Ruidos de vecindario


Jesús Manuel García Gómez

 

Voz desgarrada     El hombre suele llegar pronto a casa, nunca después de las siete. Es un animal de costumbres, y le gusta encontrarse el apartamento limpio y ordenado, tal como lo dejó. Eso no es ningún problema, ya que vive solo, entre un montón de revistas literarias de baja tirada y decenas de cajas repletas de libros. La vivienda no es gran cosa, paredes forradas en papel de colores y decoración al estilo setentero. Pero todo está convenientemente distribuido a la manera del hombre, todo tiene un orden incierto dentro de su cabeza, en la oscuridad de su salón, entre los sesenta metros habitables de la vivienda.
     Esa noche ha llegado antes de lo habitual. Prepara su cena en el microhondas y se sienta frente al televisor. Sintoniza el canal 8, donde emiten la ruleta de la fortuna. Se trata de una edición especial, en la que la concursante, aparentemente una inocente chica de provincias, está a punto de ganar un coche. “Demasiado nerviosa”, piensa, mientras prueba un bocado de su ración de canelones precocinados. De repente, comienza a escuchar golpes sordos y quejidos, como si alguien estuviera arrastrando muebles en uno de los pisos contiguos. Al hombre no le gusta sentir la presencia de sus vecinos, no le gusta imaginar que hay desconocidos a escasos centímetros de él. Siente peligrar su intimidad. Así que toma el mando a distancia y aumenta el volumen del televisor hasta que los aplausos del público hacen inaudibles el resto de ruidos. Al poco se sumerge en una placentera sensación de bienestar, dejándose llevar por la ininteligibilidad de los fotogramas que se suceden vertiginosamente ante sus ojos, por los anuncios que perforan lentamente su retina manchando de colores y extrañas formas su mente, hasta caer rendido en los brazos del sueño, entre los cojines mullidos de su sofá. Tiempo después despierta, mira el reloj, y piensa que es hora de ir a la cama.
     El hombre se acuesta, apaga la luz. Los molestos ruidos continúan en uno de los pisos próximos, pero no sabe muy bien de cuál se puede tratar. De vez en cuando acierta a escuchar la voz de una mujer. A pesar de la lejanía y la distorsión producida por los tabiques, esa voz le recuerda a la de la vecina con la que se cruza todas las mañanas en la escalera. Apenas ha hablado con ella, un discreto “Hola” cada vez que se encuentran en el recibidor es lo único que han conseguido intercambiar. Aún así se ha formado su propia opinión. Cree que vive sola, le gustan los cereales azucarados (a juzgar por las bolsas de compra que le ha visto llevar) y le parece bastante atractiva, pero nunca se ha atrevido a entablar una conversación con ella. Y es que el hombre nunca ha sido muy lanzado en cuestión de mujeres, y su indecisión, su excesiva prudencia no le han servido más que para acumular una gran colección de libros, un alquiler a fin de mes y un discreto trabajo en una aseguradora.
     El hombre saca los tapones de silicona de la mesita de noche y se los introduce cuidadosamente en los oídos. Una sensación de vacío se instala en su mente. Pero hay algo que no ha tenido en cuenta, la silicona no puede protegerle de las vibraciones de los muebles al ser arrastrados por el suelo. Por lo que no puede dormir. Se levanta. Se rasca la cabeza y golpea con sus nudillos fuertemente la pared. Los ruidos cesan, y vuelve a la cama. Pasan las horas, y a pesar de haber tomado una infusión de hierbas Sintoniza el canal 8relajantes, y contar cientos de ovejitas en un prado imaginario, es incapaz de conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada.
     A la mañana siguiente el hombre llega tarde al trabajo. Recibe la reprimenda correspondiente de su jefe, y el mal humor le dura todo el día. Por alguna extraña razón se siente traicionado por su vecina, y la culpabiliza de sus recientes problemas laborales. Vuelve a casa a las siete. Está cansado y no tiene ganas de ver la televisión. Se sienta en el sofá y abre un libro. Cuando comienza la lectura de la página setenta y uno, de nuevo se dejan sentir ruidos a través de los tabiques. El hombre se levanta, deja el libro, y se dirige hacia la estantería donde se encuentra perfectamente ordenada su colección de música clásica. Escoge el primer concierto para piano de Beethoven, enciende el equipo de música y aumenta el volumen hasta que las paredes y el suelo comienzan a vibrar. Esto le hace sentir mejor, o al menos eso cree él. Así que decide quitar la música y volver a la lectura reposada de su libro, por la página setenta y dos. Al poco le parece escuchar una melodía lejana. Trata de concentrarse en ella y descubre que es el segundo concierto para piano de Beethoven. Mira hacia el equipo de música y comprueba que está apagado. El hombre piensa que quizá su madre tenga razón cuando le dice que vivir solo pueda llegar a afectar seriamente a su salud mental. Pero no se trata de una alucinación, el volumen de la música aumenta y penetra con fuerza atravesando los ladrillos, retumbando violentamente en sus oídos.
