La promoción
al escritor en España
Marina Beltrán
| De
mis libros vivo sólo en parte. Al menos un tercio de mis
ingresos proceden de la denominada industrial literaria, especialmente
de lecturas, de invitaciones a bibliotecas, centros culturales,
escuelas y universidades. Y otro tanto procede de becas de escritura
y de premios literarios.
Ingo Schulze,
Süddeutsche Zeitung, 8.4.2006
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En
España son pocos los autores que puedan dedicarse exclusivamente
al oficio de escribir. Con oficio de escribir entendemos no sólo
la creación de una obra literaria, sino el entramado que hay alrededor
del acto de escribir, como puedan ser las colaboraciones con la prensa
o con las editoriales, la redacción de prólogos, etc. En
algunos países del norte de Europa, y como nos cuenta el autor
alemán Ingo Schulze, al oficio de escribir pertenecerían
también las lecturas en bibliotecas y centros culturales, la concesión
de becas de escritura (en España no) y los premios literarios (bueno,
en España sí). Fíjense que en la enumeración
del autor alemán aparecen antes las becas de escritura que los
premios literarios.
La
mayoría de los artículos publicados en España acerca
de la promoción al escritor-autor se dedican a describir la situación
actual de los premios literarios o a las herramientas de las que dispone
un autor para ganarse la vida con su profesión, que es lo mismo,
puesto que en España la medida de promoción al autor (promoción
económica y simbólica) más común, o al menos
la única que parece existir para las personas a las que este tema
compete, es convocar un premio literario. Todavía no he encontrado
ni un solo artículo en la prensa especializada que se detenga a
describir la naturaleza de la promoción al autor literario, a proponer
mejoras o a analizar el estado de la cuestión desde un punto de
vista más científico, esto es, desde la sociología
de la literatura, la gestión cultural, la jurisprudencia o la economía.
La
finalidad de este artículo es, pues, la de plantear alguna de las
razones por las que en mi opinión España se encuentra a
la cola de otros países con medidas de promoción al autor
eficientes y eficaces, así como la de esbozar alguna propuesta
de mejora. Es posible que olvide mencionar algún punto o que algún
lector difiera de alguna de mis opiniones y propuestas. Sin embargo espero
que este artículo al menos contribuya a abrir el debate y a ayudar
a reflexionar acerca del tema que nos ocupa, aunque sólo sea a
unos pocos.
Que
no existe una conciencia de esta problemática en España
se refleja en primer lugar en la escasez de estudios de investigación
que aporten los datos necesarios para analizar la situación de
la promoción al autor en España. Sociología de la
literatura es también el análisis de la situación
económica, laboral y social del autor por una parte, y del sistema
literario por otra, y no sólo de las circunstancias históricas
o sociales en la que surgió una novela o en las que un autor vivió.
Y lo cierto es que, si en las universidades españolas no se contempla
esta cuestión (porque en las universidades españolas distintas
disciplinas interactúan poco o nada), ¿cómo va a
existir la necesidad de investigar acerca de este tema? Prueba de ello
es que sólo he podido encontrar un análisis sociológico
de la situación social y jurídica (económica no)
del autor, publicado el año 1997 por la Asociación de Escritores
Catalanes y realizado por el sociólogo cultural Arturo Rodríguez
Morató: 'La problemática profesional de los escritores y
traductores. Una visión sociológica'. El único problema
de este estudio es que la muestra es bastante reducida, aunque nos permite
tener datos orientativos. Bueno, una muestra reducida de una muestra completa
que desconocemos, porque es muy difícil disponer del número
exacto de autores españoles (en la asociación colegial de
escritores hay actualmente inscritos sólo unos 2.800 autores, cuando
según el INE en España viven unos 145.000 artistas). El
motivo principal de la escasez de datos al respecto proviene, entre otros
motivos, de la escasa codificación del oficio de escribir (para
lectores inquietos, les remito a la obra de Pierre Bourdieu, el cual teoriza
sobre este tema con filosófica profundidad).
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En
España tampoco existe una catalogación fidedigna de los
premios y concursos literarios. Bueno, existe una publicación,
editada anualmente por un taller de escritura creativa, la Guía
de los premios y concursos literarios en España. Pero esta guía
es sólo un listado y no una catalogación, además
de que no todos los premios y concursos que aquí se enumeran (en
total 1600) pueden ser considerados como premio o concurso literario,
como ya veremos más adelante.
