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Carlos Pardo
Estoy
seguro de que en épocas anteriores jamás el hombre había
contemplado con asco y repugnancia las obras arquitectónicas;
esta experiencia nos ha sido reservada a nosotros.
Hermann Broch
Un hombre sube la montaña del cementerio.
Atraviesa un yermo de jeringuillas que un ayuntamiento amenaza con cubrir
de hormigón como quien enterrara la derrota con la fealdad de un
muro. Guardianes del dolor de los muertos, vagan los yonkis por una explanada
de hierbajos; y arriba, donde el mar se hace grande y pequeñas
las grúas, está enterrada su hija, «estàs salvada
del dolor del món». Nada más importante puede decirse
sin adorno, ninguna certeza, nada excepto el aprendizaje como «una
herida inútil». El mismo hombre ha recorrido un descampado
donde los límites de la voz no encuentran cobijo y ha decidido
habitar en la intemperie: una identidad pequeña que el olor de
la hojarasca resucita, la infancia de un superviviente que comienza a
posar como un adulto, dolores estériles y nidos en la hoja perenne
de los cementerios. Su voz es funcional y limpia. Del naufragio de la
existencia trae, puro esqueleto casi transparente, una ética: mediación
de los sueños y la vida, de la niñez y de una decepción
que cuando dura se convierte en pose. «Així és com
vaig entrant en la vellesa». El poeta que ha sobrevivido a la metafísica
de las vanguardias, al poema como residuo idealista de una época
creyente en conceptos que excomulgan la vida, el hombre que ya va para
viejo vuelve a leer como leyó los libros de la infancia, y la verdad
se disfraza de cuento, y las mentiras son lentes de aumento para una realidad
compleja. En el espacio de relaciones de la literatura, todo consuelo
sobreviene de un desorden aceptado, de un caos contado a otro, toda medida
es un rasguño en la cadena del azar. Los poemas son huellas del
sinsentido pero señalan el camino a casa.
¿Y en qué consiste eso que
llamamos casa? En un refugio en lo irrepetible, una infancia deshabitada:
la sonrisa de una fotografía por la que ya no somos huérfanos,
la compañía de los muertos, los rasgos de un retrato que
quizá sea el nuestro. Por eso hablar de esta poesía es hablar
de un autorretrato que deja libre el espacio de la persona, que promete
y hurta, como el tiempo, su modelo. Así en ‘Dos fotografías’:
«Els qui ens mirin també voldran trobar / el millor d’ells
mateixos als retrats» («Los que nos miren desearán
también / hallar en los retratos lo mejor de sí mismos»).
La casa de la infancia es una preparación para la muerte; el poema
es duradero, pero no eterno; vivimos un presente que dura el tiempo de
una vida.
Hablaré de algo personal, aunque
ello conlleve la necesidad de posicionarse como escritor de poemas. Uno
tiene la sospecha —porque lo han tachado de hermético—
de que no siempre puede medirse el nivel desde el que se habla al lector.
Por ejemplo, ¿a qué lector? «Un poema ha de decir
justo lo que necesita (la mayor parte de las veces sin saberlo) su lector
o lectora». Pero comunicar una poesía pensada en voz baja
depende de una vigorosa clase media urbana capaz de participar de un común
de experiencias escritas por el compañero de una mutua educación
sentimental. Canciones, libros, tramas del tiempo que nos ha tocado vivir,
que se destejen con el tiempo.
Por mucho que el mundo fragmentado del capitalismo,
que de raíces hace eslóganes, de la memoria un colador,
y a veces pide que la escritura muestre, como resultado, ese astillamiento
—experiencia irracional e intuición realista, síncopa
laboral y una plenitud de sustancias farmacéuticas—, se tiene
la sospecha de que una poesía construida con los breves elementos
funcionales («un poema es una estructura
de un edificio muy particular a la que no le puede sobrar ni faltar ni
un pilar, ni una viga»), una poesía que se “entienda”
siempre nos llevará de regreso a casa, cicatrizará la herida
del romanticismo entre sentido y sentimiento.
No es mi intención limitar la poesía
al lenguaje de lo comunicable racionalmente, y aún menos querer
explicar el misterio quebrado de los hermetismos, pues tiendo a considerarlos
otra incipiente vía hacia una nueva media hecha de fugas: pero
si he querido perderme por las ramas de lo real, llevo tatuado el camino
de regreso.
¿Hoy dónde estamos? La poesía
española hunde la mano en agua turbia, aunque con una limpia visión
interior del “cálculo de estructuras”: hasta en la
vaguedad queremos ser precisos.
¿En qué momento? Uno que dura
desde Horacio a Philip Larkin y desde Antonio Machado a Joan Margarit.
Lo que puede decirse de manera sencilla: abierta la frase donde más
palabras serían un muro de hormigón cubriendo la dureza,
el misterio. ¿Quién habla? Nosotros. «Som formes d’un
desordre més profund».
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Carlos
Pardo. Madrid, 1975. Autor de los libros de poesía
El invernadero (1995), Desvelo sin paisaje (2002)
y Echado a perder (2007). Coeditó Hace falta
estar ciego. Poéticas del compromiso para el siglo XXI (2004)
junto a José Manuel Mariscal y preparó en 2006 una
edición de Tratado de urbanismo de Ángel
González. Dirige la revista anónima de la editorial
Pre-Textos.
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