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En
cuanto la vi supe que iba a tener problemas. Necesitaba un libro. ¿Qué
libro? No pude disimular mi suspicacia, que a ella pareció gustarle.
Me sonrió. Giré la foto de
mi mujer y mi hijo, de nuestro último viaje a Grecia, y miré
hacia la ventana envuelta en la luz glauca del jardín.
Ella debió malinterpretar mi gesto
porque inmediatamente se sentó, me ofreció un cigarrillo
y me preguntó por los requisitos para pedir una beca de doctorado.
“Para doctorados estoy yo”,
pensé. Llevaba una falda ajustada; blusa de flores; una cadena;
moño alto, italiano; y muy poco colorete.
—¿Qué tema le interesa,
te interesa?
Los requisitos para la solicitud de becas
estaban clavados en el tablón de anuncios.
—¿Qué me aconseja usted,
profesor Vil?
Al decir “usted”, sonrió
a la vez que balanceaba la pierna graciosamente. Arrojaba el humo con
desenvoltura.
Yo suspiré evasivo. Prendí
un cigarrillo y simulé reflexionar.
La situación era esta: ya había
un candidato con un expediente mejor que el suyo, una única beca
de postgrado;
con todo, la beca era de ella.
Pareció leer mi pensamiento:
—Quiero pedir la beca, dijo.
“Es tuya, hija, es tuya”.
—Claro, claro.
Su sonrisa se amplió hasta abarcar
toda la habitación.
—¿Le apetece un café?,
aventuré.
—Qué malvado es usted, profesor
Vil.
—¿Con leche o solo?
—Con leche
—Escoja el tema que quiera, uno que
le guste.
—¿Cuál?
Ahí me había pillado.
—Hmmm, déjeme ver...
Trajeron los cafés. Hacía
calor para febrero.
Revolvió su azúcar con mi
cucharilla. Repitió la operación en mi taza, más
pequeña que la suya porque contenía café solo, y
la chupó otra vez para no dejar rastros de leche. Me la devolvió
con una mancha de carmín.
Fue entonces cuando comenzaron los retortijones.
Las piernas se me pusieron rígidas como palos, el vientre duro.
Ella debió sentir algo similar porque
de pronto, se arrastró bajo la mesa. Es el café, pensé
en mi desvarío. Si fuera la leche, sólo le habría
dado a ella, así que es el café.
Los espasmos se sucedían ahora con
rapidez, sudoraciones y jadeos. De pronto se oyó un grito agudo,
desesperado, como un gruñido.
La beca ya era suya.
Las mangas de mi camisa y mi chaqueta se
habían alargado increíblemente; y los pantalones se empeñaban
ahora, rebeldes, en doblarse hacia adelante; los zapatos habían
soltado el triste muñón de los calcetines.
Es posible que haya encogido (tal vez seguía
aún agachado, retrepado en el respaldo de mi sillón), ya
a duras penas llegaba a la mesa con la barbilla.
—¿La Revolución Francesa,
profesor, grrrnn, grrrnnn, ñrrr...?
—¡Sí, grrrnn, grrrnn,
grrrnn, ñrrrr...!
Me entraron unas ganas tremendas de correr
por una dehesa, de revolcarme en el barro, de rebuscar bellotas y castañas.
Ella se levantó y me tendió la pezuña.
Salté del sillón tras ella,
empujé la puerta con el hocico y me lancé al pasillo, con
un alegre trote, a por los impresos.
Por el camino saludé a un ñu
y a dos cebras.
(inédito)
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