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BLANCA MART
Alejandro Hermosilla Sánchez
Dentro
de un mundo literario que se jacta de ser pluridimensional y abierto de
miras, resulta insólito, en verdad, la existencia de un caso como
el de la escritora que nos ocupa en estas líneas, Blanca Mart,
teniendo en cuenta el género al que se ha consagrado no sólo
como escritora sino, asimismo, como editora: la ciencia-ficción.
Por este motivo pero también por su simpatía, carisma, modestia
y una calidez personal que le honran, fue un placer entrevistar a esta
escritora catalana en el pasado mes de octubre en México.
—ECP: ¿Y cómo empezaste a escribir? —BM: Pues empecé desde niña, como muchos otros compañeros, pero, pronto, me di cuenta de que hiciera lo que hiciera, no podía dejar de escribir, siempre tenía esta afición por donde fuera en mi vida. Hiciera lo que hiciera, escribir era como una mosca en la oreja. Siempre tenía algo molestándome y cuando ya no podía más, lo escribía. Por supuesto, escribí las típicas novelas de amor que se hacen a los doce años, pero luego las rompía porque me daban vergüenza. Seguí escribiendo entre los 16 y 17 años —tengo varios cuentos escritos de aquella etapa— hasta que mi vida fue transitando por unos derroteros más normales en los que la escritura no fue la pasión primaria. Sin embargo, llegó un momento en que presenté un cuento de los que tenía a una editorial de Barcelona, Ediciones Dronte. La verdad es que esta editorial era muy difícil que aceptara publicar a una novel como yo, pero lo que sucedió es que aparecí en los despachos de la editorial donde el señor que la dirigía se encontraba totalmente abrumado por todos los originales que debía leer y le dejé mi cuento que leyó por cortesía el primero, le gustó, y me llamó a los tres meses para publicarlo. Desde entonces, lo cierto es que no he parado de estar entremetida en este mundo pues me gustó mucho la experiencia. —ECP: ¿Y qué edad tenías por aquel entonces? —BM: En esos momentos, unos treinta y pico años. —ECP: ¿Y qué cuento le diste?
—ECP: ¿Y cómo pasaste de Dostoievsky y Camus a la ciencia-ficción? —BM: Uff. No lo sé. Aunque recuerdo ahora El doble de Dostoievsky, que sí que tiene algún tipo de relación con la ciencia-ficción. No sé. Puede ser que el motivo esté en que por aquella época leíamos muchos cómics, muchas revistas de ciencia-ficción, etc. Pero, mira, ahora recuerdo que de pequeña, había un programa en la radio que se llamaba Diego Valor, el capitán del futuro, y había otro que era algo así como El odioso Fu Manchu y cuando llegaba del colegio, me subía a una silla y escuchaba estas historias. Recuerdo que los efectos especiales eran como ruidos de cazuelas y que para ser maquinas estelares sonaban un poco viejas pero, claro, era otra época. Yo creo que ahí se estaba forjando la vocación [...] Ningún género literario es excluyente de otro. Disfruto tanto de la ciencia-ficción como de… Ahora estaba leyendo, por ejemplo, los libros de Mary Renault sobre Alejandro Magno y El muchacho persa y también Bomarzo de Mújica Lainez, que es un escritor impresionante pero, de repente, aparece Philiph K. Dick… Y claro, no me puedo resistir. —ECP: ¿Y de dónde crees que nace este interés por la ciencia-ficción en el ser humano? —BM: Creo que si tienes un cierto interés en el futuro y en la ciencia, este género te atrapa de una manera u otra. —ECP: ¿Y por qué crees que está un poco desprestigiada? —BM:
Realmente, esto tiene su sentido. En verdad, cuando yo empecé a
prepararme las clases, investigué mucho sobre ciencia-ficción
y me di cuenta de que cuando uno va a hacer una presentación sobre
su libro conoce a sus personajes y la trama que ha montado sobre los mismos
pero, en realidad, no sabes de ciencia-ficción, no puedes saber
el futuro y ahí muchos datos científicos se te escapan.
