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ANDRÉS
NEUMAN
Érase una vez la literatura
Alejandro Hermosilla
Sánchez
Sin
duda, dentro del caótico y deslavazado pero, desde luego, interesante
mundo de la narrativa contemporánea, el nombre de Andrés
Neuman sobrevuela por derecho propio entre sus vértices por el
hecho de estar intentando trazar su propia ruta literaria sin equívocos
y sin temor a buscarse, perderse y, de nuevo, encontrar su propia voz
dentro de la misma. Y se podrá decir lo que se quiera de este hecho,
pero lo cierto es que hace falta ser intrépido, valiente y, a su
vez, un indómito y curioso aventurero para atreverse a navegar
sin despeñarse por muchos de sus afilados surcos.
Por todo ello, Neuman merece
todos nuestros respetos y, desde hace mucho tiempo, queríamos entrevistarlo
para nuestra revista teniendo en cuenta que en su persona están
depositadas muchas de las futuras esperanzas de las letras hispano-argentinas
y que, sobre todo, es tras peripecias biográficas y narrativas
como la suya, desde donde se puede empezar a trazar un mapa cartográfico
sobre el incierto y esquivo presente de la narrativa actual así
como sobre su futuro.
Amparándose en la
sabia enseñanza que le concediera José Viñals —es
más importante el hombre que escribe que sus propios escritos—
Andrés Neuman respondió a nuestras preguntas —a pesar
de cientos de compromisos y unos muy molestos problemas familiares—
con una gentileza, inteligencia y amabilidad que le honran, así
como una complicidad que desvela un carácter tan sensible y sincero
como presto al entusiasmo. En suma, cualidades todas sin las cuales no
puede concebirse creación alguna y sin las que, suponemos, no podríamos
estar hablando de un escritor como él, siempre atento a dispararse
hacia los distintos rumbos y vías vitales y narrativas a los que
la vida le vaya encomendando. Sin nostalgias y sin falsos atavismos.
—EL
COLOQUIO DE LOS PERROS: Es curioso que tu yo ficcional en Una vez
Argentina comente que se inició en la literatura relativamente
tarde si se compara con otros escritores. Tu entrada en la misma no fue
insistente creo que hasta los diez u once años y confiesas que
en tu familia leían tanto que tu primer impulso fue aborrecerla.
Explícame un poco tus orígenes literarios al margen de lo
narrado en este libro en el que declaras haber amado a Poe con intensidad
porque, por otro lado, sí que como declaras en una entrevista a
Literateworld tu decisión de ser escritor fue temprana
y en ella jugaron un papel muy importante tanto tu abuela Dorita como
José Viñals. ¿Qué nos puedes indicar de Viñals,
escritor semidesconocido en nuestro país por más que recientemente
ganara algún prestigioso premio literario y se encuentre radicado
entre nosotros desde el 79?
—ANDRÉS NEUMAN:
Bueno, lo que se cuenta en la novela no es del todo exacto, o es cierto
sólo a medias. Es cierto que en mi casa había muchos libros,
y que el instinto de desobediencia que todo niño tiene hizo que
yo tardase un poco en aceptar la biblioteca de mis padres como parte de
mí mismo. Pero, mientras tanto, en realidad sí que leía.
Leía novelas de aventuras, policíacas, tebeos de todas clases,
incluso los periódicos, que iba a buscar cada mañana debajo
de la puerta y que por supuesto no entendía. Lo que pasa es que
nada de eso lo hacía con voluntad literaria, consideraba esas lecturas
simplemente como un pasatiempo maravilloso. Suele decirse que un escritor
se descubre o reconoce como tal leyendo. Mi
caso no fue así, o no desde el principio. Tengo la sensación
de que la literatura se me presentó primero en la práctica,
en forma de ganas de narrar. Siempre había sido medio cuentista,
un narrador improvisado, pero no me daba cuenta. Contarles historias a
los demás, incluyendo por supuesto a mi abuela Dorita, era lo que
más feliz me hacía (junto con jugar al fútbol). También
disfrutaba mezclando palabras o cambiándoles el significado. En
esto mi padre colaboró mucho, porque le encantaban las rimas absurdas,
las oraciones sin sentido y los trabalenguas surrealistas. Me recuerdo
como un niño al que le gustaba inventar mentiras por el puro gusto
de escuchar cómo sonaban, cómo la historia de esas mentiras
cobraba vida propia y me iba llevando de un personaje a otro. Me gustaba
imaginar anécdotas raras, accidentes imaginarios, falsas aventuras,
y de esa forma tenía la sensación de que mi vida era emocionante.
