Catedral de Chartres © Ángel Manuel Gómez Espada     Libros, libros, libros… Primavera de libros, tormenta de libros, cascadas de libros… “¡Todo por los libros!” cantaban las Vainica Doble, el dúo de amas de casa y compositoras más genial de la década de los ochenta. Conste que los editores de esta revista somos personas a las que nos gustaría morir con un libro en la mano. Adoramos el objeto del libro, nos declaramos bibliófilos y bibliómanos… Hasta ahí bien. Pero, ¿no habría que hablar de lectura más que de libros si lo que le interesa a la sociedad es que cultivemos nuestro espíritu -perdón por la pedantería-? No nos engañemos, amigos. Los bibliófilos estamos empezando a sentirnos una especie en extinción o, siendo optimistas, una especie progresivamente marginal dentro del panorama de los consumidores de cultura. La gente que lee pasa las mismas horas leyendo que antes, pero, ¿cuál es la diferencia ahora? El soporte. That’s the question. Y aquí es donde entramos nosotros, los revisteros coloquiadores.
     Las conversaciones y debates sobre literatura e internet son muy frecuentes en el entorno de nuestra redacción. El Coloquio de los Perros tiene una idea bastante clara, muy simple y nada original sobre el tema: lo que sigue importando es el contenido.
     Hagamos un ejercicio de comprensión: el ser humano tiene la costumbre arraigada en su espíritu, suele asustarse ante lo nuevo porque produce cambios y los cambios nos destemplan los nervios. Se trata más bien de un tema educacional, pero, qué demonios, también natural, por lo que tenemos de animales, que no es poco. El mono desnudo nos llama Desmond Morris.
     Ahí va una anécdota ejemplificadora sobre el tema del nuevo soporte lector. Mis dos abuelos eran hombres de pueblo, el paterno labrador republicano y el materno arriero falangista. Los dos se llamaban José. Mi padre me contaba que cuando era niño querían instalar en las calles el alumbrado público, pero tuvieron muchos problemas con mi abuelo José, el republicano, el que vivía a las afueras del pueblo, en los cortijos. Él se negaba a que pusiesen una farola en frente de su casa, argumentando que si toda la vida había paseado la gente con candelabros, ese poste alto iluminado no iba más que a escalabrar a algún crío. Los vecinos cortijeros organizaron varias reuniones para convencerle y, al fin, un día, consiguieron aflojar la testarudez de Don José. La farola se puso y, como era de esperar, no descalabró a nadie, siguió erguida ahí, frente al cortijo de mi abuelo, resistiendo los inviernos.
Embarcadero de Chartres © Ángel Manuel Gómez Espada     Los soportes cambian, la gente, ¿debe cambiar? Ahí les dejo la reflexión. Nosotros seguimos con lo nuestro, que es escribir, leer y que nos leais.
     Desde enero hasta abril hemos tratado ‘poéticamente’ con diferentes mujeres, hemos disfrutado en Murcia viendo fotografías de Pérez Siquier, el estreno almodovariano de Volver en Madrid, hemos viajado a la realidad de los niños limpiabotas en Lima de la mano de nuestro querido Coco Meneses, hemos cantado tango con Horacio Ferrer en el Festival de Tango de Almería, hemos alternado con dos poetas, uno catalán y otro extremeño -por favor, no intentéis hacer una comparación política de este asunto-, hemos comido tacos mejicanos en Cádiz para charlar de cómics, y nos hemos dado una vuelta por París para aprender de bailarines, por Barcelona de teatro, por Lisboa de poetas más allá de Pessoa... Espero que todo lo mencionado se vea bien reflejado en el menú de este número 12.
     Con todo el amor al arte y el respeto hacia vosotros, bienvenidos.

 

 

JUAN DE DIOS GARCÍA

 

 

 

 

 

 

 

     BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)