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FEDERICO CAMPBELL
El poder de la memoria
Elena Méndez
11:30 a.m. Llego a la cafetería del hotel donde Campbell se hospeda. Lo encuentro mientras hace una llamada telefónica. Le doy una palmada en la espalda. Espero a que termine su asesoría con otra de las talleristas, a quien revisa un fragmento de novela. Poco después, me indica que ya puede empezar la entrevista. Nos saludamos cordialmente. Me hace dudar del funcionamiento de la grabadora, al ver mi nerviosismo. «Media hora», advierte. Tiene prisa, orientará a varios alumnos esta jornada, como ha hecho durante toda la semana. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Todo gran escritor es un melancólico? —FEDERICO
CAMPBELL: No. Hay escritores felices como Paul Claudel. El ser feliz o
no ser feliz no tiene nada que ver con el oficio. Es como si me preguntaras:
‘¿todos los carpinteros son melancólicos?’,
‘¿todos los sastres son alcohólicos?’. Lo que
sí sucede con los sastres es que casi no fuman porque, como se
ocupan de una actividad física, como Gandhi… ¿Te acuerdas
que siempre estaba moviendo unos hilos?... Cuando la gente hace actividades
manuales, como el sastre, tiende a ser menos ansioso, por tanto se les
olvida fumar, porque se fuma por ansiedad, básicamente, y por adicción
a la nicotina. Yo era un tabacómano muy particular, sólo
fumaba en la noche, después de la noche, tres, cuatro cigarros.
Lo cual no era nada bueno, porque me iba a la cama con la nicotina circulando
[...] La —ECP: ¿Cómo incide lo autobiográfico en su narrativa? —FC: Igual que en cualquier escritor. En todos los escritores (narradores, poetas, etc) es imposible prescindir del elemento autobiográfico, porque sería como prescindir de la propia identidad personal. Un escritor no es una computadora que escribe sola. La memoria del escritor es una memoria humana. Luego entonces es una memoria cargada de congojas y de emociones. —ECP: ¿Cuál es su libro menos autobiográfico? —FC:
Tal vez Transpeninsular. Aunque en ella traduzco mucho mi indecisión
entre el periodismo y la literatura. El personaje es un periodista, un
escritor de viajes que se debate entre la imaginación de la literatura
y la información del periodismo. Es la historia de un viejo periodista,
retirado ya, que se da cuenta a los cincuenta y tantos años de
que no se atrevió, cuando joven, a apostarle al camino de la fantasía
y de la imaginación que supondría la literatura, entonces
se fue por el espejismo del periodismo, y durante veinte, treinta años,
se negó a sí mismo esa vocación, o a lo mejor no
la tenía muy fuerte. Pero lo cierto es que este personaje, ya sobre
los sesenta años, se pone a hacer un recuento de su vida y se —ECP: ¿Pero se sabía que tuviera enemigos? —FC: No, no especialmente… En primer lugar, no era un periodista de denuncia muy fuerte, lo cual podía haber sido delicado en los años 50, cuando el régimen priista era más intolerante y más paranoico... Parece ser que él tuvo un enamoramiento con una señora casada, y probablemente por esa razón lo mataron. —ECP: ¿A qué atribuye su fascinación por la mafia? —FC:
Yo no tengo ninguna fascinación por la mafia, tengo interés
por las relaciones entre crimen y poder. El crimen organizado es, en el
fondo, un fenómeno de relación con el poder establecido.
No hay crimen organizado que no sea una colusión entre delincuentes
y policías, o entre criminales y representantes del Estado…
Entonces eso es lo que me ha interesado: las relaciones de poder entre
política y delito, que van juntas. Y no sabría medir si
es peor ahora que antes. A lo mejor siempre ha sido así, desde
los Médicis en Florencia… el crimen siempre ha sido algo
consustancial al poder, como se ve en las tragedias históricas
de Shakespeare, como en Ricardo III y en otra obra que no es
histórica pero está referida al poder, Macbeth.
