José Revueltas
Una escritura del lado “moridor”
Alejandro Hermosilla
Sánchez
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«Me
considero inserto en una literatura (…) que, en consonancia
con su tiempo, se desgarra a sí misma como desesperación
de la libertad y como libertad desesperada».
«La
historia de México (…) es algo absolutamente parcial
por falta de crítica y autocrítica, una especie de
chisme sabroso».
«Yo
creo que el hombre no tiene otro fin último que el de su
propia desaparición. La historia de la humanidad no es sino
la historia de tratar de sobrevivirse la humanidad misma. (…)
Su única realidad es la memoria, es decir, la historia-signo.
(…) Por eso no le doy finalidad a ninguno de mis personajes,
ni finalidad al ser humano como tal».
José Revueltas
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Hablar
de un escritor como José Revueltas (Durango, 1914 - México
DF, 1976) puede parecer —según a quién— un tanto
anacrónico en nuestros días sumidos en el tedio del consumismo,
la inhóspita incomunicación y la dictadura mass-mediática,
pero, desde luego, se antoja sumamente necesario si se quiere rescatar
y honrar la memoria de uno de los mayores intelectuales que concediera
el país mexicano en el siglo XX, capaz de mostrar con su vida y
obra el poder que podrían tener la palabra y la cultura para forjar
auténticos caminos de libertad y resistencia en la senda del cuestionado
hombre contemporáneo.
Desde luego —si entre otros muchos
aspectos— Revueltas se destacó como un hombre íntegro,
libre y fiel únicamente a los dictados más rigurosos de
su conciencia, no fue únicamente por su adscripción al comunismo
como meta última que podría liberar y unir a los hombres
frente a los distintos poderes que intentaban someterle sino, sobre todo,
por la voluntad de gestionar su propia vida, su propia escritura y sus
tendencias políticas desde sí mismo y sus convicciones más
íntimas por más que éstas chocasen con las del resto
de sus congéneres. Por todo ello, su adscripción comunista
—a diferencia del intento impostado realizado por tantos correligionarios
de este movimiento político— lejos de ratificar distintas
contradicciones de su persona, lo fortaleció pues, en gran medida,
lo heroico y admirable de su ejemplo personal es que él sí
que siguió con integridad las doctrinas en las que creía
hasta tal punto que no le importó ser encarcelado por los distintos
gobiernos mexicanos en innumerables ocasiones por defender sus ideas ni
tampoco enfrentarse al partido comunista de su país o a las purgas
estalinistas en la medida en que ambos se apartaban de los manifiestos
concebidos por Marx y llevados a la práctica por Lenin.
En este sentido, Revueltas fue en sí
mismo todo un movimiento consciente de que no podría tener más
afiliados que aquello que su propia conciencia le dictara y el cariño,
admiración y valor que su obra y persona dispusieran en las futuras
generaciones de hombres que quisieran acercarse a conocer una obra rebelde,
intensa y dramática como pocas se han escrito en todo el siglo
XX en el seno del país mexicano y condenada, aparentemente, a establecer
un diálogo destructivo, implacable y feroz consigo misma y sus
referentes y epígonos muy difíciles de encontrar en México.
Porque si bien la obra de Revueltas está
dedicada íntegramente a su país y resulta incomprensible
si no tenemos en cuenta el contexto social-político desde el que
surge y sobre el que se impone con la voracidad de un buitre dispuesto
a morder con rabia en el centro mismo de los pactos que las diversas secciones
de la sociedad mexicana realizaran tras la consabida Revolución,
es con otros pensadores a los que Revueltas admiraba y no se privaba de
citar constantemente, con los que habría que entroncarla para empezar
a desvelar las raíces de su fuerza estética.
En
este sentido —y para que el lector español no avezado vaya
comprendiendo desde dónde surge y cómo se compone el ars
literaria de Revueltas— si la escritura de Revueltas se parece a
la de algún escritor tanto en sus errores como en sus aciertos
no es sino a la de Fedor Dostoievsky con quien le unen la desesperanza
a la hora de enfocar las relaciones sociales entre los hombres, el caótico
fluir de la conciencia de sus personajes vivos y que se escapan de cualquier
intento de tipificación y una honda búsqueda de lo espiritual
—alejada de toda finalidad utilitaria— en sentido contacto
con algunas de las bajezas y flaquezas más viles del ser humano.
