ELENA PONIATOWSKA
Dama mexicana de las letras
—ELENA PONIATOWSKA: En mi caso puedo vivir con literatura, porque para mí la literatura me ha dado amor de la gente. O como diría Rosario Castellanos «llego hacia un mar de amor» dulce, inmenso. Me ha dado la compañía de los jóvenes, de la gente de pelo blanco como yo. Posiblemente sea yo la más viejita de todo este festival La Mar de Letras. Yo ya cumplí 65 años en mayo. Entonces recibir todo este amor a mi edad es realmente un privilegio. Creo que soy una escritora que tiene muy buena estrella [...] Respecto a Carlos Fuentes y a eso que dice de que no puede vivir sin amor pero sí sin literatura, yo desde que lo conozco de muy joven ha dedicado casi toda su vida a la literatura. Lo conocí en 1953-54 y lo que le apasionaba era la literatura. —ECP: En el taller astronómico contabas sobre Cantinflas que cuando protagonizó la película La vuelta al mundo en ochenta días cambió de carácter. Te pregunto a ti —no es tu caso, claro— si puede ser que algunos escritores, llegado un momento de fama, se digan a sí mismos algo así como «a partir de ahora seré distinto». —EP: Bueno es que yo me considero antes que nada periodista, no escritora. Ser periodista es una enorme lección de humildad, porque estás siempre esperando a que te concedan una entrevista o que te den una respuesta. Desde muy niña siempre he tenido preguntas y casi no he tenido respuestas. —ECP: Aclara un poquito más eso. —EP: Porque siempre estuve buscando en los demás lo que yo misma me preguntaba. En México somos muy inseguros. Tenemos una especie de insalvable debilidad que definió muy bien Octavio Paz. Él dijo que somos gente que necesitamos que nos quieran. También lo dijo García Márquez: «Yo escribo para que me quieran». Siempre estamos buscando a nuestro papacito, a nuestra mamacita. Creo que eso nos sucede mucho a los escritores, que andamos así por la vida. Bueno, también a los carpinteros, a los..., a todo el mundo. —ECP: Acabas de citar a García Márquez. En la medida en que puedas, deja de ser franciscana en tus respuestas. Porque si un escritor escribe mal no lo van querer mucho. Pero supongamos que un escritor escribe bien y que alcanza mucho éxito y renombre, por lo que él se dice «bien, ahora no sólo soy un escritor que escribe bien, sino que tengo que ser un escritor consecuente con lo que escribo».
—ECP: Todo lo contrario. La hace un poco infeliz [...] Volvamos a otro mexicano, Octavio Paz. Lo invité hace unos años a Murcia. Iba a estar un día y se quedó cinco. Vino muy empaquetado, encorbatado, algo estirado, y tenías que haberlo visto días después trincar por los montes donde está el santuario de la Virgen de la Fuensanta, desmelenado y despechugado. Este hombre, para los españoles —y no sólo los universitarios— es dos cosas: un excelentísimo poeta de difícil acceso y un extraordinario ensayista. Lo que te pregunto es: ¿qué parte de tu obra en tu dimensión creativa de narradora, ocupa, por ejemplo, el ensayo, que a veces creo que incorporas a tu narratividad? —EP: México para mí, aparte de mi país, es mi escuela. Yo tuve una educación muy deficiente. Estuve muy persignada en un convento de monjas en EEUU, en Philadelphia, donde había muy pocas posibilidades de cometer pecado, porque había un asilo para locos, una cárcel y el convento de monjas. Sólo el día que te ibas de vacaciones a tu casa podías comprarte una cosa que se llamaba banana split, que fue mi primer acceso al erotismo, ver un plátano con tres bolas de nieve encima, mucho polvo de chocolate y crema... ¿Qué me preguntaste, por cierto? —ECP: No importa, porque la descripción erótica que has hecho del banana split merece mucho más la pena que la respuesta a mi pregunta... Pero bueno, te hablaba de Octavio Paz y te preguntaba por si había algún trasfondo de ensayo dentro de tu obra narrativa.
