Francisco Tario
El nostálgico asesinato del paraíso
Alejandro Hermosilla Sánchez
¡Te
he perdido, te he perdido! Esto escasamente yo lo entiendo.
Francisco Tario, Breve
diario de un amor perdido |
|
Me espanta
la soledad del jardín a esta hora».
Francisco Tario, El caballo
asesinado |
Que
un cuentista y novelista de la talla del mexicano Francisco Tario (México
DF, 1911 — Madrid, 1977) continúe sepultado en un anonimato
inmisericorde que no ha permitido a la gran masa de lectores hispanos
acceder a su fascinante, oclusivo y acongojante mundo literario, habla,
en general, muy mal de las vías de acceso literarias tendidas entre
el mundo americano y el hispano. Y nos lleva a visualizar y redefinir
el llamado boom latinoamericano como un fenómeno sociológico
de re-descubrimiento de dos mundos —el occidental y el americano—,
cuya afortunada eclosión, sin embargo, fue demasiado partidista,
exclusivista y, en determinados casos, desde luego, arbitraria.
De todas maneras, por más que pueda
entenderse esta primera aserción como una crítica al, por
otra parte, casi milagroso y necesario fenómeno del boom, lo cierto
es que la literatura de Francisco Tario ni siquiera es bien conocida y
prácticamente no ha sido estudiada en el contexto mexicano del
que se alimenta. Apenas, efectivamente, se pueden encontrar artículos
o estudios que se refieran a Tario y que no se contenten con el mero hecho
de calificarlo como un excéntrico y de ubicarlo en el, tantas veces,
mal utilizado cajón de sastre de la literatura fantástica.
Y, sin embargo, en el rictus de todos aquellos que han buceado por alguno
de sus cuentos o que se han dejado acomodar en el atípico mundo
artístico que forjara a golpes de intuición y pasión,
planea ese deje de oculta satisfacción que rodea a quienes se saben
partícipes del goce y disfrute de una obra sobradamente interesante,
una escritura casi secreta y una estética irresistiblemente personal
que la hace única, intransferible y, seguramente, irrepetible.
Sin embargo, esta circunstancia que deleita
a sus pocos, muy pocos, pero fascinados lectores, podría llegar
a volverse radicalmente en su contra si no comenzamos a rescatar, desde
ya, el aliento de fuego ebrio con el que condujo y se dejó seducir
por su delirante pero sumamente lúcida literatura que, con una
clarividencia sin igual, detectó la verdad movediza y cambiante
del ciclo eterno de la cultura mexicana y la no-cultura americana atestiguando
la incapacidad de este continente de poder afirmar un sí rotundo
a su existencia.
En breves palabras: la literatura de Tario
—y aquí radica uno de los varios porqués de su anonimato—
nació, se forjó y desarrolló hasta sus últimos
límites con vocación maldita, excéntrica, atípica,
onerosa y, por momentos, pesadillesca. Sí. La obra de Tario es
la de un ser ubicado en los márgenes de la sociedad, ajeno a cualquier
cenáculo cultural, capilla literaria o cualquiera de los contornos
sociológicos del acto literario y de ello dan cuenta sus múltiples
viajes, aficiones o profesiones —futbolista, pianista, co-propietario
de un cine, etc—. La obra de Tario respira sudor, sangre, vísceras,
pasión en cada uno de sus renglones y el único premio al
que aspiró fue a crecer como una planta salvaje, natural y mortal
cuyo último fin era devenir embriagada literatura de su propio
olor a alcohol. Una borrachera de mezcal, una ingestión hasta la
intoxicación de opio o —como apuntamos antes— una pesadilla
o un sueño destructor que posee a un hombre en la madurez de su
vida y lo acompaña hasta su muerte, ya anciano, sin dejarlo respirar
ni uno solo de los instantes del resto de su vida, son las primeras e
intensas imágenes que vienen a mi mente a la hora de describir
su literatura y ese mundo tan particular que construyó.
