TRADICIÓN
Y RUPTURA
EN LA LITERATURA MEXICANA DEL SIGLO XX
Manuel Parra Aguilar
Introducción
Es
un lugar común el señalar que el arte mexicano contemporáneo
es producto de la Revolución. Las ideas educativas, posteriores
a la revuelta social que fue la Revolución, por parte del secretario
de Educación Pública José Vasconcelos, fueron acogidas
con entusiasmo por parte de algunos artistas de entonces. En el caso de
los muralistas se les cedió algunos lugares para hacer público
un arte a una sociedad que apenas nacía. Se trató de educar.
Por parte de algunos escritores, a estos se les invitó a dar clases
en lugares apartados de la urbe. Sin embargo, paulatinamente, conforme
la ciudad fue creciendo, a los jóvenes que nacían en la
ciudad nada les decían esos murales, libros que exaltaban lo nacional,
canciones propias de la Revolución, el cine donde se exponía
un estereotipo del mexicano, el charro, Pedro Infante, Jorge Negrete,
los pueblos y ranchos. Es entonces que se dio una ruptura en el arte mexicano,
donde lo nacional se trataba, si no de evitar, mencionar lo menos posible,
o mencionar la contracultura, como veremos más adelante.
Por los murales de David Alfaro Siqueiros,
Diego Rivera, José Clemente Orozco vemos desfilar ecos del pintor
José María Velasco, del grabador José Guadalupe Posada
(uno y otro exaltaban la mexicanidad), además de los movimientos
pictóricos europeos de finales del siglo XIX y principio del XX;
a saber: el fauvismo, impresionismo, cubismo. Sabida es la influencia
que sufrieron los tres muralistas en Europa, pues viajaron hacia allá
gracias al patrimonio de quien perteneciera al Ateneo de la Juventud,
José Vasconcelos, quien fue después encargado de la Educación
Pública. Esa influencia —adaptación en el caso de
Rivera, es decir que en su cubismo trató adaptar el movimiento
al arte mexicano— de los movimientos de vanguardia fue asimilada.
Mas no sólo la influencia fue en cuanto al arte se refiere sino
que también de ideas sobre el mismo y sobre el Estado, pues es
que aceptaron y propusieron ideas socialistas a ese Estado que no lo era,
México, esto con el fin de hacer llegar el arte a las masas con
fines didácticos, crear un arte popular. Estaban convencidos de
esas ideas. Para que un arte sea realmente popular deben conjugarse dos
cosas, explica Octavio Paz (1). A saber: 1) que
refleje una comunidad de ideas y sentimientos, en este caso además
de la exaltación de lo nacional y tradicional de las fiestas patrias,
exaltaban a mártires de la Revolución, y 2) conciencia plena
de la existencia, función y misión del hombre en el mundo.
En el caso de los artistas mexicanos es comprensible que no todos compartían
las ideas socialistas y otros, desde la misma izquierda (cosa paradójica
en un México donde el arte oficial era de una tendencia de izquierda
como lo es el socialismo), eran vistos como escandalosos (cito dos casos:
Diego
Rivera y José Revueltas, ambos miembros y luego expulsados del
Partido Comunista Mexicano). Es decir, que en el segundo punto que señala
Paz no se cumplía totalmente por parte de los muralistas. Es importante
recordar el compromiso social del artista para con su pueblo, ya que en
la década de los 60 y 70 se comprometieron con la izquierda política.
Recuérdese la renuncia de Octavio Paz como canciller después
del movimiento estudiantil del 68. Menciono el caso de los murales y muralistas
para subrayar que el hecho de que seguir y resaltar una tradición
nacional no es algo aislado, ni siquiera de un grupo minoritario. Corresponde
el resaltar todo lo mexicano en una nación que apenas despertaba
después de la Revolución a los artistas.
Estridentismo
La
literatura, por su parte, también se vio dentro de la vanguardia
y, a la vez, se le intentó dar esa nacionalidad en un principio:
Enrique González Martínez, Ramón López Velarde,
Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, entre otros.
