MIGUEL COSSÍO WOODWARD
—MC: Realmente, no recuerdo un momento especial. Yo siempre supe que iba a ser escritor y no hay un momento particular que pueda señalar a este respecto. Creo que, para mí, siempre fue como una vocación innata. Era tan claro como saber que iba a crecer o iba a ir a la escuela. Desde muy niño, percibí con claridad que siempre iba a tener a la literatura como mi vocación principal. —ECP: Sin embargo, supongo que habría una serie de libros que te marcaron. —MC: Llega un momento en que resulta un poco feo hablar de todas las obras y aspectos de la vida que a uno le han influido. Pero recuerdo que desde muy pequeño leía todo lo que caía en mis manos y, por supuesto, los libros de hadas y todo este tipo de lecturas que forman parte de la infancia. Sin embargo, mi primera lectura seria fue El Quijote y tengo que confesarte que no entendí nada. Tendría yo 8 o 9 años y fui a la Biblioteca Nacional de Cuba que estaba ubicada en unos castillos que se habían hecho en la época colonial y se encontraba cerca de casa. Había escuchado hablar de Cervantes y un día pedí El Quijote y las empleadas se quedaron sorprendidas. Lo leí sin comprender casi nada y sólo mucho tiempo después lo recuperé y lo releí varias veces [...] De todas maneras, si tuviera que decirte algún autor que me marcara por aquellos años este fue, sin duda, Julio Verne. Leí todo Julio Verne, al que encontré maravilloso. De hecho, lo primero que escribí con 9 o 10 años fue, prácticamente, un plagio de La vuelta al mundo en ochenta días. En concreto, aquel pasaje en que Phileas Phogg va caminando hacia el club donde se va a realizar la apuesta. Tenía yo una pluma de tinta verde y con aquella pluma empecé a escribir algo sobre alguien que caminaba de la misma manera que Phileas. Ya cuando era adolescente vinieron los grandes nombres como Herman Hesse o Thomas Mann. —ECP: Por tu edad generacional supongo que debiste conocer a algunos de los más importantes escritores cubanos. ¿A cuáles? —MC: Bueno, yo no me encontraba dentro de ningún círculo de escritores conocidos porque mi infancia fue muy difícil. En mi familia éramos muy pobres. Por decirlo con claridad, nos encontrábamos en una situación de pobreza extrema. Por ello, mis lecturas y mis contactos fueron muy autodidactas durante mucho tiempo. Únicamente más tarde ya me relacioné con escritores mayores como el poeta Eliseo Diego así como con escritores de mi generación. Pero de los grandes escritores recuerdo, sobre todo, mis pláticas con Nicolás Guillén. También conocí —pero, en este caso, de lejos pues él era demasiado grande para mi edad— a Alejo Carpentier. —ECP: Por cierto, al parecer, antes de dedicarte a escribir, fuiste profesor ayudante de una Cátedra de Economía en Cuba. ¿Me puedes explicar esto? —MC: Sí. Curiosamente, debido a esa circunstancia de dificultad económica que me persiguió durante muchísimo tiempo, no pude hacer estudios regulares debido a que tuve que dedicarme a trabajar y demás asuntos. De todas maneras, me inscribí en un Curso de Nivelación que me permitió entrar en la universidad y decidí apuntarme a la carrera de Licenciatura en Economía, lo que es uno de mis pecados. Me llamaba la atención la economía global, la visión del mundo que ésta otorgaba. Comencé a estudiar en la Universidad de la Habana esta materia y, finalmente, llegué a ser profesor ayudante de esta Cátedra sin, por otra parte, saber prácticamente nada de esto.
