HOFMANNSTHAL ENAMORADO

 

por Antonio Aguilar Rodríguez

 


"La casa de las bellas dormidas" de Kawabata     En la vida de un escritor, creo, todo antes o después se vuelve metaliteratura, incluso el silencio.
     Desde que leí La casa de las bellas dormidas de Kawabata me levanto sobresaltado en mitad de la noche y busco con el corazón palpitante a la persona que duerme en silencio a mi lado, y la miro, en verdad, primero la palpo, dibujo su contorno suavemente con mis dedos, apenas con las yemas, lo suficiente como para saber que está ahí pero no tanto como para despertarla. Poco a poco se va acostumbrando mi vista y empiezan a dibujarse sus formas y pienso cada vez en voz más baja, no se vaya a despertar. Primero la blancura de los hombros sobre el fondo de la pared violeta del dormitorio, luego el tirante del camisón, ella duerme con camisones castos como en las novelas de finales del siglo XIX. Busco los rasgos que la van definiendo como a ese ser único diferente de todos los demás. Y luego, cuando estoy seguro de que ella es ella, dormida, en silencio, acerco mi cabeza hasta su pecho y me quedo ahí, detenido, a unos milímetros escasos, con el temor de que una brizna de aire que moviera mi pelo, o si ella girase sobre las sábanas para encontrar la postura que desentumece los brazos adormilados, con ese hormigueo tan desagradable, lo desbaratara todo, suspendiera el misterio de lo que está a punto de suceder en mitad de la noche, en mitad de la ciudad silenciosa, en mitad del planeta donde somos el centro, del universo que gira a nuestro alrededor, del cosmos que sucede como en los versos de Neruda.
      Desde que leí La casa de las bellas dormidas de Kawabata, si todo va bien, sucede, y escucho música en su cuerpo, escucho melodías que nacen de su cuerpo dormido, música para mis oídos ciegos, música para las noches de insomnio.
     No es que tenga que ver mucho con mi momentánea, creo, imposibilidad de escribir, aunque intuyo que al final sí lo tendrá. Me trae al recuerdo una sensación, una sensación que hacía muchos años, quizás quince o veinte años, que no tengo. Cuando después, más tarde, ella ya duerme otra vez sin ser acosada, reflexiono bajo el techo blanco de la habitación y me veo mirándola, observándola de cerca, la escruto con mi razonamiento, y me doy cuenta de que en ese momento, en el preciso momento en el que mi oreja está a unos milímetros escasos de su pecho —reflexiono—, la cercanía deforma lo que veo, el tacto sólo presiente, el gusto se ha adormecido y sólo me quedan dos sentidos, el sentido del olfato y el sentido del oído, quizás los dos más impersonales, los que recogen datos del mundo sin posicionarnos en él, sin decir aquí estamos, sin moralidad, sin planteamientos escuetos, o más extensos, sobre la decencia y la indecencia, sobre quiénes somos y quiénes podríamos ser. Y evoco unos versos de Machado: «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve».
Evoco unos versos de Machado     Tendría catorce o quince años o tal vez dieciocho la primera vez que tuve conciencia de ello o, para ser más exactos, dejé de tener conciencia de todo. Definitivamente tendría dieciocho. Nos habríamos venido a vivir a la ciudad. Aún paseaba solo. Hasta ese momento venir a la ciudad se había convertido en una ceremonia, primero con mis padres un fin de semana para comprar ropa, por ejemplo, otras veces nos vestíamos de punto en blanco, bermudas, camisa, zapatos ortopédicos que dormían el resto del año en el fondo del armario, y nos subíamos al autobús para ir al médico con los pies zambos, otras, las menos, mis padres se atrevían y, estirando su paciencia y su bolsillo, se armaban de valor y nos llevaban al cine o al Entierro de la Sardina. Siempre te dolía la cabeza o los pies, que no mejoraban al parecer del médico todo lo que debieran, e incluso las dos cosas, aunque en otras ocasiones, cuando íbamos al cine, daba la visita para soñar unos días con trepar por las paredes o con saltar por las escaleras con una raída capa roja, que había sido en vida anterior cortina de trastero, falda de mesa de camilla. Todavía recuerdo en uno de esos sábados las gafas negras de pasta de mi padre sobre sus ojos ilusionados al coger con mi abuelo la primera bicicleta, o la segunda, e incluso la tercera. Tener tres hijos tiene sus ventajas, siempre puedes revivir la misma sensación, e incluso, si se tiene tiempo, preparar la escenografía eliminando aquellos detalles que no estuvieron a la altura de las circunstancias la primera y aún la segunda vez. Mis padres, yo lo recuerdo así, siempre han estado la altura de esas circunstancias.
     Sin embargo a los dieciocho años, paseando por Trapería, con nuestra nueva casa recién inaugurada todo era distinto. No lo recuerdo directamente, tengo el recuerdo de un recuerdo. Paseaba por Trapería —éste es el recuerdo exacto— y de repente sentí como un vahído, un instante de enajenación, de estar fuera de mí, o más concretamente en lo Paseando por Traperíamás fuera de mí que podía estar, en mis sentidos, en las últimas terminaciones nerviosas. Entonces anduve por inercia, como una parte más de todo, no pensaba, no reflexionaba, no hablaba, sólo estaba allí, percibiendo el mundo, sintiéndolo como algo puramente sensorial, en un estado primigenio de las sensaciones, cuando aún no han sido tamizadas por la razón, rozando el mundo, objetivándolo, tal como era. No estaban allí las cosas, como esos ojos del proverbio de Machado, para que yo las viera sino que estaban por sí solas y para sí solas. Duró unos minutos, aunque no puedo precisarlo exactamente.
     Pensé en ir al médico, tal era la sensación, pero luego desistí, ya que consideré embarazoso obligar al médico a dictaminar una enfermedad poco probable. Lo siento, diría, lo siento mucho pero está usted enfermo de poesía. Y entonces mi madre se echaría las manos a la cabeza y buscaría los ojos de mi padre en su desesperación, no para que la viera sino para verse retratada en su estupefacción.
     Quizás aquí termina todo, termina el paseo en volandas —se repitió en innumerables ocasiones, en los momentos más creativos, pero en un tiempo histórico concreto, fuera del cual no se ha vuelto a repetir—, termina la poesía y termina aquí también este texto. Vuelvo a la cama no del todo a oscuras. Sigo el camino que ha abierto la música como un rayo de luz en mitad de la noche, la música y la respiración de ese ser maravilloso que descansará a mi lado en cuanto me acueste. Lo miro, es un animalillo irrespetuoso que ocupa, aprovechando mi ausencia, toda la cama. Le diré algo apenas perceptible, unas palabras de amor o de gratitud como si fuese el fin del mundo y yo tuviese que hacer testamento.
     Lo decía también Machado: «A las palabras de amor / les sienta bien su poquito / de exageración».

