SALVADOR ELIZONDO
El equilibrista del silencio
Alejandro Hermosilla
Sánchez
Escribo.
Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también
puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiéndome ya
y también viéndome que escribía. Y me veo recordando
que me veo escribir y me recuerdo viéndome escribir que recuerdo
haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba
haberme visto escribir que escribía y que escribía
que escribo que escribía. También puedo imaginarme
escribiendo que ya había escrito que me imaginaría
escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo
que me veo escribir que escribo.
Salvador Elizondo,
El grafógrafo |
Desgraciadamente,
el nombre de Salvador Elizondo (Ciudad de México, 1932-2006) sigue
siendo bastante desconocido en el mundo de la literatura universal y dentro
de la literatura hispanoamericana en particular, lo que no deja de redundar
en el vacío inmenso que su reciente muerte dejara en el mundo de
las letras mexicanas, hispánicas y de la cultura en general. Y
el caso es que muchos de los multitudinarios amantes de Borges y Cortázar
(autores con los que la obra de Elizondo posee muchas confluencias comunes)
así como tantos y tantos lectores repartidos por el mundo, se están
perdiendo a un escritor de primera categoría cuya figura el paso
de los años no dudará en resaltar hasta ubicarla en el trono
y puesto real que se merece: ser uno de los cinco mejores escritores mexicanos
de todo el siglo XX gracias a haber consolidado una obra arriesgada, esquiva,
grácil y dominada por un afán intempestuoso por la investigación
sobre los límites del lenguaje y la literatura que habría
de haberlo situado entre la pléyade de autores consagrados, admirados
y estudiados sin fin de la literatura hispanoamericana pre y post-boom.
Lo
que ocurre es que tanto el carácter como la obra de Salvador Elizondo
fueron tan inclasificables, tan difíciles de aprehender en un mundo
telúrico-mágico como el americano, sometido a todo tipo
de crisis y estallidos socio-políticos continuos y tan ardua y
costosa —por extemporánea— debió de ser la recepción
en Occidente de su obra plagada de matices europeos en cada uno de sus
poros que no resulta extraño que el destino de la misma, fuera
el de ser considerada una rara avis del tronco de la literatura
mexicana e hispanoamericana.
Definitivamente,
lo primero que llama la atención al acercarnos a su obra es el
dominio intrínseco del lenguaje que Elizondo poseyera, su capacidad
por llevarlo hasta el retorcimiento más insólito sin por
ello despojar al mismo de una fría y, en ocasiones, cálida
belleza que le permitían consolidar una estética literaria
caracterizada por una emoción contenida que asentía a una
conjugación, en apariencia aleatoria pero nada casual, de la forma
y el fondo de la historia que determinaba el asombro último que
todas sus narraciones —desde las más anecdóticas hasta
las trascendentales— poseen. Porque la estética de Salvador
Elizondo y la apuesta última de su arte literario era la de conseguir
y facilitar el surgimiento, el nacimiento de una escritura del “ahora”,
del instante, construida por y para ella misma, que doblegara a los
lectores y al propio artefacto narrativo ante la maravilla de observar
una obra de arte en la que tanto su andamiaje estructural como su módulo
temático y argumental se encontraran en presencia “abierta”
total de los lectores sin que esto les permitiera, sin embargo, aprehender
un significado completo de las misma. Asunto este último que lo
emparentaría con escritores de la talla de James Joyce o Paul Valéry,
de los que fue un exégeta consumado y reputado.