—MC: Tiene mucho que ver con la llegada de la Revolución Cubana, que fue una revolución que para los jóvenes y gran parte de la población supuso un momento de ilusión, de cambio utópico que, más tarde, comprobamos que no se realizó. En sus momentos iniciales, la Revolución representó un estado de crecimiento en todos los sentidos y había que colaborar con ella. Por ello, yo, como miles y miles de jóvenes, me fui a cortar caña de azúcar durante meses en los campos de Cuba. Esa tarea es increíblemente agotadora y no sé cómo pude soportarla. Pero fíjate que mientras cortaba caña aprovechaba los descansos para leer a Joyce, lo que es algo, como verás, curioso. Así, fui poco a poco escribiendo cuartillas y, más tarde, quise recorrer toda esta experiencia en este libro cuyo nombre deriva del nombre científico de la caña de azúcar [...] Tomé ese nombre para el libro y escribí esa novela que creo que no es tampoco un modelo de alta envergadura literaria. No me siento excesivamente orgulloso de ello y, sin embargo, fue premiado. Gané el premio Casa de las Américas con ese primer bodrio. —ECP: Bueno, yo no estoy de acuerdo en esto. A mí me parece un libro bastante bueno y respetable. Además, tu manera de combinar un estilo grácil y sencillo con diversos pensamientos y ritmos caóticos me pareció, verdaderamente, ejemplar. —MC: De todas maneras, espero haber mejorado bastante después de este libro. Ja, ja, ja. —ECP: ¿Y la metáfora del hombre del otro mundo que aparece en el libro? —MC: Yo escribí el libro de una manera muy caótica. Trabajaba como economista en Cuba y tenía mucho trabajo. Terminaba la jornada de trabajo a las 9 o a las 10 de la noche, llegaba a casa, dormía un par de horas y escribía como de la 1 de la madrugada a las 5. Escribí esa novela en tres meses pero, como te digo, de madrugada. Un poco como sugería Faulkner, con la paga del soldado. —ECP: Sin embargo, aunque no estés de acuerdo conmigo, te puedo afirmar que la prosa está excelentemente pulida y hay matices muy cuidados como el no mencionar a Castro y casi no referirse a Batista. —MC: Creo que esto se debe al hecho de que el libro narra la experiencia del trabajo agrícola desde dentro. No me interesaba introducir un discurso político en el libro. —ECP: Por tanto, el personaje de Darío eres tú básicamente. —MC: Sí, en ese sentido, sí. —ECP: Hay un aspecto en tus novelas que también me interesa mucho: cómo afrontan tus personajes el amor.
—ECP: ¿Y qué supuso el premio para ti? —MC: En primer lugar, me dio a conocer en el medio literario puesto que yo, como economista, no formaba parte de este mundo. Me dio a conocer a este medio y me vinculó a este mundo que era el mío y con el cual no estaba, hasta entonces, relacionado. Me confirmó lo que era mi vocación de siempre. —ECP: ¿Y cómo y por qué tardaste tanto tiempo para escribir Brumario? —MC: Realmente, esto es un problema muy serio, pues cuando terminé esta primera novela percibí que la literatura era un oficio que requería mucho rigor y trabajo y que no consistía en escribir a ratos como hasta entonces hacía. Por ello, me propuse escribir Brumario, que lleva el nombre del segundo mes de la Revolución Francesa, con el fin de aprender este arte. Lo que quiere decir que estuve diez años escribiendo esta novela de una manera muy crítica y rigurosa. Los amigos me decían que por qué le daba tanta importancia a una u otra palabra cuando los lectores iban a pasar por encima de las mismas, pero para mí escribir este libro suponía la búsqueda de la palabra exacta, tal y como diría Flaubert. Trabajé mucho, mucho en este libro y, sinceramente, te diría que todavía no me siento satisfecho con el mismo, aunque creo que es mejor que el anterior. Usé técnicas diferentes. Trabajé con la segunda persona, decidí escribir sobre un tema muy duro como la crisis de los cohetes en Cuba en el año 1962 y, finalmente, se llevó al cine con el nombre de Tiempo de amar. Ahí trabajé con Enrique Pineda en el guión y aprendí a hacer guiones. —ECP: ¿Y te gustó la película? —MC: Si te he de ser sincero, no. —ECP: Hay otro aspecto que me sorprende bastante de este libro. Además de la referencia clásica a Hiroshima mon amour de Resnais, el referente Hiroshima está muy, muy presente por toda la narración. Realmente, en la realidad cubana del 62, ¿esto era así?
