La subjetividad en el discurso
Ernesto Fernando
Iancilevich
La subjetividad orienta el discurso. Orientar significa enseñar
la senda por donde algo o alguien se nos descubre o muestra, patentiza
o desoculta. Descubrirse, mostrarse, patentizarse o desocultarse son diferentes
maneras de afirmar lo mismo: el sentido de una iluminación que
hace evidente la verdad del ente. Hacer evidente y dar certeza son proposiciones
equivalentes. ¿Pero qué señaliza esa evidencia o
certeza? ¿Bajo qué forma o modo ella se enseña? Veámoslo
con un ejemplo del arte de la navegación:
El vigía otea el horizonte, recorre
con el ojo, busca en la mirada, interroga la presencia de lo visto. En
el espacio, el horizonte trazado por la ubicación mental del observador
(y la ubicación física siempre se corresponde, simbólicamente,
con la ubicación mental) fuga, se suelta del cuerpo, para adelantar
realidad: el vigía anuncia al adelantazgo, constituye su eslabón
inicial, porque por y en él son dadas las primicias a la embarcación.
El espacio es luz que se navega y movimiento que se recorre con el cuerpo
y la mirada: el cuerpo lo recorre en superficie, la mirada lo penetra.
Pero la luz es, porque algo ilumina: la luz es la proyección de
una iluminación, como el círculo la proyección de
un centro. Y es bien claro que, en el arte de la navegación, orientarse
es buscar el norte, el lugar por donde sale el sol, que, en lenguaje simbólico
representa el lugar de la iluminación, el centro que proyecta la
luz.
La proposición. La subjetividad orienta
el discurso, se lee ahora: la subjetividad es el foco de iluminación
del discurso. La subjetividad en el discurso es, ante todo, la subjetividad
del discurso. La subjetividad nombra lo que es propio del discurso, y,
en cuanto tal, se abre a lo que en él se dice. Al nombrar, aparece
lo dicho en lo nombrado. Nombrar es discurrir lo óntico en palabras,
hacer del mundo un lenguaje y del lenguaje un mundo. El discurso, al nombrar,
manifiesta: manifestar sustancial de un lenguaje-mundo que expresa un
pensamiento-mundo. Y en el nombrar, el pensamiento dice. En tal sentido,
decir en lo callado constituye la máxima sobriedad del pensamiento.
En el nombrar se abre paso la posibilidad de intimar el pensar del sujeto
en su esencialidad, es decir, en su subjetividad. Rotular es roturar la
pétrea solidez de lo callado, y permitir una relación fluida
de lo existente con lo esencial: un pensamiento convertido en lenguaje
y un mundo convertido en lenguaje. La verdad del ser y la realidad de
la existencia convergen en esa conversación-conversión.
La verdad es la única realidad del ser y la realidad es la única
verdad de la existencia. En esto, hemos de ver —y solamente al pasar,
es que lo mencionamos— que llegar a la verdad implica, a menudo,
un largo litigio con la razón. Dos puntos de vista o aproximaciones
al ser: mirada empírica, concedida al hombre práctico, a
través de la existencia; mirada metafísica, concedida al
hombre teórico, a través de la esencia. En ello, hemos de
percibir que el ser da a cada cual conforme a su naturaleza lo que mejor
cuadra para conocer y comprender.
Hemos llegado a destino, regresando al origen:
el nombrar sustancial nos ha regresado al decir esencial que decide la
cosa, no ya desde afuera, en apariencia, sino desde adentro, en ser. Lo
que subyace en el discurso y lo fija en cuanto tal, es, sin más,
lo que el discurso es: subjetividad. El discurso es la fijación
del sujeto en el curso de lo dicho. Esto se puede enunciar de esta otra
manera: el discurso es la memoria del yo. A través del discurso,
el yo hace memoria de sí mismo, se repasa, se repiensa. Pasar por
la mente algo y pensarlo aluden a una misma realidad. Y en esto, el lenguaje
es sabio: guarda memoria de aquello que hemos olvidado.
La
modernidad es la mirada nomencladora de la subjetividad, muestra lo que
antes no se veía: la filiación del yo individual en la fijación
del discurso.
Así queda entendido que la modernidad
es más bien una cuestión de enfoque que de otra cosa: en
la antigüedad, dialécticos, sofistas y naturalistas no fueron
menos modernos que nuestros actuales intelectuales.
La palabra aparece desde afuera, en su nombrar,
como la instigadora del decir de adentro. La palabra abre el cuerpo cerrado
del pensamiento y el cuerpo cerrado del mundo, y, en su escucha, los hace
hablar. Y el discurso es el cuerpo articulado y en movimiento de esa palabra.
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