Antes
de continuar creo necesario describir en este lugar qué es lo que
aquí se entiende por promoción al autor. La promoción
al autor supone no sólo el apoyo y el fomento económico
al autor, sino también un apoyo simbólico, a través
de la mejora de las condiciones sociales, jurídicas y laborales
que afectan al autor. Con esto me refiero a intentar mejorar la estabilidad
económica y laboral de los autores, a mejorar el marco jurídico
de la creación intelectual (la ley de propiedad intelectual puede
mejorarse, sus derechos cumplirse y los contratos con las editoriales
redactarse mejor) o a ofrecer mejoras sociales (necesarias en un gremio
que sufre bastantes inestabilidades). Del mismo modo la promoción
al autor debe ser entendida de un modo sistémico, esto es, como
el apoyo y la promoción de todos los elementos del sistema literario
(autor, lector, editoriales, librerías, agentes, bibliotecas, asociaciones
culturales-literarias, escuelas, universidades, centros culturales, etc).
Además de la consideración sistémica de la promoción
al autor, y con el fin de que estas medidas sean eficientes y eficaces,
la promoción al autor tiene que ser forzosamente planificada a
largo plazo, heterogénea —recurriendo a diversas herramientas
de promoción— e independiente de cualquier interés
económico y político que afecte a la creación literaria
(la independencia de la promoción literaria reside en el mismo
acto de creación, que por su propia naturaleza será independiente
o no será).
Volviendo
al déficit de investigación. Tiene que haber un problema
de catalogación, cuando, por ejemplo, en Alemania, país
con el doble de habitantes que España y donde lo tienen todo muy
bien catalogado, se ofrecen anualmente unos 120 premios literarios (premios
dirigidos a autores, repito) mientras
que en España, y haciendo uso del único listado existente,
se habla de 1600 premios anuales. Es precisamente de este dato del que
hace uso la prensa especializada. Pero, entonces, ¿dónde
está el error?
En
primer lugar una catalogación necesaria tendría que diferenciar
entre los premios literarios y premios culturales. Bajo premios culturales
se entendería el término cultura en su sentido amplio, esto
es, como las formas de vida del ser humano, sus derechos fundamentales,
sus valores, sus tradiciones y sus creencias (definición de cultura
de la UNESCO). Por tanto premios como “Unidos por el Tajo”,
“Corpus Cristis” o “El cochinillo de Arévalo”
(no, aquí no hay error; existe un pueblo donde se convoca anualmente
un premio-oda al cochinillo), deberían ser catalogados como premios
culturales y no como premios literarios, porque estos premios culturales
no promocionan al autor ni la literatura. En realidad de esos 1600 concursos
convocados anualmente, no creo que más de 800, y siendo benevolente
con la criba, puedan ser considerados como premios literarios sensu estrictu,
lo que sigue siendo una cifra alta, si comparamos lo comparamos con otros
países.
Esta
cifra es tan sólo el reflejo de la larga tradición de premios
literarios que existe en nuestro país; ya en la Edad Media se organizaban
concursos literarios conocidos como los juegos florales (algunos concursos
literarios mantienen este nombre aún). Por otra parte las regiones
donde se hablan lenguas históricas recurren al premio literario
como una herramienta de promoción lingüística, toda
vez que determinados factores están fomentando lo que yo entiendo
por abuso de los premios y concursos literarios (abuso, porque un buen
uso de los premios y concursos literarios puede aportar muchos beneficios
al autor, beneficios, no sólo económicos sino también
simbólicos). Los premios literarios se han convertido sin duda
en la mejor herramienta de marketing de la industria editorial; en un
mercado editorial en el que los libros no aguantan en las librerías
más de un mes, la concesión de un premio literario llamará
la atención del lector.
En
mi opinión en esa catalogación necesaria también
tendría que distinguirse entre un premio literario concedido por
un libro publicado u obra de un autor y un concurso literario. En España,
de los cerca de 800 premios literarios, no más de 30 son premios
dedicados a una obra (Premio Cervantes) o un libro publicado (Premio de
la Crítica). El resto son concursos literarios. Dato curioso, puesto
que la tendencia en otros países europeos es justamente la contraria.
Es más, en países como Alemania los concursos literarios
carecen de capital simbólico, por lo que los autores, o los que
tienen intención de dedicarse al oficio de escribir, suelen rechazar
presentarse a un concurso literario (con excepciones, claro). No obstante,
por concepto, tampoco en mi opinión los concursos literarios se
acercan a una práctica eficiente de la promoción al autor.
