CARLOS FRÜHBECK MORENO

 

     (Burgos, España, 1977)

     Diplomado en Óptica y Optometría y licenciado en Filología Hispánica y Teoría de la Literatura Comparada. Ha ejercido como profesor de español para extranjeros en China, Dinamarca, Italia y Vietnam.
     Sus libros publicados han sido los poemarios Primera claridad (1994), Retratos de alquiler (2003) y el ensayo Justo Alejo, una escritura de vanguardia y compromiso (2003).
     Este poema pertenece a Caballos (Diputación de León, 2006).

"Caballos" de Carlos Frühbeck Moreno

 

 

TIEMPOS EXTRAÑOS
Eran tiempos extraños. Me pasaba
largas mañanas en pijama. Conocía
el orden que tenían las baldosas,
lo transformaba en un ritual bajo mis pasos.
Me irritaba cualquier esquina rota.
Miraba al techo, me aprendía de memoria
la situación de cada arruga.
El polvo se posaba entre las lámparas.
De noche me metía en la bañera
y no salía hasta que el agua estaba fría
y me sitiaba un hambre inmensa de recuerdos.
Cuando bajaba contemplaba silenciosos
bloques que se elevaban paralelos
llenos de jubilados y emigrantes.
Recorría las calles sin un rumbo.
Era un fantasma, una ciudad desconocida.

 

 

 

 

 

 

 

JUAN PEÑA

 

     (Paradas, España, 1961)

     Colabora en la revista Clarín. Es autor de los libros de poesía La edad difícil (Pre-Textos, 1989), Viviendo con lo puesto (Pre-Textos, 1995), Días cansados (Pre-Textos, 1997), Nuevas letras flamencas (Pre-Textos, 2000), Letras flamencas (Comares, 1995) y Los placeres melancólicos (CEDMA, 2006).
     Ha sido incluido en varias antologías, destacando Los cuarenta principales (Renacimiento, 2002), Orfeo XXI, Poesía contemporánea y tradición clásica (Llibros del Pexe, 2005), y en el Diccionario bibliográfico de la poesía española del siglo XX (Renacimiento, 2003).
     El primer poema pertenece a su libro Los placeres melancólicos. El segundo es inédito.

© Juan Peña e hijo

 

 

THICK AS BRICK
8-4-98
Ya sé que no recuerdas
esta escena de hoy.
Yo escuchaba una música muy triste,
y tú, apenas cuatro años, pintabas monigotes.
Te miraba, alzaste la cabeza
y me ofreciste, sin palabras,
la sonrisa más pura
con que pudieras celebrar la vida.
Se velaron entonces de lágrimas mis ojos
pues supe que en aquel mismo momento
se cifraba y se desvanecía
eso que buscarás y habrás perdido.

Ya sé que no recuerdas,
pero no olvides que hubo un tiempo
donde tu padre quiso guardarte una sonrisa
para que a ella vuelvas cuando sufras.

 

 

EL VIAJERO SEDENTARIO
A Rosi
Si todo cuanto quise saber
lo hallé en los libros,

si el alma de los bosques
se guarda en esta caja
de aceites esenciales,

si no hay mejor placer
que el de dormir contigo,

nada me espera fuera de este cuarto.

 

 

 

 

 

 

 

FRANCISCO FUENTES

 

     (Plasencia, España, 1985)

     Hasta ahora tan sólo ha publicado un libro de poemas: Tierra, territorio, casa (Sevilla, 2006) y en revistas de ámbito universitario.
     Actualmente estudia arquitectura en la ETSA de Madrid, donde reside.
     Estos dos poemas son inéditos.

© Francisco Fuentes

 

 

VELATORIO
Dime, no, dime,
tú que estás en la otra esquina
doblada de la habitación.

Pero tan solo encuentro un silencio.

Un silencio
como el que precede
al crujir de las astillas
de los huesos
de cuerpo contra el suelo.

Dime,
dime algo por favor.

Pero tan solo encuentro otro silencio
en mi silencio.

Algo así como un diálogo.

 

 

SIN TÍTULO
De repente una mañana te levantas
y ya es Otoño.

Te lo prometo.

