CRÓNICAS DE UNA LIBERTAD VIGILADA


por Marta Raquel Zabaleta

 

...en mi cuarto quedó el sol
y una sonrisa de papel...

Pipo Pescador
‘Canción de la fotografía’
(Buenos Aires, 1975)

 


COMO PATA EN CHARCO AJENO

 

El patito ausente
(13 de noviembre de 1976, Parque Palermo, Buenos Aires)


Perdido ahora en Buenos Aires © Susana Mulé     Reteniendo la respiración, miré hacia atrás, pero con mucha más aprehensión esta vez. Desde el asiento delantero del auto, trataba de adivinar cuál sería el destino del patito de Yanina, perdido ahora en Buenos Aires. Lo habíamos dejado solo, librado a su suerte en la ciudad del terror. Me sentía muy culpable.
     El animalito, sin embargo, caminaba muy rápidamente, casi como de costado. Tendría una ligera pizca de miedo, tal vez, pero lo disimulaba con un aire casi aristocrático, cual si desafiara al abandono con ofendido decoro. Al mismo tiempo, parecía como que se le hubieran alargado las patas. Que sus alitas amarillas y las plumitas negras le hubieran crecido, para impulsarlo directamente hacia el lago. Patito estaba, en suma, encarando con coraje y expectante, la libertad. Su futuro le daría miedo, sin duda, pero al mismo tiempo, le atraía. Todo se reducía, en el fondo, si el animal lo pensaba bien, a un problema filosófico: cómo sentirse entre iguales, cómo garantizarse la supervivencia entre extraños.
Patito era, además, joven y soltero, aunque nunca supimos de verdad su sexo, así que lo asumimos macho. Nobleza obliga: en el mundo latino respetamos la tradición patriarcal de nuestros antepasados, casi siempre ¿o no?... Tenía ante sí un porvenir desconocido, es verdad, pero también tendría ciertas opciones. ¿Y qué acerca de sentirse el Pato Nuevo, con angustias post-modernistas? ¡Ah!... Porque no es cosa tampoco de olvidarse que la libertad nos ofrece la chance de adquirir una nueva identidad. Algo así como quien diría una multiplicidad de facetas que no son necesariamente ni concéntricas, ni siempre complementarias. ¿Esquizofrenia? Más vale, incompatibilidad de las identidades esperadas y las verdaderas. Abismos entre el ser imaginado que habita en la fantasía y la aburrida realidad circundante. Ser o sentir, actuar o meditar. Ideas con frecuencia pujando una contra la otra (o las otras) en la ansiedad de la misma persona, en la antigua pugna de los discursos ideológicos por tratar de ejercer su propia dominación y hegemonía en un mundo marcado por la desigualdad social.
     Puja ésta que, por suerte y definición, no puede sino que tener un carácter transitorio, me decía, y me digo... Por ello, si se piensa en el exilio positivamente, o sea, de acuerdo con la manera de pensar que está hoy de moda, y si como lo afirma desde hace siglos el refranero español, “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, alguien puede incluso ganar al exilarse, asumiendo una nueva identidad. No todo, en suma, será pérdida. Y para quienes aterrizamos contra nuestra voluntad en países tan diferentes del nuestro, es primero y después de todo, una disputa entre el ser y el estar, verbos del castellano que para más mala pata se han resumido en la isla de mis encantos en el verbo inglés ‘to be’.


La lorita iletrada


     El exilio, así, me convirtió automáticamente y otra vez, pero ahora primero que nada, a los ojos de los nativos del Reino Unido, en esposa. Eso sería una prueba de fuego para mí. Había subido a ese avión en que iba a Europa casi a la fuerza, una mujer de clase media, bien alimentada y blanca, altamente calificada. Con el título ganado en buena ley cuando muy pequeña, de ‘Piquito de Oro’. O de Jesús Memoria, dados ambos por El país, con Videla, bajo estado de sitiomi papá. ¿Sería que Juan Gaviota no estaba en sus estanterías? La lorita hablaba hasta por los codos, y ganaba todas las lides de la palabra, primero en la escuela secundaria, y luego en la universidad. Con el tiempo y con más diplomas, fui capaz de discutir en términos legales con altos oficiales del Ejército Argentino, inéditos procesos de cómo hacer aparecer con vida a un desaparecido político en 1976, sentando con cada uno de sus actos legales nuevos precedentes prácticos.
     Lo hice sin ninguna cautela, tal como le había hecho cuando le escribí a J. P. Sartre para que me introdujera a su amiga y colega Simone de Beauvoir, en 1960, sin pensar siquiera si leerían ellos, o no, en castellano, lo que les da además una acabada idea de la insularidad de mi cultura, rosarina. Ni me importaba en 1976 que el país estaba bajo estado de sitio -como en 1943, 1955, 1962 y 1966-, y que la legalidad había sido suspendida por decreto de la nueva Junta de Gobierno que gobernaba inconstitucionalmente, presidida por el General del Ejército, Videla. Y siempre, eso sí, con la misma mezcla de osadía y candidez que tipifica todas mis actitud hacia las actividades nuevas, me dispuse a encontrar al padre de Yanina.


De personas (y lenguas) vivas o muertas


     Partí pues en mi primer viaje a Europa convencida del poder de mi palabra. No sabía que al aterrizar aquí me verían más bien como a una analfabeta, sorda y muda, después de verme como a una esposa-sombra de un cuasi héroe, y hasta a veces, como una-pobre-pero-buena, mujer-madre.
     La triste poseedora de una lengua muerta. Un poco después de llegar al exilio en Glasgow, alguien me ‘descubrió’ y me trató como una persona-mujer, y como argentina-chilena. Y fue Jackie Roddick quien tradujo simultáneamente por cuatro horas, la entrevista que me pidió Spare Rib con motivo del Mundial de Fútbol del 1978, que se llevaba a cabo en Buenos Aires... De eso la revista pondría, sin embargo, apenas unas cincuenta o cien palabras en un rincón de una página. Ese sería uno de los tantos choques culturales que sufriría aquí en Europa, con representantes encumbradas del feminismo reciente: ¿un lamentable ejemplo motherista tercemundista, quizás?
Cuando le escribí a Jean Paul Sartre...     Pero hubo además otra persona que también me fue reconociendo, aunque muy lentamente, no sólo como a una persona-colega, sino también como a una mujer (aunque… esposa y madre), Mike González. Los socialistas varones siempre nos dan sorpresas, no todas buenas, especialmente los que han sido educados como él por padres franceses, o jesuitas, o madres irlandesas, o lo que sea que los hace tan, pero tan reprimidos. En fin... que Mike y Jackie, Jackie y Mike, me devolvieron una gran parte de la fe en mí misma, al turnarse para interpretar y/o traducir mis ideas al inglés. Ellos me prestaron sus palabras para expresar mi apoyo a los actos de solidaridad con los chilenos y los argentinos que estaban desaparecidos. En las fábricas de Glasgow y en los pubs de Edimburgo lo hizo Mike. Y en el hospital Queen’s Mother -cuando quedé embarazada- para explicar mis problemas reproductivos, y también cuando nació el bebé: Jackie. Para presentar la ‘Proposal’ de mi disertación de D. Phil en perfecto inglés escrito, en marzo de 1980: Mike. Para apoyar a las mujeres de Greeham Common y a las Madres de la Plaza de Mayo, Jackie. Para hablar en reuniones de mujeres escocesas, Jackie; para hablar en actos universitarios y en sindicatos alrededor de Escocia, Mike. ¿Temas de roles genéricos? No,.. no es cierto. Coincidencia.


El exilado: hombre, casado, padre de familia


     En el aeropuerto de Heathrow en noviembre de 1976, descubrí a otra persona: mi esposo. Había estado involuntariamente separada de él por cerca de los ocho meses que duró su prisión en Argentina, y nunca me había apercibido de que hablaba inglés. Pero esto iría a sellar una nueva dependencia de mí hacia él en el exilio. Por años fue él quien tuvo que hacerse cargo de las compras de la comida, primero en Glasgow y luego en Epping. Y eso creo que no lo hacía, precisamente, feliz. En Buenos Aires, como en Chile, en cambio, de esas ‘pequeñeces domésticas’ me ocupaba yo: que la mayor parte de las veces las encargaba y me las traían a domicilio, excepto mientras hubo desabastecimiento hasta los meses finales del gobierno de la Unidad Popular. De eso ya he hablado extensamente en otras partes, a raíz de mi intenso trabajo en las JPAS (Juntas de Abastecimiento y Precios) durante el gobierno de la Unidad Popular (Chile, 1970-1973).
     Aquel día en Londres, al llegar a una nueva tierra, fue maravilloso ver avanzar a Alberto, libre al fin, hacia el subterráneo llevando a nuestra hija en brazos, sin esperar por la sillita con ruedas, descubriendo inmediatamente el Norte, el Sur, y todo lo demás, en el mapa del metro de Londres. A mí, en cambio, entender eso me llevaría varios meses, si no años. Pero yo fui la que descubrí casi sin esfuerzo que aquello feo y negro era un taxi, no un coche de segunda mano de la familia real. Un resabio de mi infancia argentina: viajar en auto y con chofer me restituyó por unos minutos a la realidad de mi infancia. Y eso me hizo sentir mas ‘protegida’.