¿Acaso el proceso de anticipación que se produce durante
la creación literaria de una obra
destinada a un concurso, cuando el autor escribe pensando en un concurso
determinado y por consiguiente en un destinatario determinado, o cuando
el proceso creativo está restringido a un tema determinado, como
por ejemplo el concurso literario “Tanatoscuento”, promovido
por una funeraria y en la que la obra tiene que versar sobre la muerte,
no está limitando la libertad en la que cada acto creativo, en
su naturaleza divergente, debe transcurrir?
El
abuso de los concursos literarios se observa también en su dotación
económica: en Alemania, por ejemplo, el premio literario mejor
dotado es siete veces inferior al premio mejor dotado en España.
Quizá porque la participación de las editoriales en la organización
de premios y concursos literarios es inferior a la de España. Quizá
porque la dotación de un premio literario organizado por una editorial
no es más que el anticipo de los derechos de reproducción
de las editoriales a los autores, aunque, claro, un anticipo bastante
sustancioso en muchos casos.
Como
he comentado más arriba, la promoción al autor ha de ser
diversa, y por ende, creativa. Porque existen otras herramientas, además
de los premios literarios, que pueden implantarse con el fin de excitar,
promover, impulsar o proteger al autor y la escritura. Excitarle con talleres
de escritura creativa y con la organización de lecturas en las
bibliotecas e institutos (porque sin lector no hay autor); promoviendo
el desarrollo de una infraestructura (bibliotecas y asociaciones literarias)
que permita la creación literaria así como una mayor presencia
de la literatura en nuestra sociedad; impulsando el talento de los creadores
y protegiéndolos frente a la voracidad del mercado y el mal uso
que en nuestro país se hace de los derechos de autor. O creando
becas (becas de escritura, becas de estancia, becas de viaje) para escritores
que, de un modo anticipado, fomenten la escritura y supongan una ayuda
económica para el escritor, de manera que pueda dedicarse durante
un tiempo limitado y exclusivamente al acto de la creación literaria.
En países del norte de Europa esta medida de promoción está
bastante establecida en el sistema literario; esta ayuda no sólo
supone una ayuda económica para el autor, sino que en la mayoría
de los casos posee el llamado capital simbólico, en términos
de Bourdieu, que permite al autor darse a conocer y establecerse en el
sistema literario. Este capital simbólico lo tienen en España
algunos premios y concursos literarios. Es más, actualmente el
requisito imprescindible para que una editorial te abra sus puertas es
poseer algún premio literario o haber ganado algún concurso.
Y será a partir de la publicación cuando llegarán
las colaboraciones con la prensa, con editoriales, invitaciones a prologar
libros y a realizar recitales.
Volviendo
a utilizar Alemania como modelo, en este país son más de
60 las instituciones públicas y privadas que convocan anualmente
becas de escritura. En España, sin embargo, no hay más de
seis instituciones organizadoras.
Es
en este punto cuando quizá alguno de los lectores argumente que,
si en España no se crean más becas de escritura, es por
una cuestión económica. Pero no, en este caso no creo que
deba hablarse de un problema económico, sino más bien de
un error en el manejo de las herramientas que están a la disposición
de las personas responsables de esta competencia o, siguiendo los planteamientos
de este artículo, de una falta de creatividad en promoción
a la escritura. Por ejemplo: sólo los ayuntamientos en España
se van a gastar el curso 2006/7 más de 1.880.000 € en dotaciones
de concursos y premios literarios. En total las entidades convocantes
de premios y concursos en España se van a gastar en este periodo
de tiempo casi 6.500.000 € (y aquí estamos contando sólo
la dotación de lo que consideramos concurso literario, y no la
de los concursos culturales). Los principales responsables de ese desembolso
no son sólo los ayuntamientos, las diputaciones y las comunidades
autónomas, sino también las editoriales (los que más
invierten), asociaciones literarias y entidades privadas. Y porque las
circunstancias hacen que posea
datos de la situación alemana indico para mayor claridad: en Alemania
los Bundesländer (lo que sería el paralelo de nuestras comunidades
autónomas, los cuales tienen prioridad en la gestión de
la cultura, mientras en nuestro país esta prioridad la tienen los
ayuntamientos) se gastaron el año 2002 aproximadamente alrededor
de 2.300.000 €. Esta cifra incluye no sólo concursos (en los
concursos invirtieron sólo 42.000 €) y premios literarios,
sino también becas de escritura (con una inversión de casi
800.000 euros), cursos de formación, lecturas y grupos de trabajo.
