|
TENOHIRA
NO SHÔSETSU
de Yasunari Kawabata
Manuel Ángel Gómez Angulo
Por
aquí los japoneses tienen poca prensa a pesar de sus dos premios
mayores y de un buque insignia llamado Mishima. Dejando a un lado a Oé
y a Murakami y salvo alguna novela aislada, nuestros editores siguen ignorando
el conjunto de la obra de Inoué, Kobbo, Endo o Tanizaki amén
de la gran tradición de la novela histórica nipona, cargada
de tradición y cultura centenarias. Japón queda tan lejos
que las prisas nos obligan a cargar con tópicos inevitables como
las artes marciales, el sushi, el harakiri, la yakuza, una imagen manida
y falsa de las geishas y una forma de hablar a trompicones que recuerda
un poco a las antiguas máquinas de escribir, también tecnología
y buenos motores.
Japón es algo más que eso.
Un país poseedor de una de las culturas más interesantes
del planeta, en todos los campos. Su historia es apasionante y sus artes
(cine, pintura, fotografía, arquitectura) sitúan a sus protagonistas
entre las mayores lumbreras del siglo pasado, por haber sabido crear entre
su propia sensibilidad y visión del mundo junto con los aires que
se han filtrado desde Occidente una manera de enfocar y hacer las cosas
que aquí impacta tanto por su técnica como por su expresión,
la elección de los temas y especialmente por su arraigo a la naturaleza,
las descarnadas descripciones eróticas y su crudo acercamiento
a la violencia y a las pasiones humanas en general.
Yasunari Kawabata (1899-1972), premio Nobel
de Literatura 1968, es uno de los mayores talentos literarios del siglo
XX. Una figura capital y genio de la cultura japonesa, que aun con ese
nombre, no se ha librado de una fama sesgada en nuestro país por
las contadas versiones en español de sus obras más señeras,
a lo que quizás la concesión del premio en el tardo-franquismo
y su olvido posterior contribuyera no poco.
A lo largo de su proceso creativo en vida,
cada uno de sus libros podría calificarse como una joya. Estos
Tenohira no Shôsetsu o Relatos de la palma de la mano
se encuentran no en un lugar privilegiado sino en todos los lugares a
la vez. Sobre todo porque se trata de 175 relatos breves escritos sin
solución de continuidad desde 1921 a 1964 (de los que sólo
122 fueron incluidos en sus obras completas). De ellos, 139 fueron redactados
y publicados de 1921 a 1935; 19 de 1944 a 1952 y 17 de 1962 a 1964. En
español existe una versión publicada por Planeta en Hispanoamérica,
donde a su obra se le prestó bastante más atención
(García Márquez bien podría hablarnos de la influencia
que sobre él ejerció el maestro, por ejemplo). Todo lo cual
no quiere decir sino que mientras se ocupaba de escribir poesía
o relato corto o novela, Kawabata nunca dejó de trabajar sobre
estos cuentecitos o relatos lineales que anclan sus raíces en el
flujo de la consciencia, en intentos de escritura automática en
clara sintonía con el movimiento revolucionario a la moda por entonces:
el Surrealismo.
Echando
un vistazo a su temática diversa, en la que entran recuerdos de
adolescencia, anécdotas realistas, bodas, partos, bohemia, amores,
adolescencia, hechos de la vida cotidiana, sueños y pesadillas,
relatos de locura y de muerte, flora, fauna, etc, tropezamos con la dificultad
de su clasificación, porque la lista es heteróclita y su
disparidad temática, consecuencia natural de las condiciones de
creación. Y el caso es que en el fondo de cada uno de ellos descansa
una gran coherencia que, sin duda, proviene del estilo.
La brevedad es el trazo básico para
entender que en ese espacio reducido el escritor debe saber encontrar
cómo desplegar su universo. Las escenas están obligadas
a caber en la palma de la mano y cualquier detalle cuenta en su resultado
final (un diálogo anodino puede resonar en nuestra cabeza durante
mucho tiempo).
La referencia a la poesía clásica
de forma corta es aquí esencial porque el mundo implícito
es lo que cuenta, la alusión la que da la clave del desenlace y
la elipsis la que crea el efecto literario. Kawabata los desplegó
en el papel como si hubiera querido domesticar un waka o un haiku. Como
cuando los antiguos escribían para extraer de ello un placer personal,
sólo que aquí Kawabata exorciza también unos cuantos
demonios muy personales (entre ellos el suicidio e historias liadas a
la tuberculosis).