Por eso creo que, más que iniciarme tardíamente, tardé
un poco en darme cuenta de que la otra mitad de la literatura, el mundo
de las lecturas, estaba conectada con la otra mitad que a mí me
interesaba, la de contar historias, y que la iba a enriquecer. Cuando
descubrí semejante obviedad, no paré de leer durante toda
la adolescencia. Desgraciadamente, lo que sí dejé de hacer
fue jugar al fútbol. A los doce o catorce años, yo me decía:
vas a ser goleador o escritor, una de dos. Y me temo que para lo primero
no estaba capacitado, qué le vamos a hacer. A esa edad mis obsesiones
eran dos: entrenar con el balón y pasar a limpio los mamarrachos
que escribía. En mi casa había una máquina Olivetti
y me pasaba la tarde entera mecanografiando con los dedos índices.
Me tomaba el asunto en serio, cómicamente en serio, te diría.
Ordenaba los textos en carpetas, los fechaba, los dividía por géneros
(más tarde supe que la mayoría de esos géneros que
yo anotaba en las carpetas no existían). Para ser sincero, también
tenía una tercera obsesión, que eran las chicas. Pero como
no me hacían ni caso, pues tenía más tiempo para
practicar con la Olivetti.
Sobre
José Viñals, finalmente, no sería exagerado calificarlo
como un padre literario para mí, al menos en mis inicios. Lo conocí
creo que en el 91, recién llegado a España, y fue el primer
escritor de verdad con el que tuve ocasión de hablar. José
tuvo la generosidad y la paciencia de leer mis cosas de entonces. A partir
de ese momento empecé a visitarlo cada quince días a su
casa de Jaén. Esos fines de semana para mí eran una fiesta,
me levantaba lleno de ilusión y expectativa, como quien va a entrevistarse
con el misterio. Llegaba a Jaén antes del almuerzo, conversaba
con él y su encantadora esposa Martha, bebíamos coñac
(que me sentaba fatal), charlábamos mucho, revisábamos los
textos y él me aconsejaba lecturas espléndidas que yo iba
a buscar corriendo. Gracias a él aprendí infinidad de cosas,
tanto en lo literario como en lo humano. Son tantas las anécdotas
con José, que no sabría por cuál empezar. El primer
día que hablamos, me dijo: «más importante que los
textos es el hombre que los escribe». Yo asentí y, naturalmente,
no tenía ni idea de a qué se refería. Él me
enseñó a corregir coma por coma, a replantear un argumento,
a elegir una palabra, a ser
riguroso con la gramática y a la vez atrevido con la forma. Durante
varios años, puede decirse que lo obedecí en casi todo.
Más tarde fui formándome mi propio criterio, y me sentí
de acuerdo con él en determinadas opiniones y en otras menos. Pero
jamás he dejado de estarle agradecido en el alma, de leerlo y de
quererlo inmensamente. De hecho, sigo considerándolo un poeta excelente
que merecería ser más leído. Me consta que tiene
lectores fervorosos que lo admiran incondicionalmente. A quien no lo conozca,
sólo puedo recomendarle que se detenga en libros como El amor,
Concierto para laúd y fémur, Telón de
boca, Milagro a milagro, Padreoscuro o Animales,
amores, parajes y blasfemias, entre otros muchos.
¡Dios
mío, qué respuesta tan larga! Prometo ser mucho más
breve de ahora en adelante.
—ECP:
Por cierto, hay una imagen de increíble fuerza en Una vez Argentina
y bajo la que subyace una lectura poética y simbólica que
es la final, en la que te encuentras trabajando en el campo con tu abuelo
Mario para plantar un árbol. Explícame un poco la misma.
A mí me recordó al principio de Sacrificio de Tarkovsky:
una especie de oda o elegía al sentido de la vida, al por qué
estamos en este mundo a partir de una tradición que debe sustentarse
y que está por encima de nosotros más allá de nuestra
situación de aparente desvalimiento o de real exilio en este mundo.
