CIUDAD EXTRAÑA

 

Fotos: Rafael Calvache
Poemas: Joan Margarit

 

 

Bar de noche


Desde la barra miro, más allá del cristal,
una calle oscura sin nadie y escucho
la disonancia dorada
del sol nocturno de la trompeta,
la abstracción donde acaba la lujuria.
Se necesita esta gran ciudad
para saber que estamos solos.
Trapos de niebla y conversaciones
abandonadas dan un tono frío
a lo que pienso, un agujero como una queja.
La lluvia en bruscas ráfagas golpea,
bajo faroles desolados, un parabrisas
de mi recuerdo. Detrás, tal vez, tú.

 

Bar de noche © Rafael Calvache

 

 

 

Ciudad de ayer


A todas las miradas pregunté
por mí y por el mar.
Las gaviotas planean como antes,
aunque a mí me parecen más altas y más tristes.
Días tan poco usados y ya son el ayer.
¿Dónde está el estudiante llegado de una isla
con la luz del Atlántico? ¿Y el olor de la noche
en el mercante negro de rojas chimeneas?
Lento, se deslizaba por el agua del puerto
hasta un noray de hierro. Había que esperar,
desvelado, hasta el alba para bajar a tierra
y pisar las mojadas baldosas de la Rambla.

Nuestra ciudad se encuentra todavía
en algún sitio con la protectora
sombra de aquellos plátanos. Con los amarillentos
mostradores de mármol de los pequeños bares,
con los grandes cafés perdidos de madera.
Las librerías de ocasión, silenciosas y graves
como un rincón de iglesia.
Léo Ferré cantaba Verlaine y Baudelaire;
Paco Ibáñez, Alberti; Lucho Gatica aquellos
boleros que en la muerte seguiremos bailando.

Pero dentro de mí, ¿caben los edificios,
los muelles, el bullicio de calles y mercados?
¿El lugar donde sigue nuestra conversación
en suspenso, las sillas ante el mismo crepúsculo?
Ciudad con la miseria de una guerra perdida:
nos obligaste a amar con furia el porvenir.
Tienes en el pasado ventanas que se encienden
como animales mansos. Ventanas que recuerdan
aquellos, nuestros triunfos —pobres triunfos efímeros—
ardientes en tus calles. Te he sido fiel, ciudad:
en una u otra lengua, hablé siempre de ti.

 

Ciudad de ayer © Rafael Calvache

 

 

 

Erizo de mar


Bajo las aguas poco profundas de la costa
anclo mi coraza. No segrego ni nácar
ni perlas, la belleza no me importa,
enlutado guerrero que, con sus negras lanzas,
se oculta en una grieta de la roca.
Viajar es arriesgado pero a veces me muevo
—las espinas haciendo de muletas—
y, por torpe, las olas me revuelcan.
En el mar peligroso busco la roca
de donde no haya de moverme nunca.
En la armadura soy mi propio prisionero:
una prueba de cómo, si no hay riesgo,
la vida es un fracaso.
Afuera está la luz y canta el mar.
Dentro de mí la sombra: la seguridad.

 

Erizo de mar © Rafael Calvache

 

 

 

Recordar el Besòs (1980)


Las ventanas, de noche, con luz amarillenta,
son ojos que rodea el rímel del asfalto.
Recuerdo el piso: una bombilla enferma,
perros y niños, un colchón en el suelo.
En aquella cocina sin puerta, envenenada,
junto a un montón de platos descompuestos,
pone un joven sus discos de trapero
en un viejo pick-up.
Y todos son de Bach.
La luna hace brillar los cables negros
de alta tensión que pasan sobre el río.
En la tierra de nadie,
bajo el paso elevado de la autopista,
duermen los coches de segunda mano.
Únicamente Bach,
este mundo no tiene otro futuro.

 

Recordar el Besòs (1980) © Rafael Calvache

 

 

 

Tantas ciudades
a las que debimos haber ido


Es de ciudades cultas nuestro sueño,
con música y cafés hospitalarios,
la majestad de un puerto y estaciones
de hierro y de cristal
con los trenes bruñidos por la noche
y por la lluvia, por la misma lluvia
que nos arrulla en un pequeño hotel
o desde las ventanas de un museo.
Hay lugares tranquilos al amparo
de grandes árboles, gente educada,
callada, bien vestida, librerías
donde los ojos vagan mientras cae la tarde.

Tantas ciudades a las cuales
debimos haber ido, amada mía.
La luna sale tras aquellos puentes
de hierro de los años
en los que fue cambiando nuestra ley.
Desde entonces el tiempo es una lluvia
que nos inunda como a los tejados.
Pero en la luz del patio están los templos
de mármol blanco y travertino de oro.
Y por las calles de pequeños pueblos
encontramos estucos color tierra,
fastuosos, esgrafiados por el viento.
La casa del balcón posee aún
luz de conversaciones y refugio,
y cuando de los dos quede uno solo,
tendrá por compañía los recuerdos,
la hiedra y el ciprés hasta encontrarnos
en las ciudades de este sueño.

 

Tantas ciudades a las que debimos haber ido © Rafael Calvache

 

 

     Rafael Calvache. Almería, 1965. Gestor cultural. Ha desarrollado su tarea en diversas empresas privadas, asociaciones y en la Empresa Pública de Gestión de Programas Culturales. Ha sido el coordinador del Centro Andaluz de las Letras en Almería y en la actualidad es el coordinador de actividades de la Delegación Provincial de Cultura de la Junta de Andalucía en Almería, gestionando y coordinando proyectos de producción y edición en el campo de la literatura, la fotografía, el arte y la música. Ha sido organizador de festivales literarios y artísticos.