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José Andújar Almansa
(Enero, 2002)
LEO
EN UN POEMA de Emily Dickinson, que hay pasadizos en el propio cerebro
que resultan más aterradores e inquietantes que cualquier mansión
encantada. Eso, dicho por alguien que pasó gran parte de su vida
recluida en una habitación de la casa de sus padres en Amherst,
no puede menos que sobrecogernos. Los fantasmas extraños no incomodan
más que el huésped helado con el que tropezamos dentro.
La conciencia herida, las indagaciones desoladas, la lucidez abrumadora
resultan el inquilino habitual que ronda, igual que cuartos vacíos,
los poemas de Emily Dickinson. Es el horror de la propia identidad: How
dreary —to be— somebody!. Lo descubrió antes que
casi nadie, acostumbrándonos a la tarea ingrata de tropezar con
los recodos de lo subjetivo. Ella misma fue una especie de solitario y
silencioso fantasma si alcanzamos a imaginarla en los últimos veinte
años de su vida, recorriendo —invariablemente vestida de
blanco— las estancias familiares y el apacible jardín de
los Dickinson. Solicitud o cortesía: no se sale de casa si se tienen
invitados: The soul that hath a guest. Quien cierra así
su puerta ya no está para nadie. Lo dejaría anotado a propósito
en una carta de 1864, rehusando cualquier otra distracción social:
No he podido ir, pero trabajo en mi prisión y soy huésped
de mí misma.
¿Fue su naturaleza un refugio sólido,
acogedor para un espíritu tal, según asegura la autora en
otro verso? Por alguna razón, uno se detiene en sus retratos más
conocidos y piensa de inmediato en la fragilidad. Pero resulta difícil,
sin embargo, intuir un íntimo convencimiento lírico, una
certeza interior tan inquebrantable como la suya. Como la alondra diseccionada
de su famoso poema, uno imagina ese interior, bulbo tras bulbo ahondado
en el ensueño, revestido de una secreta armonía. La poesía
ahormó su vida, moldeó el ritmo de sus pasos, pero fue también
una respuesta fisiológica necesitada de ocupar un lugar entre las
otras realidades de su mundo. Por este motivo no acertó a definirla
de otro modo, salvo con palabras que suenan como un disparo: Si tengo
la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos,
sé que eso es poesía. Sin duda era a eso a lo que se
refería su mentor, Thomas Wentworth Higginson, una de las poquísimas
personas a quien la poeta confió sus escritos. Después de
cincuenta años de trato continuo con ellos, confesaba su absoluto
desconcierto, afirmando: Ella se me escapa y hasta hoy me encuentro
aturdido ante semejantes poemas. La nuestra sigue siendo una reacción
parecida, aunque con matices distintos. Pese a vivir y morir como escritora
en el más absoluto de los anonimatos, estamos seguros ahora de
asignarle un lugar dentro de la literatura, pero no podríamos precisar
qué es lo que pulsa el resorte de tan profundo estremecimiento,
qué puertas han sido abiertas para comunicarnos de esta manera
con la delicadeza y el misterio.
A
pesar de sus amores desdichados y secretos (un empleado del bufete jurídico
paterno y un pastor presbiteriano), Emily Dickinson, al igual que Keats,
anduvo siempre un poco enamorada de la muerte. En algunos de sus mejores
poemas, la autora parece invertir parte de sus preocupaciones y pensamientos
en llegar a entenderla, en acostumbrarse a lo Oscuro. Así quiso
denominar lo que suponemos una larga y deliberada meditación que
comienza mucho más allá del miedo a la propia finitud. Morir
no lleva tiempo ni duele tanto, se nos susurra en la música de
un verso (To die —takes just a little while— / They say
it doesn’t hurt). Al contrario del Cernuda de «Apología
pro vita sua», quien sin duda la leyó, Emily Dickinson pensó
que tomarse el trabajo de vivir resultaba un asunto mucho más doloroso.