Así, comencé a documentarme seriamente sobre este género
con el fin de poder contestar las muchas preguntas que a las personas
se les ocurrían sobre el mismo y me encontré con la información
de que, por ejemplo, Henry James discutió mucho con H. G. Wells
porque, en su opinión, escribía muy mal. James le exigía
a Wells una literatura de mucha mayor calidad estética. Y si reflexionas
un poco, te das cuenta de que lo cierto es que recordamos los libros de
ciencia-ficción de Wells por sus ideas —La isla de Moreau,
Los mutantes, La máquina del tiempo— pero
no por el estilo. De hecho, Wells le contestó a James que a él
le interesaba más la vida que la escritura, lo cual es muy legítimo
pero, claro, no ayuda a dar carta de madurez ni validez al género.
Si eres escritor tienes que escribir bien. Por ello, pienso que, en general,
—ECP: ¿Y me podrías referir cuál es la diferenciación exacta entre la ciencia ficción dura y la blanda? —BM:
La dura es, por ejemplo, a la que pertenecen Arthur C. Clarke o Isaac
Asimov, entre otros. Decía Asimov que la ciencia-ficción
dura era aquella en la que el escritor se molesta en dar unos pasos en
la experimentación y justificar, al mismo tiempo, la teoría
o hipótesis científica que propone. Ellos lo hacían
o, al menos, lo procuraban. Si hablaban de los grados que había
en el exterior del espacio o de las nociones de gravedad, justificaban
lo que le sucedía a los personajes a partir de estos hechos, si
nos referían cualquier acontecimiento, intentaban siempre dar una
justificación científica, etc. Sin embargo, Bradbury, que
es un ejemplo típico de la ciencia-ficción blanda, decía
que él no entendía de fórmulas químicas, él
no sabía si el H2O estaba formado por dos moléculas de hidrógeno
y otra de oxígeno o al revés. Por lo tanto, Bradbury únicamente
tomaba los elementos claves de la ciencia-ficción sin explicarlos.
Por ejemplo, tomaba una nave espacial y nos proponía que nos fuéramos
con él a Marte sin tener por qué montar todo un conglomerado
de explicaciones científicas a partir de este hecho. Pero Bradbury
te hacía una propuesta social conmovedora y muy interesante, haciéndote
reflexionar sobre el futuro sin necesidad de dar explicaciones científicas
a su narración. Él es capaz de decir que hay agua en Marte
sin tener por qué darte explicación alguna, lo cual está
muy bien, pues sus narraciones funcionan a la perfección sin necesidad
de más aditamento. En cambio, los escritores de ciencia ficción
dura sí lo hacen [...] Yo, por ejemplo, cuando escribí ‘La
crisálida’ decía que los marcianos cristalizaban porque
les inyectaban Helio-2 y me quedé muy impresionada cuando supe
que el Helio-2 estaba en la materia —ECP: ¿Y la ciencia ficción mexicana? ¿Qué me puedes decir de ella? —BM: Aquí, a mediados del siglo XVIII, hubo un sacerdote yucateco, Fray Manuel de Rivas, que escribió un libro sobre un viaje interestelar a la luna y que se echó encima a toda la Inquisición. También Amado Nervo ha escrito poemas de ciencia-ficción. Tengo una revista con algunos de ellos que me impactaron. Luego, te podría decir que yo conocí al grupo de ciencia ficción de la revista Asimov Ciencia Ficción y que había elementos muy buenos allí. En concreto, había un escritor poblano, Gerardo Horacio Porcayo, que para mí representa como pocos el ciber-punk mexicano que, aunque se desarrolló en los 80 con Neuromante de Gibson, no llegó hasta los 90 a México con la novela de Gerardo, La primera calle de la soledad, una novela dura, con drogas, multinacionales que controlan a la gente y paisajes desolados y tristes al estilo Blade Runner [...] Luego hay otro autor poblano, José Luis Zarate, que está ganando premios en España, o una chica como Libia Brenda Castro, que ha escrito muy poco pero tenía un cuento de ciencia ficción que era realmente muy bueno y se lo publicaron en una revista llamada Blanco Móvil. Hay otra escritora que edité en la recopilación de Difrentes como Marta Camacho, que llegó a inventar el personaje del Cibergolem, un golem cibernético que en lugar de llevar las palabras mágicas en la frente, tenía un código genético en el paladar [...] Te podría citar también a Ricardo Guzmán Wolffer, etc. —ECP: ¿Y cuál es la diferenciación que encontrarías entre la ciencia-ficción y la fantasía? —BM:
Hay una pelea entre estos dos campos. Hay personas que piensan que La
guerra de las galaxias es fantasía porque se encuentran la
princesa y el héroe que la salva, etc, y otros, como yo, pensamos
que sí es ciencia-ficción porque toma los elementos de este
género —naves espaciales, saltos al hiperespacio— y
compone la historia. No hablan de un dragón y dicen vamos a volar.