Asimismo, y dado el contexto político
del que da cuenta su literatura, en su caso particular, absolutamente
asimilable a su vida, resulta necesario conjurar el nombre de Jean Paul
Sartre y la particular atmósfera que presidiría su Los
caminos de la libertad para comprender la temática ante la
que se enfrentó Revueltas a lo largo de toda su vida y que no le
permitió paz ni descanso durante el transcurso de la misma: el
hombre enfrentado ante una libertad que le es concedida e impuesta de
tal manera que condiciona su vida a expensas de los poderes fácticos
tal y como si fuera un esclavo. Pues una de las preguntas esenciales de
la obra de Revueltas —y en esto, desde luego, también se
encuentra cercano al Camus de El hombre rebelde— consistiría
en interrogarse sobre la verdadera naturaleza del hombre y si merece la
pena vivirse una vida en la que en pos de un bien social absoluto se priva
a los individuos de aquello más preciado que poseen: su conciencia
y su voluntad de decidir por sí mismos, aunque esta decisión,
aparentemente, no sea la correcta, les acarree una condena, una exclusión
social y el ayuno interno y externo de alimentos. Con otras palabras:
¿el silencio no es tan culpable como el poder y el cobarde tan
severo como el poderoso si no es capaz de entender su vida más
allá de sí misma vinculada a una historia mítica,
política y social que le obliga a vincularse a sus hermanos en
la sociedad para clamar que antes que el alimento, el trabajo y la familia
se encuentra el espíritu —aún mortal— del ser
humano?
A este respecto, es desde luego reseñable
que Revueltas jamás calló. Jamás. Si Lacan manifestaba
en una de esas frases celebérrimas que nos dejara, que el primer
requisito que debía forjar a un hombre para ser considerado como
tal era atreverse a pronunciar la palabra no, Revueltas hizo de esa negación
toda una religión libérrima y personal a través de
la que supo definir las contradicciones del nuevo sistema capitalista
mexicano surgido de la, para él, impostada revolución, así
como de sus procesos de modernización. Negación que, por
otra parte, con rotundidad y sin cortapisas, fuera, igualmente, la respuesta
que Revueltas concediera tanto al partido comunista de su país
(atento a pactos contradictorios con la burguesía mexicana para
consolidarse en el poder) como a las famosas purgas estalinistas.
De
esta manera, a Revueltas (aún y a pesar de que, en su juventud,
retirara de la circulación su insigne Los días terrenales
(1949) por mor de ser declarada una obra ofensiva para con el partido
comunista de su país al que, moralmente, se sentía unido
cuando aún no había madurado del todo y desarrollado su
método dialéctico-crítico que lo pusiera en evidencia),
no le importó ser expulsado del partido comunista ni recibir toda
clase de críticas del mismo que le llevaron, por momentos, a la
exclusión más radical y más feroz dentro de su país.
De hecho, a Revueltas lo único que parecía importarle era
su obra, su conciencia y el caminar recto y ético de su país
para construir una auténtica democracia (muy alejada, desde luego,
de la que estaba propugnando el PRI) o un sistema político —fuera
comunista o no— en el que las clases más desfavorecidas no
se vieran sometidas a tantas de las feroces situaciones que describe en
sus novelas ni fueran ninguneadas sistemáticamente del proceso
de crecimiento económico de su país. Pues el héroe
de las novelas de Revueltas es, por lo común, el visitante del
lado moridor de la vida; esto es, el disidente, el rebelde, el lumpen
(proletario o no) o el marginado (en definitiva, el hombre que, por motivos
internos o ajenos a su voluntad, se encuentra enfrentado al sistema) y
acometer su obra supone, en cierto sentido, profundizar en ese México
subterráneo y escurridizo que se estaba formando lentamente en
los residuos dejados por el crecimiento económico de la ciudad
de México y que pervivía sin aliento, con sed de reconocimiento
y orgulloso de sus orígenes alejado de la capital del estado mexicano
en distintas regiones de este país.
