"Los perros de Acteón" de Carmen Salamanca Gallego     ¿Preguntas sin respuesta? Juguemos un rato.
     ¿Qué define más al hombre, sus éxitos o sus fracasos? ¿Conoce el poeta el secreto de la respiración de un poema, o radica en la mirada de unos y de otros? ¿No carga la palabra ‘verano’ algo de afrodisíaco disperso, que nos traslada lejos de la calma, o esa querencia calurosa se evapora cambiando de geografía y preguntándole a un habitante de Siberia por la palabra ‘verano’? ¿Sobreviven o son adorados los escritores transgresores mayoritariamente por lectores aburguesadísimos? ¿No es una paradoja sentirnos más vulnerables al daño precisamente cuando alcanzamos el punto más álgido de nuestras vidas?
     Aplaudamos sonoramente a aquellos que todavía creen en la contradicción como símbolo de cierta salud mental.
     En este número 17 intentamos aproximarnos de la manera más rigurosa y perspicaz posible a los asuntos literarios y culturales que nos inquietan, congregando así posturas, colores, miradas y creaciones que se abrazan o incluso se contradicen: murmullos del Brasil, aguas chinas, cantaores olvidados, magos de Tetuán, exilios argentinos, surrealistas en Hollywood o en Madrid, superhéroes mutantes, paisajes islandeses, versos del suburbio, ladridos amables desde Canadá, antidanzas mediterráneas… Este surtido abanico de tentaciones para el intelecto hace que sigan vigentes las infinitas posibilidades de la palabra, el cimiento más firme y profundo de la sociedad humana. «Homo sapiens = homo loquens» escribió el lingüista sueco Bertil Malmberg. No le puedo quitar la razón porque la lleva.
     Dos verdades rotundas: estamos gobernados por las palabras y sólo sobrevivirá aquel que comunique y seduzca. Y otra más: cuando nuestra especie desaparezca, la vida seguirá con su proyecto. Ja.
     Una breve reflexión para acabar con este aperitivo: es peligroso alejarse mucho de la realidad, pero ¿no lo es más aún acercarse demasiado a ella?
     Bienvenidos.

 

Juan de Dios García

 

 

 

 

 

     BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.     

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)