Luego llegó el estridentismo, el cual trató de romper los
lazos de unión con la poesía anterior. En el caso del estridentismo
(ese movimiento que es exclusivamente poético), este adoptó
algunas ideas del movimiento encabezado por Filippo Tommaso Marinetti:
el futurismo, además del dadaísmo y algunas imágenes
del todavía entonces embrión del surrealismo. El estridentismo
no sólo fue el primer movimiento en escándalo de vanguardia
en las letras mexicanas sino que también abrió las puertas
a una amplia introducción e imitación de poetas europeos
en la literatura mexicana. En los poemas estridentistas de Manuel Maples
Arce —antípoda de un López Velarde, por ejemplo—
vemos desfilar un mundo de máquinas, la ciudad donde se deja ver
una esperanza por los valores que ella refleja:
Yo departí
sus manos,
pero en aquella hora
gris de las estaciones,
sus palabras mojadas se me echaron al cuello,
y una locomotora
sedienta de kilómetros la arrancó de mis brazos.
Hoy suenan sus palabras
más heladas que nunca.
¡Y la locura de Edison a manos de lluvia!
El cielo es un obstáculo
para el hotel inverso
refractado en las lunas sombrías de los espejos;
los violines se suben como la champaña,
y mientras las orejas sondean la madrugada,
el invierno huesoso tirita en los percheros.
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Pero
también refleja una serie de valores alternos a los que antes había
en la cultura mexicana. El estridentismo nos reflejó la vida de
la urbe. Pienso por ejemplo en la novela El café de nadie
de Arqueles Vela. En El café de nadie vemos a una joven,
la protagonista, pasearse por las calles, entrar a un café y tener
una vida muy avanzada según la época (publicada en 1926).
Novela enigmática y sugerentemente agresiva, El café
de nadie es una novela urbana que permite que el lector explore los
valores alternos de una sociedad que era plenamente machista, pues la
mujer era mero objeto del hombre. Esto es importante a considerar, ya
que para generaciones futuras, léase la literatura de La onda y
su lenguaje carnavalesco, el uso de un argot de las zonas marginadas,
la influencia del inglés y la música moderna, ya lo dije
antes, para la generación futura, esos “monitos” idealizados
en los murales de Rivera, no les diría mucho o casi nada, ya que
estos jóvenes han nacido en la ciudad, lejos del campo y de las
ideas revolucionarias. Concuerda el estridentismo de esa manera con algunas
ideas de la literatura de La onda. De esos jóvenes tenemos por
ejemplo las novelas La tumba (1964), de José Agustín,
y Gazapo (1965), de Gustavo Sainz, por citar algunas. Maples
Arce no es el único poeta del estridentismo, pero su poesía
es la que destaca de sus prosélitos. De alguna manera sólo
el mismo Maples Arce fue capaz de entender sus propias ideas sobre la
poesía.
Antes de llegar a una ruptura definitiva
con la tradición y a una pérdida de valores ya anunciada
por novelas como la de Arqueles Vela, México padeció la
influencia, también lo dije, de la mejor literatura mundial. Mención
privilegiada merece la poesía, ya que dominó gran parte
de la primera mitad del siglo XX. Ya se mencionó brevemente el
caso del estridentismo; fue el primer intento de romper con los iconos
literarios: López Velarde, Díaz Mirón, y/o, pero
no sólo con una ruptura como lo es el modernismo del romanticismo,
sino que fue estridente, es decir que su función, además
de la poesía, fue llamar la atención. Basta recordar la
amistad que unió al estridentismo con el gobernador de Veracruz.
Contemporáneos
Contemporáneos
es un grupo cuyos miembros no tienen una voz unificadora, un líder
que marque las rutas a seguir como el estridentismo, pues cada miembro,
con su personalidad, tiene un estilo propio; aunque, eso sí, es
un grupo de vanguardia. Se les llama “grupo sin grupo” al
conjunto de intelectuales que coincidieron de 1928 a 1931 en las páginas
de la revista Contemporáneos. Por un lado tenemos la poesía
de Carlos Pellicer, esa poesía del mundo natural, es decir de la
naturaleza, frente a la poesía del Jefe del Departamento Editorial
de la Secretaria de Educación Pública en 1931, Salvador
Novo, poesía de la infancia perdida, del humor negro y la sátira;
Gilberto Owen, Elías Nandino; Xavier Villaurrutia y Nostalgia
de la muerte, la muerte de cada uno como individuo solo, muerte exclusiva,
frente a Muerte sin fin, la muerte universal del hombre, de José
Gorostiza; el mundo intelectual del equilibrio y la razón de Jorge
Cuesta en ‘Canto a un dios mineral’.
Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?
(Xavier Villaurrutia,
Nostalgia de la muerte)
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Pero en las zonas ínfimas
del ojo
no ocurre nada, no, sólo esta luz
—ay, hermano Francisco,
esta alegría,
única, riente claridad del alma.
Un disfrutar en corro de presencias,
de todos los pronombres —antes turbios
por la gruesa efusión de su egoísmo—
de mí y de Él y de nosotros tres
¡siempre tres!
(José Gorostiza,
Muerte sin fin) |
Es la vida allí
estar, tan fijamente,
como la helada altura transparente
lo finge a cuanto sube
hasta el purpúreo límite que toca,
como si fuera un sueño de la roca,
la espuma de la nube.
(Jorge Cuesta ‘Canto
a un dios mineral’)
|
Existe
cierta suposición de diferencia ante la historia que en su momento
estaban viviendo, además de indiferencia a los asuntos públicos,
mas en verdad Contemporáneos sí se ocuparon de los problemas
de su historia en el tiempo que les tocó vivir. Ocuparon cargos
políticos o públicos, salvo Cuesta y Pellicer, quienes no
demostraron un fervor como el resto del grupo. Si no reflejaban el paisaje
mexicano en sus obras es debido, en algunos, a lo escéptico que
eran. «Los poetas de Contemporáneos ya no podían creer
ni en los revolucionarios ni en sus programas. Por eso se aislaron en
un mundo privado poblado por los fantasmas del erotismo, el sueño
y la muerte», explica Octavio Paz (2). Por
otro lado hay que entender que el nacionalismo mexicano literario equivalía
a «la hombría y al valor» (3).
Desengaño y rebelión. La poesía
de Contemporáneos no sólo no alude a la historia de México,
sino que no les importa mencionarla.
Está mi lecho lánguido
y sombrío
porque me faltas tú, sol de mi antojo,
ángel por cuyo beso desvarío.
Miro la vida con mortal enojo,
y todo esto me pasa, dueño mío,
porque hace una semana que no cojo.
(Salvador Novo)
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Que se cierre esa puerta
que no me deja estar a solas con tus besos.
Que se cierre esa puerta
por donde campos, sol y rosas quieren vernos.
Esa puerta por donde
la cal azul de los pilares entra
a mirar como niños maliciosos
la timidez de nuestras dos caricias
que no se dan porque la puerta, abierta...
(Carlos Pellicer)
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Ese
es uno de los puntos por el cual el grupo Contemporáneos no fue
bien visto por la crítica de entonces. Se les trató de aislar
lo más posible dentro de su arte. (Sabido es el pleito que hubo
por la novela de Rubén Salazar Mallén en la revista Examen
que dirigía Jorge Cuesta.) Se les acusó de cosmopolitas
por no tener el folklore ni la ideología de un muralista de la
talla de Diego Rivera. Pero en la obra poética de los escritores
del grupo Contemporáneos vemos que su mexicanismo es una «manera
de ser a un tiempo severa, reservada y cortés. Más que una
política, una cortesía, en el antiguo sentido de la palabra,
es decir: una cultura» (4). Propugnaba el
grupo Contemporáneos una libertad del arte mexicano fuera de los
dogmas de un nacionalismo exacerbado por parte de políticos que
se decían marxistas, y una libertad de cultura. El grupo Contemporáneos
marcó el rumbo de la poesía mexicana.
Este tipo de literatura, de arte, intenta
desnacionalizar una mexicanidad: la poesía mexicana buscaba tener
una talla mundial. Se da entonces una ruptura con lo ya establecido, cuestionando
esos mismos valores. El grupo Contemporáneos fue y es sólo
una ruptura más.
