MI JOAN MARGARIT: TRES NOTAS
Isidor Cònsul
UNA
Llegué
a la poesía de Joan Margarit hará algo más de veinte
años, coincidiendo con el momento en que el escritor, buceando
en las sombras de su otro mar, comenzaba su particular singladura de poeta
en catalán. Por aquel entonces, ejercía de profesor y crítico
literario, y me ocupé de algunos de sus libros en los papeles donde
colaboraba de manera habitual. Recuerdo el impacto de sus versos como
una epifanía y sé que viví la aventura de enfrentarme
a ellos con singular devoción. Para redactar este texto, he ido
repasando
los cartapacios de aquellos años y releído los artículos
que escribí sobre L’ordre del temps. Poesia
1980-1984 (1985), Mar d’hivern (1986), Llum de
pluja (1987) y Edat roja (1990). Y he creído advertir,
más allá de la nostalgia, una cierta coherencia de análisis
y dos tiempos de lectura: un primer momento de absoluta fascinación
y un segundo compás, tras un quinquenio de años y libros,
presidido por la sensación de déjà vu. Dicho
de otro modo: tras Llum de pluja, me sucedió con Margarit
lo mismo que con otros poetas, que tenía la impresión, libro
tras libro, de enfrentarme a unos mismos poemas y a versos que, como una
noria, se perseguían en la fuga de unos mismos temas.
Estas repeticiones de mi segundo tiempo
lector tenían su origen, opino, en la facilidad creadora de Joan
Margarit y su búsqueda constante del poema: ese afán de
darle la vuelta al calcetín, de saber que el poema vive oculto
en rincones oscuros de la realidad y que sólo hay que dar con el
instante mágico o el foco oportuno de luz que nos lo descubra.
Esta atenta disposición de cazador de poemas es una característica
que Margarit ha mantenido siempre activada y ha dado frutos estupendos
en su trayectoria lírica. Pero también es cierto que la
fórmula puede convertirse en una trampa cenagosa e insegura, y
hay que estar alerta para reaccionar a tiempo. Como ha sabido hacerlo
Joan Margarit con una radical operación quirúrgica y trabajos
de poda profunda de su última recopilación de obra poética.
Efectivamente, Els primers freds / El primer frío.
Poesía (1975-1995) (2004) es un ejercicio severo de deconstrucción
que ha eliminado una docena de libros y ha concentrado en treinta y pocos
poemas, los del apartado ‘Restos de aquel naufragio’, la esencia
de veinticinco años de creación lírica. Y es precisamente
en este momento cuando llega su poesía más contundente,
la de la apuesta más radical, el poeta del ejercicio malabar entre
la constante actitud de búsqueda y la máxima autoexigencia,
el que comienza en Estació de França (1999) y se
reafirma en tres libros soberbios: Joana (2002), Càlcul
d’estructures (2005) y Casa de misericòrdia
(2007).
DOS
Vuelta
atrás al calendario: mi primer encuentro con la poesía de
Margarit llegó parejo a un conocimiento personal impregnado, de
inmediato, por la química de las casualidades geográficas.
Si la más inmediata nos hacía vecinos de Sant Just Desvern,
también veía cómo del fondo de sus poemas emergían
paisajes de alma adusta y fronteriza con olor a poniente catalán,
la terra ferma compartida del cronista medieval, las tierras
de llano y altiplano donde se mezclan la viña y el maíz
de alma risueña con la seca severidad de almendros, trigales y
olivos: un mapa chico y familiar, las comarcas del Urgell y La Segarra
que conjugan, en un puño, los versos con sabor a Forès y
Sanaüja con mi vida en Bellpuig y Cervera.
Recuerdo el primer café compartido,
una tarde de sábado en el ateneo de Sant Just Desvern, supongo
que sería allá por 1985, y el interés con que Joan
seguía mis notas, comentarios y esquemas de lectura. Sólo
unos meses más tarde llegó la vivida intensidad de uno los
poemas que más amo de su obra, ‘Tantes ciutats on havíem
d’anar’ / ‘Tantas ciudades a las que debimos haber ido’,
donde siempre he tenido la sensación de jugar en campo propio,
un poema rotundo, una elegía que se me agiganta cada vez que la
leo a causa, creo, de la sutil complicidad de un paisaje familiar y compartido,
viejas sendas que discurren por el vericueto de sus versos y los dobleces
de mi alma.