El escenario termina siempre regado de sangre, lleno de cadáveres
por la lucha por el poder. En los últimos años en México
y en el mundo entero ha aumentado el poder financiero informal del narcotráfico,
y esto ha alterado los indicadores económicos. Los gobiernos no
saben muy bien cuál es su situación económica porque
hay mucha información no contabilizada que no entra a las estadísticas
porque proviene de la economía criminal, que es informal, clandestina,
que facilita mucho la inversión de dinero ilegal, especialmente
en la industria de la construcción. Por eso en México prolifera
la construcción de edificios, sobre todo en las playas: Puerto
Vallarta, Cancún… Porque una de las formas más efectivas
de lavado de dinero es la construcción. Yo creo que no sólo
en México, también en Chile, en Centroamérica, en
Colombia… En Estados Unidos se hace, sobre todo, a través
de la banca privada. Hay una relación muy perversa entre el gobierno
de los Estados Unidos y el de México respecto al —ECP: ¿De qué manera influyen Leonardo Sciascia y Luigi Pirandello en usted? —FC: De ninguna manera. Los cito y todo, pero eso no quiere decir que yo tenga influencia. Las influencias se traducen en el modo en el que uno escribe una novela, y las novelas que yo he escrito no tienen nada que ver con esos dos autores sicilianos. Lo que pasa es que a mí me han interesado por muchas razones. He escrito un libro sobre Sciascia, que se llama La memoria de Sciascia [...] Cuando tenía veinte años viví un verano en Sicilia, en el 62, y tuve una experiencia feliz, la historia del primer amor, que sucede en todos los seres humanos, y que a la postre resulta ‘tu último amor’, tu único amor. Como dice García Márquez, «tu primer amor fue tu último amor». Y luego, a lo largo de la vida, siempre me interesó volver a Italia, y en el año 85 me propuse ir a conocer a Leonardo Sciascia en Palermo y así fue, así lo conocí, y escribí un libro sobre él y nos hicimos amigos. Y todo lo que ha tenido que ver con Sicilia y con Italia y con Sciascia han sido cosas felices. El principio del placer del que habla Freud consiste en repetirlo; por eso si yo tuve una experiencia de felicidad en Sicilia a los veinte años, el impulso natural en mi vida posterior hasta los 40, 46 años, que es cuando fui a ver a Sciascia, es repetirlo; tú quieres repetir esa experiencia… Nos queda un minuto —me apura, aunque apenas vamos a la mitad… —ECP: ¿En qué forma logra complementar su vocación periodística con la literaria? —FC: De ninguna manera. Yo soy de los que piensan que el periodismo no tiene nada que ver con la literatura; son dos lenguajes distintos, y la actitud del escritor ante el texto es distinta. En el periodismo la relación es muy distante y muy impersonal, mientras que en la literatura, en la novela, la relación del escritor con la escritura es profundamente personal. —ECP: Usted declaró, en entrevista a Ariel Ruiz Mondragón: «Soy un novelista frustrado porque carezco de imaginación literaria. Me cuesta mucho escribir porque no tengo la inventiva literaria». ¿Por qué definirse así?
—ECP: ¿Qué rol jugaría su pasión por el cine dentro de su obra? —FC: Yo no tengo ninguna pasión por el cine, simplemente me gusta, soy un espectador más, y como cualquier persona sensible ante la narración, me interesa la narración cinematográfica. Tal vez la influencia sea de orden inconsciente en cuanto a la introducción de algunas imágenes de las cosas que uno narra. —ECP: ¿Por qué le interesa tanto hablar sobre la memoria? —FC: Porque la memoria es nuestra identidad personal. La persona es la memoria. Y una de las cosas que más me ha conmovido en la vida es la enfermedad del Alzheimer. He visto a un amigo en Huatabampo… Lo más triste del Alzheimer es que primero se muere la persona y luego el cuerpo. Porque la persona es la memoria, la memoria es la identidad personal, entonces pienso que es una de las cosas más importantes lo que está descubriendo la nueva neurobiología, que nos está informando sobre el funcionamiento de la memoria y sobre los deterioros irreversibles del Alzheimer. Y por otro lado pienso que en la capacidad distorsionadora reside el secreto de la creación literaria. —ECP: ¿Cómo se explicaría usted el silencio de grandes autores como Juan Rulfo y Arthur Rimbaud, tras crear libros definitivos para la literatura universal? —FC: Hay el caso de algunos escritores que renuncian a la escritura por convicción estética, porque ya no tienen nada que decir y ya no tienen ningún deseo de decirlo, y también porque se les fue su juventud, y resulta que ser joven es tener una mayor capacidad de ilusión, y eso se pierde con la edad; entonces también es probable que Juan Rulfo haya dejado de escribir porque dejó de ser joven y ya no tenía las motivaciones que suele tener un joven como el deseo de reconocimiento, de fama, de figurar… Entonces probablemente se quedó sin esas motivaciones porque muy pronto se convirtió en un hombre mayor. (Hasta aquí la dejamos —propone. Nada más nos falta una, insisto—). —ECP: El escritor Álvaro Enrigue afirma que debería ‘matarse’ a Rulfo, en cuanto a la excesiva influencia que ejerce en los autores mexicanos actuales, particularmente en los norteños. ¿Qué opinaría usted al respecto? —FC: Yo tengo la impresión de que no existe esa gran influencia de Juan Rulfo porque no la veo… (Le digo que yo noto dicha influencia en el caso de autores como Eduardo Antonio Parra y Élmer Mendoza, quienes confiesan tenerla. Incluso este último hizo su variación sobre Pedro Páramo en su novela Cóbraselo caro…) Nadie tiene una sola influencia. Te influyen innumerables escritores, el habla de la ciudad en la que vives, tus amigos, lo que lees en los periódicos… ¿Cómo puedes decir que alguien tiene influencia de Rulfo y no tiene influencia de Faulkner? Por lo demás, la noción de influencia en la literatura ya no quiere decir nada. Es un concepto un poco ocioso que no quiere decir ni significa nada, no explica nada y no tiene la menor importancia. (¿Qué aburridas son las entrevistas, verdad? —remata, mientras ya hay una tallerista más esperando su asesoría. Son las 12: 12).
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