     El hombre supone que se trata de la vecina con la que se encuentra habitualmente en la escalera. Por lo visto comparten gustos musicales similares, y ella no duda en pagarle su ofensa anterior con la misma moneda. Cuando finaliza aquel concierto, él vuelve a encender el equipo de música y escoge la siguiente pieza. Se entabla entonces un duelo de notas musicales entre las dos viviendas, que viajan de un extremo a otro del edificio, confundiendo al resto de vecinos que no saben muy bien lo que está sucediendo.
     A partir de ese día el hombre no vuelve a sentirse solo. La presencia de los continuos ruidos de muebles y la voz de la mujer le hacen sentirse bien. Mientras que prepara la cena, mientras se ducha, cuando se sienta en su cama, imagina que tras una de las paredes que le rodean se puede encontrar esa mujer, y cree que la distancia que hay entre ellos dos no es muy grande.
     Tiempo después, el hombre comienza a escuchar otra voz. Su tono es seco y áspero. Parece una voz masculina, rígida e inquietante, que suena a intervalos, conviviendo con la voz cálida y familiar de la mujer. El hombre ve peligrar la complicidad que de alguna manera siente tener con la voz femenina. Conforme pasan los días ambas voces se escuchan con mayor intensidad, hasta absorber por completo al resto de ruidos que circulan a través de las paredes. La voz masculina comienza a tomar un cariz agresivo, como si exhalara odio, un odio tan profundo que parece dejarse sentir por todos los rincones del edificio. La voz de la mujer, en cambio, cada vez suena más apagada, y débil, como si se asfixiara lentamente.
Hola © Wandy Ewald     Los golpes y los gritos no tardan en llegar. Ella llora. La voz masculina se torna violenta. El hombre desde la soledad de su habitación aporrea fuertemente la pared, quiere ayudarla, pero no sabe donde se encuentra. En ese momento tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido a su alrededor, como si todo el vecindario se hubiera quedado sordo, y permaneciera ajeno a aquella situación. La voz desgarrada de la mujer sigue escuchándose proferir lamentos y nadie hace nada. Él siente que no puede mantenerse al margen. Así que, enciende el equipo de música y vuelve a colocar el primer concierto de Beethoven, desliza su dedo por el mando del volumen hasta llegar a la máxima potencia. Los altavoces vibran, como si quisieran rebasar el camino fijado por sus órbitas y escapar lejos. La música. Los chillidos. Todo se confunde. Pasados unos minutos se oye un portazo en uno de los pisos próximos. El hombre apaga la música, y escucha el ritmo de unos pasos que bajan las escaleras a toda prisa. Se asoma a la ventana y ve a un tipo salir a la calle. Acto seguido alguien lanza una maleta repleta de ropa, que se abre durante la caída, liberando todo su contenido, en una lluvia de corbatas, calzoncillos y calcetines que inundan la acera. El hombre vuelve al interior, coloca el oído en la pared y escucha unas notas musicales que poco a poco van tomando forma, es el segundo concierto de Beethoven. Y piensa que lo debe de haber puesto la mujer. Es su lenguaje secreto, el único que han hablado durante todo este tiempo. El hombre sonríe. Sabe que la tormentosa voz masculina se ha ido, y no volverá.
     Es el momento de pensar en todo lo que harán juntos a partir de entonces. Sólo es cuestión de dar el paso decisivo y salir a buscarla, atreverse a gritar su nombre en la oscuridad del pasillo y esperar a que se abra una de las puertas. Pero entonces cae en la cuenta de que no sabe nada de ella, tal vez ni siquiera se trate de la vecina con la que suele cruzarse en las escaleras. Puede que todo este tiempo haya estado equivocado.
     El hombre se sienta en el sofá, y cierra los ojos —como si no estuviera allí— y a pesar de la música, de los ruidos, del esfuerzo, y el desaliento, tiene tiempo para estar unos instantes a solas consigo mismo. Para sentir por primera vez en mucho tiempo el latido de su corazón. Para escuchar como una mano misteriosa llama a su puerta. Y al abrir, una mujer que no conoce, le sonríe y le dice:
     —Hola

 

(cuento inédito)