Ciudad
de ayer
A todas las miradas pregunté
por mí y por el mar.
Las gaviotas planean como antes,
aunque a mí me parecen más altas y más tristes.
Días tan poco usados y ya son el ayer.
¿Dónde está el estudiante llegado de una isla
con la luz del Atlántico? ¿Y el olor de la noche
en el mercante negro de rojas chimeneas?
Lento, se deslizaba por el agua del puerto
hasta un noray de hierro. Había que esperar,
desvelado, hasta el alba para bajar a tierra
y pisar las mojadas baldosas de la Rambla.
Nuestra ciudad se encuentra todavía
en algún sitio con la protectora
sombra de aquellos plátanos. Con los amarillentos
mostradores de mármol de los pequeños bares,
con los grandes cafés perdidos de madera.
Las librerías de ocasión, silenciosas y graves
como un rincón de iglesia.
Léo Ferré cantaba Verlaine y Baudelaire;
Paco Ibáñez, Alberti; Lucho Gatica aquellos
boleros que en la muerte seguiremos bailando.
Pero dentro de mí,
¿caben los edificios,
los muelles, el bullicio de calles y mercados?
¿El lugar donde sigue nuestra conversación
en suspenso, las sillas ante el mismo crepúsculo?
Ciudad con la miseria de una guerra perdida:
nos obligaste a amar con furia el porvenir.
Tienes en el pasado ventanas que se encienden
como animales mansos. Ventanas que recuerdan
aquellos, nuestros triunfos —pobres triunfos efímeros—
ardientes en tus calles. Te he sido fiel, ciudad:
en una u otra lengua, hablé siempre de ti.
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