Las víctimas del terror estatal y la exclusión genérica, ideológica y sexual


Una entrevista con motivo del Mundial de Fútbol...     Me alegré cuando le vi: nos esperaba en el aeropuerto de llegada, Heathrow, un colega que representaba al CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y al WUS (World University Service). No obstante, aunque Eduardo Santos y yo habíamos arreglado y revisado juntos y antes de mi partida todos los detalles de la beca del WUS y del viaje de Alberto cuando éste estaba preso en Buenos Aires, E.S. no me había dicho que estaría aquí. Fue, por tanto, una gran sorpresa, aunque muy grata, el encontrarle. Pero él y Alberto Hinrichsen -fieles a su cultura masculina de clase media chilena- y para mi asombro, hablaron básicamente entre sí, durante las dos o tres veces que lo vimos al llegar. Cosas importantes serían, me dije. ¿Cosas de hombres?
     Ese fue el primero de muchos choques culturales que tendría con hombres de la izquierda chilena en el exilio, y lo que finalmente, sumado a las muchas divisiones internas de los grupos chilenos por razones de dogmatismo político, me condujera paulatinamente a dejar de socializar con la mayoría de los miembros de las comunidades de refugiados chilenos exilados. Pero no sería el último golpe.
     Curiosamente, y por ejemplo, los refugiados chilenos hombres que estudiaban, como estudiaba yo en la Universidad de Sussex, como Roberto Pizarro y Eduardo Santos, el colega que nos esperó al llegar, no vinieron ni a la exposición de mi propuesta de tesis para el IDS (Institute of Development Studies): ‘cosas de mujeres’, decían con simpatía, y se sonreían con bondad. Felizmente dicha actitud contrastaba con la de dos mujeres chilenas refugiadas, que como ellos, y por ser chilenas, estudiaban también en el IDS. Ellas, Cristina Castillo y Angélica Gimpell, tenían, a diferencia mía, pequeñas becas del WUS, pero becas al fin. Y una de ellas me ayudó mucho: Angélica, a quien había ya conocido cuando estudiaba la maestría en ESCOLATINA (Escuela Latinoamericana para Graduados), en Chile, adonde llegué desde Rosario para eso en marzo 1963 y me quedé haciéndola hasta principios del 1965, cuando entré a trabajar en CELADE (Centro Latinoamericano de Demografía) de Naciones Unidas.
     En el Reino Unido, en suma, es entonces muy distinto el tratamiento recibido si se es hombre de si se es mujer, también cuando se es refugiado o refugiada. En nuestro caso, ‘la víctima’ era el Refugiado. Hacia él se volcaba absolutamente toda la atención de las ONG de solidaridad, al igual que la de la policía, las oficinas del estado nacional y municipal, la de los partidos políticos y la de los funcionarios/as de la propia Universidad de Glasgow. A mí me ignoraban casi todas y todos, mi marido incluido; la excepción era nuestra pequeña hija Yanina Andrea, que tenía ya cuatro años, y que nunca se separaba de mí ni por un solo instante. Para ella yo sí era importante.
     La actitud de las personas trabajando en solidaridad era especialmente chocante, pues las actividades eran en su mayoría administradas casi exclusivamente por mujeres, y las había entre ellas muchas feministas. Estas, en turno, se quejaban con cierta frecuencia de la actitud machista de las mujeres chilenas refugiadas, entre las que se me incluía, si no me acuerdo mal. No obstante, y a mi juicio, claramente lo que ocurría hace treinta años atrás, era que los organismos de solidaridad estaban permeados por líneas políticas partidarias y no genéricas, al menos no una que no fuera estrictamente heterosexual y respetara la superioridad masculina... Las lesbianas solidarizaban bastante entre sí: en proporción inversa a lo que por entonces a mí éstas, dentro de la izquierda británica, todavía me ignoraban.
En Glasgow la situación era un poco mejor...     Una cosa parecida ocurría en el organismo becario del refugiado de verdad, Alberto Hin Richsen, o sea, en el WUS. Aunque yo misma le había tenido que conseguir allí una beca de Research Fellow por tres años, con la ayuda de grandes amigos de él y míos en Buenos Aires, y especialmente del Dr. Luis Weintein, de Alfredo Monza y de un ex profesor nuestro de cuando estudiamos los dos en Chile, y que estaba en Buenos Aires de Director de CLACSO, el abogado chileno Ricardo Lagos. Pero es que, se me explicaba aquí en Londres, una y otra vez, no había en el WUS programa de becas para argentinos; bueno, y en especial, contestaba yo, cuando como yo, éramos argentinos… pero mujeres... porque para hombres argentinos casi chilenos, dos excepciones, por lo menos...
     Y todos lo sabíamos… Me alegro por ellos, aunque esto revele el machismo tradicional de la izquierda chilena.
     No obstante, entre los colegas de ambos sexos, nativos, brasileros o refugiados chilenos que estaban alrededor del ILAS (Instituto de Estudios Latinoamericanos) de la Universidad de Glasgow, la situación era marginalmente un poquito mejor. Un 99% eran hombres, eso sí. Las mujeres brillábamos por la ausencia en los corredores del Instituto. No obstante, los hombres pronto me aceptaron como una de ellos, aunque el Instituto jamás me ofreció ni siquiera una mesa adonde trabajar y dejar mis libros, durante las largas horas en que esperaba allí para colectar a mi hijita del playgroup de la universidad, para volver luego al Wolfson, Hall de Residencia en donde habitábamos en el Garscube Estate.
     Pero hay excepciones, como se verá. Y como dice el dicho ‘no hay bien ni mal que dure cien años’. Yo creo que ayuda el hecho de poseer identidades facetadas (tales como la de ser estudiante, hija, profesional, amiga, militante, madre, esposa, ama de casa, amante, investigadora, vecina, heterosexual, chilena, argentina, inglesa, atea, o lo que se sea). Pero se requiere estar siempre con la guardia alta, bastante alerta como para saltar de una posición a la otra como quien no quiere la cosa. Desde mi posición social subordinada de mujer miraba yo así mi nueva realidad genérica con anteojos de doble visión: con vidrios socialistas abajo y feministas arriba, y como ya es bastante sabido, casi nunca se mezclan para dar una mirada integradora. Al fin, encontré alguien precisamente dentro del WUS que se ocuparía de mí. Pauline Martín: eso pasó recién en 1980. Pero pasó. También en 1979. Conocí a dos académicas inglesas y feministas que ayudaron a cambiar mi manera de pensar: la Dra Kate Young, mi supervisora del IDS, y Georgina Ashworth, directora de CHANGE, que trabajaba en solidaridad con mujeres refugiadas de NU.


Una identidad en transición
(Entre las 7.00 a.m. del 15 de noviembre en el Cuartel General de Coordinación de la Policía Federal, Buenos Aires, hasta el 16 de noviembre de 1976, 19.00 p.m., Holland Park Hotel, Londres)


Una identidad en transición      Pero, ¿cómo ocurre eso de adquirir una nueva identidad al llegar al exilio, si una es mujer? Aunque tengamos ya una eficiente teoría de los géneros sociales, aunque recitemos de memoria el ABC del post-feminismo, y hasta con los ojos cerrados sepamos la teoría de los roles, ¿qué nos pasa a las mujeres cuando queremos aplicar esas teorías? Si ni siquiera tenemos la palabra ‘sujeta’ en el idioma español. O sea que si el pato de este cuento hubiera sido hembra, por ejemplo, su caso no habría cabido bien en este espacio, lo siento. Nos toca aún avanzar mucho en materia de discursos feministas y en el cómo hacerlos efectivos. En especial si siguen sin alterarse los sistemas que nos atrapan y definen, incluida la lengua materna. Y se mantienen las estructuras sociales y conductas individuales tradicionales, en términos de clase, raza y género.


Sexualidades: roles, estereotipos, identidades


     Aclaremos un poco lo que antes dijéramos, en parte al menos. Demos ejemplos.
     Ernesto Guevara Lynch de la Serna, argentino, nacido en 1928 en Rosario, hijo de una familia acomodada, cuando era todavía estudiante de medicina se fue por primera vez, en diciembre de 1951, a dar una vuelta por el continente americano. Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, USA (Miami). Tal cual lo hace tanta otra gente joven. Y desde que zarpó, como nos ocurre a todos los/las de Argentina, nos convertimos automáticamente afuera del país en un mismo grupo ciudadano: ‘los che’.
     El Che volvió para partir de nuevo. Ya todos sabemos lo que convertiría a Ernesto Guevara en el CHE, el Guerrillero Heroico. Pero son menos los que recuerdan que en su segundo viaje, el Che pasó por Guatemala, adonde se enamoró de una peruana, con la que tuvo una hija. Que por la peruana dejó a su esposa argentina. Todos sabemos que luego en Cuba se enamoró de una cubana con la que tuvo hijos, y que después que se fue de Cuba nunca más volvíó al pago que nos vio nacer, al menos no con pasaporte bajo su verdadero nombre.
     Fue más vale al entrar en La Habana con las fuerzas de liberación que luchaban contra la dictadura militar de Batista, que en 1959, y luego de que vencieran las fuerzas del pueblo revolucionario en la decisiva batalla de Santa Clara, que nuestro joven compatriota se empezaría a convertir en el legendario Che Guevara. Un ejemplo del Hombre Nuevo cubano. Se afirmaba rotundamente hasta no hace mucho, que esta transición revolucionaria de las identidades de los hombres en Cuba, fue el resultado automático de la revolución comunista. Sin embargo, ese tipo de ‘hombre nuevo’, a juzgar por los que conocí, siempre me pareció más vale modelado un tanto a imagen y semejanza de un buen cristiano, a lo sumo, y muy poco nuevo. En el sentido de que, aunque el estado cubano cuando se hiciera comunista distara de explicarlo así, sin embargo en la práctica esperaba que el Hombre Nuevo no robara en la fábrica estatizada, ni matara ni explotara a un semejante, ni se emborrachara. Pero sí podía pegarle a la mujer y a sus hijos. Y podía, eso sí, fornicar cuanto quisiera (y pudiera) con el otro sexo. Una nueva moral proletaria, sin duda, pero que no involucraba nada de educación sexual, ni siquiera al nivel de la mera planificación familiar. Un discurso más vale machista, diría yo, pero sin ánimo de ofender a nadie, por favor.
Luchaban contra Batista     Pues claro está que en este esquema no habría una Mujer (totalmente) Nueva. Más bien, acorde con la ideología oficial de su Partido, los revolucionarios cubanos proclamaban que había que defender la sexualidad de las mujeres. Diría yo que esto estaba también aunque tácitamente, en acuerdo con el mandamiento cristiano que manda: ‘No desear a la mujer de tu prójimo’. ¿Por qué? Porque era el cubano entonces un pensamiento populista que se tornó en marxista. Y como tal, una de las propiedades en que se basa la explotación del trabajo en el sistema capitalista, no sería combatida, ni siquiera reconocida y denunciada. Me refiero, obviamente, a la apropiación gratuita del sexo femenino para el objeto reproductivo, de manera muy similar a la del valor de uso generado por el ama de casa, que no se planteaba como mereciendo una justa retribución por ambos trabajos. No es que quiera insinuar aquí que se podría comparar a las compañeras cubanas con los medios de producción tales como la tierra, los ríos, las herramientas y las fábricas, no. Sólo es que hago memoria de lo que al menos decían (y de lo que no decían) los sectores de la izquierda chilena mas radicalizados, aún durante el gobierno socialista de la Unidad Popular (1970-1973): que en Cuba la revolución había producido automáticamente la liberación femenina. Y su contrapartida, el hombre nuevo.
     Mientras algunas de nosotras, siendo feministas, en el refugio de nuestras conversaciones de mujeres militantes, nos preguntábamos por qué habrían eximido Marx, Engels y Trosky a las revoluciones del deber de quebrar para las mujeres y los hombres las barreras de una falsa virtud sexual, y con ello de haberlos privado del gozo de recuperar el auto control de sus cuerpos y sus mentes, y que propondría Allende, que era médico y masón, a más de ser amigo de Fidel Castro. Pues nada que ver, nos contestaban los izquierdistas más pacatos, es así, con esas ideas como el feminismo divide al proletariado, y le quita fuerza a la revolución. Contante y sonante.
     Pues vámonos, con el Che Guevara, que decía públicamente defender a las mujeres, (una constante que no oculta la relativa debilidad genérica que se le atribuye entre cierta izquierda al supuesto ‘sexo débil’). Algo en común del ABC del pensamiento comunista y socialista en toda la América del Sur, del Norte y del Caribe, al igual que presente en el catolicismo y las derechas de todo tipo por entonces. Y, para ello, pongámoslas a toditas juntas, a las mujeres, en el mismo pabellón durante los heroicos trabajos voluntarios en Cuba, o en las campañas de alfabetización. Y a los hombres, en el suyo. Separados.
     El goce sexual seguiría siendo un tabú y practicado a escondidas, sería porque bajaría la productividad al cortar la caña de azúcar, por entonces columna vertebral de la economía cubana…
     Y no es porque se pensara que todas las mujeres eran lesbianas, y los hombres todos gay. Los gay iban directamente a las cárceles de corrección, como le pasó hasta a Pablito Milanés. Y la mujer ‘normal’ era siempre considerada como propiedad de su ‘prójimo’, pero nunca lesbiana, por supuesto, si era revolucionaria. En el Chile, en la Cuba o en la Nicaragua socialistas los parámetros genéricos parecieron regidos con permiso tácito del Vaticano y en beneficio más vale de los hombres… Digo esto con todo respeto, pues es una decisión táctica como cualquier otra: se trataba de juntar fuerzas… De lo que específicamente dijera el Che Guevara acerca de la Mujer Nueva, no me voy a ocupar aquí, aunque no sería muy largo de contar.


