: si nací en enero del 77, eso significa que fui concebido simultáneamente con el golpe de Estado. Así que mis padres, que como tantos otros sufrieron la dictadura de forma directa e indirecta, decidieron tener un hijo mientras se "Bariloche" de Andrés Neumandesencadenaba la represión.

     —ECP: Realmente, al leer Bariloche uno siente que está ante la voz de un hombre mucho más maduro que el joven que la escribió. Y no sé si te parecerá esto acertado, pero hay un pequeño regusto al Sábato de Sobre héroes y tumbas en todo el libro. ¿Cuál es tu opinión sobre Sábato, del que sólo recuerdo haberte oído mencionar tu encuentro con él en Madrid y otros escritores de la literatura argentina como Murena, César Aira (al que has dedicado algún artículo bastante suculento) o un escritor cuya temática en algún libro no siento demasiado alejada de la tuya como Belgrano Rawson?

     —AN: No había pensado en la asociación con Sábato, aunque es posible, porque en mi adolescencia leí con fruición Sobre héroes y tumbas, y en general toda la literatura existencialista me atraía mucho en esa época. También tenía muy presentes a Sartre, Camus o Beckett. De todas formas, ahora Sábato no es un autor que me interese demasiado. Ni siquiera esa novela, que para mí es sin duda la mejor de él (porque El túnel no deja de ser una nouvelle clásica sin especiales sorpresas, y El exterminador hoy la considero sencillamente ilegible). Quizá porque la ética del victimismo y la queja, todo esa especie de prestigio que Sábato parece atribuirle a los sentimientos atormentados y apocalípticos, han dejado de interesarme por completo. Pero en la época en que escribí Bariloche (empecé la novela en el 96, o sea a los diecinueve años) posiblemente no pensaba así. De todas formas, las influencias nunca son como uno las piensa y mucho menos como uno las busca. Es como enamorarse: podemos pasarnos la vida planeando cómo podría ser la mujer o el hombre de nuestra vida, y lo más probable es que el día menos pensado se nos cruce alguien opuesto que nos destroce los esquemas y nos enseñe quiénes y cómo somos.
     De la literatura argentina contemporánea, además de los autores que citas, me interesan entre otros Fogwill (especialmente sus cuentos), Piglia o Marcelo Cohen (especialmente sus ensayos), Rodrigo Fresán (especialmente sus artículos, que se parecen al resto de su obra), poetas como Hugo Padeletti, Arturo Carrera, Jorge Bocannera o Joaquín Gianuzzi, narradores como Héctor Tizón, Ana María Shúa o una cuentista muy poco conocida como Hebe Uhart. La verdad es que la lista sería larga. La literatura argentina es como su deuda externa: por mucho que se empeñen las circunstancias, no deja de crecer.

     —ECP: ¿Fue premeditado, un cambio brusco o una verdadera evolución el cambio de registro narrativo que se percibe del expresionista Bariloche al más lírico Una vez Argentina o al casi juvenil La vida en las ventanas? Supongo que cada historia te pide o impone una determinada voz narrativa, pero explícame si puedes un poco más esto.

"La vida en las ventanas" de Andrés Neuman     —AN: El cambio de registro entre Bariloche y La vida en las ventanas fue bastante deliberado. Venía de publicar una primera novela que tuvo suerte, que fue bien acogida, y que estaba escrita de forma compleja y, por así decirlo, muy seria. Recuerdo que ese libro fue recibido con una especie de «caramba, qué joven es y qué mayor parece» (tú mismo me señalabas algo parecido). Y eso fue algo que en cierto modo llegó a angustiarme, porque sentí que en adelante tendría la obligación de seguir comportándome literariamente así. Al empezar a publicar demasiado joven, como eres más influenciable, corres el riesgo de que, más que proponerles tú un estilo a los lectores, sean los lectores (y especialmente la crítica) quienes te orienten o traten de hacerlo. Si obtienes una respuesta negativa, el peligro es pensar: «ah, por aquí no es», cuando resulta que a lo mejor ese sí era tu camino estético de todos modos. Y si obtienes una respuesta favorable, también corres el riesgo de pensar: «ah, bueno, entonces es por aquí». Por eso decidí que (si quería seguir aprendiendo, si quería descubrir qué clase de escritor era y no limitarme a mostrar la cara que los demás me estaban dibujando) la siguiente novela debía ser completamente distinta a Bariloche, casi opuesta. Y así resultó más o menos. Si la primera tenía una prosa densa, incorporaba seis o siete voces y tenía una estructura llena de saltos en el tiempo, la segunda fue escrita con una sola voz, mucho más coloquial, que se mantiene durante doscientas páginas y que narra casi siempre en orden lineal.
     Por supuesto, todo lo anterior es, a pesar de todo, relativamente secundario. Lo decisivo, como bien has señalado tú, es lo que cada historia te pide. Yo me había propuesto todo eso, cierto, pero si la historia que se me ocurrió me hubiese pedido otros recursos, habría terminado empleándolos. Mi pequeña teoría es muy sencilla: obedece a los personajes. Síguelos. Escúchalos. Piensa intensa, obsesivamente en ellos. Y así, más tarde o más temprano, la voz narrativa, la estructura y todo lo demás saldrá de forma natural, por boca de ellos mismos. Hay una especie de necesidad o coherencia interna en los argumentos que nos vienen a la cabeza. Y toda la dificultad se centra, creo, en descifrar el lenguaje particular que esos argumentos llevan implícitos y que permitirá que fluyan.