 

 

 

 

 

 

 

AGUSTÍN PÉREZ LEAL

 

     (Teruel, España, 1965)

     Reside en la provincia de Alicante desde hace ya una década.
     Es profesor en un instituto de bachillerato. Ha publicado poemas y traducciones en varias revistas: Turia, Renacimiento, Reloj de arena, El mono de la tinta, El caracol del faro, Ex–Libris... También ha publicado artículos de crítica en Archipiélago o La estafeta del viento.
     Tiene dos libros publicados en la editorial Pre-Textos: Cuarto cuaderno o Libro de Siberia (2001) y La noche en arras (2006).
     Estos dos poemas son inéditos.

© Agustín Pérez Leal

 

 

BRUEGEL

 

Para Miguel Ángel Velasco


El viento comba ramas poderosas;
doblega brezo y palma;
vence al junco postrado
ante el cielo novicio del otoño.

Basta un poco de sol, una promesa
y todo vuelve, súbdito y servil,
a su senda, su sitio, su retiro.

Pero al fondo hay dolor. Y una coraza
feroz contra el dolor: árboles pierden
ramajes desgajados;
pájaros lloran prole, y nido, y flor,

y todo sigue como si la nada
pasara el dorso de su blanca mano
escarchando la tierra de ceniza.

Al silbo poderoso
del viento que delira
responden los gemidos delicados
de un bosque que tirita sin cobijo;
al berrido del gamo
el jadear de la febril jauría;
al álabe del fresno
la centella.

Así ruge este mundo. Así se mueve
esta máquina triste
toda terror, impulso y agonía.

Dijeron que era dulce
mirar desde el cobijo a los que mueren;
ver desplomarse el pájaro en su vuelo
y sonreír, a salvo de la ira.

Mas quién nos pone a salvo de saber.
Quién nos devuelve aquel jazmín de fruta
que desveló el dolor y daba aroma.

 

 

REPARTO
El sol a tierra,
el pan a las palomas,
las rosas a la llama
viva del sueño;

el viento a lo poblado,
la fruta a su encomienda
de podredumbre;
mi voz a sus lecciones,

yo a las palabras.

 

 

 

 

 

 

 

ALBERTO FERNÁNDEZ MARIÑO

 

     (La Coruña, España, 1986)

     Actualmente estudia Producción Audiovisual, Radio y Espectáculos en la Escuela de Imagen y Sonido de La Coruña. Ha publicado en la revista Fábula. Tiene tres libros inéditos: Hierba mala nunca muere, Hojas de asfalto y El espejo erróneo (2006). A El espejo erróneo pertenecen estos dos poemas.

© Alberto Fernández Mariño

 

 

V
Con brusquedad cerré la puerta
y comenzó el alma a buscar una salida,
un resquicio de tiempo al que agarrarse
para no desaparecer entre tanta sombra,
entre tanta perdida palabra,
entre tanto poema muerto.

 

 

IX
Fue entonces,
en aquella estancia sin luz,
donde mi reflejo cobró vida,
donde, por un momento,
logré observar las escamas de la noche
sin miedo a que mi sombra desapareciera
ante el súbito despertar de las horas.

 

 

 

 

 

 

 

jose a. miranda

 

     (Almería, España, 1977)

     Es licenciado en Filología Hispánica (Universidad de Almería) y actualmente trabaja de expendedor en una estación de servicio. Aunque ha escrito poesía toda su vida nunca ha publicado nada.
     Estos dos poemas pertenecen a al libro inédito Derivados del opio.

jose a. miranda © Juan José Hernando Barranco

 

 

SOMA
Olvídate de todo:
esto
era
lo que quería decirte.

 

 

VALERIANA COMO BARRO
Justo después de haber encontrado una razón para seguir viviendo:
tengo un arco de oro,
duermo como los días duermen,
¿tierra o suicidio? Kiarostami.

 

 

 

 

 

 

 

TONI GARCÍA ARIAS

 

     (La Coruña, España, 1969)

     Es autor de los poemarios Todos los puertos (Nausicaä, 2001) y Diccionario de derrotas (Nausicaä, 2003). Sus poemas y relatos han sido recogidos en varias revistas literarias, tanto en español como en gallego. Es, además, articulista del diario La Opinión de Murcia.
     Este poema pertenece a su último libro Ángeles caídos (Renacimiento, 2006).