El
mito perdido de la infancia irrecuperable, la decadencia del hombre obligado
a reconocerse y desconocerse en una madurez que jamás podrá
contentarle, la imposible búsqueda de la libertad o la destrucción
soterrada que de nuestra inocencia realizan los vínculos sociales
primigenios que comienzan a formarse desde nuestro particular nacimiento
en una familia concreta, son algunos de los temas de los que Tario se
ocupó. Y si en todos ellos no se encontrara muy lejano de las recurrentes
obsesiones de la vanguardia o, mismamente, del psicoanálisis lacaniano
y su propuesta ética nos podría parecer bastante similar
a las de, por ejemplo, Witold Gombrowicz, lo que lo hizo único
fue el tratamiento decadentista —sin caer en los artificios a los
que puede conducir este estilo— repetitivo, mítico, circular
y, por momentos, con ínfulas góticas, que concedió
a estos temas.
Flores cortadas, ramos de rosas jamás
entregadas a su destinatario, sombreros olvidados en algún oscuro
armario, tesoros sin monedas de un perdido barco pirata. A esto se asemejan
las metáforas —más allá de su argumento real—
de los cuentos de un Tario que bien podrían ser poemas no escritos
o disueltos en una prosa corrosiva que se desentiende hasta de su propio
creador para forjar por sí mismas una figura inédita, virulenta
y venenosa.
Y si esto es así es porque Tario
es uno de esos escasos escritores que valoró el poder simbólico
y mítico de la palabra de tal manera que cada una de las que dejó
plasmadas sobre el papel posee una magia especial, se revuelca en torno
a una tradición lingüística y la retuerce, para que
—mostrando el polvo que el uso del cofre del lenguaje durante siglos
ha depositado sobre ella— se nos aparezca vestida de todo su primigenio
misterio.
Es ese misterio, justamente, que se siente
en toda la poética de Tario el que hace a su literatura extraordinaria
y le concita su especificidad además de dotarle de sus rasgos de
autenticidad. Porque la literatura de Tario no oculta sus fuentes, ni
sus debilidades, ni sus vestiduras y ropajes. Al contrario, las muestra
valientemente sin miedo a desnudarse sabiendo que en su apabullante e
imperfecta sinceridad radica toda su verdad.
Así, la literatura de Tario es Mr
Hyde. O puñal de Dorian Gray persiguiendo partir su imagen en pedazos
en el espejo para, finalmente, suicidarse con el filo de una de las astillas
de su fracturado reflejo. O Stevenson desdoblado y buscando un tesoro
sabiendo que el mismo no se encuentra en el esqueleto que aparecerá
cuando abramos el cofre buscando los ansiados doblones del galeón
hundido, sino en las palabras que forjan el ambiente necesario para hacer
latir de pura verdad y realidad una historia imposible. Y, sobre todo
—y esto ya ha debido advertirlo el lector cómplice de este
artículo—, por más que su literatura sea trozo perdido
de un diario de Malte Laurids Bridge o lamento inmisericorde y carcajada
infinita de Larra antes de su suicidio, la misma nos remite de manera
ineludible a la de Edgar Allan Poe. Pero, en principio —y aunque
parezca lo contrario— no al Poe de las alucinaciones y la locura.
No al Poe del corazón que late hasta la muerte en un vientre subterráneo.
Sino, más bien, al Poe de la casa Usher. El Poe expatriado. El
poeta que graznaba en su vida demente delirios de poemas perfectos con
voz de cuervo. O, en otras palabras, el parricida irredento, tal y como
lo denominara Héctor A. Murena.
Y
es desde aquí, desde el espíritu impuro pero real que obliga
a Tario siempre a contarnos una historia imposible y desde sus conexiones
al descubierto pero íntimas, afectivas y secretas con la obra de
Edgar Allan Poe, que deberíamos comenzar a ubicarnos para intentar
comprender su obra y poseer una visión ontológica de la
misma que ayude a entender las motivaciones últimas de las que
surge.