Precisamente,
como el crítico literario, excelente lector, ensayista y divulgador
cultural que fue, de lo que se benefició, en gran parte, su trabajo
como profesor titular en la UNAM, Elizondo ayudó a deshacer todo
tipo de confusiones respecto a la naturaleza, conformación y originalidad
de una obra como Ulises, a la que él, muy acertadamente,
no consideraba complicada en absoluto y, a su vez, fue de los pocos que
se atrevió a aventurarse en aquella vorágine lingüística
que fue el Finnegans wake, concedió claves para penetrar
en su lectura y señaló lo profundamente divertido, carnavalesco
e irónico del intento acometido por Joyce. Además, realizó
una excelsa y todavía no superada traducción del El
señor Teste de Paul Valéry cuya influencia sobre su
obra y persona fue suprema hasta el punto de que el mismo Elizondo pudo
llegar a contemplarse como un alter ego vital con un inequívoco
tono pessoano del personaje diseñado por el escritor francés,
involucrado únicamente en sus propias fobias, filiaciones y obsesiones
y preocupado por la creación simbólica de un lenguaje tan
perfecto como irreal. Pues lo cierto es que Salvador Elizondo se enfrentó
a la literatura como si se tratara de una partida de ajedrez infinita
en la que las fichas descompuestas y derrotadas en la batalla del intelecto
(el lenguaje), hubieran de volver a situarse una y otra vez sobre el tapiz
(la literatura) para recomenzar una nueva cruzada mental sin que los jugadores
tuvieran opción alguna para decidir sobre este hecho (escritor
y lector). Y es por ello que resulta estimulante, además de verdaderamente
gratificante y nada casual por su parte, que se enamorara de una obra
como El cementerio marino, cuyo máximo mérito era
el de transmitir un poso de misterio impenetrable y condensar todo un
hálito de belleza en su interior sin aspirar, como el mismo Valéry
declarara, a poseer significado alguno. ¿Para qué y por
qué la necesidad del significado?, se preguntaría Elizondo.
¿Acaso las algas marinas o las ramas frondosas de los árboles
poseen algún significado?
Sin
embargo, si es cierto que tanto el carácter utilitario de la literatura
como el de la vida nunca llegaron a interesarle, cometeríamos un
error si no atendiéramos a una de las facetas más destacadas
de todo su esfuerzo e impulso estético: la necesidad de destripar,
radiografiar, desestructurar y volver a ordenar el ritual del juego, en
este caso, literario y vital que, para él —concordando en
esto con Johan Huizinga— era el principal reducto junto al erotismo
a través del cual poder volver a la matriz ritual de las sociedades
modernas, como había descrito con rotundidad Georges Bataille,
de quien fue ferviente admirador y estudioso. Porque, sin duda, la obra
de Elizondo, por más que se regodee en conjugar en su aparato estético-narrativo
atributos más propios de las ciencias puras y logísticas
que de las artísticas, nace del asombro, de la perplejidad y de
la violencia sin freno que produce en el seno del hombre la instauración
definitiva de la sociedad industrial y su repetición que destierra
o entierra los ritos, tabúes y códices sagrados básicos
del ser humano en su inconsciente más profundo. Y es por su atenta
lectura, comprensión y desvelamiento del “eros” y el
lúdico juego vida-muerte que establecen las sociedades industriales
con los integrantes del amplio cuerpo social, así como por su origen
mexicano que le permite incidir y vincularse sin problemas con culturas
forjadas a través del rito, el tabú y el tótem sagrado
que, gracias a su sutil mirada, Elizondo pudo extraer los suficientes
elementos para componer gran parte de su narrativa que, desde Farabeuf
hasta El hipogeo secreto, realiza sin ambages una exploración
inmisericorde por la abrumadora composición de nuestras sociedades
modernas.
A
su vez, es gracias a su naturaleza lúdica, por lo que, a pesar
y gracias a los referentes citados, la escritura de Elizondo es tan irónica,
tan gozosa y dinámica sin perder en ningún momento exactitud
ni rigidez ética. Porque para Elizondo, en el juego, la ironía
y la carcajada se encontraban la seriedad tanto de la vida como del arte
capaz, a partir de la aparente inutilidad de estas concepciones, de desestructurar
los compases racionales del mundo moderno, hacer saltar sus patrones llevándolos
al paroxismo y mostrar a través de la destrucción de las
categorías racionales el sortilegio del asombro y la certeza de
la locura o la muerte que se encontraban escondidas detrás de las
cadenas de montaje repetitivas producidas por la modernidad industrial.