En fin —y para que el lector occidental
pueda seguir familiarizándose con la temática de la obra
de Revueltas— diríamos que la misma (revísese Los
muros de agua (1940), El apando (1969) o algunas de las
más ariscas escenas de Los días terrenales) se
encuentra sumamente cercana a la producida en el país francés
por, sin ir más lejos, Jean Genet, aunque el nihilismo de ambas
obras sea movido en cada uno de los casos por circunstancias diferentes
y se arroje a objetos disímiles: en el caso de Revueltas, a la
inconsecuencia de los propios hombres consigo mismos, su tendencia al
pacto (religioso, político o familiar) que olvida el animal libre
que son en primera instancia hasta el punto de hacerlos peligrosos para
sí mismos al caer en las redes del tedio, la militancia, el conformismo
o la rapacidad y en el caso de Genet, a la racionalidad abstracta que
había perdido de vista la configuración mítica que
subyace bajo toda sociedad y había apartado a los individuos de
la misma de comprender la sangre que se escondía tras los crímenes
vitales y culturales de los sistemas de dominación occidentales
que declaraban, sibilinamente, la “exclusión” de los
“otros” míticos, diversos, ralos y diferentes. En el
caso de Revueltas, una revancha del hombre contra el hombre para hacerlo
despertar a una “nueva” realidad por más que ésta
no resuelva el problema “esencial” de su misma existencia
y en el caso de Genet, una lucha a muerte contra Dios por haber permitido
que los hombres, luchando contra él o admirándolo, se olvidaran
del respeto y la piedad que su imagen conllevaba hasta caer enfangados
en el olvido de sí mismos y las doctrinas del mito enfangándose
en las aristas de la racionalidad.
A
este respecto, tampoco la obra de Revueltas se encuentra muy lejana —de
hecho, él mismo animó a la crítica a realizar esta
comparación— con los postulados que ofrendase André
Malraux en La condición humana (1933) pero si esto no
debería jugar ni a favor ni en contra de la misma, considero, sin
embargo, que, en este caso, a diferencia de la comparación establecida
con Dostoievsky, Genet o Sartre, la obra de Revueltas se resiente de este
hecho acaso por las mismas razones que, hoy en día, ya no permiten
una lectura emocionada de la obra del escritor francés. En suma,
las que han sido consideradas sus novelas esenciales hasta ahora, Los
errores y Los días terrenales, si bien tiene el mérito
de conformarse como una especie de novelas río que denuncian una
realidad inexcusable —las purgas del partido comunista y las contradicciones
de los hombres enfrentados a seguir las doctrinas de este movimiento o
avanzar por un camino propio que Revueltas considera mucho, mucho más
exigente y, asimismo, más generoso— se encuentran, considero,
demasiado constreñidas a la temática denunciada y a las
motivaciones de denuncia política y humana que las hicieron surgir,
hasta tal punto que puede que el tiempo las vaya situando en un contexto
menor dentro de la obra de Revueltas a favor de sus ensayos políticos
en los que su prosa se muestra ligera e incisiva y en los que —sin
necesidad de intrincados vericuetos morales— se denuncia la misma
realidad que en estas novelas acaso con mucha mayor habilidad y ligereza.
Pues basta leer escritos políticos o sociológicos tan lúcidos
e inmenso como México: una democracia bárbara (1958),
Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962) o el publicado
póstumamente Cuestionamientos e intenciones (1978), en
los que Revueltas describe el estado de cosas del México con la
aspereza, sutileza y lucidez pero, sobre todo, con la rigurosidad con
la que se planteó certera y éticamente su escritura durante
toda su vida, para visualizar un pensamiento que, lejos de pasar de moda,
se encuentra cercano, presente y refleja con meridiana claridad no sólo
la realidad del México que vivió y sufrió en sus
años de juventud y madurez (el México de los años
40, gobernado, en primera instancia, por Manuel Ávila Camacho hasta
el de la década de los 70, presidido por Luis Echevarría
Alvárez) sino el del presente. Porque, en este sentido —y
si se ha comprendido mi razonamiento— convendremos en que, si se
trata de denunciar una realidad inhóspita, Revueltas acierta más
cuando se acerca al tono ensayístico, casi periodístico,
utilizado por su admirado Aleksander Solzhenitsyn en su mítica
Archipiélago Gulag que cuando trata de difundir esta denuncia
a partir de la construcción de unos personajes enfrentados a la
misma en la que, sobre todo, destacan su fragilidad, sus dudas y, por
supuesto, —lo que no podía ser menos tratándose de
Revueltas— su hacerse moral continuo, retorcido, presente y caótico
pero firme y resuelto ante los ojos de sus lectores.