Desde luego, creo que es imposible realizar
un análisis mínimamente ajustado de la estética de
Tario y sus últimas incitaciones, si no se comprende que su obra
refleja de una manera clarividente el estilo y destino americano hasta
tal punto que la misma es toda ella un ejemplo narrativo eficaz de aquel
ensayo majestuoso sobre lo que supone la suerte de vivir y morir en América,
realizado por Héctor A. Murena: El pecado original de América.
En este imperdible, imprescindible ensayo
—carta de un exiliado destinada a un público cegado por la
magnitud del naufragio— Murena nos refiere con suma exactitud las
herencias vitales del ser americano a partir de un agudo análisis
de la obra de Poe y sus ocultas significaciones. Para Murena, la presencia
de Poe en la literatura americana refleja, como ninguna otra, una asunción,
una constatación descarnada y cruel de que América, como
el continente que jamás fue pensado o debió existir, devino,
finalmente, en un hogar deslustrado, cónclave de exilio incapaz
de poseer un “ara” propio. América, por tanto, para
Murena, sería la morada o, más bien, el refugio de los hijos
sin nombre que serían todos los europeos, asiáticos u africanos
que se contemplaron —como vestigios no deseados, vilipendiados y
humillados— expulsados de su primera tierra y paraíso original,
Occidente.
De esta manera, ante la impotencia e inclemencia
de su situación, a los nuevos habitantes de América —tal
y como si fueran hijos perdidos o adolescentes sin tregua y heridos en
su orgullo— no les quedó más remedio para vivificar
su propia existencia que fundarse a sí mismos a través de
ese asesinato necesario pero precipitado que fue la Independencia americana.
Así, toda la Independencia americana es contemplada por Murena,
al trasluz de la obra de Poe, como un acto edípico cometido apresuradamente
por los hijos americanos no deseados y, tantas veces, castigados por el
padre occidental, en contra de su tiránica presencia. La Independencia
se constituiría, por tanto, desde este punto de vista, como un
acto parricida. Y gran parte de la literatura americana, por ende, vista
desde este prisma, es un ataque desmedido a Europa, un intento por huir
de su influjo y demostrar que la existencia americana es más auténtica
y sabia que la occidental por más que esté fundada —y
de ahí su no-existencia y su visible contradicción—
en el lenguaje, costumbres y modos de ser de este continente que no dudó
en vejar en tantas ocasiones a sus llamados hijos díscolos, no
queridos y deseados: los americanos.
América
es, por tanto, observada, analizada y entendida como un no-lugar gigantesco
—y es aquí donde aparece la valiosa metáfora de la
quejumbrosa y derrumbada casa Usher forjada por Poe que podríamos
enlazar internamente con el jardín secreto confeccionado por Tario—
que tiene sus cimientos en Europa y que, únicamente, puede encontrar
—debido a las múltiples afrentas cometidas con ella y su
proverbial juventud— un sentido y justificación a su existencia
errada en su afán desmedido de protagonismo. Un afán de
protagonismo pre-claro en los niños o los adolescentes y que, en
este caso, se canaliza liberando toda la rabia contra la ley europea a
partir de un revanchismo camuflado de liberalismo que, antes o después
—teniendo en cuenta que América, aun en contra de su voluntad,
tiene que solidificarse y enraizarse dentro de las coordenadas occidentales
para afirmarse a sí misma— mostrará su verdadera naturaleza
y condición: la impotencia. Pues América, como un adolescente
déspota e irreflexivo —por más que esté cargado
de razón y verdades—, podrá llegar a rebelarse contra
su padre, Europa, pero tiene en su destino marcado con líneas de
fuego la misma suerte del joven que una vez que haya completado su proceso
de maduración deberá, de nuevo, reconocer a la ley del padre
como aquella que puede otorgar un sentido a su existencia, pues le concedió
la vida y un destino oculto, por más que se avergonzara del mismo.