—AN:
Bueno, el sentido de la vida se lo dejamos a Tarkovsky, creo que dicho
así, a nosotros nos queda grande. Pero me alegra que esa imagen
final te pareciese significativa, porque para mí, en lo personal,
lo fue y mucho. Se trata de un recuerdo de infancia que, sin yo saberlo
entonces, tuvo la forma de una hermosa metáfora. Yo tendría
seis años. Estábamos en un cortijo. Mi abuelo Mario estaba
a punto de morir (cosa que yo tampoco sabía) y me propuso que fuéramos
a plantar un árbol. Lo acompañé, y eso hicimos. Plantamos
(bueno, plantó él) un sauce llorón. Lo recuerdo cavando,
limpiando las raíces, apretando la tierra. Un par de días
después, mi abuelo Mario murió. No fui consciente hasta
mucho más tarde de que aquel había sido mi último
recuerdo de él, con él. Entonces descubrí que el
sentido de ese pequeño recuerdo era el sentido de mi propia memoria,
de toda memoria: irse, dejando algo; desaparecer, pero no en vano. Lo
que hacen las personas que amamos al marcharse es lo que hizo conmigo
mi abuelo: dejarme un árbol. Algo que da sombra, protege, permite
respirar y no es estático, crece, va evolucionando. El pasado,
la memoria, también crece o se seca, se desarrolla o se transplanta.
Ese árbol, el de Mario, ha sido el más importante de mi
vida. Y varias veces he tratado de escribirle un homenaje, un muchas gracias.
Aparece en un poema de El tobogán, y reaparece al final
de Una vez Argentina.
—ECP:
La presencia del abuelo está bastante presente en toda tu obra.
En El tobogán vuelve a aparecer en otro contexto esta
imagen en el poema ‘El jardinero’. Y en El último
minuto hay una narración, ‘La bañera’,
en la que imaginas los últimos pensamientos de tu abuelo. Háblame
un poco de tu abuelo y de este gozoso y jugoso cruce de caminos.
—AN:
Exacto, a ese poema me refería. Bueno, creo que la figura del abuelo
encaja bastante con mi idea de la familia, porque un abuelo es y no es
un padre, se hereda pero también se elige. Los padres son obligatorios,
mientras que en cierta manera un nieto elige a sus abuelos, quiero decir
que elige hasta dónde relacionarse con ellos, qué grado
de paternidad o maternidad les atribuye. Y conste que no lo digo por mis
propios padres, a quienes quiero una barbaridad y de los que me siento
muy orgulloso. Lo digo en general, en términos simbólicos.
Pienso que los países, las patrias, son algo a medias dado y a
medias construido. Y que las identidades, los linajes de cualquier clase,
tienen bastante de voluntario, de búsqueda. Un abuelo también
tiene esa propiedad: se lo conoce de niño, suele morir más
o menos pronto, y nos pasamos el resto de la vida rescatándolo,
reinventándolo, ordenándole las raíces como el sauce
de Mario.
Sobre
la anécdota real que dio origen al cuento ‘La bañera’,
no quisiera decir mucho, porque se trata de algo doloroso que pertenece
a la intimidad de la familia y en especial de mi madre. Mi otro abuelo,
Jacinto, a quien le debo el violín porque me enseñó
a tocarlo de niño (mal, por cierto: sospecho que su nieto era un
alumno sin talento), decidió suicidarse al cumplir 80 años.
Para tratar de asimilarlo, escribí ‘La bañera’
y le inventé a mi abuelo un segundo de bienestar antes del fin.
Traté de que fuera un cuento duro, sin rodeos, pero a la vez compasivo.
Eso es todo.
—ECP:
Asimismo, hay un momento en Una vez Argentina en que evocas imaginariamente
lo que hubiera podido suceder de ser torturado por los secuaces de Videla
y en El último minuto esta idea vuelve a aparecer en el
cuento ‘Un cigarrillo’. Háblame de esto. ¿Cómo
valoras la película Una historia oficial de Luis Puenzo
o aquellas que se han dedicado a narrarnos estos sucesos? ¿En qué
medida te viste implicado en ellos a pesar de ser un niño cuando
todo esto estaba sucediendo? ¿Sientes escalofríos al revivirlos
por tus recuerdos familiares o de personas cercanas que sí sufrieron
aquella época?
—AN:
Tienes toda la razón, y te confieso que me avergüenza un poco
la atención que has prestado a todos esos detalles. Te lo agradezco
mucho y te elogio la paciencia. Como tú dices, ese capítulo
onírico (o de pesadilla) de Una vez Argentina y aquel
cuento de El último minuto están bastante conectados.
Sólo que el orden fue el inverso: en realidad el cuento se escribió
primero. Me interesaba pensar la relación torturador-torturado
desde una perspectiva atroz pero humanamente cierta: muchas personas podrían
estar de un lado u otro, y seguirían siendo ellas. Quiero decir
que, por desgracia, somos humanamente muy capaces de sufrir y hacer sufrir,
de curar a alguien o hacerle daño, de ser víctimas o verdugos.