"Ángeles caídos" de Toni García Arias

 

 

OFICIO DE POETA
Como quien entra en mar sereno y cálido,
así desearía yo
entrar en la poesía.
Pero, a veces, —torpe aprendiz—
equivoco una palabra,
o pierdo por torpeza
una vida entera. Paso a limpio,
corrijo, barro inútilmente la ceniza,
pero a pesar del empeño,
no soy hábil en reconstruir el mundo.
De vez en cuando, una frase afortunada
viene a salvarme de mi atormentada locura,
y me congracio de nuevo con este cruel oficio
de vestir palabras fallecidas
bajo una seda de sentimientos.
Pretendo llenarme de las voces más sagradas:
Mallarmé, Goethe, Cavafis;
ellos sabían saber de tantas cosas. Pero yo
siempre he sido el alumno
más torpe de la clase, y donde existe claridad
—obstinado y absurdo—
no dejo de cultivar sombras
en las que nada crece;
siempre hurgando entre recuerdos,
avivando las velas de un barco a la deriva
para regresar fatigadamente a un puerto
donde ya nadie me espera.
Concededme esta licencia
de querer retener en el papel
mis pequeños tesoros enterrados.
Es mi modo de permitirme morir
dos veces.

 

 

 

 

 

 

 

NATALIA CARBAJOSA

 

     (Puerto de Santa María, España, 1971)

     Ha publicado los libros de poemas Los puentes sumergidos (Áglaya, 2000), Pronóstico (Torremozas, 2005), y el libro de relatos Patologías (Áglaya, 2005). Ha participado en varias ediciones del festival de poesía Ardentísima y los cursos de La Mar de Letras. Figura en diversas antologías y ediciones colectivas como Trazado con Hierro (Vitruvio, 2003) y Palabras para Cervantes (CELYA, 2005).
     Estos dos poemas pertenecen respectivamente a sus libros editados en conjunto Los reinos y las horas e Himeneo y sus nombres (ERM, 2006).

"Los reinos y las horas" / "Himeneo y sus nombres" de Natalia Carbajosa

 

 

ATENEA AGONIZA

(NO-DO)

 

El faraón corta la cinta.
De acólitos la serpiente
prorrumpe en loas.
Eruditos del diseño alaban
el fulgor metal, prefabricado
embuste de vidrieras.
No tardan en llegar los peregrinos.
Oriente es Occidente, al pecho
escapularios de un solo ojo.
Billetes, agencias, itinerarios:
estas son las nuevas bulas e indulgencias,
los tributos al vacío, las ofrendas.

 


(PROYECCIÓN)

 

I

 

Un empleado roba verbos a la tarde.
Quevedo y Valle Inclán sobrevividos
en el envés de los albaranes
tras fugarse a tiempo de algún centenario.


II

 

Se hacen retratos al minuto.
Recordada duerme el alma de Rembrandt.
Prevenida de atrios
espera su relevo en las aceras
antes que en blasfemos, atestados
púlpitos y mercados.


III

 

Construyeron la autovía, la fábrica,
el centro comercial.
Demolieron el cine, el ateneo.
Clausuraron la escuela: la maestra
nos prestaba Machados, Delibes, Garcilasos.
Habla el hombre con elocuente pausa,
sin resquicio de asombro y sin fatiga,
sopesando en el humo y el vino sus palabras.
A su espalda, en obsceno altar
—veinte pulgadas—
el faraón corta la cinta.


IV

 

Tiembla en su bosque roto, amenazado.
La lechuza tiembla.

(fin)

 

 

CODA
Porque el amor, amor, es un estado,
una prolongación del laúd o del libreto
ensordeciendo cifras, voces, manteniendo
la infinitud intacta.
Desafiando, del compás y sus leyes,
a la pureza.

Porque el amor, amor, es imposible:
por eso es que hoy no somos, sino estamos.

 

 

 

 

 

 

 

ROLANDO REVAGLIATTI

 

     (Buenos Aires, Argentina, 1945)

     Tiene publicados, entre otros, los libros Trompifai, Fundido encadenado; Tomavistas, Picado contrapicado, Propaga, Ardua, Sopita y Corona de calor.
     Este poema es inédito.

Rolando Revagliatti © Colman

 

 

THE SERVANT

Por escaleras sube la cerveza
hacia el desánimo del rico

La lengua de la pintura
en un claro del bilioso pasado

El poncho del altiplano
los deslindes
y la humana cabeza

La nieve tirita
(éramos tan rubios)
el brandy se alcoholiza

Satisfaciendo al sensible señor
una chica lo que se dice
corta de faldas

Los pubis junto al fuego
la nieve está servida.