—ECP: Te cito el último mexicano, Don Juan Rulfo. Para cualquier aficionado a la literatura de verdad este señor es un punto y aparte, pero en México, ¿se le quiere?, ¿se piensa en él?, ¿se le lee?, ¿cómo lo tratan los escritores?, ¿lo aceptan como maestro los jóvenes o es una cosa sagrada que no hay ni siquiera que tocar? —EP: Se le lee mucho, los jóvenes lo quieren, lo imitan. Ahora salió una novela de Aguilar Camín del que la prensa decía que estaba escrita como Juan Rulfo. Hay un gran amor por Rulfo, aunque haya una fundación Juan Rulfo que impide en cierta manera su difusión. Rulfo era un hombre hosco, difícil, lleno de rencores, pero también muy encantador en su manera de hablar, lo hacía como un soldado raso, muy despacio, dejaba un espacio enorme entre una palabra y otra. Siempre decía que los demás le querían hacer algún daño. Yo estuve con él en una cena en casa de Antonio Sousa, que tenía una galería muy reconocida en esa época. Invitó a Rulfo, a Tamayo, nos sentábamos en el suelo, veíamos pasar a los invitados, y cada vez que entraba alguien me decía: «Mira, ese que entra ahora me quiere chingar». Y yo le decía «pero, Rulfo, por qué, ni siquiera sabes quién es». Y él contestaba: «Ya, pero intuyo que me quiere chingar, me va a fregar». Siempre creía que los demás le iban a hacer un daño, y eso acababa haciéndole un daño a él, porque era un hombre muy desconfiado, siempre caminaba por la vida como si fuera a aparecérsele una voz que le fuera a dictar las diez páginas siguientes de su novela. Andaba como un poseído. Y eso era muy notable, porque muy poca gente es así. Se movía fuera de la existencia de los intelectuales, no los quería, hablaba mal de ellos, no se llevó bien con Octavio Paz y casi con nadie, porque tenía hacia la vida una especie de rechazo. —ECP: ¿De dónde viene el título de tu última novela, El tren pasa primero? —EP:
Una amiga, a quien está dedicado el libro, me regaló el
título. Es una frase que leyó en un letrero para que la
gente no pase por las vías y la maten. A mí me gustó
mucho esa frase y me pareció que tenía una connotación
filosófica, pero también dolorosa, porque la revolución
mexicana se hizo en tren, se metían a los caballos en furgones,
y la gente, incluso las heroicas soldaderas, iban en el techo aguantando
la nieve del norte, la lluvia... Siempre se protegía a las bestias,
a los animales; por eso yo pensé que el tren en México,
por influencia norteamericana y porque además no son autosustentables,
se —ECP: Aquí casi tampoco, porque hay cosas que se desplazan por una vía, pero no son trenes. En fin, Elena, te voy a leer en voz alta las primeras palabras de El tren pasa primero: «Los rostros desencajados de quienes no habían pegado el ojo en toda la noche se juntaron en un círculo que empezó a girar sobre sí mismo, como si obedeciera a la fuerza de succión de un haz centrífuga. El silencio se hizo de piedra. Nadie se movía, ni siquiera Rodrigo, el hijo de Saturnino Maya, de nueve años. El embudo invisible los jalaba a su interior. Ninguno se atrevía a mirar su reloj». Y te hago una cita previa de García Márquez, que dice que el escritor que no agarra por el cuello a su lector en su primera página y no lo suelta hasta la última tiene bastante que desear. Yo creo que esto está aquí, no en la primera página, sino en este primer párrafo que te he leído. ¿Qué comentas? —EP: Pues qué bueno que diga eso García Márquez y qué bueno que tú digas que está en ese texto. —ECP: Es que está ahí el guión de todo lo que va a seguir después. Si quieres entramos en técnicas y sabrás que te he leído el párrafo justo de contención, porque después había una coma. Lo que sigue después de esa coma es «ninguno se atrevía a mirar su reloj, salvo Trinidad, que murmuró Van a dar las diez». La anterior es la condensación, éste es el eslabón de enlace. Cuando te pones a escribir la novela —ésta o cualquier otra—, ¿lo tienes todo en la cabeza, sabes lo que vas a poner en cada lugar o dejas que el tiempo fluya y vas poniendo, quitando, construyendo? ¿Cómo es? —EP:
La verdad, no sé cómo lo hago, porque soy muy periodista
y siempre busco, aunque no lo logre, responder a las cuatro preguntas
que te obligan a responder en cualquier periódico, que es cómo,
cuándo, dónde y por qué. Si tú en una nota
periodística no explicas esas cuatro cosas, inmediatamente el jefe
de redacción te la rechaza. Por otro lado, tengo mucha tendencia
a ser simplista, por respeto al lector, por no hacerlo trabajar de más,
por no sentir que tengo que escribir un texto complejo, de difícil
acceso. Siempre me digo que lo que no entienda yo misma no lo va a entender
otro lector, no tengo derecho a —ECP: Alguien ha dicho que no parecía una novela escrita por una mujer, sino por un hombre. ¡A estas alturas que te digan eso! La novela es buena o mala, no tiene sexo, aunque pueda haber pequeños matices, algún tinte... Por cierto, Bárbara es un personaje fantástico en El tren pasa primero. Tú descubres a los hombres en permanente acción, pero menudos retratos haces de las mujeres. —EP: Vengo de un país en el que las mujeres son las grandes olvidadas de la Historia. Por machismo. A las soldaderas les decían “galletas de capitán” o “colchones de tripa” de los soldados, pero no eran tenidas en cuenta siendo que ellas disparaban cuando un hombre moría, tomaban el Mauser y disparaban, algunas llegaron a ser capitanas, pero eso no importa nada, porque todos esos grados militares son de risa loca. Pero siempre he pensado que México sin las mujeres sería un país que se caería en mil pedazos. Las mujeres son elemento aglutinador, Resistol —un pegamento que lo pega todo—. Las mujeres hacen este papel, recogen a los niños de los internados, dicen «donde comen dos comen cuatro o seis» y siempre quieren para sus hijos y los hijos de otros que tengan una educación como ellas no la recibieron. Están dispuestas a todo. Yo amo profundamente a las mujeres. Me identifico mucho con las taquilleras del metro, con las que hacen comida en la calle, incluso hasta con las encopetadas, las que van al salón de belleza, se hacen crepes y adentro meten a su amante para que no lo vean [...] Quería que la mayoría de los personajes de mi novela fueran hombres, porque siento que la etapa de la mujer en México aún no ha llegado, aunque pueda estar próxima. Ojalá. —ECP: Yo espero que también [...] El final de la novela es una repetición: «¿a dónde van?, ¿a dónde van?». ¿Qué has querido decir en ese final? —EP: Porque no sabemos lo que va a ser de nadie, no sabemos qué nos va a pasar. ¿Tú sabes lo que te va a pasar mañana? —ECP: Si lo supiera no sería yo. —EP:
Nadie lo sabe. Es lo que más nos preguntamos. ¿Qué
va a ser de nuestros hijos? ¿Qué va a ser de un país
como México, donde hay tanta corrupción, donde el aire está
tan envenenado? Recuerdo haber visto a una empleada de la embajada de
EEUU a la que le pregunté cuándo iba a tener un hijo y me
contestó: « I would never have a child in this country /
Nunca tendría un hijo en este país». Entonces, nosotros,
los mexicanos, nos preguntamos a dónde vamos, qué somos,
en qué país queremos vivir. Todo esto está también
implícito en una novela en donde ya no hay ferrocarrileros, donde
tres de ellos, los que quedaban, se crucificaron en la plaza mayor de
Monterrey para reclamar sus derechos para que ni siquiera los oyésemos.
Es un país cuyas posibilidades se hacen cada vez más angostas.
Es tristísimo porque es un país maravilloso, es un gran
país con todas las posibilidades, pero, claro, también con
toda la corrupción. |
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