Pero todavía hay más. Aparte
del estilo, una carga enigmática también es común
a todos ellos. Y ésta no proviene de lo inacabado sino de la maestría
perfecta de un más allá del texto. El cuadro no acaba en
el lienzo, diría un artista. Y así es. Kawabata contiene
en sí tres características especiales, una extremada modernidad
por su minimalismo, una extraordinaria capacidad para unir la prosa novelesca
a una tradición poética y una experimentación literaria
nacida de su sensibilidad ante lo que lo rodea y que no tiene más
remedio que llegar a buen puerto. No nos extrañe, pues, que la
abundancia de imágenes y figuras de estilo se convierta en una
necesidad que compensa o sostiene el aspecto lacustre o aislado de todos
los cuentecitos, estableciendo un equilibrio singular entre lo tangible
y lo no tangible. Al decir de Mishima, con el que sostuvo una jugosa correspondencia
personal en la que ambos se mostraban admiración y respeto mutuos:
«entre el ornamento y la sugerencia, todo se completa con un tipo
de frase inquietante».
Y si los temas no se dejan encasillar o
clasificar, su registro es constante y esa inquietud queda unida a la
omnipresencia de la muerte con una extensa paleta de metáforas,
desaparición, separación, abandono y pérdida.
El ciclo de la vida se transforma en un
ciclo mórbido, donde el presente deviene pasado en lugar de mirar
al futuro. O en la equivalencia vida muerte. O por aclararlo un poco más,
la muerte es tan vida como la muerte. Por encima de la influencia religiosa,
la reencarnación, el budismo, más allá de la metafísica
cristiana, es la misma muerte la que es escrutada por Kawabata sin redención
posible. No hay que olvidar la fascinación del escritor por lo
oculto, por las sombras, de las que en un exquisito ensayo celebraría
su elogio.
Miradas
con detenimiento, estamos ante obras maestras en miniatura cuando el tema
está servido por una escritura que conjuga huecos e imágenes
de forma tan acertada. Bastarían las tres primeras para confirmarlo.
Kawabata propone con ellos un calidoscopio
de colores, rumores y sabores, un bosque soleado cargado de sombras. Entierros,
mortajas, enfermedades contagiosas, ceguera, la mirada sin servilismo,
la prostitución, la vida en los sanatorios, los viajes, los encuentros
inesperados, que se resumen en el largo periplo de su propia vida. Como
telón de fondo, constantes cambios de plano geográfico-onírico,
prestados al recién estrenado surrealismo y a la maravilla muda
del cinematógrafo.
De cada uno de ellos bien podríamos
extraer un compendio de aforismos y frases sobrecogedoras (sobre la duplicidad:
«el que haya visto su sombra o su doble morirá»; sobre
el amor: «amar es quebrar algo» o títulos como ‘Peces
rojos sobre el tejado’, ‘Las uñas de la mañana’,
‘Oración en lengua materna’) que van atenazando y obligando
a leer con serenidad y constancia con un placer casi morboso.
Combates, nacimientos, decesos, sentimientos,
irrealidad, exilio interior, belleza y fealdad, que técnicamente
se abren y se cierran en sí mismos rozando la perfección,
con una sensibilidad oriental en la que hasta el humor se tiñe
de un pardusco sórdido y descreído (pequeños demonios
del hogar que saltan a escena para jugar malas pasadas); todos extrañamente
lúcidos y sugerentes, donde los encuentros entre hombre y mujer
suelen ser livianos y el amor unirse al sentimiento inestable de lo milagroso.
Escenas todas que el escritor ha sabido rescatar del olvido para darles
vida en una novela mosaico: la ciudad invadida por la naturaleza, el mar,
la montaña como referentes eternos entre la condición humana
y sus azares… Todo eso y más cabe en los relatos de la palma
de la mano, sobre la cual hay cicatrices cruzadas, profundas y menos profundas
como en el envés de la hoja de un árbol.
Schöenberg, el gran compositor, escribió
un tratado en el que explicaba a los músicos jóvenes por
qué debían conocer a los grandes creadores clásicos
con el criterio inteligente de que por lógica aquello que algunos
estuvieran creando en ese momento como original ya hubiera sido ensayado
cientos de años antes. Kawabata merece ser leído nada más
que por eso, por anticiparse a ciertas modas con naturalidad, belleza,
imaginación y sensibilidad. Él ha sido el único escritor
japonés en proponer este tipo de escritura y fue especialmente
crítico consigo mismo al expresar que detestaba ese Yo omnipresente
en toda ella. Pero añadía con cierto orgullo que para él
habían sido creados como símbolos de la compasión
y de la libertad. Por la muerte, por los muertos, libertad de forma y
de formas…
|