Sobre todo porque carecemos casi siempre de respuesta apropiada para el
dolor. Quiso que la muerte fuera, por tanto, su misterio y su secreto,
igual que un apetecible licor oscuro. Lo que queda al otro lado de la
puerta, pero también la habitación contigua que comunica
con el recuerdo y la presencia de los amados desaparecidos, de los familiares
ausentes, de los vecinos y aldeanos que duermen bajo los campos y el estrépito
de carros en los días de cosecha de Nueva Inglaterra. Tentada por
lo memorable de aquel sueño (A long —long sleep—
A famous sleep), Emily Dickinson nos conmueve con la sutileza de
una voz capaz de sostener en vilo ese frágil equilibrio que representa
siempre toda plenitud amenazada. En su caso, la presencia de un mundo
(el huerto, las rosas, las abejas, el petirrojo, las colinas encendidas
por el sol de la tarde) que, en su íntima comprensión, hace
más inmediato la lejana melodía de la muerte.
También como Keats, hizo hermanos
a la verdad y la belleza, aunque fuera en los límites estrechos
de una tumba, según leemos en uno de sus poemas más sorprendentes.
Pero antes aún que sonara esa música para ella, a la poeta
Emily Dickinson la soledad la escogió como compañía
doméstica en las habitaciones de toda una vida. Junto al cajón
de la cómoda abierto, con las ropas que usaron los antepasados,
junto al daguerrotipo del reverendo Charles Wadsworth, junto al espejo
hecho añicos, la poesía acude al rescate del yo en los rostros
que devuelve la escritura, igual que devuelve el mar sus ahogados. Una
vez dijo que ser poeta significaba sacar una esencia infinita de todas
nuestras cosas que han de perecer, y manifestó la paradoja
de esa pobreza sin fin. No sabemos si imaginó una vida
distinta, pero no tuvo ni quiso otro destino. Nos regaló un tesoro
de palabras.
(Febrero, 2002)
LA
MUERTE invitada a un desayuno en que se habla de amigos desaparecidos.
La certidumbre de que nadie pedirá ese desayuno a la mañana
siguiente. Un teléfono que suena con desesperación en medio
de la noche, un teléfono de niebla que se descuelga para hacer
una llamada que al final nunca se hace. Un hombre y una mujer que se besan
en un desolado cuarto de hotel, que se aman en el caluroso camarote de
un barco o ante un panorama de tumbas y polvo de siglos. Caballos sin
jinetes que galopan entre el polvo y la ceniza. Un perro que aúlla
en la oscuridad de agosto. Un rostro que no reflejan ya los espejos. Un
libro en que se borran la tinta y el trazo de una firma, igual que se
deshace la tarde o un rastro de vida perdido. Un sueño que se repite
terco como repite una voz las palabras de un muerto.
He aquí el mundo poético de
Juan Luis Panero: retratado (rebobinado) en todas sus escenas y en todos
sus escenarios. Hace ya casi dos décadas que uno descubrió
con fascinación a Panero, lo leyó en un febrero académico
y taciturno, paseando su desasosiego lleno de impregnaciones melancólicas
por los pasillos de la facultad de letras de Granada. Lo releo ahora estos
días, en un febrero aproximado y otro, en que me toca presentar
una lectura suya en Almería. Sus libros me siguen resultando familiares
porque creo reconocer el mecanismo que los arma por dentro, algo así
como interpretar un perfecto manual de instrucciones de uso de la ruleta
rusa, o bien, como el autor ha querido precisar, unos juegos reunidos
para aplazar la muerte.
A simple vista, un lector distraído
de Panero pudiera pensar que los poemas necesitan refugiarse en el prestigio
culturalista de geografías y nombres propios, en la desordenada
enumeración de experiencias y personajes, de ciudades y cuerpos
entrevistos, de épocas y estampas de la historia que los haga de
un paladar más sonoro. Pero en realidad pronto comprende que todo
ese tintineo cosmopolita no es sino la metáfora puesta ahí
para abrirle la puerta a la poesía y cerrarla otra vez tras de
sí, dejándonos ante el ensimismado espectáculo de
un solitario ajuste de cuentas personal. Un recuento de plenitudes y desapariciones,
de espectrales realidades y desoladora lucidez que representa el único
argumento posible en la poesía de Juan Luis Panero.