Y por ello, en toda su obra construida frenéticamente con la idea
obsesiva de la mortalidad como primer referente, sobrevuelan de una manera
incandescente sin tener por qué dar explicaciones a nadie para
conformar el tejido adiposo-existencial y brumoso que las caracteriza,
tanto ritmos y bailes de cha-cha-chá, como refritos jazzísticos
orquestales o no, fotografías desgastadas e iluminaciones
lingüísticas de un candor fuera de toda duda que, desde luego,
ayudan a desengrasar y conceder ritmo al misterio y terror contenido en
todas sus composiciones, así como atestiguan el por qué
Salvador Elizondo declarara meses antes de morir que la vida, a pesar
de todo, no dejaba de divertirle.
Y
si bien, centrándonos de nuevo en su manera de afrontar los excesos
nihilistas de la modernidad, muchos autores contemporáneos a Elizondo
optaron por desestructurar sin cortapisas la racionalidad del mundo moderno
a partir de una mirada heredera del romanticismo, el simbolismo y vinculada
al nocturno surrealismo, la jugada de Elizondo, aun similar en ciertas
concepciones, fue bien distinta. Elizondo fue un gran amante y conocedor
del arte cinematográfico (su padre fue un famoso productor fílmico)
y un verdadero apasionado de los montajes cinematográficos desarrollados
por Eisenstein en El acorazado Potemkin —para él,
la mayor obra cinematográfica compuesta jamás— y esto
le condujo hacia territorios un tanto distintos. Por ejemplo, le llevó
a construir con sutileza y paciencia, diapositiva tras diapositiva, en
un tiempo en que no existía la técnica del videomontaje,
esa obra tan rica en matices y proposiciones que es Apocalipsis 1960
y a optar en muchas de sus más famosas narraciones como Farabeuf,
El hipogeo secreto o El grafógrafo por cultivar
la técnica repetitiva con unos fines muy concisos: derretir la
solidez de su literatura y la mirada del lector consiguiendo abrir un
hueco y una espiral vertical entre ambas por la cual se abría espacio
al humor, la irreverencia, el asombro, la pregunta metafísica,
antropológica y simbólica sobre el destino del hombre y
la pérdida de sentido del mundo contemporáneo ajeno a comprender
la naturaleza de los rituales repetitivos que lo conformaban.
Es
en este aspecto en que a Elizondo hay que entroncarlo con Alain Resnais,
(teniendo en cuenta que la operación sintagmática espacio-temporal
diseñada por el cineasta francés en El año pasado
en Mariembad resulta fundamental para introducirse con un mínimo
de cordura en esa obra radical, imperecedera y, a todas luces, maestra
que es Farabeuf) como con otros cineastas como el recientemente
fallecido Michelangelo Antonioni (cuya adaptación, Blow up,
del cuento de Julio Cortázar ‘Las babas del diablo’
está pidiendo a gritos un nutrido análisis con gran parte
de los postulados ontológicos de la estética de Elizondo)
y, desde luego, con Alain Robbe Grillet, para poner de manifiesto la radical
modernidad y contemporaneidad de su escritura y destacar, a su vez, por
qué en el mundo hispánico nunca llegó a ser comprendida
y celebrada como merecía. Pues la pausa, el vacío, la elipsis
y la continuidad espacio-temporal de narraciones tan insólitas,
fuera de toda categorización y, aparentemente, condenadas a un
soliloquio dialógico consigo mismas para determinar la razón
de su extrañeza alógena, como las contenidas
en Narda y el verano se encuentran mucho más cercanas
de las miradas vanguardísticas desarrolladas por el noveau roman
o la nouvelle vague francesas o incluso del “spleen” mediterráneo
a lo Pavese que de las miradas narrativas surgidas a raíz de la
revolución en el país mexicano o las batallas epopéyicas
de la retaguardia narrativa hispánica por hacer escuchar una libérrima
voz en el tiempo de silencio, que diría Luis Martín Santos,
de la época franquista.
Partiendo
de esta sorprendente realidad —la radical modernidad estética
de la obra de Elizondo— considero que es necesario hacer un inciso
biográfico que pudiera explicar este hecho, si tenemos en cuenta
que el siempre efervescente medio literario y social mexicano aún
no se encontraba preparado para conceder un narrador de tales dimensiones.