Sin embargo, para Murena, en el actual proceso
del ser americano, (y creo que basta citar nombres de políticos
como Chávez, Uribe, Menem o Bush para corroborar esto), éste
todavía no ha llegado a madurar del todo. Aún está
pagando los errores pasados del padre y su ansia y afán de protagonismo
le sobrepasan hasta el punto de ser incapaz de edificar un sí a
la existencia terminando por replegarse en la ciénaga del nihilismo.
Efectivamente, si la vemos a este trasluz,
toda la obra de Poe refleja ese ansia desasosegada de América por
no poder crear una existencia auténtica y originalmente suya. Muestra
los reflejos nocturnos de un alma que desea mostrarse omnipotente —error
adolescente— pero que, sin dudas, debe arrodillarse ante su propia
impotencia para construir a partir de su debilidad y fragilidad no reconocidas,
no asumidas, un canto al horror, al miedo. En definitiva, una perdida
oda al vacío que debieron sentir gran parte de sus habitantes en
el momento en que se contemplaron aislados en una tierra que no era suya,
que jamás había sido soñada y que, poco a poco, iba
desterrando las promesas de regeneración del ánima occidental
condenada a reverdecer monstruosamente en sus contornos.
Precisamente, si hemos seguido con atención
las anteriores reflexiones, convendremos que metáforas como las
de Frankenstein o la ya citada de Mr. Hyde nos refieren desde un plano
simbólico-mítico a ese monstruo sin riendas pero necesitado
de cariño que construyese el imperio inglés y que conocemos
bajo el nombre de Norteamérica. Como, desde otro punto de vista,
la cargante, por momentos, metáfora ampulosa del Polifemo gongorino
puede remitirnos a ese ornamental monstruo sin raíces y destinado
a descomponerse que era el aparato colonial hispano establecido en Hispanoamérica.
Y, desde luego, con más claridad, las hazañas alocadas o
el ansia de aventuras de Don Quijote se pueden analizar, desde este prisma,
como los deseos que liberan la frustración de un caballero hispano
educado en los valores del
Medievo por huir de la carga de prejuicios que corrompían a la
España católica con el objeto de hallar la suerte de aventuras
que le fue negado vivir en los territorios asalvajados de América.
Como he referido con anterioridad, considero
que es desde este particular lugar, asimismo, desde donde habríamos
de enfocar una mirada traslúcida a la obra de Tario. Una obra que
es consciente del no-ser americano y que, sin intención alguna
de ocultar este hecho, es por ello que se regodea en lo oscuro, en lo
accidental, en los atisbos de un misticismo perdido que termina por crear
un nuevo paganismo o una suerte de nueva estética literaria que
parece, en principio, no conducir a ninguna parte. Se comprenderá,
por tanto, de esta manera, tanto la extrema originalidad de la obra de
Tario como su particular especificidad que nace del reconocimiento de
la orfandad y la accidentalidad de vivir en América. Un reconocimiento
que lleva a tantos de los cuentos de Tario, por tanto, a dejarse perder
en lo superfluo, en lo anecdótico, a filtrar ambientes accidentalizados
en los lugares más disímiles o a realizar juegos insospechados
con objetos perdidos como única salida sincera, verdadera y auténtica
para mostrar el “anima” incorpórea de la realidad que
le rodea. Una realidad que no disfraza y con la que no juega, pues si
comprendemos el punto de partida de su obra, convendremos en afirmar que
es la misma circunstancialidad de la existencia americana la que se acaba
imponiendo a Tario para dictarle la estética de sus cuentos y mostrar
sin remilgos ni falsas nostalgias el inconsciente profundo de América.