Desde este punto de vista —dejando
de lado comparaciones con escritores occidentales, por otra parte, admirados
y requeridos por Revueltas y teniendo en cuenta la realidad mexicana de
la que se origina y en la que se incrusta su obra— Revueltas utilizó
el puñal de su escritura para mostrarnos una realidad que retratara
con dignidad Buñuel en su mítica Los olvidados
(1950) y que, sistemáticamente, se estaba entregando a través
de los mass-media a los mexicanos y al mundo a través de algunas
de las adocenadas películas protagonizadas por Pedro Infante —símbolo
universal y casi pop, por otra parte, del proletariado urbano y rural—,
la figura tipificada del mariachi, el enredo lingüístico-humorístico
de Cantinflas o la sublimación y falsificación absoluta
de la verdad de la procedencia, ideales y realidades de los supuestos
héroes
de la Revolución y la Independencia.
Así, frente a estos tópicos,
la realidad descrita por Revueltas se volvía tan fácil de
criminalizar como de censurar puesto que este escritor infatigable no
dudó en partir en miles de pedazos la imagen idealizada que presentaba
la nueva sociedad mexicana posrevolucionaria ante sí misma y el
mundo exterior, ofrendando una visión de la misma vil, cruenta
y arrolladora en la sin que remordimientos se hablaba de la vejación
en la que vivían las clases más desfavorecidas de México,
las contradicciones de los hombres condenados a seguir sus ideas —a
favor o en contra del sistema—, el régimen carcelario mexicano,
las intrigas más descarnadas de su política o la enajenación
a la que se condenaba a vivir a decenas de culturas indígenas sometidas
al más descarnado olvido al tiempo que se hacía un retrato
sin parangón en México hasta ese momento de tipos no exportables
como asesinos, ladrones o prostitutas a los que se estudiaba y se intentaba
comprender desde sus circunstancias sin ánimo de complacencia y
sin que la voz narrativa tomara en ningún momento partida por sus
solitarias luchas.
De hecho, lo radical de la obra de Revueltas
es que, lejos de mitificar o magnificar la figura del delincuente, la
prostituta o el integrante del partido comunista, los mostraba descarnados,
atropellados, en búsqueda constante de un “yo” que
nunca podían aferrar y tan desguarnecidos en sus ideas políticas
y sociales como en sus ropajes sociales hasta tal punto que no podían
evitar caer en los mismos errores del sistema que denunciaban y al que
se encontraban vinculados, más allá de sí mismos,
de una manera íntima y cruel (véase El apando,
Los muros de agua o Los días terrenales o el
hermoso cuento La palabra sagrada). Y si esto ponía de
manifiesto algún aspecto, este no era otro que la radicalidad y
la visceralidad del pensamiento de Revueltas: un escritor capaz de luchar
contra sí mismo y sus seguidores afines con la misma virulencia
con que lo hacía con las capas burguesas y regentes del país
mexicano. Pues, ante todo, su lucha se acometía a favor de la verdad
del ser humano y para conseguir esta verdad, no le importaba ni vulnerarse
a sí mismo ni a quienes amaba teniendo en cuenta que sólo
una crítica radical de la izquierda, su movimiento y seguidores
podía, en su opinión, ayudar con certeza a acabar de una
vez con las mentiras que se vivían en el México cotidiano
aceptadas por la mayoría de los ciudadanos —incluido el partido
comunista— y que terminaron, por ejemplo, en generar los hechos
sucedidos en Tlatelolco.