Mujer, nacida en 1919 o 1921


Le pasó hasta a Pablito Milanés © El País     En común con su mencionado compatriota, también en el caso de Eva Duarte existe confusión acerca del día real de su nacimiento. Al igual que los padres del Che Guevara, la Che Evita trató de evitar que se supiera el pecado original bajo el cual había sido concebida (en ambos casos, los respectivos padres no estaban casados el día de la concepción del crío).
     Che argentina, también nacida en el interior, un poco mayor que Che Guevara, pero hembra, y que también muriera como aquél y Jesucristo, en la plenitud de su carrera política. Fue seguida en vida y es adorada aun hoy -como aquellos dos- también por las masas pobres, enfermas y desnutridas. ¿Un ejemplo de Mujer Nueva, entonces? No, ¡qué herejía sería siquiera pensarlo! Como que se trata apenas ‘de una populista’, de esa Evita. Ni Eva ni Cristo conocieron personalmente al Che, es claro. Ni viceversa. En ninguna de sus muchas respectivas reencarnaciones, así que no creo que se traten de imitar. ¿Es eso de extrañar? Por supuesto que no. Cuando Ernesto se fue de Argentina (creo que la segunda vez alrededor de 1954), Evita la verdadera ya se había muerto, la pobre, a los 33 años edad. Pero la otra ‘Evita’, la que el mundo globalizado conoce, la del musical, todavía no había nacido en 1952. En todo caso, está encarnación artística de Eva Duarte está vivita y coleando, es inglesa, y surgió casi una década después del asesinato del Che, trágicamente ocurrido el 8 de octubre de 1967, en Bolivia.
     Históricamente, el Che Guevara tuvo mucho menos ver con la Che Evita que lo que le atribuyen los aparatos capitalistas de la industria del deseo, que venden los espejismos de la Cenicienta de las pampas que se convertiría -de acuerdo con esas versiones- vía la explotación sexual de los hombres argentinos, en Primera Dama de uno de entre los diez países por entonces más ricos del mundo. Pero sabemos que esta interpretación es una típica gringada, y como tal no puede sino que haber sido escrita, e interpretada, en un lenguaje ininteligible para la mayoría de los más leales admiradores de Evita: el inglés.
     Y permítaseme que insista: claro que no podrían haberse conocido ni se interesaron en la vida real el uno por el otro, Evita y Ernesto, a pesar de que en la película basada en el musical Evita, el ‘Che’ la deteste. Nada se dice allí de que cuando eran jóvenes, Duarte era anarquista y Guevara era un chico de su mamá. Joven hijo de una familia burguesa de cierto abolengo y con propiedades de tierras, accedieron a la educación universitaria él y sus hermanos. O sea, que dos de los políticos más apasionantes de la Argentina durante el Siglo XX, no sólo pertenecían a clases sociales totalmente diferentes, sino de intereses antagónicos.
     No creo, por tanto, que hubieran tenido ni manera, ni interés en conocerse. Evita no iba a los campos de otra gente sino que a ayudar a su madre a prepararles la comida a los otros obreros, ya a la edad de nueve años. Y en su generación no se discutía si estaba bien o mal que las ‘sirvientitas’ como ella fueran o no violadas, ni menos por quién. Cura, patrón o hijo de la familia, daba lo mismo. Las muchachas ‘están para eso’.

 

 

EVITA: VIRGEN O PUTA. ¿UNA CUESTIÓN SOLAMENTE DE MUJERES?

 

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin acordaros que sois...

Sor Juana Inés de la Cruz, latinoamericana, Siglo XVIII

 

 

Evita: virgen o putaMujer, india y joven


     A mí misma me pasó asistir a un caso. O sea, a la tragedia de una de las chicas que trabajaba de sirvienta en la casa de al lado de la mía: cuando yo tendría unos seis o siete años, ella se suicidó. Mis padres no me explicaron nada y yo no sabía que quería decir morirse. Decidí entonces preguntárselo a Vera, la mucama de mi casa. Como la otra chica, era una joven india venida de Santiago del Estero, y las dos habían sido muy amigas. A diferencia mía, y a pesar de que tenían más del doble de mi edad, no les gustaba leer. Vera me explicó que el patrón de la otra chica la esperaba siempre detrás de las puertas. Y que cuando esa otra chica había ido un día a limpiar el baño en la otra casa adonde trabajaba antes, un hombre la agarró por detrás, y allí mismo él le había hecho un hijo. Parados se hacen los hijos, pregunté automáticamente. El pecado mortal no me fue explicado. Ni el suicidio, tampoco.
     Yo nunca fui sirvienta, como Evita. Y de la sexualidad del Che sé poco, claro, porque ni le conocí y porque poco -o nada- se ha escrito sobre ello. Pero en cambio de la de Evita se han ocupado directamente o indirectamente libros, más de una decena de películas, novelas, obras de teatro, y hasta se la ha usado a favor o en contra de campañas presidenciales. Pero es claro: el culto de la virginidad (de las mujeres) en el mundo latino ha hecho que ni al Che nadie haya propuesto (todavía) declararlo tan intachablemente puro como para pedirle al Papa que lo santifique el Vaticano. A Evita, en cambio sí le pedirían al Papa los seguidores que la santificara. Pero no pasó.
     Y eso fue así aunque y a pesar de que en su generación la consigna oficialista más en boga era: ‘Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino’, que era una de las ‘Veinte Verdades del Justicialismo’ que contenía el ABC del Justicialismo peronista, ideología a la que ayudó a crear y que apoyaba incondicionalmente Evita Perón. Y yo me pregunto: siendo mujer, joven y argentina, ¿se habrá sentido Eva Duarte igual que un argentino joven, nacido macho y un Guevara Lynch? ¿Dilemas de la historia nacional? O tal vez, simplemente contradicciones al interior de la inmigración vasca que llegó a trabajar a la Argentina del siglo XIX, de la cual ambos fueron dignos representantes. Cosas del género.


De la sexualidad del Ché sé pocoMujer, casada, madre


     Pato huérfano recién salido del cascarón en el campo, pero con una hermanita o hermanito (hembra o macho), lo llevaron a la ciudad. Allí pasó a una caja en donde esperó ser vendido, en las afueras de la estación de trenes de Retiro (ahora hecha famosa en el exterior por el film de Parker a la Madonna), y de allí pasó a estar en mi bolsa el día que los compré a los dos patitos. Eran tan pequeños que cabían en mis manos. Parecían más bien huevos peludos con sus plumitas de un amarillo suave. Verlos me hizo olvidar del horror que había vivido esa misma tarde de sol dentro de las paredes del Palacio Presidencial. La famosa Casa Rosada, lugar del que Evita se convirtiera en vida en la única reina. Bueno, eso, claro, hasta que llegó la Madonna y convenció a Menem que le prestara el balcón para hacer la película.


Exilio


     Yo, aquella tarde de 1976, iba caminando cabizbaja hacia el tren interurbano que me llevaba a casa, adonde Silvia Ugalde estaba con Yanina. Y me sentía un poco como ‘El Patito Feo’, uno de los cuentos más tristes que leí en mi infancia. Había una vez una pata con siete patitos, todos amarillos y uno negro y chiquito.

 

Todos los patitos
se fueron a nadar.
El más chiquitito
se quiso quedar.

La madre enojada
le quiso pegar.
Y el pobre patito
¡se puso a llorar!...

 

     Patito malo, ya vas a ver, / negrito y joven, que vas a hacer! / Te llaman el clandestino / por no tener papel / Pato vago, clandestino / Terrorista, clandestino. / Manu Chao, terrorista... / ¡Y para Bush y Blair / el premio Nobel! Volvía a casa. Un día más haciendo gestiones para que mi marido, que estaba prisionero de la dictadura argentina, quedara en libertad. Me habían interrogado una vez más en la oficina del Jefe de la Secretaría de Información Política de la Presidencia, adscripta al Ministerio del Interior. Este dependía directamente del General Videla, el Jefe de la Junta Militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976, así que mis interrogatorios sucedían en la Casa Rosada, o sea, el Palacio Presidencial, y, si no hubiera sido por el miedo, me hubiera sentido una Eva Perón.
Mis interrogatorios sucedían en la Casa Rosada © Patrick Blese     Fue ese el día en que los dos patos campesinos pasaron a convertirse en patos casi burgueses.
     Pero hoy es otro día. Ahora me echan de mi país. Hoy, en cambio, de pato doméstico Patito pasará a convertirse en un pato salvaje. Todo un Pato Nuevo, digno de un cuento corto de Ibsen. Eso lo insinuaba su cuello demasiado alargado y empujado hacia delante como para llegar más rápido a alguna parte segura. Así lo traté de entender yo, y fue como si me tomara un cocktail hecho de pena, alivio, una tristeza que corta el pecho y un gran sentimiento de culpa que no deja respirar, como cuando me soltaron del campo de concentración en Chile: lloraba para mis adentros por la repentina ruptura de Patito con las condiciones materiales de su existencia, y por ende por el quiebre impuesto sobre su identidad que le había ayudado a disimular su antigua condición de pato de la calle, tal vez de conciencia proletaria. Reflexionaba así que volvería, que seríamos millones de patos salvajes. Volver. No sabía que perder(lo) todo era otra vez mi futuro, porque no aceptaba que ése su nuevo destino reflejaba el futuro que me esperaba a mí. Que eso era su exilio.
     Cantando con mi pena / llevaba mi condena / y todo me pasaba / ¿por no llevar papel?...
     Espejo lleno de luces y de muchas sombras sería mi encuentro con la civilización del otro lado del Atlántico: la Europa de mis antepasados maternos y paternos. Y yo pensaba que... pero la conductora del auto en que retornábamos al piso que alquilábamos en el hermoso barrio de Belgrano R, una buena vecina, la Señora V., me hablaba muy nerviosamente, mientras me tocaba el brazo. Supongo que ella tampoco habrá resistido demasiado bien a la escena de la despedida del pato. Lo cierto es que me hablaba con un acento perentorio que me obligó a dejar de mirar para atrás, de despedirme sin palabras ni lágrimas de Patito. Me sentí moralmente obligada a concentrarme y tratar de escuchar lo que me decía. Pero me costó un mundo.
     Me pareció molesta. Como el pato, e igualmente sin una necesidad aparente, giraba ella su cuello como con un afán exagerado de querer abarcar todos los ángulos de ese enorme parque al mismo tiempo. ¿Tal vez sentiría también ella mucho miedo? Siempre existía en mí después del golpe en Chile esa persistente, no localizada, sensación de terror, ese pulsar agitado del corazón, esas ganas de huir muy rápido. Me sentía como si fuera culpable de un crimen que sabía que no había cometido. Es que entonces no necesitaba dormir para tener pesadillas: la vida era una pesadilla. Es el mismo miedo agazapado tan típico que siempre siento cuando ocurre un hecho de violencia. Cuando estoy en el Reino Unido, cuando entra en guerra contra algún otro país, cuando bombardean Kosovo, casi como cuando era chica y Argentina decretaban el estado, especialmente si lo que gobernaba era una Junta de las Fuerzas Armadas. Por eso es que no puedo ver películas que hablen de la guerra atómica, ni puedo mirar noticias de muertes ni hecatombes naturales en la televisión. Ese miedo ha quedado para siempre como parte de una misma. No se puede sino que racionalizar.