La ruptura (Literatura de La onda,
la contracultura)
Después de Contemporáneos
el término ruptura se estaba fraguando. Después de la segunda
guerra mundial, y la guerra de Vietnam, los jóvenes en todo el
mundo se preguntaban: ¿ahora qué? Las ideas de educación,
en el México de mediados de siglo pasado, fueron distintas entonces.
Desde los mismos libros de textos gratuitos se trató de hacerle
ver a ese joven que se preocupara por su futuro, mas no se le condicionaba
para lo inmediato, el periodo histórico que entonces estaba viviendo.
Los jóvenes escritores pretendieron, y lograron a veces con fortuna,
una ruptura con la tradición en literatura, sobre todo desde el
aspecto del lenguaje. Después de un periodo decisivo para los narradores
mexicanos que abordaban el tema de la Revolución y la denuncia
social en sus obras, la novela tiende hacia la preferencia política
o a la testificación de la realidad física e histórica
mexicana: Agustín Yáñez y José Revueltas,
entre otros. Agustín Yáñez en Al filo del agua
logra depurar la maestría narrativa en cuanto a la experimentación
formal antes de él, haciendo de esta novela una cadena más
en la exquisitez de su obra en cuanto a novela se refiere. Por su parte
José Revueltas en El luto humano relata, con nominalismo
bíblico e inteligencia, la historia alrededor de un cadáver,
la historia del México contemporáneo.
Un
estudio del contexto socio-económico, además de cultural,
de los años 50´s y 60´s permitiría ver esa ruptura,
tanto en el arte mexicano como en una producción textual que antes
no se había dado (5). Esto, ya se dijo, es
también debido a la expansión económica de México
en las décadas arriba señaladas. Esos jóvenes ya
estaban muy alejados de la experiencia de la Revolución Mexicana
(sin embargo esto no implica que todos los escritores escribieran sobre
la ciudad. Por ejemplo, ya señalé la novela de provincia
de Agustín Yánez, Pedro Páramo (1955) de
Juan Rulfo y Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro,
relatan cierto período de la Revolución y de la Guerra cristera,
con el fondo de una historia de amor). Las novelas escritas en ese periodo,
y que utilizan esa característica arriba señalada, el uso
de un lenguaje carnavalesco, palabras en francés, inglés,
se les conoce como de La onda. En general las novelas de La onda, aunque
sus técnicas narrativas son múltiples, casi siempre se perfilan
a plantear una crisis de identidad, la desintegración familiar
de los jóvenes ante el mundo de los adultos, mismo mundo que no
se llega a comprender, la pubertad irrecuperable. Es comprensible esto
ya que después de la Segunda Guerra Mundial vino la crisis existencial.
Aunque no pertenezca a La onda, por ejemplo
sus aspectos formales, su experimentación en cómo narrar,
vale la pena recordar la exquisita novela Tantadel de René
Avilés Fabila, cuya protagonista es una mujer que adolece del ideal
materno, mismo ideal que al narrador personaje —cuyo nombre Tantadel
no se atreve a pronunciar— le parece burgués. Tantadel es
la mujer “mala”, según explica Octavio Paz en El
laberinto de la soledad (1950): «va y viene, buscando a los
hombres, los abandona, es dura, impía, independiente» (6);
por otro lado el narrador, como en el teatro de Usigli, El gesticulador,
se va creando una máscara, se conduce por el camino de la mentira
para lograr su objetivo. Digo que vale la pena recordar esta novela debido,
también, a la idea del intelectual de entonces, de la urbe, ya
que mientras Tantadel se nos presenta a veces cálida,
ingenua, el narrador se porta frío y a veces calculador con sus
ideas sobre política al hablar con Tantadel.
Otro
punto a recordar al señalar la ruptura es el suceso del dos de
noviembre de 1968: la masacre de los jóvenes estudiantes en la
Plaza de las Tres Culturas, el festival a lo Woodstock en Avándaro
en 1971. Con respecto al suceso del dos de octubre, este hecho exigía
un compromiso más social por parte del intelectual mexicano. Y
se ve reflejado en obras como La noche de Tlatelolco (1970) de
Elena Poniatowska, Los años y los días (1971) de
Luis González de Alba, por citar dos novelas. Es en la novela de
González de Alba donde se refleja la visión que se vive
en la prisión de Lecumberri y sus condiciones como presos políticos,
mismos que sufrió su autor.
