Jorge Ibargüengoitia
Las leyes de Herodes

 

Alejandro Hermosilla Sánchez

 


Jorge Ibargüengoitia: las leyes de Herodes     De entre los muchos y prolijos narradores mexicanos del siglo XX, si alguno destaca o se caracteriza por poner de acuerdo a los más diversos sectores de su profesión —lectores, crítica y escritores— aunando elogios que rescatan el goce y disfrute divertido de su lectura, lo sutil y preciso de sus elaboraciones literarias, la integridad ética de su personalidad intuible en las mismas así como en sus concisos e incisivos artículos periodísticos, este no es otro que Jorge Ibergüengoitia (Guanajuato, 1928-Madrid, 1983).
     Roberto Bolaño, por ejemplo, no dudó nunca en citarlo y reivindicarlo en sus escritos que, de una u otra forma, influyeron decisivamente en su manera de abordar sus propias historias al perfilarlas con una agudeza satírica no exenta de una ironía soterrada que sobrevuela más allá de la brutalidad de lo narrado por todo el texto hasta subvertirlo, desdramatizarlo y, finalmente, hacerlo un “corpus” autónomo, atento y solícito a las leyes no-escritas de lo literario. Y, sin ir más lejos, Juan Villoro —otro de sus afectos admiradores— no ha dudado en someter las porosas líneas de muchas de sus narraciones cortas así como de sus novelas —léase con atención el tejido social-narrativo y el tono escéptico, nostálgico e irónico utilizado por el narrador en El testigo—, al influjo literario de este excelente prosista, hombre de teatro y articulista cuya influencia —incluso más que la de Juan José Arreola o Salvador Elizondo— se encuentra desperdigada por gran parte de la mejor prosa que se escribe, actualmente, en el país mexicano. Asimismo, gran parte de las hornadas de nuevos narradores mexicanos —en unos casos con mayor claridad y en otros de una manera mucho más escondida pero, igualmente, detectable y decisiva— han debido enfrentarse a su obra, releerla, hacerla suya e integrarla a sus estéticas al tiempo que encontraban su propia y particular voz personal que pudiera permitirles narrar con integridad sus historias centradas en ese magma incandescente y, tantas veces, sin posible definición que es al actual México moderno aún tan cercano al post-revolucionario del que se ocupara Ibargüengoitia. Y si bien es cierto que la generación, así llamada, del “crack”, —debido a los temas e intereses de los que la misma se ocupa y las razones que motivaron su aparición— por el hecho de situar gran parte de sus historias en un contexto internacional, alejado de la temática mexicana y de realizar su aparición en plena confrontación con la generación anterior, pudiera decirse que ha ignorado su influjo, asimismo, ha debido aun inconscientemente o de manera indirecta ceñirse al mismo, como invita a pensar una meditada lectura de algunos de los divertimentos narrativos de Jorge Volpi o estudios como el que dedicara Ignacio Padilla a la obra cervantina.
     Porque —y esto es importante resaltarlo— si hubiéramos de citar, asimismo, una influencia decisiva que determinaran la obra de Ibargüengoitia —por más que esto pueda sorprender o irritar a muchos— y marcase su contenido estructural en todas sus etapas y épocas, creo que la misma, sería, sin duda, la de Miguel de Cervantes. Asunto éste que no debería extrañarnos, si tenemos en cuenta que la ciudad de donde fue oriundo Ibargëngoitia, Guanajuato, (literaturizada a la manera de Montevideo-Santa María de "Estas ruinas que ves" de Jorge IbargüengoitiaOnetti bajo el nombre de Cuévano en alguna de sus narraciones) es una de las ciudades coloniales mexicanas más bellas construidas por el país hispánico y que, en la misma, resuenan fastos históricos constantes de la época en que el escritor de Alcalá de Henares estaba al servicio del Cardenal Giulio Acquaviva en distintas ciudades italianas. Además, en esta ciudad se encuentra un excelente, variado y rico museo contemporáneo dedicado a su ilustre personaje manchego y, seguramente, no por casualidad, es allí donde tomara forma uno de los festivales artísticos más importantes y de más renombre del país mexicano: el festival cervantino.