Desde el avión sonreí a LondresExilada


     Llueve, no se sale. Es domingo y se está sola, no se sale. Se acaba la comida: se usa el Internet para pedirla: no se sale. La casa se convierte en el último, inexpugnable refugio, el retorno a la matriz materna donde una se zambulle en el agua de los sueños adonde navegan mis barquitos de papel. No ya hechos como antes en la cárcel, con el papel dorado que venía adentro de la caja de cigarrillos que me daba el Capitán H.
     Ya no fumo más, pero aún espero al hombre que yo quiero, y ya no miro más si vienen a buscarme detrás de los visillos, porque no tengo visillos ni un gato de porcelana para que le maúlle al amor, ahora grito y él que llega, llega, suave, cansado a veces, arisco o montuno, otras, pero sí -si hasta con sus silencios me acaricia-. Y salgo, eso sí, salgo a trabajar. La comunicación humana es lo único que aunque no cure al miedo lo acorta, lo cansa, lo canaliza y lo pospone. Siempre hay después un mañana. Despierta, chico, despierta, / mira que ya amaneció / que la luna se ha escondido / y mi amor no se apagó.
     Es que, a pesar de toda mi práctica, o mejor, por eso mismo -dado que llegué a Inglaterra como argentina y esposa de un refugiado chileno de los Naciones Unidas, y con apenas 39 años, habiendo sobrevivido ya como seis golpes de estado y dictaduras militares- el 16 de noviembre de 1976, cuando el Big Ben daba un cuarto para las cuatro, me asomé desde la ventana del avión para ver Londres. Y le sonreí: pero al salir del avión ya era de noche. Sentada en las escaleras de la gran casona, ella miraba lejos, se encogía de hombros y decía: ‘Mañana será otro día’. Esa escena final de Lo que el viento se llevó en Hollywood technicolor siempre me ha estimulado a no desmayar.


La internalización de la desconfianza, contrapartida psicológica de los estados terroristas


     ¿Podría ser que acaso alguna policía secreta nos hubiera seguido, y pudiera interpretar al animal como un señuelo, y al nuestro como un acto subversivo, una señal convenida para dar comienzo a una operación terrorista? Se sentiría mi amiga también culpable, aterrorizada de estar haciendo algo malo, de haber caído en las trampas de la subversión; La identidad del sol en Santa Fepero... por qué esa mujer nos mira así desde el coche que nos pasa, ¿por qué, flor del jacarandá de mis amores tempranos, suspirabas vos también cuando te guiñé un ojo para no decirte hasta luego? La traición al patito pronto se traduciría, como puede verse, en pena por mí misma.


Antecedentes de identidades raciales y étnicas


     Pero no, tal vez no: ahora pienso que tal vez para ella, el animal que caminaba hacia el lago del parque de Palermo, era apenas un inocente más. No un terrorista subversivo. Pero: ¿iría él adquiriendo automáticamente, conforme avanzaba hacia su nuevo desprotegido destino, la sensación de pertenecer en condición de total igualdad a su especie? A la etnia de los patos y patas amarillos con unas manchitas negras en la cabeza, como los dos patitos atorrantes que yo criaba en el canal que pasaba al lado de mi casa cuando tenía seis años. Allá en Bouquet, Provincia de Santa Fe.
     En suma: esos patos sin abolengo ninguno, pero que son todos argentinos, che. La pertenencia a una nación sin razas otra que la blanca o, perdón, la identidad de los patos de etnia amarilla la proveería, me imaginaba yo, el sabor y el olor del agua, dado que era cosa de patos, no como a mí. Que cuando era una nena sola jugando en el gran parque de mi casa ubicada en la cañada del Río San Antonio, o en las chacras de los vecinos, o en los campos de mis tías y tíos, en suma, en aquella plana, pacífica, bella y noble tierra del Litoral Santafecino, adquirí mi identidad espacial por el color que tenían los girasoles y el lino de mi pago: una identidad giratoria color de sol.

 

     (*) Páginas iniciales de mi libro inédito de pseudomemorias Dulce de leche.

     (**) Agradecimientos: Mi profundo reconocimiento a quienes me ayudaron a desvelar ciertas verdades ocultas en mi memoria y mostrarles a medias en estas páginas, y porque de ellos habré de nacer. A mi hija Yanina por su interés en leerlas, su enorme entusiasmo por entenderlas y por su apoyo todos los días. Como muchas cosas en mi vida, sin ella no las hubiera escrito, pero por y para ella sí lo pude hacer. A mi hijo Tomás, por convencerme desde lejos (Menorca) que debía darle prioridad a este trabajo por sobre todo los otros. A las médicas y médicos de The Limes Medical Centre, especialmente al Dr. Ashford, que viene escuchando los efectos de estas historias desde 1984 en adelante en mi pobre cuerpo somatizado, y ayudándome a superarlos y a crecer con ellos. A Brenda Clowes, sin cuya enorme generosidad, exquisito ejemplo personal y consejos tan tiernos como sabios no hubiera podido ni siquiera intentar escribirlas: es esta una escritura un tanto dolorosa. A CARA (Council for Assissting Refugee Academics) por proponer mi nombre como ejemplo de mujer refugiada, en mi calidad de ex becaria de la institución de la cual naciera la Society for the Protection of Science and Learning of the UK. Muchas gracias a Lucía y Carlos Héctor, Marina y Jimmy, Graciela Guilis y Pablo Gutman -en cuya casa de entonces, abril de 1976, Alberto -mi ex marido- pasó la última noche antes de que lo secuestraran, y a las/os lejanas /os, pero no por ello virtuales, Alfredo, Judith, Nela, Gladis, Andrés, Sonia, Nessa, Ri, Carlitos the Second, Pedrito de Yorkito, Consuelo, Katerina, Haydee, Pepe, Traful, Myriam, Carlos Omar, entre otras/os , que saben bien cuánto les debo. A Claudia Hasenbegovic, por su pasión; a sus colegas Sally Coves, Andrea Sorrel y a Pat, por haberme defendido en las cortes, cuando pedí el divorcio. ¿Y a quién más sino a mi más Querido Amigo? Para vos, gaucho, todas las Gracias...

 

 

 

 

 

 

 

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

 

 

     Entrevista: Pablo Palomino

 

© Fernando García de Cortázar

 

 

«ESCRIBIR DESDE LA HISTORIA»


     Su último libro, Los perdedores de la Historia de España, está comprándose en los grandes almacenes y en las pequeñas librerías, está siendo devorado por aficionados domésticos a la Historia y por altos especialistas en la materia. Reconozcámoslo, es muy difícil conseguir esto sin una varita mágica. ¿El secreto? Lo tiene guardado este erudito bilbaíno que se ha propuesto escribir literatura documentada sin aburrir al lector acostumbrado a la ficción y divirtiendo al entusiasta del dato objetivo. Don Fernando nos habla desde la Universidad de Deusto. Veamos.

 

 

     -Usted ha demostrado en su obra unas dotes literarias innegables. ¿Tiene pensado dar el paso hacia la ficción en algún momento? ¿Qué género le gustaría cultivar?

     -Muchas gracias por su piropo. Siempre me he sentido muy atraído por la literatura, de tal forma que al llegar a la Universidad dudé en dedicarme a ella o a la historia. Pero desde el comienzo de mi preparación como historiador pensé que la historia sólo puede ejercer de reina de las humanidades si sabe expresarse de una forma bella, con un vigoroso estilo literario, lleno de fuerza y emoción. En toda mi obra, ya muy extensa por mérito de mis años, hay una clara voluntad de estilo y en ella resuenan las voces de los poetas españoles. ¿Qué género me hubiera gustado cultivar? Sin duda alguna: la poesía. Pero hasta el genio de Cervantes tuvo que refugiarse en la novela. Yo me he tenido que contentar con ser lector de poesía y con buscar la belleza en el ensayo. Eso sí, soy muy beligerante en la defensa de la buena literatura que, por supuesto, no es sinónimo de ficción. Y esto lo debían saber los críticos literarios y periodistas que suelen reservar el nombre de escritores, en exclusiva, a los que publican libros de ficción.

Los perdedores de la Historia de España     -¿Cuál es su opinión sobre la novela histórica y el actual auge editorial de novelas pretendidamente históricas? ¿Puede recomendarnos alguna?

     -El interés por la novela histórica debería alegrarnos a los historiadores si no estableciera una diferencia entre la Historia propiamente dicha y un campo ambiguo donde la ficción acaba muchas veces en el gusto por lo sobrenatural o el misterio. O simplemente cuando la ficción acaba construyendo un anacronismo en el que los personajes del siglo XIII actúan como si sus valores pudieran ser equiparables a aquellos en los que han sido educados los nacidos en la segunda mitad del XX. Esa necesidad de “entretener” (que se presenta como algo distinto a “conocer”, aunque se manifieste ataviado pretenciosamente de esa actitud y la gente cree que “aprende” algo de historia) es la que ha hecho renacer la novela gótica, el misterio, el terror… mezclando la fascinación por mundos futuros o haciendo renacer de sus cenizas experiencias literarias olvidadas. Lo “histórico” de la actual oferta novelística no es la Historia sino aquel relato que sea capaz de entretener, proporcionando una evasión no sólo por su carácter de “ficción” sino por su instalación “en otro tiempo”.
     Creo que hay demasiada gente que se lanza al ruedo de la novela histórica sin haberse adiestrado en un género tan difícil como es el novelístico. Aparecen ahora vocaciones literarias no contrastadas que se refugian en la novela histórica como si ésta fuera un género menor. De las novelas históricas, le podría recomendar, sin miedo a equivocarme, los Episodios Nacionales de Galdós, La Regenta de Clarín, Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam de Stefan Zweig o El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Historia de España     -¿Cómo valora usted el reciente proceso de “recuperación de la memoria histórica”? ¿La memoria histórica estaba perdida y ahora se recupera, o simplemente se está revisando? ¿A qué cree que obedece este proceso? ¿Por qué precisamente en estos momentos? ¿Qué aspectos valora positiva y negativamente en ello?