De esta manera, Revueltas llegó a
olvidar en muchos momentos de su vida a su familia, obligado moral y éticamente
a dedicarse a su tarea de escritor y agitador político por más
que esto lo llevara continuamente a la cárcel (que, incipientemente
visitó a los 15 años en distintas y sucesivas ocasiones
—algunas de las cuales fueron noveladas— que le acompañaron
como un suceso cotidiano en su vida hasta, prácticamente, los días
en que muriera) y se enfrentó a todos y cuantos no supieron ni
pudieron acompañarle en su lúcida, heroica y, desde ya,
mítica lucha por la aproximación a la libertad en México,
por la verdadera constitución, al fin, de una auténtica
República que dignificara la anónima y, tantas veces, criminalizada
lucha de tantos hombres de su pueblo por construir un gran país.
Por todo ello, no resulta nada extraño
que Revueltas alcanzara, desgraciadamente, su mayor momento de gloria
a partir de los asesinatos de Tlatelolco (aun a pesar de volver a ser
encarcelado de nuevo en Lecumberri). Esos asesinatos y las correspondientes
luchas que los movimientos estudiantiles realizaran en
1968 y posteriores años, le daban multitudinariamente la razón
a una voz como la suya que hasta entonces había clamado en el desierto
y que, de repente, advertía que todas las contradicciones del sistema
político moderno que él había denunciado inmisericordemente
se hacían realidad hasta el punto de golpear los derechos de millares
de ciudadanos que salieron a la calle a manifestar su enojo y reivindicar
sus derechos antes de ser asesinados, amordazados y silenciados ¿para
siempre? Así, Revueltas, acompañado y admirado por millares
de estudiantes, antes de la injustificada matanza, llegó a creer
y reivindicar una religión mixta de amor plural en la postura de
unos estudiantes que sublimaban las distintas realidades de México
—incluida la indígena— en una sociedad plural que podía
aspirar a concretar la nueva religión del hombre —acaso no
muy lejana de la que imaginara D. H. Lawrence— en México.
Sí. Tlatelolco dio la razón
a Revueltas quien, como Fernando del Paso en su visionaria José
Trigo (1966), ya había percibido que tras los anclajes que
motivaron la desactivación de la huelga de los ferrocarriles acometida
en México en 1959, se encontraba un estado (ese ángel exterminador
descrito por Buñuel y metaforizado con suma inteligencia por Jodorowsky
en La montaña sagrada (1972) político autoritario
y dictatorial que podía, perfectamente, llegar —para resguardar
sus privilegios— a acometer cualquier matanza contra la ciudadanía.
Y es que Revueltas siempre supo que la revolución mexicana no había
sido engendrada por el pueblo mexicano, sino por su incipiente burguesía
necesitada de expandirse en torno a una libre modernización del
país y necesitada de pactar (lo que sucedió, finalmente)
o luchar (lo que motivó la Revolución) contra la oligarquía
caciquista de Porfirio Díaz, para repartirse —en contacto
con Estados Unidos— las migajas fastuosas del país mexicano,
una vez que consiguió usurpar la función que debía
corresponder a los distintos partidos políticos de izquierda y
estableció, asimismo, un pacto fatal con el proletariado rural
al que dejó mudo e incapacitado para vehicularse en un sistema
político eficaz de resistencia que respetara íntegramente
sus derechos.
Así, Revueltas desde sus lúcidos,
rigurosos y siempre exhaustivamente documentados ensayos, se volcó
en mostrar tanto a la izquierda comunista —confundida cegadamente
por el oropel ideológico del estalinismo ruso y el rancio discurso
del PRI— como a su pueblo, las razones que habrían degenerado
en que el bello país que era México se hubiera convertido
en ese laberinto de soledad que radiografiara Paz y no dudó en
proclamar —en instantes de constante crecimiento económico—
la orfandad y nostalgia mexicanas como frutos —más allá
de la conquista mexicana— de la construcción de un país
(desde su Independencia —que no fue tal para Revueltas— hasta
su Revolución —esta sí, primera independencia mexicana—)
que no había sabido amplificar las distintas contradicciones que
lo formaban en cambios necesarios
para todos y caminaba hacia un futuro difuso, habiendo olvidado la parte
más preciosa de sí misma: la herencia pre-hispánica.