Y me interesaba
tratar de ponerme en el lugar de ambos. El cuento ‘Un cigarrillo’
sucede entre dos amigos y antiguos socios, se entiende que mafiosos, que
por una serie de circunstancias de pronto se hallan el uno frente al otro,
uno con una pistola y el otro atado en una silla. El primero, el que va
a disparar, no deja de sentir cierta simpatía por su antiguo amigo.
Pero él lo ha traicionado, le ha estropeado el negocio, y ha decidido
asesinarlo. Evidentemente eso le crea un conflicto. Aunque no el suficiente
como para dejar de disparar. El otro, el que espera el disparo, está
en la situación inversa: tiene mucho miedo, no quiere morir, y
sin embargo entiende por qué su antiguo socio ha decidido matarlo
y sabe que, de haber estado en su lugar, por cruel que pareciese, seguramente
habría hecho lo mismo. El cuento narra cómo ambos se acercan
a esos respectivos destinos, minuto a minuto. En cuanto al capítulo
de la novela, lo terrible que le ocurre al personaje es que, tras ser
torturado durante bastante tiempo a la manera nazi de Videla, sus torturadores
lo obligan a delatar a un amigo. El personaje, al borde del desfallecimiento,
termina involucrándolo. Entonces le quitan la venda de los ojos
y le muestran cómo ese amigo suyo había estado escuchando
su confesión, maniatado en la misma celda. En esa escena me interesaba
analizar (o metaforizar) el tema de la culpa colectiva y su transmisión
generacional, que ha sido y sigue siendo uno de los grandes agujeros negros
de la sociedad argentina.
Por
supuesto, como toda mi generación, yo he vivido todo eso a través
de la herencia familiar. Y, lo que es más paradójico, también
lo viví en primera persona sin darme mucha cuenta. La dictadura
atravesó la infancia de quienes nacimos en Argentina y hoy tenemos
entre 30 y 35 años. Sin embargo, esa generación creció
después en democracia, casi como si nada hubiese pasado. Y eso
ha producido una serie de desajustes, una especie de semi-olvido o negación
involuntaria, un suelo de pánico por el que caminamos de niños
con absoluta ignorancia. Por ponerte un ejemplo mínimo, y aunque
parezca mentira, no fue hace mucho cuando caí en la cuenta de un
detalle terrible y al mismo tiempo emocionante: si nací en enero
del 77, eso significa que fui concebido simultáneamente con el
golpe de Estado. Así que mis padres, que como tantos otros sufrieron
la dictadura de forma directa e indirecta, decidieron tener un hijo mientras
se desencadenaba
la represión.
—ECP:
Realmente, al leer Bariloche uno siente que está ante
la voz de un hombre mucho más maduro que el joven que la escribió.
Y no sé si te parecerá esto acertado, pero hay un pequeño
regusto al Sábato de Sobre héroes y tumbas en todo
el libro. ¿Cuál es tu opinión sobre Sábato,
del que sólo recuerdo haberte oído mencionar tu encuentro
con él en Madrid y otros escritores de la literatura argentina
como Murena, César Aira (al que has dedicado algún artículo
bastante suculento) o un escritor cuya temática en algún
libro no siento demasiado alejada de la tuya como Belgrano Rawson?
—AN:
No había pensado en la asociación con Sábato, aunque
es posible, porque en mi adolescencia leí con fruición Sobre
héroes y tumbas, y en general toda la literatura existencialista
me atraía mucho en esa época. También tenía
muy presentes a Sartre, Camus o Beckett. De todas formas, ahora Sábato
no es un autor que me interese demasiado. Ni siquiera esa novela, que
para mí es sin duda la mejor de él (porque El túnel
no deja de ser una nouvelle clásica sin especiales sorpresas, y
El exterminador hoy la considero sencillamente ilegible). Quizá
porque la ética del victimismo y la queja, todo esa especie de
prestigio que Sábato parece atribuirle a los sentimientos atormentados
y apocalípticos, han dejado de interesarme por completo. Pero en
la época en que escribí Bariloche (empecé
la novela en el 96, o sea a los diecinueve años) posiblemente no
pensaba así. De todas formas, las influencias nunca son como uno
las piensa y mucho menos como uno las busca. Es como enamorarse: podemos
pasarnos la vida planeando cómo podría ser la mujer o el
hombre de nuestra vida, y lo más probable es que el día
menos pensado se nos cruce alguien opuesto que nos destroce los esquemas
y nos enseñe quiénes y cómo somos.