     -Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía mala memoria que un día se olvidó de que tenía tan mala memoria y se acordó de todo. Olvidar el olvido no para que los vivos seamos ventrílocuos de los muertos, sino para enterrar los relatos de los demagogos y enfrentar los mitos con la verdad. Hoy se habla de recuperación de la memoria histórica pero casi siempre esta recuperación se refiere a desenterrar muertos o a levantar actas de fosas donde yacen víctimas republicanas de la guerra civil. La manipulación de la historia se repite y se olvida hoy que el odio reventó lo mismo en el Badajoz franquista que en la Barcelona de Companys y las cuadrillas nocturnas. La guerra civil es ya historia y no debe ser utilizada para buscar, setenta años más tarde, herederos de uno y otro bando entre los protagonistas de la actual vida política.
     Es verdad que la gran perdedora de la Transición fue la memoria y que el camino hacia la democracia se pavimentó con el olvido del pasado. En aquellos años se rechazó el nombre de España, entendido como símbolo de la reacción y se insufló energía a unos nacionalismos excluyentes que repetían la misma teología de Franco. Paradójicamente se dio crédito a la versión franquista de la historia, negando o enterrando la España liberal. ¿Por qué se identifica España más con Franco y no con la II República? ¿Por qué se identifica España con la leyenda negra y no con su tradición erasmista, ilustrada o liberal? El problema, en el fondo, es cultural. De no haber navegado por la historia ni haber leído suficiente. La recuperación de la memoria histórica debería servir para recuperar esa España real que no es esa España siniestra y canalla que hoy se inventan los nacionalistas, sino la honda y viva de la gran literatura. El nacionalismo catalán está ganando la batalla mediante una descomunal manipulación y una gran falta de memoria histórica: Cataluña es la tierra de la modernidad, de la libertad, de la apertura a Europa, del diálogo. España -que es otra cosa- es la Castilla harapienta y antigua, cejijunta y clerical, reaccionaria y fascista, abusona de los territorios con verdadera identidad.

Atlas de Historia de España     -¿Qué opinión le merecen las conmemoraciones de efemérides, bicentenarios del nacimiento o muerte de algún personaje de trascendencia histórica, etcétera?

     -Nadie puede supervisar la memoria que se construirá sobre su tumba. Ni siquiera los tiranos. Los muertos ilustres de cada momento no sólo son cementerios, también son centenarios, salas de exposiciones, libros, artículos, versos. Es triste el olvido, pero a veces resulta más triste el recuerdo o el modo en que se recuerda lleno de mutilaciones, de inexactitudes, de injusticias. “Dámelo muerto” respondía un escritor a la petición de un colega para que preparara la semblanza de un coetáneo nada afín a ellos; es decir, dámelo sin voz, sin furia, sin alma… sin vida. La tendencia a perfilar las aristas de los muertos ilustres para no incomodar a nadie, las simplificaciones biográficas, la eliminación de huellas para hacer entrar al personaje en la rígida armazón de quienes le levantan una estatua o ponen un nombre a una calle… proliferan en los centenarios y en las celebraciones póstumas similares. ¡Quién le hubiera dicho a Dalí, por ejemplo, que se le terminaría recordando como un antifascista declarado, que con el tiempo, su relación con Franco, su carta de felicitación al dictador por los fusilamientos de 1975, su franquismo militante… serían vistos como una excentricidad más. Al Dalí ultrauniversal, que aborrecía el folclore y la exaltación de la aldea, que decía que por sí sola la sardana bastaba para cubrir de vergüenza y oprobio a una región entera, después de su centenario, se le quiere imaginar muy catalán, muy ampurdanés, muy figuerense.

     -¿Podría explicarnos lo que sucedió con la serie televisiva Memoria de España, cuya emisión fue interrumpida? ¿Cree que hubo algún tipo de injerencia política en dicha interrupción?

     -La emisión de Memoria de España se interrumpió porque Televisión Española no llegó a tiempo y hubo de darse unos meses de plazo para poder concluirla y estar en disposición de ofrecerla. Al terminarla, se emitió, sin problemas. Aunque la serie fue fruto del empeño de Aznar de enseñar a los españoles su historia, las autoridades socialistas, por lo que yo sé, no pusieron reparo a su emisión y elogiaron el buen trabajo hecho. Por otro lado, Memoria de España fue uno de los poquísimos programas que se salvó de la hecatombe de TVE, en los primeros meses de dirección socialista. La serie llegó a rebasar los cuatro millones de audiencia y creo que puede considerarse un grandísimo éxito de TVE, pues nunca un programa cultural había alcanzado en España tantos televidentes.
     Los historiadores no sólo debemos saber historia, sino debemos saber contarla Decía Voltaire que el secreto para no aburrir está en no contarlo todo y sus palabras fueron guía para quienes aceptamos el reto de hacer una historia de España, desde la prehistoria hasta nuestros días, en unos cuantos capítulos, una historia para la televisión. Desde el principio Memoria de Españasabíamos que nuestra serie, Memoria de España, debía dejar en el camino muchos conocimientos acumulados para tejer un relato con relaciones y guiños al presente que hiciera más fácil la adquisición de una conciencia de España como proceso común, aluvión y cambio. Era necesario, por tanto, huir del viejo genealogista, la irrelevancia o el fetichismo cuantitativo. Como responsable directo de los nueve capítulos finales que cubrieron los siglos XIX, XX y arranque del XXI me sentí satisfecho del producto televisivo que el realizador pudo ofrecer, sacando partido a todo el material documental y a la filmografía del periodo. En otros capítulos, eché en falta mayor ritmo televisivo y me pareció ver un exceso de información.

     -¿Cómo ve el proceso de construcción europea?

     -España forma parte de una Europa que pugna por ampliarse y unirse, en un momento en el que la identidad del continente se hace más problemática que nunca. El cosmopolitismo creciente, fruto de la inmigración, el sincretismo cultural, la globalización de las relaciones sociales, económicas y comerciales difuminan las características propiamente europeas hasta ahora conocidas. Todo nacionalismo etnicista carece de futuro en una Europa, que ahonda sus raíces en la voluntad ciudadana de afirmar su unidad sobre la estructura de los Estados y que no quiere volver a unos reinos de taifas étnico-lingüísticos propios de la Edad Media. Someter las fronteras de las naciones al arbitrio de la voluntad diferenciadora de algún grupo regional origina una inestabilidad permanente, incompatible con la firmeza de toda arquitectura estatal. Además, muchos de los pueblos que se liberan de la camisa de fuerza de los grandes Estados lo hacen partiendo de una idea muy beligerante de lo autóctono, de ahí que, en cuanto pueden, practican la misma discriminación sufrida por ellos sobre las minorías residentes en su país. No está mal que cada pueblo tenga la posibilidad de desarrollar su genio propio, como reclamaba el romántico Herder, pero mucho más importante es que todos ellos cooperen para hacer realidad aquella “paz perpetua” que Kant concibió como el ideal supremo de la humanidad.
     El problema de la integración de la diversidad de identidades no es nuevo en Europa y no está resuelto en varios de sus países… A estas alturas de la globalización, aparecemos todavía desarmados ante la barbarie y los excesos perpetrados en nombre de las identidades. Estas se construyen, en gran parte, artificialmente y están sometidas a los vaivenes políticos y electorales. Ocurre, además, que en aras de un sentimiento identitario pretendidamente primordial acaba por destruirse cualquier asomo de ciudadanía ilustrada y democrática.
     Europa debe brindarnos una nueva forma de identidad global y postnacional que nos libere de la barbarie identitaria, del fanatismo ciego, del mesianismo delirante, del ansia patológica de dominio… de toda nuestra historia de crueldad en nombre de la patria. La ciudadanía europea debe basarse en un discurso racional y pragmático, pluralista y antixenófobo que ahonde en la búsqueda de un horizonte común de libertad, seguridad y prosperidad y no en la obsesión por la diferencia y las raíces identitarias.

Los mitos de la HIstoria de España     -Recientemente el BNG (Bloque Nacionalista Galego) ha reivindicado la filiación de la nación gallega con el reino suevo. Es conocido el interés por la historia medieval del principado entre los partidarios del nacionalismo catalán. En cuanto al País Vasco, la especificidad lingüística les hace remontarse hasta el corazón de la prehistoria. Parece difícil sustraerse a la tentación de utilizar la historia remota para justificar las aspiraciones presentes. Hay quien ve en su obra resabios de “esencialismo histórico” que justificarían al nacionalismo españolista. ¿Qué opina usted?

     -No es necesario extenderse sobre el importante papel jugado por la historia en la construcción de las naciones. La nación no es, se construye, y se construye, en gran parte, mediante la historia, que se convierte, de este modo, en una especie de partera de la nación. El olvido y hasta el error histórico son un factor esencial en la formación de las naciones. De ahí que los historiadores sean considerados sujetos indeseables y peligrosos por aquellos que hoy desean hacerse con una patria nueva, por aquellos que se esfuerzan en inventar una memoria separada y enfrentada a España, una memoria que reescribe su idea de nación, con los renglones torcidos del mito, del odio, de la animosidad, de la diferencia.
     Me parece muy difícil ver en mi obra resabios de “esencialismo histórico” porque, aparte de lo que acabo de decir y he repetido machaconamente, será difícil encontrar un historiador que haya insistido más que yo en el carácter histórico de España y en su condición de construcción humana, contingente y nada esencial. Me encuentro incómodo hablando de identidades, raíces o pueblos a la altura del siglo XXI: tienen un cierto tufillo tribal. España es una nación de ciudadanos que forma parte de una comunidad cultural e histórica, es la patria constitucional que garantiza nuestras libertades y no el terrible determinismo de la Tierra y los Muertos de las construcciones nacionalistas
     No es la comunidad anterior, pretérita, tradicional e inmemorial la que proporciona título para la convivencia política, sino la comunidad futura en el efectivo hacer. No lo que fuimos o soñamos que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos. De aquí la Unión Europea. También de aquí que España no halle solución mientras sus políticos, o al menos los que gobiernan, no hablen y actúen como gentes verdaderamente contemporáneas que sientan bajo sí palpitar todo el subsuelo histórico, que conozcan la altitud presente de la vida y repugnen todo gesto arcaico y silvestre. Necesitamos de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer en ella. El derecho que nace de la historia es a crear un futuro, no el derecho tradicionalista a heredar un privilegio. Hacer castillo de los derechos históricos es fijar España a su pretérito. Vivir gobernados y oprimidos por una oligarquía de muertos. Vivir una cornucopia de diferencias de rango, de oxidadas alcurnias y vejatorias Biografía de Españaexigencias de primacía. Vivir en las anticipaciones de quienes no pudieron construir el futuro y en las estrecheces mentales de quienes trataron de preservar el pasado, fantasía siempre inútil y utópica.
     Impulso de dirección opuesta al siglo en que vivimos, los derechos históricos sólo son una nueva excusa para hacer recaer sobre los ciudadanos algo que no depende de su voluntad. Un designio providencial, las imposiciones de los muertos. Con normas tan altas se podría deshacer todo el mapa de Europa, levantando nuevas divisiones y fronteras, librando viejos fantasmas de opresión y limitando o liquidando las libertades individuales y concretísimas de que disfrutamos. La historia, sin embargo, y conviene escribirlo aquí, en España, país rico en reaccionarios de todo pelaje, no decide nada. Los hombres y las mujeres libres del presente, su voluntad de ser ciudadanos libres es el único derecho histórico a aceptar. La única garantía a exigir.
     Pero, cuando alguien discrepa de las construcciones nacionalistas de Cataluña o el País Vasco, enseguida su aparato propagandístico adjudica a los discrepantes el carácter de nacionalista español, entendido éste no como una forma de patriotismo vinculada a la tradición liberal, revolucionaria, constitucionalista, sino como una forma de integrismo nacionalcatólico o falangista.

     -Usted conoce muy bien la historia reciente del Vaticano, como ha demostrado en Los pliegues de la Tiara. Si tuviese que completarla, una vez finalizado el pontificado de Karol Woytila, ¿qué resaltaría en el epílogo de dicha obra?