     —ECP: Háblanos un poco de tu relación con Roberto Bolaño. ¿En qué sentido te animó a tomar impulso para escribir La vida en las ventanas? ¿Cómo valoras 2666?

     —AN: Además de un enorme escritor, pienso que Bolaño fue un hombre tremendamente contradictorio, como casi toda la gente profunda. Era capaz de una ternura de niño o de sarcasmos hirientes, de la más desinteresada generosidad con los jóvenes o de la crueldad más visceral con sus colegas mayores, de la libertad más absoluta al escribir y al mismo tiempo de una extraña preocupación por los qué dirán del gremio. En lo personal, a mí me tocó conocer todo lo bueno. Conmigo no tuvo más que palabras de aliento, complicidad, humor, cariño. Y de verdad llegué a quererlo mucho en poco tiempo. Lo conocí por casualidad. Él estaba en el jurado del Premio Herralde de 1999, porque el año anterior había ganado con Los detectives salvajes, y tuve la fortuna de que le gustara Bariloche. Hasta aquel "Los detectives salvajes" de Roberto Bolañomomento, jamás había visto a Bolaño ni tampoco lo había leído. Si no me equivoco, aquel fue el único año en que formó parte de ese jurado. Y a veces pienso que, sin ese azar, probablemente nunca lo hubiera conocido. A partir de entonces empezamos a tratarnos. Y fui adquiriendo la costumbre, como tantos otros amigos suyos, de compartir con él dos subgéneros literarios que a Bolaño le encantaban y practicaba con maestría: las largas conversaciones telefónicas y los correos agudos. Llegué a estar enamorado de esa manera afónica que tenía de reírse por teléfono y de la inteligencia irónica de sus mensajes. Sus charlas discurrían en espiral, ingeniosas, eruditas, con un sentido del humor muy peculiar, áspero y como en clave. Yo no tenía ni idea de nada (sigo igual), pero solía hablarle sin pudor, por pura ignorancia. Y creo que a él le divertía ese descaro juvenil. Solía darme consejos sabios y originales. Cuando me atasqué en la escritura de La vida en las ventanas, porque tenía dudas y también cierto miedo por sus diferencias con la anterior, recuerdo que me dijo algo así como: «te ordeno que la termines». También recuerdo que una vez jugamos al ajedrez durante toda la noche en su casa. Ese es quizás el mejor recuerdo que guardo de él: jugamos al ajedrez durante horas, me ganó, me leyó un libro suyo inédito de poemas (creo que fue el que luego se tituló Tres), más tarde cruzamos hasta su despacho (que estaba enfrente de su casa y era una especie de guarida hedionda llena de cajas, bártulos, recortes de periódicos clavados en un corcho y un ordenador 486 que ya entonces resultaba jurásico), me dio una manta vieja y allí me quedé durmiendo hasta la mañana siguiente. A causa de su salud, Bolaño vivió durante años como un moribundo que se despedía. Y, visto desde ahora, me doy cuenta de que también escribió así: con la furia de las últimas oportunidades, con la melancolía vitalista de los enfermos graves. Pienso que eso es lo que hay que hacer, escribir de esa forma, pero estando todavía sanos.
     ¿Cómo valoro 2666? Me cuesta opinar, porque sé en qué condiciones de urgencia, angustia y precipitación la escribió, y aunque se esforzase mucho en terminarla es evidente que, de haber tenido tiempo, la habría corregido seriamente. Es un libro parcialmente inconcluso al fin y al cabo, como una película sin postproducción. Así que me quedo con su indudable obra maestra, Los detectives salvajes, y con otros libros geniales como Nocturno de Chile, Llamadas telefónicas o La literatura nazi.

