Café helado
Lola Lasala Benavides
Paula,
Paulita, niña, cada una me llama de una manera y yo siempre respondo
igual: ¿Qué?, y el eco de la última vocal resuena
por el largo pasillo de baldosas grises de la casa de mi bisabuela,
Mª Paula. Las tres Paulas: ella, mi abuela y yo. Se saltaron a
mi madre y le pusieron Pilar. A mi abuela le decimos Pauliña,
porque insiste en que sus parientes procedían de Vigo. Mi bisabuela
mueve la cabeza, cierra los ojos y dice bajito: Todos estamos mezclados,
hija mía, ¿no has visto a esos colombianos que han venido
al tercero? Viven apiñados, siete u ocho, qué mundo este.
Somos un trío mágico al que mi madre contempla con cierta
envidia: Os llamáis así por San Pablo, porque en casa
siempre hemos sido muy católicos, tu abuelo paterno iba a ver
a la Virgen del Pilar todos los jueves del año, incluso con cierzo;
de pequeña pensaba que era un ciervo que soplaba muy fuerte.
Mi tío Paco, que venía los domingos a comer bromeaba:
¿Onde sopla el Moncayo? Y yo creía que se refería
a un animal enorme de la familia de Bambi.
¿Vamos ya a Santa Engracia, niña?,
Mª Paula se impacienta mientras mi abuela acaba de arreglarse deprisa.
Hoy, a misa de siete y luego a tomar chocolate cerca de Goya. Mis amigas
se extrañan de que salga con ellas, pero a mí me gusta,
admiro su experiencia, me divierto con sus comentarios y les confío
mis penas, pues saben mucho más que yo, con veinte años
recién cumplidos y sin un plan de futuro. ¡Las quiero tanto!
Me gusta atravesar a su paso el Paseo de la Independencia y oír
por enésima vez que vaya farolas más raras han puesto,
que tú no sabes, hija, lo bonito que estaba cuando en este extremo
existía el Café de Ambos Mundos, ¡el mayor de España!,
cuyo número de mesas coincidía con los días del
año. Pauliña mira con devoción el Monumento al
Justicia de Aragón y suspira recordando a mi abuelo muerto, al
pasar junto a la Facultad de Medicina. Tu abuelo obtuvo unas excelentes
notas, a ver si tú haces lo mismo, niña. Porque yo voy
a ser médico, como mi abuelo Juan.
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En verano las acompaño a San Gil
y luego tomamos horchata y helados en los porches de la Plaza del Pilar,
llena de palomas antiguas y de niños nuevos. Y un dulce, mi niña
—insiste mi bisabuela— Dice dulces y dulcería
porque vivió muchos años en Córdoba y recuerda
el olor a azahar del patio de la Mezquita. Gracias a ellas viajo por
España, desde Galicia a Andalucía, pero yo me siento aragonesa.
Me gusta esta plaza y ver La Seo, y entrar a pedirle a la Virgen mil
y una tonterías y prometerle lo que sea si las conserva a mi
lado mucho tiempo.
Mientras degustamos un helado, Mª
Paula entorna los ojos y comienza a recordar antiguos cafés:
El Europa, el populoso Iberia, El Suizo, El Rancio, en los bajos del
Palacio de Sástago, el del Teatro del Circo, el del Universo
y de las Cuatro Naciones, El Moderno donde tocaban los músicos,
El Niké, donde se reunían los intelectuales. ¿Y
El Levante? —me intereso— ¿Existía ya? Claro,
hija, lo frecuentaba Ramón y Cajal ¡Qué recuerdos!
y se queda callada, mirando por la cristalera cómo pasan apresuradas
mujeres bajitas, de tez oscura, con bolsas de plástico en las
manos, ecuatorianas o colombianas, que acaban de dejar a un anciano
en el Paseo Sagasta —antes Mola, con sus tranvías—
o a un par de niños malcriados en la calle Don Jaime. Y yo le
cojo la mano y pienso en que mi bisabuela, sin saberlo, es un puente
entre el ayer de sus cafés y el mañana de esta Zaragoza
cambiante, mezcla de gentes llegadas de países agotados, de personas
mayores y de nosotros, los jóvenes, con este futuro incierto
¿quizá por eso me refugio entre los recuerdos de mis dos
mujeres queridas? Y Zaragoza me responde con un interrogante.
(inédito)