De
la literatura argentina contemporánea, además de los autores
que citas, me interesan entre otros Fogwill (especialmente sus cuentos),
Piglia o Marcelo Cohen (especialmente sus ensayos), Rodrigo Fresán
(especialmente sus artículos, que se parecen al resto de su obra),
poetas como Hugo Padeletti, Arturo Carrera, Jorge Bocannera o Joaquín
Gianuzzi, narradores como Héctor Tizón, Ana María
Shúa o una cuentista muy poco conocida como Hebe Uhart. La verdad
es que la lista sería larga. La literatura argentina es como su
deuda externa: por mucho que se empeñen las circunstancias, no
deja de crecer.
—ECP:
¿Fue premeditado, un cambio brusco o una verdadera evolución
el cambio de registro narrativo que se percibe del expresionista Bariloche
al más lírico Una vez Argentina o al casi juvenil
La vida en las ventanas? Supongo que cada historia te pide o
impone una determinada voz narrativa, pero explícame si puedes
un poco más esto.
—AN:
El cambio de registro entre Bariloche y La vida en las ventanas
fue bastante deliberado. Venía de publicar una primera novela que
tuvo suerte, que fue bien acogida, y que estaba escrita de forma compleja
y, por así decirlo, muy seria. Recuerdo que ese libro fue recibido
con una especie de «caramba, qué joven es y qué mayor
parece» (tú mismo me señalabas algo parecido). Y eso
fue algo que en cierto modo llegó a angustiarme, porque sentí
que en adelante tendría la obligación de seguir comportándome
literariamente así. Al empezar a publicar demasiado joven, como
eres más influenciable, corres el riesgo de que, más que
proponerles tú un estilo a los lectores, sean los lectores (y especialmente
la crítica) quienes te orienten o traten de hacerlo. Si obtienes
una respuesta negativa, el peligro es pensar: «ah, por aquí
no es», cuando resulta que a lo mejor ese sí era tu camino
estético de todos modos. Y si obtienes una respuesta favorable,
también corres el riesgo de pensar: «ah, bueno, entonces
es por aquí». Por eso decidí que (si quería
seguir aprendiendo, si quería descubrir qué clase de escritor
era y no limitarme a mostrar la cara que los demás me estaban dibujando)
la siguiente novela debía ser completamente distinta a Bariloche,
casi opuesta. Y así resultó más o menos. Si la primera
tenía una prosa densa, incorporaba seis o siete voces y tenía
una estructura llena de saltos en el tiempo, la segunda fue escrita con
una sola voz, mucho más coloquial, que se mantiene durante doscientas
páginas y que narra casi siempre en orden lineal.
Por
supuesto, todo lo anterior es, a pesar de todo, relativamente secundario.
Lo decisivo, como bien has señalado tú, es lo que cada historia
te pide. Yo me había propuesto todo eso, cierto, pero si la historia
que se me ocurrió me hubiese pedido otros recursos, habría
terminado empleándolos. Mi pequeña teoría es muy
sencilla: obedece a los personajes. Síguelos. Escúchalos.
Piensa intensa, obsesivamente en ellos. Y así, más tarde
o más temprano, la voz narrativa, la estructura y todo lo demás
saldrá de forma natural, por boca de ellos mismos. Hay una especie
de necesidad o coherencia interna en los argumentos que nos vienen a la
cabeza. Y toda la dificultad se centra, creo, en descifrar el lenguaje
particular que esos argumentos llevan implícitos y que permitirá
que fluyan.
—ECP:
Háblanos un poco de tu relación con Roberto Bolaño.
¿En qué sentido te animó a tomar impulso para escribir
La vida en las ventanas? ¿Cómo valoras 2666?
—AN:
Además de un enorme escritor, pienso que Bolaño fue un hombre
tremendamente contradictorio, como casi toda la gente profunda. Era capaz
de una ternura de niño o de sarcasmos hirientes, de la más
desinteresada generosidad con los jóvenes o de la crueldad más
visceral con sus colegas mayores, de la libertad más absoluta al
escribir y al mismo tiempo de una extraña preocupación por
los qué dirán del gremio. En lo personal, a mí me
tocó conocer todo lo bueno. Conmigo no tuvo más que palabras
de aliento, complicidad, humor, cariño. Y de verdad llegué
a quererlo mucho en poco tiempo. Lo conocí por casualidad. Él
estaba en el jurado del Premio Herralde de 1999, porque el año
anterior había ganado con Los detectives salvajes, y tuve
la fortuna de que le gustara Bariloche. Hasta aquel momento,
jamás había visto a Bolaño ni tampoco lo había
leído. Si no me equivoco, aquel fue el único año
en que formó parte de ese jurado. Y a veces pienso que, sin ese
azar, probablemente nunca lo hubiera conocido. A partir de entonces empezamos
a tratarnos. Y fui adquiriendo la costumbre, como tantos otros amigos
suyos, de compartir con él dos subgéneros literarios que
a Bolaño le encantaban y practicaba con maestría: las largas
conversaciones telefónicas y los correos agudos. Llegué
a estar enamorado de esa manera afónica que tenía de reírse
por teléfono y de la inteligencia irónica de sus mensajes.