     —ECP: Creo que en tus dos libros de cuentos la influencia de una u otra manera de Cortázar, Carver o Chejov es patente. No sé si estarás de acuerdo con esto, pero, en todo caso, me gustaría saber qué opinas de un escritor como Salinger y su colección Nueve cuentos.

"El que espera" de Andrés Neuman     —AN: Quizá lo que me interesaría es la combinación entre Cortázar y Carver, entre el sentido lúdico, la inquietud y la ternura de uno, y la sequedad, la precisión, la sobriedad del otro. Se podría decir algo parecido de la pareja antitética Quiroga-Chejov. Pero, como te comentaba antes, las influencias no se eligen. Uno elige qué lee, pero no qué le influye. Tus padres pueden terminar siendo quienes menos te esperabas, por no decir quienes menos deseabas. De Salinger opino que el cabrón era buenísimo, y que hay dos o tres piezas de los Nueve cuentos que encuentro magistrales, memorables. También añadiría a Cheever a la lista.

     —ECP: Por cierto, y aunque supongo que será absolutamente ficcional, ¿el cuento ‘Continuidad de los infiernos’ está basado en alguna experiencia real? Cuéntamela si esto es así.

     —AN: Es sencillo, y también muy delicado. Mi padre sufrió un infarto hace unos años, y yo iba todos los días a verlo al hospital. E iba en su coche, que aparcaba en la cochera del hospital. Esas semanas tuve tanto miedo, me sentí tan desprotegido, que curiosamente el único lugar donde me sentía seguro era en las cocheras, varias plantas bajo tierra. Era como si ninguna desgracia pudiera encontrarme allí, tan abajo. Era mi escondite. Por supuesto, jamás se me ocurrió hacer nada parecido a lo que hace el personaje del cuento, ni tampoco me quedaba, como él, pasando el rato allí. Era sólo una sensación que tuve esos días. Y a partir de esa sensación se me ocurrió la historia de ‘Continuidad de los infiernos’, que toma una derivación ambigua, levemente fantástica.

     —ECP: Si la poesía es un lenguaje de llegada como afirmas en El equilibrista, ¿a qué correspondería el lenguaje narrativo? ¿Y el crítico?

     —AN: Siguiendo el juego, supongo que la narración sería el lenguaje de partida, o sea el que te permite empezar a hablar o a contar. Y el crítico sería el lenguaje del camino, del trayecto, el que te lleva hacia alguna parte. Y ese lugar es, claro, la poesía.

     —ECP: Hay pasajes que adoro de tus libros y son aquellos que aparecen de una manera u otra por todos ellos en los que hablas de los ritos de la virilidad en las escuelas de tu país. Háblame un poco de esto y en qué medida crees que fue beneficioso o perjudicial. ¿Qué lugar y papel ocupaban y jugaban el fútbol, el ejército y la religión en todo esto?

     —AN: Creo que la educación sentimental masculina, la forma de enfocarla, ha sido uno de los mayores malentendidos de nuestra cultura. No lo digo en términos sexuales, sino ideológicos. Esos ritos violentos de iniciación infantil a la virilidad, de los que ahora tú o yo podremos reímos pero que en su momento seguramente nos causaron (a mí por lo menos sí) terrores y disgustos, están entre las "Alumbramiento" de Andrés Neumanexperiencias que más marcaron mi primera memoria, yo diría que tanto como la emigración. Así que beneficioso, lo que se dice beneficioso, no lo fue. Sí quizás aleccionador. Pero preferiría habérmelo ahorrado, ir a un colegio mixto y tratar de ligar con las niñas (o al menos tirarles de las trenzas), en vez de haberme pasado la infancia defendiendo mi territorio y calculando con quién me convenía pegarme dentro de la clase. Eso sí, en esa pequeña jungla el fútbol fue un oasis, o un espacio de subversión. Mientras jugábamos, las jerarquías eran otras: allí mandaba el que marcara goles o mejor tocase el balón, allí los más fuertes de la clase no eran necesariamente los más respetados, y los malos alumnos tenían la posibilidad de ser brillantes por un rato. Por eso siempre le estaré agradecido al fútbol, que hace bastante que no practico pero con el que mantengo un vínculo sentimental, no sólo deportivo. En cuanto al ejército, no jugó un papel activo en mi escolarización (la dictadura terminó justo cuando ingresé en la escuela), aunque permaneció latente en muchas de las costumbres educativas que nos tocó recibir. Nunca entenderé por qué, en plena democracia y en una escuela supuestamente progresista, nos hacían formar fila y tomar distancia con el brazo, cantar un montón de himnos a próceres, izar la bandera cada mañana y un montón de chorradas castrenses más. La religión, por suerte, no me cayó en desgracia. Era un colegio laico, igual que mi familia. De alguna tenía que librarme.