     -Hay una nueva edición de ese libro controvertido, publicada hace unos meses en una editorial de bolsillo, en la que se hacía el balance del último Pontificado. Todas las grandes cuestiones, como la infalibilidad, el ecumenismo, el celibato, el antifeminismo, la desigualdad, la incomunicación, los claroscuros financieros… han sobrevivido al pasado, colándose por la aduana del siglo en la guantera del papamóvil.
     Es cierto que la Iglesia actual no oculta las vergüenzas de un mundo, al que no renuncia, y que le afectan en forma contradictoria. Condena el uso de preservativos, pero al mismo tiempo se acuerda de las víctimas del sida, defiende el derecho a la vida clamando contra el aborto, pero se estremece con la clonación y los experimentos científicos, reza por los embriones prohibidos y también por los inocentes que morirán de hambre o de sed, antes de su mayoría de edad, visita Cuba aunque predica incansable contra el ateísmo marxista.
Los pliegues de la tiara     Juan Pablo II ha sido el Papa que ha vivido más de cerca la caída del comunismo y uno de las que más se ha preocupado por las libertades del mundo, porque en su juventud vivió su carencia en propia carne. Seguramente la Historia le recordará siempre, aunque sólo sea por eso. Y sin embargo sus disposiciones -léase el nuevo Código canónico de 1983- han hecho más por el centralismo y el absolutismo vaticano, que ninguna otra del mismo siglo. Con él, los centros de poder se han reforzado, las decisiones importantes se han individualizado, el autoritarismo en crisis de los sesenta se ha vigorizado. Las limitaciones para que la mujer supere, en la Iglesia, su habitual estado de marginación, los repudios continuos a ciertos aspectos de la actualidad (celibato opcional, homosexualidad, etc) o las instrucciones procesales contra algunos teólogos disidentes, han vuelto a sembrar la duda sobre la adecuación de la norma vaticana a la modernidad.
     Dicen que los jóvenes se van de la Iglesia y ya no rezan el rosario como sus abuelos. Las vocaciones se ocultan, los seminarios se vacían y se venden a compañías hoteleras. La privatización de la fe es cada vez mayor. El laicismo y su lado más egoísta, el hedonismo, son los triunfantes iconos de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, los viajes papales se rodean de nueva savia y fresco interés. La difusión mediática de peregrinaciones y cultos nos quiere enseñar que todavía hay quien busca en la certidumbre absoluta la respuesta al problema de vivir.

     -¿Cree que la historiografía española actual goza de buena salud?

     -Lo creo firmemente y que los historiadores españoles tienen un merecido prestigio en el mundo de Clío. Así y todo la memoria histórica se oxida en las escuelas, colegios e institutos. El historiador serio, crítico, que escribe el pasado de España con honradez, ha ganado el mercado, pero ha perdido la batalla de la enseñanza. Y la guerra institucional de las Humanidades seguirá perdiéndose mientras no se destierren los intereses políticos del campo de la educación y los nacionalismos continúen jugando a inventar una memoria separada y enfrentada a España. Sorprendentemente el Estado español nacido de la Transición dejó en manos de las Comunidades Autónomas el principal instrumento de nacionalización del imaginario, esta transmisión de la historia. El problema se plantea con especial virulencia en Comunidades Autónomas cuyos gobiernos están embarcados en explícitos proyectos de construcción nacional, en cuyo caso la negación histórica de la nación española se convierte en objetivo prioritario. Los libros de historia de ámbito nacional escritos para el BUP después de 1978 son narraciones cronológicas neutrales, que respetan el pluralismo cultural y político de la historia de la península y rehuyen las teorías metahistóricas sobre la historia y la Breve Historia del Siglo XXidentidad nacional. Todo ello perfecto desde la perspectiva de la historiografía académica. Pero, ¿qué ocurre cuando las historias de las Comunidades Autónomas no respetan el pluralismo cultural y político de la historia de la península y no rehuyen las teorías metahistóricas sobre la historia y la identidad nacional? Ocurre que el sistema educativo deja de “hacer” españoles para hacer catalanes, aragoneses, vascos, andaluces, gallegos, extremeños.
     El éxito de lo regional es que cabalga sobre un sentimiento que no tiene ideologías en un tiempo en que las ideologías se han muerto o se han suicidado. Lo regional, como en el siglo XIX lo nacional, pasa por la historia que no retrocede ante la leyenda, la trivialidad o el error, con tal de que éstos vayan unidos a una representación concreta del pasado. Todo es cuestión de imágenes, de tradiciones propias y genuinas, desde celebraciones festivas a rememoraciones de batallas, viajando por el estómago y la gastronomía.

     -Cuando se jubile como profesor, ¿en qué piensa emplear sus energías vitales?

     -Cuando llegue ese día, me gustaría seguir escribiendo y ayudando a los que se acerquen a mi despacho a seguir haciendo de la Historia un instrumento de mejora del presente. Pido a Dios que la memoria, mal llamada la inteligencia de los tontos, no me abandone del todo, pues con ella el trabajo de relacionar acontecimientos, procesos y saberes, que es el fundamento de la actividad del historiador, se hace más rápido y cómodo.

     -Que la diosa Nemosine le acompañe en esa tarea.

 

 

 

 

 

 

 


EN EL CONFÍN ARROJAR PIEDRAS
(Sobre Mal de confín de Eugenio Castro)

 

por Esther Ramón

 


Mal de confín      “El aire quema”: un hombre se aproxima al confín. Ha salido a buscar la nidada de piedras, a punzarles los vientres, a beber de sus huevos coagulados. El hombre se encarama despacio al último mirador. Con una bota en tierra y la otra hollando un barro contagioso, el orden geométrico de las paredes de la casa se trastoca. Existían tres reinos, tres estados de la materia. Pero allí, donde ya se divisan las murallas roídas del “palacio de la intemperie, tenebroso y vasto en su extrema inocencia”, los sentidos anticipan su desaparición o metamorfosis en la mezcla. La realidad enseña sus señales, y emerge la voluntad de hundir los remos, navegando. Todo parece haberse solidificado. “Pesa el viento y la luz pesa”. El río no sigue más allá, la corriente ya no fluye: se ha congelado o evaporado, como en los climas extremos de los polos o del desierto. También como en ellos, la luz es excesiva, multiplicada en su reflejo de nieve o arena. Los estados de la materia se contagian: la luz es sólida, se hace carne, “carne viva de la luz” o luz en carne viva; las aguas detenidas abren el silencio, sábana de unas voces absortas que sólo ahora se desperezan. “La piedra de la locura se adhiere, se torna sólida la mirada”. Aire mineralizado, piedra inflamada por la luz.
La ciudad constelada     Las brújulas no sirven donde no hay puntos cardinales, donde el horizonte en surco es fecundado por el rayo. “Vertical de uniones”. A falta de instrumentos, el poeta se sirve de algo que, para Artaud, el mundo actual ha desechado: “el viejo totetismo de los animales, de las piedras, de los objetos cargados de electricidad, de los ropajes impregnados de esencias bestiales, todo cuanto sirve para captar, dirigir y derivar fuerzas”. En el límite cada piedra cimienta y cierra, une los extremos en su enigma. El abandono es la acción, la voluntad pasiva, y se cae en la animalidad desaprendiendo. “Un hombre se tumba, anda / pierde el conocimiento / le sobreviene la memoria reptil”. Lo incomunicable es cruzado por una graja que grazna. Lo vegetal aparece cuajado (“flor, asume su costra”), y, confundido con el organismo que recubre (“en la peña, líquen”), recomienza, metamorfoseado.
     En el confín nombrar es -más que nunca- invocar, y las palabras nacen sólidas, son el hueso de las palabras, “palabras-hueso”, las que miran de frente el acabamiento. La parte dura del lenguaje en las que se atreven, en las que nombran la muerte, le ponen rostro, le inventan un cuerpo para poder mirarla. Si acude lo que se invoca, sólo se da forma derramando la propia.
     En el confín arrojar piedras, arrojar palabras como si fueran piedras que indiquen en su caída última la insondable profundidad del pozo.
     Así, para avanzar, para tocar el borde, el poeta, tanteando, busca puertas. Las de los ciclos, el limno del crepúsculo y el del momento previo La región insomneal amanecer, esa “hora del lobo” que inspirara a Bergman, aquella en la que según viejas leyendas más gente muere y más niños nacen, y se escuchan otros olores, otros sonidos, abierta la corriente entre los dos mundos. Aunque para el acceso total ya no bastan las puertas marcadas, ya no hay que esperar al tiempo. Con el punzón y las alas, el poeta Ícaro -que no desconoce el riesgo de su vuelo- abre un resquicio en el cénit de luz, le acierta al sol entre los ojos. “Abierta emboscadura: mediodía”. El libro -compuesto de breves metales, que tensan la malla de la intemperie- se deslía en su final en archipiélagos, jirones en el océano extremado, y llega el reposo (“sólo a merced de los elementos / puede un hombre aspirar a su descanso”).
     Porque a través de la tela rasgada, el poeta probó el sabor de “un breve beso a lo oscuro”, a los labios pegajosos de “su boca de sombra”. Y después regresó -fluyen renovadas las aguas-, acarreando “el peso de una vida sin muerte”, con la conciencia súbita de que “el fin nunca acaba”.

 

 

 

EL REPOSO
(Mar de Lira)

 

Esa luz que aborda las superficies
con su indefinición, no ampara.
Su gris pesa como la masa del desasosiego.
En ella se adentran hombres que no se engañan,
que ya desde el principio adivinan su regreso
con la marca en sus pupilas del allende profundo:

tanto ensanchamiento de sus ojos, y tantos siglos,
después de una sola jornada de faenar con el miedo,
disputándole a lo insondable su bestialidad,
tornan prudentes sus faces de tanto tratar con el horror,
faces bellas que acogen la media luz,
la media sombra de un apagamiento incompleto,
de un estremecimiento de geografía sideral.

Mas hoy aquí se juntan, séquito fúnebre,
por prescripción de la muerte,
y entonan, en la pequeña apoteosis del duelo,
un himno a la desintegración,
ungiendo con la ceniza la ola,
sumando sus voces a las de los muertos
calientes de la inocencia,
muertos del mar, muertos del monte,
muertos anónimos en el pueblo anónimo
hasta el que baja el tiempo a reponer su violencia
(ésa, su siniestra actualidad).
Pueblo recorrido por sombras con la carne ya póstuma,
enlutado de antemano por la certidumbre
de su técnica defunción.

Pero el sol hasta él también baja,
y renueva su alianza con la humedad de la tierra,
y en ella penetra para cultivar su hondura
y perfeccionar su claridad,
que estos hombres abrigan en la profundidad
de su mirar anfibio.

*

Sólo a merced de los elementos
puede un hombre aspirar a su descanso,
quedar sujeto a una violencia perenne que no varía,
a una secuencia de la muerte anterior a su advenimiento.
Esto es una soberanía que no decae,
el exorcismo del sueño calado en los huesos,
entregados en polvo al arrullo de la nada,
en un final impulso del viento y del agua
que lo mecen, arrastran y depositan
sobre las cabezas de la turba,
a las que se adhieren sus últimos restos.

Sobre ellas se precipita el cuervo,
que toma esos granos y traga, y digiere,
y depone sobre las zanjas de la memoria,
sobre esa tierra asediada
que el pájaro insemina con el excremento de lo libre.