Salvador
Elizondo gastó buena parte de sus primeros años de infancia
en la Alemania pre-nazi y, como él mismo ha declarado una y otra
vez en variadas entrevistas, este hecho le propició asimilar un
idioma, un orden vital y una rígida formación intelectual
en ciernes, que le marcarían de una manera u otra durante toda
su vida. Además, la desahogada posición económica
de su familia le permitió en un tiempo en que Carlos Fuentes comenzó
a sentar las bases de la modernidad narrativa mexicana con La región
más transparente —uno de los libros de cabecera y más
admirados de Elizondo— vincularse a todas las corrientes artísticas
novedosas surgidas en México, así como realizar estancias
temporales de gran calado en Italia y sobre todo en Francia, donde fue
un gran asiduo de las filmotecas. El hecho de que, a su vez, pasara tres
años de su juventud en Estados Unidos (magníficamente ilustrados
en esa deliciosa joya de la narrativa breve del siglo XX que es Elsinore.
Un cuaderno, especie de cruce mágico entre el Salinger de
El guardián entre el centeno y las fantasías oníricas
pero tremendamente realistas de Lewis Carroll) bastaría para dar
cuenta del carácter cosmopolita y de la formación cultural
políglota, original y descentrada de este personaje poliédrico
que nos dejara una serie de reflexiones centrales sobre el cine, capaces
de hacer palidecer de envidia al mismo Cabrera Infante en Camera lúcida,
nos deleitara con sus reflexiones sobre los más variados y diversos
temas en libros como Estanquillo y nos introdujera con sus estudios
sobre Bataille, Sade en Teoría del infierno y otros ensayos,
en las razones del mal occidental que heredara toda Hispanoamérica.
Por
ello mismo, y a pesar del varias veces citado relativo desconocimiento
sobre su obra que todavía impera tanto en Occidente como en el
continente americano, considero que es justo referir que sin el influjo
y ejemplo de Elizondo, una obra como la realizada en la actualidad por
Sergio Pitol carecería en su propio país de espejos donde
mirarse, el mismo Juan García Ponce habría tenido más
dificultades para filtrar en su obra narrativa la estética europeizante
y el preciso influjo de Robert Musil sobre la misma, los experimentos
lingüísticos de Fernando del Paso se encontrarían mucho
más desguarnecidos y, desde luego, la obra de un Daniel Sada sería
prácticamente impensable. Pues todos estos autores, de una manera
consciente o inconsciente, se han beneficiado (como, a su vez, Elizondo
se benefició de la pertinencia de la
obra poética de Juan José Tablada, del mencionado libro
de Carlos Fuentes o de las vibraciones que a su paso dejara la literatura
de Ramón López Velarde) en gran parte del talante sorpresivo,
valiente y eficaz de una obra como la de Salvador Elizondo, cuya existencia
en el medio cultural mexicano hay que calificarla como milagrosa y comparable,
sobre todo, a la de Juan José Arreola o la de Augusto Monterroso
en la medida en que los tres autores apostaron por una literatura oclusiva,
cerrada, únicamente preocupada de sí misma y desinteresada
por el público y la caligrafía “tipo” normalizada
que, paradójicamente, como la obra de Joyce, la de Apollinaire,
Valéry o Ezra Pound permitió abrir nuevas vías y
senderos que transitar a los nuevos narradores mexicanos.
Lo
han dicho muchos críticos, pero considero que es necesario repetirlo.
Frente a Octavio Paz, que era el escritor de la totalidad, Elizondo era
el de la particularidad. Exactamente, Elizondo supo jugar con las nociones
ambiguas y conjeturales del lenguaje, se arrojó con valentía
a la búsqueda sagrada del nombre secreto de todas las palabras
y despreció todo aquello que no incidiera en esta búsqueda
cuyo objeto, como bien sabía, era la nada, el silencio y la pasión
de la misma búsqueda, el experimento en sí mismo. Y, por
todo ello, resulta tan difícil considerarse discípulo de
un autor que, parecido en esto a Robert Bresson, únicamente fue
consecuente consigo mismo y que intentó hacer olvidar al escritor
y al lector de la literatura para que la atención se volcara únicamente
hacia la escritura y de ella al símbolo, la grafía, el montaje
de signos y la primera palabra y la última palabra nunca dichas
ni sabidas por la humanidad que luchó por poseer todo el Occidente
moderno y, mismamente, aquel doctor Farabeuf empeñado en conocer
la naturaleza del horror y la dimensión última del espanto
para igualarse a Dios.