Ellos toman elementos científicos y los manejan en la narración.
Otra cosa es que los manejen como ciencia-ficción blanda [...]
Recuerdo una vez que leí un libro de Scholes y Rabkin, dos investigadores
científicos, en el que afirmaban que este debate sobe ciencia-ficción
y fantasía era un poco como hablar del sexo de los ángeles
pero que, de todas formas, sí que aportaban una idea que me pareció
muy interesante. Según ellos, en el mundo de la fantasía
aceptamos absolutamente todo —dragones, hadas o elfos— porque
hemos aceptado que nos encontramos en un mundo mágico pero si vamos
a ver una película de ciencia-ficción en que nos dicen,
por ejemplo, que le van a implantar al protagonista un chip de memoria
en el cerebro y que unos asesinos le persiguen y que, de repente, cuando
este hombre huye de ellos —en vez de meterse en una cloaca o ser
salvado por otro genetista—, se sube a un dragón y sale volando...
Obviamente, el espectador acabaría enfadándose porque es
una falta de respeto a un pacto [...] Por ejemplo, hay una película
reciente que nos plantea una historia y un mundo donde no nacen niños
y en el que una mujer negra va a tener un hijo y hay que salvarlo…
Pues imagínate, que en vez de ser ayudada por mujeres o por mutantes,
que ella se —ECP: O que un león hable, claro. —BM: Claro. Además, otra característica de la ciencia-ficción para estos dos críticos es que la misma queda definida por sus elementos. En primer lugar, por el respeto que debe haber en este género a nuestra realidad aun partiendo de la ciencia y, en segundo lugar, por los elementos que maneja, lo cual también ha llevado a todo tipo de discusiones. Por ejemplo, hay una película, El reino de los dragones, que hay personas que la consideran fantástica y otras de ciencia-ficción. Yo digo que es de ciencia-ficción porque al principio de la película vemos que el dragón no ha venido volando como las hadas y los elfos del mundo fantástico, sino que ha nacido por evolución de unos huevos que se encuentran debajo de un edificio, lo que puede ocurrir, porque ya hay bichos mutantes en Río Tinto y que viven en el metano. Es decir, cuanto más nos acerquemos a la ciencia-ficción, más estaremos en contacto con todos estos elementos que le corresponden: naves espaciales, futurismo, implantes neuronales, ingeniería genética, etc. —ECP: ¿Y cuál es tu libro favorito de ciencia-ficción? —BM: Es muy difícil de decir, pero te diría que, en realidad, el que más me gusta es uno de Alfred Webster que se llama Tigre, Tigre. Es un libro con un estilo muy grandilocuente pero, aun así, excelentemente escrito. —ECP: ¿Y otros libros? ¿Qué me puedes decir de Jack Vance? —BM:
Jack Vance es un antropólogo muy divertido que tiene unos libros
realmente entretenidos. Su tetralogía sobre los Chasch, los Wankh,
los Dirdir y los Pnume me encantan. Me encantan como distracción
y los tengo subrayados porque, en realidad, son un estudio antropológico
también. Por ejemplo, cuando describe los vestidos, las peleas,
los matrimonios y los rituales llega a unos límites extraordinarios
que me hacen deleitarme con su escritura. Eso sí, Jack Vance tiene