TRES
El
paso del tiempo y razones de azar permitieron que aquel lector de sus
poemas, entregado, primero, y moderadamente crítico, después,
se convirtiera en su editor. A finales del siglo pasado, Joan Margarit
había entrado en un paréntesis de duda editorial porque
su pieza de confianza en catalán, Àlex Susanna, editor y
amigo, se disponía a abandonar la editorial Columna, la nave que
había ayudado a fundar y donde había dirigido las colecciones
y proyectos de más calado cultural.
Los que creemos conocer al poeta Margarit
sabemos que es un tipo de querencias y empatías, de los que exigen,
generan y necesitan confianza y generosidad en su entorno. Las mismas
que él deposita en los que confía. Una editorial no es sólo
un logotipo sino, por encima de cualquier otra consideración, el
nombre propio de su responsable. Es en este sentido que me precio de suponer
que no eligió una editorial histórica ni una colección
emblemática (Proa y Óssa Menor), sino un editor a quien
ya conocía de otras batallas y de quien, en principio, se fiaba.
Si me equivoco, que lo desmienta. Entiendo, pues, que fue así como
comenzó mi nueva relación de lector con un poeta querido
y admirado, y con el soporte eficaz de un amigo común, D. Sam Abrams.
Juntos hemos emprendido un camino de mutua fidelidad donde
han quedado plantados hitos diversos que lo jalonan. Iniciamos la aventura
con una propuesta atípica, Poesia amorosa completa (2001)
(3ª edición, 2006); la continuamos con el reto de una antología
para popularizar sus versos entre los estudiantes de bachillerato (Trist
el qui mai no ha perdut per amor una casa, 2003), hasta llegar a
la radical propuesta de poesía completa, Els primers freds.
Poesia 1975-1995 (2004), a la que ya me he referido. Mientras, la
vida y la muerte jugaban al margen su partida de ajedrez y, como Antonio
Machado, el poeta hacía camino al andar con la contundente rotundidad
de los últimos libros: Joana (2002), Càlcul
d’estructures (2005) y Casa de misericòrdia
(2007).
Tres libros que han merecido el aplauso
unánime de la crítica y la creciente devoción de
los lectores. El fenómeno Margarit como poeta popular comienza
a ser sintomático en Cataluña y su poesía sigue,
en este sentido, la estela un tanto lejana de Verdaguer y de Sagarra,
y los pasos más recientes de Miquel Martí i Pol. Versos
que ganan adeptos, libro tras libro, y que conquistan el corazón
de nuevos lectores. Y es por esta senda que el editor intuye lo que pueden
ser sombras de una cierta felicidad editorial: la pequeña victoria
de un empecinado que se obstina en publicar libros de versos contra las
leyes del mercado y no deja de sorprenderse ante el lujo de poder salir
con una edición cercana a los diez mil ejemplares en catalán.
Así lo decidimos en Proa con la última obra de Joan Margarit,
Casa de misericòrdia, seguros de la bondad del nuevo libro
y cansados de tener que reeditar con la prisa en los talones en los casos
previos de Joana y Càlcul d’estructures.
En otro de sus poemas tres estrellas, ‘Vas
fer tard al teu temps’ / ‘Llegas tarde a tu tiempo’,
que cierra Estació de França (1999), Joan Margarit
afirma que está dispuesto a dejarlo todo menos el poeta que queda
del desastre. Para redondear el poema se saca de la manga dos versos de
impacto jugando a que se equivocó de siglo y que esto es París
y él, Verlaine. Me gusta mucho el poema y su cierre, pero mi tendencia
es la terca y tenaz realidad. Debe ser por ello, que noto cambios de final
en mis adentros de lector porque opto por mi tiempo y mi tierra, y prefiero
la cálida humanidad de Joan Margarit a los juegos de artificio
de Paul Verlaine.
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Isidor
Cònsul. Bellpuig (Lleida), 1948. Escritor y editor.
Autor, entre otros libros, del ensayo Llegir i escriure. Papers
de crítica literària (1995), del dietario Cinc
estacions (1998) y del volumen de relatos En el nom del
pare (2004). Ha publicado diversos estudios y antologías
sobre Verdaguer. |
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