JOSÉ DANIEL ESPEJO

 

     (Orihuela, España, 1975)

     Es de esos poetas por los que sentimos debilidad los de este Coloquio. Siempre es una celebración traerle por aquí, y más como adelanto de su nuevo poemario, el tercero. Su título: Música para ascensores, que lo resume todo mejor que cualquier cosa que aquí digamos. Con él se adjudicó en su día el premio Antonio Oliver Belmás y continúa la buena racha de Los placeres de la meteorología (2000) y Quemando a los idiotas en las plazas (2001). Para los que se queden con ganas de más, les recomendamos su blog, Trabajando con el vacío, y que esperen hasta el próximo abril a una antología homenaje a Bukowski, Hank Over, de Mondadori, donde contarán con su presencia.

© José Daniel Espejo

 

 

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A la derecha, con setenta
y muchos kilos de peso, 1’86 de altura,
el Poeta Espejo, el eterno aspirante,
el Zorro de Fuego de Tenochtitlán. A la izquierda
(y por encima, y por debajo, y todo alrededor),
sin peso conocido y sin altura,
el vigente campeón, el Negro Rivas,
el Puño de Oro del Atlántico Norte,
el Vacío.

 

 

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Mark Tansey
Cuando hablas pienso en hojas secas o en cortezas de árbol,
como ante ciertos poemas un recodo en el que el viento junta
bolsas vacías de plástico y folletos de propaganda:
un sonido muy leve en una existencia flotante,
bellas constelaciones quebradizas.
Despertarme después en la calle, haber estado
contemplando una hojarasca que se agita
de camino hacia el alba, tú no estás,
las palabras son bolsas vacías de supermercado,
y yo estoy bailando con Jacques Derrida al borde de un acantilado,
un último tango en París antes de entrar a buscarte.