Sus charlas discurrían en espiral, ingeniosas, eruditas, con un
sentido del humor muy peculiar, áspero y como en clave. Yo no tenía
ni idea de nada (sigo igual), pero solía hablarle sin pudor, por
pura ignorancia. Y creo que a él le divertía ese descaro
juvenil. Solía darme consejos sabios y originales. Cuando me atasqué
en la escritura de La vida en las ventanas, porque tenía
dudas y también cierto miedo por sus diferencias con la anterior,
recuerdo que me dijo algo así como: «te ordeno que la termines».
También recuerdo que una vez jugamos al ajedrez durante toda la
noche en su casa. Ese es quizás el mejor recuerdo que guardo de
él: jugamos al ajedrez durante horas, me ganó, me leyó
un libro suyo inédito de poemas (creo que fue el que luego se tituló
Tres), más tarde cruzamos hasta su despacho (que estaba
enfrente de su casa y era una especie de guarida hedionda llena de cajas,
bártulos, recortes de periódicos clavados en un corcho y
un ordenador 486 que ya entonces resultaba jurásico), me dio una
manta vieja y allí me quedé durmiendo hasta la mañana
siguiente. A causa de su salud, Bolaño vivió durante años
como un moribundo que se despedía. Y, visto desde ahora, me doy
cuenta de que también escribió así: con la furia
de las últimas oportunidades, con la melancolía vitalista
de los enfermos graves. Pienso que eso es lo que hay que hacer, escribir
de esa forma, pero estando todavía sanos.
¿Cómo
valoro 2666? Me cuesta opinar, porque sé en qué
condiciones de urgencia, angustia y precipitación la escribió,
y aunque se esforzase mucho en terminarla es evidente que, de haber tenido
tiempo, la habría corregido seriamente. Es un libro parcialmente
inconcluso al fin y al cabo, como una película sin postproducción.
Así que me quedo con su indudable obra maestra, Los detectives
salvajes, y con otros libros geniales como Nocturno de Chile,
Llamadas telefónicas o La literatura nazi.
—ECP:
Creo que en tus dos libros de cuentos la influencia de una u otra manera
de Cortázar, Carver o Chejov es patente. No sé si estarás
de acuerdo con esto, pero, en todo caso, me gustaría saber qué
opinas de un escritor como Salinger y su colección Nueve cuentos.
—AN:
Quizá lo que me interesaría es la combinación entre
Cortázar y Carver, entre el sentido lúdico, la inquietud
y la ternura de uno, y la sequedad, la precisión, la sobriedad
del otro. Se podría decir algo parecido de la pareja antitética
Quiroga-Chejov. Pero, como te comentaba antes, las influencias no se eligen.
Uno elige qué lee, pero no qué le influye. Tus padres pueden
terminar siendo quienes menos te esperabas, por no decir quienes menos
deseabas. De Salinger opino que el cabrón era buenísimo,
y que hay dos o tres piezas de los Nueve cuentos que encuentro
magistrales, memorables. También añadiría a Cheever
a la lista.
—ECP:
Por cierto, y aunque supongo que será absolutamente ficcional,
¿el cuento ‘Continuidad de los infiernos’ está
basado en alguna experiencia real? Cuéntamela si esto es así.
—AN:
Es sencillo, y también muy delicado. Mi padre sufrió un
infarto hace unos años, y yo iba todos los días a verlo
al hospital. E iba en su coche, que aparcaba en la cochera del hospital.
Esas semanas tuve tanto miedo, me sentí tan desprotegido, que curiosamente
el único lugar donde me sentía seguro era en las cocheras,
varias plantas bajo tierra. Era como si ninguna desgracia pudiera encontrarme
allí, tan abajo. Era mi escondite. Por supuesto, jamás se
me ocurrió hacer nada parecido a lo que hace el personaje del cuento,
ni tampoco me quedaba, como él, pasando el rato allí. Era
sólo una sensación que tuve esos días. Y a partir
de esa sensación se me ocurrió la historia de ‘Continuidad
de los infiernos’, que toma una derivación ambigua, levemente
fantástica.