—ECP: ¿Y el tío entrañable del protagonista de la novela era tu tío en la realidad? —MC: Sí. Es una de las personas que más he querido en mi vida. Era muy místico y creo que fue siempre un modelo de hombre que sentía la literatura y lo conjugaba con un riquísimo mundo espiritual. —ECP: Y este último aspecto, de una manera u otra, también se siente en tu obra, ¿no crees? —MC: Sí. Siempre me han interesado los temas esotéricos. Yo tuve una formación religiosa católica muy fuerte que me llevó, posteriormente, a vivir una crisis de fe respecto a la misma y me apartó, definitivamente, de la religión. Sin embargo, siempre tuve una inquietud por los temas espirituales y esotéricos que me llevaron a leer a Alain Cardec y a Blavatsky, entre otros muchos, de tal manera que fueron integrándose en una visión trascendental del ser humano que, más tarde, he recuperado de nuevo con la religión católica pero también con muchos amigos judíos y el misterio, por ejemplo, de la cábala. Creo que esto es esencial porque un escritor, en suma, no puede carecer de una visión trascendente de la existencia dado que el arte y la literatura trascienden. Uno busca la belleza pero la belleza es también efímera y uno ha de pensar que debe haber algo detrás. Yo no diría que Dios es así o de otra manera pero sí que afirmaría que hay un misterio. —ECP: ¿Y qué me puedes decir de Oasis? —MC: Oasis es una novela corta. Como verás, por mi faceta de economista en aquella Cuba, debía estudiar mucho a Marx hasta tal punto que casi me he aprendido su obra de memoria. Lo cierto es que siempre he querido desmitificar a Marx porque era un dogma en aquellos tiempos. Bien. Entre muchos libros que leí de Marx, se encontraban sus cartas y entre las mismas me encontré una que le escribía un amigo al ir a Hamburgo a entregar los originales del primer tomo de El capital. Marx se hospedó en casa de su amigo y se encontraba feliz porque había terminado el primer tomo de El capital. En fin, él regresa a Inglaterra en barco y, de repente, se encuentra con una muchacha. Él es un hombre de unos 50 años y la mujer debe tener como unos 20. Y en esta carta le comenta a su amigo de Hamburgo en cuatro o cinco renglones que la muchacha era alemana, no hablaba inglés y que le pidió auxilio para encontrar una estación de tren y poder ir en dirección a un castillo. Lo que me sorprendió a mí y a Marx es que la muchacha era sobrina de Bismarck. Y es de esas cuatro líneas, de ese episodio del encuentro entre el sabio, el hombre mayor y maduro y la muchacha, entre el comunista y la blanquinegra muchacha aristócrata, de donde extraigo el material de la novela. Fue un oasis en la vida de Marx. Toda la historia está centrada en ese encuentro. ¿Qué hicieron esas dos personas en ese encuentro, de qué hablaron? —ECP: Según parece, toda tu familia es mexicana, pero la cuestión es ¿cómo llegaste a radicarte aquí?
—ECP: ¿Y me podrías indicar el por qué habiendo una buena cantidad de escritores y artistas en la República Dominicana no son ni tan importantes ni tan numerosos como los cubanos? —MC: Creo que esto se debe al hecho de que Cuba es la isla más grande de habla hispana en el Caribe y, asimismo, tiene una población más grande que la República Dominicana. Además, Cuba ha tenido la suerte de poseer en el siglo XIX figuras muy notables que han ido creando todo un mundo cultural que permitió la aparición de grandes nombres de la literatura cubana. Hay buenos escritores y poetas en la República Dominicana, pero creo que este país se enfrenta al problema de su tamaño y al de su tradición. —ECP: Y en México, ¿cuáles fueron los escritores que más te impactaron? —MC: Cuando estaba escribiendo Brumario, leí mucho a Carlos Fuentes que en Aura, por ejemplo, utilizaba el recurso de la segunda persona. Luego, leí muchos escritores, ensayistas y poetas mexicanos pero, en realidad, yo creo que, finalmente, uno se enriquece con todas las fuentes. —ECP: Te voy preguntando por algunos escritores, ¿qué opinas, por ejemplo, de Jorge Edwards? —MC: Es un buen escritor, aunque no me entusiasma demasiado. Chile tiene una literatura tan grandiosa que supera con mucho la obra de Edwards. —ECP: ¿Pitol? —MC: Me gusta. Tiene algunas novelas realmente interesantes. Creo que es un gran escritor.