Así que repito: no creo que se trate de una cuestión económica
sino más bien de una cuestión de eficiencia y eficacia en
la promoción a la literatura. Es decir, si la dotación del
premio que convoca anualmente el Círculo de Empresarios en España,
30.000 €, se utilizara como dotación de una beca de escritura,
un autor podría recibir durante medio año 500 € mensuales
para así financiar de un modo anticipado un determinado proyecto
de escritura (el requisito de una beca de escritura suele ser la presentación
de un proyecto literario o de una trayectoria profesional), lo que es
el caso de la beca de escritura de la ciudad de Leipzig, por ejemplo.
No
quiero olvidar otras ayudas posibles y necesarias. Los autores noveles
son, por principio, los destinatarios potenciales de la promoción
al autor. Éstos necesitan especialmente incentivos, así
que tanto becas como premios pueden serles de gran ayuda. En este caso
también sería oportuna la creación de cursos orientativos
o cursos de formación. Igualmente la traducción y los traductores
han de ser protegidos. Éstos son, sin lugar a duda, los profesionales
con las mayores desventajas económicas y laborales del gremio de
escritores. Esta ayuda es necesaria sobre todo porque cuidar la traducción
contribuye a la preservación de la literatura universal (¡cuántas
veces habrá caído en nuestras manos una gran novela que
no hemos podido seguir leyendo por la escasa calidad de la traducción!).
Y tampoco hay que olvidar las subvenciones a la edición de obras
literarias. Porque los géneros minoritarios como la poesía,
el ensayo o el teatro también merecen su formato final, el libro.
Y sin embargo, ¿por qué existen en España sólo
dos editoras públicas?
Quizá
sea éste otro de los problemas con los que se enfrenta la promoción
cultural. La gestión de la cultura por parte de las entidades públicas
tendría que estar sustentada en lo que se conoce como Non Profit
Management, esto es, que los ayuntamientos, en mi opinión, no deberían
obtener ningún beneficio de las acciones en promoción a
la cultura (y a la escritura, en este caso). Pero no suele ocurrir así;
en algunas ocasiones los ayuntamientos no ceden los derechos de reproducción
de una obra premiada hasta, muchas veces, pasados 12 años (la fecha
límite). Repito: en mi opinión los derechos de reproducción,
cuando es una entidad pública la que concede el premio, tendrían
que quedar libres para que el autor hiciera con su obra lo que quisiera
(que es en muchas ocasiones publicar su obra en alguna editorial). Supongo
que por el mismo motivo (¿desconocimiento? ¿falta de profesionalidad?
¿falta de un discurso movido por objetivos?) aún existen
convocatorias de concursos literarios con formulaciones jurídicas
que nos recuerdan a los tiempos de la dictadura franquista como por ejemplo:
«la entidad convocante se quedará en propiedad de la obra».
Pero la entidad convocante no se queda en propiedad de la obra. ¡La
propiedad de la obra es del escritor! La entidad convocante sólo
puede quedarse con los derechos de reproducción, cedidos por el
autor por un tiempo limitado. Aunque aquí no estamos hablando más
que de un error de formulación y en lo que respecta a los premios
y concursos literarios rija la legislación vigente, ¿acaso
no se está haciendo un abuso, aunque sea sólo formal, de
los derechos de los autores?
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En
este orden de pensamientos sería aquí cuando podríamos
preguntarnos por qué las convocatorias de los concursos literarios
parecen, muchas veces, un contrato editorial. Si los premios literarios
son, en su gran mayoría, una herramienta de promoción a
la literatura, ¿por qué no se describe el proyecto, ni se
habla de objetivos y destinatarios de esos premios?
En
realidad son muchas las preguntas que surgen cuando se profundiza en este
tema, aunque voy a terminar este artículo con la siguiente: ¿por
qué algunos premios indican en sus convocatorias que el premio
no puede declararse desierto? ¿Qué ocurre entonces si ninguna
obra alcanza un mínimo de calidad?
Seguro
que son muchos los puntos que me quedan por tratar. En cualquier caso,
espero que al menos este artículo sirva no sólo como un
alegato a la creatividad en promoción a la cultura, a la literatura
y a la escritura, sino también como denuncia de algunas prácticas
que, en mi opinión, deberían ser corregidas. Aunque, claro,
para que esas prácticas sean corregidas habría que tener
conciencia de la existencia del problema con el fin de corregir malas
prácticas y mejorar las medidas de promoción al escritor
en España.
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