—ECP:
Si la poesía es un lenguaje de llegada como afirmas en El equilibrista,
¿a qué correspondería el lenguaje narrativo? ¿Y
el crítico?
—AN:
Siguiendo el juego, supongo que la narración sería el lenguaje
de partida, o sea el que te permite empezar a hablar o a contar. Y el
crítico sería el lenguaje del camino, del trayecto, el que
te lleva hacia alguna parte. Y ese lugar es, claro, la poesía.
—ECP:
Hay pasajes que adoro de tus libros y son aquellos que aparecen de una
manera u otra por todos ellos en los que hablas de los ritos de la virilidad
en las escuelas de tu país. Háblame un poco de esto y en
qué medida crees que fue beneficioso o perjudicial. ¿Qué
lugar y papel ocupaban y jugaban el fútbol, el ejército
y la religión en todo esto?
—AN:
Creo que la educación sentimental masculina, la forma de enfocarla,
ha sido uno de los mayores malentendidos de nuestra cultura. No lo digo
en términos sexuales, sino ideológicos. Esos ritos violentos
de iniciación infantil a la virilidad, de los que ahora tú
o yo podremos reímos pero que en su momento seguramente nos causaron
(a mí por lo menos sí) terrores y disgustos, están
entre las experiencias
que más marcaron mi primera memoria, yo diría que tanto
como la emigración. Así que beneficioso, lo que se dice
beneficioso, no lo fue. Sí quizás aleccionador. Pero preferiría
habérmelo ahorrado, ir a un colegio mixto y tratar de ligar con
las niñas (o al menos tirarles de las trenzas), en vez de haberme
pasado la infancia defendiendo mi territorio y calculando con quién
me convenía pegarme dentro de la clase. Eso sí, en esa pequeña
jungla el fútbol fue un oasis, o un espacio de subversión.
Mientras jugábamos, las jerarquías eran otras: allí
mandaba el que marcara goles o mejor tocase el balón, allí
los más fuertes de la clase no eran necesariamente los más
respetados, y los malos alumnos tenían la posibilidad de ser brillantes
por un rato. Por eso siempre le estaré agradecido al fútbol,
que hace bastante que no practico pero con el que mantengo un vínculo
sentimental, no sólo deportivo. En cuanto al ejército, no
jugó un papel activo en mi escolarización (la dictadura
terminó justo cuando ingresé en la escuela), aunque permaneció
latente en muchas de las costumbres educativas que nos tocó recibir.
Nunca entenderé por qué, en plena democracia y en una escuela
supuestamente progresista, nos hacían formar fila y tomar distancia
con el brazo, cantar un montón de himnos a próceres, izar
la bandera cada mañana y un montón de chorradas castrenses
más. La religión, por suerte, no me cayó en desgracia.
Era un colegio laico, igual que mi familia. De alguna tenía que
librarme.
—ECP:
Una curiosidad vital. ¿Qué es lo que te dio y ofreció
Granada como ciudad? ¿Cuáles fueron los cambios básicos
que encontraste entre España y Argentina al llegar a nuestro país?
—AN:
Uf, eso daría para una autobiografía entera. O para un ensayo
antropológico. Pero no quiero aburrir a nadie, empezando por mí
mismo. Así que resumamos drásticamente: Granada me enseñó
a apreciar las distancias cortas, la parte sabia de la vida provinciana,
el gusto por mirar las montañas, y seguramente también me
dio la poesía, porque cuando entré en la facultad de letras
allí nadie escribía narrativa. Allí todos querían
ser poetas. Y, por tratar de adaptarme, empecé a leer y escribir
poesía regularmente. Cuando me quise dar cuenta, había encontrado
otra vocación. ¿Qué cosas perdí dejando Buenos
Aires? Afectos, ante todo. Y supongo que cierto cosmopolitismo imposible
de ver en las ciudades pequeñas, los cafés de noche, los
cines en versión original, cierto sentido del humor irónico
que en Andalucía no se estila demasiado. Nada grave. O sí,
pero no importa.
—ECP:
¿Sigue teniendo valor la tradicional dicotomía Sarmiento-Rosas?
¿Qué opinas del encumbramiento y posterior derrumbe que
se hizo de tantos y tantos próceres argentinos? ¿Crees que
la llegada de Kirchner al poder en tu país de origen ha sido tan
beneficiosa como parece? Sé que es una pregunta difícil
de contestar, pero para ti, ¿cuál es el acto o suceso político
que más cruentamente ha facilitado la suerte esquiva de la Argentina
más allá de la dictadura de Videla y sus funestas operaciones?
