EL NADIR EDICIONES
La apuesta por una literatura
poco complaciente



Carmen Botello

 


     Blas Parra es escritor y editor de El Nadir Ediciones, una editorial valenciana, independiente y modesta, que sin embargo está abriéndose paso con una propuesta rigurosa que orilla lo fácil y se decanta por un compromiso literario arriesgado. La editorial está formada por tres socios y algunos colaboradores, que sacan adelante textos olvidados, no traducidos al español, que tienen en común su pertenencia a ese sector de autores que convierten su vida y su literatura en las dos caras de la misma moneda.

 

Blas Parra, de El Nadir Ediciones

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Qué razones tendría un lector para preferir un libro de su editorial? ¿El Nadir Ediciones posee alguna característica que la diferencie de otras editoriales?

     —BLAS PARRA: En primer lugar, un catálogo atrevido. Pensamos que no dejará indiferente al lector. Y, por otro lado, la selección de autores que por lo general, tienen en común su inconformismo vital cuando se enfrentan al hecho decisivo de escribir, casi siempre con magníficos resultados. No son vanguardia de nada, ni centran sus esfuerzos en el estilo, casi todos buscan en sus libros una realidad que va más allá de lo epidérmico, que ellos recrean de modo singularísimo; así Anna Kavan, Klaus Mann, Andreiev, Géza Csáth o Wassermann y la mayor parte de los nuevos títulos que serán publicados. Pero, a veces, somos nosotros quienes indagamos su lado más oscuro, como gacetilleros husmeando en las entrañas de lo literario. No podemos ser demasiado explícitos, las ideas se copian y nuestro único capital es la imaginación.

"El artista humillado" de Blas Parra (El Nadir Ediciones)     —ECP: En estos últimos años han conseguido cierta aureola de raros. ¿Son sus libros tan especiales como se dice?

     —BP: Sólo un poco. Un estilo brillante por sí solo no es nada más que un ejercicio. Un autor popular sirve para que ganen dinero los editores poderosos. Si el autor de estilo repite fórmulas acaba volviéndose banal, como es sabido. Nada ofrece peores resultados en literatura que lo obvio, pero se sigue vendiendo como un efecto directo —y relajante— de un estado de cosas caótico, y con una lógica aplastante: así lo imponen las reglas de mercado. La profundidad se observa con recelo si no viene avalada por una editorial rica y de prestigio consolidado...

     —ECP: ¿Son los autores los raros, entonces?

     —BP: No buscamos la rareza por la rareza, sino facetas desconocidas de un gran autor, mundos subyacentes dentro de una obra que a veces puede ser calificada de rigurosamente popular. Por ejemplo, si editamos a Daphne du Maurier, tremendamente conocida en los años 40, mostraremos su obra más “especial”. Los cuentos o novelas de Bésame otra vez forastero son bastante misóginos e incluso malvados. A veces la autora de Rebeca está más cercana a Patricia Highsmitth que al mito romántico que representa. Son esas las rarezas que nos interesa descubrir y publicar. Cuando Anna Kavan afronta un romance como Mi alma en China sorprende por la novedad de su propuesta entre tanta novela rosa disfrazada de literatura. O cuando la emprende con una obra catalogada de ciencia ficción, descubrimos esa prosa genial de Hielo. A todo editor le gusta rescatar grandes novelas olvidadas, se siente arqueólogo. Algo así nos ha pasado con Encuentro en el infinito de Klaus Mann. Sin embargo, a veces, publicamos aventuras muy, muy especiales, aventuras geográficas, viajes de la mente, o incluso una trayectoria política significativa...

     —ECP: Distinguir entre la avalancha de títulos sus propuestas requiere un lector muy sensible y atento. ¿Qué papel desempeñan las instituciones?

     —BP: Pues aunque suene a sectario, y hasta redundante, hay una política conservadora a ultranza de los conservadores instalados en gobiernos autonómicos, y una política de fomento y ayuda al libro distinto, no precisamente de carácter local, cuando esos gobiernos están en manos de sus contrarios. De modo que es radicalmente distinto producir el mismo libro en Sevilla que en Castellón. En Sevilla podrá verse en la red de bibliotecas autonómicas, y en Castellón y sus cercanías no tendrá más salida que la que "Mi alma en China" de Anna Kavan (El Nadir Ediciones)el producto se procure por sí mismo. No conozco a funcionarios que juzguen la aportación cultural de cada libro traducido, ni de un autor rescatado del olvido [...] Curiosamente, las instituciones del Estado a través del Ministerio de Cultura y la Dirección del Libro, más lejanas al pequeño editor, presentan políticas mucho más coherentes.

     —ECP: Entonces podríamos decir que trabajan inmersos en la dificultad, en una lucha abierta con muchos frentes.

     —BP: No nos quejaremos de la dificultad, puesto que esa lucha proviene, desde luego, de nuestra voluntad y capricho. Es esta elección, que además lleva aparejada los efectos de toda independencia, la que dificulta encontrar un nicho de mercado. Tienes que ser tan bueno como la editorial más poderosa, y tan imaginativo en los títulos que presentas como ellos. Idéntico libro, recibe ayuda o no según donde se edita. Otro tanto ocurre con la distinta acogida —en medios de comunicación y por ende en el público— según sea editado o no por una editorial poderosa. Un librero quiere lo que le suena, porque es lo que más vende. Muchas señoras le pedirán a Boris, y no puede estar desprovisto de material. La gran empresa necesita casi todo el espacio, casi todos los medios, y casi toda la crítica —incluso la desfavorable—. Han de existir montañas de un mismo título en las grandes librerías para que te llamen desde todos los rincones. Los dependientes desconocen nombres: «¿Ha dicho usted Klaus Mann? Mire en las estanterías de clásicos». ¡Por favor! «¿Géza qué? ¿Me lo puede escribir?» [...] A veces tengo la sensación de que uno de los méritos a tener en cuenta para servir en un gran almacén de libros consiste en la más supina ignorancia. Para salir de ella no hay adiestramiento, ni cursillos que valgan. Al fin y al cabo es una mercancía que apenas se distingue de sus compañeras por una etiqueta.

"El condenado a vivir" de Klaus Mann (El Nadir Ediciones)     —ECP: Sin embargo se sigue escribiendo, se sigue editando. ¿Hay límites en este crecimiento imparable?

     —BP: Los límites se los marca uno con su elección. Las mayorías arrasan y no siempre para lo mejor. ¿Cuánto tiempo durará la banalidad? Seguramente unas décadas más. También es cierto que siempre que no se lo pongamos muy difícil al librero nos conseguirá el libro algo distinto. Cuestión de paciencia e información. Y de que no pidamos autores «muy raros» [...] Crecemos tan de prisa, devoramos tanto, que incluso lo escaso va a ser multitud. Pero esta palabra se usa con tanto descaro para rellenar estadísticas que también está desprestigiada, y da algo de miedo. Soy incapaz de imaginar el advenimiento de un mundo donde la cultura del libro no sufra restricciones, sean estas sofisticadas o torpes. Cada vez hay más personas confusas ante el caudal de papel que se les ofrece, y siguen buscando otras formas de entretener su insatisfacción. Así veo el papel del editor: alguien que husmea y rescata aquello que le produce inquietud, desazón, conmoción. Y que aspira a que otros, los posibles lectores, la experimenten también y descubran así la compleja extensión del hecho creativo.