BEATRIZ RUSSO

 

     (Madrid, España, 1971)

     Ha publicado el poemario En la salud y en la enfermedad (Sial, 2004). Su obra aparece en diferentes antologías. Como narradora ha obtenido un premio de novela erótica con La versión de Eva Blondie, al que decidió renunciar. Su segunda novela, La montaña rusa, será publicada en breve.
     Estos dos poemas pertenecen a La prisión delicada (Calambur, 2007).

“La prisión delicada” de Beatriz Russo

 

 

ÉSTA es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Que nadie incinere mi cuerpo.
Tengo algo que evocar.

Besé su boca,
la bocca baciata de Fanny Cornforth
y sentí el margen de una moneda trasquilando la infancia de las veloces manos del raso.
¿Prostituta o costurera?
En la vertiente que hay en el sino están en juego las cartas de la sangre.
Llegaron al mundo las mujeres a tejer su desdicha en los telares de la miseria.
Los trapos del hambre amontonándose en las trincheras sin aire.
El anonimato de las abejas harapientas.
Y también llegaron mujeres a los telares de la delicia.
La sabia contienda de unas manos cansadas de su precariedad.
El ruido de la rueca no ensordecía el cuerpo de las otras hilanderas de la noche.
Escribieron sus nombres proscritos en una coroza de papel secante y fueron señaladas por los dedos de las esposas impolutas.
¿Prostituta o costurera?
No hay mayor masturbación que la del halago, mayor deleite que la hermosura en estos tiempos de vanagloria.
Cantad todos la pandemia de los burdeles.
Que se abran las puertas de la moderna Babilonia.
“¿Quién fue la bella Laura Bell?
The queen of whoredom
¿Quién Kate Cook, Emma Crouch y Cora Pearl?
Toutes elles demi prochaines
Pero cantad también la pandemia de las fábricas.
Que se abran las puertas de la moderna Etiopía.
¿Quién veneró a las otras artesanas de la noche?
Pocos conocen el castigo de las míseras costureras.
El baile elíptico de las agujas trazaba hondas muescas en sus dedos.
En las oscuras salas de una fábrica gemía el hilo de las futuras ciegas.
Y temblaban después sus cuerpos apuntalados en los rincones ebrios.
Otras muescas hay en sus dedos.
Muescas del dolor de un útero enfermo bajo los dientes de las embarazadas.
Los clavos de cristo en el pubis de las esposas rotas.
Murieron en la fosa común de la historia, en el estrecho nicho de la conciencia.
Murieron con la lenta eutanasia de las mártires,
muertas veteranas del ejército de muertas,
muertas de hambre en las calles de polvo y niebla.
Anónimas muertas.

 

 

ME he tatuado una serpiente en mi pierna con tu nombre y a veces siento que está viva, como tú,
y asciende mis muslos hipnotizada por algún Himno a la belleza,
y se desliza, pontífice de un rito que no suelo entender, pero me sigue, como si de pronto mi voz fuera un salmo penitente,
y entonces tú me obedeces, mártir de tu fe en mi cuerpo,
y asciendes un poco más hasta llegar a la antesala de mi sexo,
allí donde esperas la vehemencia de tu nombre, el sentido de ser tú el llamado y no otro, tú en comunión con tu nombre a la espera de mí.
Doscientos años de vida tiene tu nombre y sin embargo,
tatuado en mi pierna se ha hecho serpiente y a tientas busca mi cuerpo.
Cada vez que te nombro profano un instante tu reposo y te obligo a que duermas junto a mí,
a que asciendas mis muslos tal y como ahora te digo,
así, lentamente, con la falsa detinencia del deseo que se retracta por miedo a no verse ennoblecido,
con la imprecisión de una mano inexperta que finge un control que sólo yo poseo.
El baile de la serpiente sobre mis nalgas es perpetuo.
La serpiente descalza baila en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí.
La música que ahora emite mi mano bífida en un coro desentrañado.
La serpiente se arrodilla desnuda en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí,
Y le grito que es ahora,
el instante de ahora y no un milímetro después que ahora dejas conmigo, como si conocieras la estrategia de varias dosis de veneno sobre mi sexo.
Ahora y sólo ahora, repito.
Pero la serpiente arrastra sus pies descalzos por la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí,
ahora y sólo ahora y no más tarde, repito,
Ahora,
en la tenue frontera de mi cuerpo dividido en dos mitades reconciliadas.
Ahora,
con todos mis nombres, los que yo te doy y te pido que pongas sobre mí.
Ahora,
con la blasfemia del último canto en la divina estampa de los deleites.
Ahora bendigo mi nombre con tus dedos de mi mano.

Ésta es mi prisión delicada.
No me salvéis.
Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.
Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.
Llegó mi hora de descansar.