En suma, cuentos tan disparejos, envidiablemente rabiosos, inconformes
y atípicos como El mico, Un huerto frente al mar,
La noche del féretro o La noche del traje gris
y sus correspondientes metáforas ejemplifican, sin ningún
género de dudas, esta cuestión. Los vestigios de esa ciudad-fantasma
que es Acapulco, los muros de una Tenochtitlan irreconocible y las imágenes
violadas de una tierra poblada de imágenes entre las que sobrevuelan
leyendas de Becker, regustos del romanticismo hispano, manuscritos aragoneses
encontrados en ciudades sin nombre y reflujos de casticismo y surrealismo,
a la vez, marcan una obra a través de la que el espíritu
de Castilla intenta ser devorado por un estilo con un hambre feroz por
crearse a sí mismo sin deber cuentas a nadie sin poder conseguirlo
en ningún momento.
Un estilo que mezcla, como todo México
—y gran parte de la literatura de Tario— lo antiguo y lo moderno
de forma disímil y donde el cruzado occidental reformado en burgués
y el indígena conectado profundamente a su tierra comienzan a forjar
un nuevo tipo de convivencia que llega hasta nuestros días en la
que, por encima de la dominación y explotación, predomina
una fusión ingobernable de dos mundos aparentemente incompatibles.
Hacia allí se dirige la mirada de
Tario. A lo imprevisto de uniones deslabazadas entre objetos, personas
y culturas disímiles como el mismo pseudónimo de su apellido
delata (recordemos que el apellido real de Francisco era Peláez
y optó por extraer de alguna lengua michoacana el nombre, Tario,
“lugar de ídolos”). Al entreacto desde donde comienza
a forjarse el argumento del drama. A las relaciones, en primera instancia,
opacadas que surgen entre cosmovisiones diferentes que conviven en tiempos
diversos y, sin embargo, cohabitan en un mismo espacio y se interrelacionan
a través de un lenguaje fluido. Ahí es donde aparece la
brutal libertad, pasión e inconsciencia que delimita el “ars”
poética de Tario. En lo inconforme y disoluble que, como se entenderá,
fue esencial para comprender al México de su época. En la
imposibilidad y, asimismo, la necesidad parricida que posee México
que lo hace flotar en su propio tiempo mientras se adapta a uno “nuevo”
que lo desborda y cerca y, a veces, como las narraciones de Tario, parecería
que fueran a asesinarnos o a engendrar un hijo impuro del vientre de un
hombre. Así, es, por tanto, en esa ruta a medio camino entre la
necesaria aceptación de la realidad y la imposible pero deseada
huida de la misma (signo-Quetzalcoatl) que, en mi opinión, se origina
el carácter sorpresivo, absolutamente original y disforme de la
estética de Tario. Un estilo que aspira a forjarse novedoso o,
en definitiva, único atestiguando el deseo parricida de haber nacido
de sí mismo pero que, sin embargo, debe plegarse antes o después
ante una tradición a la que mira de reojo, burla e intenta evitar
sin poder realizarlo ni acaso desearlo, pues es de la misma impotencia
de no poder realizar este deseo de donde surge toda su fuerza macabra,
mítica, ritual, viril y autodestructiva.
Fuerza que Tario llevó a su máximo
extremo en esa monumental obra en la que trabajó hasta prácticamente
sus últimos días, que es Jardín secreto,
donde vació todas sus ansias y experiencias exiliadas hasta el
punto de forjar una de las más sublimes metáforas compuestas
jamás sobre el destino de esa especie de paraíso perdido,
que diría Lowry, que fue el continente americano y, más
en concreto, el país mexicano.
Una novela que debería haber sido
leída, devorada y comentada con la misma intensidad que, por ejemplo,
Rayuela, Cien años de soledad o Paradiso
y cuyo imaginario simbólico, sospecho, irá extendiéndose
durante décadas por toda la literatura en castellano, hasta terminar
de delimitar la verdadera importancia decisiva y definitiva que excéntricos
escritores como Tario poseen para dilucidar las coordenadas centrales
de lo que será la literatura del futuro.