Londres, Nueva York, México, Venecia,
Sevilla, París, Roma, Bogotá... Cabe preguntarse si el personaje
que transita por los poemas de Panero ha estado realmente en esas ciudades,
si ha logrado habitarlas de algún modo, hacer que éstas
tomen cuerpo en sus palabras, al margen de la desolada impresión
de solitarios cuartos de hotel, con el tiempo todos más o menos
parecidos... Y sin embargo es ahí, en esa dolorida habitación
de la conciencia, donde transcurren sin duda los más veraces e
intensos poemas de Panero.
(Septiembre,
2004)
TAL
DÍA como hoy, hace ahora 65 años, comenzaba en Europa la
segunda guerra mundial, el acontecimiento que marcaría definitivamente
el rostro del pasado siglo, con todos sus estigmas y todas sus cicatrices.
Es lamentable que la razón de los mapas y de los calendarios deba
dirimirlos siempre una guerra, pero los hechos resultan obstinados de
por sí, y dentro de unos días se nos recordará de
nuevo, que otra guerra (y con ella otro siglo) parece haber surgido, casi
como metáfora suya, bajo las ruinas de unos rascacielos en Manhattan,
inclinada como todas a convertir esos escombros en derrumbaderos de la
historia.
Pienso en la guerra y pienso en Celine,
a quien releo estos días. Si las guerras activan la pura provisionalidad
de un presente para instalarse en las habitaciones de la realidad y tocar
a todas sus puertas, ese redoble de conciencia nunca sonó tan brutal
y desalentador como en las páginas de Viaje al fin de la noche,
nunca tan atroz y repulsivo como en ese panfleto antisemita que es Bagatelas
para una matanza. Tuvo que ser alguien como Celine, encarnación
misma de la esquizofrenia de la historia, y en las antípodas de
lo que hoy entendemos como pensamiento progresista o políticamente
correcto (quiero pensar que no son siempre lo mismo) quien nos hiciera
comprender el verdadero teatro trágico de los acontecimientos,
el horror capaz de diluir la amable nostalgia del pasado y los sueños
optimistas del futuro en los sumideros de la pesadilla.
En Celine, que en los días finales
del conflicto asoció su suerte a la de los verdugos nazis y el
gobierno de Vichy, como médico de una colonia de refugiados colaboracionistas,
según nos cuenta en De un castillo a otro, puede sorprender
su fascinación por el mal, pero la música de fondo es siempre
la misma, es la de su siglo. Frente al desierto de la existencia, frente
al profundo malestar y desasosiego que revela en última instancia
esa pose de ennui o desesperación, la conciencia herida
apuesta por idear una subjetividad que interprete de un modo distinto
sus relaciones con la biografía y con el mundo. Absolutamente convencido
de que no se puede llegar más lejos, de que de nada sirven los
pretextos de la literatura, Celine nos invita a confundir el spleen
de la historia con el gotear ácido de su melancolía, los
diversos rostros del vacío con la intensidad de un vitalismo y
una sensualidad feroz.
Celine, que no creía en casi nada,
tampoco hubiera creído hoy en la bufonada de la guerra preventiva
o en causas santas de fanáticos iluminados. Pero sobre todo seguiría
detestando, como detestó en su tiempo, eso que ahora se ha dado
en llamar el pensamiento débil, algo que no debe hacernos
necesariamente débiles
de pensamiento. De su experiencia atroz algo podemos aprender. Como quien
juega con fuego, como quien mira obsesivamente al sol, se había
cegado en la contemplación de la crueldad y se sintió deslumbrado
por ella. Por eso acabó aullando el exterminio de todos contra
todos, como ajuste de cuentas último. Nos mostró el verdadero
rostro de la guerra, asomado a los campos de batalla y a los despachos
de los templos y los minaretes: no la Muerte a crédito,
del título de una de sus novelas, sino el puro abismo contante
y sonante.
(Febrero, 2005)
ACABA
de aparecer estos días la edición de los diarios completos
de Carlos Edmundo de Ory. Dispersos, curiosos, iluminadores, siempre sorprendentes
por insólitos, se nos muestran estos tres volúmenes (con
las cubiertas de un azul simbólico y esencial) en que se recogen
los incontables cuadernos donde el autor ha venido anotando, de manera
apasionada y con alucinado rigor, la entera realidad por él vivida
y pensada entre 1944 y 2000.