     Y es por este motivo que, considero, que su literatura es tan eficiente y tan ligera sin que por ello deje de calar hondo en los pliegues de la piel de todos sus lectores. Porque, si bien es cierto que —y esto se ha dicho en repetidas ocasiones con, por otra parte, justeza, y no seré yo quien refute este hecho por más que, afortunadamente, ya se han destapado voces que claman por abrir nuevos caminos y vías de interpretación a la misma— la literatura de Ibargüengoitia es humorística, irónica y, por momentos, satírica, lo cierto es que no creo que pudiera llegar a desarrollarse con tanta fineza si no fuera por su mirada condescendiente, bondadosa y, en ocasiones, caleidoscópica sobre la realidad —atributos que, en suma, caracterizan a la obra de Cervantes y concitan su raigambre humanística.
     Lo subrayaba quien fuera su compañera infatigable en los más variados y diversos viajes, Joy Laville, en emocionadas palabras: «Ibargüengoitia era un hombre dulce, una persona encantadora». Y, en realidad, esto que se puede intuir en toda su obra es lo que —en el terreno personal extrapolado al literario— lo emparenta con Cervantes, permite en todas sus obras que, a pesar de lo terrible de lo narrado, el lector pueda esbozar una sonrisa cómplice y que cualquiera de sus personajes por más humillado o satirizado que se encuentre en sus páginas, nos mueva a la compasión, a la compresión de sus circunstancias o, asimismo, a visualizarlo como un verdadero ser humano con todas las fallas, errores, enajenaciones y absurdos, en muchos casos, actos que nos configuran. Como, asimismo, es gracias a su mirada bondadosa a la realidad encubierta de ironía, que podemos asistir en toda su obra a un retrato eficaz y demoledor en algunos casos, punzante en otros, y la mayoría de las veces conmovedor del país mexicano vislumbrado como un arenal pantanoso y movedizo en el que bucean todo tipo de clases sociales, sátrapas, distintos ideales y, por supuesto, realidades sociales, políticas y culturales diametralmente diferentes pero condenadas a habitar en un mismo espacio de las que da buena cuenta la literatura de Ibargüengoitia.
     Sin embargo, emparentar a Ibargüengoitia con Cervantes, por supuesto, no es suficiente para realizar un retrato veraz de su “ars literaria”. Aunque parezca desmedido y fuera de lugar e, inmediatamente, voy a matizar este supuesto, también pienso que es necesario vislumbrar su literatura a través de la clave kafkiana. Porque ¿cómo si no centrar ese inolvidable deja-vu que atrapa al lector y al narrador-"Dos crímenes" de Jorge Ibargüengoitiaprotagonista desde las primeras páginas de Los pasos de López sin permitirle encontrar un costado al que asirse si no es vislumbrándolo a través del prisma kafkiano? ¿Cómo poder referirnos con un mínimo de comprensión a la dinámica perversa y maestra a partes iguales que se encuentra en el inicio de la novela antes citada y que combina con maestría, ligereza y solidez los anclajes de la novela medievalista y de suspense si no es emparentándola con los recursos extrañificantes de la literatura del autor checo?
     En este sentido, y como tantas veces ocurre cuando se trata de enfrentarnos a los narradores hispanoamericanos, se me antoja pertinente el realizar un análisis al revés —teniendo en cuenta que esta afirmación se encuentra sugerida desde el punto de vista occidental— de sus postulados para poder, realmente, llegar a comprenderlos y, sobre todo, matizar mi anterior afirmación.