 

 

 

 

 

 

 

LA TAREA DEL PENSAMIENTO


por Andrés Devesa

 


La tarea del pensamiento © Javier Téllez     La preocupación por el descenso —tal vez deberíamos decir declive— de la lectura entre los jóvenes —y los no tan jóvenes— es un tema que se halla muy presente en los mass media y en despachos de los altos funcionarios de la educación. Son habituales tanto los artículos y reportajes por un lado, como los informes, estadísticas y “planes de fomento de la lectura” por el otro, en los que se trata este tema. No es sólo que prácticamente no se lea, es que nuestros escolares son incapaces de comprender lo que leen, no hablemos ya de la capacidad de realizar una lectura crítica.
     En relación con este tema, el año pasado apareció un artículo de Juan José Millás en el que relataba cómo un amigo suyo le había pedido consejo, angustiado porque su hijo ¡prefería leer a Flaubert antes que salir a tomar cervezas con los amigos! Millás acepta la petición de su amigo para hablar con el chaval, pero, lejos de amonestarle por su rareza, se decide a ayudarle a leer a Virgilio de forma clandestina
(1). Se non è vero, è ben trovato. Relato verídico o ficción, lo cierto es que Millás pone el dedo en la llaga, aunque, temeroso quizás de ahondar demasiado en la herida, lo retira rápidamente, no fuese a llegar a conclusiones demasiado inquietantes.
     Desgraciadamente, el problema de la falta de lectura no es un fenómeno aislable que pueda ser solucionado con reformas educativas o con “planes de fomento de la lectura”. Estamos ante un reflejo de la irracionalidad del mundo en el que vivimos, algo que los burócratas, pedagogos y demás técnicos y especialistas no pueden o no quieren entender. De lo que hablamos es de la totalidad de nuestra forma de vida y no de un aspecto u otro de las estrategias culturales y educativas; no se trata de ningún conflicto entre high culture y low culture, no es una cuestión de kitsch, ni de subculturas, ni de rebelión juvenil, ni de la inoperatividad —por otra parte evidente— del sistema educativo. Se trata de algo mucho más profundo, porque lo que está en juego es la Cultura, es nuestra relación con el mundo que vivimos, es nuestra capacidad para (re)presentarnos la realidad y, en última instancia, nuestra capacidad para poder ser libres.
Vivimos en la cultura de la imagen © Igor Kopelnitsky     Que vivimos en la cultura de la imagen es algo de sobra conocido. Pero entender qué significa esto ya es otra cuestión. Nuestra relación con el mundo se lleva a cabo fundamentalmente a través de imágenes: televisión, videojuegos, internet, cine, anuncios, etc. ¿Cómo no vamos a estar mediatizados por ellas?
(2) La imagen está siempre presente en nuestras vidas y, para un número cada vez mayor de personas, toda la comprensión del mundo se realiza a través de esas imágenes. Este fenómeno no es en ningún modo neutral, puesto que la imagen implica pasividad, que es uno de los grandes males de nuestra época; no somos ni mejores ni peores que las generaciones que nos precedieron, simplemente se ha instalado entre nosotros y la realidad que vivimos una separación, un muro que es muy difícil saltar.
     «Esa pasividad supone un adormecimiento del pensamiento. La imagen nos presenta una realidad ya digerida, lista para consumir, por lo que el pensamiento —el lenguaje hablado o escrito— es sustituido por la imagen —la vista— como criterio básico de nuestra relación con la realidad»
(3). Esto provoca un empobrecimiento de nuestra capacidad intelectual, ya que si no se ejercita el pensamiento, si no lo ponemos a trabajar, tampoco se desarrolla, languidece plácidamente en un estado de embotamiento intelectual en el que quedamos reducidos a zombies sumisos listos para ser programados por la pantalla. Donde domina la mercancía, la productividad es el único criterio válido y, por tanto, quien marca las pautas. El tiempo es oro y no podemos perderlo pensando por nosotros mismos, necesitamos acumular datos que nos puedan ser útiles y eso lo logramos por medio de la imagen, cuya inmediatez y falta de consciencia sólo conduce a la pauperización del pensamiento. Atrapados en una sociedad en la que lo cuantitativo prima sobre lo cualitativo y lo ilusorio —espectacular— sobre lo real, nos dejamos engañar por lo real aparente y aceptamos el principio de la inmediatez, la saturación de lo imaginario y la especialización de la experiencia y del conocimiento. Pero estamos jugando con fuego, nos resignamos a ser siempre esclavos. Estamos vendiendo nuestra capacidad como seres humanos para pensar y desarrollarnos por nosotros mismos a cambio de bagatelas, a cambio de más ocio, de más mercancías, de más consumismo embrutecedor, por tanto de menos libertad, de más mediación y de más separación de lo natural y lo social. Un mal negocio.