Sobre la obra de Carlos Edmundo de Ory,
una de las más originales del último medio siglo, parece
haber caído un espeso manto de silencio. Ha habido que esperar
cerca de 40 años para que empezara a divulgarse en libros y antologías.
Hasta entonces, y aún mucho después, ha bastado con repetirse
en la anécdota y en el lugar común del postista, del maldito,
del genio, del loco... Deslumbrados por la aureola del personaje, los
que se han acercado a él, cuando lo han hecho, se han limitado
a destacar su condición excéntrica, en el doble
sentido de la palabra, olvidando ese algo más esencial y verdadero
que nutre cada uno de sus versos.
Aquel manifiesto del postismo, suscrito
junto a Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi, en aquel inhóspito,
aún más frío enero madrileño y europeo de
1945, vendría a romper el elemental bipartidismo de la poesía
española del momento entre arraigados y desarraigados, decretado
un año antes con la publicación de Hijos de la ira
y Sombra del paraíso. Desde entonces arrinconar a Ory
en ese episodio anecdótico del postismo ha sido un hecho mostrenco,
entre otras cosas porque resulta mucho más cómodo refugiarse
en los decorados del malditismo que modificar el escenario de la ortodoxia
académica.
Pero, pese a la innegable audacia que, visto desde la perspectiva actual,
tuvo que representar una propuesta vanguardista de esa índole en
el enrarecido ambiente literario español de la posguerra (la verdad
es que uno, cuando ve a Ory, está por preguntarse qué hacía
un poeta como él en un Madrid como ese de 1945) no podemos considerar
aquella aventura juvenil en absoluto definitoria de lo que ha significado
el discurrir de su obra a lo largo de este último medio siglo.
Yo diría que la dinamita y los fuegos de artificio del postismo
rozan apenas lo que supone una compleja y riquísima personalidad
literaria, forjada, antes que en ninguna otra vanguardia, en la tradición
del surrealismo.
Más que una escuela, más que
una subversión vital o una rebelión estética, el
surrealismo fue para Ory una tentativa de encarnación de la poesía
en la vida. Fue también la búsqueda de una forma en el sentido
que le daría Mallarmé y que nos explica Roberto Calasso:
la forma como «fondo que está debajo de todo fondo».
Por eso el neosurrealismo de muchos textos del ciclo de Soneto vivo,
de Los poemas de 1944 o de Técnica y llanto abren
un puente con el mundo subterráneo de las visiones oníricas
y la imaginación como instrumentos para revelar una oculta realidad
espiritual. La imaginación: «esa esponja del Infinito»,
como la ha denominado Ory en uno de sus turbadores aforismos que él
prefiere llamar aerolitos.
Si el surrealismo señala la punta
de iceberg de una importante y sumergida tradición, la obra poética
de Carlos Edmundo de Ory representa una inmersión y una búsqueda
llevada hasta sus últimas consecuencias. En su libro Los hijos
del limo, Octavio Paz supo advertir que lo que distingue a los grandes
poetas de las vanguardias sería su afán por remontar la
corriente de la tradición, sus aguas a trechos sosegadas o turbulentas,
hasta llegar a la fuente, al origen de la poesía moderna de occidente:
el romanticismo alemán. En una anotación de su Diario
en 1949 oímos afirmar a Ory: «Yo parto del romanticismo germano
y universal. De la idea teórica y activa del espíritu libre.
Del ansia de infinito. Del amor eterno y de la eterna inestabilidad amorosa
de la vida terrena […] Mi poesía parte del hombre humano.
De la nostalgia y de la angustia, y aspira a ser escuchada por Dios. Yo
soy todo anhelo». No sé si resulta conveniente que los poetas
se paren a preguntarse por la verdad, en todo caso no debieran hacerlo
si no es en presencia de sus abogados. Pero en Carlos Edmundo de Ory,
las máscaras del vanguardista, la música del lobo, las voces
del payaso, del loco, del solista proscrito, del rey de las ruinas, la
imagen de la esfinge o del vocero del silencio, tantas veces pregonada
en sus poemas o en sus aerolitos, nos hablan no sólo de una solitaria
incomprensión, sino también de un orgullo estético
que se funda en el quebrantamiento de leyes vitales y lingüísticas.
Lectura de Carlos Edmundo en Almería...
Oyéndolo, se diría que muy pocos poetas actuales se atreven
o sienten esa necesidad de restituir el sentido sagrado a las palabras
de la tribu, como ocurre con el autor de Música de lobo.
Poéticas al margen, son también pocos los que nos hacen
sentir hoy ese estremecimiento, esa sacudida casi fisiológica mediante
la que reconocer (¿cómo si no?) a la poesía. A la
hora de la cena Carlos inventa juegos, abre brechas en la conversación,
traza secretas correspondencias (igual que si de una aguja magnética
se tratase) entre palabras, hilos de cosas, gestos, sutiles geometrías,
platos servidos a la mesa. Todo como filamentos dispersos. Como fosforescencias...
Decía Borges, en el prólogo
a su libro de poemas Los conjurados, que la belleza, como la
felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante,
en el paraíso. Se trata de una afirmación que resulta más
que posible si pienso en el poeta romántico William Blake, quien
a la edad de ocho años contempló
el prodigio de un árbol poblado de ángeles junto a su jardín.
Fue una visión recibida como un don y fue algo más: el convencimiento,
pocos años después, en los umbrales de la poesía
moderna, de que el camino que restituía esa percepción de
lo trascendente sólo era franqueable al tirar de los hilos de la
palabra lírica. Yo no sé si Carlos Edmundo de Ory gozó
alguna vez de una visión similar a la de Blake, pero en un poema
suyo de 1944 que leo ahora, nos habla de ángeles que lo espiaron
«sentados en los altos cipreses muy quietos». Claro que en
ese poema, que es uno de los que prefiero en Carlos Edmundo, se cruzan
también otras miradas, como las del diablo, los muertos o los gatos
melancólicos que deambulan por la calle. Como se ve, todos seres
solitarios y con poco trato con los hombres. Quizás como los propios
poetas, sobre todo si han optado por escoger caminos tan arriesgados,
tan entregados a la totalidad y tan absolutamente irreductibles como los
de Carlos Edmundo de Ory, perpetuo ángel extraviado, al que ni
siquiera los manuales de literatura perturban... Y basta ya… porque
tiene uno la incómoda sensación de estar desplumando a un
ángel.
(Enero, 2006)
CENA
con Tomás Segovia. Nos acompañan su mujer, Maria Luisa Capella,
y su cuñado Antonio, hijos también del exilio republicano
en México. En la conversación, salpicada por la amistad
y el recuerdo personal, van surgiendo, íntimos aunque lejanos,
los nombres de Ramón Gaya, Luis Cernuda, Concha Albornoz, Rafael
Dieste... protagonistas de aquella experiencia compartida que fue la de
las dos generaciones de exiliados españoles en México tras
la guerra civil. Los demás escuchamos absortos, casi persuadidos
de una nostalgia ajena. Hay lecciones, aunque discurran en el tono cómplice
de las confidencias y en la disposición poco solemne de los manteles,
que no se olvidan nunca, porque conceden a la historia un lugar en la
mesa, entre las palabras que testimonian una verdad vivida y una conversación
cordial.
La sola mención de Tomás Segovia
suele plantear a menudo la cuestión del exilio, un tema, sin embargo,
que pienso roza apenas su obra. Al fin y al cabo, Tomás pertenece
a lo que se ha llamado la generación
de los cachorros o de los niños del exilio; es decir, la de aquellos
niños que se formaron intelectual y vitalmente en los diversos
lugares de la diáspora, cuya experiencia es muy distinta de quienes
vivieron como adultos la guerra civil y que, con un fuerte sentimiento
de desarraigo, tuvieron que comenzar lejos una nueva vida. El propio Tomás
Segovia ha dicho sentirse desde muy temprano incómodo en la poesía
del exilio practicada por sus mayores. Incómodo porque resulta
difícil asumir el hecho de alimentarse de un pasado apenas conocido
y que otros reconstruyeron a partir de relatos de terceros.
No obstante, el lector que frecuente la
obra de Tomás Segovia se encontrará con el sentimiento de
un exilio que nada tiene que ver con todo lo anterior y que resulta consustancial
a su poesía; yo diría que resulta consustancial a la poesía
misma. Me refiero a esa idea, menos evidente pero igualmente palpable,
de descentramiento, de desarraigo —por emplear términos del
propio Tomás—, de extrañamiento y de marginalidad
frente a los discursos del poder, frente a «las palabras prostituidas
por los verdugos», que dijera Celan, y las trampas de un lenguaje
usurpado por las verdades oficiales. Comentaba otro hijo del destierro
como Luis Rius, al asumir esa experiencia de un doble exilio, que habían
sido como una isla lingüística rodeada de silencio por todas
partes. Ese silencio, aunque no lo diga Rius, no es sólo el de
la soledad y el de la exclusión, sino el que se alza también
frente a los vacíos de la retórica y la insustancialidad
de las verdades públicas. El rechazo de las palabras de la tribu,
que deja a todo poeta verdadero a la intemperie.
La poesía, cuando es esencial, resulta
siempre una indagación profunda y sostenida, la búsqueda
de un sentido que a menudo se ha exiliado. No es casualidad que la lírica
contemporánea haya nacido unida al doble acontecimiento de la desgarradura
del sujeto poético en la sociedad y a la necesidad de recobrar
el sentido verdadero de las palabras de la tribu. Asomada al paisaje inhóspito
de la modernidad, la mirada del poeta tuvo que aprender a distinguir las
formas del vacío, los conflictos de la desposesión y la
soledad, de la otredad erótica y de los cuerpos que no se repiten
en la aurora, de la errancia y el exilio. Ninguno de estos temas resulta
ajeno a la escritura de Tomás Segovia, quien ha tratado de indagar
en todo ello desde el lugar central que ocupa en su obra un libro como
Anagnórisis, y que además ha titulado Recobrar
el sentido (así, con toda su carga de profundidad semántica)
su más reciente colección de ensayos. Pero también
porque es común encontrarnos entre las páginas de su poesía
con títulos o expresiones como «Cuaderno del nómada»,
«Ser de intemperie», «El innombrado», «El
huérfano», «El extranjero», el «Meteco».
La
modernidad no fue solamente una mirada arrojada sobre el vacío
o las sombras del corazón, ha sido también un diálogo
solitario, extrañado, que el sujeto entabla muchas veces en la
fría lucidez de las habitaciones desiertas. Un «cuarto con
nadie adentro» había sido el espacio imaginado por Mallarmé
para su poema más enigmático, el célebre soneto en
-ix; un cuarto que se convierte en el espacio mismo de la poesía
y que hace del poeta un ser de descentramientos y desarraigos. Lo constató,
por ejemplo, en un poema como «Birds in the night», alguien
tan esencial y dolorosamente moderno como Cernuda, del que Tomás
Segovia resultó precisamente uno de sus primeros y mejores lectores
críticos. La falta de consenso con el mundo (por utilizar
otra expresión a cuenta de la casa) resulta la forma más
radical de extranjería, aquella que precipita al escritor a mantener
una relación difícil con su tiempo, una relación
llena de conflictos y de incomprensiones.
Exilio de todas las patrias: la de la geografía,
la de la lengua, la de los espacios míticos originarios. Exilios
del tiempo que nos expulsa de las regiones de la memoria, de los paraísos
íntimos perdidos, de aquel que fuimos. Exilio, finalmente, del
cuerpo amado, de la realidad tangible, corporal, del deseo. Y hago aquí
constar que el autor de Partición o de los Sonetos
Votivos me parece uno de los más intensos poetas amorosos
de la lírica española de este siglo. La honda palpitación
que la experiencia erótica irradia en el horizonte vital de esta
poesía es lo que convierte su ausencia precisamente en un doloroso
destierro. No existe más patria que la del cuerpo amado, más
bandera que la del deseo, himno más intenso que el de un gemido.
En un poema titulado «Souvenir»
nos dice el autor: «A solas en mi cuarto / Busco en la oscuridad
/ Un eco de tu nombre / Estoy de pie desnudo / Camino y siento esto /
Adentrarme desnudo en una sombra / Acogedora y ávida y a eso /
Yo lo he llamado siempre con tu nombre». La poesía de Tomás
Segovia nos habla también de ese vacío de la desposesión
erótica, nos transmite la imagen de un deseo que necesita convertir
en realidad mortal y rosa su infinito como la manera más esencial
de recobrar los sentidos de la vida.
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