     —ECP: Una curiosidad vital. ¿Qué es lo que te dio y ofreció Granada como ciudad? ¿Cuáles fueron los cambios básicos que encontraste entre España y Argentina al llegar a nuestro país?

     —AN: Uf, eso daría para una autobiografía entera. O para un ensayo antropológico. Pero no quiero aburrir a nadie, empezando por mí mismo. Así que resumamos drásticamente: Granada me enseñó a apreciar las distancias cortas, la parte sabia de la vida provinciana, el gusto por mirar las montañas, y seguramente también me dio la poesía, porque cuando entré en la facultad de letras allí nadie escribía narrativa. Allí todos querían ser poetas. Y, por tratar de adaptarme, empecé a leer y escribir poesía regularmente. Cuando me quise dar cuenta, había encontrado otra vocación. ¿Qué cosas perdí dejando Buenos Aires? Afectos, ante todo. Y supongo que cierto cosmopolitismo imposible de ver en las ciudades pequeñas, los cafés de noche, los cines en versión original, cierto sentido del humor irónico que en Andalucía no se estila demasiado. Nada grave. O sí, pero no importa.

     —ECP: ¿Sigue teniendo valor la tradicional dicotomía Sarmiento-Rosas? ¿Qué opinas del encumbramiento y posterior derrumbe que se hizo de tantos y tantos próceres argentinos? ¿Crees que la llegada de Kirchner al poder en tu país de origen ha sido tan beneficiosa como parece? Sé que es una pregunta difícil de contestar, pero para ti, ¿cuál es el acto o suceso político que más cruentamente ha facilitado la suerte esquiva de la Argentina más allá de la dictadura de Videla y sus funestas operaciones?

     —AN: Creo que ahora Sarmiento no estaría representado por ningún sector político, porque hoy no existe un partido de clase media ilustrada. Hoy sólo quedarían rosistas. Y neoliberales y neopopulistas. De todas formas, Kirchner me ha parecido un mal menor para el país: sin duda era el candidato más rescatable de los que se presentaron a las elecciones, y su gestión creo que ha sido positiva en determinados ámbitos (por ejemplo en la defensa de los derechos humanos o en las relaciones con el capital extranjero), mientras en otros no tanto (por ejemplo en el manejo de la prensa o en la democracia interna de su partido). Sobre el encumbramiento y el derrumbe de los próceres nacionales, nada nuevo bajo el sol: el pueblo argentino, como todos los pueblos latinoamericanos, adora creer temporalmente que "El equilibrista" de Andrés Neumanha encontrado al Mesías o a Papá Líder, y lo apoya con ardor y se hace cómplice de sus políticas y finalmente lo sufre, para después fingir que nunca lo ha apoyado. Y así hasta que llega el siguiente. Ojalá ese esquema se supere algún día, aunque tengo mis dudas. En cuanto a lo peor que le ha pasado al país aparte de sus espantosas dictaduras, para mí lo peor con diferencia ha sido el menemismo. Que fue, a propósito, la razón definitiva por la que mis padres emigraron. Creo que el país todavía no se ha recuperado económica ni moralmente de esa década.

     —ECP: Terminando con otros temas, ¿sigue intacta tu pasión por Boca Juniors? ¿Hay algún jugador actual que haya podido sustituir tu amor a Daniel Tapia? ¿Cómo has vivido los últimos grandes éxitos del club y su fracaso último con la final perdida contra Estudiantes?

     —AN: Intacta no, porque cuando era niño lo primero que hacía al levantarme los domingos era encender la radio, consultar la alineación en el periódico y después seguir el partido, ver los resúmenes y finalmente leer las crónicas al día siguiente. Ahora, la verdad, ni siquiera sé muy bien quiénes juegan en Boca. Pero me fijo en los resultados, atiendo más o menos a las noticias y me considero, claro, todavía hincha de Boca. En tono menor. Así que tampoco pienso cortarme las venas si Estudiantes vuelve a ganarnos... ¿Alguien sustituyó a Tapia como exquisito 10 xeneize? Hubo intentos, más bien fallidos. Estuvo Diego Latorre, que resultó ser demasiado individualista y terco. Y después vino Riquelme, sin duda el mejor desde Tapia, aunque Riquelme es diestro (grave diferencia) y parece causar problemas de vestuario que me parece que no causaba Tapia. Aquí en España soy del Real Madrid. Me hice del Madrid cuando el club fichó a Valdano, al que siempre he admirado, y a Redondo, que por entonces era mi centrocampista predilecto. Ahora ya no están ninguno de los dos, pero entre medias me volví madridista y ya no puedo remediarlo. Por cierto, qué coñazo mediocre fue lo de Capello. Así no da ni gusto ser campeón de Liga.

