Aproximación
a la escritura jeroglífica


Raúl Alcaraz Carrión

 


La complejidad del código jeroglífico del Antiguo Egipto     De entre todos los códigos lingüísticos empleados por el hombre, el código jeroglífico del Antiguo Egipto resulta especialmente interesante por su complejidad, su peculiar funcionamiento y, sobre todo, por el halo de misterio que lo ha envuelto durante siglos. La majestuosidad y el avanzado conocimiento de la civilización que lo creó y las dificultades que ha llevado el poder desentrañar su funcionamiento para hacer posible su comprensión han hecho creer a varias generaciones de eruditos que el código poseía un carácter mágico y contenía una información secreta, cuidadosamente cifrada y de valor incalculable. La palabra jeroglífico procede de las raíces griegas hieros (sagrado) y gliphein (grabado). En efecto, desde sus orígenes este código, que se representaba grabado en las paredes de los templos o dibujado con tinta en los papiros, ha estado asociado a un carácter fuertemente sagrado y simbólico. Caracterizado por su orientación elitista, el código jeroglífico entraña una triple finalidad simbólico-sagrada, comunicativa y artística.
     Frente a otros códigos más simples, comunes y utilizados hoy en día de forma cotidiana, el código jeroglífico entraña una enorme complejidad, con un inventario de unidades casi inabarcable y el añadido de ser un código en desuso desde hace siglos. Además, su funcionamiento ha resultado una incógnita hasta hace relativamente poco tiempo, permaneciendo oculto durante casi 2000 años hasta el descubrimiento de la piedra de Rosetta. Es por ello que la intención del presente artículo se limita a llevar a cabo una aproximación al código desde el ámbito de la Semiótica, estudiando algunos de sus mecanismos para determinar su validez como sistema de comunicación.

 

     El código jeroglífico en el marco de la Semiótica

     El primer paso para llevar a cabo un estudio, si quiera aproximativo, sobre el funcionamiento y los mecanismos de cualquier código debe partir de una primera aproximación al mismo desde la ciencia encargada del estudio de los signos en la vida social, la Semiótica. En este sentido, comenzaremos afirmando que el código jeroglífico del Antiguo Egipto es un código artificial, creado por el hombre y fruto de una convención para responder a unos intereses determinados que, como discutiremos a continuación, no están del todo claros.
     La primera cuestión que se nos plantea es si el código jeroglífico es realmente un código que funciona como sustituto de la lengua hablada («código sustituto» en la terminología de Buyssens y «procedimientos de señalización sustitutivos del lenguaje hablado» según Martinet), del mismo modo que la escritura en la actualidad, o es más bien una manifestación artístico-simbólica que, de forma secundaria, puede funcionar como sistema de comunicación. Podríamos considerar al código jeroglífico como un código sustitutivo empleado en la época para plasmar por escrito y con carácter estable aquella lengua que se hablaba, de carácter efímero, pero sus peculiaridades nos impiden llevar a cabo una simplificación del mismo hasta el punto de identificarlo completamente con un código lengua escrita como el nuestro. En primer lugar, podemos poner en duda que la escritura jeroglífica se correspondiera con una lengua hablada —de la que no tenemos datos— del mismo modo que hoy en día se corresponden las grafías de nuestra escritura con Estatua de Ramsés IIlos fonemas de nuestro lenguaje hablado. El código jeroglífico era un código ancestral y sumamente elitista cuyo conocimiento, que constituía casi un arte, estaba reservado a los escribas y era deliberadamente complejo para dificultar su aprendizaje y permitir que los mismos conservaran su elevada posición social. Además, los jeroglíficos se empleaban en los monumentos, en los templos, las tumbas y los papiros religiosos, pero para contratos comerciales, cartas, relatos y documentos legales los escribas utilizaban otras formas de escritura (hierática y demótica) que eran versiones esquemáticas y abreviadas de los jeroglíficos. Tampoco podemos olvidar la estrecha vinculación que el código jeroglífico mantiene con el arte egipcio: símbolo, arte y escritura jeroglífica constituían un todo en el Antiguo Egipto. La vinculación entre arte y escritura jeroglífica resulta evidente si observamos algunos ejemplos en los que las propias representaciones artísticas forman parte del mensaje jeroglífico, como esta estatua de Ramsés II.
     En esta estatua el rey aparece representado como un niño sentado con el dedo en la boca, del mismo modo que en el jeroglífico mes (niño en egipcio). El rey porta sobre la cabeza el disco solar (como el del jeroglífico ra), mientras que en la mano izquierda sostiene una planta similar a la del jeroglífico su. Por tanto, la estatua equivaldría a los jeroglíficos Ra-mes-su, o Ramsés, que se representan gráficamente en jeroglífico de este modo: &+6+ ´= Ra + mes + su = Ramsés.