En pintura, frente a los cuadros de un Alberto
Gironella, Rufino Tamayo o Remedios Varo se encuentra la tradición
de un cuadro de Diego Rivera o Alfaro Siqueiros. En literatura este cuestionamiento
de valores ya existentes es parte de la ruptura que se da con la tradición,
al periodo de nacionalización propuesto por Vasconcelos, ahora
la generación de jóvenes nacidos en la ciudad buscan expresarse
de otra manera, demostrando lo decadente —La tumba, de
José Agustín— o alterno de la misma ciudad —Gazapo
(1965), La princesa del palacio de hierro (1974) de Gustavo Sainz—.
Mientras que en La tumba se encuentra lo decadente de la adolescencia
en el protagonista, mismo que se preocupa al satisfacer sus necesidades,
en Gazapo, por medio de la voz que selecciona escenas, además
de interpretarlas y refocalizarlas, el protagonista adolescente narra,
escribe, graba en diferentes planos espacio-temporales sus amoríos
con Gisela, su novia, los paseos nocturnos con su amigo Mauricio. En Gazapo
Gisela cumple un papel muy importante, ya que no sabe si responder libremente
al amor que siente ella por Menelao o a «las directrices morales
que sin ser dramáticamente opresivas le señalan los miembros
de su familia» (7).
(Gisela
hablando por teléfono con Menelao) —No me dejan andar
contigo... —Debe hablar demasiado cerca de la bocina, en la
caseta de la avenida Universidad y José María Rico;
Gisela en una caja de cristal, sobre la acera; cualquiera puede
verla con el teléfono en la mano. Dice: —No quiero
ser tu novia.
—¿Por qué?
—Vino mi padre y me pegó.
Dijo que había deshonrado a la familia y que no me había
dado a respetar. |
Esto
es importante a considerar ya que basta recordar que aun entonces la educación
era además de nacionalista, machista: la mujer se quedaba en su
casa educando a las otras mujeres a permanecer en la espera del hombre.
Esto no significa que no hubiera mujeres profesionistas sino que eran
pocas. Los familiares mujeres de Gisela están educadas bajo esa
égida, y educan a Gisela con esa misma vara.
La
influencia del cine estadounidense, con James Dean, Marlon Brando, Elvis
Presley, en los jóvenes mexicanos es muy importante, además
de la música (8). Si los jóvenes estadounidenses
y del mundo, después de la segunda guerra mundial, buscaban una
identidad, ¿qué había para una sociedad como la mexicana
que estaba enfocada en las “buenas costumbres” y que se estaba
desarrollando? El rebelde sin causa es visto por las calles de México,
el joven incomprendido, denunciando los valores de una burguesía
satisfecha de ella misma. O el joven mexicano se identifica a sí
mismo por diferir del otro, o adopta imágenes, estereotipos de
otro país para diferir de sí mismo o así identificarse.
Es el pachuco.
Octavio Paz habla en El laberinto de
la soledad sobre la idiosincrasia del mexicano, de su identidad y
psicología. El ensayo de Paz no es sino un ajuste de tuercas y
broche de oro en el cierre de El perfil del hombre, ese libro
de moral y ética, muy influenciado por el psicoanálisis,
de Samuel Ramos —Ramos, al igual que Vasconcelos, preocupado por
estructurar los planes de estudio. El libro de Paz es un parte aguas en
la literatura mexicana, ya que no sólo retoma las ideas de Samuel
Ramos, la de explicar la identidad, sino que intenta reconocerse —intentamos—
entre los mismos mexicanos. La obra en general de Octavio Paz, por otro
lado, se sitúa en la tradición y la ruptura. Tradición
en cuanto a la imitación-influencia de los poetas del grupo Contemporáneos,
a los cuales conoció y convivió con ellos, ruptura con sus
poemas, entre otros ‘Piedra de sol’ y en algunos cuentos de
Arenas movedizas, meros ejercicios surrealistas.