—AN:
Creo que ahora Sarmiento no estaría representado por ningún
sector político, porque hoy no existe un partido de clase media
ilustrada. Hoy sólo quedarían rosistas. Y neoliberales y
neopopulistas. De todas formas, Kirchner me ha parecido un mal menor para
el país: sin duda era el candidato más rescatable de los
que se presentaron a las elecciones, y su gestión creo que ha sido
positiva en determinados ámbitos (por ejemplo en la defensa de
los derechos humanos o en las relaciones con el capital extranjero), mientras
en otros no tanto (por ejemplo en el manejo de la prensa o en la democracia
interna de su partido). Sobre el encumbramiento y el derrumbe de los próceres
nacionales, nada nuevo bajo el sol: el pueblo argentino, como todos los
pueblos latinoamericanos, adora creer temporalmente que ha
encontrado al Mesías o a Papá Líder, y lo apoya con
ardor y se hace cómplice de sus políticas y finalmente lo
sufre, para después fingir que nunca lo ha apoyado. Y así
hasta que llega el siguiente. Ojalá ese esquema se supere algún
día, aunque tengo mis dudas. En cuanto a lo peor que le ha pasado
al país aparte de sus espantosas dictaduras, para mí lo
peor con diferencia ha sido el menemismo. Que fue, a propósito,
la razón definitiva por la que mis padres emigraron. Creo que el
país todavía no se ha recuperado económica ni moralmente
de esa década.
—ECP:
Terminando con otros temas, ¿sigue intacta tu pasión por
Boca Juniors? ¿Hay algún jugador actual que haya podido
sustituir tu amor a Daniel Tapia? ¿Cómo has vivido los últimos
grandes éxitos del club y su fracaso último con la final
perdida contra Estudiantes?
—AN:
Intacta no, porque cuando era niño lo primero que hacía
al levantarme los domingos era encender la radio, consultar la alineación
en el periódico y después seguir el partido, ver los resúmenes
y finalmente leer las crónicas al día siguiente. Ahora,
la verdad, ni siquiera sé muy bien quiénes juegan en Boca.
Pero me fijo en los resultados, atiendo más o menos a las noticias
y me considero, claro, todavía hincha de Boca. En tono menor. Así
que tampoco pienso cortarme las venas si Estudiantes vuelve a ganarnos...
¿Alguien sustituyó a Tapia como exquisito 10 xeneize? Hubo
intentos, más bien fallidos. Estuvo Diego Latorre, que resultó
ser demasiado individualista y terco. Y después vino Riquelme,
sin duda el mejor desde Tapia, aunque Riquelme es diestro (grave diferencia)
y parece causar problemas de vestuario que me parece que no causaba Tapia.
Aquí en España soy del Real Madrid. Me hice del Madrid cuando
el club fichó a Valdano, al que siempre he admirado, y a Redondo,
que por entonces era mi centrocampista predilecto. Ahora ya no están
ninguno de los dos, pero entre medias me volví madridista y ya
no puedo remediarlo. Por cierto, qué coñazo mediocre fue
lo de Capello. Así no da ni gusto ser campeón de Liga.
—ECP:
¿Hay algún libro que te tenga actualmente atrapado? ¿Tus
películas y cómics de referencia? ¿Qué opinas
de la obra de Leonardo Favio? Y en cuanto a música ¿sigue
sin gustarte el rock argentino? ¿Destacarías algún
músico actualmente de tu país?
—AN:
Me atrapó hace poco Senectud, de Italo Svevo. Como elegir
mi película clásica favorita me sería imposible,
te diré que entre las películas recientes me han gustado
mucho Breaking and entering de Tony Minguella, otra llamada Stranger
than fiction con Emma Thompson, una maravillosa y triste sobre el
pueblo kurdo titulada Las tortugas también vuelan, y el
conmovedor documental de pájaros Nómadas del viento.
De Leonardo Favio sé poquísimo, lo siento. El rock argentino
ahora sí me gusta, como corresponde a un emigrado. Adoro (y detesto)
al Charly García solista. Y creo que todavía no ha habido
nada mejor que Serú Girán. Me interesan entre otros Ariel
Rot y a veces, dependiendo del disco, Calamaro. No estaban nada mal Los
Redonditos de Ricota. En un tiempo me gustó mucho Soda Stereo,
he oído que se volverán a juntar. Habrás comprobado
que estoy pasado de moda. De los músicos actuales de por allá,
tampoco es que esté muy al día. Pero puedo jurarte que las
canciones de Coti me producen verdadera alergia.
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