     —ECP: ¿Hay algún libro que te tenga actualmente atrapado? ¿Tus películas y cómics de referencia? ¿Qué opinas de la obra de Leonardo Favio? Y en cuanto a música ¿sigue sin gustarte el rock argentino? ¿Destacarías algún músico actualmente de tu país?

     —AN: Me atrapó hace poco Senectud, de Italo Svevo. Como elegir mi película clásica favorita me sería imposible, te diré que entre las películas recientes me han gustado mucho Breaking and entering de Tony Minguella, otra llamada Stranger than fiction con Emma Thompson, una maravillosa y triste sobre el pueblo kurdo titulada Las tortugas también vuelan, y el conmovedor documental de pájaros Nómadas del viento. De Leonardo Favio sé poquísimo, lo siento. El rock argentino ahora sí me gusta, como corresponde a un emigrado. Adoro (y detesto) al Charly García solista. Y creo que todavía no ha habido nada mejor que Serú Girán. Me interesan entre otros Ariel Rot y a veces, dependiendo del disco, Calamaro. No estaban nada mal Los Redonditos de Ricota. En un tiempo me gustó mucho Soda Stereo, he oído que se volverán a juntar. Habrás comprobado que estoy pasado de moda. De los músicos actuales de por allá, tampoco es que esté muy al día. Pero puedo jurarte que las canciones de Coti me producen verdadera alergia.

 

 

MONÓLOGO DEL RISUEÑO

 

Andrés Neuman

 


     Sucede siempre igual. Cargo el arma. La alzo. La contemplo un momento frente a frente, como si tuviera algo que decirme. La dirijo a mi sien izquierda (izquierda, sí: soy zurdo). Respiro hondo. Vuelvo a respirar hondo. Aprieto bien los párpados. Se me frunce la cara. Acaricio el gatillo. Me noto las rayas húmedas del dedo. Voy tomando impulso. Descargo la fuerza poco a poco, cuidadosamente, como si hubiera en mí un escape de gas nocivo. Junto los dientes. Casi. El dedo se me dobla. Ya. Y entonces, lo de siempre: un ataque de risa. Una risa instantánea, brutal y sin razones que estremece todo mi cuerpo, me hace bajar el arma, me derriba del asiento, me impide disparar.
     No sé de qué demonios se reirá mi boca. Es algo inexplicable. Por muy apesadumbrado que me encuentre, por muy funesto que haya transcurrido el día, por convencido que esté uno de que el mundo sería más espacioso sin su inoportuna presencia, algo en la situación, en la manera en que mi imaginación se la figura, en el tacto fresco del arma, en mi sudor como en grageas, en la delicadeza del silencio, yo qué sé, alguna cosa indefinida me resulta, a mi pesar, en última instancia cómica. Justo antes de que el gatillo termine de ceder ante la presión cautelosa del dedo, antes de que la bala inicie su viaje hacia la semilla oscura de mi descanso, sin previo aviso ni señales, me veo reaccionando como si hubiera recordado un chiste espléndido. Las estruendosas carcajadas invaden mi habitación, rebotan contra los cristales, corretean entre los muebles, desordenan toda la casa. Me temo que también las escuchan los vecinos, que para colmo deducen que soy un hombre feliz. Dedícate al humor, me aconsejó un amigo cuando se lo conté. Pero a mí las bromas, excepto al suicidarme, no me hacen ninguna gracia y me dan ganas de llorar.
     Este problema mío, el de la risa, va a acabar con mi paciencia. No sólo me desalienta que mis propósitos fracasen. Sino que además me avergüenza esa suerte de euforia, de alegría ridícula, que me recorre el estómago mientras el arma cae al suelo y se aleja de mí. Cada vez que ocurre este contratiempo, hago de cuenta que no es el momento más indicado y, aunque siempre he sido un hombre de palabra, me concedo a mí mismo una pequeña prórroga. Una semana. O dos. Un mes, exagerando mucho. Y mientras tanto, claro, procuro divertirme.

(inédito)