     Desde este punto de vista, me parece sumamente importante el destacar que si la literatura de Ibargüengoitia tiene puntos comunes con la de Kafka es a partir de un sistema de divergencias, oposiciones que separan y unen, al mismo tiempo, al mundo occidental del americano. Es decir, si la literatura kafkiana, condicionada por su irrefrenable e irresistible concepción judaica de la existencia, enfrentaba al individuo con la ley y sus consecuencias de una forma totalitaria y absoluta hasta el punto de que se podría decir que es la ley, por encima de sus protagonistas, el personaje central de sus novelas, la jugada de Ibargüengoitia, como la de todo buen americano, es opuesta pero similar. Pues, en realidad, la práctica totalidad de la obra de Ibargüengoitia, enfrenta a sus personajes con la no-existencia de una ley única o, al menos, totalitaria. Asunto este que provoca todo tipo de situaciones alógenas, extrañificantes y sí, en algunas ocasiones, risibles o dignas de provocar unas carcajadas pero que, sin embargo, deberían poder ser entendidas en todo su rigor y seriedad.
     Nos lo han enseñado Delleuze y Guattari y nos lo ha recordado Slavoj Žižek: el dominio en la realidad de la no-ley no significa que no exista una ley. Significa, más bien, que la misma está diferida, postergada, anulada de la visión primaria de la vida de los individuos pero, en última instancia, tan o más presente que la ley primitiva, siendo aún más peligrosa que ésta al ser manejada por un poder oculto tiránico que maneja la realidad y le imprime su carácter de fantasía de manera prácticamente psicótica hasta tal punto que podemos confundir los términos reales y fantásticos en la vida social sin llegar a dirimir una visión real de la sociedad en la que nos encontramos. En fin, si tenemos en cuenta que, por su naturaleza emancipadora, incipiente y su necesidad de ajustarse a las coordenadas occidentales, sociedades como la mexicana poseen prácticamente más leyes que las de las sociedades europeas de las que han extraído su influjo, podremos, por tanto, estar en condiciones aún mejores de comprender las novelas de Ibargüengoitia y entender que el vacío legítimo del poder al que se refieren gran parte de ellas, en última instancia, remite al imposible traspaso de la realidad occidental a la mexicana y las consecuencias hilarantes, frustrantes y, en muchas ocasiones, trágicas que se producen de este hecho.
     Por ello, pienso que en Ibargüengoitia, los personajes son su propia ley. Nos lo refiere, por ejemplo, el narrador de esa pequeña joya que es Los relámpagos de agosto, el general José Guadalupe Arroyo, desde las primeras líneas de esta obra en la que intenta refutar cada una de las distintas acusaciones que le han hecho distintos estamentos políticos y sociales del Estado mexicano. Y nos lo ratifican los constantes "La ley de Herodes" de Jorge Ibargüengoitiasobornos, tropelías y dinámicas de la rapiña en la que se mueven los personajes de Las muertas —quizás su obra maestra o, al menos, aquella en que la fisicidad del relato, su lógica cruel y su vertiente irónica se encuentran más sutilmente tamizadas y ensambladas— y, por supuesto, los protagonistas de obras tan abiertas, libérrimas inclasificables y gozosas como los de Estas ruinas que ves o Dos crímenes.
     En fin, si esto es así, es porque los personajes de Ibargüengoitia se mueven en su mayoría por el emergente y movedizo mundo que surgiera tras los fastos de la Revolución mexicana y por la impronta de una serie de reformas agrarias e industriales y pactos sociales que, en su mayoría, no vinieron a adaptarse a las necesidades reales de su país, sino a las de todos aquellos próceres cuya figura es dinamitada constantemente en las obras de este oriundo de Guanajuato. De hecho, él mismo se vio afectado por la dinámica de la especulación y se vio obligado a desprenderse de su antaño prestigioso rancho familiar, lo que lo llevó a ironizar con tristeza sobre los resultados del sueño revolucionario en artículos preñados de una inteligencia, dulzura y contención dignos de elogio.
