La beca

 

Carlos Almira

 

 

     En cuanto la vi supe que iba a tener problemas. Necesitaba un libro. ¿Qué libro? No pude disimular mi suspicacia, que a ella pareció gustarle.
     Me sonrió. Giré la foto de mi mujer y mi hijo, de nuestro último viaje a Grecia, y miré hacia la ventana envuelta en la luz glauca del jardín.
     Ella debió malinterpretar mi gesto porque inmediatamente se sentó, me ofreció un cigarrillo y me preguntó por los requisitos para pedir una beca de doctorado.
     “Para doctorados estoy yo”, pensé. Llevaba una falda ajustada; blusa de flores; una cadena; moño alto, italiano; y muy poco colorete.
     —¿Qué tema le interesa, te interesa?
     Los requisitos para la solicitud de becas estaban clavados en el tablón de anuncios.
     —¿Qué me aconseja usted, profesor Vil?
     Al decir “usted”, sonrió a la vez que balanceaba la pierna graciosamente. Arrojaba el humo con desenvoltura.
     Yo suspiré evasivo. Prendí un cigarrillo y simulé reflexionar.
     La situación era esta: ya había un candidato con un expediente mejor que el suyo, una única beca de ¿Con leche o solo?postgrado; con todo, la beca era de ella.
     Pareció leer mi pensamiento:
     —Quiero pedir la beca, dijo.
     “Es tuya, hija, es tuya”.
     —Claro, claro.
     Su sonrisa se amplió hasta abarcar toda la habitación.
     —¿Le apetece un café?, aventuré.
     —Qué malvado es usted, profesor Vil.
     —¿Con leche o solo?
     —Con leche
     —Escoja el tema que quiera, uno que le guste.
     —¿Cuál?
     Ahí me había pillado.
     —Hmmm, déjeme ver...
     Trajeron los cafés. Hacía calor para febrero.
     Revolvió su azúcar con mi cucharilla. Repitió la operación en mi taza, más pequeña que la suya porque contenía café solo, y la chupó otra vez para no dejar rastros de leche. Me la devolvió con una mancha de carmín.
     Fue entonces cuando comenzaron los retortijones. Las piernas se me pusieron rígidas como palos, el vientre duro.
     Ella debió sentir algo similar porque de pronto, se arrastró bajo la mesa. Es el café, pensé en mi desvarío. Si fuera la leche, sólo le habría dado a ella, así que es el café.
     Los espasmos se sucedían ahora con rapidez, sudoraciones y jadeos. De pronto se oyó un grito agudo, desesperado, como un gruñido.
     La beca ya era suya.
     Las mangas de mi camisa y mi chaqueta se habían alargado increíblemente; y los pantalones se empeñaban ahora, rebeldes, en doblarse hacia adelante; los zapatos habían soltado el triste muñón de los calcetines.
     Es posible que haya encogido (tal vez seguía aún agachado, retrepado en el respaldo de mi sillón), ya a duras penas llegaba a la mesa con la barbilla.
     —¿La Revolución Francesa, profesor, grrrnn, grrrnnn, ñrrr...?
     —¡Sí, grrrnn, grrrnn, grrrnn, ñrrrr...!
     Me entraron unas ganas tremendas de correr por una dehesa, de revolcarme en el barro, de rebuscar bellotas y castañas. Ella se levantó y me tendió la pezuña.
     Salté del sillón tras ella, empujé la puerta con el hocico y me lancé al pasillo, con un alegre trote, a por los impresos.
     Por el camino saludé a un ñu y a dos cebras.

 

(inédito)