A este respecto, valga leer El luto
humano (1943) —para mí, sin duda alguna, la obra maestra
de José Revueltas por encima de los incisivos cuentos que forjan
Dormir en tierra (1960)— para observar cómo su espíritu
libérrimo fue capaz de condensar en una historia de seres anónimos
con una destreza caótica sin igual el drama del México rural
y, por ende, el moderno, condenado a luchar capciosamente por una tierra
olvidada y opacada por la sed de poder y venganza de unos hombres lejanos
—aun siendo cercados por esta— de la herencia pre-hispánica
abolida que acaba condenándolos de una manera velada a vivir una
no-vida dominada por la muerte. La muerte, la resurrección de los
muertos que no pueden irse de una tierra que les ha sido robada y la muerte
real de los vivos que se encuentran alejados de esta influencia, aparece,
por tanto, como la protagonista básica de una obra que me parece
la más lograda de Revueltas y en la que su prosa se une a la de
Rulfo y a la de Agustín Yáñez para mostrarnos los
pliegues olvidados y medrados de una tierra muerta y olvidada que, sin
embargo, se antoja mítica y subyacente a todo influjo ajeno a sus
propias raíces.
Y es que Revueltas no sólo fue un
escritor político. Fue un escritor absoluto. Fue un hombre que
vivía y respiraba para la literatura. Y no es de extrañar
que, dada su capacidad absoluta de profundizar en la conciencia de sus
creaciones, fuera capaz de configurar un estilo propio que ayudara a construir
el auténtico retrato emocional —muy cercano a Faulkner—
de una tierra, aparentemente, sin voz y perdida para siempre. Como, a
su vez, es lógico que sus errores y aciertos —su intención
de escribir cada una de las líneas de su escritura como si fuera
la última de su vida y como si ésta se correspondiera con
su última respiración y aliento— se alíen y
ensamblen de manera conjunta e indisoluble en toda su obra hasta el punto
de concedernos un retrato fiel de su personalidad obsesiva, caótica,
excesiva, incontinente y desordenada, pero esto no debería ser
obstáculo para atreverse a introducirse en una obra que destaca
por ser siempre veraz y por ser consecuente tanto con sus obsesiones como
con los propósitos que la misma plantea.
Integrante de una de las familias de artistas
más proclives que concediera México (su hermano Silvestre
fue un reputadísimo músico; Fermín, un excelente
pintor; y Rosaura, una destacada actriz), José abandonó
pronto cualquier institución oficial de enseñanza y se dedicó
a realizar su obra con jirones de su vida sumergido en una cadena voraz
de actividades políticas e inmensas lecturas que lo forjaron como
un hombre de acción, valiente, de la calle y que dejó unos
logros —espero haberlo dejado claro— inmensos en el cenagal
de la cultura mexicana del siglo XX.
Además
de los ya citados, Revueltas fue capaz de visualizar lúcidamente
los problemas de la cultura fronteriza mexicana en esa obra fallida pero
valiente que es Los motivos de Caín (1957), no cayó
en el error consabido de muchos de los mayores narradores del siglo XX
mexicano como Martín Luis Guzmán o el mismo José
Vasconcelos (aunque esta última afirmación debería
matizarse) que después de construir una gigantesca obra anti-sistema
se vieron atrapados en las redes del poder que con tanto ahínco
denunciaron y construyó toda una serie de guiones cinematográficos
(algunos de ellos llevados al cine) y obras teatrales —entre las
que destaca, por méritos propios, El cuadrante de la soledad
(1950)— cuyo valor aún está por medir con justeza
dado lo difícil que resulta poder visualizarlos y la escasez de
estrenos teatrales sobre la obra de Revueltas que caracterizan al período
del gobierno de Fox y, actualmente, el de Felipe Calderón.