 

 

 

 

 

 

 

BLAS PIÑERO MARTÍNEZ

 

     (Barcelona, España, 1971)

     Ha realizado estudios de Filosofía y Lenguas Clásicas (Universidad de Barcelona y École Pratique des Hautes Études de París). Es licenciado en Lengua y Civilizaciones Orientales, especialidad chino (Universidad de París 7). Actualmente prepara su memoria de Máster sobre la novela durante el período Qing.
     Ha publicado Variaciones sobre la peregrinación de las aves (2001) y algunos poemas en diversas publicaciones.
     Estos dos poemas pertenecen al libro inédito El último don.

Je suis desole © Ángel Gómez Espada

 

 

EL CANTO DEL ETERNO LAMENTO SEGÚN EL CÉLEBRE POEMA DE BAI JUYI (772-846) DEL MISMO NOMBRE
A muchos dioses les sobran hijos. Quizá el secreto
de su malignidad está en los que siempre
quieren crear edificios altos y mercados
para pobres. El pescado apesta y no hay quien
pueda recordármelo. Como las horas muertas
de unas oficinas de origen extranjero
y no muy queridas por el nativo vago y cruel.
Hoy, puedo decir que me anima un sentimiento
de impotencia. Mis pensamientos, al fin, no sirven
para nada porque son ellos los que crean luces
para que los barcos no se estrellen con las piedras
y sus cadáveres nos lleguen como mensajes.

 

 

LOS OBSEQUIOS DEL PRODUCTOR DE MÁSCARAS DE CARNAVAL
Agraciados los que se unen a la multitud.
Ellos cantan, ellos viven. Y yo pienso en voces
que se repiten para que el elefante alcance
su cementerio y se sienta cómodo entre tú y yo.
De su piel y huesos haremos un canto al alma
de los abandonados de este mundo feliz.

 

 

 

 

 

 

 

MARÍA SALVADOR

 

     (Granada, España, 1986)

     Es estudiante de Historia del Arte en la Universidad de Granada. Sus poemas han aparecido en fanzines como Bar Sobia, Elefante Rosa o Huella indeleble, y en revistas como Chichimeca, La cinta de Moebius o Salamandria, así como en las mexicanas Luvina y Parteaguas. Co-dirige la revista electrónica Oniria.

© María Salvador

 

 

ESENCIA
El vientre: la carne. El descuido, el nacimiento.

La música descubre las células madre y sus huellas dactilares
emergen de los rituales de la sal y el vidrio.

El vientre. La razón última de la crucifixión entre los pliegues
del ombligo.

La carne.

El fuego que se sabe inextinguible.

 

 

 

 

 

 

 

JUAN GÓMEZ MACÍAS

 

     (Cantavieja, España, 1950)

     Reside en San Roque (Cádiz). Actualmente es director de la Fundación Luis Ortega Bru, del Aula de Literatura José Cadalso. Ha participado como conferenciante de la cultura española en diversos centros culturales y universidades como University of Pennsylvania, University of Maryland, Loyola College, Villanova University, etc. Ha publicado artículos de opinión y trabajos de crítica literaria en diversos periódicos y revistas especializadas.
     Es autor de los poemarios Navegación a vela (Sevilla, 2001) y Abismo de los pájaros (Cádiz, 2004) y de la plaquette Partituras de la brisa (Málaga, 2005). El primer poema pertenece a Abismo de los pájaros. El segundo es inédito.

Juan Gómez Macías © Antonio Lafarque

 

 

RAREZAS BOTÁNICAS
The classics can console. But not enough.
(D. Walcott)
En ocasiones, conociendo los difíciles recodos
de los sentimientos más hondos e inexpresables,
recurro a algún filósofo de la Antigüedad
—esos expertos en las pasiones del alma—
o a ciertos versos que subrayé no recuerdo cuándo,
a sabiendas de que no existe lámpara ni bramante
para salvar los múltiples escollos del laberinto.

También acudo a quien, modelando el barro de las ideas,
le crecen entre los dedos delicadas florecillas de la luz
que estoy buscando. Aflorismos llaman a estos raros
especimenes de la ya casi extinta botánica del ingenio.

Está dicho: los clásicos consuelan. Pero no lo suficiente.

