CÁLCULO DE ESTRUCTURAS

 

Carlos Pardo

 

 

Estoy seguro de que en épocas anteriores jamás el hombre había
contemplado con asco y repugnancia las obras arquitectónicas;
esta experiencia nos ha sido reservada a nosotros.

Hermann Broch

 


Joan Margarit, "Càlcul d'estructures" (Proa, 2005)      Un hombre sube la montaña del cementerio. Atraviesa un yermo de jeringuillas que un ayuntamiento amenaza con cubrir de hormigón como quien enterrara la derrota con la fealdad de un muro. Guardianes del dolor de los muertos, vagan los yonkis por una explanada de hierbajos; y arriba, donde el mar se hace grande y pequeñas las grúas, está enterrada su hija, «estàs salvada del dolor del món». Nada más importante puede decirse sin adorno, ninguna certeza, nada excepto el aprendizaje como «una herida inútil». El mismo hombre ha recorrido un descampado donde los límites de la voz no encuentran cobijo y ha decidido habitar en la intemperie: una identidad pequeña que el olor de la hojarasca resucita, la infancia de un superviviente que comienza a posar como un adulto, dolores estériles y nidos en la hoja perenne de los cementerios. Su voz es funcional y limpia. Del naufragio de la existencia trae, puro esqueleto casi transparente, una ética: mediación de los sueños y la vida, de la niñez y de una decepción que cuando dura se convierte en pose. «Així és com vaig entrant en la vellesa». El poeta que ha sobrevivido a la metafísica de las vanguardias, al poema como residuo idealista de una época creyente en conceptos que excomulgan la vida, el hombre que ya va para viejo vuelve a leer como leyó los libros de la infancia, y la verdad se disfraza de cuento, y las mentiras son lentes de aumento para una realidad compleja. En el espacio de relaciones de la literatura, todo consuelo sobreviene de un desorden aceptado, de un caos contado a otro, toda medida es un rasguño en la cadena del azar. Los poemas son huellas del sinsentido pero señalan el camino a casa.
     ¿Y en qué consiste eso que llamamos casa? En un refugio en lo irrepetible, una infancia deshabitada: la sonrisa de una fotografía por la que ya no somos huérfanos, la compañía de los muertos, los rasgos de un retrato que quizá sea el nuestro. Por eso hablar de esta poesía es hablar de un autorretrato que deja libre el espacio de la persona, que promete y hurta, como el tiempo, su modelo. Así en ‘Dos fotografías’: «Els qui ens mirin també voldran trobar / el millor d’ells mateixos als retrats» («Los que nos miren desearán también / hallar en los retratos lo mejor de sí mismos»). La casa de la infancia es una preparación para la muerte; el poema es duradero, pero no eterno; vivimos un presente que dura el tiempo de una vida.
     Hablaré de algo personal, aunque ello conlleve la necesidad de posicionarse como escritor de poemas. Uno tiene la sospecha —porque lo han tachado de hermético— de que no siempre puede medirse el nivel desde el que se habla al lector. Por ejemplo, ¿a qué lector? «Un poema ha de decir justo lo que necesita (la mayor parte de las veces sin saberlo) su lector o lectora». Pero comunicar una poesía pensada en voz baja depende de una vigorosa clase media urbana capaz de participar de un común de experiencias escritas por el compañero de una mutua educación sentimental. Canciones, libros, tramas del tiempo que nos ha tocado vivir, que se destejen con el tiempo.
     Por mucho que el mundo fragmentado del capitalismo, que de raíces hace eslóganes, de la memoria un colador, y a veces pide que la escritura muestre, como resultado, ese astillamiento —experiencia irracional e intuición realista, síncopa laboral y una plenitud de sustancias farmacéuticas—, se tiene la sospecha de que una poesía construida con los breves elementos funcionales («un poema es una Joan Margarit, "Cálculo de estructuras" (Visor, 2005)estructura de un edificio muy particular a la que no le puede sobrar ni faltar ni un pilar, ni una viga»), una poesía que se “entienda” siempre nos llevará de regreso a casa, cicatrizará la herida del romanticismo entre sentido y sentimiento.
     No es mi intención limitar la poesía al lenguaje de lo comunicable racionalmente, y aún menos querer explicar el misterio quebrado de los hermetismos, pues tiendo a considerarlos otra incipiente vía hacia una nueva media hecha de fugas: pero si he querido perderme por las ramas de lo real, llevo tatuado el camino de regreso.
     ¿Hoy dónde estamos? La poesía española hunde la mano en agua turbia, aunque con una limpia visión interior del “cálculo de estructuras”: hasta en la vaguedad queremos ser precisos.
     ¿En qué momento? Uno que dura desde Horacio a Philip Larkin y desde Antonio Machado a Joan Margarit. Lo que puede decirse de manera sencilla: abierta la frase donde más palabras serían un muro de hormigón cubriendo la dureza, el misterio. ¿Quién habla? Nosotros. «Som formes d’un desordre més profund».

 

 

     Carlos Pardo. Madrid, 1975. Autor de los libros de poesía El invernadero (1995), Desvelo sin paisaje (2002) y Echado a perder (2007). Coeditó Hace falta estar ciego. Poéticas del compromiso para el siglo XXI (2004) junto a José Manuel Mariscal y preparó en 2006 una edición de Tratado de urbanismo de Ángel González. Dirige la revista anónima de la editorial Pre-Textos.