     Por tanto, podemos afirmar que el código jeroglífico era más una compleja forma de pintura-escritura simbólica que un código sustitutivo de la lengua hablada en el sentido en que hoy entendemos nuestra escritura. Obviamente transmitía un complejo mensaje similar al del código lengua o incluso más complejo, ya que estaba cargado de connotaciones simbólico-religiosas, pero en cualquier caso resulta arriesgado reducirlo a un mero sustituto de la lengua hablada.
     En lo que respecta al estatuto del código, siguiendo la propuesta de clasificación del profesor Roldán Pérez en función del órgano receptor, deberíamos clasificar el código jeroglífico como un código con señales de vista cuyo órgano receptor es la vista. Como consecuencia, el código posee un estatuto espacial y permanente. Como todas las señales de vista, éstas emiten información de forma constante, por lo que no se requiere la presencia de un receptor. El soporte material de las señales del código es muy variado, pero básicamente encontramos jeroglíficos dibujados y grabados.



     Las unidades del código

Podemos encontrar diversos determinativos de género femenino en este obelisco de Hatshepsut, en el templo de Karnak     Antes de pasar al breve estudio de las principales unidades del código, creemos necesario hacer una serie de consideraciones previas sobre las notables particularidades que dicho código precisa. En primer lugar, debemos señalar que el sentido de la escritura, que puede ser tanto de izquierda a derecha como de derecha a izquierda, debe deducirse de las propias unidades del código, que miran hacia el origen del texto. En la medida de lo posible, los escribas trataban de disponer los signos agrupándolos en cuadrantes imaginarios para evitar los espacios en blanco, por lo que no se dejaban espacios entre palabras ni se empleaban signos de puntuación. Además, el intento de no dejar huecos daba lugar a agrupaciones anómalas llamadas transposiciones gráficas, en las que se cambia el orden “correcto” de las señales, por lo que las dificultades para interpretar correctamente el código aumentan considerablemente. Por otra parte, y al igual que otras lenguas como el árabe actual, el código jeroglífico presenta un esqueleto de consonantes sin vocales, lo que añade aún más dificultades y origina vacilaciones vocálicas a la hora de traducir los jeroglíficos.
     Si bien la escritura jeroglífica es bastante compleja, su principio básico es simple, y reside en los distintos tipos de unidades del código. Estas unidades pueden funcionar, básicamente, de dos formas distintas: como fonogramas o señales sonoras, de un modo similar a las grafías de nuestra lengua que representan sonidos; o como ideogramas, señales que remiten directamente a una realidad o idea y que guardan, por lo general, una relación de semejanza con aquello que representan. La complicación viene al existir un gran número de unidades, tanto fonogramas, habiendo incluso algunos que representan varios sonidos, como ideogramas. Si a esto le sumamos la frecuente polisemia, ya que muchas señales representan distintas ideas o sonidos, o son al mismo tiempo ideogramas y fonogramas, nos encontramos ante un código sumamente complejo y, aparentemente, antieconómico. Dividiremos las unidades del código en fonogramas, ideogramas y determinativos, aunque muchas veces los últimos se incluyen dentro de los ideogramas:

     1) Ideogramas. Son aquellas señales que representan palabras o realidades completas, generalmente con raíces de dos o tres consonantes con las que guardan relación de semejanza. Los ideogramas representan seres vivientes, objetos o acciones claramente perceptibles, pero nunca conceptos abstractos, que se representan mediante la combinación de fonogramas. Cuando representan la imagen de su propio objeto suele indicarse con un trazo vertical que acompaña a la señal para así diferenciarlos de los fonogramas, como en el caso de boca ‘ô y dios Ðô. No obstante, el código jeroglífico tiende a ser redundante, por lo que algunos ideogramas vienen acompañados, además, de sus fonogramas correspondientes, como es el caso de ra (sol) ‘¥&.

     2) Fonogramas. Son aquellas señales que representan sonidos, de un modo similar al que lo hacen nuestras grafías. Al igual que en nuestra lengua, la combinación de estos signos da lugar a palabras, por lo que con un número limitado de fonogramas se puede construir un número ilimitado de palabras. A las palabras se les añaden complementos fonéticos que precisa la pronunciación o determinativos, que caracterizan el sentido. Podemos distinguir varios tipos de fonogramas:

     —Los unilíteros representan una sola consonante o semiconsonante. Se utilizan frecuentemente como complementos fonéticos que se insertan entre el signo plurilítero (bilítero, trilítero...) y el determinativo. Por lo general indican la lectura cuando el plurilítero tiene más de un valor fonético, pero también son utilizados para repetir uno o varios de los sonidos de los plurilíteros o para rellenar el cuadrante. Es por ello que su uso es, en ocasiones, más estético y redundante que necesario. Ofrecemos a continuación algunos signos unilíteros, así como su significado al ser utilizados como ideograma (recordemos que muchas señales del código son fonogramas e ideogramas al mismo tiempo).

 

Jeroglífico Ideograma Trascripción Transliteración
Buitre a
Caña en flor i /a / j
Brazo a (breve)
Pie b b

     

 

     —Bilíteros (representan el sonido de dos consonantes), trilíteros (representan el sonido de tres consonantes), tetralíteros, pentalíteros... Se suelen acompañar de uno o dos complementos fonéticos. Algunos de los más comunes son:


Bilíteros:
Trilíteros:

 

     3) Determinativos. Estas señales, emparentadas con los ideogramas, indican las categorías de las palabras (género, número, nombre propio, concreto o abstracto, verbo de acción procedente de un sustantivo…) o el campo semántico al que pertenecen (relativo al hombre, al dios, a la construcción, verbo de movimiento…). Una palabra puede contener uno, varios o ninguno, sobretodo en el caso de palabras muy comunes como pronombres, preposiciones, conjunciones, adverbios, etc. Algunas palabras se escriben con los mismos signos pero tienen significados totalmente distintos, por lo que dependen de la presencia de este determinativo para que se concrete su significado. Podemos tomar como ejemplo el jeroglífico (ideograma que significa “escritura”), que puede significar escritor, amanuense o escriba si va seguido del determinativo “hombre” () o el verbo escribir si es acompañado del determinativo “escritura/concepto abstracto”, un rollo de papiro (). Además, el mismo jeroglífico puede hacer la función de determinativo de temas relacionados con la escritura si acompaña a otros signos.
     Como podemos observar, el código jeroglífico es un código sumamente complejo al conjugar tres tipos de unidades distintas y dos formas de representar la realidad: construyendo palabras por medio de señales que representan sonidos, de un modo similar al de nuestra escritura; o mediante señales icónicas que representan una realidad con la que guardan relación de semejanza. Además, ambas formas de representar la realidad se alternan o se presentan simultáneamente de forma redundante. Los motivos son, por lo general, arbitrarios, y en ocasiones responden a criterios artísticos o estilísticos. A esto hay que añadir el elevado índice de signos polisémicos y sinonímicos y el hecho de que una misma señal pueda ser, al mismo tiempo, ideograma, fonograma o determinativo.

 

     ¿Un código económico o antieconómico?