—MC: Monsivais es un escritor más bien costumbrista. Su terreno es lo popular. Tiene mucho genio así como capacidad irónica, pero se queda en este ámbito. No se le puede catalogar como novelista. —ECP: Y en algún momento de tu obra hablas de Bola de Nieve, que a mí me gusta mucho. ¿Lo llegaste a ver en directo en alguna ocasión? —MC: Sí. Era muy amable y dispuesto. Tocaba en un restaurante al que yo iba con mi novia de entonces. Le pedíamos que tocara y cantara y él no lo dudaba. Recuerdo alguna excelente interpretación de La flor de la canela. Era un tipo muy simpático y agradable. —ECP: ¿Y hasta qué punto la influencia de Lezama Lima ha sido negativa o positiva, según tu opinión, para el resto de escritores cubanos? —MC: Efectivamente, hay influencia lezamiana en Cuba así como en muchos otros lugares, pero considero que, por suerte, nos hemos salvado un poco de un influjo omnipresente de Lezama porque creo que aquellos que tratan de imitarlo fracasan. Lezama es en sí mismo su propio modelo y punto. No hay posibilidad de comparaciones. —ECP: ¿Y llegaste a conocer a Cabrera Infante? —MC: No lo conocí personalmente. Lo vi en alguna ocasión en Cuba cuando estaba a punto de abandonar la isla, pero no tuve contacto personal. De todas maneras, conozco bien su obra. —ECP: ¿Y cuál es para ti su mejor libro? —MC: Creo que La Habana para un infante difunto. —ECP: Y para ti, ¿cuál es el cineasta emblema de Cuba? —MC: Lo cierto es que hace ya muchos años que no veo cine cubano, pero te citaría, sobre todo, las obras de Tomás Gutiérrez Alea, que es el gran cineasta de los años 60 y nuestro tiempo. Su obra es imprescindible.
—MC: En verdad, yo creo que en México no estaba suficientemente valorada hasta hace mucho. Lo que ocurrió fue que comencé a conocer su obra y me fascinó. Me metí muy a fondo en la misma. Conozco toda su obra y biografía y creo que es una mujer incomparable en todo lo que es el continente hispanoamericano. —ECP: ¿Cuáles dirías que son sus mayores logros? —MC: Sus cuentos. Pienso que en el conjunto de sus cuentos es donde se encuentra lo mejor de su obra. —ECP: ¿Y qué me puedes indicar sobre Eliseo Alberto Diego y su Esther en alguna parte? —MC: Lisi es, ante todo, mi amigo. Él es el hijo de Eliseo Diego, que fue mi gran amigo. Es un escritor que comenzó con la poesía y, más tarde, realizó unas primeras novelas. La verdad es que pienso que en este libro alcanza una madurez literaria bastante importante. —ECP: ¿Y sobre Julieta Campos y La forza del destino? —MC: A Julieta la conocí y es muy curiosa su historia porque ella salió de Cuba muy pronto para dirigirse a París y de allí fue a México y se casó con un mexicano. Sin embargo, su amor por Cuba siempre fue algo permanente para ella [...] Sucede que la editorial Alfaguara me envió una vez para que dictaminara sobre el mismo el manuscrito de La forza del destino y yo me quedé maravillado. Creo que en Cuba no hay prácticamente una obra como ésta, que se encuentra incluso al nivel de Lezama. Es una obra brillante y, por supuesto, hice un dictamen muy favorable sobre ella. Más tarde, Julieta me habló, me agradeció y pude comer con ella. Tuvimos una breve —pues estaba en la etapa final de su vida— pero bonita amistad. —ECP: ¿Y me puedes, finalmente, hablar de este último libro que te encuentras actualmente escribiendo?
—ECP: Por último, ¿cuál es el escritor español actual que más te interesa? —MC: Arturo Pérez Reverte. Tiene una obra, El pintor de batallas, que me parece que tiene una calidad sorprendente. De veras.
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