un peligro porque, —ECP: ¿Y qué piensas de un libro como El señor de las moscas? ¿Habría que incluirlo también dentro del género ciencia-ficción? —BM: Podría ser, porque refleja un educativo que muchos consideraban que era futurista. Fue escrito en los años 60, marcando un impacto en aquella época. El planteamiento era cómo en un futuro se podía educar a los niños sin represión y, desde este punto de vista, sí que se puede considerar futurista. Además, está muy bien escrito. El libro de Golding, como el de Anthony Burgess, La naranja mecánica, se pueden considerar como ciencia-ficción de la educación. No hay más que recordar la educación conductista final que sufre el protagonista del libro de Burgess o el final terrorífico del libro de Holding. —ECP: Bueno, y retomemos tu propia narrativa. Cuéntame algo más de Al Braker y Whissita. —BM:
En verdad, son mis personajes. Al Braker es un piloto espacial bastante
rudo, del estilo Marlon Brando, y Whissita es muy bonita. Los dos son
valientes, decididos e independientes. Él vive en un faro y hay
como toda una mitología alrededor de ellos. Hay una anécdota
curiosa sobre estos personajes porque, por ejemplo, cuando escribí
‘La crisálida’ mucha gente me decía que me había
vuelto muy feminista por las dificultades del chico y, más tarde,
escribí ‘La libélula’, en que ella se transforma
en Venus y él la va a rescatar y me dijeron que me había
vuelto muy machista. Uno nunca sabe qué reacción va a tener
la gente. Esto me hizo gracia y escribí ‘Fin de semana en
Agar II’, que es un lugar donde se supone que todos son iguales
y en ella salían los dos en igualdad de condiciones [...] También,
como te dije, escribí una novela que se llamaba La era de los
clones, de la que sólo pude publicar por una serie de circunstancias
la versión breve que, sin embargo, tengo ahora en la versión
íntegra que, seguramente, una editorial mexicana me va a publicar,
así como una bilbaína. Esta novela se me ocurrió
un día porque tenía ganas de leer un libro de ciencia-ficción
que no fuera solamente de poderes extrasensoriales o de aventuras. Quería
un libro en que saliera un poco de todo. Por ello, hice una aventura espacial
en la que Broker y —ECP: Y háblame de La nimiedad, que no tiene nada que ver con la ciencia-ficción y ha recibido muy buenas críticas. —BM:
Resulta que tuve unos abuelos en la casa misteriosa de mi infancia que
contaban cuentos. Mi abuela de terror y mi abuelo de la guerra. Por esta
razón, este libro está dedicado a ellos. En una ocasión,
viendo que mi marido le preguntaba anécdotas a su padre sobre historias
de la guerra, esta situación me hacía gracia, me acuerdo
que me reía y pensaba que el abuelo debía inventar las historias
y dejarse de historias con los rojos. Y como me acordaba de muchas cosas
que me había explicado mi abuelo, empecé a escribir la novela
pensando en un republicano que había vivido la guerra, sus hijos
le preguntaban sobre la misma y él llega un momento en que sufre
porque no se acuerda de las cosas. De todas maneras, como piensa que es
mayor y cree que va a morir, decide hacerles un último regalo.
Habla con su mujer, que ya es bien mayor, y le dice que él es ahora
quien va parir a sus hijos y les comienza a contar mentiras a través
de las que el hombre les comienza a ofrecer una ilusión por la
vida, una ilusión de estar juntos. Esta novela es un poco como
la construcción de los sueños. Les refiere anécdotas
de la República y de la España profunda que son atroces,
pero realmente sucedieron como una que me contó mi abuela en que
un perro mordió a una niña y la tuvieron que matar con un
tiro porque, por aquel entonces, no había médicos ni remedio
contra esto, niños que nacían huérfanos y crecían
solos, etc… Te estoy hablando de hace ochenta o noventa años.
