K en el Castillo
Jesús Ademir Morales Rojas
Había
pasado tanto tiempo desde que K intentaba tramitar ese asunto en el Castillo
infructuosamente, que un día comenzó a sospechar que el
tiempo mismo estaba en contra del éxito de su tentativa. Desconfiado
desde entonces, llevaba siempre consigo un martillo, y cada vez que un
reloj suyo perdía la hora, K lo hacía añicos sin
titubeos. Un día, luego de innumerables golpes, se dio accidentalmente
en la mano. Y entonces K cayó al suelo, desmoronado en fina arena.
***
Siempre que K buscaba arribar al Castillo,
este parecía retroceder sin explicación alguna. Entonces
K pensó que si se dirigía hacia cualquier otra parte, menos
allí, tarde o temprano llegaría hasta él, sin buscarlo.
Sin embargo, luego de fatigosos recorridos que le consumieron la vida,
en el último respiro, el errabundo K se percató de que el
Castillo era quien había estado persiguiéndolo a él.
Y ahora finalmente quizá lo había alcanzado por fin. Pero
K esto ya no alcanzó a comprobarlo.
***
K dejó a su novia Frieda al cuidado
de su par de jóvenes asistentes, a fin de movilizarse lo más
ágilmente posible y por fin tramitar su ingreso al Castillo. Pero
tras múltiples frustrados intentos K, cansado y lleno de impotencia,
renunció a ello, ansiando volver al hogar a los brazos de Frieda.
Cuando llegó a casa sólo halló una nota. La joven
había escapado para siempre. No quería ser buscada. Frieda
era feliz ahora, con los asistentes, en lo más profundo del Castillo.
***
Cuando K golpeaba el portón del Castillo
para que lo dejaran entrar, siempre escuchaba que abrían, sí,
pero la puerta posterior. Cuando iba hacía allí, la encontraba
cerrada. Pensó entonces cambiar de estrategia y llamaba primero
a esa puerta accesoria. Pero era ahora la principal la que se abría.
Entonces K, desesperado, se arriesgó a tocar una de las puertas
y correr lo más rápido posible a la otra, tocar allí
y regresar de nuevo hasta lograr su objetivo. Tanto lo intentó
y tan fútilmente, que en uno de esos recorridos cayó al
suelo, rendido. Entonces escuchó cómo alguien con su voz
agradecía en la puerta en donde no estaba, y pasaba dentro del
Castillo. Estupefacto, se arrastró hacía allí. No
había nadie.
***

K un día, luego de su trabajoso empeño,
por fin entró al inmenso edificio. Nadie le impidió el paso.
Nadie le puso obstáculo alguno ya. Nadie le obligó a realizar
largas esperas, ni a presentar documentos imposibles. Nadie le cerró
las puertas. Porque el Castillo estaba vacío por completo. K no
supo qué pensar de esto. Y no lo hizo, porque el viento cerró
las puertas del edificio abandonado y ya nunca volvieron a abrirse.
***
Cuando K logró por fin su objetivo
y llegó hasta el Castillo, no quiso ir más adelante. Se
acostó a dormir de tan fatigado que estaba. Entonces Franz despertó.
¿Tú ya llegaste?
(cuento inédito)
|