Hace apenas una semana
saltaba de la cama tiritando, buscando con ansiedad una bata de casa y el
piloto de la estufa. Era temprano. Había que ir al trabajo bien abrigado.
La gente de clima cálido nos acobardamos bastante en esta época
de invierno. Hasta que abril despierta andamos maldiciendo los partes meteorológicos
en las paradas de autobuses, en los descansos laborales que nos obligan a
fumar el cigarro en la ‘santa’ calle, en los bares, en las salas
de espera, en los ascensores… Y no sigo, porque pierdo el hilo. Decía,
que hará unos días me levanté temprano combatiendo el
frío y puse un disco perfecto para esos momentos primeros del afeitado
rápido, la ducha breve y el desayuno acelerado que inician una mañana
cualquiera: el Doo-bop de
Miles
Davis. (Probadlo y veréis. Varias personas amigas lo han experimentado
bajo mi consejo y ha obtenido buenos resultados. Estoy por hacerme musicoterapeuta).
Siempre pongo un disco en casa. No soy hombre de radio. No soy de esas personas
que automáticamente, nada más abrir los ojos, se enchufan en
el cuerpo las malas noticias que pululan en las ondas y ya cargan con los
problemas del mundo entero sin haberles dado tiempo a echar la mermelada a
la tostada. Así van luego, todo el día ultrainformados y cabreados
con la humanidad por no poder encerrar o torturar ellos mismos a tal cura
pederasta, a tal dueño de asilo de ancianos, a tal político
sudamericano que trata a su población como deficientes... Vuelvo a
perderme otra vez. A ver si me enderezo. Así, ya. El caso es que estuve
tentado, por una vez, de abandonar a mi querido Miles mientras el aftershave
aliviaba mis mejillas y encendí la radio para escuchar noticias. No
sé, a veces me sirven como inspiración para algún cuento,
algún artículo o algún poema… Pero descubrí
algo que ya había olvidado por la costumbre de no estar al día:
lo peor no es escandalizarse con las cosas que cuentan en el noticiero, lo
peor es el comentario de las mismas y hacer un oficio de ello, pagándose
en algunas ocasiones muy bien. Y nosotros en casa, tragando.
La tertulia, ese arte tan antiguo, va poco a
poco abandonando el territorio de los cafés y los bares en nuestro
país, ha creído ingenuamente que asciende de categoría
colocándose en los mass media, oficializándose con un micrófono
o una cámara delante. Aquí, ahora, llega tranquilamente el tertuliano
a los estudios de una radio, agarra posiciones y se pone a hablar de lo que
le echen. ¿Que se habla de Oriente Medio? Pues debe parecer que vive
a caballo entre su pueblo y Bagdad. ¿Que se habla de Venezuela? Pues
nada, que toma todas las tardes café con Hugo Chávez. ¿Que
toca Ferrán Adrià? Pues se saca del bolsillo un diploma de la
Escuela de Hostelería de Marsella en dos segundos. ¿Que suben
los impuestos? En un momento se pone el disfraz de catedrático de Historia
de la Economía… Señores, no se puede saber de todo. A
ver si aprendemos la lección. Que está bien hablar, pero no
hablar de más. Algunos pueden pensar que estas argumentaciones son
una contradicción por llamarnos precisamente El Coloquio de los
Perros, pero es que no es lo mismo, no es lo mismo… No sé
cómo explicarlo. Un entendido diría: “Las cosas, o se
hacen bien, o no se hacen”. El tertuliano, para mí, en la mayoría
de los casos, es el enemigo. ¡Cuánta mediocridad! Ufff, qué
mal día tuve.
Quizá uno analice demasiado todo lo que
escucha. Es perjudicial para la salud. Está claro. Y si no que se lo
digan a Castel, el protagonista de El túnel de Ernesto Sábato.
O que se lo digan a Baudelaire, que en todos sus coitos no podía dejar
la mente en blanco, y sufría por ello. He decidido, entonces, no estar
más tentado por los informativos matutinos. Dejaré que Miles
Davis siga animando mis desayunos y seré más cool que
nadie.
Este número, por supuesto, está
dedicado a aquellos que siguen fumando en las trincheras, escondidos y haciendo
pillerías en los lavabos de las oficinas. Yo lo mismo me paso al otro
bando. Me lo estoy pensando… Mañana lo dejo… ¿O
no?... Bueno, mejor mañana, que nunca se sabe… ¿Me das
fuego? ¡Clic! ¡Ummmm! Gracias. Feliz año nuevo.
JUAN DE DIOS GARCÍA
BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)