Además, toda esta gente creció y a mitad de su vida se encontró,
de repente, con la guerra. En fin, también salen tres amigos, un
republicano, un hombre de derechas y un rojo, que se llevan bien entre
ellos y deben enfrentarse a los estigmas de la guerra. Todas estas anécdotas
y circunstancias se fueron uniendo y llegó un momento en que necesitaba
contar esto [...] Es un fenómeno curioso lo que se ha producido
con este libro porque, por ejemplo, hablé con una tía mía
de 90 años y me dijo que escribí de ella, cuando no es así.
Me sorprende porque hay gente en México que me ha preguntado si
yo conocí a su papa. Esto ha sido un poco universal y he acabado
tomándole mucho cariño a esta novela [...] La nimiedad
la presentamos en el Real Club Artístico de Barcelona en el Barrio
Gótico y para mí fue emocionante porque se cumplieron aquel
día 50 años justos de la muerte de mi abuelo —asunto
sobre el cual sólo me apercibí ese mismo día—
y además en este barrio es donde tenía la tienda de restauración
del arte. Fue, realmente, interesante. La persona que lo presentó,
José Luis Giménez-Frontín, dijo que la novela era
psicológica-intimista dentro de la línea de las narraciones
italianas: la despedida del patriarca que muere. Una despedida muy positiva,
por otra parte. La han elogiado mucho y ahora estoy escribiendo otra sobre
una anciana que tuvo un hijo en África que murió y al cabo
de unos 30 años se le presenta un —ECP: ¿Y me puedes hablar de las Ediciones El Taller? —BM: Sí. Mira. Es que tengo una vena, de vez en cuando, editora. He trabajado, por ejemplo, en Alfaguara durante muchos años, realizando dictámenes de libros. Y cuanto trabajaba allí o en otras editoriales, muchas veces leía cuentos o un material que me gustaba mucho y pensé que algunos de ellos los iba a editar y así lo hice, por ejemplo, con el libro Difrentes. Lo cierto es que casi todos son escritores mexicanos, aparte de mis hijos, Elena Puyol, que ya ha publicado algún libro entre filosofía y superación personal y ha escrito algunos cuentos de ciencia-ficción, e Iván Puyol [...] Lo llamamos Difrentes porque, realmente, no somos iguales. Ni de una persona a otra, ni del mismo sexo, ni de la misma edad, etc. Fue un proyecto muy bonito como para unir gente. Y esto también se refleja en las ilustraciones del libro. —ECP: ¿Y el nombre de la editorial? —BM: Se lo puse porque yo amo el Barrio Gótico de Barcelona y es allí donde mis abuelos tenían su taller. Por ello decidí como pequeño homenaje llamar a esta editorial Taller. —ECP: Y háblame un poco más de tu faceta de dictaminadora sobre libros que realizabas en Alfaguara. —BM: Sí. Me mandaban libros que les llegaban y yo debía dar mi opinión al respecto. Los que merecían publicarse y los que no. —ECP: ¿Y te resultaba fácil esta tarea? —BM: Mira. A veces, es difícil porque empiezas a leer un libro y piensas que es muy malo y que te lo tienes que leer hasta el final. Lo que ocurre es que cuando has leído 30 o 40 páginas y te das cuenta de que no son buenas, normalmente, el libro continúa mal. Raro es el libro que se remonta. Sin embargo, por conciencia —no fuera a ser que dejara pasar entre mis manos un buen libro— los leía hasta el final. Entonces, básicamente lo que hacía era señalar que había, por ejemplo, 80 páginas rescatables, etc, aunque la editorial lo que quiere es, lógicamente, vender el libro completo [...] Y sí que publicaron algunos libros que yo recomendé como El desbarrancadero de Fernando Vallejo o La sonrisa del gato de Rodolfo Martínez. En fin, este trabajo es muy bonito porque cada vez aprecias más la palabra. Yo lo leía todo y terminas apreciando a los escritores que cuidan el lenguaje y el estilo. Igualmente, la editorial lo que me demandaba era su grado de comercialidad, para qué público se podía dirigir, si estaba escrito para el círculo intelectual, etc. Lo hice durante muchos años y, desde luego, disfruté de muchos autores desconocidos que te hacían saborear las palabras. —ECP: ¿Y qué me dirías de Lluvia sobre el barman?
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