Preguntado en una de sus frecuentes estancias
en la cárcel, por si su libertad y persona se resentían
de este hecho, Revueltas, con sumo respeto y profundidad, se atrevió
a decir que la libertad de una persona es interior y que a él le
bastaban unos libros para leer y un lápiz y papel para escribir
para sentirse cómodo y libre. En definitiva, el espíritu
es libre independientemente de donde se encuentre. Más allá
de las rejas de una cárcel o de los renglones vacíos de
un sistema político.
Es ahí donde se encuentra sistematizado
todo el pensamiento de Revueltas y gran parte de su obra. En los jirones
de su prosa, como en la de Dostoievski o en los frescos de Clemente Orozco,
al pueblo se le siente sufrir, gozar, lamentarse, herir, vivir y morir
pero, sobre todo, luchar. Este es el ejemplo que nos deja: su resistencia,
su capacidad de asimilarse a todas las circunstancias de la vida y de
no desistir jamás. Es allí donde se encuentra el verdadero
secreto que dio aliento a su visión del lado moridor de la vida
y la escritura: el espíritu crístico —sin entrar a
cuestionar su faz divina o, más bien, ignorándola—
es universal y su mensaje y realización ha de ser válida
para todos los hombres y si la religión no puede asumir esta responsabilidad,
abrazaremos al comunismo y si no, a nuestro hermano, y si tampoco con
él podemos, siempre nos quedará el aliento sereno de nuestra
soledad y la mirada fija y valiente ante nosotros mismos y nuestra realidad
dispuesta a asumir lo que somos —nos guste más o menos—
y decírselo a todos aquellos que nos rodean. En resumen, esto fue
la escritura y la vida de Revueltas que, con razón, acaso, de momento,
no ha tenido más continuadores —y más después
de la matanza de Tlatelolco— que toda la caterva de escritores infrarrealistas
que, surgidos a mediados de los años 70 en México, dispuestos
a forjar una ética de vanguardia radical y verdadera no tuvieron
más remedio que acatarse a su influjo para encontrar referencias
de altura para todo aquello que necesitaban expresar, decir, contar. Pues
esta fue la lección desde el lado moridor que Revueltas les enseñó
y que, con tanta valentía, nos mostrara: decir no a todo aquello
que no somos y sí a todo aquello que podríamos ser si nos
atreviéramos a “dejarnos ser”.
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Bibliografía
de referencia
Narrativa de José Revueltas
—Revueltas,
José. Dormir en tierra. Ediciones Era. S.A. México.
1982.
—Revueltas, José. El luto
humano. Ediciones Era. S.A. México. 1980.
—Revueltas, José. El apando.
Ediciones Era. S.A. México. 1969
—Revueltas, José. Los muros
de agua. Ediciones Era. S.A. México. 1978.
—Revueltas, José. Los motivos
de Caín. Ediciones Era. S.A. México. 1982.
—Revueltas, José. Los días
terrenales. Ediciones Era. S.A. México. 2000.
—Revueltas, José. Los errores.
Fondo de Cultura Económica. México. 1964.
Textos ensayísticos de José
Revueltas
—Revueltas,
José. México 68: juventud y revolución.
Ediciones Era. S.A. México. 2003.
—Revueltas, José. Cuestionamientos
e intenciones. Ediciones Era. S.A. México. 1978.
—Revueltas, José. Ensayo
sobre un proletariado sin cabeza. Ediciones Era. S.A. México.
1984.
—Revueltas, José. México:
una democracia bárbara. Ediciones Era. S.A. México.
1983.
Textos sobre José Revueltas
—Durán,
Javier. José Revueltas. Una poética de la disidencia.
Revueltas, Andrea y Cheron, Philippe (compiladores). Conversaciones
con José Revueltas. Primera edición en Biblioteca Era.S.A.
México. 2001. Universidad veracruzana, México, 2002.
—Ruiz Abreu, Alvaro. José
Revueltas: los muros de la utopía. Ediciones Cal y Arena.
S.A. México. 1992.
| Este
artículo se ha realizado gracias a la concesión de
una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca
de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación
sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol. |
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