Además,
como todos los genios, Salvador Elizondo supo adelantarse a su tiempo
y condensar las enseñanzas del I-ching para componer su
obra de una manera tal que en la misma se diversifican y se ramifican
los tiempos así como los signos y espacios abiertos y cerrados
de la existencia de una manera pluridimensional y azarosa que remite tanto
a sistemas de adivinación antiguos, sistemas de caligrafía
chinos o simbolismos variados de los más diversos lenguajes como
el adivinatorio o el gestual que nos conducen a una búsqueda profunda
del engranaje y vínculos secretos que revelan el inconsciente profundo
de la humanidad.
Se
comprenderá, por tanto, que Elizondo no pudiera despuntar en su
época —todavía la nuestra— como debía.
Llegó a ironizar sobre este hecho en referencia a su primer, arriesgado
y complejo poemario, Poemas, cuya mayor parte de los ejemplares
publicados habían vuelto finalmente a sus manos cumpliendo, a su
entender, un círculo primario, originario y ritual del que no debería
escaparse ninguna obra; pero sería sumamente injusto que este escritor
no tuviera el relieve que merece tener en pleno siglo XXI. Elizondo es
en sí todo un corpus lingüístico que está todavía
por descifrar y cuya escritura abre tantas vías y líneas
conjeturales en el territorio literario que, supongo, será determinante
revisar su obra una y otra vez en el futuro con vistas a sumergirnos tras
los senderos de aquella literatura silenciosa y autodestructiva que para
Blanchot emergería como renovada y renovadora de los nuevos parajes
lingüísticos en los próximos siglos.
Exactamente,
Elizondo, al igual que Borges, sabía que todo signo o cifra lingüística
siempre terminaba por remitir a otro anterior que no dejaba de ser una
paráfrasis del primer signo original cuyo conocimiento era imposible.
Es en su aventura literaria por hacernos creer que esto es posible donde
aparece la increíble valía de un escritor que, con razón,
Octavio Paz calificara como un verdadero equilibrista del lenguaje.
Un
verdadero equilibrista del silencio, lo calificaría yo. Lo que,
si se observa con claridad, viene a ser el otro polo opuesto pero complementario
de la afirmación de Paz, pues, en suma, lo que realmente fue Elizondo
es un buscador indómito de los signos últimos y primeros
que prefiguran nuestras culturas y, para ello, se necesita un arrojo y
valentía que, como entendiera Rilke en sus Elegías de
Duino, sólo puede proceder del amor. Un amor tan capaz de
derrotar a la vida como a la muerte, que no entiende de fronteras ni de
palabras ni de silencios y se encuentra más allá de la poesía
y de la prosa y, como supiera Elizondo, ni siquiera podemos encontrar
en el arte.
Bibliografía
de referencia
—Curley,
Demot F., En la isla desierta: una lectura de la obra de Salvador
Elizondo, México, Fondo de Cultura Económica, 1989.
—Elizondo, Salvador,
Cámera lucida, México, Vuelta, 1992.
—Elizondo, Salvador,
Contextos, México, Vuelta, 1992.
—Elizondo, Salvador,
Estanquillo, México, Fondo de Cultura Económica,
2001.
—Elizondo, Salvador,
Miscat o Ha llegado la señora Marquesa, México,
Fondo de Cultura Económica, 2001.
—Elizondo, Salvador,
Narrativa completa, prólogo de Juan Malpartida, México,
Alfaguara, 1999.
—Elizondo, Salvador,
Teoría del infierno y otros ensayos, México, El
colegio Nacional, Eds. del Equilibrista, 1992.
—Ochoa Castro Leal,
Antonio, Salvador Elizondo y la literatura experimental, 2000.
| Este
artículo se ha realizado gracias a la concesión de
una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca
de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación
sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol. |
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