Tendría
yo diecisiete años, era estudiante de primer curso de filología
en Murcia, el peor, cuando uno cree que la humanidad se equivoca porque
no está todo el día leyendo a Azorín o a Rimbaud.
Al mismo tiempo fue el mejor, porque hacía, sin ser consciente,
la experimental ruta urbana propia de mi condición universitaria:
de mi cama al desayuno en la cafetería Ítaca, de ahí
a la tienda de discos Tráfico —memorables conversaciones
sobre The Stooges—, de allí al concurrido y divertido comedor,
después un té con hierbas en El Perro Azul, una película
en el cine Salzillo, una cerveza en la plaza del teatro Romea, una visita
al colegio mayor Azarbe, otra a La Puerta Falsa, otra al Latino, al
Cafetín Árabe, al pub Rocky Racoon… También
íbamos a la facultad… El caso es que una mañana,
siguiendo dicha ruta, al cruzar la plaza de Europa, muy cerca del campus
de Letras, vi sentado en un banco a un hombre andrajoso de unos cuarenta
años acariciando a un perro pequeño y algo repulsivo.
La barba del mendigo —que no mendigaba, lo parecía—
estaba descuidada, pero tenía gafas redondas estilo Trotsky y
sostenía en la otra mano una novela de pocas páginas,
algo sucias y amarillentas. Me pareció una de las imágenes
más auténticas vistas hasta ese momento teniendo en cuenta
mi imaginario de la aventura de la vida y de la cultura. De niño
había fabulado más de una vez —¿quién
no?— con ser un vagabundo despreocupado, lector, enigmático,
gitano, absolutamente libre, sin horario ni itinerario, como el que
ahora tenía ante mis ojos…
Cuando ya fue habitual el cruce matutino
con el mendigo del banco me presenté y me arranqué a preguntarle
qué leía. Alzó indiferente la portada del librito
y pude leer el nombre de su autora: Corín Tellado. Fue la segunda
bofetada intelectual que he sufrido desde que decidí dedicarme
a la escritura. La inicial fue cuando la chica a la que pretendes enamorar
con un poema a los catorce años te dice: «Pero si esto
no rima, ¿no?». La tercera fue cuando el profesor Pozuelo
Yvancos nos dijo que dejásemos en paz a la rosa, que no la describiésemos
más en nuestros poemas, que había que sacar el bisturí
y diseccionarla. De la cuarta para adelante no sigo. Sabido es que el
mundo literario es un patético ring de boxeo, putrefacto y maravilloso,
un aprendizaje incesante en el que pronto se tiene noticia de que ni
siquiera Cervantes es imprescindible.
Y recuerda, querido lector, que es importante
cultivarse, pero la primavera es una estación que invita a ejercitar
el amor a través de los órganos meridionales de nuestro
cuerpo, algo de lo que nos olvidamos con muchísima frecuencia.
Es una actividad práctica, sencilla, antigua, yo diría
que primitiva. Se lo dijo Nicole Kidman a Tom Cruise al final de Eyes
Wide Shut, representando a una mujer que se daba cuenta de que
su matrimonio se iba al cubo de la basura por culpa de enemigos como
la monotonía, el aburrimiento y las falsas sospechas creadas
por culpa de comentarios en una relajada noche de marihuana entre esposos;
de hecho, es la última frase entre un adúltero marido
acobardado y una mujer que no está dispuesta a que la desidia
rompa su vida en pareja: «Vamos a follar».
Bienvenidos.
JUAN DE DIOS GARCÍA
BERGANZA.-
Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te
hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros
pasa de los términos de naturaleza.
(Miguel de Cervantes,
Coloquio de los perros) |