Eloísa,
Perséfona, María,
muestra tu rostro al fin para que vea
mi cara verdadera, la del otro,
mi cara de nosotros siempre todos,
cara de árbol y de panadero,
de chofer y de nube y de marino,
cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,
cara de solitario colectivo,
despiértame, ya nazco
(Octavio Paz, ‘Piedra
de sol’)
|
En
cuanto al grupo denominado La mafia, este trató de hacer una combinación
de lo nacional y universal. El grupo de La mafia era, antes de nada, un
grupo intelectual, donde para pertenecer a esa elite había que
saber, no sólo escribir sobre la ciudad. Carlos Fuentes, Fernando
Benítez, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y/o se oponen
a los escritores de La onda. Algunos otros escritores, como Avilés
Fabila, quedarían en un punto neutro: ni de La onda ni de La mafia.
Existieron las diferencias entre un grupo
y otro. En cuanto a La mafia, hay que señalar que sin novelas como
Al filo del agua o Pedro Páramo no se podría
hablar de una revolución formal en La región más
trasparente (1958) de Carlos Fuentes o Morirás lejos
de José Emilio Pacheco.
Punto final. Los post.
La
tradición en la literatura contemporánea, de hoy, continúa,
al igual que la ruptura. En realidad esa ruptura no acaba por empezar,
ya que, ¿cuándo se rompe con la ruptura y queda algo definitivo?
Continuamos bajo la influencia lopezvelardiana, pelliceriana, pero también
bajo la sombra de la literatura de La onda. O, también, dice el
profesor José Manuel García-García (9),
bajo la generación postista: la nacida entre 1951-65. Octavio Paz:
en México ya no puede haber ruptura, ya que en México la
literatura perdió el poder de rebelión. Es el arte de la
convergencia. Se busca el sincretismo cultural. Herederos de las ideas
de Octavio Paz y Carlos Monsiváis, la generación postista
guía sus búsquedas a las nacientes teorías post-estructuralistas
y post-modernistas. «Vivimos en la época de los post´s,
explica José Manuel García-García: estamos en un
post-nacionalismo que consiste en una democratización violenta
de la vida social, el rechazo de los panoramas unificadores, el gusto
por la fragmentación y el neo-localismo, tipo Armando Ramírez
o Luis Humberto Crosthwaite». La generación postista se enfoca
en los temas de contracultura: el feminismo, los homosexuales. Por ejemplo
la novela de Luis Zapata El vampiro de la colonia Roma o Luis
Montaño con Brenda Berenice o el diario de una loca. Por
otro lado otras voces han enriquecido la cultura postista, tal es el caso
de Enrique Serna, Pablo Espinosa, Ricardo Chávez Castañeda,
entre otros.
Así mismo sigue publicando gente
como Carlos Fuentes, Carmen Boullosa, etc. En la historia de la literatura
mexicana la ruptura se ubica dentro del camino de la tradición,
pues es justo señalar que la ruptura también es tradición
en cierto modo, ya que al abandonar esa tradición, ya sea en poesía
o narrativa, queda la misma tradición de la ruptura.
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(1)
Paz, Octavio, México en la obra de Octavio Paz, tomo III,
México, 1987.
(2) Paz, Octavio, Op. Cit., tomo II.
(3) Dauster, Frank, Ensayos sobre poesía
mexicana. Asedio a los “Contemporáneos”, México,
Andrea, 1963.
(4) Paz, Octavio, Op. Cit., tomo II, pág.
100.
(5) Peña, Luis H, Escritura en
escisión, Universidad veracruzana, México, 1990.
(6) Paz, Octavio, El laberinto de la
soledad, Fondo de Cultura Económica, México, 1950.
Cabe señalar el arquetipo de mujer “buena” por Paz
en este libro: «es la mujer sumisa, la que espera, la idealizada,
además debe ser sufrida y decente». Se refiere, por cierto,
en exclusiva a la mujer mexicana.
(7) Luis H. Peña.
(8) Además, las normas educativas
estaban cambiando. Ya señalé el caso de la novela Gazapo
con Gisela. Véase Inke Gunia, ¿Cuál es la onda?
pág. 116, Alemania, 1994.
(9) http://lcweb2.loc.gov/hlas/hum56lit-garciagarcia.html
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