Y en torno, la intacta semejanza,
un cortejo de parias cargando a sus espaldas
costales de océano, con sus rostros elementales
duramente fabulados, con sus bocas dolientes
recibiendo sin tregua la hostia pagana de la luz.

 

(De Mal de confín)


     (*) Eugenio Castro nació en Las Herencias, Toledo, en 1959. Entre sus muchas actividades, que giran en torno al arte y a la poesía, es fundador y coeditor de la revista Salamandra, crítico de exposiciones de arte y dirige los ciclos de poesía Mal de Palabra en la galería CRUCE de Madrid. Tiene publicadas las plaquettes La ciudad constelada (Ediciones surrealistas, Madrid, 1995) y La región insomne (Ediciones de La Torre Magnética, Madrid, 1996). Sus poemas se recogen, también, en el libro colectivo Indicios de Salamandra (Ediciones de la Torre Magnética, Madrid). Mal de confín, que acaba de ser publicado por la editorial Germanía dentro de la colección Hoja por Ojo, es su primer poemario.

 

 

 

 

 

 

 

MARCELA Y OTRAS MUJERES VALIENTES EN EL QUIJOTE


por Aurora Saura

 


Las Mujeres en "El Quijote"      Voy a comenzar presentando el marco común de las mujeres admiradas en El Quijote -entre las cuales he encontrado estas mujeres valientes-, muy diferentes de las mujeres del pueblo llano, a las que don Quijote (y, con él, Cide Hamete y el otro narrador) desde luego no admira y a veces ni siquiera mira, si no es para convertirlas en damas, princesas o lo que en cada momento venga al caso.
     La característica más destacada de esas mujeres admirables es su soberbia belleza, que produce asombro y fascinación y en el varón, con frecuencia, un deseo que no puede (y no quiere) someter a la razón. Dice Dorotea, sobre su rechazo a las solicitaciones de Don Fernando (que, según él, demuestran su amor), que ello fue “causa de avivar su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba”. Estos amores apasionados que despiertan parecen entrar, en cierto modo, en contradicción con su hermosura angélica: todas las mujeres bellas de El Quijote, débiles o valientes, lo son en grado tan extremo que parecen de otro mundo; digo bien, “son de otro mundo”, porque se trata siempre de una idealización: en ellas se reúnen todas las cualidades posibles, incluida la honestidad (aunque a veces, ¡ay!, se pierda) y no pueden ser superadas; tanto es así que el narrador, cuando alguna de estas señoras es descrita a continuación de otra u otras, se las ve y se las desea para encarecer la nueva belleza sin repetirse y dice cosas como “que Dorotea la tuvo por más hermosa que Luscinda y Luscinda por más hermosa que Dorotea, y todos los circunstantes conocieron que si alguno se podría igualar al de las dos era el de la mora...”. La otra cualidad común a todas estas beldades -sin la cual, además, parece que no podría darse la primera- es su condición de hija de familia principal o, al menos, acomodada, y en algún caso de padre noble y muy rico, como el de Zoraida/María. Ello supone haber sido educada según normas de recato muy estrictas (no se olvide la importancia, en la tradición literaria española, de la honra familiar, cuya depositaria es la mujer, sea ésta mora, cristiana o judía) y haber llevado una vida regalada y sin preocupaciones, hasta que, por decisión propia o por algún suceso desafortunado, generalmente amoroso, se ve expuesta a los peligros de una vida sin el amparo familiar.
     Habiendo trazado, muy a grandes rasgos, este que he llamado “marco común”, entro en el asunto de la valentía de algunas de estas mujeres, entre las que me ha parecido Marcela la figura más atrayente, por ser la que más se aparta del modelo general -la desdicha por amor- y por ser muy interesante su relación con la tradición popular de la mujer libre que rechaza la convención del matrimonio, de la que da cuenta, entre otros Educadas según normas de recatopoemas, este zéjel famosísimo de Gil Vicente: “Dicen que me case yo. / No quiero marido, no. / Más quiero vivir segura / n’esta sierra a mi soltura / que no estar en la ventura / si casaré bien o no...”. Se dan, asimismo, en Marcela semejanzas con la amada enemiga de la poesía culta, tema que, por otra parte, también aparece sugestivamente expresado en las Canciones tradicionales; como ejemplos de este último tópico recordemos estos versos: “Los cabellos de mi amiga / d’ oro son. / Para mí lanzadas son” y “Enemiga le soy, madre, / a aquel caballero yo: / mal enemiga le só.”.
     Pero vayamos a la historia de Marcela, que en principio es la de Grisóstomo, “muerto de amores de aquella endiablada moza...”, como un calco en prosa de aquel “pastor desesperado” del romance, aunque sin el arrepentimiento final de la bien amada que hay en éste: “Buscaréis, ovejas mías, / pastor más aventurado... Enterradme en prado verde, no me enterréis en sagrado...” (lo mismo pide Grisóstomo). También se ha dicho que Cervantes retoma aquí el asunto de La Galatea, en cuya continuidad seguía pensando; pero la mayor naturalidad de los personajes y, sobre todo, la concentración del relato nos acercan mucho a estos pastores, entre los que destaca sobremanera la propia Marcela. Esta primera mujer hermosísima de El Quijote (aparte de la que el protagonista se ha creado como dama) es el prototipo de la mujer que puede hacer su voluntad -siempre dentro de los límites de la honestidad, que no deben ser traspasados-: es huérfana y rica y su tío no quiere imponerle un matrimonio que ella rechaza, en principio, en razón de su juventud ( el cabrero cuenta “el cuento con muy buena gracia”, según Don Quijote, que a punto ha estado de verlo interrumpido por sus continuas correcciones, enfadosas para el narrador). Y dice Pedro, el cabrero, que sus convecinos alababan el criterio del tío de Marcela, que era “que no habían los padres de dar estado a sus hijos contra su voluntad”. Decide en este punto la moza hacerse pastora, contra el parecer de todos (y particularmente de los que la pretendían, entre los que se hallaba Grisóstomo); se visten igualmente el traje de pastor varios de los jóvenes enamorados, cuyas esperanzas van siendo defraudadas conforme se las dan a conocer a la muchacha o ella las atisba, ya que “su afabilidad y hermosura atrae los corazones...; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse...”. A partir de aquí el cabrero describe los efectos que causa el desdén de Marcela en los amantes como si fuera el narrador de una novela pastoril, sin un solo error lingüístico y sí, a mi parecer, con cierta sorna que no puede Cervantes dejar de hacer notar (¡y con todo él quería continuar La Galatea!: ¡qué cervantina es esta dualidad!). El desenlace del rechazo reiterado de Marcela a Grisostomo ya se había anticipado, al contar Pedro todo lo anterior justamente porque al día siguiente van a enterrar al enamorado, en el lugar donde, dice Ambrosio, su amigo, “Marcela le acabó de desengañar..., de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida”(es de notar la naturalidad y la concisión con que se relata el suicidio). El elogio fúnebre que hace Ambrosio es un modelo de Planto y en él da cuenta también de la voluntad de Grisóstomo de que destruyan sus “papeles”, lo que da pie a una discusión sobre la función de la literatura y a que se lea un poema del pastor muerto, escrito claramente a imitación de Garcilaso, sobre todo en los endecasílabos finales: “Canción desesperada, no te quejes...” (Neruda los La pastora Marcelarecordaba bien). En éstas “una maravillosa visión -que tal parecía ella-” irrumpe en escena (pues de una magnífica representación se trata) dispuesta a defenderse a sí misma, ¡y con qué brío!, de la acusación de ser la matadora de Grisóstomo; el discurso de Marcela no tiene desperdicio, es una verdadera pieza de oratoria, con argumentos expuestos soberbiamente, y como no me es posible reproducirlo completo, sólo citaré lo que me parece más significativo de su valentía: “yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos... Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras... No me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito... Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no gusto de las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie...”. En la pastora Marcela se cumple fielmente el deseo de Fray Luis -“Canción a la vida solitaria”-: “Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo.”

     La segunda mujer valiente, tanto por su aparición en la obra como por su inteligencia y decisión, es Dorotea, aunque en el comienzo de su historia (y, naturalmente, en su final) el tema dominante es el de la honra, que ella busca a toda costa recuperar haciendo cumplir su promesa de matrimonio a don Fernando. El personaje de la mujer abandonada es tan antiguo como la propia literatura y en Grecia se nos presenta con trágica intensidad en el mito de Ariadna y sobre todo en la historia terrible de Medea, aunque no debe olvidarse que parte sustancial del dolor desgarrado de los dos personajes se origina en el hecho de que ambas han traicionado por amor a su estirpe y a su patria. En nuestra lírica tradicional, aunque sin aquel aliento trágico, es muy frecuente la queja por el abandono, casi siempre relacionado con el engaño: “-Mal haya el enamorado / que su fe no mantenía. / De velar venía. Y maldito sea aquel hombre / que su palabra rompía, / más que más con las mujeres / a quien más se le debía. / De velar...- Más maldita sea la hembra / que de los hombres se fía, / porque aquella es engañada / la que en palabras confía. / De velar...”. Y la huida de la propia Dorotea aparece también anticipada en el famoso villancico: “Por el montecico sola, / ¿cómo iré, cómo iré? / ¡Ay, Dios!, ¿si me perderé? Soledad me guía, / llévanme desdenes / tras perdidos bienes / que gozar solía. / Con tan triste compañía, / ¿cómo iré...”. Como en ambas Canciones, la mujer es engañada con gestos y promesas de amor, aunque en el caso de Dorotea no deja de haber una cierta previsión (¿podemos llamarla astucia?) antes de su entrega al caballero: “Yo, a esta razón, hice un breve discurso conmigo, y me dije a mí mesma:... puesto que en este no dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa... Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la imaginación, y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza... Las vicisitudes de Dorotealos juramentos... los testigos que ponía... Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del cielo”. Y, como en los poemas citados, la mujer abandona su casa, en busca del que para ella es su esposo, en este caso al conocer que don Fernando ha concertado su boda con Luscinda: “Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y traición que se me había hecho... Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad... ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho...”. Dorotea pasa por varias vicisitudes que ponen a prueba su valentía en la defensa de su honra y, según va contando su historia, oída por el cura y el barbero (en busca de don Quijote) y por Cardenio (que ha encontrado en los montes espacio para su desesperación), el narrador dice de ella “porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese...”. De modo que la determinación de Dorotea, sus tan hermosamente trabadas razones y, claro está, su belleza impresionan de tal modo a los amigos de don Quijote que, además de ofrecerle consuelo, los mueven a pedirle, a su vez, ellos mismos ayuda en la empresa de hacer volver a don Quijote a casa. He aquí, pues, a la joven traicionada (aunque, ya lo hemos visto, ni ingenua ni desvalida) transformada en Micomicona, princesa de un reino Micomicón (probablemente el nombre más cómicamente ridículo de la obra), perdido a manos de un gigante que don Quijote deberá vencer. Ella pasa a tener, por tanto, un papel esencial en esta segunda mitad del primer Quijote, que se desenvuelve entre los intentos del cura y el barbero para que el protagonista vuelva a su pueblo y las narraciones sobre otros muchos personajes, que se van entrelazando hasta alcanzar su máxima complejidad cuando Cervantes los hace coincidir en la venta, en la que se resuelven todas las historias pendientes (y, además se cuenta la novella El curioso impertinente). Dorotea recibe al fin la recompensa a su constancia, aunque para ello aún tiene que suplicar a su seductor, en una escena dominada por el discurso irrebatible de la inteligente Dorotea, dignos ella y él -el personaje y el discurso- de mejor causa que el matrimonio con el caballero egoísta, mentidor y desdeñoso que es don Fernando (tipo masculino común en la literatura de los Siglos de Oro).

Zoraida, mujer valiente     Zoraida, la tercera mujer valiente, es otro caso especial de decisión y de puesta en riesgo por amor, aunque El Cautivo, que es quien cuenta la historia (la suya, en la que tanta parte tiene la mora que quiere ser cristiana), insiste en la voluntad de cristianizarse de la joven como el motivo principal de su huida. Ruy Pérez de Viedma expresa igualmente su determinación de casarse con ella, como la propia Zoraida -en un alarde de atrevimiento insólito en nuestra literatura clásica- le había propuesto, al hacerle llegar la caña con monedas de oro para que él y sus amigos pudieran “rescatarse”. Estas son sus palabras: “Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros..: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres” y añade: “y si no quisieres, no se me dará nada; que Lela Marién (la Virgen María) me dará con quien me case”. Vemos, así, que la confianza que Zoraida tiene en Lela Marién, aprendida de su aya cristiana, esclava de su padre, y en El Cautivo (a quien le dice, en el mismo escrito “y ninguno me ha parecido caballero sino tú”) es ilimitada y dota al personaje de una ingenuidad encantadora con la que se gana inmediatamente el afecto del Cautivo, luego de los oyentes de su historia y finalmente del lector. La traición a su linaje, pueblo y religión aparece, por primera y única vez en El Quijote, en esta historia de la muchacha de noble familia de Argel que quiere llamarse María en España. Así lo siente su padre, al descubrir la huida y ser obligado a embarcar con los cristianos, entre las lágrimas de su hija: “-¡Oh, infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿A dónde vas, ciega y desatinada, en poder de estos perros, naturales enemigos nuestros?...”. Aunque, al ser liberado y abandonado con sus sirvientes en lugar deshabitado (y, por tanto, seguro para los que huyen), el lector no puede dejar de conmoverse con las últimas palabras que oye decir a Agi Morato, al que, además, ya ha cobrado cierta simpatía por el trato confiado -en exceso confiado para los prevenciones de su tiempo- que siempre ha dado a su hija: “-Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero... y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!”. Nos parece oír resonar aquí un eco del impresionante Planto de Pleberio (con el que se cierra La Celestina), un padre, el de Melibea, muy similar al acaudalado moro de este relato en cuanto a su relación con la hija. Los cautivos logran, tras el grave incidente del asalto pirata, llegar a las costas españolas. Zoraida/María conseguirá así su propósito, que, sigue insistiéndose en ello, es bautizarse y aprender los usos cristianos -aunque se nombran continuamente “las bodas”- Cervantes, como se sabe, utiliza en esta historia varios elementos autobiográficos y le hubiera gustado que alguno de sus intentos de huida se resolviera tan favorablemente como el del Cautivo; tal vez también haber tenido la suerte de encontrar en Argel una criatura tan admirable como Zoraida. En la venta la belleza de ésta es comparada con la de las demás jóvenes que se encuentran en ella (en palabras del narrador, que expone las de don Quijote, “el gran tesoro de la hermosura que en aquel castillo se encerraba”) y es acogida con afecto por el mismísimo hermano del Cautivo, el oidor, que viaja con su joven hija.
     El autor, como he dicho antes, hace coincidir oportunamente allí a todos los personajes. Desde una perspectiva que busca la concentración narrativa, se ha dicho que este exceso de historias desviadas de la principal no favorece a la novela y ya en su tiempo Cervantes recibió críticas similares; pero para lectores y oyentes sin prisa, y que gusten de los cuentos, esta acumulación, por bien encadenada y bien resuelta, resulta atrayente; aunque demore -o tal vez por eso mismo- el final del primer libro, el regreso humillante de don Quijote a su aldea.

Mujeres admirables, soberbia belleza     Ya en la segunda parte, otra mujer que podemos adscribir a este grupo, aunque su valor sea mucho más secundario, es Quiteria, la muy bella (nuevamente) protagonista del episodio que se conoce por “Las bodas de Camacho”. Aunque, en fin, no es la boda de éste la que tiene lugar, el deslumbramiento, provocado en don Quijote y, sobre todo, en Sancho por la fastuosidad y la abundancia con que el labrador rico (por antonomasia ‘Camacho el rico’, como a ella se la nombra La hermosa Quiteria) se apresta a celebrarla, se adueña del narrador (o, por mejor decir, éste les sigue la corriente a sus personajes). La historia es la siguiente: Basilio y Quiteria, enamorados desde niños, ven frustrados sus deseos porque el padre de ella ordena “casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza...”. Pero el enamorado, que desde entonces anda siempre “triste y pensativo”, a decir del estudiante que cuenta lo anterior, trama un engaño con el que desbaratar la boda y asegurarse de paso la suya con la joven. Después de los bailes y la pantomima que preceden a la ceremonia en el prado, aparecen los novios -ella esplendorosa, según la admirativa descripción de Sancho- y en seguida, tras ellos, Basilio, que hinca un bastón en el suelo; éstas son algunas de las palabras con la que anticipa su acción: “Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria... y muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha...”; a continuación, desenvaina el bastón, que aparece como un estoque, se arroja sobre él y cae malherido; auxiliado por todos, que lo consideran en trance de muerte inminente, se niega a confesarse si antes Quiteria no le da su mano de esposa, a lo que no tiene más remedio que dar su conformidad “confuso”, Camacho; ella se le acerca, le ofrece su mano e intercambian los juramentos de matrimonio, tan prolijos que hacen decir a Sancho “-Para estar tan herido ese mancebo mucho habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma...”. En cuanto el cura los bendice, se levanta prestamente Basilio y a las voces de “¡Milagro!” de algunos, “más simples que curiosos...”, responde él: “-¡No ‘milagro, El peso de la tradición literariamilagro’, sino industria, industria!”. ¿En qué consiste la valentía de Quiteria?; ahora lo veremos, con las propias palabras del narrador: “La esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso…”. Así pues, la industria no es sólo de Basilio: como en otros casos que muestra la tradición literaria, en que los enamorados se arriesgan a contrariar los propósitos de los padres (piénsese, sobre todo, en algunas heroínas shakespearianas, en la Desdémona de Otelo, en la Jessica de El mercader de Venecia y sobre todo en Julieta), la mujer es cómplice del desacato y, en éste como en otros casos, desempeña a la perfección su papel: “turbada, al parecer, triste y pesarosa,...”, así dice el narrador que accede Quiteria a los ruegos de su amado; ya hemos visto que, por el contrario, sólo ha fingido y logra así cumplir su deseo y el de Basilio. Don Quijote, que al principio ha hecho un discurso en defensa de que los hijos se casen con quienes sus padres decidan, se muestra ahora no sólo conforme con este desenlace, sino dispuesto a enfrentarse a Camacho y sus amigos, que han desenvainado las espadas contra Basilio, arguyendo “que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace... Quiteria era de Basilio y basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos...”.

     En Barcelona encontramos a las dos últimas mujeres valientes: en los alrededores de la ciudad tiene lugar el apresamiento de don Quijote y Sancho por la cuadrilla de Roque Guinart, con el que establece don Quijote una relación tal de buen entendimiento y simpatía que terminamos llamándola amistad. Muy al principio de ese encuentro hallamos a Claudia Jerónima, que se presenta ante ellos a caballo, “a toda furia”, en figura de “mancebo... vestido de damasco verde con pasamanos de oro...” (la mujer en traje de varón es un tópico del teatro de los siglos XVI y XVII -pensemos en Lope y sus seguidores y en el ambiguo juego amoroso que provoca este disfraz en varias obras de Shakespeare-). La muchacha se presenta como hija de un buen amigo de Roque y enamorada de un don Vicente Torrellas, cuyo padre es enemigo del suyo y del propio Roque. Al comenzar su relato habla de “los atropellados deseos”, que la mujer, “por retirada que esté y recatada...” pone en ejecución -parece que de este modo ella se justifica, al tiempo que el autor desliza de nuevo su opinión sobre el poder del deseo amoroso y cómo se rinden a él las mujeres- y creemos oír el villancico de célebre estribillo: “Madre, la mi madre, / guardas me ponéis: / si yo no me guardo, / no me guardaréis”. En breves A él se rinden las mujeres...palabras cuenta la causa de su desventura, que vuelve a ser un desengaño, pues don Vicente, a pesar de las mutuas promesas que se habían hecho, se iba a casar “con otra” ese mismo día, “nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia”. Y, en resumen, decide tomarse ella misma la justicia por su mano, en un caso extraordinario en nuestra literatura clásica, diciendo -más bien parece excusa- “por no estar mi padre en el lugar”. Así, cuenta que acaba de dispararle a su prometido “más de dos balas..., abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra” y a continuación pide ayuda a Roque para pasar a Francia y para que defienda a su padre contra la posible venganza de los Torrellas. Intervienen don Quijote, que asegura que él se hará cargo de hacer cumplir “a ese caballero, vivo o muerto, la palabra prometida a tanta belleza”, y Sancho, que elogia a su amo y corrobora sus palabras, citando con desarmante credulidad, el último caso de defensa de doncellas (ya sabemos que, en general, no suelen serlo ya cuando las auxilia don Quijote), el de la hija de La dueña Dolorida. Roque, “admirado de la gallardía... y suceso de la hermosa Claudia”, claro está, no les hace caso y se marcha con ella al lugar donde ha quedado tendido don Vicente; lo encuentran acompañado de sus criados, aún con vida, y se aclara que no le era infiel a su amada. Como en el caso de Basilio y Quiteria, se dan “in extremis” la mano de desposados, aunque aquí no hay “industria”, sino dolorosa realidad: muere el caballero en brazos de su esposa y matadora, que se lamenta a cada paso de su acción, nombrando en el breve planto “la fuerza rabiosa de los celos” -el narrador insiste, al terminar la historia, en sus “fuerzas invencibles y rigurosas”-. Ella le dice a Roque Guinart que quiere irse a un monasterio, decisión que él le alaba, mientras le asegura que defenderá a su padre, Simón forte, como le ha prometido. Y así acaba lo que sabemos de Claudia Jerónima, desdichada por su arrebato que ha causado la pérdida de su amante y también -esto ya lo añado yo- porque el único destino honrado que reserva su tiempo a una mujer como ella sea el encierro de un convento.

La princesa Micomicona     En el puerto de Barcelona, tras el único combate verdadero que presencia don Quijote, y en el que no interviene, encontramos a Ana félix, la hija de Ricote, el vecino morisco que, en hábito de peregrino alemán, Sancho había encontrado al dejar la Ínsula. Acababa de tener lugar la expulsión de los moriscos, suceso que tuvo enorme importancia no sólo para los expulsados (oigamos parte de la queja de Ricote, cuando le cuenta a Sancho sus desventuras: “Doquiera que estamos lloramos por España... es nuestra patria natural... agora conozco y experimento..: que es dulce el amor de la patria”), sino para la sociedad española en su conjunto, que perdía una considerable riqueza, tanto cultural como económica (por ejemplo, decenas de campos quedaron abandonados sólo en Levante), pérdida de la que no se fue conscient