RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

 

     (Santa Cruz de Tenerife, España, 1971)

     Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Dirigió el pliego de literatura Paradiso, y coordinó, junto con el pintor Carlos Schwartz, el suplemento literario “De umbral en umbral”, del periódico El día. Ha ejercido como lector de español en las ciudades alemanes de Jena y Leipzig. Ha traducido obras de Philippe Jaccottet, Ramón Xirau, Gustave Roud, Jacques Ancet, Arthur Schopenhauer, Hermann Broch y Pierre Klossowski, entre otros.
     Ha publicado los libros de poemas El canto en el umbral (Calambur, 1997), Llamada en la primera nieve (La Palma, 2000), Los párpados cautivos (Premio Tomás Morales 2002), Moradas del insomne (La Garúa, 2005) y Antes del eclipse (Pre-Textos, 2007).
     Actualmente reside en Madrid, donde imparte clases de lengua y literatura en el instituto Pintor Antonio López de Tres Cantos.
     Este poema es inédito.

© Rafael-José Díaz

 

 

Tahodio
Empiezan a caer
algunas gotas.

Creo
que es la tercera vez que estoy aquí.

Hay una casa abandonada
entre montañas,

una atarjea intacta, rocas
junto a un precipicio.

Cae
también la noche.

Abajo, en una cancha
de tenis, juega un niño con su padre.

No soy yo; lo sería
si alguien dijera este poema

veinte años atrás: ahí,
en esa misma cancha, llegamos a jugar

mi padre y yo algunos sábados:
hastío o seducción de horas extraviadas.

Debemos empezar
ya a bajar el sendero hasta el aparcamiento:

no somos búhos para abalanzarnos
a través de la noche sin tropezar con nada.

Al subir, hace una hora, parecíamos
Carlos y yo dos seres legendarios

ascendiendo a la luz desde el infierno:
ya la luz se ha marchado y ahora somos dos sombras.

Hace más de veinte años
subí aquí: vi la casa, no sentí

vértigo alguno al mirar hacia abajo,
no sabía: era un niño.

Y aquel niño miró
hacia otra montaña que, escondida

detrás de la primera ya ganada
daría paso a otras más,

¿y así hasta dónde?, y deseó
seguir aquel sendero en compañía

de otro niño aún sin rostro
y correr sin parar y descorrer

las cortinas que todo lo ocultaban:
la luz, la tierra, el aire, el fuego, el agua.

Siguen cayendo gotas
sin mucha convicción, y ya es de noche.