     La ley, por tanto, como nos la muestra Ibargüengoitia, es tan voluble como las vidas o caprichos de los individuos. No es fija sino que es más bien pantanosa. Como si fuera un reflejo de esa ciudad que tanto amó en su juventud, México Distrito Federal, y que se vio obligado a abandonar en su madurez ante su incontinente e injustificado crecimiento ajeno a lógica alguna y dispuesto a entroncar la ley del absurdo, de lo viviente y lo circunstancial como sus características más estentóreas. O, mismamente, como el factor imprevisible —recordemos el famoso caso de la herencia del tío de Marcos González en Dos crímenes— que mueve a una sociedad sin un centro fijo sometida al trauma revolucionario, la elipsis institucional de su raíz indígena y a tantos y tantos flujos de fuerzas divergentes de tal manera que sólo puede encontrar una salida real a su situación —como sucede en la mayoría de sociedades americanas— por medio de la corrupción, el robo y la institucionalización del prócer correspondiente y el Dios dinero como sus atributos fundamentales. Tanto para guarecerse y refugiarse de su indefensión como del caos que lleva inscrito en su seno desde el asalto del imperio hispánico en sus territorios. Porque lo que aprendemos de Ibargüengoitia —y basta echar un vistazo a las fraudulentas últimas elecciones mexicanas para recalcar este hecho y observar la radical modernidad de los supuestos a través de los que se mueve su literatura— es que la ley como tal en México no existe. Toda ella es fantasía. Y si se pudiera pensar que, en verdad, existe, la misma es regida por los individuos a su antojo dependiendo de su puesto social y político y, por supuesto, del tamaño de su billetera.
     Y si bien es cierto que por destacar este hecho, Ibargüengoitia no debería resaltar como un escritor de primera categoría, su mérito radica, como manifestara con lucidez Sergio Pitol, en haber podido extraer una sonrisa a sus lectores al contemplar esta triste situación y en haberla sabido novelar y diagramar como nadie desde su más radical cotidianeidad. En haber removido el polvo trágico y marcial que, hasta entonces, caracterizaba a buena parte de la literatura mexicana y le concedía un rictus de seriedad tan inusitado como, en muchos casos, estéril y ridículo. En definitiva, en haber podido hacer arte de lo Edición italiana de "Las muertas" de Jorge Ibargüengoitiagrotesco y haber sublimado el horror, los asesinatos, las guerras y la lucha por el poder —véase Maten al león— de una manera tal, que nos ha permitido contemplar la violenta realidad de los países americanos con la perplejidad de quien asiste a una reunión de parricidas adolescentes cuyas acciones se entretejen a través de impulsos y constantes casualidades que, sin embargo, afectan a millones de personas y responden —como espero haber dejado claro a fuerza de ser reiterativo en este artículo— a la exactitud de la no-ley que rige en toda Hispanoamérica.
     De esta manera, Ibargüengoitia trazó con sutil maestría los rasgos atípicos y auscultó en los recovecos menos manidos de los hechos más fundamentales y decisivos de la historia mexicana: Independencia, Revolución y modernidad post-revolucionaria. Es ya clásico, por ejemplo, referirse a Los pasos de López como una obra decisiva para introducirnos en los meandros intrahistóricos y, seguramente, reales, de la ¿fastuosa? Independencia mexicana al relatarnos lo azaroso y visceral de la misma. Y también lo es señalar que no debemos dejar de leer Los relámpagos de agosto si queremos conocer el trasfondo real que rige los designios políticos de un pueblo que ha soportado con una integridad encomiable los más perversos deslices y desfalcos. Pero, en verdad, todo lo que tocó narrativamente Ibargüengoitia —no así teatralmente— estaba teñido por su insólita capacidad para combinar con una sencillez inusitada para su época, los más diversos géneros sin llegar a chapuzar en ninguno de ellos. Y, ciertamente, lo que sorprende tanto en sus novelas como en sus cuentos —de los que tanto ha bebido Bolaño— es su capacidad de enlazar la estructura narrativa del vodevil europeo, el sainete y el humor negro, negro a lo Berlanga con la estética del absurdo a través de una lenguaje tanto perspicaz como sereno.