 

 

TWILIGHT
A Scott Hightower
No sé si muy lejos. Quizá por donde la Gran Dama
alza su antorcha, pudo verse en el declive de este día,
el esplendor del púrpura, sus aleves trazos dorados
y el celaje malva sobre el cielo turbio de Manhattan.

Pero el crepúsculo ahora renace y se desgrana desde
el corazón de Kenny Barron. Los prodigios brotan
de sus dedos que van deshaciendo un surtidor de trinos
que inundan cada rincón, y hasta el aire, de Birdland.
Twilight song es toda la música de este mundo.

El barman sonríe a la camarera negra que se mueve
entre las mesas con la belleza de una reina de Bein.
Al otro lado del escaparate, bajo la culebra de neón,
nos observa un chino. Parpadean mudos los semáforos.

Regresa nuevamente la música y el piano evoca
aquellos sones de las sentinas de los barcos, las cadenas,
la memoria del látigo y el dolor en los anchos maizales.
¡All that jazz, Kenny! —exclamó alguien—. ¡All that jazz!
Luego, el silencio apagó definitivamente el tintineo de los vasos.

Llueve. La calle cuarenta y cuatro es un río de coches amarillos.

 

 

 

 

 

 

 

MARIO CUENCA SANDOVAL

 

     (Sabadell, España, 1975)

     Reside en Córdoba y ejerce como profesor de filosofía. Ha publicado los poemarios Todos los miedos (Renacimiento, 2005) y El libro de los hundidos (Visor, 2006). Formó parte del grupo poético Nochedumbre, junto a Raúl Pérez Cobo, Benjamín Pérez Cobo, Inmaculada Serrano, y Francisco José Molina, con los que organizó numerosos recitales de poesía y música.
     El primer poema pertenece a El libro de los hundidos. El segundo es inédito.

© Mario Cuenca Sandoval

 

 

el derrotado
George Foreman cayó en el octavo asalto
a la lona caliente de Kinshasa
entre las tretas sucias los insultos de Alí
los gritos de aquel público incendiario
que exigía su muerte o su vergüenza
Cayó tras un mortífero uno-dos
frente al que estuvo solo
atléticamente solo
muerto de frío en la noche africana
muerto de frío dentro del corazón del frío
Aún así logró alzarse
echando al fuego toda su rabia de estar vivo
Pero la cuenta había terminado
Ya no pudo dormir durante meses
Sólo Foreman sabe cuánto duele
llegar tarde al dolor

 

 

dream is over

     —P: En ese disco hay una canción: ‘Dios’. Una letanía que dice: «No creo en la Biblia, no creo en los naipes, no creo en Hitler, no creo en Jesús, no creo en Kennedy, etc». Y termina: «No creo en Los Beatles. El sueño ha terminado». (...)
     —R: (...) No sé cuándo me puse a hacer la lista de las cosas en las cuales no creía. Hubiera podido continuar largo tiempo. ¿Dónde detenerme? ¿En Churchill? Era necesario que me detuviese. Me detuve en Los Beatles. Porque ya no creo en los mitos, y Los Beatles son un mito. Ya no creo más en ellos. El sueño ha terminado.

(Entrevista a John Lennon en la revista Marcha, Uruguay, extra de 1971)

 


John Lennon no quería ser un Beatle
Rimbaud ya no quería ser Rimbaud
Virgilio quiso destruir la Eneida
Chet Baker se tiró de una ventana
Jack London se voló la tapa de los sesos
y Carver y Bukowski y Malcon Lowry
se hicieron polvo el hígado
La corte de suicidas y nihilistas
a los que idealizamos
tropezó en algún punto de su vida
con ese NO central con ese núcleo
no sabría nombrarlo
la desidia
tal vez
esa cuchara helada debajo de la lengua
ese ya no querer seguir queriendo
Tropezaron con esto en un instante
sobre el que convergían todas y cada una
de sus pequeñas quiebras cotidianas
Y entonces
llegados a ese punto
cómo habrían de salvar
aquello en lo que ya no confiaban
Fue por eso que Anne Sexton se durmió para siempre
abrazada al monóxido de carbono
Por eso Ganivet se sumergió en las aguas congeladas del Duina
Por eso Ingeborg Bachman prendió fuego a su cama
Debe ser tan incómodo el adentro
el interior del vientre de la orquídea
donde se asfixia el héroe