La ignorancia de las nuevas generaciones     «Lamentar que las nuevas generaciones no conozcan los grandes clásicos de la literatura universal, que prácticamente no lean o que no puedan realizar correctamente un ejercicio de comprensión lectora es un gran ejercicio de cinismo o una demostración de profunda ignorancia»
(4). ¿Cómo se les puede exigir que piensen si desde niños han mamado de las ubres de la sociedad del consumo, si no han conocido otra cosa que el reino de lo banal, de lo efímero, de lo espectacular? Todo es imagen en nuestras vidas, velocidad medida en bytes, y en este mundo ya no ha lugar para la reflexión, para la lectura paciente y crítica. Todo se mide en volumen de datos, en cantidad y no en cualidad. Introducir la informática en las aulas, ésa es la gran apuesta de los especialistas, de los administradores de nuestra miseria, sumerjámonos más profundamente en la sima. ¿Para qué leer a Flaubert? Eso no interesa, a quien deben conocer las nuevas generaciones es a Bill Gates. Ése es el futuro que proponen. La literatura es una pérdida de tiempo, si acaso algún best-seller para pasar el tiempo en el andén de una estación camino del trabajo, algo ligero para pasar el rato entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio.
     En el reino de la mediocridad postmoderna, el vacío cultural es un reflejo del hastío de nuestras vidas. Que se nos acuse de apocalípticos no es algo que nos deba preocupar, porque cuando lo que está en juego es la esencia del ser humano no valen términos medios. Recordemos el escenario que nos pintaba Bradbury en Fahrenheit 451. En esta distopía los bomberos se dedicaban a quemar libros. Los libros estaban prohibidos para proteger a la gente en su ignorancia consumista. Pero los libros no fueron prohibidos desde un principio, simplemente la gente dejó de interesarse por ellos, perdieron cualquier interés. ¿Para qué leer si tenían pantallas de televisión, drogas, deportes y toda clase de entretenimientos espectaculares? Leer significa pensar, pensar significa hacerse preguntas, hacerse preguntas significa no conocer todas las respuestas y no conocer todas las respuesta significa ser infeliz, pero esa infelicidad por no conocerlo todo es lo que nos hace ser humanos y, en el fondo, felices. El mundo de Fahrenheit 451 es el mundo de la (in)feliz ignorancia, de la estupidez encumbrada, del actuar no-actuando y del no-ser en el ser, por cuanto ese ser no puede serlo si se le enajena su capacidad para desarrollar un pensamiento autónomo. Es el engaño consumado: felicidad a base de drogas y falsas experiencias. ¿Cabe mayor estupidez? Pero es la realidad que vivimos: la vida falsificada. Nuestro mundo cada vez se parece más al que reflejó Bradbury, lo cual debería llevarnos a reflexionar.
Toda cultura es mediación © www.fodey.com     «Es posible que el realismo del siglo XIX no sea más que una respuesta a la enajenación de la realidad del mundo que provocaba el desarrollo capitalista»
(5). De hecho, podemos estar de acuerdo con la afirmación de que la cultura es en sí misma una mediación, «una ruptura entre el todo y sus partes, que van siendo progresivamente dominadas» (6). Siendo conscientes de esta realidad: que toda cultura es mediación; si hemos de elegir entre la mediación (aparentemente) no mediada —en la que todo es efímero y consumible y la Historia es una entelequia— de la postmodernidad, que no refleja sino el vacío más absoluto, y la mediación conscientemente mediada —que permite una mayor flexibilidad para subvertirla y superarla, por cuanto se halla siempre presente conscientemente— de la Modernidad, que recoge todo lo que antaño se llamaba cultura, no cabe duda que elegiremos ésta última. El arte y la cultura han sido superados, pero han sido superados por la NADA espectacular. Por tanto, en lugar de celebrarlo y ser partícipes de una inconsciencia suicida que sólo nos conduciría a la colaboración con la irracionalidad del sistema, debemos luchar por devolver al pensamiento al centro de la escena política. La recuperación del pensamiento como herramienta política debe ser una de las claves para superar la escisión vida-experiencia.