¿Un código económico o antieconómico?     Todo código artificial debe cumplir idealmente dos requisitos, el de costo/economía y el de longitud/frecuencia. El primero consiste en que debe utilizar todas las señales más pequeñas antes que las de mayor complejidad; el segundo se refiere a que debe emplear las señales más simples para los mensajes más frecuentes, reservando las más complejas para los mensajes menos usuales. El código ideal tendería, por tanto, a igualar la información media transmitida con la longitud media de la señal, de modo que no hubiera exceso inútil de energía al no existir parte del significado que no transmitiera información. A continuación trataremos de analizar los principales mecanismos del código jeroglífico para poder valorar su carácter económico o antieconómico. No obstante, debemos adelantar que su estrecha vinculación con el arte lo aleja en ocasiones de los intereses comunicativos y económicos.
     En primer lugar nos referiremos a aquellos procedimientos y aspectos que hacen del código jeroglífico un código económico. En este sentido, el hecho de que muchas de sus unidades sean polisémicas y de que algunas puedan funcionar como ideogramas o como fonogramas, según la situación, constituyen mecanismos económicos al reducir el número de unidades necesarias. No obstante, y como señalaremos, el código posee mecanismos de signo contrario que resultan redundantes y, por tanto, antieconómicos.
     Debemos referir también la existencia de una cierta morfología flexiva de carácter económico, tanto en aquellas palabras expresadas mediante ideogramas como en las que se expresan mediante fonogramas:

     —El empleo de determinativos permite que, mediante un mismo signo, se concrete el sentido de un gran número de palabras relacionadas por su significado.
     —Existen una serie de determinativos que, a modo de sufijos, indican el género y el número de los sustantivos (el masculino se indicaba con la ausencia de sufijo):


     No obstante, el plural también podía marcarse con la repetición de la totalidad o parte de los fonogramas, ideogramas o determinativo: lechuza (j)/ lechuzas (k).

     —El cambio de categoría se indicaba mediante la adición final del jeroglífico ´, como sucedía con los adjetivos nisbados, procedentes de sustantivos o preposiciones.

     —El verbo cuenta con una conjugación sufijal, aunque no podemos detenernos en él porque su complejidad requeriría un extensivo estudio. El código cuenta, además con una serie de mecanismos de creación de nuevas unidades con un manifiesto carácter económico, ya que permiten la creación de Una palabra ancestral que trasciende lo humano y lo comunicativo para alcanzar lo divino y lo inefableunidades nuevas a partir de las ya existentes:

     a) Procedimientos sintagmáticos, mediante la agrupación de unidades ya existentes. De este modo, la combinación de fonogramas permite la creación de un gran número de palabras a partir de un inventario limitado de unidades, del mismo modo que sucede en nuestra lengua escrita. El empleo de ideogramas, por el contrario, resulta antieconómico por necesitar un signo diferente para expresar cada realidad.
     b) Procedimientos derivativos, relacionados con el verbo, los adjetivos nisbados y los determinativos que indican género y número, como acabamos de señalar
     c) Modificación de elementos ya existentes para crear otros nuevos. Un ideograma puede ser la base para la creación de otros nuevos con un significado relacionado: llorar (~) está formado a partir de ver (y), agujerear (@) procede de piel (?), el ideograma hombre (!) da lugar a nuevas señales mediante la variación de alguna de sus partes, como sus brazos (#%.))...

     Cabe señalar también el sistema de numeración cardinal empleado en el código jeroglífico, basado en un sistema decimal en el que las cifras mayores se anteponen a las menores, y siempre se sitúan tras el objeto contado (si lo hay), que normalmente se escribe en singular. Los signos son repetidos un máximo de nueve veces, hasta alcanzar la cantidad deseada. Este sistema de numeración constituye un mecanismo económico, al posibilitar representar cualquier cifra empleando sólo unas pocas señales. Las señales utilizadas para representar lo números cardinales son:


     A pesar de los numerosos procedimientos económicos con los que cuenta el código jeroglífico, encontramos una gran cantidad de procedimientos antieconómicos que hacen del código jeroglífico un código complejo y, en ocasiones, poco económico. En primer lugar, el código es antieconómico en su concepción. Se trata de un código elitista, restringido a un número de usuarios muy concreto y reducido, los escribas, que mantenían la complejidad del código para así asegurarse su posición social. Se trata, por El empleo de unidades ideográficastanto, de un código muy limitado en lo que a transmisión de información se refiere, ya que eran pocos lo que conocían su funcionamiento.
     El empleo de unidades ideográficas también supone un funcionamiento antieconómico, al ser más productivo el empleo de señales que representan sonidos combinables (el inventario es más restringido), lo que se complica aún en mayor medida con la mezcla de diversas unidades mínimas: fonogramas, ideogramas y determinativos. El número de estas unidades es elevadísimo, existiendo un elevado índice de unidades redundantes, innecesarias o que podrían haberse sustituido por creaciones producto de procedimientos económicos. Es el caso, por ejemplo, de los distintos tipos de fonogramas (la existencia de unilíteros hace innecesaria la presencia de plurilíteros, que podrían ser sustituidos por combinaciones de los primeros) o del empleo redundante de fonogramas e ideogramas para expresar una misma idea y objeto. Se trata, por tanto, de un código en el que predomina la determinación paradigmática (signos más sencillos, pero en un número mucho más elevado), lo que dificulta su memorización.
     A esto debemos sumarle la complejidad que entrañan formalmente la mayoría de imágenes de las distintas unidades, constituyendo en ocasiones dibujos complicadísimos de difícil realización y, por tanto, poco económicos (NjÇÊš‘àá); la cierta aleatoriedad a la que está sometido el código, al variar sus mecanismos en ocasiones por meras intenciones estéticas y artísticas; y el elevado índice de señales polisémicas y sinonímicas (fonogramas que representas varios sonidos, ideogramas que representan varias realidades, sonidos que se corresponden con varios fonogramas, realidades que se corresponden con varios ideogramas…), si bien las señales determinativas reducen significativamente esta indeterminación.

 

     Conclusiones

     Tras este breve análisis del código jeroglífico del Antiguo Egipto podemos concluir señalando que se trata de un código de vista, a medio camino entre el arte simbólico y la función comunicativa y sustitutiva del código lengua. Tras el estudio de algunos de sus procedimientos económicos y antieconómicos podemos afirmar que este código posee en numerosas ocasiones un nivel de entropía elevado, ya que, a pesar del empleo de procedimientos económicos, su inventario de unidades es extenso y complejo desde el punto de vista de la ejecución y confuso en ocasiones por los mecanismos de funcionamiento y una cierta aleatoriedad. Por supuesto, el código no está exento de mecanismos económicos y posee un inventario de unidades y un sistema de reglas y relaciones entre sus unidades, por lo que la transmisión de información es perfectamente factible. No debemos olvidar la intensa relación del código con el arte egipcio, por lo que en muchas ocasiones los intereses comunicativos están subordinados a los estéticos.
Se trata de un código que no resultaría ideal desde el punto de vista de la relación economía/coste, pero que al posibilitar la transmisión de información cumple con su función. Su interés, por tanto, no radica tanto en su valor como instrumento comunicativo, sino en sus peculiaridades: la elevada complejidad de Lenguaje arcano que refleja una visión del mundo ya casi perdidasu forma y de su funcionamiento (recordemos que se trata de un código desarrollado hace miles de años), el halo de misterio que lo envuelve, los avanzados conocimientos que encierra y, especialmente, su forma única de combinar la intencionalidad comunicativa con la simbología y el arte. Se trata, en definitiva, de un lenguaje arcano que refleja una visión del mundo ya casi perdida, aquella que vincula directamente el lenguaje con el arte y la magia. Una palabra ancestral que trasciende lo humano y lo comunicativo para alcanzar lo divino y lo inefable, de un modo que hoy en día sólo es capaz de encontrarse en la poesía.