Centrada en una mansión y espacio
cerrado, a veces, claustrofóbico y siempre inquietante, Tario fue
capaz de diseñar en sus contornos los atributos del confuso Adán
americano sometido a la ley paterna europea en medio de los cimientos
de un lugar que se derrumba y que obliga al hombre a asumir su culpa y
soledad y, finalmente, reconocerse perdido en un mundo que no le pertenece,
ha creído dominar y, donde, finalmente, ha sido esclavizado. Novela
de dimensiones gnósticas, de alcances ilimitados y proclive a múltiples
lecturas simbólicas, enfrentarse a la misma supone recorrer los
senderos que enmarcan ese no-lugar que es América, para Tario,
donde únicamente el incesto (símil de la violación
de los europeos de la madre tierra americana representada en la novela
por la relación entre Mario y su prima Esperanza), es capaz de
generar vida y abolir la sempiterna ley paterna que, sin embargo, se antoja
como en la obra de Rulfo, inamovible.
Que, precisamente, la vida generada a través
del incesto, el hijo de Mario y Esperanza, termine por desaparecer (signo
del difícil e imposible tránsito hacia una vida nueva en
México y la imposibilidad de afirmar un sí a la existencia
si no es a través del parricidio o, en este caso, el infanticidio)
y que la sombra del padre aun desmoronándose (recordemos que Jardín
secreto fue escrita en España cuando ya el franquismo se encontraba
agonizante), y en proceso de reconstrucción, continúe como
la sombra de Pedro Páramo, siendo omnipresente, nos habla bien
a las claras de la visión que Tario tuvo sobre América:
un lugar secreto y prohibido donde todo pecado es permitido pero en el
que, precisamente, a causa de este indómito mal que la autoridad
paterna que lo ha generado persigue con encono (obsérvese, por
ejemplo, el caso Porfirio Díaz en México) la vida termina
por concebirse como no-vida, como eterno exilio,
cárcel o prisión.
Comenzar de nuevo la lucha de Adán
y forjarse en la enrancia perpetua de Caín incapaz de construir
un hogar perpetuo si no es asumiendo su desnuda condición, parece
el destino y el desafío que debe asumir América para Tario,
como ponen de manifiesto las últimas páginas de esta inquietante
y sublime novela cuyo mensaje último va destinado, igualmente,
a todos los ciudadanos del oclusivo mundo occidental —similar a
la mansión de los Cominos dibujada en Jardín secreto—.
La desesperanzada voz de Mario al verse
obligado a abandonar la casa paterna y observarse, por primera vez, en
total libertad, vinculado únicamente a su desamparo, nos obliga,
igualmente, a considerar los fracasados proyectos de integración
de razas y mundos disímiles en una América que Tario dibujó
y retrató como pocos a partir de su lúcida mirada al mundo
de sombras en que habita desde el que resuenan como voces apagadas y perdidas
pero tremendamente vengativas las sonrisas no escuchadas de sus Dioses
asesinados.
Si nos fijamos —y basta diseccionar
en esta clave a los europeos burgueses de las obras teatrales de Tario—,
toda su narrativa, en última instancia, nos remite a esto: a las
risas de unos Dioses enterrados que se observan incrédulos a sí
mismos por la incapacidad de infundir vida en los parajes que un día
les pertenecieron a unos hombres que, arraigados a la nostalgia del mundo
del que fueron expulsados, acabaron por convertir ese paraíso que
podía haber sido América en un auténtico infierno
de soledad.
Entre la risa y la nostalgia, por tanto,
se encuentra cifrado el destino del hombre para un Tario que consiguió
edificar toda su estética atípica a partir del ensamblaje
de estos dos conceptos que únicamente una personalidad genial como
la suya, podía haber unido en su exclusiva, insólita y,
utópica atipicidad. O, al menos, es justo pensar que, sin dudas,
en un mundo literario que continúa absolutamente ajeno a su presencia
inclasificable, esto sí se lo deberíamos reconocer.
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Este
artículo se ha realizado gracias a la concesión de
una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca
de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación
sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol. |
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