     Sí. Ibargüengoitia era capaz de narrar un crimen, una confusión amorosa o una muerte como si fuera un médico usando un bisturí pero con los ojos de un benévolo y ácido humanista que no pudiera creer aquello que está narrando y que ante lo insólito de este hecho, se dejase fluir por los hechos contados como si la cosa no fuera con él. Como si no estuviera escribiendo. O más bien. Con la misma naturalidad con la que un colega o un amigo pudiera retratarnos una historia sobre nuestros atípicos vecinos, el político que acostumbramos a ver subiéndose a su implacable automóvil y cuya multitud de residencias desconocemos o alguno de nuestros amigos o conocidos cuya pista —por alguna oscura razón que el narrador nos aclara— habíamos perdido.
     En este sentido, la narrativa de Ibargüengoitia es de una modernidad apabullante y no está muy lejos de las leyes que Calvino dictara sobre la escritura leve e invisible que él ejemplificara a la perfección en su Seis propuestas para el próximo milenio y ha obligado a estrujarse los pelos a la crítica sin saber con exactitud qué calificativo otorgar a sus crónicas narrativas. Sus cuentos, por ejemplo, en apariencia, intranscendentes, sin embargo, reflejan su tiempo a la perfección y, desde luego, algunos de ellos ejemplifican con soltura la complejidad de las burdas relaciones en que hemos convertido, en muchas ocasiones, la relaciones entre los sexos opuestos y puede que complementarios. Y si parece justo señalar que Ibargüengoitia no fue un renovador del cuento como si lo fuera Monterroso y que su pluma carece de la sutil exasperación que caracteriza a la de Pitol, basta dejarnos mecer con inocencia y sin prejuicios "Teatro II" Jorge Ibargüengoitiapor las narraciones de La ley de Herodes como, asimismo, por muchos de los artículos de Instrucciones para vivir en México —un verdadero tratado de cómo vivir a partir de la ya referida no-ley del país mexicano— o La casa de Usted y otros viajes para dejarnos penetrar por un lenguaje que sin aspirar a trascendencia alguna, va poco a poco cercando en un íntimo círculo al lector hasta volcarlo en sus marismas y hacerlo protagonista absorto de las mismas. Pues todos nos podemos reconocer en las anécdotas narradas con ligereza por Ibargüengoitia y si nos fijamos, muchas de las estructuras leves o de los detalles nimios que condensan muchos de sus cuentos no están muy lejos de las historias circunstanciales dibujadas por Adrian Tomine en su imperdible Sonámbulos ni de, por supuesto, el gran Raymond Carver —por más que las líneas de fuga narrativas del norteamericano y el mexicano converjan a encontrarse en un círculo similar por fuerza de una especie de azar fortuito y objetivo difícil de clarificar desde el punto de vista analítico—.
     A este respecto, —y si se quiere comprender con total exactitud su hábil dominio del lenguaje, su ligereza así como la soltura con que maneja el tan difícil arte del diálogo en sus narraciones— creo que es esencial, para todos aquellos que no conozcan este decisivo hecho, referir que Ibargüengoitia fue, sobre todo, desde los inicios de su fructífera carrera, un hombre de teatro. Aunque, eso sí, si es justo afirmar que llegó a construir una obra ya clásica en el medio contemporáneo teatral mexicano como El atentado, también lo es, que muchas de sus obras primerizas —Susana y los otros o Clotilde en su casa por poner un ejemplo— son más bien fallidas y no dejan traslucir sino con cuentagotas, lo exactas y maravillosas que serán, posteriormente, sus narraciones. Pero si, en cierta manera, Ibargüengoitia no pudo nunca llegar a despojarse del todo de la influencia de Rodolfo Usigli en sus textos teatrales y pocos, muy pocos de ellos, dejan traslucir algo más que apuntes sobre lo que luego será su obra narrativa, sin embargo, es claro que el aprendizaje y soltura que este género le otorgara para el manejo y el gracejo del lenguaje así como para la construcción de personajes que, antes que nada, son puro diálogo, le serviría de una ayuda impagable para luego hacer volar a sus narraciones con su gracejo habitual y, claro, permitir que fluyan de la manera como las conocemos hoy en día —cortantes, afiladas, puntillosas y, sin embargo, increíblemente naturales— teniendo en cuenta que en ellas el lenguaje pareciera, realmente, como si no existiera.
