El filósofo
Santiago Girón
El
filósofo especulaba sobre el origen del universo. «Si todo
procede de aquel primer suceso, algo debe quedar de él o de su
esencia en cada objeto y en cada ser» se decía. Y buscó
esa marca indeleble mediante los instrumentos de la Lógica, la
Física, la Química, la Biología y cuantas otras materias
de estudio del ser y la naturaleza conocía. Mas nada halló.
Una noche, el filósofo creyó
ver el origen del universo en el clímax de un orgasmo. Pero la
visión fue tan intensa como efímera. Pasó tan rápido
por su mente que no logró formar en su conciencia una imagen lo
suficientemente clara y concreta como para poder ser expresada con palabras
o descrita con una ecuación matemática o alumbrada con notas
musicales o cualquier otra forma de comunicación humana.
A partir de ese día, el filósofo
se esforzó más y más en cada acto sexual. Intentó
detenerse en el instante del máximo placer, hacer que durase unos
segundos, los suficientes para que el esfuerzo intelectual lograse traducir
lo percibido.
Primero se centró en las técnicas
orientales. Estudió sus textos y practicó sus métodos
con los mejores maestros pero, no sabemos si por falta de dominio o por
inadecuación metodológica, no consiguió los resultados
que esperaba.
Probó cientos o tal vez miles de
drogas afrodisíacas que tampoco le condujeron a su objetivo.
Poco a poco, el filósofo se fue transformando
en un obseso cada vez más depravado y lujurioso. Buscó esa
prolongación del máximo goce en las prácticas y los
vicios más obscenos y aberrantes.
Al tiempo de andar metido en ese mundo,
destruidas ya su salud y su hacienda, olvidada definitivamente la búsqueda
del origen del universo, una noche, en plena orgía, el filósofo
consiguió por fin controlar el momento del éxtasis. Lo estiró
como una goma, lo mantuvo latiendo en su interior. Ya no intuyó
el origen del universo, en ese dilatado momento lo vio y lo entendió.
Allí estaba, claro, nítido, patente, conciso, comprensible.
Pero el esfuerzo fue excesivo para su maltrecha condición física.
La furia contenida de la pasión al ser finalmente desatada lo desbordó.
Con un rictus de terrible dolor el filósofo se desplomó
y justo antes de morir logró susurrar una palabra al oído
de una prostituta. En el preciso momento en que el filósofo articulaba
los fonemas que desvelaban al hombre el origen del universo, los ojos
de la mujer se iluminaron, su vello se erizó y su corazón
se desbocó. Por primera vez en su vida la puta había llegado
al orgasmo mientras era sodomizada. Y ese brevísimo instante de
placer irrefrenable impidió que escuchase la última palabra
del filósofo.
(cuento inédito)
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