     «Llamamos pensamiento al nexo que constituye las formas de vida en un contexto inseparable, en forma-de-vida. No nos referimos con esto al ejercicio individual de un órgano o de una facultad psíquica, sino a una experiencia, un experimentum que tiene por objeto el carácter potencial de la vida y de la inteligencia humanas. Pensar no significa sólo ser afectados por esta o aquella cosa, por este o aquel contenido de pensamiento en acto, sino ser a la vez afectados por la propia receptividad, hacer la experiencia, en cada pensamiento, de una pura potencia de pensar» (7).

     La tarea del pensamiento es hoy más importante que nunca, por cuanto debe convertirse en potencia que dirija los esfuerzos unitarios para construir una alternativa sólida: «La intelectualidad, el pensamiento no son una forma de vida más junto a las otras en que se articulan la vida y la producción social, sino que son la potencia unitaria que constituye en ¿Leer para luchar? © Igor Kopelnitskyforma-de-vida a las múltiples formas de vida»
(8). El desdén por lo intelectual y lo cultural presente en gran parte de la crítica social debe ser superado, puesto que, en el período de barbarie en el que estamos inmersos, esa actitud anti-intelectualista sólo contribuye a afirmar la sinrazón de la época, la barbarie de la vacuidad de nuestras vidas y experiencias. Por tanto, frente a la (i)rrealidad espectacular, frente a la cultura de la imagen, de la televisión, de los videojuegos, de la publicidad omnipresente, se impone recuperar la razón, volver a la lectura, al pensamiento paciente y sereno, pero a la vez crítico y contundente. Las armas de la crítica son —no lo olvidemos— las armas del pensamiento, pues sólo en base al pensamiento se podrá construir una acción emancipadora. Leer para luchar y luchar para recuperar nuestra vida.


     Notas:

     1) Juan José Millás, “Clandestinos”, El País, 14 de octubre de 2005.
     2) Guy Debord, La sociedad del espectáculo.
     3) Theodor W. Adorno, Minima moralia: Reflexiones desde la vida dañada, Akal, Madrid, 2004, § 92, pp.146-7.
     4) Soledad Gallego-Díaz, “¿En qué año murió Julio Verne?”, El País, 14 de octubre de 2005.
     5) Theodor W. Adorno, “Lectura de Balzac”, Notas sobre la literatura, Akal, Madrid, 2003, p.145 y ss.
     6) John Zerzan, “Diccionario del nihilista”, Futuro primitivo y otros ensayos, Numa, Valencia, 2001, p. 122.
     7) Giorgio Agamben, “Forma-de-vida”, Medios sin fin. Notas sobre la política, Pre-Textos, Valencia, 2001, p. 18.
     8) Ibídem, p. 20.

 

 

 

 

 

 

 

EL ALEPH COMO UN VIAJERO INMÓVIL

 

por Bethsabe Ortega

 


El aleph como viajero inmóvil     Lo primero que hay para los veraneantes es el golpe en el rostro de la incertidumbre. No hay temor más legítimo para un estudiante que enfrentarse con el intelectual de otro mundo, porque el país, al igual que el mundo, está distribuido en regiones contenedoras de lo nunca visto: de la flora, la fauna y la gastronomía, de las calles, la fisonomía de la latitud y sus timbres locales, su lengua renombrada, el clima y en nuestro caso, la perspectiva del estudio. Yo, irreductible letróloga que soy, comencé mi viaje con Enriqueta Ochoa en los cuadros de Jalapa bajo la lluvia:

 

Llegué a tientas, con los ojos quemados
—pájaro de ceniza en desbandada—,
Jalapa fue ese mechón ardiendo
que cauterizó el gemido;
ese huésped que entró a iluminar la sombra,
ordenándome el verbo y el verano

 


     Sus palabras me consolaban bastante. Pasé algunas de las doce horas que tardé en arribar pensando en lo que anunciaba Enriqueta, sobre si «Jalapa sería el varón que desequilibraría el vaivén de mis temperaturas»… Y sí, lo fue casi inmediatamente. No con las voluptuosidades que la tierra caliente compromete, sino con la humedad que poseyó por días mi cuerpo y me llevó hasta el obsceno IMSS, casi sola, arremangada al patetismo de mi situación extraordinaria y mi fiebre que no se curó nunca con aspirinas, sino con más de sesenta pastillas, dos jarabes para la tos y la tristeza fina de mis blancos glúteos a causa de inyecciones inútiles.
     Y mientras sufría la desilusión de la lujuria venida a cuadro infeccioso grave, mi encomienda ya estaba dada: me cité con el doctor Barrientos en el ágora (como si no se tuvieran noticias de la Atenas jalapeña), para Borges eterno conocernos; yo esperaba a un hombre de la fisonomía de Sófocles o algo así, pero encontré a uno muy sencillo pero de buen gusto y algo metódico. En primera instancia planteé yo la propuesta, pero no había posibilidad de un proyecto mío, la orden era clara de la academia «viene a conocer cómo es, cómo funciona, cuáles son los lineamientos, todas las posibilidades de acceso, los procesos mentales del asunto literario, la investigación y sus actores involucrados», entonces nos adaptamos a eso. El ejemplo nació del cruce de los gustos: Borges, con su maravilloso texto El Aleph.
     Yo, ingenua que soy por naturaleza, creí que el trabajo sería muy breve y sencillo: la lectura de unas 400 páginas, el comentario oral y a continuación una siguiente etapa. Pero yo no entendí dónde residía la brillantez del juego sino casi al final. Me pareció por semanas un trabajo fracturado y un viaje largo e infructuoso. No dejaba la comparación de mi estancia el verano pasado con el doctor Hurtado Heras, las charlas infinitas, todo el tiempo lo pasamos juntos, hasta el vínculo íntimo con la literatura. He de confesar aquí que por su culpa comencé una relación amorosa con Alejo Carpentier (novelista cubano —¡extraordinario!—) que terminó tristísimo (él está muerto), pero inmediatamente me repuse y me fui a todo lo extenso de la palabra placer que tiene Gonzalo Rojas (poeta chileno —¡sublime!—) para mí.
     Pero esperé. Esperé con lo que me parecían instrucciones falsas. Entablé un extraño presentimiento al estilo de La muerte y la brújula con Barrientos y el peligro de mi vida me pareció latente. Lamenté entonces no haberme asegurado por una suma considerable para la reposición de la angustia de mi madre (porque así son las madres). Cuando fueron insoportables los pensamientos, me dediqué a la evasión: me dediqué al asunto poético, logré un poema sin nombre, que tal vez denomine póngale usted el nombre que quiera y se lo regalé a uno que quiso ser el padre putativo de mi huerfanito; además está el asunto de la tesis (o sea, la punzada inquisidora). Se me echó el tiempo encima. Hubo mucho tiempo: tiempo para los museos, los otros veraneantes, el amor de los marineros que besan y se van, para mirar el calendario, extrañar lo que no vino conmigo, para los menesteres de la mudaza, tiempo para la amistad efímera y ocasional, tiempos de y para la poesía, para admirar a Maples Arce en todo su estridentismo: en su monumento sin cuerpo y sin busto, tiempo para comer atún (me harté de ese tiempo), tiempo para los líos en la biblioteca (remítase al apéndice epistolar inciso “r”, cartas a rectoría y entérese de los trapitos sucios)… hubo tiempo para todo.
La lectura de "El Aleph" y sus alrededores     Pasaron las semanas y yo estaba en lo mismo, la lectura de El Aleph y sus alrededores. Y era la lectura con mayúscula porque yo estaba emocionada, la investigación de una fuente te lleva a otra (lo genético del objeto literario que acaece y se hace libro y voz siempre) y yo con otra y otra lectura. Me di cuenta entonces de que las fichas que había comprado se habían convertido en trampas mortales en mi habitación, porque para ir de un lado a otro, incluso, cualquier movimiento, por mínimo que fuera, había que dar saltitos, para no maltratarlas ni desordenarlas. Me dormí algunas veces con ellas, parecían fichas de memorama, las nombré mi aleph de El Aleph privado.
     Dejé para entonces, el sosiego de la muerte y entendí el pensamiento del doctor Barrientos, vi su estrategia directamente, me sentí casi Borges al principio (quién me oyera) asustada y tonta buscando un hilo negro de todo lo literario: él me hizo acostar en el piso de baldosas y fijar los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. A los pocos minutos vi el Aleph, contemplé primero lo que vio Borges:
     Vi a Lovecraft con su lámpara de Alhazred. Vi cuando Borges lo leía. Vi cuando Borges comenzó a reírse y recontó el cuento con una mejor estrategia ahorrándose palabras. También vi a Norah Lange encarnando a Beatriz Viterbo, mujer real a la que Borges juró amor incluso después de muerta; en el texto, fue primero su muerte y ahí su existencia. Vi la relación que ésta mantenía con otro Oliverio Girondo (el que fue su marido y enemigo de Borges) y que éstos, a su vez, con un tercero anarquista de izquierda y poeta mezquino, que le saludaba con ironía cada mañana en el periódico que no era otro sino Pablo Neruda.
     Luego, dejé de ver lo que vio Borges y con mis propios ojos vi. Vi lo que queda de Borges en su tumba diciendo que sí. Vi lo que queda de Neruda haciendo su mueca altiva. Vi todos los papelitos con notas e ideas regadas en mi habitación sobre el tema, listas para el ensayo. Vi el peso de la estrategia discursiva que tendría que usar, la claridad del lenguaje. Vi la eficacia, todo lo logrado de la ciencia y los estudios literarios. Vi el estudio intrínseco de la literatura, en el seno mismo de la naturaleza literaria. Vi las formas de ficción narrativa.
     Inmediatamente, busqué en mi aleph de El Aleph privado y vi: vi que Bloom ya había anunciado, que la risa de Borges tenía un referente y ése era Neruda. Vi que James Irby en una entrevista a Borges dejó entrever que lo sabía, pero no lo dijo. Vi a Alifano cuando reveló la relación entre estos casi antagonistas. Vi a Barrientos observando la consumación de la venganza de Borges a través del ninguneo americano cuando lo juzgó de loco.
Borges en el centro de la obsesión      Para entonces El Aleph ya me había contado cosas con mayor exactitud. Me mostró a Neruda como el viajero inmóvil que profetizó Emir Rodríguez Monegal sin saberlo.
     Vi también a los lectores caer inocentes, contemplando El Aleph y, parecerles que nada de eso ya nos puede sorprender ni la redondez de la Tierra de Neruda, ni el copión magnifico que desprende de sí mismo en la lectura, toma la intuición y la fuga de lo poético, ni la reescritura de Borges, nada, nada, ya nada.
     En aquel momento el doctor Barrientos ocupaba el escalón más alto y dijimos al unísono ¡formidable! Así sorprendidos nos fuimos felices. Ayer mismo sostuvimos lo que será nuestra penúltima charla dentro del verano y fue totalmente directo (yo dejé entonces de confundir sus características con las de personajes de Borges) y con nuestras alas sólo revolvimos el aire de otra tapatía en el ejemplo. No para la burla ni el señalamiento, sino en la alegoría que la rodea y su circunstancia. Intercambiamos, de hecho, el anecdotario, para entrever las diferencias y las exigencias que actualmente la crítica necesita para elaborar el texto.
     Primero vamos por la intriga de la primera línea a lo Cortázar, lo Rulfo, lo García Márquez, lo Onetti, para emprender el texto de divulgación científica o el comentario del análisis de la misma manera que un cuento o novela. Posteriormente discriminar y jerarquizar las ideas, lo indispensable, lo esencial para confeccionar.
     El doctor justificó la sencillez y la claridad al desacreditar el lenguaje enrarecido y artificial del tecnicismo para la redacción. Este punto me parece clave y quiero agregar una nota. Llevo más de cinco años siendo promotora cultural y mi compromiso es sólo con la palabra porque para ella vivo y de ella quiero vivir. El reto entonces no es la creación de poetas (para eso se pueden ir a la escuela de escritores y salir con su libro en la mano y un diploma certificado), el reto es buscar lectores. El acercamiento cálido es el tono, es lo amable que la palabra busca para ser oída por muchos más. Particularmente ha sido este un grave conflicto mío, tanto en lo poético, como en el ejercicio riguroso de lo científico. El doctor Hurtado Heras me lo mostró el verano pasado, pero el doctor Barrientos me lo reveló. Yo había oído cantar a las sirenas, pero éstas no cantaban para mí.
     Además, Barrientos me mostró el sentido de su experiencia, lo que llamo el ADN literario: no sólo mi poema se guarda en un cajón por largos periodos, todo lo escrito se trabaja, se compromete, se expone, hay que El poema que Borges nunca escribiódar rigor al hábito en varias etapas que den concordancia y lucidez al ejercicio del profesional de las letras.
     Finalmente me recomendó lo debido, hay que echar al vuelo el texto de cualquier índole y en todos los medios (claro que donde paguen siempre será mejor) pero estar en la búsqueda, procurar a la publicación y el intercambio con otros estudiosos e investigadores.
     Esta ha sido la más jugosa de nuestras entrevistas. Llegué con la urgencia (después de pasar la pista de 3x3 ³ de obstáculosnotaideachascarrillo que inundaban mi habitación) para recrear la charla y escribir un esquema torpe de lo que me pareció más importante. Me puse feliz y salté varias veces en la cama, después de todo (dejo la casa mañana) y yo encontraría cualquier cosa en mi Aleph de El Aleph, todo en el mismo punto sin superposición y sin transposición. El mismo Barrientos andaría extraviado por ahí, ya en mi mente, ya en mi mano, ya en mis recuerdos, pero ahí, conmigo, hasta el próximo verano donde lo cedería a otro (a) (os) (as) para que lo conocieran y se angustiaran también, nunca como yo, sino en su cuadro propio.
     Así me iré entonces a Guadalajara diciendo, soñando, recordando o reflexionando (tendré aún los estragos de El Aleph) sobre lo que dijo Enriqueta:

 

Jalapa fue algo más de lo que dije.
Bajo la piel me traje su aroma de humedad,
el rumor de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

LA HOJA EN BLANCO Y EL BLANCO DE LA HOJA

 

por Ernesto Fernando Iancilevich

 

     La hoja en blanco, en cuanto expresión física, remite a esta otra, de índole metafísica: blanco de la hoja. Decimos blanco y lo atribuimos a la hoja, tal como si fuera ella su capacidad esencial, esto es, albergar lo abierto, lo vacío.
     Es aquel ámbito (el de lo abierto, lo vacío) en el cual propiamente se inscribirá la letra. El diseño gráfico de la letra y el designio espiritual de las palabras esperan proyectarse en el ámbito de lo blanco que yace en la Desconocido © Ángel Gómez Espadahoja.
     El blanco —cosmos indiviso— es completitud y, a la vez, vacío. La letra descubre tonos, matices, inventa colores a partir de su dibujo. Sin dudas, esta experiencia es compleja, su expresión incompleta: versión pública de una visión secreta. El dibujo es abstracción, el color concreción. La letra abstracta funda la concreción del color: idea que busca realidad, imagen que se afirma en la idea. Blanco de la hoja es vacío que promete, silencio que llama, ausencia que augura sus formas.
     Las palabras traducen la singular capacidad que tiene el ser para habitar lo no manifestado, y la compleja universalidad del no ser para hospedar la existencia. En esta situación, el escritor, abierto a la hoja en blanco, entre lo vacío y lo completo, entre el no en que todo se afirma y el sí en que nada se pierde, entregado como un puente entre lo ausente y lo presente, permite que el misterio hable, diga su palabra. Desde su oficio, hecho de extrañeza, y no de otra cosa, sirve al lenguaje, con la alegre servidumbre de quien imagina, en su obediente entrega, aunque sin comprender del todo, el tutelaje magistral de lo desconocido.

 

 

 

 

 

 

 

EL TALENTO LITERARIO DE J. M. COETZEE


por José María Pozuelo Yvancos

 

 

Coetzee: talento literario     J. M. Coetzee es uno de esos escritores donde tiene sentido la pregunta sobre el talento literario, sobre la genialidad. Es algo más y algo diferente a escribir bien. Es uno de esos escritores que te hacen volver a la vieja pregunta: ¿dónde reside el talento?, cuestión que tiene difícil explicación. Es muy fácil detectar su ausencia, enseguida se ve cuándo un escritor no tiene recorrido, y en algunos como el que nos ocupa, también su presencia se detecta pronto.
     Me propongo dar cuenta de algunas de las razones por las que la literatura de Coetzee es distinta, y florece en ella el talento. Me centraré, cuando se trate de explicar o citar algo concreto, en una de sus obras más conocidas, pero también definitivas: la titulada Desgracia, aparecida en inglés en 1999 (citaré por la traducción de Martínez- Lage, en DeBolsillo, 2002). He elegido también esa obra porque fue un regalo que me hizo Bernar Freiría. Regalar un buen libro es un gesto de verdadera distinción.
     Lo primero que destaca en Coetzee es la contención. Es un privilegio del genio: decir mucho en poco, como si no hiciese falta desarrollar más, como si sobraran las palabras. La suya es una literatura de pocas palabras, muchas menos que significado. Es curioso que en literatura haya que celebrar la economía de lenguaje. Pero ahí radica lo que más me gusta de su estilo. Este rasgo se edifica sobre la elipsis. Es una figura grandiosa: porque es un homenaje al lector. Es el lector quien elabora los muchos significados que laten implícitos en una escena. Los descubre, los supone, y ejercita de ese modo el rango más excelso de toda hermenéutica: dejar que sea el intérprete quien cierre el arco del significado. Además es un "Desgracia"rasgo de la inteligencia, que camina en sentido inverso al de la cultura de los media, la contemporánea, y la que resulta antípoda respecto al libro. Esa cultura lo ofrece todo, te da muchas imágenes, te lo hace todo explicito, te da más imágenes y sonidos que significado.
     Por eso, por estar situado con su peculiar economía en los antípodas de lo que predomina hoy, pero dar campo para el desarrollo de la inteligencia de quien los recibe, sus palabras gustan sobre todo a quienes ya han sido y son buenos lectores. No les molesta interpretar, poner de su parte, no les molesta el silencio, no padecen con el sentido escondido, les gusta precisamente porque está escondido. En Desgracia por ejemplo hay todo un mundo de recelos raciales, de amenazas latentes, de dos personajes que centran dos civilizaciones, una la del dominio blanco, ya a punto de extinguirse, otra la de los nuevos señores. Nada está declarado de modo abierto. Se podría decir que el protagonista se resiste a vivir bajo ese latente cambio de poder. Su hija sin embargo ha comprendido que le toca sucumbir a él. Este conflicto puede estar en una escena dialogada, en las medias palabras con que Petrus y David se están diciendo todo.
     Junto a esta lucha de dos mundos, hay otra gran elipsis que cruza toda la novela: el mundo de incomprensión de padres e hijos, pero que es de pasado y de futuro. Fijémonos en las palabras de David en un determinado momento: «Yo no sé cuál es la cuestión. Es como si entre la generación de Lucy y la mía hubiera caído un telón impenetrable. Y yo no me di cuenta de cuándo calló» (p.160).
     La habilidad de Coetzee ha sido hacer un tránsito no declarado entre las dos grandes batallas, la del nuevo poder y la generacional, y darlas simultáneamente. David pertenece a una cultura que ya es pasado, que se "La mancha humana" de Philip Rothaviene mal al poder de Petrus, como se aviene mal en la Universidad a esa fiebre de la corrección política (por cierto, Roth ha dado otra excelente novela sobre el asunto, la titulada La mancha humana).
     Esto que digo me lleva al otro gran rasgo que quería poner sobre la mesa para explicaros mi pasión por Coetzee: que no está en un lugar de discurso definido. Ni fácil. Lo más fácil habría sido callar, mirar a otro lado, hablar de la Nueva Sudáfrica como el momento histórico de la gran oportunidad, cuando ya no hay conflicto. Coetzee hace lo contrario. En vez de plegarse al discurso esperable, celebratorio, enfrenta a sus personajes a la dura realidad, y está significando con esta lucha entre granjeros, todos los conflictos, que todavía están latentes, que se mueven en el terreno nada fácil de la amenaza no dicha, pero existente... entre blancos y negros en la nueva Sudáfrica.
     Y luego están, por fin, los dos rasgos de lenguaje que me parecen reinar en Coetzee: el discurso indirecto libre, que maneja con una maestría insólita, y las metonimias, donde es rey. Diré para finalizar un poco de ambos rasgos.
     Dice el narrador de David:
     «No es que se sienta orgulloso: es un prejuicio que se ha hecho sitio en su ánimo, que se ha instalado en él. Su ánimo se ha tronado un refugio para los pensamientos viejos, vagos, indigentes, que no tienen otro sitio al que ir. Debería echarlos de ahí a patadas, limpiar todo le recinto. Pero no se toma esa molestia, al menos no con la seriedad suficiente» (p.94).
     Es muy representativo del fluir interior de la novela, que va del personaje al narrador. Si nos damos cuenta en este párrafo se funden. Este gran logro del discurso interior albergado en el exterior y ese trasvase al narrador de lo que es del personaje, provoca un peculiar estilo en el que vemos eso, que el ánimo es un refugio para pensamientos vagos, indigentes, «que no Original de "Desgracia"deberían estar ahí», pero están, proporcionando al discurso un ejercicio de enorme relieve, que constantemente va de fuera a adentro.
     Cerraré aludiendo al uso formidable de la metonimia, ese territorio de la asociación por contigüidad, por enlace que el lector hace entre dos territorios. Desgracia ha manejado de modo soberbio la metonimia animal, la de los perros. Toda la historia está presidida por escenas de abandonos de perros, de fiereza, de indigencia, de una violencia resuelta finalmente a tiros, son metonimias que lanzan su significado a la sustitución: inevitablemente el lector está llamado a realizar el tropo, en el que el temor, la fiereza, el naturalismo de pasiones y de odios recuerde al hombre que su lucha por el territorio y la comida («somos muchos y los objetos son pocos» viene a decir la novela) vuelva a lo primitivo, la naturaleza que ve desatar toda su fuerza, con una fiereza que creíamos desterrada por eso otro que llamamos civilización.