     Porque hay una característica realmente sorprendente de la narrativa de Ibargüengoitia y que lo emparenta con los grandes escritores modernos. Ibargüengoitia consigue que el texto transpire, respire por sí mismo. A los textos de Ibargüengoitia los podemos escuchar respirar como si estuviéramos en silencio recluidos en una habitación. Pero lo más inverosímil y admirable es que actúan de esta manera sin necesidad de ocultar su estructura o los trucos que haya utilizado para componerse. Son seres vivos que siguen su propia lógica interna que es una lógica de vida y no de muerte y que hacen que al leerlos, nos sintamos más dichosos, más entretenidos, más perspicaces pero nunca aburridos ni fatigados ni abatidos. Y es que Ibargüengoitia —sin dejar, lógicamente, de tomársela en serio— se divertía tanto con la literatura como lo hacía de manera sutil con la vida —basta leer sus impagables crónicas de sus viajes a Egipto, Jorge Ibargüengoitia instruyéndonosAcapulco, España o Francia para constatar este hecho— y esto se transmite de tal manera en sus textos literarios que, en ocasiones, hasta nos olvidamos que estamos leyendo un libro por no decir que estamos realizando algo relacionado con aquello que se conoce como “cultura” y que podría ser denominado “acto culto”.
     En fin, lo cierto es que no sería justo terminar este artículo sin referir un hecho puntual. Desde luego, no es únicamente a partir de la clave de las influencias extranjeras desde donde podemos situar la obra de Ibargüengoitia que, en muchos casos, avanza por territorios antes transitados en México aún con otras intenciones y estilos por Valle-Arizpe y Fernández Lizardi y dentro de la literatura española, en cierto modo, por la novela picaresca, el Quevedo más contenido o el Valle-Inclán menos exaltado aún a pesar de su acidez. Y si, verdaderamente, puede que si no se ha visitado México o, al menos, se ha intentado vivir allí durante un mínimo de tiempo, haya matices suculentos de la obra de Ibargüengoitia que se escapen a su lector e incluso no permitan disfrutar o gozar de sus magníficos escritos en su totalidad, sin embargo, puede que estas pequeñas dificultades para penetrar en la obra de este insigne escritor no hagan más que aleccionarnos para penetrar en los distintos misterios de la realidad a los que su lenguaje se adapta con pericia de maestro.
     De todas maneras, y teniendo en cuenta estos aspectos, por ello mismo, recomiendo al lector no mexicano que comience con Las muertas si quiere empezar a familiarizarse con su lenguaje exacto, riguroso y cordial al mismo tiempo, que lo ubica en un resquicio original capaz de trazar las líneas paralelas de este relato con una frialdad digna de Patricia Highsmith combinada, a su vez, con el calor avezado de la prosa de un escritor romántico. Pues esto es Las muertas: una historia real, truculenta y ácida que, gracias a su pluma, queda absolutamente trascendida. O, mismamente, gracias a la peculiar ubicación afectiva del narrador que se sitúa tanto por encima como por debajo de la historia y, en último caso, se hace uno con ella.
