Piscina © Ángel Gómez Espada     Hagamos un repaso veloz, una enumeración urgente de los elementos que componen una idea optimista del verano. Están los evidentes, típicos y tópicos: arena, montaña, viajes, fiesta de la espuma, fiestas patronales, chiringuitos, pubs, —¿seguimos? Sí, seguimos—, top-less en patines de agua, fiestas en barcos, excursiones en lancha, motos acuáticas, windsurf, merenderos, hogueras en la playa, barbacoas, bebecoas, algún after, algún festival, conciertos al lado del mar...
     Luego están los no evidentes y que, en el fondo, son la guinda de la estación del placer. Pondré sólo una situación, posible y universal, ¿vale? Allá vamos. Estás en una terraza nocturna, disfrutando la madrugada de un viernes de julio maravilloso con tus amigos, con el baile y con tu copa. De repente, se produce un apagón, de esos que duran cinco minutos y en los que la gente, de inmediato, se pone a gritar eufórica e inconsciente. En medio de la oscuridad, como un agradable susto, alguien aprovecha para darte un largo beso en la boca sin identificarse después, cuando la luz vuelva. Ella pretende que te quedes petrificado, aunque tú sabes de sobra que la culpable ha sido esa amiga italiana de tu vecina, la cual días antes ya te había advertido de que le gustas un poco, y ese ‘poco’ significa que vas a gozar lo justo con ella porque en cuanto llegue septiembre se acabó lo que se daba… ¡Ah...! Un amigo llamaba a esto tener un «verano pavesiano». Si no habéis leído a Pavese id a la biblioteca mañana. Yo iré con vosotros.
     Todo lo mencionado, el placer obvio y el placer inesperado, ocupa más o menos el 90% del período estival. En el 10% restante es cuando entramos nosotros. Pongámonos de nuevo en situación. Se trata de una tarde de martes de finales de agosto en la que ya has dormido la siesta, no has podido —o no has querido— hacer el amor con tu pareja excusándote por Buena vida © Ángel Gómez Espadael pegajoso calor, ya te has refrescado con el helado que has cogido de la nevera, ya has repasado en el cuarto de baño la prensa del corazón, cuyas páginas están cada vez más endurecidas por el agua que le salpica de la ducha y por otros fluidos humanos que más vale no mencionar, te das cuenta de que esa novela que te recomendaron te ha dejado estancado a la mitad por culpa de las largas descripciones… Total, que ya has tomado todo el café que tenías que tomar con tus amigos, y que te aburres, que la tele da asco, y más en verano, que los periódicos llenan sus informaciones nada más que con noticias de segunda división… Está claro, ¿no? Enciendes el ordenador, miras tu correo electrónico y, decepcionado ante la ausencia de mensajes personales, te dispones a navegar, tienes todo el tiempo del mundo…
     Aunque suene a anuncio de bancos, nosotros, El Coloquio de los Perros, nacimos para tu disfrute… intelectual, claro.
     Sí, hay cientos de revistas digitales que hablan de poesía, de cuentos, de filosofía, de ciencia, de música, de cómic, de teatro, de pintura… ¿Qué ofrecemos distinto nosotros? No sé. Dímelo tú.

 

 

JUAN DE DIOS GARCÍA

 

 

 

 

 

 

 

     BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)