     Al fin y al cabo, la clave para leer a Ibargüengoitia es la misma que la que bordea la obra de los grandes escritores de las más distintas latitudes: tener ganas de disfrutar y empatizar de una manera u otra con lo narrado. Y, desde luego, lo que sí puedo asegurar, es que si uno se toma el tiempo, la paciencia necesaria y acude con la actitud adecuada a su literatura, antes o después, acabará disfrutando y, tal vez, reconociendo en la desnuda escritura de Ibargüengoitia, esa soltura y frescura que caracteriza muchas de las mejores narraciones de Bolaño, Villoro, Pitol o Vila-Matas pues, de una manera u otra, el escritor de Guanajuato si no es padre putativo de alguno de ellos, al menos es primo-hermano de todos ellos y hay que situarlo en el mismo casillero excéntrico que desborda la estética lingüística de muchos de los escritores citados.
     Terminando ya, solamente me gustaría resaltar un último hecho. Como de todos es sabido, tristemente, Ibargüengoitia murió en un accidente de avión en Madrid en plena época de madurez narrativa y cuando todavía le quedaban, por ley natural, los suficientes años para entregarnos muchas, muchas determinantes y excelentes obras. Y si hemos de leer en clave literaria su muerte como podríamos hacer con la de Albert Versión cinematográfica de "La ley de Herodes", realizada por Luis EstradaCamus, desde luego, aunque parezca injusto y es, desde luego, un tanto frívolo referirnos a esta circunstancia, lo cierto es que esta muerte tan injusta y fortuita como todas, no deja de ser precisa y adecuada con todo aquello que fue su vida. Al fin y al cabo, Ibargüengoitia nos refirió un mundo, México, en el que todos los aviones se estrellaban y ninguno podía alzar el vuelo con la rotundidad y eficiencia deseada.
     Y después de todo, —si sabemos leer su muerte a partir de la clave indicada— comprobaremos que, finalmente, la no-ley fortuita y azarosa de la modernidad que, tantas veces, había narrado con maestría, se acabó imponiendo sobre su vida en una especie de atípica performance vital o venganza ritual que no le permitió seguir indagando en la misma. Y estas son las circunstancias naturales de las cosas a las que nos ha enseñado la vida. Y la literatura. Y, por supuesto, tantas y tantas de sus narraciones. En suma, puede que este fuera el triste e irónico y nada complaciente destino que la vida le tenía guardado a un escritor que nunca se atrevió a titular ninguno de sus libros con el nombre de Instrucciones para vivir en Europa pero que sabía mucho de la herencia maltrecha que este continente y, en concreto, el país español, había dejado en su país. Seguramente, en México su avión no hubiera tenido los problemas que decretaron su muerte. O tal vez sí. Pero lo cierto es que esto ya no nos importa. Sus personajes hablarán por él y no le dejarán morir.
     A Ibargüengoitia, le quedó, sin embargo, el regusto de mostrar una última lección con su imprevista muerte: la necesidad de disfrutar y gozar cada uno de los momentos de nuestra vida más allá de las ¿legítimas? leyes de la modernidad que no permiten darnos cuenta de la comedia real en la que vivimos y tras la que se encuentra el mítico mundo irreal de fantasmas que nos configura, de una u otra manera, diariamente. Lo trascendente que supone el reírnos sobre nosotros mismos, nuestra perdurabilidad y nuestra presunta importancia. Y, por último, se dio el gusto imprevisto de morir cerca de la tierra donde viera la luz su famoso y querido Miguel de Cervantes. No parece poco aunque, desde luego, no sea suficiente para hacer justicia al hombre que creó toda una obra para enseñarnos a sobrevivir, reírnos y desdramatizar la, tantas veces, esclavizadora y asesina ley de Herodes a través de las que se crearon, determinaron y compusieron, en gran medida, nuestras sociedades actuales. Lo supo bien Ibargüengoitia, lo ejemplificaron bien sus personajes y lo sintieron en carne propia, como pocos, muchos de los ciudadanos mexicanos que se vieron despojados fraudulentamente por los poderes marciales de su nación a gozar de su presidente legítimo, Manuel López Obrador, en las tristemente célebres últimas elecciones presidenciales.

 

     Este artículo se ha realizado gracias a la concesión de una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol.